Paris, Francia 18…
Caminas por la calle tomada del brazo de tu novio francés. Tienes problemas con tu vestido: los aros te distancian de tu prometido y tratas de aferrarte a él mientras maniobras con el parasol y te acomodas el sombrero, que se resbala por tu cabello debido al peinado que te trenzaron las madammes en el salón de belleza Marie Josette. El corset está demasiado ajustado y los botines no son lo suficientemente altos para esquivar el lodo que ensucia de marrón el encaje de ta robe[1]. Y por si fuera poco, el sudor de tus manos ha humedecido los guantes.
Definitivamente, la moda parisina no es para ti.
Prefieres los escotes menos voluptuosos y las calcetas convencionales que se usan en Londres, sin holanes o moños pecaminosos.
Pero nada de eso importa, eres feliz porque a tu derecha, un hombre musculoso, bronceado y de ojos verdes te besa de vez en cuando y halaga tu maquillage discreto y tu sonrisa en forma de corazón.
Es actor, du Grand Guignol, y juntos se dirigen a su presentación estelar.
Llegan a una plaza donde una multitud ya rodea el escenario de madera, esperando que el telón se abra. Tu fiancé te besa en los nudillos y se despide.
-Mon amour: tu es ma muse, ma déesse. Ne déteste pas le théâtre. Ris, ris! C’est la France[2].
Corre tras bambalinas y tú aguardas a que empiece la función lejos de la muchedumbre. Creíste que era famoso, una estrella. Que sus obras eran presentadas en un teatro con butacas y balcones en donde apreciar la escenografía y el vestuario de los actores. No en una plazoleta debajo de los impíos rayos del sol, donde tu perfume exquisito se confundía con la pestilencia del pescado, y los plebeyos con olor a enfermedades y pústulas se agolpaban, tratando de conseguir el mejor lugar.
Escondes tu joyería veneciana en tu bolsa y la mantienes muy cerca de ti.
El telón al fin se levanta y te acercas un poco más al escenario, tratando de no tocar a la gentuza.
Notas que entre los espectadores hay varias enfermeras y doctores. Qué curioso.
La escenografía es sumamente simple, consta de una tela pintada de una escena grotesque. Es desoladora. Los pueblerinos están muertos, incluso el rey está tirado, agonizando; un ejército de esqueletos avanza para invadir la ciudad y los sacerdotes tratan de huir en una barcaza. Pero todos están condenados… Te persignas. Mon Dieu. ¿Qué clase de representación luciferina estás por presenciar?
Sin embargo, la obra es graciosa, un tanto vulgar, pero entretenida. Varias veces te hacen sonrojar los mordaces comentarios del saltimbanqui a la moza, y te diviertes con los galantes desvaríos del héroe.
Pero, de pronto, entra a escena tu caballero.
Danza en la tarima con un porte noble, como quien observara las espiras de humo de una taza de té azucarado.
Desnuda a la muchacha y le hace el amor. Ahí, frente a la plebe.
Humillada, das media vuelta y con lágrimas rabiosas te alejas de los actos envilecidos que han ennegrecido tu inocencia y mancillado tu dignidad.
Él grita tu nombre, volteas por última vez.
Te mira y te lanza un beso, y la mujerzuela le corta el pene y se lo vuelve a llevar a la vagina.
Llegan más hombres a la escena, lo encadenan y lo cuelgan boca abajo. Separan sus piernas, y con una segueta lo sierran. ¡Por la mitad!
Te horrorizas, y la audiencia se alegra con ese carnaval.
Corres con una enfermera y le gritas.
-S’il vous-plait! Aidez-lui, il est en train de mourir[3].
-C’est le folklore, fille anglaise[4].
Lo oyes gritar, le están arrancando la piel con un palo de puntas afiladas.
No escuchas a la enfermera, ya estás corriendo hacia un doctor.
-Monsieur le docteur, est-ce que vous n’allez rien faire?[5]
-Non, petite mademoiselle[6].
-Alors, pourquoi vous êtes ici?[7]
-Pour prendre soin des petites demoiselles comme vous, qui s’evanouissent[8].
Cesan los quejidos.
El público aplaude, la obra ha terminado.
Sueltas tu sombrilla y tu bolsa y corres hacia el escenario, empujando a la gente para poder pasar.
Han bajado la cortina, pero subes a la tarima de madera y lo buscas.
-Mon garçon! Où est-il?[9]
Lo encuentras tirado al lado del escenario, junto con otros cadáveres. Te arrojas al suelo y abrazas su cabeza.
El olor no era de pescado.
-Gens pourris: vous l’avez tué! Vous irez tous aux enfers; Satan, lui-même, mâchera vos coeurs![10]
Te levantas, la sierra sigue en el escenario…
[1] Tu vestido.
[2] Mi amor: eres mi musa, mi diosa. No odies el teatro. ¡Ríe, ríe! Así es Francia.
[3] ¡Por favor! Ayúdelo, está muriendo.
[4] Es el folklore, niña inglesa.
[5] Señor doctor, ¿es que no va a hacer nada?
[6] No, señorita.
[7] ¿Entonces para qué está aquí?
[8] Para cuidar a las damitas desmayadas como usted.
[9] ¡Mi hombre! ¿Dónde está?
[10] ¡Gente podrida: lo han matado! ¡Todos irán al infierno; el mismo Satanás masticará sus corazones!
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