Me llamo Lupercalia y vivo en un mundo ciertamente raro. Jauja y Babia simultáneamente. A veces frecuento karaokes pero sólo en mi imaginación. Lo que más me gusta de París es también la luz y el camembert. Y considero, dando la razón a un escritor mexicano y español, que un intelectual es aquel para quien los problemas políticos son, ante todo, problemas morales. Me ruborizo al hablar de mí pero aún así diré que soy licenciada en Tripodología Felina o el arte de buscarle tres pies al gato. Obtuve el grado de doctora con una tesis sobre todos los donjuanes que en la ficción han sido a los que he analizado con avidez viviseccionadora; las criaturas creadas por Tirso de Molina, Byron, Molière, Zorrilla y Torrente Ballester entre otros. Ahora la escritura en Internet –que para nada es escribir en el agua– me ancla en el siglo XXI. Camino bajo los porches cuando no soporto el sol, tengo pijamas que no uso, perchas con alas de ángel, muchas plantas y libros y me horrorizan las atracciones de feria. La escritura me reconforta, reconfigura, formatea y reconstruye. Me alimento con la frase de Dalí que dice que “La belleza será comestible o no será.” También tengo un lema alquilado: “Las cosas sólo tienen una dificultad, hacerlas.”