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Yokonización (ejercicio final)

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A Brita siempre la obsesionó Yoko Ono. El viaje interior, decía, es un resumen del viaje exterior. El viaje exterior no siempre es una proyección del interior. Así nació su costumbre por edificar historias. Los cuentos, afirmaba, nacen para ser rehabilitados. Un narrador es el hospital, la computadora la sala de emergencias y los textos los heridos.

La conocí mientras escribía “Yokonización”. He ingresado un nuevo paciente, me presumía. Sufrió el ataque de un tiburón. ¿Cuándo podré conocerlo? Hasta que esté completamente curado. A diferencia de otros enfermos, que después de intervenciones quirúrgicas sanaban, “Yokonización” nunca era dado de alta. Sabía que los ataques de tiburón suelen convertir a sus presas en rompecabezas de tejido. La víctima necesita tres o cuatro cirugías para ser reconstruida. Pero existía otro motivo por el cual yo no podía ser presentado ante el convaleciente: “Yokonización” hablaba de mí.

Cuando me internaron, Brita ya había escrito un puñado de historias. Todas retrataban a los locos. Por qué, Brita, le pregunté, siempre nosotros debemos ser los freaks. Por qué no escribes sobre los médicos o sobre los enfermeros. Ellos son los fenómenos. ¿Te enteraste que violaron a una chica? La drogaron. En tus cuentos deberías denunciarlos.

Nunca supe por qué Brita me representó como niño down en “Yokonización”. Esquizofrénico. Yo soy esquizofrénico. Esa es una religión distinta. Brita era tetrapolar, decía los doctores. Era un caso tan agudo que en la clínica le otorgaron el premio El oso bipolar de oro. Una distinción que nadie había alcanzado en toda la historia del manicomio. En realidad, Brita profesaba la beatlemania. Estaba fascinada por la mitología que apuntaba que Yoko Ono había separado a Los Beatles.

No descubrí la distorsión que proponía “Yokonización” sino hasta tres años después. Ya fuera de la clínica, Brita accedió a mostrarme su último borrador. No frecuentes a esa chica, me rogaba mi mamá. Tienes que reintegrarte a la sociedad. Olvida a las personas que conociste durante tu reclusión. ¿No te gustaría tener novia? ¿Has visto qué bonitas son las hijas de la vecina? Invítalas a salir.   Cómo iba a hacer una vida normal si me la pasaba entrando y saliendo del manicomio. Esta es la última vez, me prometían cada vez que me volvían a encerrar.

De qué trata “Yokonización”, me pregunté durante los siguientes siete años. Aún hoy, diez años después de escuchar el título, sigo sin saber cómo interpretar la historia. En ella se narran las aventuras de un grupo de rock que recluta a un niño down, quien se supone soy yo. Para que se enteren, sólo regresé al manicomio un par de veces más, comencé a trabajar en Wal-mart y me casé. Mi esposa está embarazada.

Nunca fui un literato, pero sé que “Yokonización” es un cuento mal escrito. Está mal escrito porque no alcanzo a desentrañar o a develar el mensaje. Todos los que redactan historias son una especie de clarividentes. Pero todo lo que predicen le sucede a personajes ficticios. Yo era real. Había permanecido sentado junto a Brita en las terapias de grupo durante tres años.

No, no me casé con Brita. Lo hice con una de las vecinas. En el cuento, la protagonista se acuesta con el down. Nunca tuve relaciones con Brita. Ella salió embarazada del manicomio. Era la chica a la que violaban. Tal vez por eso nunca escribía historias sobre el personal. La última vez que nos vimos me regaló “Yokonización” impreso. Era la misma versión que había leído. Lo mantuve encerrado en un cajón por siete años. Hasta la semana pasada que lo desenterré.

Cómo pude ser tan estúpido. Por qué escuché a mi mamá. ¿Vida normal? Releo “Yokonización” en busca de la clave. Ahora lo entiendo. Nadie podía escribir la historia excepto yo. Esta vez lo que sucede no es producto de mi esquizofrenia. Me estoy enfrentando a la realidad. Peor sigo sin encontrar en “Yokonización” la advertencia.

Hoy regreso al manicomio. Mi hijo va a nacer en seis meses. Hace una semana el doctor nos informó que el producto sufría síndrome de down. Le propuse a mi esposa que abortara. Se negó. Me acusó de enfermo mental. Mamá quería un nieto, aunque saliera defectuoso. Me dijo que sabía que estaba loco, pero no que fuera un asesino. Por eso me llevan de regreso al manicomio, a convivir con todas las criaturas que Brita ha inventado.

El corrido del eterno retorno (versión completa)

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Sepultamos a la tía Mirna. Tan querida. Apareció tarde en mi vida, pero igual le agarré un cariño atroz. Padeció. Pobre. Siniestrada por la leucemia. Maldita enfermedad.

En realidad no era mi tía. Era tía de César. Pero nuestro encuentro me provocó la impresión de ser auténticos parientes. Familiares encubiertos.

Yo era una infiltrada en la familia de César. Una figura impostada. Así me asumía. Y ni el matrimonio por el civil consiguió que César me observara como a un miembro de su familia. Mientras no nos casáramos por la iglesia mi suegra no me reconocería como nuera legítima.

Nuestra boda se aplazó por una serie de tragedias que sacudieron a la familia. Primero, la muerte del tío Arturo. Hermano de don Juan, mi suegro. Una lenta, larga y penosa agonía lo sacó de juego. Cáncer de garganta. Tío Arturo era un fumador entrenado. A sus sesenta años liquidaba media cajetilla diaria. Se ufanaba de su salud. No le dolía nada. ¿El cáncer de garganta? Presumía que si no lo había pescado a su edad ya no lo contraería nunca. Y una mañana la muerte, que había pasado por su vida como por una puerta giratoria que siempre la devolvía hacia la acera, se estacionó en el vestíbulo de su cuerpo. Entonces, la muerte se convirtió en el micrófono que amplificó todas las dolencias y los padecimientos que el cáncer de garganta, como un sonido de alta fidelidad, puede proveer.

Todo el descuido deviene en cuidados. Toda la desfachatez se transforma en exagerada asistencia. Tío Arturo olvidó el tabaco. Los picantes. Los refrescos. Y adiós a la carne asada que era el eje de su existencia. No sólo la vida está conformada de pequeños detalles. La muerte también. Y la gente no muere a causa de las enfermedades. Fallece cuando no puede sostener sus apetencias. Sólo unos cuantos privilegiados logran modificar su ritmo vital. Escamotearle algunos años al deceso. Aunque vivan en la inoperancia.

Suplementos vitamínicos, yerbas, dietas, homeopatía, nada salvó a tío Arturo del final. Qué diferencia tan abismal media entre el condenado a muerte y el condenado a la silla eléctrica. El asesino tiene derecho a una última cena. No se encuentra rodeado de apóstoles, pero se obedece su voluntad. En el caso del tío, estoy segura que su último deseo hubiera sido saborear un cigarro. No se habría doblegado tan puro. Tan noble. Tan desintoxicado. Despojado.

La partida de tío Arturo fue el principio del desastre. Cuando fue hospitalizado, el carácter de César se alteró de manera insospechada. Jamás predecida. El enfrentamiento con la muerte nos afecta a todos de distinta forma. Cada uno de los afectados: parientes, amigos, ocupa una posición en una representación, algo teatral, y cumple con un papel predeterminado. Pero no porque se siga un guión el dolor no es genuino. Al contrario, es tan intenso que obliga a los actores a ser tan dedicados que todos trabajamos sin apuntador. Mi papel era acompañar a mi marido.

Sin embargo, César ignoró el guión. Se comportó de manera introspectiva, intratable. No escandaloso, no desaliñado. Callado, quieto. Ausente. Se impresionó desmedidamente. No era para menos, tío Arturo era su padrino de bautismo. Yo sabía que la familia era extremadamente mocha, a excepción de mi suegro, un recalcitrante comunista, y de Baudelio, el hermano mayor, médico de profesión. Por mi parte, yo era una oveja negra demasiado estilizada. No había realizado mi primera comunión ni me había confirmado. No me preocupaba ni Dios ni la religión. Pero César anhelaba llevarme al altar. Respeté los sentimientos que producía en él. Me responsabilicé por lo que mi amor producía en él. Aunque en ocasiones tuve la certeza de que me sacaba de blanco sólo para complacer a su mamá. No importaba. Él necesitaba vivir esa experiencia. Yo se la prodigaría.

Pese a la mochez imperante, se advertía cierta flexibilidad en casa de César. Yo no vivía con él aún, el plan era mudarme después de la ceremonia religiosa. Los fines de semana se me permitía dormir en la cama con mi esposo. Y durante la agonía de tío Arturo comencé a pensar demasiado en tiburones. En el estado catatónico que algunos estudiosos son capaces de inducir en estos depredadores. Para mí César se encontraba catatonizado por el transe de tío Arturo hacia la muerte.

Mi tío se está muriendo, Aída, me espetó una noche que intenté hacerle el amor.

Sabía cuánto le gustaba a César hacer el amor. Lo observé tan desconsolado que pensé que eyacular aliviaría un poco su desasosiego. No me pareció vulgar proponérselo. Todos afrontamos el dolor según nuestras debilidades. Mi única manera de confrontar una pena como esa era haciendo el amor. Yo no sé combatir las desgracias de otra forma. Imaginé que necesitaba relajarse. Restarse energía. Pero no quería ni darme la mano. Solos, desnudos, en la oscuridad de la habitación, esperábamos que en cualquier momento llamaran del hospital para notificar el fallecimiento. Tal vez a le parecí una sucia y caliente perra. Pero no era así. A mí también me afectaban los acontecimientos. El estrés se me acumulaba en la espalda. Deseaba dormir. Observar cómo la familia se consumía, de dolor, de desvelo, de infortunio, me ponía al borde de lo que podía tolerar. Quería cortarme ese acceso. Y la única manera de evadirme era con un orgasmo como los que César me inducía. Esa fue la noche que comenzó nuestra abstinencia sexual.

Tío Arturo murió de un paro respiratorio. A una semana del entierro. Con el duelo aún fresco, le pedí a César que me hiciera el amor. Se negó. A mi cabeza vino el recuerdo de una boba comedia romántica hollywoodense. En la historia, la protagonista, descubre que no ama a su prometido a raíz del deceso de un ser querido. Sospeché que a César le sucedía lo mismo. La muerte es una revelación. Entonces ¿César había dejado de amarme? Pero por qué no había descubierto con la ausencia del tío Arturo que estaba equivocado. Que debía aferrarse a mí. Por qué había llegado a la conclusión de que yo sobraba en su circunstancia.

Estaba molesta. Herida. Me sentía traicionada. Pero no le reclamé. Hacía quince años que nos conocíamos. Mi vestido de novia se encontraba a media confección. Sólo la primera comunión y la confirmación me separaban del altar. Había comenzado a asistir al adoctrinamiento, lamentablemente la enfermedad de tío Arturo pospuso mi ritual de confirmación. A pesar de sentirme profundamente lastimada me ahorré los reproches. Obligué a César a masturbarme. Si no deseaba poseerme, le exigí que me satisficiera. Fue lo más cerca que estuve de una experiencia con un muñeco inflable. La frialdad de mi esposo me orilló a pensar en él como en un recipiente vacío. En un tupper ware. Había oído historias de amigas que utilizaban a hombres para masturbarse. Los usaban y los desechaban como a toallas sanitarias. Pero eran desconocidos palos de escoba. César era mi esposo.

Quince días de duelo un fueron suficientes para restablecer la paz de mi César. Me arrepentí por exigirle que me masturbara. Pensé como mujer. Mi esposo no planeaba abandonarme. Era tan introvertido que es posible que no consiguiera digerir la muerte de tío Arturo. Pero como era tan inexpresivo, no deduje que en realidad estaba sufriendo. Mi paranoia femenina me empujó a dilucidar lo más obvio, que había perdido su amor. Pobre Alberto. Al masturbarme debió sentirse como una amiga mía a la que su novio la forzó a que se la mamara en el funeral de su padre. Y si al final, con toda la pesadumbre que experimentaba, me complació es porque en realidad me seguía amando. Me prometí jamás volver a instarlo a masturbarme ni a acostarse conmigo.

Las desgracias no vienen solas, había profetizado mi suegra. Y en efecto, antes de cuatro semanas, Arturín, el hijo de tío Arturo, primo de César se había estrellado en su camioneta contra la barda de una escuela secundaria que se encontraba a espaldas de la casa de mis suegros.

Era un sábado en la madrugada. Oímos el estruendo de la camioneta. Despertamos sobresaltados. Como una premonición venida del sueño, César mencionó el nombre de Arturín. Salió a la calle seguro de que la ignominia que acababa de ocurrir le correspondía a la familia. Y acertó. Su primo yacía muerto. No se requirió la presencia de Cruz Roja. Se había devastado. El impacto acabó con Arturín de manera instantánea.

Arturín tenía veinticinco años, los mismos que Alberto. Su tragedia sólo vino a inducir más ofuscamiento en mi esposo. Su desvarío se intensificó. Y nadie, en absoluto, lo padecía, excepto yo. César al parecer era el mismo. Se levantaba para trabajar. Comía. Sin embargo, cada vez se alejaba más de mí. Era como si yo fuera culpable. Un recordatorio de la desgracia.

Mis suegros vivían a media cuadra de la parroquia de la Sagrada Concepción. Todos los días, a las siete de la mañana sonaban las campanadas de aviso para la misa de las ocho. Los fines de semana, el estruendo me despertaba angustiada. Amaba a César, pero cuando oía el sonido de las campanas sólo anhelaba que llegara el lunes para regresar a mi casa. Me urgía alejarme de la ominosa atmósfera que perturbaba a César. Una intranquilidad incomprensible. Rezaba a diario. Leía la Biblia. Y aún así no lograba calmarse.

He visto a la muerte, Aída, me repetía antes de dormir.

Pensé que hablaba en sentido figurado. Que el acercamiento a los decesos lo hacía expresarse como una persona experimentada en el contacto con la muerte. Me relató que por las noches una sombra de tres metros de altura, una presencia, que presentía con las entrañas, se paseaba por toda la casa. La escuchaba subir y bajar las escaleras. Entrar en la cocina. Buscar. ¿Qué buscaba?

El reconocimiento, Aída. Busca reconocerse en alguien.

Atribuí su delirio al agotamiento intelectual. Y físico. La proximidad de las bajas en la familia nos había acarreado una suma de insomnios y angustia capaz de poner nerviosos a todos los caballos del mundo. Está desgastado, pensé. Cansado. Imposibilitado para la claridad mental. Él manifestaba que se sentía lúcido.

Preparado, Aída. Preparado.

Entendí. Las alucinaciones de César, el identificar a esa presencia por la casa, era la paranoia que ante tanta desgracia le dictaba a mi esposo que él era el siguiente en la lista. O tal vez no. Quizá le tocaba a otro, pero para ahorrarse un dolor inconcebible, deseaba tomar el lugar del próximo señalado. Deseaba interponerse entre la muerte y el objetivo. Y entonces surgió el odio dentro de mí. César nunca pensaba en mí. El quería sacrificarse por el bien de su familia, pero ¿y la familia que se supone deberíamos formar nosotros dos? No me daba mi lugar. Y nunca me lo otorgaría, estaba tan calculadoramente desquiciado que pensé que si la muerte no aparecía era capaz de autoinducírsela.

En el velatorio, durante la misa de cuerpo presente, mientras el sacerdote leía un pasaje de la Biblia, se puso de pie y con lágrimas en los ojos comenzó a gritar: Arturín, Turín. Turín. El grito, desgarrado e intempestivo, sobresaltó a todos. Pero nadie fue capaza de callarlo. Ni siquiera yo realicé un intento por consolarlo. No existía consuelo posible. César estaba perdiendo la cordura, me imaginaba.

Diez días después del sepelio de Arturín, ponían en la televisión una película con escenas cachondas. Mi libido despertó. Era como si lo hubiera tenido entumecido un tiempo bíblico. Intenté besar a César. Me rechazó. Lo odié. Comprendía a la perfección que los acontecimientos no podía superarlos. Pero la vida continuaba. Y que un matrimonio tuviera relaciones sexuales formaba parte de la existencia. Me había prometido no obligar a César a no cometer un acto que no deseara realizar, pero no pude manejar mis emociones, le exigí que me masturbara. Me dijo que Sí ausente, complaciente. Le agradecía la comprensión, pero yo necesitaba sentir su miembro entre mis piernas. Odie su docilidad, su diligencia. Era imposible que me obsequiara un gesto de violencia.

Fue el orgasmo más dulce de mi vida. Tan dulce que en realidad pensé que César estaba próximo a la muerte. Por supuesto nunca me confesó que intuía que la muerte venía por él. Yo concluí que mi esposo no estaba en la lista negra, pero que desviaría la atención de la muerte. Que se suicidaría, se sacrificaba para economizar un dolor irreparable a la familia.

Una vez más dejaba que me dirigiera mi paranoia femenina. Nada en su comportamiento revelaba que pensara en el autoaniquilamiento. Ni siquiera bebía. Pero a mí, me ignoraba. Los viernes por la noche arribaba a la casa de mis suegros para toparme con su indiferencia. No me besaba. Se dedicaba a ver la televisión. Mientras yo como una idiota esperaba arrumbada a su lado a la espera de un poco de atención. Y al inicio del día, me veía sometida a soportar las campanadas desmañanadoras de la parroquia.

Veo a la muerte, Aída, me insistía.

Tranquilo, mi amor, le rogaba, es tu imaginación.

Atribuirle sus visiones al desvelo, a la imaginación, fue un error. Se convirtió en un monolito. Me dirigía la palabra en público. En privado me ignoraba. A mí era a la única persona a quien había confiado su procuración por la muerte.

Una noche, Aída, abrí los ojos y me miraba a unos centímetros de la cara. Era una mancha oscura. Gigante. Se sabía de memoria las líneas de mi rostro.

Él no se atrevía a comentar nada a nadie por el temor a que presintieran que enloquecía. Y la paranoia tan socorrida, imagino, lo aventuraba a conjeturar que lo podrían ingresan en un manicomio. Entonces sería imposible para él testificar el avasallador comportamiento de la muerte. Pero por disimulados esfuerzos de su parte por evitar una sintomatología del desastre, comenzaba a notarse una modificación en su conducta. En la madrugada, se levantaba frenético, encendía veladoras blancas por todos los rincones de la casa. Mis suegros no se enteraban hasta la mañana siguiente. Y cuando le preguntaban el motivo de las velas, él respondía que eran luces para ayudar a los muertos a encontrar su camino hacia la otra vida.

Sólo yo atestiguaba el desmoronamiento real de César.

He visto a la muerte, Aída.

Y no era tan descreída de sus aseveraciones. Todos hemos visto la muerte. En un gato atropellado en la carretera. En una cajera de súper mercado. En un político transa. Pero no alcanzaba a entender que César fuera una especie de elegido. Que poseyera una sensibilidad que le permitiera ponerse en contacto con ese espectro inasible que conocemos como muerte y que suspende la actividad vital en los seres vivos. En el infierno era hora de cerrar. Y César era el portero del local. Conservaba una llave que le permitía entrar y salir a su antojo.

La vida está llena de puertas, hija, me dijo el sacerdote de la Sagrada Concepción cuando fui a pedirle consejo acerca de qué hacer en relación a la situación por la que atravesaba César. Y una de esas puertas conduce a la muerte. Si existía algo de razón en las palabras del padre, por qué precisamente César era el responsable de abrir esa puerta. Y si fue así, cómo lo hizo. Acaso era un hombre tocado por fuerzas inasible. Acaso era habitado por la gracia de Dios. Entonces, por qué no poseía la sapiencia suficiente para maneja sus emociones. Por qué padecía yo todas sus inseguridades.

Ven, reza conmigo, Aída, me pedía.

La muerte. ¿Has visto otra vez la muerte?, le preguntaba, pero no obtenía respuesta de sus labios.

Pero sus actos me decían que sí. Que la muerte seguí hospedada en casa de mis suegros. Un fin de semana, en lugar de todos los cuadros y fotografías que colgaban de las paredes, descubrí imágenes religiosas. El Sagrado Corazón de Jesús. La Virgen María. Jesucristo. Y al cuestionar a mi suegra por la decoración, respondió satisfecha: Mi hijo, que ha sido tocado por uno de los dones del espíritu santo: el temor a Dios. Pero César estaba en paz con Dios, su conflicto era con la muerte.

Durante dos semanas, la calma volvió a la familia. El duelo se reblandeció con las vicisitudes de la vida diaria. Se atenuó el dolor desviado por la carga de los recibos de agua y luz. Por las reparaciones a la casa. Por la lavada del carro. Las vacunas de los perros.

Se normalizó la existencia. Y como estaba establecido, hice mi primera comunión y me confirmé en la Sagrada Concepción. César se sintió orgulloso de mí. Refrendar mi fe en la parroquia del barrio le devolvió algo de fe en mí. Y al final de la eucaristía me obsequió un abrazo portentoso, la primera muestra de afecto en meses. Y lloré. Lloré porque sentí que recuperaba a mi marido.

Pero esa noche, me percaté de la realidad. Él seguía obcecado en sus liturgias.

Reza conmigo, Aída.

Una semana después, apareció en mi vida la tía Mirna. Y la quise encanijadamente aunque sólo fuera mi tía política. Sucede que en ocasiones uno le agarra más aprecio a lo postizo que a lo verdadero. Cuando alguien muere, se acostumbra recordarlo por su generosidad. Aunque en ocasiones sea impostada. No por cumplir con el “buen gusto” es que voy a referirme a la tía. En verdad la adoraba. Mencionaré una sola de sus virtudes: su capacidad instantánea para apropiarse el afecto de las personas. A mí me ganó.

La esperábamos en navidad. Su viaje se postergó. Le diagnosticaron leucemia. Los doctores atenuaron el padecimiento con la advertencia de que no era fulminante. El tratamiento apropiado le aseguraría a la tía diez o veinte años más de vida. Vivía en Dolores, Hidalgo. La entidad no contaba con una clínica de especialidades. En enero la tía se instaló en casa de mis suegros.

La conocí un sábado a la hora de la comida. Para el domingo a media tarde éramos entrañables. Le agarré ley por su solidaridad. Desde su llegada procuró inculcarle a César lo innecesario de posponer la boda. Su presencia no debía alterar los planes. La vida sigue. Ella acudiría a sus consultas. Y como aseguraban los especialistas, contaríamos con su presencia en la iglesia el día de la ceremonia.

Pero la actitud de César era evasiva. Con la instalación de la tía su obsesión por la muerte se incrementó. Los fines de semana por las tardes, para matar el tiempo, mi suegra, la tía y yo jugábamos canasta. La tía Mirna me conquistó no sólo por su insistencia hacia César porque nos casáramos a la brevedad, porque aceleráramos la boda, si no porque desde que nos saludamos, al ser presentada como la esposa de César, me regaló la sensación de no sentirme tratada como una advenediza.

Por un periodo, la muerte se esfumó de nuestras cabezas. Pero entre César y yo imperaba aún la inactividad sexual. No entendía por qué no rompía el compromiso. Al parecer se sentía cómodo en la indiferencia. No le preocupaba el desgaste de nuestra relación. No se molestó ni siquiera la ocasión en que le referí que si él no me proporcionaba sexo encontraría alguien que lo haría.

César estaba ausente. De verdad. Se situaba en un punto indoloro en lo que respectaba a mí, pero profundamente sensible en lo correspondiente a la tía.

Y sucedió lo impensable, volvió a mencionarme sus visiones.

He visto a la muerte, Aída.

Y sus premoniciones se materializaron. Un día, recibimos la noticia de que la cuñada de mi suegro había sido fulminada por un paro cardíaco. Y experimenté temor. ¿Y si en realidad César era un prestidigitador que anticipaba las muertes? ¿No estaría mi esposo prefigurando mi propio fallecimiento? ¿Acaso no quería hacerme el amor por el remordimiento de saber que estaba destinada a desaparecer en breve? ¿Por tal motivo se obcecaba para que rezara con él? ¿Le causaba repugnancia tocarme cuando sabía que mi fin se aproximaba?

Suspendimos mi despedida de soltera. La aplazamos para velar a la cuñada de mi suegro. Pobre mujer. Vivía sola. Y aunque su muerte no fue agónica como la de tío Arturo ni dramática como la de Arturín, me sacudió la caída de la señora. Me pegó. Yo me sentía sola. Es probable que mi soledad fuera la causa de que me identificara plenamente con la tía Mirna. Ella también naufragaba sola. Su vida estaba llena de traición, desgracia y desastre. En su juventud había contraído nupcias con un hombre culto. Un intelectual. El señor idolatraba los libros. Poseía una nutrida biblioteca. La tía se embarazó. Pero comenzaron a surgir rumores en torno a la figura de su esposo. A los oídos de la tía llegaban chismarajos de que su cónyuge era homosexual. Ella ignoró los comentarios. Aludía a la ignorancia de los vecinos aseveraciones tan mala leche.

Existen seres para los cuales la vida sólo es viacrucis. Las adversidades, sin duda, promueven el aprendizaje. Pero una gran cantidad de desdichados cambiarían sin pensarlo todo el aprendizaje por algunos momentos de dicha. Y la tía Mirna pertenecía a esta clase de personas. El primero golpe que recibió fue la pérdida del producto. Su mala racha comenzó con un sangrado inexplicable. Apenas tenía cinco semanas de haber sido fecundada. Dos semanas después, por culpa de la indetenible hemorragia, arrojó un domingo por la mañana un fragmento de tejido. Era el saco. Se había producido un aborto espontáneo. Un legrado extrajo los restos de carnosidad que se hospedaban en su matriz.

El segundo golpe se lo asestó su esposo. Una tarde, la tía era profesora de primaría, al volver del turno vespertino, descubrió a su cónyuge en su propia cama con su amante. Un hombre vulgar. El propietario de la tiendita de la esquina. Feo. Desagradable. Y la tía lo abandonó. Renunció al amor profesado. Jamás se divorció legalmente. Los términos de la separación la tía no los refirió con detalle. Sólo me confío que nunca volvió a saber nada de su exmarido. Ni entabló contacto con la familia. Ni le interesó, en sus momentos de soledad, de desesperación, reconstruir su matrimonio. Y lo que más admiraba de su cansina voz, era la serenidad de sus palabras. Se expresaba sin un ápice de amargura. No odiaba ni a su ex, ni al amante, ni a la vida.

Tiempo después de sufrir los dos descalabros conoció a Robledo. Un chiapaneco de quien se enamoró profusa, desperdiciada, desprejuiciadamente. La idiosincrasia de la época tenía a Robledo agarrado de los güevos. Su familia le había concretado un matrimonio por conveniencia con su prima. E hizo una elección. Prefirió casarse con su parienta a revelarse. Durante ese transe la tía descubrió que estaba embarazada por segunda vez. Y fue Robledo quien le asestó el tercer golpe. El más terrible. Un hombre no debe dejar a su pareja esperando para casarse con otra. Pero era la adoración de la tía Mirna. Por eso toleró que su hombre se dividiera. La abnegación, la resignación, eran cualidades inherentes a la tía. Además, él había ocupado un vacío emocional. Y ella se sentía agradecida. Él la proveía de afecto. Y eso bastaba.

A partir del nacimiento de Nancy, Robledo se trasladaba con abúlica frecuencia a la casa de la tía. La vida de ambas se convirtió en las migajas que él estaba dispuesto a proporcionarles. Los años transcurrieron y un nuevo golpe cimbró la vida de la tía Mirna. A los catorce años, a Nancy le había detectado un tumor cerebral. Las incesantes intervenciones quirúrgicas la habían dejado con el oído izquierdo deshecho. Trastornos en el habla. Dificultad al caminar. Pero se había salvado.

Casi veinte años después, ahí estaba la tía, soportando el quinto madrazo. Apoltronada en una enfermedad mortal. Lejos de su hogar. Refugiada en la prodigalidad de la casa de mi suegro. A miles de kilómetros de su vida. De su barrio. Y sola. Sin el apoyo incondicionado de Robledo. Él no podía obsequiarse de tiempo completo. Su familia legal sabía de la existencia de la tía y de Nancy. La ausencia prolongada sólo le atraía dificultades. Pero la tía Mirna seguía indómita. Se conformaba con que su pareja lo visitara en las condiciones que él estableciera.

Me convertí en la confidente de la tía. Me confesó que se arrepentía de no haber formado una familia. Se refería a una familia convencional. Con un compañero a su lado. Tuvieron que transcurrir sesenta años para que arribara a esta conclusión. Se tardó seis décadas en comprenderlo. Al final aceptó que estaba equivocada. Le costó percatarse. La vida se confabulaba para que le cayera el veinte. Y lo consiguió. No importa cuánto se resista una persona, la vida termina por aclararte la mente. Aunque, como en el caso de la tía, fuera demasiado tarde. Y entonces te vas a la muerte sin sosiego. Con desazón.

Por su insolvencia sentimental, por eso, la tía insistía en que no perdiera a César. En que no me desmoralizara. Pero mi esposo pertenece a esa especie de persona que piensa que una habitación limpia hace la diferencia. Que el se esmerara en mantener su vida en orden por supuesto que no cambiaba en nada nuestra relación. El me ignoraba. Y cada día que transcurría, me convencía a mi misma de que lo hacía deportivamente. Está aburrido, me dije. Lo nuestro es aburrido.

Recuerdo que algunas tardes, la tía lo llamó a su cuarto.

César, mijo.

Y se extendía diligente sobre los motivos por los que era conveniente que él y yo pasáramos nuestra vida juntos.  Nunca oí a César contradecir una palabra de la tía. Se desvivía de paciencia para con ella. La tía era una enferma especial. Es una práctica común que el paciente lucre con su padecimiento. Y sus palabras se localizaban lejanas al chantaje. Cada oportunidad que se le presentaba, instaba a César a que no esperara más para llevarme al altar. Y él la escuchaba. Pero no estaba ahí. Su cabeza se arrellanaba en la muerte, Aída, la muerte.

La convalecencia de la tía no fue un ardid indomable. Ni parecía que estuviera enferma. Sus síntomas eran hematomas en el cuerpo y agotamiento. Los médicos aseguraban que no corría excesivo peligro. La leucemia es letal en la niñez. A su edad, es controlable. Así que el refrendo de la muerte pronosticado por César parecía detenerse. Es verdad, se anticipó en ocasiones, pero la tía rompería la cadena. Al menos la que correspondía a la precariedad que le confería a César que la muerte rondaba la casa de mis suegros. La tía llevaba una existencia normal. Comía como bendita, jugaba canasta por las tardes, profesaba su devoción por el menudo los domingos. Para caminar se ayudaba de un andador. Y en sus mejores momentos atravesaba la calle por su propio pie para comprarse un raspado de limón.

Veneraba a mi suegro. Le tenía ley. De todos sus hermanos, era a quien más procuraba. Se podía advertir en la manera en que lo miraba. Sus ojos se inundaban de prodigio cuando nos sentábamos todos juntos a la hora de la comida. Y la prueba más contundente radicaba en que no deseaba trajinar de casa en casa mientras se le auspiciara en la casa de mis suegros. Insisto, la tía Mirna no aparentaba el cáncer. Y por cómo la observábamos, plena, creímos en las palabras de los especialistas. Auguramos que tendríamos tía Mirna para que lloviera.

Su permanencia en la casa se volvió imponderable. Sólo se ausentaba para recibir la quimioterapia. O para presentarse a consulta. Pero a los tres días la teníamos de regreso. Tan pica para la canasta como siempre. Tan querida. La tía.

Los planes de boda se mantenían firmes. Habíamos presentado la papelería en la Sagrada Concepción. César no se oponía a los trámites. Pero su conducta hacia mí se manifestaba cada vez más fría, más distante. Ni hablar de relaciones sexuales. Después de casi dos meses de abstinencia volvía yo a ser virgen. Entonces descubrí que César estaba consultando a un terapeuta. Él mismo me lo confirmó. Y pensé que las visitas se relacionaban con su temor a la muerte. Pero no. Ni a su terapeuta ni en secreto de confesión mencionó algo sobre sus visiones. Jamás me enteré qué le platicaba al psicólogo.

El tratamiento que le administraron a la tía no surtió efecto. La quimioterapia intravenosa, ni la oral, combatió su leucemia. Los especialistas no se desalentaron. Cambiaron de medicamento. Si tampoco surtía efecto, cambiarían una vez más, y otra, hasta descubrir el indicado.  Y todos confiamos, no por la fe en la medicina, por la fe en tía Mirna. En cómo la veíamos. Lozana. Imbatible. Sólo de vez en cuando la apabullaban unos bajones. La debilidad la postraba en la cama. Pero con una dosis de plaquetas se le recargaba la pila. Y de nuevo, a jugar canasta, a comer menudo, a cantar las canciones del Fonógrafo, una estación de radio que programaba pura música chagalaga.

Empecé a sentirme galopada por la paranoia a causa de las visitas más continuas de César a su terapeuta. Algunos hombres, como mi esposo, necesitan vivir sesenta años para dejarse de pendejadas y abrazar la vida. No le bastaba con una esposa, con la religión, era un eterno inconforme. Qué esperaba para considerar que formaríamos una familia independiente. No una pareja incrustada en la familia que formaban mi suegro y mi suegra ¿Que sus padres murieran? ¿Que se quedara solo y muriera sin nadie a su lado? No estaría en paz hasta que se quedara con las manos vacías. Y por paz no me refiero a felicidad. Sería un nuevo motivo para autoflagelarse.

Por esa fecha perpetramos un anodino viaje a Zacatecas. Ni el rumbo ni la distancia distrajeron a César de sus cavilaciones. Se refundió en el hotel a observar la televisión mientras recorría la ciudad sola. Rompí una vez más mi promesa. Forcé a César para que me masturbara. Fue un orgasmo amargo. Un orgasmo de rencor. Pero él no se atrevió a pronunciar una palabra de desaprobación.

Y llegó el día en que los malditos temores de César se volvieron a manifestar.

Tía Mirna había asistido a una consulta con el oftalmólogo. A la salida del consultorio sufrió un desvanecimiento y se quedó internada. Habían coincidido que lo conveniente era que permaneciera en observación. Y comenzó el verdadero tormento, para la tía y para la familia.

Nancy cuidada a la tía todo el día. Por las noches, mi suegro pernoctaba en una silla junto a la cama de su hermana durante cuatro noches seguidas. Pero su úlcera, su edad, sesenta y ocho años, y su hipertensión lo tronaron. Una mañana, mientras realizaba unas compras en el centro comercial Soriana, se desmayó. Telefonearon a la casa y fuimos a recogerlo. No podía manejar. Permaneció en cama con suero durante tres días.

Fue una señal de alarma que no pasó desapercibida para César. Toda la semana se mostró más intranquilo que nunca. Y me odié. Me reproché mi falta de comprensión hacia mi marido. Él sospechaba que su padre sería recogido. Cómo era posible que fuera tan desconsiderada para pedirle que me consintiera sexo mientras él sólo pensaba en la supervivencia de su padre. Pero la culpa era suya. No hablaba. No me explicaba lo que le sucedía. A mí no me quedaba otra salida que pensar que había dejado de interesarle. No encontraba otra forma de interpretar los acontecimientos.

El lunes, contra la oposición de César, la terquedad de mi suegro lo mantenía otra vez como guardia nocturna de la tía Mirna. Transitó la semana estable. Su dosis de plaquetas la sacaba a flote. Se habló de una posible alta para el viernes. Nos entusiasmamos con la idea de tenerla de vuelta en casa. Habíamos atravesado por tanta penuria sin reportar ni una sola baja.

Llegó el viernes y la tía continuó internada. No nos explicábamos por qué. Habían pasado quince días desde su reclusión.

El sábado, la tía sufrió un derrame cerebral. La presión psicológica, el agotamiento, la orfandad de encontrase lejos de su hogar, por fin habían cobrado la factura. La desolación descendió sobre la familia. La antesala de la muerte duele. Pero en casos como el de tía Mirna uno no alcanza a comprender la magnitud de tal dolor. ¿No era suficiente todo el pantano que había atravesado? ¿No bastaba con la lección de vida de su pasado? Por si fuera poco, ahora debía anclarse a un respirador para aferrarse a la existencia.

Por la tarde, César estuvo llorando.

Mi tía se está muriendo, Aída.

Para distraerlo, cansarlo, lo saqué a dar un paseo por la placita del Eco. En el trayecto hablamos de la boda. Aseveró que le urgía casarse. Me detalló un sin fin de planes que jamás me había revelado. Anhelaba llevarme de luna de miel a Cancún. Deseaba pintar nuestro cuarto. Tener un hijo.

Yo no deseaba que nos presentáramos en el hospital, temía que César sufriera un ataque de pánico al visitar a la tía.

Pero la caminata no fue suficiente. En la noche terminamos en la sala de urgencias. Yo decidí no entrar a mirar a la tía. Me parecía morboso. Consideraba que si no la volvería a ver nunca, prefería recordarla como la vi la última vez. Rolliza, alegre.

El domingo, César prefirió no asomarse por el hospital. Por la noche, antes de dormirnos, volvió a mencionar el asunto de la muerte. Ronda esta casa, Aída. Aterido, encendió una veladora blanca con una estampita de San Judas Tadeo. La muerte no está aquí, mi amor, le dije. Ha venido por mi tía, me contestó. Entonces no anda aquí, tu tía está en el hospital.

¿Tú no me crees, verdad?, me preguntó. A qué te refieres, amor. Piensas que desvarío. He visto a la muerte, Aída. Se ha instalado en esta casa. Te creo, César. ¿Confías en mí? Por supuesto, mi amor. Entonces, quiero que te levantes. Asómate a las escaleras. Está ahí en este momento. Mi amor, son las doce. Tengo frío. Si de verdad me crees, ve.

Me levanté. Estábamos a cuatro grados. Y con lo friolenta que soy. Pensé en regresar a la cama, pero estaba dispuesta a demostrarle a aquel loco que la muerte no merodeaba en la escalera. No sería la primera vez que una mujer rescatara de la locura a su marido. Me asomé a la escalera y pegué el grito de mi vida. La vi. La sombra que atormentaba a César subía por los escalones. Me agaché, me persigné tres veces y comencé a rezar un padre nuestro.

Era mi suegro. La muerte era mi suegro que todas las noches subía a la azotea a cerrar la llave del hidro. Límpieme con un güevo, le pedí a mi suegra. Un vaso con azúcar. Tómenme la presión. Jálenme las orejas. Háganme una cruz, rogué. Estaba toda temblorina. Un güisqui, que me sirvan un güisqui.

Volví a la cama. Lo ves, le dije a César. No es la muerte, es tu papá. No me contestó nada. No lo convenció que fuera mi suegro. Continuó sumido en sus averiguaciones. No pude dormir en toda la noche.

Entonces sucedió lo del complot. Por qué sé que fue un complot, aunque pareciera lo contrario. A la tía Mirna, que presentaba muerte cerebral, la iban a mantener conectada hasta que llegara una hermana suya que ya venía en camino desde Michoacán. Presente todos los hermanos, decidirían que hacer. Pero a quien de verdad le correspondía tomar la decisión era a Nancy. Y ella no estaba de acuerdo en que la desconectaran. Quería que la aguantaran hasta el último momento.

Nos levantamos a desayunar y nos sorprendimos al ver a Nancy entrar. Por fin habían logrado arrancarla del hospital. Se daría un bañó, almorzaría y regresaría junto a la tía Mirna. Apenas tocar la cama se quedó dormida. Había pasado tres noches insomnes. Dos horas después recibimos la llamada de Baudelio. La tía Mirna había fallecido de manera natural. Pero a mí nadie me engaña. Sé que mi suegro y Baudelio dieron la orden de que la desconectaran. Sé que era lo mejor para la tía.

En el sepelio, César se comportó como si yo no existiera. Se arrinconó en la capilla. Yo no mencioné nada, pero sabía que después de la muerte de la tía al fin nos casaríamos. Sólo tenía que dedicarme a esperar.

En el panteón, César pronunció unas palabras a propósito de la tía. Los parientes se fueron retirando hasta que sólo quedamos César y yo. Vámonos, mi amor, le dije. Pero no me contestó. Se quedó hipnotizado observando a un chanate que picoteaba entre el césped. Vámonos, César. Hace frío. Como que quiere llover. Seguía sin responder. Ya son las seis. En unos minutos va a oscurecer.

Después de meditarlo, me dijo, A dónde me voy Aída. Cómo que a dónde a la casa, le dije. Qué no lo ves, me preguntó. Esta es mi casa. El pasto verde, los pájaros, la perfección de las lápidas, el orden, todo me dice Quédate César. Este es mi hogar.

No seas payaso, le dije. Ya vámonos. Pero no me peló. Como empezaba a tronar, decidí irme sola. Caminé cuatrocientos metros y voltee hacia la tumba de la tía, César continuaba clavado en la tierra. Subí a un taxi, no me dirigí a la casa de mis suegros. Pedí que me llevara a la casa de mi mamá.

Un mes después, don Juan, mi suegro, me llamó para decirme que a mi suegra le había detectado cáncer en un ovario. Que si no iba a acompañar a César.

El autista zen limpiaparabrisas (cuento nuevo, fragmento)

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No sé cómo, pero te juro, mamá, que voy a volver a casa con un riñón para Mimi, la voz de Yúnior se escuchaba débil desde la cabina telefónica.

Hijo, la policía te busca. Es mejor que no te pares por aquí.

Mamá, lo del cuadrapléjico fue un error. No volveré a fallar. No sabía cómo cortar el órgano.

Yúnior, no te arriesgues. No lastimes a nadie. Dios nos ayudará.

No voy a matarlo, mamá. Una persona puede vivir perfectamente con un solo riñón. Tomé un curso. Sé qué hacer.

El muchacho de la silla de ruedas estuvo a punto de morir.

Fue una equivocación. No te preocupes, mamá. Tengo a la persona indicada.

Yúnior, no te expongas. Es suficiente con tener una hija enferma, no te quiero preso. Vamos a esperar al donante.

Mamá, llevamos dos años haciendo fila. Olvídate. Lo importante es salvar a Mimi.

Me preocupas. No sé nada de ti. Dónde estás. Te escucho mal. ¿Oyes esos ruidos? El teléfono está descompuesto.

Estoy bien, mamá. El teléfono suena así porque está intervenido. La familia del inválido nunca me va a dejar en paz. Te prometo que conseguiré el riñón para Mimi. Nos mudaremos. Volveremos a ser la familia que éramos. Me tengo que ir.

Cuídate, hijo.

Colgó el teléfono. El maldito aparato no le regresó los tres pesos de cambio. Aburrido, Yúnior comenzó a golpear el auricular contra los dígitos. La calle estaba desierta. Caminó por avenida Revolución. El circo se encontraba a cinco cuadras. Entró a un Seven por un café. En silencio, para no despertar a nadie, se escabulló bajo una carpa. Quién anda ahí, preguntó el propietario. Eh, soy yo, señor, Yúnior. Muchacho, qué haces tan tarde en la calle. Salí a comprarme un capuchino.

Hacia media hora que había terminado la última función. ¿Y los animales?, preguntó. Están bien, señor. Usted sabe que no salgo si les falta algo. Es verdad, muchacho. Desde que estás con nosotros los elefantes han estado mejor atendidos que nunca. Es una lastima que sólo nos quede un mes en esta ciudad. Dónde voy a encontrar a un cuidador tan dedicado como tú. ¿Seguro que no te quieres ir con nosotros? No puedo, señor. Mi vida está aquí.

A lo lejos se escucharon unos chillidos. Provenían de la jaula de los monos. Jodidos animales, no dejan dormir. Qué esperan que no salen a apaciguarlos. En qué estábamos. Ah, en que eres todo un misterio, Yúnior. Toda la gente que conozco que anda en el circo huye de algo. Tú eres el primero que he visto que renuncia a unirse al espectáculo.

Cerca del trochil se oyó alboroto. Condenados monos, ya se escaparon. Deben andar montando marranos. No sé que carajo hacen aquí. Mi mujer cree que el circo es para todos los animales. Orita se va a poner como loca. ¿Si te dije que desde que llegamos a esta plaza han desaparecido los cerdos? En qué estábamos. Ah, sí. Yúnior, discúlpame que me entrometa, pero me preocupo por mis empleados. Tú me intrigas, nunca hablas de ti, no sé si tienes familia. Pareces no escapar de nada. Te digo, la gente que anda en el circo es prófuga. En una oportunidad te cuento mi historia.

Ándale viejo, se soltaron los cochis, gritó la doña. Ayúdame. Ah, qué la canción, dijo el patrón. Todas las noches es lo mismo. Yúnior, me gustaría que me tuvieras más confianza. Quiero que sepas que cuentas conmigo, para lo que mandes. Un muchacho tan valioso como tú merece una o dos molestias. Quisiera saber qué haces. ¿Tienes otros talentos además de bañar y alimentar a los elefantes? A dónde vas los martes y jueves a las cuatro de la tarde. Practico la religión budista, don, contestó Yúnior. Asisto a un centro budista. ¿Así que eres un místico? No, para nada. Sólo busco paz espiritual. Lo sabía, algo te angustia. Luego me cuentas. Vete a dormir. Voy a corretear marranos.

Yúnior entró en el corral de los elefantes. Se recostó sobre el montón de paja que había acondicionado como cama. Abrió El libro tibetano de los muertos y comenzó a leer. Cómo se le antojaba una cerveza. El escándalo producido por los cerdos que no se dejaban atrapar le impedía concentrase en la lectura. Malditos monos, habían echado todo a perder. Con el incidente Yúnior no podría robarse otro puerco para ensayar. Ya les había extirpado el riñón a tres, pero necesitaba seguir practicando para extraerle el órgano a un humano sin dificultades.

Un anuncio de nuestros patrocinadores (ejercicio 7)

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¿Sufre de insomnio, depresión, ansiedad? Tome Cuentos para niños que ven televisión®. En su presentación de punto cinco miligramos. Caja con doce comprimidos.

¿Cansado de ser uno del montón? ¿Uno más que trata sus padecimientos con meds de tercera generación? Laboratorios Ran le ofrece un perfil de seguridad sustentado en estudios clínicos realizados a más de 14, 000 pacientes. Cuantos para niños que ven televisión® ofrece cobertura de amplio espectro, rápida actividad in vitro, altas tasas de curación clínica y elevada confianza.

Somos el único producto que ofrece reacción química distinta cada día durante el tratamiento.

Tableta 1. “El apuntador”: desde la primera ingesta comenzará a sentir alivio de inmediato. Desafortunadamente el efecto presenta altibajos, no sabemos qué pasó con la obsesión de Víctor por la juventud.

Tableta 2. “Antes de que…”: esta es una de las etapas más críticas del tratamiento. Algunos doctores han sugerido a sus pacientes que suspendan esta pastilla. Laboratorios Ran trabaja en la mejoración de la fórmula. Todo parece que será eliminada para conseguir una mayor eficacia.

Tableta 3. “Estar guars”: aquí el alivio repunta. Es uno de los puntos más altos del tratamiento.

Tableta 4. “El otro lado”: el alivio se prolonga. La recuperación es inminente. Se observan los beneficios del tratamiento.

Tableta 5. “S. E. C. A”: no hay duda, el medicamento es el más fuerte del mercado. Tiene un detalle, fácil de corregir para el laboratorio. Para mayor efectividad debe representarse como un comercial o como un comunicado gubernamental. Un excelente guiño al “Baby H. P.” de laboratorios Juan José Arreola.

Tableta 6. “Estirar la línea”: entiende ahora los beneficios de haberse inclinado por nuestra línea de estimulantes.

Tableta 7. “Luna de invierno”: segunda etapa crítica. Para evitar el desvanecimiento suspenda esta toma.

Tableta 8, “Uno con muchos monstruos”: lo mejor de la vida no es sólo pudín. La crisis continúa. Suspenda esta toma también.

Tableta 9. “Estadísticas”: otra desafortunada acción del tratamiento. Si su doctor se lo recomienda, suspenda también esta pastilla.

Tableta 10. “Era mejor no conocerla”: nuevo repunte del tratamiento. Referencias gratuitas. Mayor eficacia con personajes plenamente originales.

Tableta 11. “Elipsis”: aunque la absorción de sales es deficiente, uno de los puntos álgidos del tratamiento.

Tableta 12. “El nuevo juguete de Animabiotics toys”: una manera dolorosa de terminar. Se han observado mejores resultados en pacientes que han suspendido esta toma. La pastilla anterior garantiza la mejora del paciente.

No sufra más, tome Cuentos para niños que ven televisión®. Su ánimo se lo agradecerá.

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Como a Elidom no le gustó mi ejercicio. Aquí va el análisis que me pide. Posteado especialmente para él.

Ejercicio 7

Cuentos para niños que ven televisión arranca con “El apuntador”. Aunque existen cuentos más afortunados como “Estirar la liga”, es innegable que no existe mejor candidato para abrir el volumen que “El apuntador”. En este texto existen varias deficiencias, el planteamiento está en la obsesión juvenil de Víctor. El personaje femenino me parece gratuito. No pasa nada con él. El paparazzi está desaprovechado. Esa sería un plus excelente para la historia. La rivalidad entre él y Víctor. Pese a las deficiencias que presenta, es un excelente gancho para el lector. A partir de esta primera aproximación, el orden de los cuentos funciona a la perfección. Desde mi punto de vista no necesita de una modificación.

Los problemas del libro se sucintan en la segunda historia “Antes de que…”. Aún en su versión reelaborada, el cuento no invoca la misma calidad del universo que plantean los otros cuentos. Con todo el respeto, me parece que es un cuento que debería eliminarse. Por qué. La razón la encontramos en “Estar guars”. Después de leer el apuntador, el humor de “Estar guars” es un gran acierto. El lector se ve impulsado a continuar la lectura.

Después de la novedad del primer cuento y el humor del segundo, “El otro lado” mete tensión y amortigua la velocidad del libro. La historia de Juan podría parecer inverosímil para aquellos que conocen la frontera, pero lo importante del relato es que no pretende representar el episodio de un mojado, sino la paranoia que nos despierta el muro fronterizo.

En seguida, el libro cobra velocidad otra vez con “S. E. C. A.”. Uno de los mejores textos del libro. En lo particular cambiaría al doctor por un hombre en una pantalla dando instrucciones de parte del gobierno o como parte de un comercial. Ha sido tan agradable la lectura que prolongar el humor con “Estirar la liga” es un gran acierto. En este punto no hay duda, el orden del libro es propicio.

El altibajo sugerido con “Antes de que…” se intensifica con “Luna de invierno”, “Uno con muchos monstruos” y “Estadísticas”. Como en el caso anterior, con todo respeto, considero que estos cuentos deben de ser retirados del libro.

El orden del libro se restablece con “Era mejor no conocerla”. Un texto que da muestra de la gran imaginación del autor. Los diálogos son excelentes. No redundan, no escamotean información. Gran parte del relato se sostiene gracias al buen uso del diálogo.

“Elipsis” pese a las fallas que presenta, me parece que es el cuento que debe cerrar el texto. Respeto profundamente la intuición del autor. Y su libro posee una magia particular. Espontánea. Con el respeto a que ya me he referido, creo que “El nuevo juguete…” debería desaparecer del libro.

Gómez Palacio Song (versión completa)

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Gómez Palacio es un país libre, dijo el taxista.

Es una ciudad, pensó Alberto. Sus ojos se posaron en el irreconocible paisaje. En seis meses la llegada del Cártel del Golfo había trasformado a Gómez Palacio.

Ora resulta que uno no puede entrar a ciertas colonias, ladró el taxista, porque son de los Zetas. Si no les paga uno cuota no puede trabajar. Pero el pasaje pide el servicio.

Las palabras del conductor evocaron en Alberto la sala de urgencias de un hospital. Los pacientes ingresan convalecientes, si tienen dinero para pagar o se encuentran afiliados al Seguro Social son atendidos. La medicina es una profesión de mercenarios. Existe cada cabrón dentro del oficio. Cada hijo de la chingada, que Alberto había considerado seriamente que era indispensable tal atributo para ejercer. Él era incapaz de comportarse como un aprovechado. Si hubiera sido un hijo de puta más, un comodino, abusón, no se habría metido en una broncota interminable. La bronca que lo traía de regreso a la ciudad.

Mire, joven, dijo el taxista, desde que comenzó la lucha contra el narco, Gómez Palacio se ha convertido en los Hamptons del Cártel del Golfo.

El discurso del chofer no intimidaba a Alberto. Permanecería tan poco tiempo en la ciudad que los inconvenientes de la realidad proferida no amenazarían su estancia. Además, no provenía de un pueblecito pacífico perdido en las entrañas del norte. Venía del meritito Culiacán. El clima de violencia no lo impacientaba.

¿A qué se dedica, joven?, preguntó el chofis.

Soy médico.

El taxista aprovechó para hacerle una consulta.

Oiga, desde hace dos semanas traigo un dolor reteintenso en la espalda ¿me podría revisar?

Yo soy otorrinolaringólogo, le contestó Alberto, necesita ir con un traumatólogo.

Bueno, nada se pierde, dijo acomodándose en el asiento, aquí se sube de todo. Uno jamás sabe si lleva como pasaje a un otorrino o a un muerto.

Precisamente un muerto era la causa de la presencia de Alberto en la ciudad. Hacía diez años, un paciente bajo su vigilancia había fallecido por una negligencia médica. Un error cometido por la residente de guardia, que ordenó se le administrara al enfermo un medicamento al que era alérgico. La temeridad, un inexacto sentido del deber y el sentimentalismo obligaron a Alberto a asumir la responsabilidad. ¿Qué medicamento había producido el deceso? No conseguía recordarlo.

No recordaba el nombre de la sustancia, pero sí el temor de la r4. Y que él necesitaba afeitarse. La familia del paciente reclamaba una cabeza. Y Alberto no permitiría que Cecilia pisara la cárcel. Era su novia. A cualquiera le podría suceder. El cansancio, las desveladas, la modorra heredada por el turno de noche, podrían orillarte a la equivocación de no revisar el expediente.

Para evitar la investigación que condujera a Cecilia, se autoculpó. Aceptó la carga. Proteger a su pareja era su prioridad. Entonces comenzó una penuria tramitológica que se extendería por diez años. Década en que lo perdió todo. Amigos, trabajo, respetabilidad e incluso a Cecilia.

¿Y qué lo trae por acá, joven?, por fin el taxista se había atrevido a lanzar la pregunta obligada.

Viejo metiche, pensó Alberto.

Vengo a firmar unos documentos.

Todos sus compañeros le recomendaban que no se metiera en broncas, que no asumiera las consecuencias de un error cometido por otra persona. Pero el heroísmo es una cuestión de timing. Todos en alguna oportunidad debemos comportarnos de manera heroica. Y ese era el momento de Alberto.

Confiaba en Cecilia. Confiaba en que se convertiría en una excelente otorrino. Pero el escándalo truncaría su carrera. ¿Y él? Él podría resistirlo. En algunos años nadie recordaría el incidente.

Una década después, aún no conseguía librarse de las consecuencias de aquella decisión.

Cuántas veces no hemos oído que la vida es un volado, joven, dijo el chofer, y ya ve. Gómez Palacio se ha convertido en la segunda fábrica de cadáveres del país.

Que todo el mundo te dé la espalda no es un pecado.

Újule, joven, andar de taxista no es fácil. Usté porque es doctor. No pasa las que uno. Pero si yo le contara.

La última vez que vio a Cecilia antes de entregarse se encontraron en un motelito del centro. Uno de tantos que afean las calles de Gómez Palacio. Un changarrito barato. Sin agua caliente. Sin aire acondicionado. Sin televisor. Hicieron el amor tres veces. Al final, con la última eyaculación, le agarró el melanco a Alberto. Separarse de Cecilia le producía una congoja inextricable.

Cenaron tacos de bisté en un puestecito a unas cuadras de la central de autobuses. Lo último que compartieron fue un cigarro mientras caminaban en dirección a la salida a Lerdo.

Deambulaban a la espera del amanecer. Entonces Cecilia le confesó a Alberto que estaba embarazada.

Siete semanas. Te iba a dar la noticia justo la noche que sucedió el accidente en el hospital.

Se prometieron que permanecerían juntos para siempre. Ella esperaría a que saliera de la prisión. Se casarían.

Al día siguiente, Alberto se entregó.

Qué distinto lucía Gómez Palacio. Nunca le había parecido un sitio de fiar. Pero, seis meses después de su última visita, era imposible no pensar en la inminente colombianización del territorio.

Durante el trayecto, Alberto reconoció algunas calles. El bulevar Miguel Alemán, el periférico, el vado, la Urrea.

No ignoraba que el chofer le estaba dando un tour por toda la ciudad.

Abundaban los retenes del ejército. En una esquina, observó la portada del periódico Extramex, anunciaba que se habían descubierto nueve decapitados en cuarenta y ocho horas.

Es cierto que en los pueblitos del norte siempre ha corrido la sangre, pero ora se la bañaron, dijo el taxista.

Ingresó a los separos del CEFERESO acusado de homicidio involuntario. Desde el penal llamó a su amigo Ramiro, también otorrino.

Estoy preso.

La familia del paciente ignoraba que la imprudencia había sido cometida por Cecilia. Demandaron a Alberto por muerte injusta. Pélate, le recomendaron. Regrésate a Culiacán. No soy un delincuente, se defendía.

Estuvo siete días detenido. Salió bajo fianza. La familia afectada exigía una indemnización. Recurrió a un amparo. Se le dictó sentencia. Culpable. Obtuvo la libertad condicional formal. Cada mes tenía que presentarse en las oficinas del CEFERESO a firmar.

Antes de que saliera, Cecilia desapareció. Le habían otorgado el cambio de residencia. El trámite no se cumplía de inmediato, había pedido un permiso y vacaciones para no presentarse en la clínica.

Alberto terminó su residencia sin problemas. No era el primer médico en ser demandado.  Pidió su traslado a Culiacán. Al hospital regional número 1 del IMSS.  Ahí conoció a Guadalupe. También otorrino. Se casaron. Tuvieron un hijo, Roberto. Cada mes, Alberto viajaba de Culiacán a Gómez Palacio para firmar. De lo contrario sería revocada su libertad condicional.

Durante nueve años no había faltado a la cita. Pero aquel día cumplía seis meses sin cumplir. El juez giró una orden de reaprehensión. El abogado que llevaba el proceso de Alberto en Gómez Palacio le notificó la decisión del juzgado. No te preocupes, saco un amparo. Es necesario que te presentes. Yo te voy a acompañar. Cuando estés en la ciudad te pones en contacto conmigo. No se te ocurra aparecerte solo por el penal.

El taximetro marca ciento cincuenta pesos. Ya llevamos media hora dando vueltas, joven, ¿a dónde lo voy a llevar?, preguntó el taxista.

Alberto no se decidía. ¿La casa de Ramiro o directo con el abogado? El taxi agarró la calle Juárez. Reconoció el rumbo. Aquí me bajo. En esta esquina. Ya era hora, joven. Estaba a punto de llevármelo a mi casa. Hace hambre. Le extendió un billete de doscientos pesos. Quédese con el cambio.

Caminó media cuadra hasta el Hotel Valdez. Pidió el mismo número de habitación donde le había hecho el amor por última vez a Cecilia hacía diez años.

El peque tenía diez años cuando murió su padre. La muerte nunca es considerada dentro de los planes. La enfermedad prepara para asumir la perdida. Pero en ocasiones un asunto de rutina se convierte en una desgracia. Su padre falleció por error. La muerte no lo había elegido. Se la eligieron, pensó.

El culpable había salido de la cárcel. La justicia en este país no existe, le dijo su madre. El Seguro Social se había lavado las manos. Toda la responsabilidad recaía en el jefe de residentes.

El peque creció resentido. Abandonó la escuela.

Si la justicia es impensable, la venganza no, le dijo su madre. Vamos a trabajar para reunir el dinero suficiente para contratar a un asesino.

Se mudaron a la colonia El consuelo. Una de las más conflictivas de Gómez Palacio. Situada al margen de lecho seco del río Nazas, también era una de las más lumpen.

El cumpleaños once de El peque no lo celebraron para ahorrar dinero. Vivían de arrimados, con una tía materna que trataba como sirvienta a su mamá. No importa, mijo, mientras nos ahorremos una renta. Pero sí importaba, pensaba El peque cuando se salía a apedrear lagartijas por el puro coraje de atestiguar cómo su mamá, que era alérgica al detergente, se mataba lavando ajeno.

Como estaba morro para conseguirse un empleo con prestaciones, se metió de lava coches. Vamos al Seguro Social, lo invitaban los morros de la cuadra. Dan buenas propinas. Prefería quedarse por la Alameda. Temía toparse al asesino de su papá. Ignoraba Alberto que  había abandonado la ciudad.

Si se hubieran encontrado, Alberto le dedicaría la misma sonrisa que le obsequió la última vez que se vieron en el hospital. Un gesto que El peque malinterpretó como una burla. Nunca se volvieron a ver, pero no hacía falta. El peque sabía de memoria el rostro del médico. El paso de los años nunca podría borrarlo de su memoria.

Sin importar cuánto trabajaran, El peque y su mamá no conseguían acumular capital. Nunca sospecharon cuánto les cobraría un asesino profesional, pero sabían que con lo reunido no alcanzarían para pagar sus servicios.

Asesinar una persona en este país no es tan costoso, le dijo su mamá. Pero comemos o financiamos el homicidio. Se quedaron días sin comer. No era suficiente. Diez mil pesos era una suma estratosférica.

Cinco años después lograron juntar el dinero. Fue el mismo Peque quien se presentó en casa del gatillero. Lo encontró liando un cigarro. Dile a tu mamá que me disculpe. Ya no me dedico. Ora vendo coca. Si quieres, te puedo dar algunos nombres.

La coca había entrado a la colonia, pero aún era la mota la droga más solicitada. En cuatro años, la demanda cambiaría dramáticamente, al grado de que nadie se acordaría que fue la mariguana quien le otorgó a aquella colonia su reputación.

El consuelo se dividía en dos. Estaba la parte de la cartolandía, donde vivía El peque. Y la parte de casas de adobe, ladrillo y block. Aquel año la presa Francisco Zarco superó sus límites de almacenamiento. Soltarían el excedente de agua, que pasaría por el lecho seco.

Desalojaron una cantidad importante de familias de El consuelo. Entre ellas a la tía de El peque. Aunque se negaban a abandonar las viviendas, tuvieron que salirse al observar que el margen se estaba desmoronado. Varias de las estructuras de cartón las arrastró el río.

Fueron los días del albergue. Periodo que aprovecharían para localizar al sicario. Pero la colonia estaba en caos. Algunos domicilios habían desaparecido. Las únicas casas en pie eran aquellas que ocupaban la parte pavimentada de la colonia. Ahí todos estaban afiliados a la coca. Nadie quería arriesgar su negocio.

Es inútil, le dijo su mamá. Tendrás que vengar a tu padre, hijo. Y con parte del dinero le compró una pistola.

El paso del agua cesó. Hacía quince años que el lecho permanecía seco. Como se necesitarían otros cinco lustros para que liberaran otra vez el agua de la presa, los colonos abandonaron el albergue y reconstruyeron la cartolandía en el margen.

Con el dinero sobrante de la compra del arma, El peque y su mamá compraron cartón, madera y plástico. Edificaron su propio hogar. Estaban cansados del maltrato que recibía por parte de su tía.

Durante su estancia en el albergue, El peque había comenzado a trabajar para un narquillo en ascensión. Su labor era entregar la mariguana a los clientes mientras otro morro cobraba. Cualquier oficio era más afortunado que lavar coches.

Escaló el escalafón con facilidad. A dos meses de unirse al negocio, se encargaba de las cuentas. A mí póngame a hacer lo que quiera, don, le decía, menos a llenar las bolsitas de mota. A El peque le tocó la industrialización del narcomenudeo. Antes la yerba la vendían a granel. El puño era la medida. No siempre la báscula, la grapadora y las bolsas ziplock formaron parte de la vendimia.

Vamos a ampliar el negocio, Peque, le dijo el patrón una tarde. ¿Cuánto llevas trabajando conmigo? Dos años, don. ¿Ya cumpliste los dieciocho? No. Acabo de ajustar los diecisiete. De ahora en adelante no sólo te vas a encargar de recogerles la feria a los puchers, vas a hacer que toda esa bola de ojetes dejen de vender mota y me empiecen a aventar coca.

El peque había salido bueno pa las cuentas, pero el patrón le estaba pidiendo que se moviera en terrenos que no pisaba. A ver cómo los convenzo, le dijo. Llevan años traficando mota. No creo que se quieran actualizar. ¿Cómo que a ver? ¿Cómo que a ver? Me los modernizas. Te les paras enfrente. Les adviertes que dice el jefe que de ora en adelante van a vender polvo. El que se niegue me lo tumbas.

Al primero que se echó fue a uno de los dílers más viejos dentro del bisnes. Yo vendo mota desde antes que tú nacieras, morro. Te encargo que le digas a tu patrón que no me interesa. Entienda, le aclaró El peque, la mota pasó de moda. Con la coca se va hinchar. ¿Pasar de moda? Ni madres. Desde tiempos de mi señor Jesucristo la raza ha sido bien grifa.

Felicidades, le dijo el don. Haz dejado de ser virgencito. Y el próximo güey que se oponga a la tecnología, me lo bajas también. Por eso este país no avanza, por cabrones como ese. Mira que resistirse al futuro.

La coca no era nueva en el barrio. La aportación del don era su intención por masificar el producto. Antes la coca era un asunto de privilegiados. Un gramo costaba trescientos pesos. Para popularizarla, un pase tendría que costar sesenta pesos. Pero nadie compraría una raya. No en la colonia. Para atraer a los adictos había que aplicarles la ley del plato. La ley consistía en aventar un plato lo más alto posible para que al caer se rompiera en añicos pequeñísimos. Entre más altura ganaba el plano, mejor se daba en la madre. El truco consistía en ofrecerle al adicto una buena cantidad de polvo por poco dinero. Sustituir la coca por seudoefedrina.

El peque había convencido a todos los puchers de las colonias aledañas. La mota era old fashion. Su nueva chamba consistía en talonear la seudoefedrina. El don era un visionario. Pero no le alcanzó el tiempo para descubrir la fórmula. La seudoefedrina no abarataba los costos como calculaban.

Unos años después, los cárteles encontraron la solución. La coca no era tan adictita como el crack. En lugar de ofertar polvo, ofrecieron piedra. En poco tiempo la coca fue también old way. Si de repente algún despistado pedía algo para la nariz, se le daba lo mismo: clorhidrato de coca, agua de acumulador y raticida en una bolsita. Quién distinguiría la verdadera cocaína.

A los dieciocho, El peque atestiguó cómo el pequeño imperio del don terminó. El cártel conocido como los Zetas había arribado a Gómez Palacio. Agarraron parejo, narco, narquillo, pucher, díler, De ora en delante se te acabó el negocio. Trabajarás para mí. Y todo aquel que se alebrestaba era aniquilado.

Al don lo mataron un domingo. Su hijo heredó el negocio. El chavo sí se alineó. Vendía puro producto Zeta. Las bolsitas eran obsoletas. La marca de la casa era la famosa cápsula de color amarillo.

Los Zetas reclutaban a puro morrito cholombiano. A los treinta eres ruco dentro de la organización. El peque, muerto el don, se alió al cártel. ¿Sabes disparar?, le preguntaron. ¿Qué más sabes hacer? Era un estuche. Nunca ambicionó convertirse en cabecilla. Su único deseo, siempre, fue darle cran al médico que había matado a su padre.

Durante nueve años, había perdido de vista a su objetivo. La vida se lo estaba poniendo de pechito. Le había mandado el cártel del cielo para que liquidara al médico que había matado a su padre. Un hombre no necesita de un cártel para matar a otro hombre. Pero El peque anhelaba un castigo ejemplar para el médico. Sabía que no se le podía escapar. Que cada mes se presentaba a firmar.

Un mañana despertó convencido. Era el momento. Jefa, dijo, voy a matar a Alberto Benavides. Ya ha disfrutado su vida y su libertad. Es hora de cobrarle lo que le hizo a mi padre. Hijo, le dijo la mamá, pensé que lo habías olvidado. Vénganos. Cómo cree. Se la tengo guardada.

El sonido del teléfono lo despertó. ¿Ramiro Berlanga? Sí. Habla el abogado de Alberto Benavides. Disculpe que lo moleste tan tarde. Ando buscando a mi cliente. Eran las tres de la madrugada. Alberto está en Culiacán, abogado. Imposible. Hablé con su esposa a las once de la noche. Me dijo que había salido para Gómez Palacio antier por la mañana. ¿Hace cuanto que no tiene noticias de él? ¿No le informó que vendía? Últimamente no hemos tenido contacto. Pero cuál es la novedad, viene cuatro semanas a firmar. Hace seis meses que no se presenta. El juez le giró orden de reaprehensión. Imaginé que se reportaría con usted. Siempre que viene se hospeda en mi casa, abogado. No sé por qué no llegaría. Hace cuarenta y ocho horas que pisó la ciudad y no tengo noticias. No se ha parado en el reclusorio. Si lo visita, dígale que me llame. Buenas noches.

Señor Alberto Benavides. ¿Sí? Soy el recepcionista. Dígame. Lo buscan. ¿Quién? La señora Cecilia Carrasco.

¿Por qué te hospedas en esta pocilga?, preguntó Cecilia. ¿Ya se te olvidó lo que me prometiste en esta pocilga? Vayamos a otro sitio. Por qué, ¿te incomoda? Alberto, han pasado casi diez años. No estoy aquí tratando de reconquistarte. Tú eres un hombre casado.

Un americano, pidió Alberto. ¿Para que me mandaste llamar? Tú fuiste quién trató de localizarme. Sí, hace casi ocho. Quería exigirte una explicación. En el hospital me dijeron que abortaste. Cecilia pidió un capuchino. ¿Tiene azúcar dietética? Alberto, mentí. Tenemos un hijo, se llama Raúl.

¿Les tomo su orden?, preguntó el mesero. Nadie contestó. Vuelvo en un momento, dijo.

Cuando me invitaste a desayunar pensé que me explicarías por qué huiste. No aceptaría tu disculpa. Pero terminaríamos en la cama. Y me convertiría en tu amante. Jamás imaginé que me sorprenderías. ¿Dónde está mi hijo? Te equivocas. Todos los hombres piensan que son indispensables en la vida de una mujer. Antes de que se conozcan, quiero que te enteres de la situación. Alberto, tengo cáncer.

¿Me quieres decir que si no tuvieras problemas jamás me hubiera enterado de su existencia? Te quiero decir que estás en tu derecho de levantarte de la mesa e irte. ¿Te gustaría conocerlo? Por supuesto. Es mi hijo. Pero, qué le voy a decir. ¿Tu mamá está enferma. Vas a vivir conmigo?

Raúl es mi responsabilidad. Sólo quiero asegurarme de que no quede desamparado. ¿Hasta ahora? Alberto, no quiero pedirte disculpas porque no existe disculpa que valga. El ayer no va a volver. No deseo darte explicaciones que sirven de nada.

¿Te casaste?, preguntó Alberto. Sí, me case. Estaba asustada. Necesitaba seguridad. Pensé que no soportarías la presión. Que me delatarías. Que daría a luz en la cárcel. Pero hicimos un acuerdo. Me entregué. Sí, Alberto, pero he visto lo que la prisión le hace a las personas. Recuerda que fui yo quien le administró el medicamento al paciente. El cárcel trasforma a la gente. A mí no, Cecilia. Te subestimé, perdóname.

¿Dónde está el niño? Aquí, en Gómez Palacio. Volvimos desde hace seis años. ¿Está con tu marido? No. Me divorcié. ¿Por qué? No funcionó. Era golpeador. ¿Cómo me localizaste? No fue difícil. Tengo una amiga, en Culiacán, es enfermera.

¿Ya les puedo tomar su orden? preguntó el mesero. Yo sólo quiero un jugo de naranja, pidió Cecilia. A mí me traes unos molletes, ordenó Alberto. ¿Siempre vienes a Sanborns? Yo prefiero Vips. Cuándo podré ver a Raúl. Mañana. Me urge presentarlos. La semana que entra comienza la quimioterapia. No me has dicho qué tipo de cáncer tienes. De mama. Me lo detectaron hace medio año.

¿Qué le has dicho a Raúl de su padre? Que estabas muerto. Pereciste en un accidente automovilístico. No se me ocurrió inventarle una historia heroica, en la que te hubieras entregado a la policía para salvar a su madre de la cárcel. Podrías haberle contado otra mentira. Que vivía en Estados Unidos. Para qué. Alberto, tú para mí estabas muerto.

¿Y cómo es Raúl, se parece a mí? Mañana lo conocerás. Sólo te voy a pedir un favor, no le cuentes nada del incidente. Ni que estuviste detenido. Si te pregunta dónde estabas, le respondes que en Brasil.

Por qué no le dices la verdad. Es tarde para la verdad, Alberto. ¿Y a Raúl, qué le vas a inventar sobre el cáncer? Yo nada. Tú se lo dirás. Me tengo que ir. Te espero aquí mañana, a la misma hora.

Ramiro Berlanga, habla el abogado de Alberto Benavides. ¿Alguna novedad? No, abogado. He indagado entre algunos compañeros pero nadie sabe nada de Alberto. No contesta su celular. Le encargo, doctor. Siga insistiendo. ¿Qué número tiene? Es el mismo. ¿Lo cambiaría sin avisar? No creo, abogado. Anoche hablé a Culiacán. Su esposa me dictó este mismo número. Tampoco ella sabe de Alberto. Está preocupada. Doctor, ¿sabe si Alberto sostiene una aventura? No. Me lo diría. Si en lugar de venir a firmar viajaba a visitar una amante lo sabría. Además, anoche su esposa me explicó que Alberto no había venido a firmar por exceso de trabajo. ¿No le comentó si había recibido amenazas, correos electrónicos o llamadas intimidantes? No. No mencionó nada al respecto. En fin, perdone que le robe tiempo. Si por casualidad lo ve, dígale que no se le ocurra presentarse solo a firmar. Hasta luego.

En el Seguro no trabaja Alberto Benavides, dijo el licenciado. Revisé las nóminas de todas las clínicas de Gómez Palacio, su nombre no aparece. Tal vez le revocaron la licencia. Búsquelo en el CEFERESO, dijo El peque. Firma cada mes.

Al día siguiente, El peque recibió la llamada del licenciado: Anda bien movido, patrón. Hace cuatro meses que no se presenta a firmar. Orita me encuentro en el Palacio de Justicia, voy a hacerle una visita a mi compa el juez.

Quiobole, mi Lic., saludó el juez. Qué ocupa.

Señor juez, es visita de cortesía.

Estoy a sus órdenes. ¿En qué puedo servirle?

Traigo varios pendientillos. Necesito que me gire una orden de reaprehensión.                 ¿Cuál es el nombre del acusado?

Alberto Benavides.

¿Llevo el caso?

Seguro.

Esto le va a costar, mi Lic.

¿Lo cuota?

La misma.

¿Un desayuno en La Majada?

Trato hecho.

Ya te cargó el payaso, cabrón, se dijo el licenciado.

A qué dirección mandan los citatorios de este fulano, Martita, le preguntó el licenciado a la secretaría.

Domicilio conocido, mi Lic. A la oficina de su abogado.

¿Tiene la dirección del acusado?

Se me hace que ya no vive ahí.

Démela.

Pinche Martita, tenía razón, cómo no le creí con esas nalgas que carga, pensó el licenciado cuando le dijeron Aquí no vive Alberto Benavides.

¿No dejó alguna dirección donde pueda localizarlo?

No, cuando rentamos la casa estaba deshabitada.

Le voy a dejar mi tarjeta. Si apareciera, avíseme. Le daré una buena propina.

Ni pedo, se dijo el licenciado. Voy a tener que verle la jeta a su abogado.

El abogado de Alberto Benavides recibió al licenciado a las cuatro de la tarde. Antes de presentarse, de tenderse la mano, de sentarse, el licenciado dijo Voy a proponerle un negocio.

Mamá, por qué venimos a desayunar a Sanborns, preguntó Raúl.

¿No te gusta?, dijo Cecilia.

Quería ir a Vips.

El sábado almorzamos en Vips.

Mamá, por qué no fui a la escuela.

Deseaba pasar una mañana contigo. Voy a salir de vacaciones. Y tengo que salir de la ciudad.

¿A dónde vas a ir?

A Guanajuato.

¿Y no me vas a llevar?

No.

¿Por qué?

¿Qué vas a pedir? ¿Un club sándgüich, hot cakes o guafles?

Mamá, yo ya había soñado con este día. Con este lugar. Desayunábamos en esta misma mesa, un hombre entró por la puerta y se sentó con nosotros.

¿Y cómo era el hombre?

No vi su rostro. Sólo recuerdo que en mi sueño el hombre venía a matarme.

Raúl, ¿sabes por qué estamos aquí?

No.

Quiero que conozcas a alguien.

¿Hombre o mujer?

Hombre.

¿Es el hombre de mi sueño?

No sé si sea el hombre de tu sueño, sólo sé que no viene a matarte.

¿Y por qué quieres que lo conozca? ¿Quién es ese señor?

Es un amigo.

¿Es amigo de mi papá?

Lo fue.

A las doce, Raúl comenzó a desesperarse.

Mamá, llevamos dos horas esperando.

Cecilia pidió la cuenta.

¿A qué horas te dijo que vendría?

A las diez.

Creo que el señor no va a venir.

Vámonos, dijo Cecilia.

¿Y por qué era tan importante esperar al señor?

Te iba a entregar algo que le pertenecía a tu padre.

En mi sueño no sucedía eso.

¿Qué ocurría en tu sueño?

Me decía hijo.

Tengo su foto, dijo el licenciado. No daba con él porque vive en Culiacán. Ya se lo cargó su pinche madre, patrón. Lo voy a mandar traer. En cuanto ponga un pie en Gómez Palacio nos lo chingamos.

Llevas dos meses localizándolo, dijo El peque.

Ya lo tengo seguro, patrón. El abogado me lo va a poner en charola de plata.

¿Y sí sale de Culiacán?

Viene para acá. De hecho, le hablo para avisarle que se vaya preparando. En cuánto recibamos la llamada del abogado vamos por él.

¿Doctor Ramiro Berlanga? Habla el abogado. Detuvieron a Alberto. Me presenté en el penal. No pude verlo. Pagué la fianza pero no quisieron soltármelo. Ya está todo en orden. Va a salir el martes. Tal vez se ponga en contacto con usted. Le aviso para que vaya a recogerlo. No pude hablar con él, pero se encuentra bien. No se preocupe. No es la primera vez que pisa un penal. Sólo va a dormir una noche en la cárcel. Si quiere, vaya por el temprano. A las nueve. Llévele unas gordas. Seguro se va a andar muriendo de hambre.

Ramiro Berlanga despertó el lunes a las siete de la mañana. Se preparó un café. En el periódico leyó esta noticia:

Ahorcado de ayer tenía algunas horas de haber salido del Cereso

En la Fiscalía General del Estado de Durango se indicó que se trataba de un médico del Instituto Mexicano del Seguro Social y quedó libre debido a que la AFI, en días anteriores le había cumplimentado orden de reaprehensión por el delito de negligencia médica.

Gómez Palacio.- Luego de las diligencias de rigor, las autoridades ministeriales identificaron el cadáver encontrado en viviendas de la colonia villas de Zaragoza, detectándose que se trataba de un doctor, el cual tenía algunas horas de haber salido libre del Centro de Readaptación Social, cuya muerte fue por contusiones y estrangulamiento.

En la Fiscalía General del Estado se indicó que se trataba de un médico del Instituto Mexicano del Seguro Social, el cual tenía algunas horas de haber quedado en libertad del centro penitenciario, debido a que la AFI en días anteriores le había cumplimentado orden de reaprehensión por el delito de negligencia médica.

La víctima respondía al nombre de Alberto Benavides Angulo de 37 años de edad, quien tenía su domicilio en Culiacán, Sinaloa.

Las pruebas periciales detallan que se trató de una muerte violenta, la cual ya es investigada por las autoridades ministeriales.

Se conoció en la representación social que fue el pasado sábado cuando el hoy occiso fue internado en el centro penitenciario debido a que en su contra existía la orden de reaprehension por una negligencia médica, debido a que era otorrinolaringólogo.

Tras acogerse al beneficio de la libertad condicional, fue el pasado domingo por la tarde cuando lo dejaron en libertad y ya el lunes por la mañana fue encontrado sin vida.

Las autoridades ministeriales detallaron que el cuerpo fue encontrado en la colonia Villas de Zaragoza sobre la calle Campo de Villa casi esquina con Villa Camacho, en la casa marcada con el número 15, la cual aún se encuentra en construcción.

Fueron los trabajadores de la construcción quienes encontraron el cuerpo sin vida, motivo por el cual dieron la voz de alerta al sistema de emergencia 066 de Seguridad Pública.

Fue el mismo lunes por la noche cuando el cadáver fue reconocido por la esposa, quien detalló sobre su detención y profesión.

Sobre su captura se indicó que enfrentaba el proceso penal 90/01 del Juzgado de Distrito, donde la persona ofendida fue Esteban Macías Hernández, a quien supuestamente le había administrado un medicamento al cual era alérgico.

¿Y este morro?, preguntó El peque.

Es el que entrega las cápsulas.

Está morrito. ¿Cuántos años tiene?

Diez.

Les he dicho que no me traigan esa gente. Hasta que cumplan catorce.

¿De quién es hijo?

No sabemos. Dice que se escapó de su casa.

Pura paleta, dijo El peque. Denle patrás.

Necesitamos un mandadero.

A ver, trailo.

Ai ta.

Cómo te llamas.

Raúl Benavides.

¿Eres de por el rumbo?

No.

¿Quién es tu papá?

No tengo. Mi mamá es doctora.

¿Dónde está?

Se fue de vacaciones.

Estás demasiado morrito. Te vamos a devolver.

No, patrón. Déjeme quedarme.

Nel, morro. No puedes con una pistola.

Cómo no. Déme una y ya verá como me tumbo al que quiera.

La jota de Bergerac (versión completa)

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Las jotas que nos vestimos de mujer somos seres fascinantes, dijo Alexia.

Entre el bufe y la anorexia, el rush y la putería, el dopaje y las canciones de amor no correspondido, Alexia era la más bonita, la más escultural, la más perfecta de todas las “vestidas” de la ciudad. Sólo tenía un defecto, la nariz. Un promontorio obsceno, insultante, desproporcionado. Empecinado en desafiar la delicadeza de su rostro de modelo europea de imitación. Libre de imperfecciones, de impurezas, de cicatrices.

Las jotas que nos vestimos de mujer somos seres fascinantes, repitió frente al espejo.

“Él me mintió. Él me dijo que me amaba. No era verdad. Él me mintió”. La voz de Amanda Miguel salía de una grabadora en forma de güevo. Oír esa canción mientras se colocaba la peluca se había convertido en un ritual insondable. Ni Marisela, ni Lupita D’ Alessio, ni Myriam de la Academia, conseguían sacarla del masomeneo que experimentaba cada noche de sábado antes de salir a putear. De qué le servía lucir más guapa que cualquiera de las “vestidas” que recorrían la avenida Morelos si nunca había ganado el Miss Gay.

Alexis era una jota masomeneada. Soñaba con encabezar la marcha del orgullo gay. Había nacido para ser una reina. Y sus clientes la llamaban niña, nena, princesa. Pero nunca reina. Una primera dama, pensaba, no puede presumir una nariz como esta. Por eso no me colocan la corona. Cada año participaba en el concurso. Cada año ganaba en la categoría de mejor figura. Cada año los jurados anhelaban entregarle el primer lugar, pero en cuanto la miraban a la cara se decidían por otra participante. La nariz de Alexia los ofendía. Fue entonces, después de perder tres ocasiones consecutivas el certamen, que decidió operarse.

Así como a cada puta le llega su padrote, a cada loca le nace su mayate. Y el mayate inconcebible de Alexia no era ningún cholo, ningún albañil, ningún malandro. Su explotador era su propia nariz. Que lo obligaba a prostituirse incansablemente los fines de semana. “El cuerpo es un tirano” había oído decir a una “vestida”. Hasta que otra la corrigió, “No, mana. El tirano es el culo”. “La verga es la tirana”, terció otra más. Todas estaban equivocadas, pensaba Alexia. La única tirana era la verdad. Y la verdad de Alexia era que pertenecía a esa clase de joto que luce mejor vestido de mujer que de civil.

Existen dos clases de “vestidas”. Las vestidas de tiempo completo, las full y las que sólo se transforman para trabajar. Alexia era una mujer. A la que no le importaría esclavizarse para siempre a unos tacones si no fuera por la mendiga nariz que le otorgaba una apariencia freak. En el “ambiente” los defectos de fábrica son el tormento personal. Las lonjas, las piernas flacas, la falta de senos. Pretextos ideales para ejercer la falta de autoestima.

Y qué es una jota sin autoestima. Una jota feliz. Desinhibida. Pero Alexia no podía ser feliz, no siendo tan fashion. Que se resignaran las malhechas, las hombrunas, las marranas. Ella no. Ella se encontraba a una cirugía de la perfección. “Antes muerta que operada”, le había ladrado una “vestida” afuera de La rueda. Pinche envidiosa, pensó Alexia. Pero ora que me haga la rinoplastia me voy a levantar a toda la puta ciudad y las voy a dejar sin clientes, culeras.

Las jotas que nos vestimos de mujer somos seres fascinantes, insistió Alexia.

Le prendió una veladora a San Judas Tadeo y salió a la calle. Era una morena de espectacular. Qué diferencia con su atuendo de Alex. Como hombre era una figura sin chiste, ignorable. El atractivo de su cuerpo desaparecía. Por el contrario, las mallas y la minifalda lo convertían en un objeto deseable a cualquier hora de la madrugada. Era tan escandaloso el contraste que como Alex jamás había logrado levantarse un hombre.    

Aquella noche no se decidía a hacer la Morelos o a sentarse en la esquina de La plaza de armas o a plantarse afuera de La rueda. En los últimos meses la clientela andaba escasa. La crisis permanente, el aumento masivo de perdida de empleos, las narcoejecuciones y una falsa alarma de amenaza epidemiológica, provocaban que los clientes se sordearan. Que se refugiaran en la masturbación. O que desarrollaran inéditas parafilias. Sólo los incondicionales patrullaban las noches en busca de su dosis de cuerpo. Recibieran o fueran recibidos.

A los catorce años, dos sucesos habían transformado la vida de Alexia. Y aunque pareciera que son responsables de todo el devenir de su vida, en realidad lo sustancioso no eran los acontecimientos si no lo que desencadenaban. A partir de ese momento todo sería transformación. Alexia no dejaría nunca de metamorfosearse.

Apareció el deseo. No el deseo por ser activa o pasiva. O ambas. El deseo por ser una transformer profesional. Por nunca vivir una transacción con un cliente de la misma forma. Ser distinta siempre. Que un cliente asiduo nunca se acostara con la misma Alexia. Que nunca se familiarizara con ella. Sin importar cuántas cogidas hubieran pactado. Sin importar la cantidad de pelos, sudor, caca, semen y sangre que se dilapidara.

El principal orgullo de Alexia era satisfacer al cliente. Proporcionarle el placer exigido. A los catorce años, un señor barrigón la llevó al río creyendo que era mozuela. Pero ya era puta. Había perdido la virginidad a los doce con un tío. Al final, después del acostón, el señor la recompensó con unos billetes. Y recibir dinero a cambio de obsequiar su cuerpo pobló a Alexia de un retorcido sentido del deber. Exprimiría su carne. Si fuera una mujer anatómicamente correcta, pensó, rentaría mi útero.

Después, vino el amor. Y la decepción. Existe una diferencia abismal entre un hombre y una mujer que se prostituyen. Cuando ambos han sufrido una derrota amorosa, la mujer se dedica, con indiferencia y menosprecio, a reconstruir el trauma, el complejo (las tetas pequeñas, la ausencia de nalgas). El hombre no, él se dedica con ahínco a reconstruir su amor. Y sin importar que no pueda volver a enamorarse, como le sucedía a Alexia, en verdad se entregaba en cada transacción. Era contradictorio. Alexia no confiaba en los hombres, no deseaba uno a su lado, no soñaba más con la replica del hogar heterosexual. Sin embargo, era capaz de ser la mejor ama de casa de la historia.

Cirujearse era la única solución. Pero a ese paso, la calle estaba muerta, tardaría cinco años en reunir el dinero. Entonces tendría treinta y cinco años. Y sería una reina marchita. No entendía cómo una muñeca de su altura tenía que sobajarse a mamarle la verga a cualquiera por cincuenta pesos. Ella tenía la obligación de vender caro su amor. De cotizarse. Al cliente lo que pida, aseguraba, pero hay niveles. Una jota puede enamorarse de un cholo, de un macuarro, de un marranilla, pero el negocio era sagrado.

Necesitaba juntar una cantidad escandalosa, no era como sacar para la piedra. Trabajitos de cincuenta estaban bien para las adictas a las que les urge fumarse la dosis. Una intervención quirúrgica era un lujo al que ninguna de esas perdidas aspiraban. Una solución fácil para talonear el dinero era hacerse la querida de un narco o de un político. Otras lo habían conseguido. Pero una vez más, su nariz se interponía.

Tras mamar dos o tres miembros, las “vestidas”, ante la falta de clientela, ingresaban a La rueda a bailar, a beber. Alexia no. Se mantenía inamovible. Era la reproducción idéntica de Marga López en Salón México. Se arrastraba por un mísero peso. No para pagar los estudios de una hermana. Para erradicar de su rostro la ignominia que representaba su nariz. “Vente, jota”, le dijo La Tropicana. “Entremos, ya no hay nada”. Sin embargo, Alexia no renunciaba. No le agradaba mamársela a borrachines, a pordioseros, a cargadores, pero se repetía a si misma: Es parte del show.

La rueda era el bar gay de más jerarquía en la ciudad. Adentro, jotos, “vestidas” y lesbianas medio socializaban, porque como dijo una de ellas, “ya ven como hay jotas raras”. Alexia sólo entraba al bar una vez a la semana. A tomarse unas cervezas. A ligar. O a oír los chismarajos. Otras se la vivían dentro. No podían respirar en la calle. Alexia no, se quejaba de que no soportaba ver a tanto joto junto.

Eran las cuatro de la mañana. No quedaba nadie en la esquina excepto ella. Estaba a punto de largarse a su casa. A cumplir con la obligación desoladora de volver a ser Alex. A deprimirse porque como Alex no se valía nada. Los hombres lo detestaban. Algo atroz, se recriminaba, porque hasta la jota menos agraciada agarraba siquiera un taquito. Lo del señor barrigón, su primer cliente, fue debido a la edad. Entonces era un lolito. Y su fama de ninfeto se desvaneció con los años. Su imagen de apetitosa criatura se trasmutó en el apelativo La jota de Bergerac. Pinches “vestidas”, son reignorantes, pero cuando se trata de ridiculizar a otras son chingativas hasta lo culto.

Qué noche tan mala para Alexia. Ni una mísera mamada le caía. Y lucía sensacional, no sensacionalista como las otras locas deformes, en su vestido rojo pegado al cuerpo, tacones de aguja negros, acompañado por un monedero imitación de piel de lagarto. Lista para desfilar por la alfombra roja. Como una Eva Longoria. Era una madrugada calurosa. Se encaminó a la cera opuesta para subir a un taxi. Un auto rojo le impidió continuar con su trayecto.

Fue así como conoció a Wilmar. El cubano le cambió la vida.

A la mañana siguiente, Alexia volvió a ser el insignificante Alex. Un putito empleado de zapatería. Odiaba el uniforme. La camisa tipo polo con el logo 3Hermanos. Aborrecía su calzado obligatorio. Negros zapatos de secundario que pasaban desapercibidos. Cómo extrañaba el magnetismo que imponían las zapatillas. El paso tumbahombres.

La fama de su nariz se había extendido a todo el personal de la zapatería. El apodo de La jota de Bergerac era de dominio público. A sus espaldas lo bergeraciaban. Despiadaban sobre su descomunal nariz. Pero él era Marga López en Salón México. No importaba cuántas vejaciones sufriera, cuánta purgación le promovieran, la recompensa sería abandonar el limbo de la indiferencia de los jueces del concurso. “Jota nariz de gallega”, “Cotorrita”, “Jota hornillona”, era la carilla que Alexia soportaba. Pero esa mañana los furibundos adjetivos no la masomeneaban. Sólo pensaba en el cubano. Palos y piedras me lastimarán, palabras no, se decía.

Mientras acomodaba un par de tenis en el aparador recordó las vicisitudes de la noche anterior. Su huida, de los brazos de Wilmar, cual vil Cenicienta incómoda. Quien no se obsequió siquiera con una zapatilla que permitiera seguirle el rastro. Estaba decidida a marcharse a casa. A cumplir con el rito de oír a Amanda Miguel al momento de despojarse de su peluca, “Mentiras, todo era mentiras. Palabras al viento.”, cuando un cubano desde un auto rojo le preguntó su nombre.

Cómo es que tú te llamas cosa rica.

Alexia respondió insegura. Cohibida, por temor a que la aproximación de su rostro fuera a espantar al cliente. Después de que ardió el fuego de su nariz, empezó el humo de la resignación. Wilmar no se amedrentó por la indecible protuberancia que afeaba el rostro de Alexia. El desanimo que experimentaba Alexia, el mismo que padece alguien cuando ve un auto del año chocado, menguó con la naturalidad que le prodigaba el cubano. Como si su nariz no existiera. Aunque fuera innegable. Sin embargo, Wilmar admiró las propiedades anatómicas de Alexia. No reconocía mejor cuerpo en una “vestida” desde que había arribado a la ciudad.

¿Te acompaño?, consultó Alexia, intuitiva, sospechaba que el cubano era generoso. Podría hacer la noche con un solo cliente.

Yo soy muy especial, le respondió. ¿Me tratarás bien, titi?

A Alexia le hubiera gustado regalarse al turista, pero su desesperada situación la obligaba a cobrar por sus servicios. La verdad es que se sintió conmovida por el cubano. Cuando dentro del auto le dijo Qué cosa rica tan más bien armada, adoró encontrase con alguien que por fin reconociera las virtudes de su cuerpo.

Y se trataba sólo del principio de lo que Alexia podía ofrecer. Meterse con una “vestida” en ocasiones es decepcionante. Desnudas son un despojo. Por esa razón algunas prefieren no desvestirse por completo. Que las penetren o penetrar con su atuendo intacto. Es comprensible. Imaginen a la Mujer Maravilla sin su lazo dorado. Sería como cualquier ñora gorda. La diferencia que marcaba Alexia era que al encuerarse develaba sorpresas. Las piernas, las nalgas, las tetas, la verga, el cuerpo fibroso sin llegar a ser masculino, la peluca radiante, todo se sumaba para consolidarse como la fantasía perfecta de cualquier aficionado a los travestis.

Wilmar, ha quien le encantaba ocupar, pero también ser ocupado por un miembro mientras sentía unas tetas restregarse contra su espalda, se sintió desarmado ante esa hamburguesa que sí tenía carne. No como las otras “vestidas”, que sólo ofrecían soya. Y el trauma, el complejo, que siempre impelía a Alexia a trabajar con la luz apagada se difuminó en la habitación del Fiesta Inn. Durante el acto el cubano se colocó detrás de Alexia, quién se sacudía de pie por las embestidas del negrón. Absorta, no se percató que se situaban frente al espejo. Sólo hasta que alcanzó a levantar la cabeza se enteró de lo que sucedía. Desafiante, sostuvo su mirada sobre su nariz. De inmediato, silenciosa, comenzó a llorar. La rabia la inundó a causa de su geografía facial. El cubano lo sorprendió llorando. No se detuvo. Continuó con la penetración hasta eyacular como los elefantes: un litro de semen.

Qué es lo que te tiene acongojá, chichi, le preguntó Wilmar.

Alexia encendió un cigarro. Como buena jota mintió. No quería exhibirse ante él. Inventó una historia. Su madre enferma. Su hermano desempleado. Su vida en la catástrofe. Tranquila chica, no te arrecies, le informó el cubano. Te pagaré buenas fulas por la “templeta”. Wilmar andaba forrado. Era la nueva adquisición de Los Vaqueros Laguna. El pícher estrella. Hacía como tres semanas que había llegado a reforzar al equipo. Desde su primera noche se dedicaba a cazar “vestidas”. Su vicio. No bebía, no fumaba, no consumía drogas. Su delirio eran las “vestidas”.

Toda la jornada Alexia pensó en Wilmar. No estaba enamorada, no. Se había prometido a sí misma jamás volver a hacerlo. Que la usaran. Que la mancillaran. Que la transgredieran. Pero desde que su tío, su iniciador, le rompiera el corazón, jamás volvería a poner sus emociones al descubierto. El gesto del cubano la conmovió. No al grado de desarrollar sentimientos hacia él. La cautivó indagar que en el mundo todavía existían personas que se alimentaban de los sentidos. Que no les importaba ejercer el escarnio, a cambio de descifrar el placer implícito en un cuerpo.

“No me vuelvo a enamorar. Totalmente, para qué. Si la primera vez que entregué mi corazón, me equivoqué”, cantaba Alexia. Y recordó el “Pelucón” que le organizó su tía a los trece años. La vocación de Alex por vestirse de mujer desde pequeño divertía a la hermana de su mamá. Una ñora, con los deseos frustrados de tener una hija, que disfrutaba peinando la cabellera larga de su sobrino. A escondidas lo maquillaba. Le enchinaba las pestañas. Le enseñaba a caminar con zapatillas. Lo mimaba con vestidos, falditas, corpiños. Una “vestida” es como un carro alterado. O tuneado. A Alexia le modificaron la psique. El motor. Pero la más exitosa trasformación la sufrió en la carrocería. Su tía, orgullosa, después de promover entre las vecinas una hamburguesada para comprarle su peluca de cabello original, el famoso “Pelucón”, le tomó una fotografía. Y sólo hasta que la revelaron, Alexia descubrió que su estado ideal era vestido de mujer.

El pícher era un golden boy para el equipo. Para Alexia era la oportunidad de conseguirse un cliente fijo. Un consumista de su carne que le garantizara determinada cantidad en un periodo no demasiado prolongado. Sintió que la operación estaba próxima. Debía aprovechar el descuento de diez mil pesos que promocionaba un cirujano. Con celo, guardaba en un cajón el volante doblado que en una ocasión le obsequiara un chavalito en el centro. Al principio, se ofendió con la propaganda. Interpretó la acción del chiquillo como una burla malintencionada. Conforme avanzó, secretamente se guardó el papel.

Su hora de salida llegó. Como siempre, se marchó directo a su casa. A mirar en la tele películas en blanco y negro. Prefería encerrarse a mirar a Dolores del río que pasear su nariz de yunque por la calle.

Wilmar era su Pedro Armendáriz. Su amuleto contra el infortunio. Alimento para su ego. Y por sobre todas las cosas, su ticket para la cirugía.

Una semana después del levantón, Wilmar apareció en su auto en la esquina de Juárez y Muzquiz. Las “vestidas” chiquillas, de diecisiete diecinueve años, vampíricas impostadas, se lanzaron sobre el cliente convencidas de que La jota de Bergerac u otras más viejas no tendrían oportunidad de trato. Era la historia de los últimos dos años. Alexia perdía impacto. En sus inicios como puta los consumidores obviaban la fealdad de su nariz a cambio de la frescura de su mocedad. De la novedad de su cuerpo. Pero desde la irrupción de las cada vez más jovencitas “vestidas”, catorce quince años, nadie le perdonaba su improperio facial. Nadie recordaba que bajo la aberrante nariz se localizaba un cuerpo sin fisuras, una aventura irrepetible. La clientela de las “vestidas” es vulgar. Sólo desean ultrajar.

Y a ellas les encanta ser ultrajadas.

No a Alexia. Quien dejó a todas pendejas cuando Wilmar bajó del auto, la tomó de la mano como a una reina y la condujo al asiento del copiloto para abrirle la puerta. Una deferencia prodigada sólo a las hijas de familia, a las novias oficiales, artefactos más postizos que las “vestidas” mismas. Gigantas en su rencor, impolutas, innobles, las putas se consumieron en sedición al ver el Jetta rojo del año alejarse rumbo al bulevar.

En el interior del auto Alexia leyó Inglaterra en una calcomanía pegada en el tablero. La palabra cimbró la mente de Alexia. Ella era una reina sin corona. Una reina saboteada. La referencia al país le removió las entrañas. Reconoció una alcurnia reservada sólo para ella. Un discurso que le recordaba un origen perdido, una raíz que se obcecaba en recobrar. Por eso la cirugía, la urgencia del cetro Miss Gay. Para no reprocharse a sí misma desobedecer su legado. Londres, era en lo único que pensaba Alexia en su segundo servicio a Wilmar. Vino a su mente el Big Ben al ver el enorme miembro del cubano. Aunque no lo conocía, mientras era penetrada recorría con su imaginación Camdem town. Se situaba frente a un aparador de Oxford street enfundada en un abrigo atigrado.

Conforme Wilmar se acercaba al orgasmo, las visiones londinenses se sucedían vertiginosas en Alexia, Manolín, El médico de la salsa sonaba como soundtrack.

Fue así como se instituyó el trueque semanal entre el cubano y la “vestida”. Wilmar se sometía al dogout del equipo los jueves, viernes, sábados y domingos. Los lunes lo sometía Alexia. El éxito de la relación entre ambos radicaba en el gusto de Wilmar por una mulata con una buena verga entre las piernas. La “vestida” común se avergüenza de su miembro. Procura ir siempre bien montada. Alexia también, pero al momento de desnudarse sabe reconocer que es un hombre. Y sí, Wilmar era un negrón al que le gustaba dar tranca insobornable. Pero en Alexia obtuvo su fantasía antaño añorada: una Eva Longoria mangeruda.

Siempre es lo mismo, se dijo Alexia, los pinches hombres y su vocación por bajarte la luna y las estrellas. En una cita, Wilmar le comunicó que deseaba sacarla de trabajar. El hombre es un falso redentor. Apenas habían transcurrido cuatro encuentros y Wilmar se instalaba en el papel de Miguel Inclán,  el policía que quiere rescatar a Marga López de la vida disoluta en Salón México.

Los hombres nunca entenderán que las “vestidas” son bad seeds. El gospel de la redención jamás podrá tentarlas. La calle es una religión contra la que no se puede luchar. Es como unirte al narco, no te puedes safar. La “vestida” nace y muere en la calle. Y se reproduce. Muta. Y los sabores que se experimentan en un cuerpo pueden descubrirse en otro cuerpo. No exactamente iguales, pero sí refriteados. El refil del sexo es como ver una película que aunque conocemos de memoria no podemos dejar de atender.

Wilmar, ¿que no entiende que soy un travesti?, le ladró la Bergerac.

Cuánto odiaba esa palabra. Travesti. Un anacronismo que no la alcanzaba a definir. Que no la representaba. Un sofisma sin el glam de “vestida”. Pero lo pronunció para no crear confusiones. Ni autocomplacencias. Pero era una “vestida”. Tenía que trabajar para sostener a su pobre madre.

Y sin proponérselo, mencionó la operación.

Una herida que no debió exponer. Necesitaba mantenerse imperturbable ante Wilmar. Su lema, “Al cliente lo que pida”, así se lo dictaba. Y sí, el cubano amaba su miembro, sus tetas, su peluca, pero en realidad lo que Wilmar demandaba de ella era la seguridad. El porte de reina. La ausencia de flaquezas. Evidenciar la cirugía fue abaratarse, perder cotización. Si Wilmar pagaba ochocientos pesos por acostón, su valor se reduciría a los doscientos. Su apendejamiento propiciaba una caída. ¿Se puede caer más bajo? Clara. Alexia no poseía nada excepto su identidad de “vestida”. Y mientras no se bajara de los tacones podría manejar el mundo. Situarse encima de sus plataformas plateados le garantizaba la supervivencia.

Coño, yo te pago la operación, aunque pa mí así estás perfecta, la consolaba el cubano. Tú eres pura candela.

Ante tal estupidez, a Alexia no le quedó otra salida que actuar como Marga López. Convaleciente, se hacía la fuerte. La irrenunciable. Trabajaría hasta el final de sus días para reunir el dinero que la transportara para siempre a ese Londres de la mente. A ese estado inmaculado y perverso de portar la corona Miss Gay. El certamen se realizaría en dos meses. Y la bancarrota emocional revelada a Wilmar aseguraba que nunca sería la ídola de todos esos queers, lesbianas, torcidas, “vestidas”, jotas y loquitas que abarrotaban La rueda todos los sábados en la noche.

Una dinosaura, una jota más vieja y experimentada, le había recomendado a Alexia que para no acceder a un final debía evitar todo principio. Pero era demasiado tarde. Era imposible ahora desasir a Wilmar de su circunstancia. “La verga es cabrona”, le hacían saber de pequeña. Y “la verga de travesti es aún más cabrona”. Sabía virtud de conocer el tiempo glam. Cómo sordear a Wilmar. Cómo negarse a su protección. Si se ofrecía a pagar la cirugía. A cubrir por completo la operación.

La historia interminable. El surgir del caballero para rescatar a la dama en apuros. Treparla en su caballo blanco. Salvarla de las desavenencias del Érase una vez. Pero lo que Wilmar no atendía de su ofrecimiento es que Alexia no era una mujer. A una mujer le puedes prometer, le puedes fallar, la decepcionas y siempre estará ahí. Su naturaleza es perdonar.

A una “vestida” tienes que cumplirle.

No se trata de amor. Es un pacto. Entre hombres.

Alexia lo rechazó. Sabía que eran los efectos de la calentura. Del enculamiento que el cubano padecía.

Úsame, Wilmar. Cógeme. Cógeme. Cógeme. Pero no me pretendas enamorarme. No seas bueno conmigo. Utilízame, le dijo.

El cubano la ignoró. Pensó que trataba con una mujer de su Habana natal. Y comenzó a mostrase con Alexia en público. Le asignó una butaca especial en el estadio. Ella lo acompañaba a cada partido. Porque al cliente lo que se le antoje. Y Alexia no estaba vendiendo sexo. Ofertaba probidad. Una probidad que hizo un efecto dramático en el cubano. En la pretemporada comenzó lanzando una curva a noventa kilómetros por hora pero con dirección al cielo. Después de Alexia siempre encintraba la zona de estráik. La verga le sentaba bien a Wilmar. La verga es cábala. La superstición inherente a varios beisbolistas le injería al cubano que había logrado controlar su curva gracias a que partido a partido, Alexia ocupaba una butaca del Revolución.

Y la relación se convirtió en un juego de amuletos. En un intercambio de sortilegios. En el vestidor de Vaqueros estaban vedadas las bromas acerca de la condición sexual de Wilmar. El cubano hijo de puta había blanqueado a Tijuana, Saraperos y Sultanes. Con la calentura de ese brazo conduciría al equipo al campeonato. Un trofeo que urgía, que se ansiaba por la afición desde hacía más de veinte años.

Mientras otros jugadores se deslechaban mentalmente con las porritas o con  edecanes de Tecate, Wilmar se paseaba orgulloso y confiado por la ciudad con Alexia.  En las entrevistas se podía ver la figura contrariada de la “vestida” atrás del pelotero. En el cine, en restaurantes, en reuniones con las esposas de los otros miembros de Vaqueros, Alexia estaba presente. Y la indignación nacía en algunas familias de los jugadores, pero estaban amenazados por el coach de picheo y por la directiva. “Señores, quién no esté conforme con la situación, puede salir por la puerta”.  Nadie se atrevió a defender su postura. Aunque al interior de las relaciones se les reprochara: por qué debemos de convivir con ese puto asqueroso.

Las medias sucias, la gorra sudada y Alexia eran los amuletos que promovían las lucidotas que se despachaba el cubano en el montículo. “El mejor abridor en la historia de Vaqueros”, aseguraba el encabezado de La afición. Alexia se hizo indispensable también para las giras. Un fenómeno que observó el manager. En una salida a Puebla, contra los Pericos, Wilmar fue un costal. Le tupieron los dos juegos de la serie. A la siguiente semana, Alexia viajó con el equipo. Wilmar se sobró contra los Diablos Rojos de México. Ponchó a dieciocho en dos partidos. Vaqueros blanqueó, barrió y abarató a Diablos.

Conforme los días se sucedían, Alexia se convencía más de que era una reencarnación de la Marga López de Salón México. Asistía a comidas, a cenas en casa de los directivos de Vaqueros. Su atuendo se había modificado. La transformación jamás abandonaba a Alexia. La ropa otrora vulgar se volvió costosa. Una “vestida del Palacio de Hierro”. Y siempre que alguien cuestionaba a Wilmar por qué no se conseguía una morrita o una puta refinada, él respondía: “El amor cuando es sincero lo mismo se encuentra en un castillo que en una humilde vecindad”.

A regañadientes, la figura de Alexia fue aceptada dentro del círculo nice. Despertó en algunas señoras simpatía. Las movía su condición de loquita. Las ablandaba. Sin embargo, otras la odiaban, no por ser “vestida”, por la horrenda nariz que era, como siempre, la mala de la película. El recordatorio incesante e incoherente que laceraba a La jota de Bergerac.

No se pueden cifrar las esperanzas de un equipo en un solo hombre, no se pueden condensar los favores de una puta en un solo cliente, se decía Alexia. Esta reflexión coincidió con el inicio de los playoffs. Vaqueros recibiría a Monclova. Faltaban dos meses para el concurso. La emisión reciente del Miss Gay premiaba con cinco mil pesos a la ganadora. Miss Gay era sólo una expresión. No era un certamen para homosexuales. Era una competencia para “vestidas”. Y Alexia perdía. Desde su affair con Wilmar sólo le había sonsacado la ropa y u par de zapatos Manolos traídos desde Houston. Pero ningún peso.

Una tarde, después del entrenamiento, Alexia le exigió a Wilmar que cumpliera su palabra. Quiero operarme, le ladró bien perra.

Pero titi, dijo el cubano, tú no eres más una puta. Ahora eres la mujer de Wilmar Hernández. Olvida eso. Nosotros ganamos el campeonato y te llevo a cuba para que conozcas a mi familia.

Te recuerdo que estoy aquí para putear, aseguró convencida. Y tú me prometiste la cirugía. Sé un hombre. Cumple tu palabra.

Titi, no sigas ma. Te juro que te operan, pero hasta después de los playoffs. Y hasta te llevo de vacaciones a Nueva York, chica, cojones.

No, wilmar. Nueva York ni una mierda. ¿Quieres que te respete? Cumple tu palabra. Sé un hombre. Dame el dinero para la cirugía.

Tú no puedes hacerme esto. ¿Y los zapatos, los perfumes, las cenas, qué?

Métetelo todo por el culo. Sólo me interesaba la operación. ¿No comprendes? Quiero deshacerme de esta nariz.

Tú lo que eres una puta salá. Coño, he invertido en ti lo de tres operaciones. No me quieras sacar más fulas.

Fue su primera pelea. El duelo de sortilegios había sucumbido al duelo de intereses. Wilmar la necesitaba, Alexia lo necesitaba. Requería la operación. Quería conquistar Londres, Inglaterra entera. Y comenzaría por La rueda. Por ganar el Miss Gay.

Abatida, Alexia dejó el departamento del cubano. Nunca había aceptado vivir con él. El día que Wilmar dejó el hotel, ella se negó a ser su sirvienta. Y como cada noche regresó sola a casa de su mamá. Se prometió a sí misma conseguir el dinero. Era viernes. Y estaba lista para al día siguiente salir a putear.

El sábado temprano Wilmar se presentó en la vecindad donde vivía Alexia. Era impensable lanzar el primero de la serie sin su presencia.

La jota, haciéndose la ofendida, agarró sus tiliches. Muy digna ella. Siguió al pícher. La rabia que la había sacudido toda la noche desapareció en cuanto vio al cubano. Las transformaciones incesantes que Alexia conocía ahora se trasladaban a Wilmar. No era el mismo a los ojos de ella. Con el negrón vino lo snob (el servicio al cuarto, las llamadas por celular, el refrigerador para mamá) el cariño, la saciedad. Pero aportó también recuerdo. Y odio. Ante ella Wilmar se metamorfoseó en José, su tío. Su primer, su  único amor.

José era el esposo de su tía la que le organizara el “Pelucón”. Una colecta para un niño que no desea un carro de bomberos sino vestirse de mujer. Ser suave como gaviota pero felina como leona. Un puberto que sabía de memoria todas las canciones de Lucía Mendez, Lupita D´ Alessio, Marisela, Estela Nuñez. Un lolito que ideaba el sueño de ser el ama de casa perfecta que cuidara y alimentara a su tío-amante.

El día que se presentó frente a José convertida en toda una reina su amor se consumó en la cama. Y la llama duró apenas unos instantes. Al ser descubiertos por la tía, Alexia fue desterrada para siempre de la familia. A José se le impidió volver a verla. Y Alexia, como la niña de Guatemala, murió de amor. Murió. Y resucitó al tercer día en la calle. En la esquina de Muzquiz y Juárez. Afuera de La rueda. Volvió a este mundo a putear. A absolver a los hombres del pecado. A purificarlos con su oficio.

Alexia Magdalena siguió a su Jesucristo negro. Aún quedaba un muro en pie. La jota de Bergerac lo seguía para no perder la fe. Imaginaba que Wilmar sostendría su promesa. Qué importaban las marcianas, tanta loca y el Miss Gay. Se operaría al finalizar la temporada. Estaría lejos de todo, de la ciudad, del pasado. Dejaría de ser un animal herido. Tendría nariz nueva en un sitio nuevo. Nadie sabría lo que había padecido por culpa de su antiguo defecto. El recuento de los daños, como decía su ídola Gloria Trevi. Y no volvería a oír el maldito apodo La jota de Bergerac.

Los Acereros de Monclova, favoritos para ser campeones, no pudieron contra el brazo de Wilmar. Vaqueros pasó a la segunda ronda. La relación entre Alexia y el cubano parecía un matrimonio con veinte años de antigüedad. No había sexo. Ni explosivo ni rutinario. Todo se resumía al momento en que Wilmar se paraba sobre el montículo y ella posaba en una butaca vip.

Horas antes del primer duelo contra los Saraperos, Wilmar fue llamado a la oficina del dueño del equipo. Se le notificó fríamente que al finalizar la temporada sería trasladado a los Tomateros de Culiacán. Su estancia sería breve, tal vez dos o tres meses. Sería removido a los Yankees de Nueva York. Jugaría con los prospectos un año y después pasaría al primer equipo. Se hablaba de él como el sucesor del Duque Hernández.

La concentración de Vaqueros se realizó en el hotel Palacio Real. Frente a La plaza de armas. Cada cuarto era ocupado por dos jugadores. Excepto el 502, compartido por Wilmar y Alexia. A partir del triunfo sobre Monclova, la sola historia del cubano y la “vestida” se bifurca. La historia irreversible: para ella. La militancia puteríl que sólo arroja como testimonio la desazón que produce una cirugía que se larga volando. Y la historia reversible: la de él. Capaz de observar sólo la rehabilitación de su protegida. La resucitación. Como una nueva Lázaro, la “vestida” fue extraída del mundo de los muertos.

La vida de Alexia no termina como una historieta de tabarete. Con ella desconsolada, engañada. Aterida. Incompensada. No yace como víctima del Libro semanal. A cuatro días de su segunda aparición contra Saltillo Wilmar apeló a sus derechos. Lo asaltó la necesidad de sentir la violenta verga de Alexia en los pliegues del ano. Irse a cagar con dolor en el culo. Secarse un poco de sangre con el papel. Limpiarse con cuidado. Para recobrar la fuerza en el lanzar. Ganar confianza frente a su partida. Ahora no le importaba nada. Ni Alexia. Sólo trascender. Se sabía observado.

Y para efectos de su historia, la penetración no significó gran cosa. Se vivió en dos planos. El superfluo: para él. Y el profundo: para ella. Wilmar saltaba sus temores con el dolor. Alexia se colocaba en un pasaje que le hacía confiar en la operación. Y vino entonces lo que nunca debe venir: la sinceridad. La honestidad traidora. Postcoital. Que apuñaló a Wilmar, al sentirse obligado a comunicarle a Alexia que lo transferían a Culiacán. Un silencio portátil apareció. Había surgido de un portafolio. Como si el silencio hubiera estado transportándose incansable. A la espera del instante idóneo para emerger.

A veces conviene no decir nada, pensó Alexia. Se levantó. El portafolio continuaba auspiciando la falta de sonidos dentro de la habitación. Incluso cuando azotó la puerta, los tímpanos de ambos se mostraron inalterables. Salió del hotel, cruzó la calle. Volvió a donde pertenecía.

El pelotero la observó desde la ventana, convencido de que ella sospechaba que no le entregaría el dinero para la operación. Que viajaría sin ella.

Alexia ocupó una banca de La plaza de armas. Con desenfreno, el cubano esperaba que desapareciera. Pero no lo hizo. Por primera vez en su vida, Alexia pensaba en el campeonato. No en su nariz.

Aquel chiste viejo: “La que es bonita: es bonita. La que no: que se opere”, le sonó amargo. La laceró, la masomeneo, la derrumbó. La petrificó. La nariz se impuso sobre vanidad. Esa nariz de estatua por fin había logrado inmovilizar a la jota. La incansable, nunca derrotista “vestida” intuyó que jamás se desharía de su trauma. Nunca abandonaría la noción de ser La jota de Bergerac. Compungida. Bergeraciana, volvió al hotel. Al entrar, escuchó que Wilmar le decía Te necesito.

Cómo se explota una necesidad, se preguntó Alexia. Cómo obligo a este hijo de puta a que cumpla su palabra. ¿Y si me voy? No podrá lanzar. Quedará en ridículo. Alexia no podía traicionar al cliente. Aún a costa de su nariz. Esa nariz que en ocasiones menos desventuradas había escarbado con dedicación en el ano de Wilmar. La nariz del tamaño de la manzana de Adán. Quienes convierten su vida en un desagüe, terminan por sentirse fascinados con la mierda que arrastra. Quien edifica un infierno con humo de cigarro acaba por apiadarse de sus ínfimos diablillos.

“No se murió el amor”, la voz de Mijares sonaba en el lobby del hotel. Alexia había salido a comprar cigarros al Oxxo. Se detuvo un momento a observar su reflejo en la puerta giratoria. No era más Alex, Alexia o La jota de Bergerac. Reconoció en su presencia la gatonomía de Marga López en Salón México. Sólo así pudo explicarse cómo era posible que no se abriera. Desapareciera.

Era tarde para pensar en el Miss Gay. Incluso era tarde para el amor, jódete Mijares, pero nunca sería tarde para ser Marga López. Nunca para arrastrase, venderse, anegarse por la causa de otro. Por el triunfo de Wilmar.

Triunfo que consiguieron los Vaqueros en la serie contra Saltillo. Partidos en los que Alexia desfiló, desde el estacionamiento hasta su butaca reservada, sin pensar un solo instante en su nariz, en su operación, en el Miss Gay. Ni siquiera en la fecha que se celebró el certamen. Era la primera vez que se ausentaba del evento en doce años.

Esa noche que se disputaba el sexto juego ante Saltillo. Wilmar necesitaba de su amuleto. De su reina. No importaba que ella hubiera perdido toda noción de Londres. Todo acercamiento al cetro era estéril. Alexia no dejaba de mirarse a sí misma como Marga López. A asumirse.

Una masomeneada Marga que viajó a la Ciudad de México para el primer encontronazo de Vaqueros contra Diablos. Era la serie por el campeonato de la Liga Mexicana. Wilmar lanzaría en el primer partido. La prensa pretendía ridiculizar al cubano. Hacía mofa de su acompañante. El Universal destacaba que el pícher era un fuera de serie, pero no sólo por su efectividad, sino por sus aficiones. Ya todo el público conocía las preferencias sexuales del pelotero.

Vaqueros ganó los tres primero partidos en la capital. Volvieron a tiempo a la provincia para la marcha del orgullo gay. Wilmar sería el pícher abridor del cuarto de la serie. Alexia le informó que no asistiría al juego. Pero ¿estás tú loca, titi? Tú eres mi San Lázaro. Tú eres mi Changó. Imposible. Manifestaciones gay cada año. Un campeonato casi nunca. Quédate. Ya tú verás que si ganamos te compro la nariz de Thalía.

Nunca me he permitido faltar a una marcha, se defendió Alexia.

Renunciar a su credo era como pedirle a un guadalupano que no se parara en la basílica un doce de diciembre. No era por puro vedettismo. Era una convicción. Titi, tú estate conmigo. Nos vamos a Culiacán. Me van a transferir. ¿No te gustaría empezar una nueva vida? ¿Estrenar nariz?

Después de que su tío la decepcionara, Alexia sólo había deseado una cosa, recluirse en un convento. Estaba chiquilla, no entendía lo genérico. Su mamá tuvo que explicarle que no podía convertirse en monja porque era hombre. ¿Te gustaría entrar al seminario? Hubiera sido el paraíso. Pero la ingenuidad y la ignorancia le robaron la dicha. Estaba tan enojada con los hombres. No advirtió que en el sacerdocio encontraría la dieta para zurcir sus heridas y sus apetencias.

Desde que había descubierto que no podría ser monjita no se atrevió a desear nada. Se negaba el consentimiento. Sólo se permitía el calor de los muchachos. Pero no eran un entretenimiento, eran su vida. Aunque ella no representara lo mismo para ellos. Alexia, como otras “vestidas”, sabe dónde se encuentra su existencia. Siempre se preguntó por los mayates, ¿dónde estaban ellos? Se dividían entre sus adicciones, sus esposas, las “vestidas”, el trabajo. Nunca se les localizaba en una circunstancia. Las “vestidas” no eran así. Conocían sus terrenos. Siempre podrían encontrarlas ahí: en la verga.

Alexia volvió a encender el anhelo sólo hasta que se enteró que la cirugía plástica podría borrar la identidad de las personas. Ella necesitaba ser otra. El mismo cuerpo, el mismo culo, el mismo caminar, pero otra. Y esa Alexia estaba tan próxima. Tan cercana. Bastaba que el cubano esgrimiera la chequera. Por eso su desesperación junto a Wilmar la rebasaba. El sacrificio es sacrificio porque no conoce límites.

¿Huir de la nariz? ¿Sería posible?

¿Y mi mamá?, preguntó Alexia. No voy a dejarla solita. Lavando ajeno no completa.

Ese no es problema. La llevamos con nosotros. Ve avísale que nos vamos después del partido. No creo que vaya a alargarse la serie. Este no lo pierdo. Contigo en las gradas, titi, voy a lanzar puro Grandes Ligas. Junta tu equipaje, despídete de tus familiares, vende los muebles, que desde ya eres ciudadana de Culiacán.

Es una pena, mana, le dijo la Japón. Que te pierdas la marcha. Pero ni modo. Tienes que acompañar a tu marido. Lo que daría yo por ser la amuleto de un cacher. Es pícher, pendeja.

Paulina, alias la Japón, como otras “vestidas” del rumbo, se acercó a la venta de cochera. El alboroto había atraído a tanto joto, que aquello parecía una convención de súper héroes portando su identidad secreta. Quien piense que no existe solidaridad entre las “vestidas” debería observarlas en la vigilia. Toda la rivalidad existente desaparece. Sin cliente no existe presa que disputarse. En lugar de ser las panteras carcomidoras de la noche se asemejan a un grupo de amorfos flamingos rosa a güevo que desfilan por la pasarela que es el mundo. Por supuesto nunca descansan. Su modalidad de pájaras les permite seguir detectando al mayate.

Te sacaste la lotería o por qué estás echando todo para fuera, preguntó la Japón. Ay, no, babosa. Me caso. ¿No? Cállata. Van a transferir a Wilmar a Culiacán. Nos vamos mi mamá y yo con él. Me va a comprar casa. Ay culera, qué suertecita. Cómo le haces. Te va bien a pesar de la naricita que te cargas. Alexia agachó la cara, pero de inmediato levantó la frente. Cómo serás liosa, pinche Japón. No seas malavibra.

Es que me da envidia, culera, dijo. Entonces Alexia lo vio venir. No es que la Japón no supiera cómo decírselo, estaba esperando el momento ideal. Sí, Bruce Wayne podía auxiliar a Clark Kent, pero Batman no es aliado de Superman. No importa que anduvieran de civil, las “vestidas” no perdían nunca sus súper poderes.

Ya eres la segunda que se larga a Culiacán. ¿No sabías? La Molko anda vendiendo sus triques. También se va con un beisbolista. No hicieron falta las explicaciones. Las aclaraciones. Una “vestida” sabe que la información que maneja otra “vestida” es veraz. No se atreven a mentirse ni a sí mismas. Alexia comenzó a llorar. A la Japón le remordió la conciencia. Ay, hija, estaba enterada desde hace tiempo. Todas lo saben. Hasta tiene un palco en el estadio. Nadie se atrevía a venir con el chisme. Pero no me aguanté, tú aquí, deshaciéndote de tus pertenencias, malbaratándolas, con el trabajo que te costó juntarlas.

Gracias, mana, le dijo a la Japón. Entró a la casa. Mamá, no vendas nada. Mete las chivas. Al verla llorar, su mamá la abrazó.

Qué pasó, hijo. Nada. No nos vamos a Culiacán. Pero por qué, ya tengo listo mi pasaporte. No estoy bromeando, mamá. Se acabó. Lo mío con Wilmar tronó. Por qué. Qué hizo. Me engañó. Anda con la Molko. ¿Y eso qué es? Es una “vestida”. Maldito traidor. Es casi una niña. Y cómo sabes, quién te dijo. ¿Los viste? Toda la comunidad sabe. Soy la burla de todas. No sólo se ríen de mi nariz. Ya hasta me pintan cuernos.

Yo creo que debe existir un error, hija, Wilmar es un buen muchacho. Vino a hablar conmigo. ¿Te digo un secreto? Me pidió tu mano. Me dijo que antes de irnos se casaría contigo por la ley esa. La que permite unirse a dos personas del mismo sexo. Nomás faltó que sacara el anillo.

Es un cabrón. Un mentiroso. Tarde o temprano me pagaría mal. Con razón ya no se metía conmigo. Me quiere sólo para que sea su monigote. Y esté ahí sentada dándole la suerte que no le salen de los güevos. Ya no me lleva a fiestas. Ya no me presume. Seguro se exhibe con la Molko. Pero se le acabó su pendeja. Que se consiga otra superchería. Que aplaste a la Molko en la butaca.

Estaba decidido. Participaría en la marcha gay. El campeonato que se vaya a la chingada. Que se los chinguen. A mí me vale madre el béisbol. A mí me gustan las pelotas y el bat pero de carne, y ni eso me da el pendejo. Chingue a su madre Marga López, dijo. Arriba la D’ Alessio. No acudiría al juego ni a mentadas.

Como si el dolor no fuera el suficiente, deseó comprobar la traición. Dos días antes del partido observó el carro de Wilmar estacionado afuera de la maquila donde trabajaba la Molko. Salió la jota vestida de obrera, pero con los labios pintados, y subió al carro del pelotero. Siga a ese auto, le dijo Alexia al taxista. Se enjaularon en un motel. Pinche cobarde, dijo Alexia. No tiene el valor para llevarla a su hotel. Así son joven, le dijo el chofer. Si le contara lo que he visto en este taxi.

Al día siguiente, veinticuatro horas antes del cuarto juego y de la marcha, sonó el teléfono en casa de Alexia. La jota tuvo que agacharse para contestar. Se había vendido la mesita en la que lo colocaban. La compró en abonos. A veces, su mamá tenía que esconderse del cobrador. La remató en sesenta pesos.

Era Wilmar. Titi, quiero verte. Quiero restregarme en ti desde ora pa que me entres suerte. No sabes cómo se me antoja que me des una mamaíta. No voy a ir al estadio. Mira, cabrón. Déjame en paz. Ya has abusado suficiente de mí. No concursé en Miss Gay por andarte solapando tus pichadas. ¿Y qué he sacado? Pero, titi, ya yo te dije que te voy a fincar en Culiacán. Ya tú tienes tu cirugía asegurada. Hasta con la vieja vamos a cargar. Qué ma ocupas.

Quiero que me dejes en paz. Ya te dije, no voy a ir a tu puto juego. No me busques más.

Pero por qué te pones así, titi. Tú eres la reina. Cómo vas a dejar a tu king sin damisela. Después de mí eres la pieza ma importante del ajedrez. La jefa. La capitana. Tú me haces valer.

Consíguete una princesa, le gritó. Pero titi, no me hagas esto. Emputecida, Alexia colgó el teléfono. Cuánto tenemos de la venta, le preguntó a su mamá. Como dos mil pesos. Dámelos. Pero ay, hija, luego cómo vamos a reponer las cosas. No te preocupes. Voy a trabajar. Para qué quieres el dinero. Me voy a comprar un vestido. Mañana voy a desfilar por la ciudad. Participaré en la marcha gay. Pero necesito el vestido más bonito que haya tenido.

Intentó comprar una pistola en el mercado negro pero no completó. Con eso apenas acabalas una pistola para el pelo. También tenemos pinzas. Planchas. Tras vagar quince minutos por entre instrumentos de embellecimiento se tranquilizó. Su misión en la vida era ser bonita, no asesina. Quería la pistola para protegerse, pero qué podía hacerle Wilmar que no le hubiera hecho ya la vida. Decidió que sí se mercaba el vestido. No sin antes ponerse una buena borrachera.

Prefirió no entrar a una cantina de jotos. Seguro que ahí andaba alguna que conociera su desgracia. En el ambiente todas las locas se conocen. La vería como a la jota defectuosa que cambiaron por una niña. Pero todavía ni cuerpo tiene. Yo no sé qué le vio el cubano. Ay, pues lo mismo que le veía a la otra monstrua. Cada adefesio que escoge. Ese cubano está enfermo.

Se metió a un lady’s bar. Por primera vez en su vida observó a los tipos sentados en la barra. Estaba segura que detrás de cada uno se escondía una pena tan mayúscula como la que la atormentaba a ella. Este razonamiento la hizo reconocerse como hombre. Desde la primaria no se asumía como varón. Un tipo a su lado, un fanfarrón, el don Juan sin encanto, lo invitó a un teibol. Se recorrió unos asientos. Cayó redondita junto al clásico pastor sin rebaño. Borracho arrepentido, comenzó a sermonearla. El alcohol era el diablo. Te vas a ir al infierno. Yo me redimí. Ando aquí de paso. Soy un buen católico.

Ignoraba por qué se le ocurrió meterse a una cantina. Nel, ni madre, se dijo. No soy bato. Tampoco soy mujer, pero soy “vestida”. Si este es el mundo de los hombres prefiero el de los jotos. Huyó de la cantina. En cualquier otra circunstancia hubiera intentado levantarse a cualquiera de los dos. Pero estaba tan deprimida para darse cuenta de lo que aquellos pobres necesitaban: una mamada. Un agujero donde meter su maldita soledad. Entonces le cayó el veinte de lo sucedido. Wilmar le dolía. Había confiado en él. Pinche Alexia tan pendeja, se dijo. Te volvieron a timar.

Derrotista, la necesidad de pisar sus terrenos la empujó a caminar por la Morelos. Quería sentir el calor de la calle. Era la primera vez que paseaba por aquellos rumbos sin andar “vestida”. En Morelos esquina con Blanco estaban taloneando la Japón y la Yadira. Mírate nada más como andas, joto, dijo la Yadira. Disfrázate, asustas. Cómo te atreves a salir así. Vas a perder el poco raiting que te queda.

Ando echando una vuelta. ¿A poco crees que vas a levantar algo así? Ve a vestirte. Nos vas a espantar a la clientela. Van a creer que andas asaltando. Nada más vine un ratito. A ver la calle. Y qué le ves. Cómo si no la conocieras. De aquí no sales. Ya vete a dormir. Cómprate unas caguamas. Tómatelas en tu casa. Es que quería verlas a ustedes vestidas, mana. Se ven bien bonitas de Barby piruja. Ni que nunca nos hubieras visto. Ya vete. Duérmete loca. Traes una cara. Pareces lesbiana.

¿Te pedimos un taxi?, le preguntó la Japón. Pero Alexia no la escuchó, se alejó caminando rumbo a la Alianza. Pobrecita, dijo la Japón. Anda flipando. El beisbolista la cambió por la Molko. Le prometió casa, boda, cirugía, creía que ya se había roto la maldición de su pinche narizota. Me da lastima. Pos qué pendeja. Tan vieja y creyendo en cuentos de hadas. Eso que lo deje pa la Molko. Babosa, cómo se la creyó. Ay, no digas eso, se enamoró. Creyó que había encontrado el amor. Por eso digo: pendeja. Sabe que en esta profesión no se puede enamorar. Pero qué se puede esperar. Todas las jotas de San Joaquín han estado siempre bien flipadas.

Alexia remató en el barrio en casa de la Beneficencia Pública. Una jota sidosa que recogía jotas sidosas que recogían jotas sidosas. Ya casi nunca se vestía, por eso estaba todos los fines encerrada. Ya peda, Alexia se desahogó con la Beneficencia Pública. Ay, hija, qué quieres que te diga. El matrimonio es para los jotitos que son hijos de familia. Eso no es para nosotros. Desde chiquilla te la diste de curra. Pero tarde o temprano te van a caer puros albañiles roñosos. Es nuestro destino. No soy una jota filosófica. Obsérvanos a todas. Haz visto a una feliz. Somos monjes budistas sin la iluminación. Así como ves este patio, todo cagado por las gallinas, es nuestro monasterio.

La Beneficencia Pública ya anda peda, dijo una.

Eh, calmadas, culeras, déjenme desplayarme.

Sábado. Alexia despertó cruda. Le apestaba la boca. Su cuarto estaba lleno de rosas rojas. Wilmar sabía que a Alexia se le mataba con ellas por la canción de Alejandra Guzmán. Parecía una epifanía. Como si el joto hubiera despertado en el paraíso.

Del arreglo más grande colgaba una tarjeta. Perdóname, titi. Te amo. Wilmar. La jota no se sorprendió. Ni cuando vio el refrigerador retacado de carne, ni con las rosas, ni con el hermoso vestido que la esperaba colgado de un clavo en la pared. Vino tu prometido, le dijo su mamá. Te ha buscado por todas partes. Me enseñó unos boletos de avión. Dice que confía en que van a ganar el campeonato. Quiere que vayas al partido. ¿Ya viste qué lindos zapatos te compró?

Las jotas son tipos duros. Alexia no se conmovió por los detalles. Sabía que Wilmar era una especie de “vestida”. Un pobre jodido que no valía un peso en Cuba. Que pedía limosna de niño. Si no fuera por su brazo jamás habría abandonado la isla. Ni siquiera era original. Se comportaba así porque lo había visto en las películas. Pero ni aunque lanzara con el brazo de Dios, ni aunque fuera a remplazar al Duque Hernández, ni aunque fuera el King Hernández, podría ser Fran Sinatra o Bob Hope. Con ella no funcionaban más esos trucos baratos.

Como ya tenía el vestido, se ahorró la vueltota al centro. Evitó el vampirazo. La marcha era a las seis de la tarde. El partido comenzaba a las siete. Planeaba salirse de su casa a las cuatro de la tarde, no fuera que apareciera Wilmar. Aunque a esa hora debía estar concentrado. Pero era capaz de mandar a alguien por ella. Con tal de servirse de su amuleto pediría que le llevaran a Alexia de las greñas. Para protegerse, echó una navaja en su bolso. No sabía cómo una 07 podía ampararla contra tres o cuatro atacantes, pero de todas formas la cargó.

¿A dónde tan guapa?, le preguntó su mamá. ¿Ya te vas a la marcha? Apenas son las dos. Voy a comprar unos Alca-zeltzer. Vete en chanclas. Se te van a arruinar los tacones. No. Que salgan fodongas las otras jotas. Las Rina de la cuadra. Yo soy Rubí. Caminó a la tiendita. Y unos cigarros, pidió. ¿Ya arreglada tan temprano, Alexia? ¿Vas a marchar? Ni cuando te tocaba hacer el servicio militar madrugaste, le dijo la ñora de la tienda. No lo hice. Me metí con uno de los soldados y me mandaron bola negra. Mira qué vestidazo. Vas a lucir entre el joterío. Clara, este año cumplo quince de “vestida”. Debo aumentar el glamur.

Saliendo de la tienda la atajaron dos sujetos. A dónde vas joto hijo de tu chingada madre. Súbete, súbete. Tú eres Alexia. No te hagas pendeja. Nadie tiene una narizota tan culera como tú. Ay, no señor, me confunden. Yo me llamo Raúl. ¿Ah, sí? Pero cómo te apodan. Cuál es tu nombre de “vestida”. Paulina Rubio. ¿Crees que nos haces pendejos? Te crees lista. Aparte de narizona, comediante. A nosotros no nos la pegas. Eres la Jota de Bergerac.

Para que Alexia supiera no se andaban con mamadas, uno de los guarros le acomodó un puñetazo en el esófago. Alexia era de esas jotas que cuando madrean hacen más escándalo que la Pájara Peggy. Ay, por qué me pegan. Yo no me he robado nada. El vestido me lo regalaron. Cállate, no seas chillón, puto jijo de tu perra madre. No finjas demencia. El vestido nos vale madre. Sabes bien por qué estamos aquí. No, no sé. Lo juro señor.

La arrinconaron en un cuartito en la casa de una colonia que no conocía. La violaron entre los dos. La patearon. Pero lo que más le dolió fue que le arruinaran el maquillaje. Que le echaran a perder el vestido. Que le embarañaran la peluca. Cuando se cansaron de darle en la madre le escupieron. Cuando se les acabó la saliva le llovieron mentadas de madre. Cuando se aburrieron la orinaron. Hasta que por fin la dejaron ahí tirada. Vamos por unos lonches, pareja, dijeron los guarros antes de que se demayara.

A las cuatro de la tarde abrió los ojos. Le faltaban dos dientes. Un tacón estaba roto. Comprobó que estaba sola. Buscó su celular en su bolsa. Se le había terminado la batería. Se encaminó a la puerta dispuesta a escapar. Antes de girar la perilla, se engarrotó. Un carro se detuvo afuera de la casa. Pensó que eran los guarros, que volvían a seguir puteándola. Se encerró en el baño. Chingada madre, pensó. Dejé el celular afuera, lo había puesto a cargar, como jota prevenida que era no salía sin su cargador. Orita me van a madrear bien bonito. A ver si no me lo quiebran, los culeros. Ahí traigo los teléfonos de todos los cirujanos de la ciudad.

Era Wilmar. Alexia, Alexia, gritó. La jota abrió la puerta y lo vio con el uniforme de Vaqueros puesto. Qué te han hecho. Yo sólo quería meterte un susto. Mira como te han puesto estos gonorreas. Titi, pareces Jesucristo. Alexia comenzó a llorar. Se dejó caer de rodillas. Wilmar, yo te amaba. Por qué, Wilmar, por qué. Titi, ahora eso qué importa. Mírate, necesitas que te atiendas. Vamos al sanatorio. Orita mismo te compro otro vestido y te mando a la estética. Necesitamos darnos prisa para llegar al parque. Te prometo que vas a quedar bien bonita.

Alexia comenzó a arrastrase. Podía estar expuesta a otra madriza, podía perder la vida, pero la bolsa no la soltaba. Se abrazó a las piernas de Wilmar. Titi, vamos. Andamos cortos de tiempo. Ya tú verás lo buenona que te van a dejar. Te prometo que después del campeonato te entro a la plancha pa la cirugía. Por qué, Wilmar, gritó Alexia. Yo te amaba. Por qué me engañaste. No sé de qué tú me hablas, titi. Vamos. No hagas tanta pantomima. Tú sabes que eres la única. Tú eres la queen.

Llorando, Alexia le sacó a Wilmar el miembro. Qué bonito contrasta el negro del miembro con el impecable uniforme, pensó Alexia. Lo sopesó. Lo acarició. Lo admiró. Y comenzó a mamar. Fue una soplada de antología, como si estuviera despidiéndose de la vida. Entonces lo pensó. Si alguna vez le preguntaban cómo le gustaría decirle adiós al mundo sería con una mamada como aquellas. Wilmar se relajó. Date prisa, titi, que tenemos que acercarnos pal parque. Pero qué buena mamada, dijo con las manos sobre la peluca de Alexia. Apenas soltó el gemido que anunciaba que estaba eyaculando, Alexia le cortó el pene con la navaja que llevaba en su bolsa.

La sangre saltó directo a su cara. Todos los penes que había desinflado en su vida despedían leche. Nunca había vaciado la sangre de alguno. Wilmar se tiró al piso. Alexia nunca lo supo, pero en la cartera, el cubano llevaba un cheque en blanco a nombre de Alexia. Por si se hacía la dura. Por si no le creía. Por si no aceptaba seguirlo al partido.

Por el paisaje, la jota calculó que estaría a media o una hora de la ciudad. Anduvo a pie un rato por la carretera. Ningún taxista se animaba a subirla. Se trepó a un camión. Para no llamar la atención se fue hasta el fondo. Delante de ella viajaba una señora con un niño. Mami, preguntó el chiquillo, por qué tiene la nariz tan grande ese señor. Era el colmo. Ni que anduviera “vestida”, madreada y manchada de sangre lograba superar la obscenidad de su nariz.

Una hora y media después, a las 5: 45, llegó al centro de la ciudad. Se bajó del camión y tomó un carito de la ruta centro. Nomás no me vaya a manchar los asientos, le dijo el ruletero. Se bajó en Donato Guerra. A lo lejos alcanzaba a divisar un carro alegórico. Caminó hacia la Alameda. El sitio desde donde partiría la marcha. Qué te pasó, le preguntó la Pasión, la organizadora. Me asaltaron, respondió Alexia y escupió un diente. Pues yo no puedo dejarte marchar así, joto. Eres una piltrafa. Quítateme de en medio que me estorbas. Ya vamos a salir. Dame chanza, Pasión. Me violaron. ¿Y qué haces aquí? Vete a la Cruz Roja. Ándale Bergerac, no me quites tiempo.

Agüitada, fue a sentarse a una banquitas.

Entre vítores, el joterío salió arguenderoso. Alexia acompañaba al puterío caminando por la acera. A la altura de Hidalgo y Colón se unió al shou. Se acopló a mero adelante. En primer lugar, sitio que debía ocupar la reina del Miss Gay. Quiso sacar una pañoleta de su bolsa pero sólo encontró el miembro de Wilmar. No le importó, igual lo agitó en lo alto. Y marchó. Con la frente levantada, marchó. Con dignidad, marchó. Encabezando la procesión.

Ejercicio 6

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–Una de las peores deficiencias se encuentra contenida en el cuento “Yokonización”. Por algo fue el elegido para ser eliminado. Adolece de lo que otros cuentos no. Una estructura que sostenga la historia. Además, los motivos del cuento no se encuentran definidos. Hace falta un tratamiento más afortunado para describir el proceso que pretende retratar. Una narración verosímil. En definitiva, este cuento no debería publicarse. Hay que desecharlo. Considero que es el único texto que no se encuentra a la altura. Se podrán observar detalles en otros cuentos, pero son fáciles de corregir.

–Además del cuento mencionado, existe otra deficiencia en “No pierda a su pareja por culpa de la grasa”. El final es débil. Tiene tintes de moraleja. Pórtate mal y te castigarán. Pero es un problema sencillo de resolver. La falla consiste en que el personaje principal no sufre una evolución emocional. Para revertir este defecto, hay que transformarlo. Al final de la historia se entrega a la policía. Jamás traiciona sus valores. Entonces, hay que modificarlos. Con eso es suficiente. Al convertirlo en traidor le daremos el giro que necesita el cuento para crear un efecto único y reforzar la estructura.

–Después de lo comentado, me queda una observación. Más que una crítica, es una sugerencia. Me parece que el cuento “El club de las vestidas embarazadas” puede mejorarse si se modifica el final. Tal y como está funciona, pero puede crear un efecto mayor si cambiamos algunos aspectos. Para que la paternidad del gay sea justificada es necesario que se involucre carnalmente con el personaje femenino. Y por supuesto introducir desde el principio de la historia la inquietud del gay por ser padre. Fuera de eso, el resto del cuento, ni el libro, presentan problemas. Es conveniente reforzarlo.

No pierda a su pareja por culpa de la grasa (Nueva versión, distinto final)

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Tino, por qué no te haces una liposucción, me preguntó Carol.

Desde que nos casamos me molestaba con mi figura. ¿No se te ha ocurrido que delgado me gustarías más?

Pensé que una vez embarazada me aceptaría como soy. Al contrario. No pasaba un día sin restregarme mi gordura. Como si hiciera falta.

Me recordaba los comerciales de televisión. ¿Padece usted de esas insoportables llantitas? Use jabones reductores Goicoechea.

En otras ocasiones le salía su lado clínico. Te puede entrar una diabetes, colesterol o hipertensión.

También era agresiva. Me chillaba Eres un comodito. Un acomplejado. Cómo puede ser posible que prefieras estar seboso.

Yo la ignoraba. Me reservaba mi grasita. Siempre vendrán tiempos mejores, me decía.

A veces sospechaba que tenía razón. He oído historias de jóvenes como yo que han sufrido infartos.

En realidad pensaba que no lo hacía sólo por mi salud. Se empeñaba en que perdiera kilos porque se avergonzaba de mí. Se sentía ridícula cuando caminábamos por la calle agarrados de la mano. Se imaginaba que los demás se decían a sí mismos Mira qué buena vieja trae el pinche gordo ese.

Hazte la lipo, Tino, insistía.

No tengo que operarme. Puedo ponerme a dieta.

Las dietas nunca funcionan. Y luego está el rebote. Mejor la lipo o un by pass gástrico.

Pero con qué dinero.

Pídele a tu mamá.

Carol quería sacar todo de mi madre. ¿De dónde había salido el dinero para la boda? ¿Y las visitas al doctor? De ella.

Mamá era ciega de nacimiento, no me atrevería a pedirle que me pagara una operación tan frívola. Suficiente era que viviéramos en su casa y nos mantuviera a los dos mientras yo terminaba la carrera de ingeniería.

Te falta concha, me ladraba Carol. Eres hijo único. Eres el consentido.

Sí, pero adoptado.

Qué importa. ¿Quién crees que va a heredar todo cuando tu mamá se muera?

Tal vez heredara, sin embargo, mientras viviera no accedería al legado. Una pequeña fortuna si lo consideramos. Mamá era dueña de una cadena de zapaterías y poseía varios edificios de lujosos departamentos en el centro de la ciudad. La sola renta de los deptos me aseguraría la existencia.

No ambicionaba más. Sabía que era probable que le dejara los negocios a papá. Yo con los edificios me conformaba. Carol no.

Con la aburridora diaria de la gordura surgía siempre el tema del dinero. ¿Te imaginas todo lo que vamos a hacer con la fortuna cuando se muera?

No hay por qué desearle la muerte, en tres años me recibo. Viviremos bien.

No le estoy deseando nada. Sólo digo que algún día va a morir. Y no seas conformista. Con tu sueldo no nos va a alcanzar ni para pañales. Eres un mediocre. Cuánto ganarás. ¿200 mil pesos al año? Los negocios de tu mamá producen 90 mil al mes.

Pobre Carol. Su avaricia le impedía observar que quizá no recibiría yo la fortuna completa. No quería ni imaginarme qué sucedería si mamá no me dejaba ni un peso. Carol era capaz de pedirme el divorcio.

Nunca nos hizo falta nada. Pero Carol proviene de un barrio. Y el barrio te consume. Si no lo sabes enfrentar, el barrio te acaba. Te traga. Lo he visto en sus hermanos. A los diecisiete se amarraron una chavita de quince y la embarazaron, después entraron a la fábrica, a llevar una vida maquiloca. El más arrojado, su carnal el mayor, se la pasaba en el gimnasio, tirando guate, a la espera de que el boxeo lo convirtiera en ídolo.

Debes hacerte la lipo, Tino, me ordenaba.

No tengo el dinero.

¿Y si la robamos? No sería la primera vez.

No quiero hacerlo de nuevo. Nunca volveré a robarle nada a mi madre.

Eres un inútil. Eres un hijo de mami, me gritaba. Arráncale un cheque al talonario. El último. Ni se va a dar cuenta. Al cabo que es ciega.

A los veintitrés años, no entiendo por qué, papá se casó con mamá. Un año después se enteró que además de invidente era estéril. Papá es abogado. Pasaba el día entero en el despacho. Durante los primeros dos años de matrimonio, al volver a casa, sentía pena por mamá. Siempre sola. Acompañada sólo por la sirvienta. Una doñita que le aconsejaba Adopte un hijo. Con su dinero se lo sueltan rápido, patrona. Para ponerle fin a tanto silencio en el ambiente papá aceptó las peticiones de mi madre. Así fue como yo llegué a sus vidas.

Cuando uno hace algo una vez, lo puede hacer más veces. ¿O a poco crees que porque no vuelves a cometer el acto dejas de ser un ladrón?

Pinche Carol, era el mismísimo diablo chillándome en la oreja. Nunca se rendía.

Vuélale un chequecito.

Un chequecito, un chequecín, un chequecillo o como le llamara, por muy micro que fuera el diminutivo, no reduciría la flagrancia del hurto. Y sí, habíamos robado a mamá. No una, un chingo de veces tantas. Para comprar cocaína.

Hasta que se enteró. Segurito la contadora le avisó. Están falsificando su firma. Desde entonces, guarda la chequera y el efectivo en una caja fuerte.

Comenzamos a robarla cuatro años antes. Yo acababa de cumplir los veintiuno, Carol veintidós. Llevábamos once meses casados. Aún no la embarazaba. Un catorce de febrero Carol llegó bien prendida a la casa. Vamos a celebrar, me dijo. Nos encerramos en la habitación. Sacó una grapa de cocaína. Yo nunca me había drogado. No quería probarla. Carol me convenció. Siempre me convencía. La coca te quita el hambre. Con esto vas a bajar de peso.

Nos hicimos adictos.

Mamá me pasaba una pensión mensual. Corta, pero servía para la gasolina, salir los fines de semana y para comprar discos o revistas. Todo el dinero me lo gastaba en droga. Me convertí en cocainómano. Y efectivamente, comencé a perder peso.

Pasaron dos o tres meses. Nuestro consumo creció tanto que no alcanzábamos con la pensión.

Fue bajo el efecto de la coca que robé el primer cheque. Carol falsificó la firma. Ella siempre espiaba a mamá. Oía sus conversaciones telefónicas. Abría su correspondencia. Sabía con exactitud cuánto dinero tenía en las diversas cuentas bancarias. Conocía hasta la combinación de la caja fuerte.

Necesitamos hacer algo, Tino. Cada día estás engordando más.

Era verdad. Estaba recuperando kilos. Aumentaba de peso de manera escandalosa.

Si no me metía cocaína me entraba un hambre histérica.

Llevábamos semana y media sin coca.

Conozco a la malilla. La malilla es como el barrio, te traga. Es el dolor que te ataca cuando se acaba coca. Ahora lo siento. Es una pureza fría que se encariña a tus corvas. Rechinidos en las articulaciones, cada una parece una uva arrancada con desparpajo al racimo que son mis nervios. Y el puto dolor de cabeza. Que no soporto ni el sonido de las manos de la sirvienta limpiando frijoles.

La primera vez que experimenté la malilla estaba más asustado que si me fueran a embargar. Le había parado al consumo. Un adicto se pasa toda su vida con un pie dentro y con el otro fuera de la adicción. Quien diga que nunca ha intentado dejar la droga no ha tocado fondo. Enorgullecerse de la dependencia es puro alarde.

No volví a divorciarme de la coca hasta el embarazo de Carol. Para solidarizarme, cuitié. Ella no debía drogarse en la gestación. El bebé podría salir con malformaciones. Con cara de grapa, bolsita, capsula o cualquier presentación en que se maneje la droga. Ella bromeaba con que el niño nacería con un popote en la mano. Listo para aspirar la caspa del diablo.

La panza de Carol crecía. La mía también. En cuanto dejé de pegarle bonito al polvo, me surgió un hambre de embarazado. El estado de Carol me estaba transformando. La idea de ser padre me afectó tanto que me despertó un comer neurasténico. Era insaciable. Necesitaba mi fe,  la cocaína.

Una madrugada no aguanté más. El antojo de Carol me zarandeó para lanzarme por unas fresas con crema al 24 horas. Caminito al súper, me compré un gramo de soda. Me la metí y me sentí Maradona. Aún estaba vigente. Seguía siendo mi vieja. Me reactivé al servicio.

Regresé a la casa bien sonaja. Bien soundsystem. Sonadísimo. Carol me descubrió en caliente. ¿Mira nada más cómo andas? En el puro panique. Te metiste mugrero. Te metiste. Te metiste. Y yo en mi estado. Mendigo sordero.

Me hice güey. Uno puede hacerse el que la virgen, te declama, te recita, pero nunca ignoras a un díler. Si te chifla sales. Y Carol lo sabía. Es imposible engañar a un adicto. Saben a cómo está el kilo de tomate. A cómo el kilo de cebolla. El kilo de papa blanca nueva, recién lavada. La huelen. La detectan. Con la piel, con los ganglios. Con los órganos.

Saca. Saca. Saca, maldito, me gritó.

Quería una línea. Se quemaba por drogarse. La había visto mordisquear en secreto unos popotes usados que guardábamos en el botiquín del baño. Padecía el síndrome del pollo. Se figuraba ver granos de soda tirados por el piso de la habitación. Se veía bien cura empinada con la pancilla.

Le sudaban las manos. Andaba bien chisqueada.

Ándale, no seas cabrón. Tú sí a toda madre ¿verdad? Chíngueme yo. Presta presta presta. Saca el pase, pendejo.

Como no se lo rolé, me atacó con un perro de porcelana.

Aguanta, Carol. Aguanta. Estás embarazada, le grité y salí disparado a encerrarme al baño.

Me arrepentí de meterme chingadera. No había calculado la abstinencia de Carol. No debí llevar coca a la casa.

Le formé unas líneas en un espejo. No creí que las inhalara. Pero sí se las metió. Le brillaron los ojos de entusiasmo. Sólo en el rostro de un adicto se dibuja esa clase de sonrisa. Entre burlona y satisfecha.

Carol era bien golosa. La gomita, le decía de cariño, cuando se pegaba al popote estaba cabrón que lo soltara.

La raya la puso toda robotina. Acelerina. Toda psicopatota.

Nos la pasamos esnifando hasta el amanecer.

Entre saque y saque yo le rezaba a San Judas Tadeo para que mi hijo no naciera defectuoso. Me daba e imploraba Que mi hijo no salga malformado, San Juditas. Que no le falte ninguna pieza del rompecabezas. Que no le falle el disco duro.

A partir de aquella parranda de cocaína le perdimos el miedo a tener un hijo idiota. Nos empezamos a meter soda los fines de semana. Si de Carol dependiera, se hubiera atascado diario. No se lo permití. Ella estaba en su cuarto mes de gestación. Apenas se le notaba la pancilla. No como a mí. Que me cargaba una bodega de chofer de la Ruta Norte. No cualquier chofis. Conductor borracho y coco.

Durante nuestras juergas de polvo a veces teníamos sexo en la sala o en la cocina. Descaradotes. Al cabo que mamá no podía vernos. Deambulábamos desnudos por toda la casa. Éramos dos chanchos obscenos y salvajes, listos para saltar al cazo de las carnitas. Dos marranos silvestres y exóticos que se paseaban en un corral con las venas cargadas de cocaína.

La que a cada rato nos sorprendía era la criada. Nos espiaba cuando cogíamos o cuando nos drogábamos.

Carol, la criada nos está güachando, le decía.

Déjala. Dale chance de que vea. A ella nadie se la coge.

No puedo. Me chisquea que me esté fisgueando.

No le hagas caso. Concéntrate.

Pero me está tijereando la panza.

No te claves. Disfruta. ¿A poco no te caliente que te estén mirando?

Carol era una exhibicionista. Y odiaba a la criada. Por metiche. Por chonita. Por chismosa. La acusaba con mi mamá. Esa muchacha va a tener un hijo del diablo. Se droga. Va a parir un renacuajo.

En una ocasión la agarró con unas rayotas como líneas de meta de campo de futbol. Marcadas según el reglamento de la FIFA.

Ese niño va a nacer como ustedes. Sin alma, le dijo la vieja a Carol en su jeta.

Carol flipó. Le agarró una tirria verdulera. Malaleche.

Aguanta, le decía yo. No hagas coraje. Se te va a salir el chavo.

El barrio había trastornado a Carol. Se masturbaba, se drogaba, se pedorreaba delante de ella. Nunca había tenido servidumbre, pero el barrio le había metido en la cabeza que debía tratar mal al servicio doméstico. Con las patas. Con la cola.

No sé por qué actuaba como una princesa. Ta bueno que todas las mujeres son unas damas, pero Carol le pegaba mucho a la mamada. Su familia vivía en la misma colonia que la sirvienta. Había asistido a la misma primaria con los sobrinos de la criada. Y aunque Carol lo niega, la chacha asegura que tuvo un romance con uno de sus ahijados. Al parecer la doñita era madrina de toda la cuadra.

Eso fue antes de que no hiciéramos novios. Veinte o treinta kilos atrás. A Carol la conocí en la prepa. Con berrinches había conseguido sonsacarles a sus papás una colegiatura. Los amenazó con meterse a jalar en una sala de masajes si la obligaban a matricularse en la escuela pública. Detestaba a la plebe.

Era la más mamazonsita del primer semestre. Toda la buitrada andaba sobres. Como tendedores gigantes persiguiendo un pedazo de ternera parmesana.

Pasaba por los pasillos y saltaban los piropos.

¿Quién pidió mariachi?

¿A cómo está el kilo de tomate?

¿Quién mandó traer la rondalla de Saltillo?

Carol había elegido esa prepa por un solo motivo, salir de su casa. Estaba dispuesta a engancharse con cualquier burguesillo para huir del barrio. Se había prometido a sí misma no morir entre aquella chusma.

Yo también le lanzaba sus cumplidotes. Qué bueno amaneció hoy el kilo de membrillo. ¿Está en oferta?

Ni me pelaba. Mi panzota de globo lleno de agua me impedía galanear. Pero tampoco se burlaba de mí. Ni secundaba la carrilla que me echaban en el salón. Y eso me daba esperanzas. Carol sabía que no existen ni aliado ni enemigo pequeño.

Como todo preparatoriano me entusiasmé por las patilocas. En la escuela me rebautizaron como El Gordo Patineta. Pero Carol nunca me decía así. Me llamaba Tino.

Tino boy, ¿me disparas una Magnum?

Uno de los motivos por los que Carol aborrecía el barrio eran los tamales. De rojo, de verde, de dulce, de frijoles o de lo que fueran. Los odiaba tanto como a las quinceañeras que se organizaban a media calle, como al señor que pasaba en su carromato canjeando pollitos por envases de caguamas. Le parecía la cumbre de lo naco.

Nunca entendió por qué su mamá se ponía a hacer tamales en navidad, en año nuevo, en los santos, en los cumpleaños. Pinche epidemia.

¿Acaso no sabía preparar otra cosa? Aunque fuera lonches de aguacate.

Sí sabía, pero no lo hacía, pensaba Carol, porque los tamales representaban toda la jodidez del barrio. La falta de clase. Que no pusieran a la familia a elegir entre un frasquito de caviar y una ollota de tamales, seguro se decidían por los últimos, hasta los veía recalentándolos.

La primera navidad que Carol celebró en mi casa cenamos pierna horneada. La neta a mí ni me gustaba. Yo prefería unos tamales de ensalada. A lo mejor me traicionaba el inconsciente por ser adoptado. A lo mejor yo también traía el barrio dentro.

El caramelizado que se formaba sobre la carne significó para Carol el triunfo de su persona sobre la pobreza. Una distinción opulenta, un rasgo de singularidad. Una cena distinguida.

A partir de esa noche decidió que jamás pasaría una navidad o cualquier festejo con su familia. Jamás volvería a tragar tamales.

Hay niveles, les decía a sus vecinillas de la cuadra. Las morritas que estudiaban en las prepas del estado. Las tamalizas son para la perrada.

A mí, era predecible, me prohibió atacarme de tamales porque engordan. Es pura masa con manteca, con una embarrada miserable de carne de puerco con chile rojo. Las tristes navidades de los pobres se acompañan con tamales, Tino.

La navidad no es triste para los que no tiene dinero, le respondí. Es triste para los pavos, para los guajolotes, para los marranos, no para los desafortunados.

Carol prefería consumir alimentos en restaurantes o en las cadenas de comida rápida. Odiaba los tacos, las garnachas, el menudo y el pozole. Las tostadas y las gorditas. Cuando la conocí me contó que sufría de grasientas pesadillas. Malos sueños donde era perseguida por tamales voladores, tamales de pata que hablaban. Tacos con rabia. Loches sicarios.

Lo tamales engordan muchísimo, me dijo. Olvídalos.

Una noche, de alaridos y tamales, Carol volvió a presionarme.

Eres un mediocre.  Un marica. Para ella no es nada. Unos cuantos pesos.

Pero es mi madre.

Eso debiste pensar la primera vez. Ya no hay vuelta atrás.

Ante la falta de coca y mi aumento de peso, me convenció. Robaríamos a mi madre.

Planeamos todo. Simularíamos un asalto. La amagaríamos con sogas y navajas. Justo a la hora en que la criada hacía el súper. Le sonsacaríamos para la liposucción y para un mes de cocaína. Entraríamos a la casa un día que se suponía yo andaría en la escuela y Carol con el doctor. Papá estaría en la oficina.

Amarraríamos a mamá a la mecedora en que siempre se sentaba. Su ceguera le impediría reconocernos. Saquearíamos la caja fuerte sin hacerle daño. Meteríamos el botín en una caja de seguridad del banco. Regresaríamos a la casa al anochecer. Haciéndonos los sorprendidos. A las dos semanas nos largaríamos unos días a Mazatlán, antes de operarme.

En la caja hay cerca de dos millones de pesos, me dijo Carol.

Cómo contó el dinero sin que nadie la descubriera, no lo sé. ¿A qué hora? Me aseguró cuánto contenía cada fajo y de qué manera estaban dispuestos.

Tuve miedo. ¿Hacerle semejante bajeza a la mujer que me recogió? Que me rescató del orfanato. De ser un niño de la calle. De una posible vida de carne de reformatorio, de correccional. Porque tal vez estuviera enojado contra el mundo, como Carol contra el barrio y me hubiera dedicado a delinquir. Y aunque no era una blanca palomita, no era un ingrato. Es verdad que existe un lado de nuestra alma al que nunca le pega el sol, pero fallarle a mi mamá era demasiada mala entraña.

Y no es todo, siguió Carol. También hay documentos. Pero con el efectivo completamos. Si no nos apuramos, irán a depositar los dos millones. Y adiós a todo. A las vacaciones, a la lipo, a la coca.

Mientras repasábamos el plan, me arrepentí.

No puedo hacerlo, Carol. Lo siento. No puedo, no es mi estilo.

Qué. No mames. Tú no tienes estilo. Pinche Gordo Patineta. Eres un mediocre. O qué, quieres ser toda tu vida El Gordo Patineta. Estoy harta. Harta de tu mamá, de la puta sirvienta. Estoy harta de ti. Eres un pobre pendejo, un maricón.

No puedo. No puedo, Carol. Se trata de mi mamá. ¿Y si nos descubren?

Esa señora no es tu mamá. No es tu mamá. No te engañes. Lo dices para echarte para atrás. No nos va a pasar nada. No nos van a agarrar. Nuestra coartada es perfecta.

Pueden meternos a la cárcel.

No nos atraparán.

No quiero hacerlo.

Debí saberlo. Los pinches gordos son unos cobardes. No sé por qué me fije en ti. Pinche Gordo Patineta. Gordo Patineta. Nunca vamos a dejar de ser dos limosneros que se conforman con las migajas que nos tira tu mamá.

Sus palabras me asustaron aún más. Carol jamás me llamaba Gordo Patineta. Había rebasado la línea. Cuando uno hace algo una vez, lo hace toda su vida. Si me negaba a continuar, me condenaría para siempre a que me molestara con mi gordura delante de la gente. No se detendría ante nadie. Nunca volvería a ser Tino. Ni a los ojos de mi hijo. No tendría ni el respeto de mi hijo. Y me convenció. Me convenció. La puta de Carol me convenció.

Lo hicimos un miércoles de ceniza. Acepté que forzáramos la cerradura. Necesitábamos que luciera como un atraco. La criada, después del súper, se detendría en la iglesia. Mamá había asistido temprano, con papá. Él la regresó a la casa y se marchó al trabajo. Nos sobraba el tiempo. Haríamos la maniobra con tranquilidad. Mamá estaba por completo indefensa. Parecía que formaba parte del plan. Que era cómplice.

La encontramos sentada en la mecedora. Sostenía un pan de dulce entre las manos. Lo espulgaba. Nunca le había gustado el relleno de la panadería de la esquina. La mermelada que le sacaba, la echaba sobre un periódico colocado en el piso, al lado derecho de la mecedora.

Comenzamos a revolver los objetos de la sala. Volteamos los cajones del escritorio de papá. En la cocina se hallaba hirviendo un pollo que la criada disponía para la comida. Carol vertió el contenido de la olla con violencia sobre la mesa del comedor. Se aseguraba de que se llevara todo el día en limpiar los restos del supuesto robo. Entonces mamá nos escuchó. ¿Quién anda ahí?, preguntó.

Hizo el esfuerzo para levantarse pero Carol la retuvo. La inmovilicé con la soga y la atamos. Comenzó a llorar. Carol me ordenó con señas vaciar  los dos millones en una mochila. Era su octavo mes de embarazo, sin embargo, se desplazaba por la casa con una destreza inusual para su estado. Al parecer había recreado antes cada movimiento que realizaría. Había estudiado a la perfección cada una de sus acciones.

¿Quién anda ahí? ¿Quién es? ¿Qué hacen?, gritó mi mamá. Auxilio. Ayuda. Ayúdenme.

Comenzó a desesperarse. A lloriquear. A luchar contra la cuerda que la sostenía unida a la mecedora. Paralizado. Yo estaba escamado.

Nos van a atrapar, pensé. Van a venir a asomarse los vecinos. Que se calle, que se calle. La puerta principal estaba semiabierta. Lista para ser el único testigo de nuestra huida. Yo la contemplaba con temor. Toda mi vida la había atravesado sin dificultad. Pero presentí que esta vez sería distinto. Después del atraco, no volvería a ser lo mismo. Tal vez no podría regresar. Quizá el recuerdo de ese día me perseguiría. Me impediría volver a entrar a la casa.

Un grito seco, como un ahogo, me hizo salir de mi trance. Carol estaba apuñalando a mi mamá. Vi su silueta de embarazada blandiendo el cuchillo con desinterés. Un desinterés que se podría traducir en torpeza. La torpeza que indicaba que Carol no sentía absolutamente nada al acuchillarla. Era un mero trámite para ella. No vi en sus ojos el mismo odio que por ejemplo los habitaría si estuviera asesinando a la criada. Lo hacía mecánicamente. Sin apasionamiento. Apasionamiento que sí experimentaría si me estuviera matando a mí.

Carol, ¿qué haces?, pendeja, le grite. Qué chingados haces. Puta madre.

Cállate. Cállate. Cierra el hocico.

Mi mamá nos reconoció.

¿Hijo? ¿Carol? ¿Hijo, eres tú? ¿Qué hacen? ¿Qué me hacen?, gritaba.

Sujeté a Carol. Era tarde. La había apuñalado cuatro veces. Agarré el teléfono.

Qué haces pendejo, me ladró Carol.

Llamar a una ambulancia.

¿Estás loco? Vámonos. Vámonos. Idiota. Si vienen nos van a meter a la cárcel. Nos van a encerrar.

Pero se va a morir.

Vámonos, hay que largarnos. Déjala que se muera, al fin que no es tu mamá.

Cómo la voy a dejar. Por qué lo hiciste. Esto no estaba en el plan.

Vámonos, idiota. No seas llorón. O quédate, si quieres. Quédate. Pero vas a ir a la cárcel. ¿Eso quieres? ¿Eso quieres?

Hijo, hijo, gritaba mamá mientras huíamos del departamento. En la esquina tomamos un taxi. Carol le ordenó al chofer que nos llevar a un hotel. A uno caro. Antes de llegar paramos en una vinatería y Carol compró dos kilo de vodka. En el taxi abrió una botella y se pegó un largo trago largo. Desde que habíamos salido del departamento no la había visto a la cara. Cuando bajó la botella la miré para decirle que se calmara, que estaba embarazada. Fue cuando la vi a los ojos. Unos ojos como los de mi madre, ciegos. Ofuscados. En su rostro descubrí una gran sonrisa. Carol sonreía. Sonreía. Sonreía. Por el dinero.

Desde el hotel pedimos cocaína. Cuatro mil pesos de merca.

Tuve que confesarle a Carol que por la prisa no había conseguido levantar todo el dinero. En la mochila sólo había unos ochocientos mil pesos. Pensé que me esperaba la cagada de mi vida. Era la oportunidad que habíamos esperado por meses. Y la había desperdiciado. Tranquilo, me dijo. No quiero oír tus gimoteos. Qué importa. Tu mamá va a morir desangrada. Vas a heredarlo todo. Vamos a celebrar.

Carol comenzó a drogarse sin control. Yo no podía dejar de pensar en mamá. ¿Ya estaría muerta? A Carol le valía, pidió servicio al cuarto. Camarones. Se sacó los tenis y se acostó en la cama a ver una película.

Cuando pase el desmadre, en unas horas, me dijo, ponemos el dinero en la caja del banco y regresamos a la casa.

Yo estaba temblando. No me podía controlar. Ni siquiera se me antojaba un trago de vodka para el susto.

Y qué, me preguntó Carol, no te vas a meter una rayita de coca. Para la emoción.

Yo seguía conmocionado por la conducta de mi esposa. Sabía que era ambiciosa, prepotente, insensible, pero jamás me imaginé que fuera capaz de asesinar a alguien, y menos a una anciana ciega.

Carlo, por qué lo hiciste. No estaba contemplado. Has matado a mi mamá.

Ya cálmate, me gritó. Cálmate, no seas chillón. Mejor piensa en el testamento. A estás horas seguro ya se desangró y hasta la encontraron. Nadie va a sospechar de nosotros. Diremos que saliendo de la escuela pasaste por mí y nos fuimos a coger a un motel.

Después de dos horas de interrogarla me confesó que lo había hecho para que yo heredara toda la fortuna de una vez. Y no esperar a que muriera mamá. Para qué quería el dinero si estaba ciega. No podía disfrutarlo. Lo tenía contemplado desde el principio. En realidad los dos millones le valían madre. A ella le importaba la fortuna. Me había embaucado. Me había visto la cara de pendejo.

Carol se embriagó y se drogó tanto que no pudo abandonar el hotel. Pasamos allí la noche. Yo no conseguí dormir. Sólo observarla noqueada. Inconsciente. Dormida como un triunfador. Que yo heredara los bienes de mamá por fin la desligaban del barrio. Por fin podría dejarlo atrás. Sin que existiera la menor posibilidad de recobrarlo. De volver. El barrio estaba sepultado.

Al amanecer salí a comprar el periódico. No sé si para atormentarme o para aceptar de manera oficial la muerte de mamá. O para enterarme de si sospechaban de nosotros. El crimen acaparó la portada de la sección policíaca. Crimen es un decir. La noticia afirmaba claramente que papá había vuelto al departamento por unos documentos y descubrió a mamá aún con vida. Llamó a una ambulancia y los paramédicos la salvaron de la muerte. El nombre de Carol y el mío aparecían en el texto como el de los autores del intento de homicidio. Éramos buscados.

Regresé al hotel. Carol aún dormía. La desperté. El periódico no le infundió miedo. Carol seguía anestesiada por la cocaína. Al parecer nada la amedrentaba. O tal vez sintiera que no era culpable. Que no era ella, Carol, quien había apuñalado a mi madre. Tomó el teléfono y pidió servicio al cuarto. Un club sándgüich, un par de cervezas y fresas con crema. Su idea del escape seguía firme. Nos largaríamos a Mazatlán en dos días. Ella seguía dispuesta a despilfarrar el dinero.

No salimos del hotel en todo el día. Carol siguió atascándose. Yo llevaba treinta y seis horas sin comer. Sólo fumaba. No tenía estómago para emborracharme. No había probado la coca. Al anochecer, Carol seguía bien prendida por la coca. Espere a la madrugada, a que rindiera. Apenas se quedó botada agarré el dinero y salí del hotel.

Desde el teléfono público de la esquina la denuncié. En menos de cuarenta minutos la capturaron. Cuando la esposaron andaba bien pasada. Gritaba que la llamada no había sido anónima, que la había entregado su cómplice.

La sentenciaron a veinte años de prisión por intento de homicidio a una ciega.

Un mes y medio después del robo Carol dio a luz en el ala de mujeres del CERESO. La cárcel es un barrio. Peor que al que le había huido Carol. El abogado le informó que por órdenes de mamá la tendrían a dieta de tamales. Había pagado a las celadoras para que impidieran el paso de comida a sus familiares. El menú que les servirían a las otras presas también se lo tenían prohibido. Si deseaba comer, sólo le servirían tamales.

Pobre Carol. El niño que dio a luz había nacido con una malformación por los abusos de droga y alcohol. En lugar de ojos tenía sólo dos huecos mórbidos, lejanos. Como resanados por una capa de pintura color carne. Al fondo, se advertían dos protuberancias ínfimas, desgastadas. Clausuradas. Con un punto muerto en el centro. Un punto exactamente igual al que observo en mis ojos. Un punto que el espejo del hotel en el que me escondía me regresaba contra mi voluntad.

A los tres meses del atraco subí a la plancha. La lipoescultura fue un éxito. Me había deshecho de treinta y ocho kilos de sobrepeso en unas horas de cirugía. Necesité de unos cuantos días de hospitalización para recuperarme.

Cuando me dieron de alta se me caían los pantalones. Eran talla cuarenta y dos. Ya no era gordo. Después de la operación me quedaron doscientos mil pesos. Lo suficiente para vivir un par de meses y planear mi siguiente atraco. No me iba a conformar con una liposucción. Quería una rinoplastia. Que me quitaran la papada. Estaba convencido de que el resto del dinero aún se encontraba en la caja fuerte. Tal vez había más. No podía cometer errores. No podía fallar. Ya no podía sentir conmiseración por mi supuesta madre. Compraría una pistola. Esta vez tendría que asegurarme. Esta vez tendría que matarla.

La tecnoanarcumbia del alien agropecuario (Cuento nuevo, último del libro)

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Cuando se atraviesa una etapa crítica, un sponsor del ego deviene imponderable. Un sponsor real, consumado, no una puñeta mental.

Existen personas para quienes la crisis no es una etapa. Es su vida. Nada más patético que la denominación “media (o)”. Clase media, peso medio, medio kilo de tequila, medio pedazo, medio trozo. La ruina o el éxito total están manchados de un javiersolismo rotundo. Trasforman por completo a las personas. La media no.

El mundo del rock se ha nutrido bonito de los medios chiles. Pero nada más culei que ser el “gutierritos” del punk. Retomo: existe gente para quién la vida no es una tombola, sino la pura cris. Ese era el caso de Lauro. Guitarrista, vocalista y líder de Tafil. La alineación del grupo la completábamos Agus bataqueando y yo de bajera.

Siempre anhelamos un teclero. Pero los celos de Lauro nos autosaboteaban. A las bandas de rock ni todo el amor ni todo el dinero. Debíamos pertenecer fieles a nuestro sonido punk. En las trifulcas y mamarráchecez la canción seguía siendo la mix. Culpábamos del mal funcionamiento del grup a la ausencia de un pianero. Who knows?

Lauro era mi bato. Yo había abandonado la uni en segundo semestre de economía para convertirme en la señora de rockstar y unirme a la banda. La deserción del antiguo bajista me abrió las piernas del grupo. Agus dijo que admitir a una mujer en un conjunto de rock era como treparla a un barco: atraía la mala suerte. Pero ¿y los Smashing Pumpkins? Achacaba a Yoko Ono la culpa de que Sui generis se hubiera disuelto.

Como en todas las bandas, las anécdotas más chidas son las que no se pueden contar. Pero más chicles son las que ocurren antes de alcanzar la fama. Con la cumbre se acaba el argüende, sobreviene el yoga y la defensa de las ballenas. Nosotros tuvimos grandes efemérides, cumplimos con la cuota. Repasamos el capítulo de las drogas, corrimos el riesgo de la electrocución y nos casamos con todos los indisolubles, clásicos y refriteados avatares que enfrenta un conjunto de rock en su camino al estrellato.

Después de cinco años de pegarle a la mamada, nuestro máximo triunfo había sido ser los teloneros de Bandera Roja, decidimos reclutar un teclero. Fue entonces cuando apareció el sponsor del ego. Pepe: un adolescente down. Quien conozca la mitología extraterrestre respaldará que Pepe, más que un chico con síndrome de down, parecía un alien. Por si fuera leve, no vivía en la ciudad. Era de rancho. No es lo mismo ser un extraterrestre de asfalto que un alien agropecuario. Y para acabarla, estaba prieto. Cuándo se ha visto que un chico con el síndrome Trisomía 21 sea morocho. Todos son güeritos.

Apareció en la sala de ensayos con un teclado de juguete Mi alegría. Agus dijo que ni de pedo lo dejáramos audicionar. Pero Lauro, que había leído un artículo sobre un grupo argentino llamado Reyolds, en el que la atracción era un down, le permitió blofear. Pepe echó a andar una pista grabada en su tecladito. Era una melodía infantil que tarareaba oligofrénico, totalmente mongoloide. Y por increíble que parezca, resultó el mejor del casting. Su sonido podía competir con una secuencia programada por un dj auténtico.

Fue amor a primera vista. Lauro quedó ganchado del taradito que aspiraba a convertirse en estrella del rock. Este chico, decía, puede hacer lo que desee. Futbolista, doctor o misionero, pero ha elegido el camino de la música. Es irresistible. ¿Acaso no te entran ganas de hacerlo cuñado?

Pese a las protestas del Agus, lo admitimos en la banda. Pepe es un nombre chafa, dijo Lauro. Necesita un nombre artístico. Qué te pasa, le recriminó el Agus. José se llamaba el papá de Jesucristo. Me vale. No se puede pastar en un conjunto punk con apelativos pendejos. Lo voy a rebautizar. De ahora en adelante lo conocerán como El alien agropecuario.

No conozco otras fábulas de enamoramiento entre un guitarro y su tecladero. No sé cuánta intensidad existe en esos campos. He leído poco al respecto. La onda es que Agus comenzó a encelarse de la reliquia que le armábamos al downcito. Qué tierno, expresaba yo al güacharlo tocando su tecladito. Pinches juguetes Mi alegría, eran cabrones para inspirar a la gente. A la mejor el morro nunca había oído música, pero un obsequio bienintencionado le había dado sentido a su existencia.

Siempre me pregunté cómo funcionaba un sponsor del ego. Cuál era su alcance. ¿Era un sponsor la salida de un bache o un tentempié? ¿Una mala racha podía aliviarse con un sponsor? ¿O caducado su efecto retornaba el estado crítico primigenio se agudizaba aún más? La relación que comenzaba a formarse entre Lauro y El alien me producía dudas. Mi temor era que El alien saliera lastimado. Que sólo fuera para Lauro un juego de química, un bote de Playdoh, un juego de Lego. Tal vez me adelantaba a los acontecimientos, pero desde el primer momento en que los vi interactuar juntos un fast track se me reveló: el pobrecito alien victimado por las burlas de la audiencia punketa.

A mí no me hacía falta un sponsor. Mi ego no requería ser inflado. Mi principal problema era evitar la yokonizació de la banda.  Yokonización es el término para definir el proceso en el cual un conjunto de rock se separa por culpa de una mujer. Desde mi fichaje, Agus se había mostrado incómodo. Para él la banda era como una porra futbolera, no había lugar para mujeres. Nosotras no podíamos entonar cánticos tan alto como un hombre, subir y bajar las escaleras tan rápido ni despojarnos de la playera cada vez que caía un gol. Siempre que Lauro me consultaba algo relacionado con el devenir del grupo, los celos de Agus se exacerbaban. La solución era que alguno de los dos se marchara. Yo no podía dejar tirado a mi peor es nada. Debía sponsearlo. Tampoco nos podíamos dar el lujo de echar al Agus. Dónde conseguiríamos a otro bataco tan chinguetas.

Insito: el avistamiento del alien significó para Lauro Estrella Del Rock el sponsor que requería para convertirse en un auténtico punkstar. El quemarse por demear había renacido. Sin advertirlo, la banda se había estancado en un eterno tocar en vivo. Grabar era una rotunda puñeta mental que hacía un chingo que habíamos dejado de jalárnosla. Pero el aterrizaje de El alien nos convenció de que sí era posible eyacular un par de temas demeados.

Con el objetivo de entrar al estudio Lauro escribió cuatro nuevas canciones. Debo decir que sus mejores letras las vomitó después de conocer a El alien. No estoy segura de si fue un hecho fortuito o en realidad El alien pesaba sobre Lauro. También existe la posibilidad de que coincidiera con su crecimiento letrístico. Hacía más de cuatro años que componia para Tafil, en algún momento tendría que presentar evolución.

Armamos la parte musical de las rolas en una semana. Desde el comienzo del proceso, Agus se opuso a que El alien participara. Su teclado era pura pantalla. No formaba parte de nuestro sonido. Éramos un trío punk. Un sinte nos abarataría. No importaba lo competente que fuera El alien con su instrumento, él estaba ahí como una finta, para decorar la banda.

Durante los ensayos surgió una preocupación grave por el comportamiento de El alien. Lo situábamos detrás de su teclado pero no permanecía quieto. Deambulaba. Tropezaba con Lauro, con Agus, con los cables. En una ocasión chocó con la batería. No nos percatamos de que sangraba hasta el final de la canción. Ninguno de los tres podíamos cuidarlo, andar tras él. Su edad mental equivalía a los siete años. Un grupo de punk no era su habitad. Nos preocupaba su electrocución.

Hacía cuatro semanas que El alien era parte oficial del grupo. Por primera vez, ante su conducta, Agus planteó seriamente la dificultad de presentarnos en vivo. Habíamos traído a El alien al conjunto como una atracción, pero su figuración en el escenario se antojaba caótica y riesgosa. Su participación activa estaba descartada de antemano, podríamos excluirlo.

Lauro se opuso. Ni madres, Agus. Tafil somos tres y medio. Yo apoyaba la propuesta de Agus porque me inquietaba la seguridad de El alien. No deseaba que sufriera. Y no me refiero a su bienestar físico, aludo a la parte emocional. Qué tal que se emocionara tanto con el escenario que se hiciera adicto a él. Que se entusiasmara hasta el paroxismo pero tuviera sus días contados dentro del punk.

El alien se quedaba, sentenció Lauro. Tafiel son tres locos y un down. Somos un cuarteto. No, no soy un irresponsable. No me vale madre la seguridad de El Alien. Me angustia tanto como la tuya o la de mi chava. Tenemos botiquín de primero auxilios ¿no? El alien se va a presentar en vivo.

Antes de que Agus contraatacara con una serie de argumentos bien fundamentados, Lauro empezó a actuar de forma estrafalaria. Se puso mal. Mal como cuando se fuma crack. Se tapó las orejas, en alusión a una sordera autoimpuesta, y comenzó a lanzar grandes patadas al aire. Patadas al representante que no teníamos. Patadas a la disquera que nos faltaba. De su boca salía un la la la la laaaa la la la la (la la la) infinito.

Pinche Lauro, cálmate, le dijo Agus. No te pongas así. Pareces un pinche autista. Tas bien pinchi loco. ¿Qué hacemos entonces? Contratar una niñera, contesté yo. Tas loca también tú. No podemos pagarla. Lauro seguía con su rutina. Lanzaba patadas a la nada mientras de su boca emergía el la la la la la la desquiciante. Y no era el único. Por discutir no lo advertimos, pero El alien hacía lo mismo. Marchaba por el cuarto de ensayos emulando todos los movimientos de Lauro. Entonces, nuestro líder y guitarrista comenzó a golpearse la cabeza contra la pared. Y El alien lo secundó. Fue tan intenso que Agus y yo tuvimos que arrancarlo del muro. Se había descalabrado. La sangre le escurría por la frente como a un luchador. Al verlo, Lauro soltó una carcajada. Y El alien rió.

Así terminó aquella tarde, con las desaforadas carcajadas de Lauro y El alien agropecuario.

A pesar de tener cinco años rodando nos sentíamos nerviosos. Éramos una nueva banda. Trepar a un escenario con un niño down era una mamada. El público podría ofenderse. Si rechazaban a El alien nos condenaríamos por asociación delictuosa. Lo de menos era que nos lanzaran con verdura. Si el experimento fallaba nos identificarían siempre como los pendejos que reclutaron un down.

La tarde de nuestra primera presentación como cuarteto, dudamos en dejar a El alien suelto. Agus sugirió que lo amarráramos para que no fuera a caer de la tarima. A mí me parecía cruel, ni que fuera un animal, pero si llegaba a matarse nos meterían al bote. Votamos por encadenarlo. Colocamos su tecladito en el lugar habitual, detrás de Lauro y Agus, junto a la batería. El alien lo levantó con todo y base y lo situó al lado derecho de Lauro. No, Pepe, le dije. Tu sitio es atrás.

Agus regresó el tecladito a la parte trasera del escenario. Una vez más El alien lo llevó hasta el frente. Era down pero no le gustaba estar arrumbado. Deseba ser protagonista. Para evitar una típica discusión de banda, dejamos en paz el ego de El alien. Mientras hacíamos el soundcheck decidimos atar su pie izquierdo, con una cuerda de dos metros de largo, al pie derecho de Lauro.

Subimos al escenario como teloneros. Después de nosotros venía un grupo de heavy metal. No existe audiencia más exigente que la heavymetalera. Escuchan pura porquería, pero sienten sus oídos corromperse con cualquier cosa que no suene a la basura que degustan. Parecerá ridículo, pero era la prueba a superar. Si bajábamos enteros estaríamos bendecidos.

Nunca vi metamorfosis tan maravillosa en documental alguno. Frente al público El alien se convirtió en un miembro de la banda. No se distrajo ni abandonó su posición. No golpeó los platillos de la batería con las manos, como lo hacía en los ensayos. No mordió los cables ni se hipnotizó frente al amplificador del bajo. Como si saludara a la bandera, su vista siempre al frente. Qué daría la señora que le cortaba el cabello porque se estuviera así de quietecito cuando le daba su peluqueada.

A los heavymierdaleros les simpatizó El alien. Les pareció tierno que instara al público a batir las palmas. En el fondo todos los heavymetaleros son sentimentales. Estaban conmovidos porque detrás de ese cráneo desproporcionado, exagerado por el síndrome, se refugiaba una vedette auténtica. Nuestro down no era cualquier Trisomía 21. Era un down carismático.

El toquín fue exitoso. Era la señal que estábamos esperando. Ignoro que fue lo que llevó a Moisés a partir el mar en dos. Pero sé que fue lo mismo que nosotros sentimos después de aquella tarde. Tocadas en vivo. Conciertos. Era el siguiente paso. Curtir a El alien en el escenario. No sabíamos de dónde había extraído esa confianza, lo único que deseábamos era que aumentara. Que ganara presencia.

Tras cuatro meses de tocadas en barrios, nos invitaron a ir de gira estatal. Abriríamos los conciertos de un grupo indi. Era la oportunidad de probar a El alien fuera del ámbito local. Negarnos a rolar hubiera representado un retroceso. No podíamos hacerle eso al grupo. No podíamos hacerle eso a El alien. Nuestro único impedimento era precisamente El alien. No sé por qué, como siempre aparecía solo en los ensayos, pensé que El alien había surgido de la nada. Que en realidad había llegado en una nave espacial. Que le había gustado tanto este planeta que renunció a su hogar y se quedó a vivir entre los humanos. Pero no. El alien tenía familia.

Mamá alien se oponía a soltarnos a Pepe. Sus reservas se justificaban, tres zarrapastrosos con aspecto de drogadictos pretendían sacar a su hijo de la región. ¿Con qué fin? Tal vez para traficar sus órganos. No. El alien podía llegar tarde, quedarse a dormir en casa de Lauro, beber cerveza, lo habíamos empedado dos veces, pero no podía traspasar los límites geográficos.

La negativa de Mamá alien fue tan categórica, tan punk, que nos llevó a cometer nuestro primer error como banda: secuestrar a El alien. ¿Qué nos puede pasar, nos preguntamos, ser rastreados por la NASA? Envalentonados, prendidos, confiados, nos fuimos de tour sin saber que nos estábamos echando al cuello a un alacrán más peligroso: un grupo de ejidatarios.

Atrajimos a El alien como se atrae a un oso. Pero en lugar de un tarro de miel, le compramos un sintetizador de verdad. Hubieran visto su carita, era el down más contento sobre la tierra. Era El alien más feliz de la galaxia. Pepe había pagado su derecho de piso para pertenecer a la banda, para tener su instrumento, para aparecer en la portada del disco, si algún día llegábamos a lanzarlo. Todo lo que deseara. Lo que se le antojara. El alien podría hacer y deshacer, menos tocar.

Volvimos de la gira un domingo. Una turba, con sus respectivos acarreados, proveniente del Vergel, Durango, ejido de donde era oriundo El Alien, nos esperaba. Al bajar del autobús le pusieron a Lauro las esposas. Al principio pensamos que se lo llevarían preso, pero entre los presentes no había un solo policía. Nos treparon a todos a una camioneta de redilas, para conducirnos al rancho. Nos lincharían a Lauro, a Agus y a mí. Nos acusaban de plagio de un menor y de sodomía del mismo. ¿Ya ves, pinche Agus, lo que pasa porque no tienes novia?

En el ejido, nos amarraron a cada uno a un árbol. Durante seis horas, un consenso formado por los mandamases del Vergel y la familia de El alien dilucidaron encerrados sobre nuestro destino. El pueblo clamaba por sangre. Dentro de sus casas, la gente se saboreaba a la espera de echársenos encima. El plan era que ya muertos sirviéramos de alimento para los perros y los marranos. Hubo quien pidió que mejor se nos achicharrara. Sería un espectáculo que suplantaría la misa de las ocho. Si iban a pedir limosna por dejar que nos golpearan, ya estuvo que desquitaríamos hasta el último peso que aflojaran esos desgraciados.

El alien estaba enjaulado. Nunca le preguntaron si lo violamos, para los ejidatarios era un hecho. A la caída del sol, unos morrillos amontonaron piedras a cinco metros frente a nosotros. Moriríamos a pedradas. Como en la Biblia. Los árboles a los que estábamos sujetados se hallaban próximos, separados apenas por dos metros de llano. A la diestra de Lauro me amagaron a mí, a la izquierda a Agus. El hambre, la sed y el miedo nos hicieron desvariar.

Sálvanos, Lauro, pidió Agus. ¿Acaso no eres tú el mesías del punk?

Déjalo en paz, grité. Sólo nos queda encomendarnos a Dios.

Resucitará. El punk resucitará, decía Lauro, enloquecido.

A las siete con cuarenta, el sacerdote nos desató. Lauro deseaba volver por El alien. Tas loco, le reclamó Agus. Déjalo. Casi nos matan. Olvídate de El alien. Ya conseguiremos otro down para la banda. No, no, se resistía Lauro. Nadie como él.

Lo llevamos arrastrando hasta la camioneta del padrecito, quien nos llevó hasta la carretera, donde pedimos raite a un trailero. En el periférico subimos a un taxi. Durante la huida Lauro nunca dejó de voltear hacia atrás, hacia el Vergel. El alien es nuestro, gritaba. El alien es nuestro. Vamos a recuperarlo. Vamos a recuperarlo, aullaba. Y antes de que Agus comenzara a soltar sus sólidos argumentos sobre lo perjudicial que resultaba El alien para nosotros, Lauro se tapó los oídos con la manos y empezó a lanzar patadas al aire mientras de su boca surgía un la la la la la la la la la interminable.

Mantuvieron a El alien agropecuario en cautiverio por dos meses. Yo me debatía por encontrar un sponsor del ego a la altura de Lauro, pero El alien era insustituible. No existía genérico intercambiable o símil que lo suplantara. A punto estábamos los tres de meternos Tafil cuando Pepe reapareció en la sala de ensayos. El mitote en su rancho se había apaciguado.

Los sesenta días que estuvimos alejados de los escenarios no modificaron nuestra popularidad. El alien aún rifaba en el inconsciente colectivo. Era tiempo de crear los demos. Grabamos una maqueta de cinco rolas en cd. Se lo mostramos a don Gramófono, representante de otras bandas de la ciudad, con la tirada de que aceptara ser nuestro manager. El doñito se negó. No podía manejarnos porque el punk a nadie le interesaba. Era una mierda pasada de moda. Chicos, andan desfasados. Lo de hoy es el happy punk. Tráiganme algo de eso y veremos qué hacer. Pero don Gramófono, el punk es una institución, le dijo Agus. Hijo, le contestó, el problema es que cómo se les ocurre tocar punk en el norte. Aquí eso no funciona. Eso déjalo para los sureños jodidos o para los defeños. Acá no tenemos tantos resentidos sociales. Acá lo que queremos es pop. Podrá ser una mierda sin contenido pero acá lo que vende es el pop.

Esta vez el aterrizaje de El alien no fue tan espectacular. Se vio opacado por nuestra incapacidad para prostituirnos. Pinche don Gramófono, dijo Agus, si al menos nos hubiera visto en vivo. Putísima Leonor, dijo Lauro, tenemos buenas letras, una bonita fémina, la música aguanta, hasta un alien tenemos, qué nos falta. Nunca esperé que fuera como en las películas, que mágicamente fuéramos descubiertos por un caza talentos en un hoyo fonky, pero llegar a una disquera es más difícil que tramitar una pensión. A lo mejor es cierto lo que nos dijo don Gramófono: el punk ya fue, dijo Agus. Tas pendejo, cómo vamos a faltarle a nuestros santos patronos The Ramones & The clash, respondió Lauro. Y aunque así fuera, quién de nosotros sabe tocar, componer o escribir otra madre que no sea punk.

Mientras discutíamos, El alien prendió su sintetizador. Sobre una pista grabada improvisó una melodía. Era buen tecladista. Lo que en una primera aproximación parecían frases sueltas en realidad era una canción. No puedo describir con exactitud el género al que pertenecía el tema. ¿Rock down? Sólo puedo explicar que al compás de la música El alien articuló unos movimientos lunares. ¿Pasos? ¿Se trataba de el baile de El alien agropecuario? Nos quedamos con cara de colchón.

Lauro le preguntó a El alien de quién era la canción. Mí-a. Mí-a. Respondió Pepe. Yo la com-pu-se. Y cómo se llama, le preguntó el Agus. Se llama como yo. ¿Pepe? No. Como yo. Por eso, güey, tú te llamas Pepe. No. ¿José? No. Como yo. Alien. Ah. ¿El alien agropecuario? Sí. Y qué genero es, preguntó Lauro. Como no pudo decírnoslo,  lo deletreó: t-e-c-n-o-a-n-a-r-c-u-m-b-i-a. Cómo ven, dijo Lauro. Sabe deletrear. Y nos salió hijo de Amandititita este cabrón. Entonces pongámosle de una vez el título completo a la canción: “La tecnoanarcumbia del alien agropecuario”.

Lo siguiente fue completar la canción. Necesitábamos una letra. El alien propuso que yo la escribiera. Al esqueleto creado por el sinte añadimos bajo, batería y guitarra. Como se trataba de una tecnocumbia nos basamos en una rola de los Bukis para conseguir el ritmo. Después de cuatro horas de hojalatería quedó finalizada. Era la primera rola que escribíamos como banda, antes el trabajo creativo siempre corría a cargo exclusivamente de Lauro. Era celoso al respecto. Pensaba que ostentaba la fórmula del compositor privilegiado y se negaba a compartirla.

No importaba que tanto lleváramos en el negocio, nunca habíamos entrado a un estudio, éramos músicos amateurs. Pero incluso los más lerdos saben que un single es un álbum. Teníamos “La tecnoanarcumbia del alien agropecuario”, teníamos un disco. Sólo era cuestión de rellenarlo. Lo inflamos con antiguas composiciones de Lauro adecuadas al tecnoanarcocumbia style y con cuatro nuevos temas que escribió El alien. Era un poeta del sinte el cabrón.

Estábamos listos para enseñarle el trabajo a don Gramófono. A ver si seguía ignorándonos el pinche viejo. Lo invitamos a un ensayo. Él lo ignoraba, pero en secreto fantaseábamos con el nombre del disco. Sesione con El alien era mi favorito. Don Gramófono vino a oírnos. ¿Tecnoanarcumbia? Es una mamada, pero vende. Acepto representarlos.  Increíble, pinche viejo trinquetero había dado su brazo a torcer. Era un culero, pero tenía contactos. Y para cerrar el trato al más puro flagelo don Gramófono, todavía no firmábamos y ya empezaba con sus chingaderas. ¿Tafil? Qué nombre es ese para una banda de tecnoanarcumbia. Cámbienselo. Pero don Gramófono, es el que hemos usado por cinco años, la gente nos reconoce. Me vale madre, busquen otro. Y ese look, también denle calle. Ustedes no son más una banda de punk.

El ornitorrinco blanco de la cultura beige fue nuestro nuevo nombre. Era cómico, generacional e intelectual. A don Gramófono le latió. Se queda. Todos ustedes son unos ornitorrincos. No me refiero solo a la banda, también a los que acuden a los conciertos. No son una generación de adolescentes, son una de ornitorrincos. Deberían formar un movimiento.

Elegir un nuevo look para la banda fue complicado. ¿Piyamas? Trillado. ¿Disfrazados como presos? Gastado. ¿Vestidos como internos de hospital psiquiátrico? Cursi. Decidimos usar tuxedos color pastel. Éramos la tecnoanarcumbia, baby. A don Gramófono le rayó. Se ven chistosísimos, ustedes son una generación de ornitorrincos curiosos. No sé si se los haya dicho antes, pero son unos rincos graciosos.

Nuestro manager, don Gramófono, nos consiguió un contrato con el sello Noiselab. Nuestra primera chamba fue irnos de gira con Quiero club! En la madre. Cómo haríamos para sacar a El alien del estado. No perderíamos la oportunidad ni arriesgaríamos el pellejo, El alien se quedaba. A güevo que Pepe protestó. Él era la estrella del show. La canción era suya. El concepto era suyo. Le explicamos a don Gramófono la situación. Sacar a El alien de la región significaba ajuarearse una lluvia de machetazo. No hay borlo, chicos, nos dijo el viejo. Yo lo arreglo. Hablaré con la familia alien. ¿Sí les he dicho que son unos ornitorrincos simpáticos?

Con su desparpajo habitual, don Gramófono se presentó en El Vergel. Con desfachatez preguntó Cuánto por El alien. Lo dimos por muerto. Pensamos que tendríamos que conseguirnos otro manager. Cuánto por El alien. ¿Lo lincharían? ¿Lo rescataría el padrecito? Contrario a nuestro vaticinio, don Gramófono salió ileso. Diecisiete mil pesos le pagó a Mamá alien por Pepe. Se lo dieron con todo y papeles. Como si hubiera comprado un carro. A partir de entonces, El alien era nuestro, quiero decir de la banda. Jamás regresaría a su casa. Había renunciado para siempre a la nave espacial.

Nuestro alien no había perdido filin. Durante la gira con Quiero club! nos percatamos de que no pertenecía al rancho o a otro planeta, su verdadero hogar era el escenario. Fue durante este tour que se trató por primera vez el asunto de su virginidad. Lauro aseguraba que la gente de rancho pierde más temprano que los citadinos. Detrás de las milpas le ponen yorch. Pero es down, güey, le dijo Agus. Y qué. Los retrasados son bien cogelones.

Comenzaron las apuestas. Lauro a favor de que no era virgen, Agus en contra. Cómo lo averiguarían. ¿Entendería El alien el concepto de virginidad? ¿Habría sufrido alguna vez una erección? Cabrones pa apostar, pero zacatones para indagar, me comisionaron a mí para descifrar la vida sexual de nuestro tecladista. De dónde sacaron estos mamones que una mujer era el sujeto indicado para interrogar a un down acerca de su sexualidad.

Me negué a seguirles el jueguito. En dos o tres ocasiones El alien me había sorprendido en brasier. No recuerdo haber observado en sus ojos el brillo del enfermo sexual. Ni siquiera rastros de la lujuria común en un muchacho de su edad. Lauro perdería la apuesta. El alien no había sido estrenado. No recuerdo que apostaron, un bajo o una guitarra. Lauro, que quería ganar la apuesta, metió a la habitación de hotel de El alien una grupi encuerada. Pepe no se inmutó. Comenzó a gritar sólo hasta después de que la chava trató de desnudarlo. Lauro tuvo que pagarle a Agus con una guitarra garrienta.

Para sacarse la espina, le apostó a Agus que haría a El alien perder la virginidad durante la gira con Plastilina Mosh. Era el grupo favorito de Pepe, produciría las endorfinas necesarias para que con la ayuda de unos tragos se animara a meterse con una morrita. Era una cuestión de altruismo. El alien, como cualquier persona, tenía derecho a un buen revolcón. Pero también era un asunto de principios. Un ornitorrinco blanco no podía ser virgen.

Cada noche era la misma canción. Las grupis huían del cuarto de El alien. Pegaba unos gritotes. No podían encuerarlo porque se ponía histérico. Nunca vi dormir a El alien en calzones. Siempre lo hacía con ropa. Sólo se desnudaba para bañarse. Y durante la gira sólo lo hizo dos veces. En un periodo de sesenta días, sólo se despojó de su vestimenta cuarenta minutos. Se cambiaba todos los días. Pero jamás permitió que ninguno de los tres lo viéramos mientras lo hacía.

Lo que Lauro ignoraba es que acostarse con El alien era sencillo. El secreto consistía en quién intentara llevárselo a la cama. La clave era ganarse su confianza. El pedo era qué mujer sentiría la necesidad de acostarse con él. ¿Sabría El alien para qué sirve un condón? ¿Estaría dispuesto a ponerse uno?

La gira con Plastilina Mosh terminó. El alien seguía invicto. Al parecer se iría virgen a la tumba. Entramos al estudio un catorce de febrero. Un día más en el que fallaron las argucias de Lauro para despojar a El alien de su pureza. Grabamos doce temas, de los cuales diez se incluirían en nuestro debut. Nos produjo Rosso, de Plastilina Mosh. Se había hecho amigo entrañable de El alien.

Sesione con El alien fue el título definitivo del disco. A don Gramófono le pareció estupendo. Tiene punch. Va a vender. Serán unos ornitorrincos famosos. ¿Ya les mencioné que son los ornitorrincos más agradables que he conocido? A Rosso también le pareció el nombre.

Lanzaron el disco en Monterrey, Guadalajara y el D. F. Después de las presentaciones de rigor, nos fuimos de gira por el centro del país. Esta vez éramos el grupo estelar. “La tecnoanarcumbia del alien agropecuario” debutó un doce de diciembre en el puesto número diez del top ten. Había trascurrido casi un año desde que don Gramófono adquiriera a El alien como a una bolsa de semillas. Ignoro cuántas veces tocamos en vivo durante ese lapso. Seguro el doble de lo que tocamos como banda de punk en cinco años. No sé si a otras bandas les suceda lo mismo, pero para cuando iniciamos la gira de promoción yo me encontraba cansada. Lauro y El alien estaban felices. Era su sueño.

“La tecnoanarcumbia del alien agropecuario” ascendió en el top ten. Nunca llegaría al número uno. Lo sabíamos. Pero se encontraba en el puesto seis, con más promoción chance alcanzaba el cuatro.

Hasta entonces, los toquines que habíamos ofrecido eran en lugares pequeños. Nuestro segundo error como banda lo dimos al saltar a los festivales. No niego que la ovación en el Vive Latino nos inyectó autoestima. Sabíamos que era una audiencia difícil. No a pocos bajaron del escenario. Se portaban especialmente intransigentes con el pop o con otro ritmo ajeno al rock. Pero no pudieron resistir el encanto de El alien. Se ganaba a todo tipo de público. Todos lo estimaba, menos su madre, que lo había rematado en diecisiete mil pesos.

Los festivales fueron un error porque en alguno, no recuerdo si fue en el Manifest, unos veganos o miembros de Greenpeace se quejaron de la presencia de un down en el escenario. Entablaron una denuncia ante Derechos Humanos. Según ellos explotábamos a El alien. Existían testimonios de que nosotros tratábamos a nuestro tecladista como al hombre elefante.

Un comunicado emitido por Noiselab desmintió las aseveraciones. Sin embargo, la disquera quería rescindirnos el contrato. El alboroto creció cuando se enteraron de que El alien era menor de edad. Don Gramófono, despreocupado como siempre, resolvió el conflicto. Le mostró a los ejecutivos de la disquera una carta poder firmada por Mamá alien. Además, nadie maltrataba a El alien. Se le bañaba, dijo, se le cepillaba, se le cambiaban las herraduras y se le daba su pastura, como corresponde a todos los ornitorrincos. Porque ¿sí sabe usted, señor ejecutivo, que estos jóvenes son ornitorrincos agraciados?

La noticia del abuso del down había sido difundida en un noticiero a nivel nacional. La disquera ratificó que la información era falsa. Amarillismo. Pero a los veganos no les importó, no les bastaba con sabotear las corridas de toros, con pedir que salvaran a las ballenas, ahora arruinaban también las tocadas de nuestra banda. Si alguna vez El alien derramó una gota de sangre en el escenario, fue por convicción. No importaba dónde nos presentáramos, afuera siempre estaba plantado un grupo de veganos con pancartas exigiendo la liberación de El alien. Eso madreó el ánimo del grupo.

¿Es la infidelidad un sponsor del ego, una puñalada trapera o un taco placero? Opino que es una mamada. Entiendo la necesidad de un sponsor cuando la autoestima está fracturada. Pero ¿cuándo las cosas no marchan mal? El pretexto de Lauro fue mi indisposición para seguir la fiesta.

Ser la banda estelar de una tocada implica que la gente te ofrezca drogas, que se prolonguen los after y que se multipliquen las grupis. Yo no me comporté tolerante. Yo no era dueña de El alien. Que lo emborracharan era una onda. Pero cuando comenzaron a darle coca supe que nos podría llevar la chingada. Hasta oía el regaño de don Gramófono: son unos ornitorrincos inconscientes. Nunca pensé que drogaran a El alien. Me lo dejaron todo Muppet. Ya estaba así don Gramófono. Pero no luce como Muppet, parece Montoya el de Plaza Sésamo en prieto. ¿Sí les he dicho que son unos ornitorrincos malos?

La intensa gira aumentó la preocupación de la disquera por El alien. Aunque desconocían la vida de pasifloro que se estaba dando, tenían suficiente con las manifestaciones de los grupos provida que nos taladraban con su free, alien, free. Así nos presentáramos anca la chingada, afuera del recinto se plantaban los neojipis para exigir mejores condiciones de existencia para nuestro tecladista. La disquera temía que se les ocurriera formar una barrera humana a la entrada de los conciertos e impedir que se realizaran las presentaciones de la banda. Son unos fanáticos. Pero está gente, ¿no tiene casa? Se la pasan viajando. ¿Qué comen?

A nosotros no nos preocupaban los jodidos salvemos al mundo, la vida en la carretera era pesada, nos habían rentado un autobús, el platillo volador, lo que pedimos fue que contrataran una niñera para que cuidara de El alien las veinticuatro horas. No hay presupuesto. No podemos pagarla, respondieron. El down es responsabilidad de don Gramófono. Nuestro manager, con su conchota de siempre nos dijo que Tranquilos, ornitorrincos. El alien no necesita guardaespaldas. ¿Quién querría hacerle daño?

Pero lo que no calcularon, ni la disquera ni don Gramófono, fue que nos apañaran a El alien. Nos lo robaron en Aguascalientes. Quince minutos antes de subir al escenario había desaparecido. Con un truco gastado, llevarlo a conectar, lo treparon a un taxi. Nos presentamos sin tecladista. La tocada fue un desmadre. El público había pagado por ver y oír a El alien. Nos abuchearon. Nos la mentaron. Sólo tocamos cuatro rolas.

Miramos hacia el cielo, hacia las estrellas, para divisar el UFO. El vehículo en que Pepe, El alien agropecuario, había regresado a su planeta. Nada. Rebuscamos en picaderos, piqueras, ventanitas. Nada. Bares, cantinas, teibols. Nada. El alien había sido abducido. Al día siguiente nos presentábamos en Zacatecas, era inútil seguir en Aguas, El alien ya no estaba ahí. Sólo restaba esperar a que los secuestradores se pusieran en contacto para negociar el rescate.

Zacatecas fue un desastre. Sin El alien no se hacía la machaca. Suspendimos la gira. Regresamos a nuestra base de operaciones, Roosevelt. Acudimos a la policía. ¿Tenía El alien enemigos? ¿Quién se beneficiaría con su exterminio? Don Gramófono viajó a El Vergel. Esperaba que la familia, arrepentida, hubiera raptado a Pepe. No. La gente de rancho semos derecha. Usted pagó por el hijo. Si ya lo perdió tenemos este otro, no es down, pero viera qué bueno es para cazar víboras tepocatas.

Don Gramófono apareció en el noticiero de Lolita Ayala, pedía que por favor no le fueran a hacer daño a El alien, temía que le pasara lo mismo que a la hija de Nelson Vargas. Está enfermo, por piedad, por Dios nuestro señor, permitan que regrese sano y salvo con los suyos. Lo extrañan los ornitorrincos. Era oficial. Era nacional. Se busca alien. Si tiene noticias sobre su paradero favor de comunicarse a las oficinas de Noiselab. Existe recompensa para quien aporte datos que conduzcan a su paradero.

Pasó una semana sin que los secuestradores se pusieran en contacto. La llamada no llegaba. Los reproches comenzaron. Agus acusó a Lauro. Es tu culpa, pinchi, si no le hubieras dado coca no se hubiera ido con cualquier pendejo. Y como era su costumbre siempre que lo confrontaban, Lauro comenzó a lanzar patadas al aire. Se tapó los oídos y de su boca salía el la la la la la la la la. Con este cabrón no se puede hablar, dijo Agus. Para qué chingados queremos a El alien, ya con este down tenemos.

Si cuando todo marchaba a toda madre Lauro se acostaba con grupi que se le ofreciera, durante el extravío de El alien me puso el cuerno bonito. Salía de la casa por la tarde y regresaba borracho, apestando a sexo. Sé que estaba angustiado por El alien, pero no era excusa para ser desleal. Dónde quedó aquel Te prometo que cuando grabemos nuestro primer disco nos casamos, mi amor. A mí el éxito no me va a cambiar en lo absoluto. No quiero hacerme famoso, sólo quiero grabar un disco. Después nos casamos y tenemos un hijo. Ahora la que necesitaba un pinche sponsor del ego era yo. Dónde madres lo iba a conseguir.

La fecha en el festival de Chihuahua era impostergable. Nos presentamos. Sabíamos que sin El alien no la guisaríamos. Pero había que cumplir con el compromiso. El concierto fracasó. No terminamos de tocar la segunda canción. Primero eran los veganos quienes nos jodían la fiesta, luego era el público en general. Los veganos fue la clave para comenzar una eficaz pesquisa de El alien. Agus observó que ya no saboteaban nuestros conciertos. Porque no tenemos más a un down. Todo mundo lo sabe. Sí, güey, pero en Aguas, no protestaron. Y en Zacatecas, cuando todavía no se difundía la desaparición de El alien tampoco estaban. A güevo, concluimos, los veganos se lo chingaron.

No fue difícil saber qué planeaban hacer con El alien. Su corazón altruista les dictaba devolverlo a su habitad natural. Seguro planeaban llevarlo a Houston y treparlo en el primer cohete que partiera. Peor antes, se dirigirían a Baja California Sur, era la temporada de mostrar unas pancartas exigiendo la preservación de las ballenas.

Don Gramófono, Lauro, Agus y yo, viajamos a Mazatlán por carretera. De ahí tomamos el ferry que nos condujo hasta la Baja. Nos instalamos en La Paz. Aunque las ballenas podían observarse desde cuatro puntos distintos, nos decidimos por visitar el puerto de San Carlos. La Paz estaba hasta el full de salvemos el planeta. Era como un spring break sin diversión. Todas los hostales estaban a tope. Nos hospedamos en una casa particular. Una vecindad bien culera. La operación recuperemos a El alien fue infructuosa. En San Carlos no lo avistamos. Al día siguiente nos desplazamos a Los Cabos. En el puerto de López Mateos tampoco lo ubicamos. Nos falló el pronóstico. Regresamos a nuestra base. Pinches veganos, dónde lo tendrán escondido. La tensión crecía. Se aproximaba la feria de San Marcos, necesitábamos a El alien. Donde le quiten la virginidad antes que yo me la van a pagar los cabrones, dijo Lauro.

Aunque no fuera nuestro cumpleaños, fue el cumpleaños más triste que pasamos. Compramos un pastel, gorritos de fiesta, platos desechables con figuras de las Chicas Superpoderosas, las favoritas de El alien. Pero nos faltaba el festejado. Ese día Lauro tenía programado que por fin perdiera la virginidad. Ya hasta se había conseguido a una niña down de veintidós años.

Al día siguiente vimos a El alien en la tele. Un comercial que anunciaba la colecta anual del Teletón lo mostraba de pie detrás de Lucerito. Por una llamada nos enteramos de que estaba recluido en el CRIT de Ciudad Juárez. Sin El alien tendríamos que renunciar a la tecnoanarcumbia. ¿Queríamos empezar desde cero en el vallenato? Nel. Entonces, nos fuimos pa la frontera.

En el CRIT nos dijeron Estábamos a punto de echarlo a la calle. Este es un centro de rehabilitación para discapacitados físicos, no mentales. Qué bueno que vinieron a reclamarlo. Lo íbamos a trasladar al DIF. El alien al vernos comenzó a bailar la tecnoanarcumbia. Casa, casa, repetía. Nunca lo habíamos visto tan contento. Ni siquiera cuando le regalamos el sinte de verdad. Traía puesta una playera estampada con la palabra Antitaurino.

La disquera y don Gramófono acordaron contratar al fin una niñera. El alien ya era mayor de edad. Ya lo dejábamos fumar, pero no podía salir a la calle solo. Desconfiamos de la relación entre la niñera y El alien. ¿Y si no se llevaban bien? Pepe podría huir. Sin embargo, se acoplaron perfectamente. La niñera le ponía la correa y lo sacaba a pasear a la calle. Llévate una bolsa por si defeca recojas sus heces, le decía Lauro.

Volvimos a salir de gira. La apuesta por la virginidad de El alien seguía vigente. Lauro lo tenía todo planeado. Sería en Monterrey donde la perdería. Para excitar a El alien le metería una tacha. Pero ¿y la víctima?, preguntó Agus. Quién accederá a acostarse con él. Y lo más importante, a quién le tendrá la confianza suficiente para hacerle el amor. La niñera, contestó Lauro. ¿Te has fijado cómo deja que la niñera le planche las camisas?

Recuperado El alien volvimos ser una banda estable. La cocaína, los afters y la promiscuidad se enfriaron. Incluso El alien, que se había mareado al subirse al mísero ladrillo de fama que cosechamos, se apaciguó. Obedecía a su niñera. Como recompensa le compraban todos los viernes en McDonald’s su cajita feliz. Agus se propuso conseguirse novia. Don Gramófono se mercó los chicles para dejar de fumar. Hasta Lauro, que era más inconsciente que El alien, le bajó al pedo. Trató de reconquistarme. Pobre pendejo, ¿a poco creía que no me dada cuenta con quien se revolcaba?

Antes de presentarnos en el Festival Revueltas nos pasamos por el Submarino Amarillo para reventar una rola a dueto con Celso Piña. Estaba grabando su nuevo disco, que incluía colaboraciones con Manú Chao, Los Lobos y Bersuit. Mi querido Pepe, cómo te digo, ¿Pepe? o te puedo decir El alien. Fue el encuentro de dos titanes. Yo siempre había pensado que Lauro era el líder de la banda, que El alien era sólo una referencia. Pero la figura de Lauro se disolvió con el tiempo. El alien era el compositor, la imagen y el vocero del grupo.

Le costó un chingo a Lauro convencer a la niñera de que se acostara con El alien. De pilmama pasó a ser una de las putas más caras del show biz. Ocho mil pesos le prometió para que hiciera la tarea. Te adelanto dos mil, una vez que te lo hayas cogido te entrego el resto. Me da asco. Órale, más respeto, morras. Es la estrella. Me vale madres. A mí me repugna. No seas dura. También tiene su corazoncito. Además recuerda que te estoy pagando la mitad de lo que vale El alien por el trabajito. Te vas a ganar ocho mil pesos en cinco minutos. Seguro es eyaculador precoz, el cabrón.

En Monterrey, una hora antes del toquín, Lauro hizo que El alien se tragara una tacha de esas que llaman cristales. Esta vez sí que el pinche extraterrestre andaba en órbita. No paró de brincar un solo momento. Sólo faltaba que lo pintaran de verde para que pareciera un jodido duende Movistar. Fue uno de los mejores conciertos que dimos. El alien en el universo, Lauro saboreándose, Agus como director musical y yo metidísima. Por ai anda un dvd con la tocada. Un fan nos grabó y mandó una copia a Noiselab.

Terminamos el encore y nos arrancamos para el hotel. El público pedía un segundo bis pero llevábamos dos horas tocando. El alien se deshidrataba. De camino le compramos un Powerade en un Oxxo. Nos vemos en el lobby en quince minutos para cenar. Y su nana se lo llevó a su cuarto. Pinche niñera, tenía puesto todo de pechito. Velas. Incienso. Comida vegetariana. Pétalos de rosa sobre la cama. Y El alien entachado. Era fácil triunfar. No había portero. Sólo era cuestión de llegar y empujarla. Y qué pasó. Que le pegó con el empeine y la voló. La falló. Sola frente a la portería y la niñera la falló. Tirititito.

Sonó el teléfono de mi habitación. Era Lauro. Me acaban de marcar de recepción. La niñera se quiso coger a El alien. Se puso como loco el güey. Anda corriendo y gritando como señora histérica por el pasillo. Vente para que me ayudes a calmarlo. Nos costó un güevo tranquilizarlo. Le tuvimos que echar agua fría. El agua debimos echársela pa despegarlo de la morra, dijo Lauro. Me lo llevé empapado a mi cuarto. Pobrecito. Era su primera viaje en tacha y se había mal tripeado.

Don Gramófono dijo: sí les he dicho que son unos ornitorrincos cabrones. Cómo se les ocurre. El alien es un ángel. Se va a ir virgen al cielo. Un día de estos promovemos su canonización. Si Maradona tiene su iglesia, por qué no puede existir la religión de El alien agropecuario. Qué pinche David Koresh, ni qué los ornitorrincos blancos de la cultura beige, con eso sí nos forramos. Yo la pido de pastor.

Corrimos a la niñera por seguirle el pedo a Lauro. Mientras conseguíamos otra yo me haría cargo de El alien. Antes no podía, tenía que cuidar a mi otro down, Lauro. Pero como habíamos tronado, nada me impedía apapachar al aliencito. Comencé a ganarme la confianza de El alien agropepecuario. Jalabamos juntos para todos laredos. En McDonald’s creían que era mi sobrino. Dormíamos en el mismo cuarto en las giras. Todas las noches, antes de dormirse, le daba chance de echar a perder su libro para colorear de Bob Esponja por media hora.

Tanta diligencia para con El alien puso celoso a Lauro. Una noche, creo en Fresnillo, me tocó la puerta bien pedote. Quería pasar. No. Vas a despertar a El alien. Y qué chingaos. No, déjalo. Pobrecito. Está dormidito. Uy sí, pobre. Parece tu hijo. Déjame entrar. Ni madres, ni madres, Lauro. Qué chingados quieres. Hablar contigo. Vamos a tu cuarto. Antes de salir me cercioré de que  El alien estuviera bien tapadito.

Qué pedo. Ey. Oye, te hablo. Qué pedo. Tú eres mi vieja. Qué te pasa. Lauro, no te hagas pendejo. Tú y yo cero. Se acabó. ¿O crees que voy a pasar por alto que te hayas revolcado con medio mundo? No mames, ni que fuera para tanto. Sólo sucedió una vez. ¿Una vez? Aja. Qué cómodo, ¿no? Y yo chíngueme. Mientras tú te revolcabas yo me amarré un ovario. Yo ni una vez, fíjate. Por eso. Es que te amargaste bien cabrón. Andabas toda masomeneada. Por qué, por no meterme coca. No mames. No busques excusas. ¿Entonces ya fue? Ya fue, Lauro. Entonces no me vayas a estar chingando. De aquí en delante cada uno por su lado. Cuando regresemos a la base de operaciones saco todas mis garras. Conste.

Gustavo Cerati emprendería una gira por el interior de la república para promocionar su nuevo disco, Bocanada. Como grupo telonero pidió a El ornitorrinco blanco de la cultura beige. Comenzamos a rodar con Cerati en septiembre. Durante el primer mes Lauro se portó como un cerdo. Todas las noches se revolcaba con una morra diferente. Yo aguantaba. Pude acostarme con varios, pero no era una puta ardida.

Durante la gira sentí reservado a El alien. Callado. Casi no pasaba tiempo con nosotros. Se la vivía tonteando con su tecladito Mi alegría. Ya ni pelaba el sinte de verdad. Estaba cansado. No sé si harto, pero era algo que me esperaba. En algún momento se fastidiaría del juego. Desearía hacer cosas normales. Convivir con otros aliens. Reincorporarse a la sociedad. A mí me abrazaba de vez en cuando, sin razón alguna. Un comportamiento común en los de su especie. Te quiero, me decía. Te quiero.

El acabose se dio en Tamaulipas. Estábamos en un after, Cerati le daba consejos a El alien. La habitación de Lauro y Agus estaba aperrada de raza. Fui a mi cuarto por el aparato para medirle la presión a El alien, lo vi alteradísimo. Tal vez fuera la euforia de convivir con Cerati, pero me quise asegurar de que no estaba camino al infarto, ignoraba cuánta cocaína le había dado Lauro. Caminé por el pasillo del hotel melancólica. A Lauro y a mí nos encantaba tocar las puertas y salir corriendo. Hacíamos buen equipo, lástima que fuera un culero.

Entré a mi cuarto y ahí estaba el culero. Con dos morras. Se las estaba ponchando. A chingar a su madre, dije. Vámonos. Fuera. Aguanta, me dijo Lauro. No te claves. Este es mi cuarto, pendejo. Lárgate o llamo a la recepción. No mames, me gritó. Mi habitación está ocupada por la banda. Dame chance. Termino y me voy. Estás pendejo. Lárgate a la chingada. Qué pedo contigo, ¿eh? Qué te importa. Tú y yo no somos nada. Me importa porque es mi cuarto. ¿Te ando sacando de los lugares donde te andas cogiendo a estas putas? No. Pero este es mi cuarto y te me vas a chingar a tu madre. Abusón.

Ah, ¿no te vas? Comencé a caminar rumbo a la recepción. Lauro me alcanzó en calzones. No te mames, me dijo. ¿A ti en qué te afecta? Deja termino. Y te devuelvo tu pinche cuarto. ¿Por qué no te buscas a alguien que te la meta y dejas de estar de mal cogida? Sabes qué, Lauro, le contesté, tienes razón. Me voy a coger. ¿Y sabes con quién? Imagínate. ¿No adivinas? Sólo una cosa te puedo decir, ve a cobrarle a Agus. Porque vas a ganar la apuesta. Vas a ganar. Te vas a salir con la tuya. Por fin va a dejar de ser quintito El alien.

Al regresar al cuarto de Lauro me enteré que Cerati y El alien habían salido. Parece que se fueron a un bar. Marqué al celular de Gustavo. Estaban en un teibol. Los encontré sentados junto a la pista. El alien nunca dejaba de sorprenderme. Llegué a pensar que no le gustaban las mujeres. Pero ahí estaba de caliente. Aplaudía. Chiflaba. ¿Han oído a un down chiflar? ¿No pueden? Pues este cabrón sí podía. Me senté junto a El alien. Coloqué mi mano sobre su pierna. Vi que tenía una erección.

Escoge la que quieras, le dijo el baterista de Cerati a El alien. Yo te la invito. Yo te ayudo a elegirla, le dije. Esa. Se la pedí al mesero y los tres, la teibolera, El alien y yo nos fuimos al privado. Antes de entrar le pasé cien pesos a la teibolera. Bórrate, le ordené. Y ahí, sobre el sillón de un congal, mientra sonaba la canción “Aquella solitaria vaca cubana” de Patricio Rey y sus Redonditos de Ricota, desquinté a El alien agropecuario. Lauro se había equivocado. No era eyaculador precoz.

Durante toda la gira me estuve cogiendo a El alien. Lauro nos espiaba. Pobre pendejo, pensaba que no me daba cuenta. No se despegaba de nuestra habitación. Yo dejaba la puerta emparejada adrede. Se excitaba con mis jadeos y se puñeteaba, el marrano.  No importaba que al hotel que llegáramos nos asignaran habitaciones en pisos diferentes, siempre andaba merodeando por nuestro cuarto.

Lauro necesitó de un sponsor del ego. Yo necesité de un sponsor del ego. Agus necesitaba novia. Pero ¿y El alien? ¿También requería de un sponsor del ego? ¿O a él por ser down no le hacía falta? Creo que a nadie le urge tanto un sponsor como a un minusválido, a un down, a un cuadrapléjico o a un autista.

Concluida la gira con Cerati empezamos de inmediato otra con Babasónicos. El alien era la sensación. Más popular que los McTríos. Lauro le agarró tirria. Porque me estaba cogiendo y porque a él le prohibieron la entrada a la habitación de Adrián Dárgelos y a El alien no. La bronca creció cuando El alien fue invitado a aparecer en la portada de La Rocka, una publicación especializada en rock de Monterrey. Cómo se ganó El alien a Xardiel Padilla, nunca lo supimos. Lauro quería que saliéramos todos en portada, pero las condiciones eran que el resto de la banda estuviéramos en interiores.

El alien continuaba con su actitud solitaria. Sólo platicaba con don Gramófono y conmigo. Era un ornitorrinco callado. Yo decidí que había sido suficiente de amor alien. Volví con Lauro. Al volver de la gira tendríamos un mes sabático. Nuestro calendario indicaba que realizaríamos un minitour por California. El público gringo clamaba por El alien.

Tanto había cuidado la yokonización de la banda que finalmente sucedió. Después de una tocada, en Guanajuato, Lauro quiso entrar a mi cuarto, pero El alien le cerró la puerta en las narices. Ábreme, cabrón. Ábreme, hijo de tu puta madre. Cálmate, Lauro, le grité. Cálmate. Pos este hijo de la chingada, que me cierra la puerta. Está bien, te voy a abrir, le contesté. Pero nos vamos a ir. Ábreme, perra madre. Sí. Te voy a abrir, le grite, cálmate. Prométeme que no la harás de pedo. Te abro y nos vamos a mi cuarto. Ábreme, chingao. Promételo. Está bien, dijo más tranquilo, no le voy a hacer nada a ese cabrón. Lauro, es un down. No se puede defender. Ya te dije que no le voy a hacer nada.

Estupidamente le creí. Abrí la puerta y Lauro se le fue encima a El alien. Comenzó a madrearlo. Sólo se escuchaba la cabecita de alien rebotar contra el piso cada vez que Lauro le acomodaba un madrazo. Es mi vieja, puto. Mi vieja. Por qué chingados no me querías abrir. ¿Eh? Putito. Es mi vieja. De la boca de El alien sólo salía un la la la la la la kilométrico. Ni siquiera lloraba, ni gritaba, sólo emitía ese la la la la la la desesperante. Empezó a sangrar pero Lauro no se detenía. Hizo falta que vinieron algunos miembros de Babasónicos para quitárselo. A El alien le sucedió lo que todos los aliens temen que les ocurra, que los humanos los capturen para diseccionarlos.

La teloneada a Babasónicos se interrumpió porque el guitarrista, Gabo Manelli, había fallecido. Nos regalaron un mes sabático. Don Gramófono se llevó a El alien a su departamento. Lauro y yo volvimos a la casa que teníamos rentada. Agus agarró para con sus papás. Todo el amor, toda la admiración, la fascinación que destellaba en los ojos de Lauro al oír las palabras El alien agropecuario había desaparecido. La magia que producían y la química existente, se habían extinguido.

El eslogan “La vida por el rock n’ roll” aún continuaba en Lauro. Nunca consideró ni por un instante disolver la banda. Podía seguir viéndole la jeta todos los días a El alien. Por eso cuando recibió la llamada de Agus no se agüitó. Que se fuera a terminar la carrera de bioquímico. Conseguiríamos otro bataco. Uno que sí tuviera novia. En caliente le marcó a don Gramófono para carrerearlo, para que se tendiera a conseguir un buen baterista. Nuestro manager le dijo que hacía unos meses se había vencido el contrato por un año, que era necesario negociar la firma del siguiente. ¿Sí les he dicho que son unos ornitorrincos fabulosos? Nos citó en las oficinas de Noiselab en una semana.

Durante las vacaciones no tuvimos noticias del alien. Nos sorprendió verlo en las disquera con un nuevo look. Traía unos lentes Ray Ban plateados. No volteó a vernos. Don Gramófono habló por él. El alien ha decidido dejar de pertenecer a la banda. Va a lanzarse como solista. ¿Así que la soledad cultivada era para componer material nuevo? Y yo de pendeja qué pensé que necesitaba un sponsor del ego.

Lauro quiso hacerse el machín y lo amenazó de muerte. El alien es nuestro. Nosotros fuimos sus descubridores. Si no lo regresa se lo va a cargar la chingada. Sin alarde, el viejo sacó una copia de la carta poder firmada por Mamá alien. ¿Cree qué con esa mamada va a amedrentarnos? ¿Cree que le pertenece? El alien ya es mayor de edad. Él decide con quién se va. Mi amor, me dijo, tráetelo. Háblale. Cógetelo otra vez si es necesario. Pero jálatelo.

Don Gramófono dijo Basta de pendejadas. El alien es mío. Y como en un juicio por la patria potestad de un vástago, El alien quedó enmedio de nosotros y de don Gramófono. Ven chiquito, le dijo Lauro. Se sacó un chocolate de la bolsa y se lo extendió. Qué pendejo, Lauro. Pensaba que El alien seguía siendo el mismo que era el día que lo conocimos. Que no se había corrompido. Y tal vez no lo hizo. Simplemente entendió la diferencia. Con don Gramófono estaría mejor que con nosotros, neta. Él lo llevaría al estrellato, nosotros sólo le estorbaríamos. El alien se decidió por don Gramófono. Caminó hasta situarse a su derecha. Buen ornitorrinco. Buen ornitorrinco, le dijo el viejo. Ten una galleta. Ahora, largo. ¿Si les he dicho que son unos ornitorrincos cínicos?

Abandonamos las instalaciones de Noiselab. Aunque la prueba de orina había salido positiva, nos pasamos por el laboratorio a recoger la prueba de sangre. Confirmado. Estaba embarazada. Pero no era de Lauro. No te preocupes amor, me dijo. Lo voy a querer como si fuera mío. Le daré mi apellido. No, no, no. No te traumes. Va a salir bien. Que su padre se down no significa que el niño también lo vaya a ser.

A la semana siguiente, comimos en casa de los papás de Lauro. El baboso les contó que él no era el padre. Pero que nos casaríamos y lo registraría como suyo. El papá de Lauro soltó el tenedor. El chíncharo que estaba en la punta rodó sobre el mantel. El color verde me recordó el dibujo de un alien. Se encerraron en el estudio. Estás idiota, hasta el comedor se oían los gritotes de mi futuro suegro. Por qué te vas a casar. No es tu bronca. En lugar de contestarle a su padre que me amaba, Lauro hizo lo mismo que hacía siempre que entraba en crisis. Se tapó los oídos, comenzó a lanzar patadas al aire y abrió la boca para soltar un la la la la la la la la la la infinito. ¿Por qué haces eso?, le preguntó mi futuro suegro. Deja de actuar como un retrasado. Pareces niño down.

Ejercicio 5

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Straub very feels for Eva


Today is the greatest day I’ve ever known

cantan los Smashing Pumpinks en la grabadora Paioner.

Y Straub canta también (pinshi disco ya stá más aplaudido quel de Neil Young con Pearl Jam)

mientras piensa en si existen los sueños siameses. Un sueño es como meterse coca, considera, nunca la experiencia es la misma. Algunas veces la pesadilla se repite, pero siempre con pequeñas variaciones que hacen el mundo más insoportable.

Muy bien planshado y con camiseta, frente al espejo se aplica un generoso tratamiento antiarrugas. Una crema redentora y preciada que compra su jefa en oferta y con dinero electrónico en Soriana. Apenas tiene 22, pero stá obsesionao mal plan con sus patas de gallo.

Atemperado, como mecotaxi recién desempacaíto de lagencia, sale a la calle a hacer gruvi. Tunait’s de nait, se dice pa que amarre. Sta esu noshi, su sabadancin. Se siente sabrosuras. Eva morderá el polvo del amor. Onque del disho al hesho haya una maquinaria, piensa que la teibolerita se derretirá diatiro como barquillo napolitano ante sus naipies. Stá en edad de Bing. Carga 5 mil varos en la cartera. Pa sacarla del congal y gozarla hastalamanecer. Quiobo reina, ya llegó tu piratón. Tu don Pedro con agua mineral.

Son las ochoa melo y asociados. Faltan dos orejas tía rosa pa que las morras arriflen a la pista. Antesitos de llegarle a la tablita, tira pal cerro a conseguirse una grapa. Sabe que la soda siempre se requiere. Yu bi olgüeis on mai main. O no? Agüelita, soy tu nieto.

Se mete al Sabino Gordo, no sin antes sonarse apreciativo, cauteloso, conocedor,

pasesinar el tiempo. Ignora por quéso, pero recuerda las palabras de su jefita: ya no uses esa mierda. Se te va a joder el disco duro. Pos será mierda, pero ah qué sabrosa popó. Se atranca uno, dos Tecates de 16 onzas. Ya sizo, dice y se despasha un saque de 80 kilómetros por hora. Digno de Güimbledon.

En el Infinito la onda stá detenida. Como la pausa de los dos minutos en los partidos de futbol americano. Todas las morras del teibol la rolan trepadas en las dos pistucas. Es día de privados 3 x 1. Por 50 varos puedes escoger una piel y amasarla como tortilla de harina cruda 3 rolas. Por 100 más le puedes dar su bombeada. Pero eso lo arreglas acá en corto con la morra.

Eva no se guasha. Pos una tina de Cartas, no? Termina la barata. Última oportunidá, 9 minutos por 50 varos. Son una mini mami las que agarran cliente. La raza anda sharra. Prefiere invertir en el taxi de regreso o en cargar saldo pal celular.

Dos morras aparecen sobre la pista 1 y son recibidas con una ovación. Hesha por los mismos batos que celebran un gol en el estadio de los Tigres. Somos un solo público. Somos todos un mismo pito que igual se levanta con el niño Maseca del Kikín que con unas tetas operadas.

Las morras sencueran toditas y desocupan. No se permite el tráfico en la pista. Le toca a otras douglas. Imaginen si llegan a colapsar nalgas contra nalgas, podría ser un accidente como los de Formula 1.

Para cuando suben las que siguen, el culo de Straub dice suelo. La rola que bailan es Easy Money de King Crimson. Y por primera vez, desde hace 10 años que compró el disco Siamese dream, el pendejo de Straub ntiende. Sto, se confiesa, es un sueño siamés. A sto se refiere el pinshi Billy Corgan. La unión de carne y música es el perfecto sueño siamés. Es tan certera la rola bailada por las teibols que incluso se le para el pito a pesar del ntosque de coca. Es posible que hasta unas gotas de líquido lubricante alcancen a brotarle.

Se acaba el shou y salen dos morras más. Gemelas. Repetición instantánea. Qué nombre más atinado pa un teibol: Infinito. Entonces, Eva sale del área de privados después de como shingo mil servicios. Segurito más aplaudida quel disco de Neil Young con Pearl Jam.

No esu turno, sin embargo se trepa a la pista. Nunca hay más de dos shavas arriba. Pero nadie la sordea. Cómo si anda hastal ful. Bien tasha. Con los ojos más vidriosos que una virgencita de guadalupe en miniatura. Por eso Eva scapa al formato. Mientras las otras morras se desprenden de sus prendas con la sórdida monotonía habitual, ella yanda por completo desnuda. Víctima de la química.

Desafía las reglas. Los preceptos básicos y sagrados del oficio. Obsequiarse al público. Permite que un tumulto de manos la transite. Cada trozo de su carne se ha revelado al manoseo. Eva se entrega, a la trasgresión sensorial, a la auscultación vulgar, a la báscula insultante.

Eva se reparte, democrática. No como las otras. Que al sentir un dedo más allá de la cancha permitida, se retractan, se repegan a la seguridad que proporciona el tubo. Lejos de ese proletariado rabioso e infiel que las perturba. Eva no. Eva stá perdida. Contraindicada.

Straub no lo soporta no lo tolera. Que Eva se regale no es problema. Pero el ultraje. El saqueo. Qué le pasa al mánayer que no cambia de pisher. Que alguien hable con el coush de pisheo. Neitamos un relevo del bulpen. Ya van doce carreras en un inin.

Eva es latracción dese parque de diversiones ques el Infinito. Su cuerpo es el neón más atrayente. Así, pequeño, plano, moreno, sin shiste. Pero mejor ntrenao pal sexo que aquellos que se revuelcan en la moda de la cirugía. Un cuerpo de niñita que ni creció. Un cuerpo de 18 años endeble, blandengue, que no se derrumba, no se exhausta.

Se crea una fila pa darle sexo oral. Y Straub se forma. Y Eva stá viviendo su propio sueño siamés. La mezcla de contacto y la voz de Marilyn Manson que canta Sweet dreams son un mellizo al que Eva se retrae. Se retribuye. Una misma matriz sensorial, receptiva a la que le ha nacido otra pero que son la misma.

Después de musho ai va lagua, por fin Straub queda frente a ella. Ha sido tan exhaustivo el recorrido para llegar a ella, que se siente como el primer astronauta en pisar la luna. Pero Eva no lo reconoce. Anda pasada. No sacaría a flote ni a su jefa. Es una paleta clavarse con stas morras. Son como los perros. Pero ellas no huelen tu miedo. Perciben tu interés y te mandan a la shingada. Las mujeres pagan remal. Ojalá Jesús no baje pronto a la tierra. Si con los romanos le fue gasho, con las teiboleras no se la va a andar acabando.

Straub la abraza a la altura la cadera. Eva sólo sonríe, con los ojos cerrados. Ni al casting decirle Qué onda, morrita. Te acuerdas? hace un mes te dije quiba a recibir una prima en el jale y que hoy hoy vendría por ti pa comprar un buen de polvo y enjaularlos en un cuarto hay un hotel rebara por el café Brasil te acuerdas? Me dijiste simón Straub le ponemos yorch y snifamos y snifamos y snifamos.

Pero qué caso decirle aora Eva tudai is mai dei hace un mes que no baila el muñeco hace un mes que ni siquiera una shaquetita me disparo mestoy reservando pa tus güesos hace un mes sueño con pasarla contigo toda una noche solitos lejos del congal encuerados y todo.

Eva se safa de los brazos que la retienen. Otra fila, más prolongada, más sensorial, la reclama. Y Straub comienza a oír en su interior una stación de radio conocida. El f. m. que le dice que le hace urge un pase. Una rayita. No puede digerir sus emociones sin cocaína. Entre dientes se pregunta: oye dios, qué me has dao, que todo el tiempo quiero star drogado.

Entral baño a atenderse. Lo primero que ve es a un par de baserolos fumando piedra en unas pipas heshas con botes aplastaos de Tecate. Encimita, lee en la pared: El pinshi sueño siamés existe. Abajo hay otra frase. Dice: Como los Gremlins. Y debajo una más: Como tu shingada madre.

Uno de los basucos le pasa a Straub la pipa y el encendedor. El otro hace lo mismo. Y Straub empieza a darse. Se quema el pulgar con el encendedor. Por las frases, se acuerda de los Gremlins. Que se reproducían con agua. Todos son siameses, no? Por qué no se parecen, pues?

Dos saca borrashos del Infinito ntran al baño. El guarura gordo y prietote que stá en la ntrada y otro que no conozco. Quién shingados te dijo que se puede fumar eso aquí, eh puto? Algún pitorra shismeó que staban quemando en el baño. Ecuánime, casi hasta podría afirmar que elegantemente, le quitaron las pipas. Una vez concluida la transacción, comenzaron a madrearlo.

Lo sacan a patadas en el culo. Pero los putazos ni le saben. Straub anda bien priedrólar. Prendidote. Para un taxi. A ónde va, joven? A la Nuevorepueblo. Durante el vieje tararea today is the greatest day i’ve ever know, cant’ live for tomorrow, tomorrows much to long. La pesadilla se repite. Al parecer sin variaciones. La pesadilla es la misma. No se cumple su sueño siamés. Quemar los 5000 con Eva.

Regresa solo a casa. A tratar de masturbase sin conseguir eyacular. Hasta quedarse dormido con el miembro fláccido en la mano. Lo sabe. La pesadilla nunca se transforma. Es como una fotografía. Tal vez los sueños siameses existan, pero como otros  mushos sueños, sabe que no stán a su alcance.