Lovecrash
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La antártica empieza aquí, por Aloysus Acker Estimado Aloysus: Decidí comentar tu libro sin detenerme en sus influencias (y menos todavía en aquella que tanto se ha mencionado) porque tu propósito, sin duda, es que los lectores reconozcamos ...
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Despedida, palabras finales.

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Sres UNAM, lectores, Jurado:

 

Aquí termina entonces nuestra participación (del Sr. Lovecrash y mía) en vuestra Caza de Letras 2009. Quiero transmitirles el agradecimiento de permitirme participar y especialmente felicitar a la UNAM por su decisión de ofrecer nuevas voces al ámbito literario, año tras año, en éste y otros concursos que recuerdo. Desde aquí los aliento a seguir haciéndolo, para beneficio de nuestra literatura.

M.D

 

 

PD: Transcribo a continuación, en respeto a la simbiosis energética que nos unió y nos llevó a las instancias finales del concurso, la carta que Lovecrash me ha enviado desde su pueblito (vía chalupa). También me despido de él, deseándole fuerzas para continuar con su arte y secretamente convencido de que, publicado o no, allí vive un verdadero escritor de nuestro tiempo.

 

Sres UNAM, jurado, lectores:

 

Siempre hay que llevarse lo positivo de la experiencia de poner a consideración el propio arte. Ésta no va a ser la excepción. Estas seis semanas me impulsaron a desarrollar mis cuentos en una dirección y una intensidad que no tenían en el despacho original (por cierto, un envío displicente de alguien al que nadie, nunca, quiso escuchar). He terminado satisfecho con mi esfuerzo.

 

Quedan también algunos lamentos y paso a comentarlos para prevención de aquellos que lo intenten en ocasiones posteriores. Mis cuentos han llegado a mejor fin con un impulso más propio que por aliento del jurado. Me voy sin saber qué piensan de ellos. Claro que quedan palabras sueltas y confortables de apuro: “cuentos brillantes”, “coherencia que se adivina”. También repetidas disculpas de devoluciones tardías. Pura diplomacia que poco me ayuda. Particularmente, la falta de puntería de Martín Solares me hace pensar en lo peligroso de recibir consejo de alguien y no poder discutir o defender ideas fluidamente para evitar malas interpretaciones. Agradezco por otra parte el rigor respetuoso y la dedicación de Alberto Chimal. Lástima que el comentario formal de (algunos de) los textos llega un día antes de la eliminación. ¿Y el proceso de taller? ¿O se trataba de tallerear los ejercicios de valles y montañas, microficciones, islas…? ¿Adivinar cómo eso podía mejorar nuestros cuentos? ¿Tallerear en un día un cuento obligado, escrito en dos y de apuro?

 

Otro aspecto a reflexión es la discusión de los temas. Bien está que prime la revisión de LA FORMA de los escritos. Sin embargo, esperaba del jurado o de los lectores, en un concurso que se abre a Hispanoamérica, un mínimo comentario a los temas que tocamos los participantes de diferentes países de nuestra sufrida América. ¿Qué nos importa, de qué hablamos como jóvenes crecidos en los 70 y 80? ¿Vale ser alternativo, de vanguardia, lúdico, experimentador si no hay un tema subyacente? Ciertamente (según mi experiencia), ser de esa forma te permite ganar muchos premios, pero ¿qué les gusta leer a nuestros posibles lectores? ¿Qué diría Cortázar sobre esto? Sé que son preguntas viejas pero siempre pertinentes y me parece que en esta Caza estuvieron ausentes.

 

Cabría pensar además cómo tentar a un lector inteligente desde estos concursos y no sólo a duendecillos histéricos de internet, posteadores de críticas y elogios infantiles y/o resentidos. El compromiso crítico en nuestro arte no debe ceder a la intención de una banalidad competitiva. Bien estará, en próximas ediciones de Caza de Letras, balancear el propio desarrollo de un concurso de eliminaciones por ejercicios crípticos y el concepto de Taller, en cuanto espacio de manufactura y refacción de relatos inmaduros o averiados.

Quiero creer que, en función de hacer un entretenido reality literario, no hemos divertido a tantos, hemos indignado a muchos y hemos defraudado a otros (a mí por ejemplo, en cuanto a la devolución de mis textos para el libro).

 

En fin, aquí muere para ustedes Lovecrash. Seguiré releyendo mis historietas perfectas de Kalimán e imaginando aventuras propias. Nunca las publicaré. Llenarán mi casa de adobe y paja hasta el techo y cuando desborden por la ventana, las echaré al río Sinú. Si algún día van al Caribe Colombiano de vacaciones, quizás las encuentren entre las olas, hojas de JeanBook garabateadas con un Kilométrico chorreante de azul.

 

J. C. Lovecrash

 

PD: Permítanme por último una rápida presentación de mi tímido alter ego, ya que no quiere hacerla por sí mismo:

 

Martín Doria. Su primer relato “Diciembre” fue mención en el concurso de cuentos para jóvenes narradores “Haroldo Conti” 2003 organizado por el Instituto Cultural de la Provincia de Buenos Aires y publicado en una antología (Ediciones del Candil, 2005). La novela del mismo título mereció la primera mención del concurso de novela en el IV Congreso Internacional de Médicos Escritores. Su novela “Quemado” recibió el segundo premio del certamen nacional “Premio Osvaldo Soriano 2007” (Jurado: Guillermo Saccomano, Juan Forn y Ángela Pradelli) organizado por la Secretaría de Cultura de Mar del Plata. El relato 1966 (crónica de mi primer día en el exilio) mereció el premio de Fundación El Libro 2007 (Jurado: Ana María Shúa, Luis Gregorich, Carlos Caporali) y fue publicado en el volumen “Relatos de inmigrantes. Los que vienen y los que se van” (Ediciones Fundación El Libro, 2008). Su cuento “Los dos italianos” mereció el premio de la revista SOHO. Ha publicado además la novela “Mi pequeña muerte” (Editorial Libros En Red/ Biblioteca Latinoamericana, 2003). Es autor de la novela juvenil “El último Ovni”, aún inédita y del guión cinematográfico “La espera permanente”. El microrrelato Natural fue finalista del Premio Márgenes de la Universidad de Salamanca, España. Año 2009.

 

 

Publica con mucha displicencia en un blog literario: 

 

                                          http://laesperapermanente.blogspot.com/

Continuación del Ejercicio 3 (Cuento ideal)

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Publico aquí el cuento que, a mi parecer, reúne satisfactoriamente los diferentes temas que van a desarrollar mejor los demás cuentos de mi proyecto de libro: los efectos del tiempo sobre los hombres; los efectos colaterales que la violencia social (en sus diferentes formas: familiar, política o delictual) produce también y en particular sobre la sociedad latinoamericana de fines del siglo pasado, en forma de exilios forzados o pérdidas humanas concretas; la revisión nostálgica sobre la juventud y las oportunidades perdidas.

Sería entonces mi “cuento ideal”. No necesariamente lo considero el cuento de mayor intensidad narrativa o de mayor despliegue rítmico y por eso se me ha ocurrido situarlo al inicio del conjunto, como buena introducción de lo que está por venir.

(Nota: vuelvo a subirlo a este último apartado (con algunas correcciones) aunque ya lo había hecho hace unos días por sugerencia del jurado de publicar mis cuentos nuevos y ante la superposición de una posible eliminación y la fecha de solicitud 11/11 )

La técnica del desnudo

“Lo malo no está en que la vida prometa cosas

que nunca nos dará; lo malo es que siempre las da y deja de darlas.

En La vida breve, Juan Carlos Onetti

Esta mañana, Élodie, percibiste que yo ya no estaba allí. Como tantas veces. Pero esta vez era un caso serio y debiste sentirte desbordada. Te separaste rápido en la cama y fuiste a hacer tus cosas lejos mientras yo permanecía absorto en el techo, inmóvil. No te dije nada pero he vuelto a soñar hoy con esas cosas. Los detalles del sueño (los obreros del cementerio, los dos ataúdes, los huesos, esa familia y yo) estaban ahí pero la escena seguía un guión alternativo que ya no recuerdo. Intenté mantenerme en tierra, según la promesa que me había autoimpuesto en la última gran crisis. Sólo que esta vez me resultó imposible y apenas pude mantener mis pies en el suelo durante los días previos y permanecer atado aquí a París, a mi familia, a mi tiempo. A mi pesar, estaba siendo propulsado a otro lugar y a otra época por fuerzas indetenibles.

Unos momentos después fuera de la cama, repasaba los límites de mi estudio. Las paredes vacías, los caballetes, la mesa atestada de papeles, pinceles sucios y manchas, bocetos de bocetos, el boleto de avión y mi computador portátil. Una valija de viaje me esperaba en el piso. Nada ha cambiado y ha cambiado todo. Me desperté esta mañana en un espacio diferente, en ese limbo presurizado que suele transportarme a mi pasado cada tanto. La máquina enfrente mío ha ayudado (me ha forzado) en el último tiempo a eso. El mismo elemento que debía proyectarnos a la modernidad, al vertiginoso futuro tecnológico de la humanidad, ha sido refugio de nostálgicos sin remedio. Mails de amigos olvidados, páginas web que recuperan recuerdos de nuestra infancia y adolescencia, canales de comunicación que agrupan a los viejos compañeros de escuela y exponen su novedosa intimidad, el brote evolutivo de su existencia en forma de esposas e hijos, calvicies tempranas y abdómenes liberados, todos acudiendo a un mismo sitio virtual desde los lugares más alejados del planeta.

Vuelvo al tema de mi sueño y pienso lo lejos que han quedado las imágenes originales, reales, que le han dado forma y lo han reproducido con variantes en mi cabeza. La noticia me había tomado por sorpresa un par de meses atrás entre otras notas del segmento internacional de TV5. Un compacto de imágenes rápidas re-editadas con el audio original a bajo volumen, que me dejó primero conmocionado y luego con la urgencia de más. En algún momento de los últimas semanas llegó providencialmente al catálogo de youtube y ayer lo descubrí. Lo vi en mi estudio no menos de cinco veces, en nervioso silencio, mientras tú me esperabas para dormir. No te comenté nada. Hoy, apenas un rato después de despertarme no me he resistido a revivir la experiencia. Dispongo ahora mis dedos sobre el teclado y dirijo el buscador con algo así como las palabras mágicas. Se despliega la pequeña pantalla y maximizo. Doy play y vuelvo a mirar y escuchar.

La crónica (del telenoticiero original) es precisa, detallada en aspectos como la hora y el clima. El cronista presume de un lenguaje literario, florido en adjetivaciones y metáforas. La cámara, más que curiosa es invasora pero resulta fácil darse cuenta que así lo han dispuesto los propios protagonistas. La actividad comienza temprano (el periodista determina la hora con precisión: las seis y media de la mañana). Una cuadrilla de obreros del cementerio Sacromonte se afana en levantar a paladas el pasto y la tierra luego de remover la pesada lápida de mármol. De a poco van llegando los familiares del muerto, entre ellos su viuda que no tarda en extraer de su bolso una cámara mini-dv para registrar el asunto. Alguien ha dispuesto cerca un cajón nuevo, más lujoso. Casi cuarenta minutos después aparece el féretro. La cámara de televisión registra el impacto en el rostro contenido de los asistentes. Todos están en silencio, sólo se escucha la contundencia del martillo y los hierros que se clavan en la tapa de madera una y otra vez. Un salto de edición muestra a los obreros esperando alguna indicación en el agujero, varios metros más abajo. Las miradas de los presentes se dirigen entonces a alguien más, dispuesto atrás en el grupo. Se escucha su voz.

–A ver. Trátenlos con cuidado.

El ataúd ya está abierto y de su interior, con evidente respeto, los obreros extraen de a fragmentos una osamenta corrupta, quebrada y semioculta entre trozos de madera podrida, tierra y abalorios del entierro. La viuda empieza a llorar, muy bajo y repite el nombre de su marido en diminutivo, como llamándolo cariñosamente. Su hija la sostiene con un abrazo. Podemos ver recién entonces al hombre que ha hablado primero porque se ha adelantado hasta el borde y es muy joven pero su cuerpo inmenso le otorga tanta autoridad como su mirada y la decisión de sus palabras.

–Vamos, saquen con cuidado y vayan metiendo. Despacito, pues.

Los obreros, visiblemente emocionados (curiosamente se habían persignado ante la aparición de los restos) toman los huesos con sus guantes y los van disponiendo fuera del agujero en el ataúd nuevo. Primeros los huesos largos, los fémures, las tibias, luego los empastos de la parrilla y la cadera. Dejaron el cráneo para el final. El muchacho se agacha para recibir la cabeza de las manos temblorosas de un obrero (que la había tomado delicadamente como a un tesoro frágil). Parece diminuta cuando la sostiene conmovido, tratando de mostrarse sereno, bajo control. Su madre se mantiene apartada, no se atreve a ver. Varios presentes capturan la escena también con sus cámaras digitales. Hay un primerísimo primer plano, desde diferentes ángulos del cráneo. El muchacho identifica para la cámara el bigote casi intacto de su padre, prendido al maxilar superior pelado, los dientes completos, las cuencas vacías y el cabello largo que perdura entre los fragmentos destrozados del parietal y el temporal izquierdos. Su hermana (tan cambiada para mí, más flaca y atractiva) ha llegado junto a él y acaricia una medallita que le ha alcanzado un obrero.

–La medallita que le puso la abuelita, ve –dice.

–Fíjese mijo de qué lado está el orificio – le pide su madre.

La cámara de televisión hace zoom nuevamente y el muchacho parece entender todo el tiempo que un país entero lo está mirando. El mundo y los que escriben la historia también. Gira hacia su madre y le impone casi con un gesto que se acerque.

–Bueno, por aquí salió la bala, mamá –le dice a ella pero lo suficientemente alto para que lo registre la televisión.

–Él se mató, ven, él se mató –dice ella en voz alta.

Los familiares asienten al unísono, claro que se mató él. El chico asiente en silencio. Quizás recuerda a su primo, trece años atrás, en el caótico entierro, sus ropas ajadas por el tironeo de una multitud fervorosa, la piel transpirada y el rostro ardiente, gritando junto al cajón, despejando las manos que abrían la tapa una y otra vez para tocar al muerto.

–¿Ven el tiro en la sien? !No podían matarlo, él se mató!

Ahora el hijo debía proceder a tomar una muestra de los restos para el adn. El notario se acercó por primera vez y le pidió con un gesto que girara hacia la cámara de televisión del único canal que había logrado la exclusiva (supongo que mediante un pago generoso que negoció el abogado de la familia). Separó dos dientes y un mechón de cabello y los introdujo en una bolsita transparente. Él, a diferencia del resto de la familia allí presente, de los periodistas, los obreros del cementerio, no necesitaba de aquello para convencerse de que su padre era quien yacía en ese agujero. Lo sabía incluso antes tomar el avión. Lo sabía apenas se enteró de la decisión familiar de practicar la exhumación y despejar las dudas de un pueblo entero que se resistía a creer que ese hombre estuviera muerto. La poblada ignorante aún lo creía vivo bajo disfraces y apariencias míticas, oculto entre los senderos caprichosos de su propia tierra o en países lejanos, manejando los hilos de su negocio criminal. Personas de su propia familia creían que allí no estaban sus restos, profanados por poderes enemigos. Y mujeres, unas cuantas, presionaban por un poco de su sangre para defender la identidad de sus hijos paridos en clandestinidad.

Pensé: íntimamente y también a diferencia de todo el resto, el chico no pensaba exorcizar en esa ceremonia macabra a ningún fantasma. Esos restos físicos no eran más que eso, materia putrefacta. Al fantasma él lo tendría toda su vida consigo y el país todavía lo sufriría todavía durante mucho tiempo. En cambio, se sintió mejor sosteniendo ese cráneo liviano, manipulando esos huesos débiles porque pensó que de eso mismo estaba hecho él y todos, y nada más quedaba de toda vida, de toda furia, de toda venganza, de todo secreto o toda revelación. Polvo de mierda. El tiempo que ya le pasó por encima al hombre que lo había engendrado algún día le pasaría a él y a sus hijos.

Mira el cielo plomizo de su ciudad natal. La hermosa tierra contaminada. No deja ni un resquicio para la nostalgia. Reúne a su madre y su hermana en un abrazo, mientras alrededor rezan y lloran. Ordena a los obreros el cambio de ataúdes y tira las últimas paladas de tierra sobre su padre.

Fin del video.

De todo, a pesar de mi sueño recurrente, la imagen que volvió con más fuerza es la de Claudia. No es algo casual. Fue su voz, real, la que abrió la puerta del otro lado del teléfono.

–¿Claudia? –pregunté estúpidamente luego de una apnea emocional de varios segundos.

No había escuchado su voz en casi veinte años. Había evocado su voz adolescente en las cartas que solíamos escribirnos el primer tiempo y que con los años se hicieron cada vez más escuetas, más incómodas y más espaciadas. De hecho no habíamos intercambiado ninguna en los últimos diez años y eso contaba las fechas de cumpleaños y navidades.

Ahora su voz sonaba algo diferente, por supuesto. Había perdido la intensidad puberal pero podían reconocerse aún, más apagados, los matices, las sutiles inflexiones de la chica extrovertida que dejé en mi juventud. Desde esa llamada, una semana atrás, no pude despegar su imagen de mi cabeza. Era una imagen borrosa, sobreexpuesta por la nostalgia pero poderosa porque agitaba cientos de recuerdos y los depositaba inoportunamente frente a mis ojos, en cualquier momento de mi vida cotidiana. Tú, que habías aprendido también a respetar esos momentos míos de desconexión (sin saber nunca hasta dónde llegaban mis pensamientos), debiste entender que esta vez las cosas habían llegado demasiado lejos. Asististe apesadumbrada a mis movimientos pausados de las siguientes semanas, mi actuar como en cámara lenta y mi expresión de constipación reflexiva, mientras yo ponía en orden mis compromisos laborales y dudaba en someterme a total disposición de mi inesperada responsabilidad actual.

–¿Quién es ella? –preguntaste ese día, luego de atender mi cara desesperada y mi mutismo junto al teléfono que acababa de colgar.

–Era Claudia, mi hermanastra. Tengo que hacerme cargo de eso.

Todavía estabas alarmada con la última frase que esperabas escuchar de mis labios:

–Me avisa que murió mi padre.

Era demasiada información súbita en tu cabeza para poder procesarla junta. Ni siquiera podías hacerte una imagen de mi padre, de quien nunca habías visto una sola foto. De quien casi nunca habías escuchado hablar más de dos frases continuas. Mantuviste un silencio atolondrado esperando mejor mi reacción, incapaz de emitir una pregunta en alguna dirección.

–Tengo que hacerme cargo de eso –repetí lentamente, hablándome más bien a mi mismo.

Empiezo a escribirte, Élodie. Antes que termine este vuelo voy a decirte todo lo que no te he dicho en estos años sobre mí, sobre mi pasado, todo lo que tanto silencio arroja sobre nosotros y nuestra vida juntos. Entenderás que algunas cosas haya querido guardarlas para siempre en el olvido (no, en la oscuridad mejor, porque olvidar, nunca olvidé); terminar la reserva sobre otras te ayudará a conocer mis temores y mis vergüenzas más profundas.

Nunca hablo de Colombia contigo. Apenas si tengo algunas fotos de mi pasado. Te las mostré mucho después de que empezáramos a salir, cuando ya estaba decidido que íbamos a formar un matrimonio. Fue una señal de confianza que supiste agradecer, inquieta como seguramente estabas por la férrea reserva con que protegía mi historia personal. Incluso después de casarnos hablaba poco de mis padres, de mis viejos amigos o de anécdotas relevantes de mi infancia y adolescencia. Apenas dejaba un lugar recurrente para volver en la imagen de mi hermano, el único de mi familia cuya foto mínima, fantasmal, permanece en nuestro living. Aprendiste, guiada por ese maravilloso sexto sentido de las esposas, que tampoco debías preguntar demasiado y parecías creer que con el paso de los días, las semanas, los años, te irías enterando de todo. Por supuesto que conoces los hitos esenciales que determinaron muchas de mis neurosis: cómo murió Álvaro, cómo murió mi madre y algunas cosas más.

Soy un cliché de hace cuarenta años. El artista latinoamericano que la hace en París. Eso que me hastiaba de los artistas de los sesenta, latinoamericanos pobretones y geniales, exiliados a pequeñas buhardillas, cofradías casuales de nostálgicos e idealistas que creaban obras maravillosas y tristes con sus recuerdos de los lugares más variados de nuestra América. En algo de eso me convertí yo también, cuarenta años más tarde, ya no exiliado por mis ideas políticas sino por la total ausencia de ellas en el mierdero de país en que nací.

Lo mío es pintar. Hoy quise entretener mi angustia plasmando en mi cuaderno los rostros de los pasajeros que me acompañan en el avión y aunque el ansiolítico empieza a hacer efecto justo ahora para el despegue, sé que no lograré dormirme en las horas siguientes. Así que voy a usar las hojas para escribirte. Ya encontré adentro los dibujitos que Michelle me regaló la noche anterior y que pusiste sin que me diera cuenta. Los trazos torpes de los monigotes y la proyección mental de nuestra hija me producen una alegría indecible en este momento. Ayer, como tantas veces, me detuve a verla dormir con la definitiva sensación de que su respiración continuaba la mía. Su vida, final, insospechadamente, le da valor a todo lo previo. Al horror de mi vida pasada y al transcurrir confuso de esta segunda oportunidad de mi existencia. Casi a diario me satisface lo desproporcionado de la distancia que mi mundo interior se separa del suyo. La espantosa memoria de mis manos se transforma en su rostro en una caricia feliz. El doloroso recuerdo desaparece con una charla primitiva que explica las cosas mínimas que dejaron un día de sorprenderme, que quiere redefinir las chiquiteces que asumo evidentes. Aquí va un primer pequeño secreto, un placer inocente e infantil, cuando me acerco a un kiosco de revistas para pedirle una Pomme d´Api. Leo con Michelle después del trabajo, explicándole y admirando las láminas coloridas. Así mira la niña, tocando las hojas con sus dedos y los malos pensamientos del día, las tribulaciones, se desvanecen al contacto de su piel en mi regazo. Las palabras te amo, soltadas de su boquita al descuido, en un rapto inopinado que le colma su veloz corazón alivian mi espíritu como la brisa de un mar embravecido. Sus suaves, pequeños pies, hunden los míos en la tierra, atraviesan como raíces la dura piedra.

¿Por donde empezar? Supongo que por el principio, de mi principio, aunque esto es siempre relativo. Se me ocurre una idea mejor. Aquí empiezan las revelaciones. Siempre te preguntaste quién era esa mujer, ese rostro recurrente de mis desnudos. A poco de mi arribo a París eso era casi mi obsesión, el desnudo femenino. Pero ya sabes, ya lo aprendiste, no se puede ser colombiano –costeño- en París y pretender pintar desnudos después de Darío Morales.  Eso hizo girar mi obra hacia otros aspectos que terminaron dándome un estilo y un reconocimiento particular. Esos cuerpos desnudos, sin embargo, seguían por allí, poblando mi estudio en progresiva expansión. Como secretos a la vista de quien se atrevía a entrar en él. Algunos se colaban en algunas muestras generales y algún crítico preguntaba, persuadido de la repetición obsesiva de ese rostro de mujer. Algo leíste de esas críticas y la mujer misteriosa, unos meses después del premio. No te atrevías a preguntarme, lo sé, como temiendo lo que yo pudiera contarte. De alguna forma quiero pensar que lo entendiste, por las primeras entrevistas que di o por los retazos de información que conocías de mí y empezaban a dar forma a un cuadro más general (y por cierto, espantoso). Entendiste mejor también, supuse yo, los motivos de mi habitual reserva y te abstuviste de hacerme hablar de ellos. Te mantuviste fielmente a mi lado, acompañándome en esa etapa novedosa y casi feliz de fotos y reportajes, apartada pudorosamente de la exposición.

Voy a contarte entonces quién es, qué hay detrás de esa obsesión.

Yo tenía doce años en Barranquilla, era un dibujante aficionado de historietas en cuadernos jeanbook durante los ratos que le robaba a mis horas del Liceo y pretendía secretamente una carrera en artes. Mamá era un ama de casa añosa, tierna y melancólica. Me tuvo de grande, casi cinco años después de Álvaro. Los dos éramos el sol alrededor del cual giraba su universo. Papá, en cambio, era un hombre recio. De origen montuno, se había adaptado a la ciudad a los golpes y los últimos quince años lo definieron, después de una colección de oficios diversos, como comerciante. Vendía carros. El clima en casa era siempre el de guerra inminente. Los dos parecían odiarse y tolerarse en nuestra presencia al solo efecto de mantener algún proyecto cruel del que nunca nos informaron. Él desaparecía días enteros en supuestos viajes de negocio. Dormían en habitaciones separadas y papá me contó bastante tiempo después que ella hacía ya mucho que le negaba las obligaciones conyugales desde la súbita aparición de algunos hijos naturales ya crecidos. El mismo día en que lo supe hice la triste conclusión que lo mío, mi concepción, había sido apenas un desliz en la batalla. Una casualtie of war. Me recluí en mis fantasías y en mis dibujos. Copiaba los personajes de la Editorial Cinco, todos superhéroes creados en Méjico y los dotaba de una personalidad distinta, más acorde a mis propios terrores. Mamá y Álvaro eran el público privilegiado de mis obras. Admirada de la notable habilidad de su hijo, mamá decidió permitirme perfeccionar mi arte llevándome al taller de Marcel Lombana, un notable pintor y escultor cartagenero, alumno de Daguet e integrante del Grupo de Los Quince. Allí pulí mi trazo y mis dibujos se hicieron cada vez más realistas, destacándome en la representación del cuerpo humano. En poco tiempo estuve a la par de artistas adultos y uno podía encontrarme los sábados por la mañana, en el fondo del pequeño taller del Maestro tirando carbonilla sobre el lienzo, rodeado de señores y señoras cuya mayor pretensión era hacer lindos cuadros. Yo, en cambio estaba decidido a ser un grande, un Grau, un Obregón, o mucho mejor, un Darío Morales. Sus desnudos maravillosos fueron mi primera experiencia con el cuerpo femenino despojado de todo pudor. Llegaron juntos con los primeros calores de mi pubertad y se impactaron en mi cabeza y en mis dedos de principiante como un objetivo impostergable.

Mamá me apoyaba en mis progresos pero papá miraba mis pinturas con desconfianza. Yo, un púber solitario que todavía me sonrojaba con sus comentarios desparpajados sobre las modelos de la televisión (aún en presencia de mamá) y empezaba a escandalizarme con los comentarios que empezaba a recibir respecto a su desenfrenada sexualidad fuera del ámbito de nuestra casa, sentía que veía todo lo mío como actividades de marica. Íntimamente, sufría cuando mamá decidía mostrarle algunos de mis carboncillos.

Afortunadamente para mí mis padres terminaron separándose a principios de los 80. Para Álvaro en cambio significó un violento desajuste vital. Mi hermano mayor había sido siempre mi contrapunto. Deportista, simpático y afortunado con las chicas. Desde que papá abandonó la casa y luego expuso sin vergüenza a la familia paralela (otra mujer y una hija, Claudia) que había tenido todos esos años y que ahora lo recibía como en una posta demencial, Álvaro empezó a comportarse erráticamente. Los dos últimos años de Liceo se incluyó en el grupo de los chicos malos, se hizo afecto al trago y al vicio de la marihuana. Mamá ya de por sí devastada por la repentina huida de su marido y la injuria social, veía perder al hijo mayor que más esperanzas podía traerle. Así lo sentí yo también. Había cumplido mis catorce, sólo iba al colegio y volvía a pintar y perderme en un mundo privado, lejos de mi horrenda familia.

En eso estaba el sábado en que apareció esta muchacha por el taller. Se trataba de una sesión para retrato de modelo vivo, algo que a mi maestro le interesaba enseñarnos. La niña era estudiante de la Universidad  Metropolitana y se ayudaba los estudios con su trabajo como modelo. Ciertamente su cuerpo podía ayudarle bastante. Llegó  por  primera vez al taller con un jean apretado, una camiseta con estampado y su morral con libros, como que recién salía de clases. Tenía el cabello castaño inflado en hebras onduladas que caían como matas de sábila y el rostro fresco, de pelá resuelta. El Maestro la presentó a todos y le pidió que pasara al baño para mudarse de ropa. El pudor costeño les permitía a los modelos permanecer en traje de baño durante la sesión, lo que por otra parte nos impedía a los artistas el dominio de las zonas donde la anatomía se vuelve realmente inspirada. Entonces Lombana le había pedido esto y la muchacha lo miró sorprendida.

—Ah, cómo así. ¿Quiere que empiece hoy mismo?

—Claro, niña —le contestó con la dulzura de su acento champeta refinado.

—Bueno, ningún problema, pero pasa que no he venido preparada con el traje.

El Maestro se rascó su cabeza despoblada.

—¿Tienes problema con hacerlo en ropa interior?

Tardó en contestar.

—Es que no llevo corpiño. Pero puedo hacerlo así, sin ningún problema.

Todos respiraron aliviados. Sólo yo empecé a respirar agitado. Nadie pareció entender que allí había un pelaíto en pubertad y cuando la muchacha salió del baño con una tanga diminuta y los senos al aire, tuve que bajar la mirada ante la revelación. Pero cuando pude mirar el cuerpo de la mujer no paré de dibujar, absorbiéndolo todo, plasmando con furia lo que conocía por primera vez y terminé antes que el resto, con un resultado tan sorprendente que los demás se acercaron a felicitarme, incluyendo a la modelo, que bajó de la pequeña tarima para mirar la obra cubriéndose el pecho con una toalla, lo que terminó por perturbarme.

Volví a casa entre conmocionado y feliz, luego de mi primera experiencia con una mujer desnuda de verdad. No le conté a nadie y oculté mis bocetos. No podía esperar hasta la próxima sesión. El sábado siguiente, la cuestión de la ropa de la modelo ya había sido superada por el grupo. Carla, que así se llamaba la muchacha, ya no se preocupaba en cubrirse el torso y solo usaba la parte inferior de la bikini. Todo era tan natural y relajado que perdí el temor inicial de demostrar mi turbación. Me esmeré en hacerlo cada vez mejor, postergando con displicencia la contemplación morbosa de aquel cuerpo a mi disposición. Sin saberlo, Élodie, me fui enamorando del cuerpo de esa chica. Quiero decir que toda ella me gustaba, –me resultaba atractiva su resuelta sencillez, su rostro joven, su sonrisa fácil– pero, como explicarlo, me enamoré primero de esa anatomía desnuda como si se tratara de una ofrenda inmerecida en mi vida triste.

Con el paso de los sábados y las sesiones durante dos meses, Carla empezó a hablarme. Se acercaba ya vestida al final de la clase, observando distraídamente todas las obras en progreso pero terminaba deteniéndose siempre en la mía. Empezó a llamarme por mi nombre, a felicitarme con ojos asombrados y a despedirse también de mí con un beso en la mejilla. En casa, en el intervalo eterno entre clase y clase, yo repasaba mis dibujos y estudiaba mentalmente la piel y los huesos de Carla. Nunca más pude tener tanta habilidad para repetir de memoria los trazos de un desnudo. La violenta curvatura de sus clavículas salientes, su cuello delgadísimo, la sutil protuberancia de sus senos pequeños, la ondulación progresiva de sus costillas que terminaban en un abdomen firme, ligeramente abultado a poco de su sexo cubierto. Conocía ese cuerpo más que el mío propio, que se transformaba torpemente día a día. Creé de a poco un altar en mi corazón adolescente. Con su imagen no lograba masturbarme. La había sublimado.

En casa, el súbito estrangulamiento económico luego del abandono de mi padre obligó a mamá a iniciar una tardía labor de corredora inmobiliaria aprovechando el repentino florecimiento de la actividad con la bonanza de la cocaína y la rápida demanda de los narcos enriquecidos. Desde entonces lo único que mamá exigió a mi padre fue el giro mensual de la cuota del taller del maestro Lombana, que ya era más que un lujo en nuestro presupuesto familiar. Yo también aproveché esa inesperada libertad por la ausencia de mamá y el progresivo despegue de Álvaro de nuestra vida para enclaustrarme en mi casa solitaria, en mi cabeza y en mi arte. Progresé como un salvaje en varias técnicas pictóricas pero especialmente en la técnica del desnudo, ayudado por la urgencia vital de retener el cuerpo de Carla junto a mí. Mi obsesión empezó a necesitar verla fuera del corto tiempo y el escaso ámbito del taller. Secretamente comencé a seguirla a distancia luego de la sesión de los sábados. Me enteré así que vivía a unas veinte cuadras, recorrido que a veces cumplía a pie y otras en bus. En clase, a una de la señoras alumnas le había contado que los lunes, los miércoles y algún otro día más iba a la universidad. Estudiaba administración de empresas. Como los lunes cumplía con mis prácticas de atletismo, me reservé los miércoles para seguirla a la universidad. A veces la esperaba allí, más temprano, semioculto entre los almendros del parque de entrada. La veía pasar en su cuerpo vestido con ropas informales, con la cara lavada y el cabello recogido. Se reunía con su grupo pequeño y entraban rápido a clases. El sábado volvía a verla desnuda parcialmente, aguijoneada por el sueño y el aburrimiento. Imaginaba si estaba triste o alegre. Si había fallado en algún examen o había discutido con su novio. A veces ella sólo se iba, callada, con un saludo general y yo perdía el contacto cercano de sus labios y su perfume.

En ese agosto del 87, dos tragedias me golpearon sin compasión. En una de sus habituales borracheras, mi hermano Álvaro quiso conducir el auto de uno de sus compadres, aún en peor estado que él. Terminaron reventados contra un poste de la 84 y los dos murieron al instante. El suceso cubrió mi horizonte de una nube negra, Élodie, que todavía cada tanto llega hasta París con el aroma de los alisios del caribe colombiano. No habíamos terminado de llorarlo que recibí la noticia en el taller de mi maestro que Carla dejaba de venir. Otra niña, enorme y entrada en carnes como para un estudio de Botticelli, empezaba a reemplazarla. Lo soporté con dolor durante dos sábados. Al tercero renuncié. No volví al taller sin darle ninguna explicación a Lombana. Cobarde, le rogué a mamá que lo pusiera al tanto de mi decisión con cualquier excusa.

La casona quedó grande para los dos. Pronto mamá comenzó a enfermar y su manera de ser cambió. Apenas hablábamos, ella recluida en su cuarto fumando toneladas de cigarrillos, escuchando tangos y yo preso del desamparo y la confusión. Podía volver a cualquier hora que ella no lo notaba. En cambio yo comenzaba a odiar su indiferencia y me retorcía con una extraña indignación cuando la escuchaba toser por horas enteras. ¿Por qué se hacía tanto daño? ¿Por qué se había olvidado de mí?

Una tarde de sereno triste, dos meses después de la muerte de Álvaro, esperé a Carla en la universidad. La abordé resuelto antes de que entrara al edificio. Llevaba mi carpeta con muchos dibujos de ella y los abrí ante sus ojos azorados de verme por allí. Los revisó mientras las gotas de lluvia mojaban el papel descorriendo el carbón y el pastel y las lágrimas corrían por mis mejillas.

–Te amo– le solté fuera de mí, a escasos segundos de la muerte.

Me llevó aparte, como una madre o una hermana mayor hasta el café de la universidad. Me dejó desahogarme, decirle todo lo que había sido de mí ese tiempo que no volví a verla. Me informó que sí, que tenía novio y después me pidió que le regalara algunos dibujos.

–¿Tienes más?

Me dio una dirección y me pidió que fuera si podía al día siguiente, después de las seis. Con más pinturas suyas. Esa noche dormí con una ansiedad doliente, felicitado por mi desconocida bravura. Por primera vez en semanas no soñé con Álvaro.

Me presenté puntual en el recién estrenado edificio del country y toqué el timbre del séptimo. La voz de Carla salió del comunicador y la puerta se abrió automáticamente. Ella misma me recibió en la puerta del apartamento con un abrazo cariñoso. No estaba sola. Me presentó a un paisa mucho mayor, de treinta y tantos o cuarenta años, de panza prominente y rostro limpio cruzado por unos bigotes pequeños. El tipo desatendió el partido de fútbol en un televisor de pantalla gigante del living. Venía trayendo un vaso de whisky.

–Mucho gusto, hombre –me saludó.

Me apretó fuerte la mano y supe de inmediato que no quería confiar en él. Me ofreció un trago y me encontré aceptando aunque odio el trago. Carla se preocupó por las pinturas que conservaba en una gran carpeta bajo el sobaco. Mientras elegía algunas yo repasé el apartamento. Estaba a nuevo, recientemente poblado y olía aún a desinfectante. Podía jurar que sobre el sillón del living que daba al balcón había un Botero original.

Me tomé el whisky  de a sorbitos eternos, absorbiendo de mis labios más que tragando, mientras ellos admiraban el propio cuerpo desnudo de Carla que yo había dibujado. Al paisa no me atrevía ni a mirarlo.

–Oiga pues que usté es un berraco, vea.

El tipo había extendido un lienzo cortado, un óleo que me había afanado un par de semanas y lo apoyaba sobre la pared opuesta al Botero.

–Aquí se ve bacano, amorcito.

Carla me sonrió pícaramente y yo no podía estar más enamorado.

–Se lo compro pues ––me dijo el paisa.

Ésa fue mi primera venta, Élodie. Así de inesperada. Para que no digan que el narcotráfico no apoyó el arte en este país. Al día siguiente cerca de las siete, un chofer se presentó en casa y preguntó por mí. Mi madre fue a llamarme a la habitación y espió desconfiada de la visita que me esperaba en la puerta. Recibí un sobre y después que el mensajero se fue, corrimos con mamá a abrirlo en el living. Era su sueldo de medio año, Élodie. A mi me temblaban las manos y mamá se tapaba la boca con una expresión de sorpresa que volvía a borrarle el rictus de tristeza permanente de la cara.

El miércoles la esperé en la universidad para agradecerle. Antes que alegrarse, el rostro de Carla se transformó. Noté que a unos metros la acompañaba el muchacho del sobre, el chofer del Mazda de donde ella se había bajado. Comprendí de inmediato que Carla ya pertenecía a alguien más, alguien infinitamente más poderoso y adecuado para sus pretensiones. Yo era un niño triste y pobre, con un futuro incierto. Sus palabras me lo dejaron bien claro.

–Tienes que dejar de aparecerte por acá.

Así lo hice. Esperé sin esperanza, concentrándome con dificultad en el desafío del último año del liceo. Postergué mi arte. No volví a dibujar a Carla en mi mente ni sobre un papel. Los pinceles se arrumbaron secos junto con el caballete que me había regalado un día la nueva mujer de mi padre y que mamá creía que había comprado con la venta de otro de mis dibujos.

A principios de febrero me enteré por el Heraldo que Carla era la próxima reina del carnaval de Barranquilla. Su sonrisa iluminaba desde las páginas centrales de la revista Miércoles. El artículo mencionaba que aún estudiaba administración de empresas.

Nunca pude verla reina en sus miriñaques dorados, en la lectura del bando o presidiendo la guacherna. Entonces estaba enterrando a mamá, víctima en tiempo récord de un cáncer de garganta. Vista a la  distancia, su muerte resultó casi un alivio porque ella ya hacía mucho tiempo que se había ido. Me fui a vivir con mi padre y su segunda familia. La conocí a Claudia, apenas unos años menor e hicimos buenas migas.

Fue un año anestesiado, de emociones suspendidas ante el riesgo de un colapso insuperable. Cerca de mi graduación, ebrio de terror ante el futuro que no terminaba de desplegarse claro frente a mis ojos, me animé a ir al apartamento del country con una tarjeta de invitación a la fiesta del Liceo. Alguien me informó que Carla ya casi no vivía ahí. Pasaba casi todo el año en Medellín y había dejado la carrera.

Llegaron los 90 y me anoté en la facultad de Bellas Artes de la universidad del Atlántico. Allí empecé a sentirme por primera vez parte de un grupo afín. Me hice de amigos y conocí a mi primera novia, una ñera delgadita y dulce que cuidaba de mi alma torturada. Sintomático de algo, aún no había debutado sexualmente y el esperado paso no lograba concretarse por el estancamiento pernicioso que en algún punto de mi pasado reciente se había detenido mi líbido.

Un día de diciembre, la voz de Carla apareció imprevistamente del otro lado del teléfono de mi nueva casa. Con un tono extraño solicitaba mi presencia en el edificio del Country.

–Trae el caballete y tus pinceles –pidió.

Esa misma tarde me recibió sola en su departamento. Usaba una camiseta grande del Dadeland de Miami que le llegaba a mitad de los muslos descubiertos y estaba descalza. Estaba borracha también. Volvió a ofrecerme ron como única opción. Sentados juntos en la sala, le conté de mis tragedias en el tiempo que nos había separado.

–Pobrecito ­–balbuceó tocándome la mejilla–. Tan niño y tanto dolor.

Era el trago o algo en sus ojos había cambiado. La luz naranja del fin de la tarde encendía su perfil y yo miraba las piernas que escapaban de la  camiseta pensando si había algo debajo. Le pregunté por su novio en Medellín.

–Qué va, ustedes los hombres son unos marranos. Nunca te metas en una relación de tres. O de cuatro. O de seis –dijo riéndose vulgarmente, equívocamente enigmática.

»Tú eres distinto, tú debes saber tratar bien a una mujer.

»Esos dibujos tuyos, ¿ah?, siempre los recuerdo. Desde que te conocí en aquel taller. Eras algo especial.

»Por eso te llamé, mira. Quiero que me pintes.

Se levantó del sillón tomándome de la mano y apoyándose en mi costado llegamos hasta la sala contigua. Se separó e inició un giro o un baile torpe que casi la lleva al suelo. Se despojó de una vez la camiseta por encima de la cabeza. En lugar de los senos frugales que aprisionaba mi memoria, dos tetas enormes y simétricas apuntaban hacia el cielo. No llevaba la parte inferior de la bikini. Una espesa mata de vello cubría la entrepierna.

–Píntame –dijo.

Me dio la espalda y dos nalgas firmes y carnosas. Corrió el florero de la mesa y lo depositó en el piso. Dispuso a lo largo el mantel fino que la cruzaba y se recostó de espaldas, arqueando notablemente la espina. Flexionó la rodilla derecha y extendió la pierna izquierda para exponer de frente, en toda su posibilidad, el matorral de su sexo. Los labios se despegaron espontáneamente abriéndose como una flor  y revelaron el introito rosado, húmedo de calor.

Desplegué el caballete y colgué el bastidor con apremio. Agarré cualquier cosa, un pastel o un carbón, e intenté unos primeros trazos inexactos. No me salía nada, aquel espejismo murmurante de ebriedad se desdibujaba ante mis ojos nublados. Desechaba un pliego tras otro, incapaz por primera vez de plasmar con eficiencia aquel cuerpo que conocía de memoria. Terminé tirándolo todo al piso, los pinceles y las hojas. Atiné a acercarme a las dos piernas que se ofrecían hacia mí aguijoneado por un deseo perverso y las separé un poco más. Inesperadamente descubrí la sonrisa maligna que le cruzaba la jeta. El quejido muriente era un llanto de lágrimas y se transformó enseguida en una risa sardónica, incontenible.

–Pobrecito…tanto dolor…

Di un salto hacia atrás, avergonzado, entendiendo que había dado un paso definitivo. En ese momento y a partir de entonces, supe que todo había cambiado entre esa muchacha y yo; ese cuerpo ofrecido que no se rendía más al arte de mis manos pertenecía aún a alguien más, ni siquiera a ella misma; alguien de infinito poder y antojo y así sería por siempre. Sentí que debía alejarme, imperiosamente. Escapé de allí, muy triste y no volví a buscarla.

Necesité ver ese mismo día a mi chica de entonces y torearla en un motel de las afueras. En una de sus habitaciones me observó desnuda, no del todo convencida. Me desabroché el cinturón, liberando una erección contundente y me acerqué sin piedad. La monté de un salto y experimenté el abrazo cálido de su sexo sobre mi miembro. Empujé con una novedosa facilidad, entendiendo por fin la mecánica simple del acto. Los terrores quedaron atrás y hundí las narices en su ombligo, aferrándome a sus dos montañitas naturales. Acabé demasiado rápido, exultante, dolorido y feliz. Salí despacio, con la piedad culposa del después.

Mi vida adulta se inició aquella noche y se proyectó plena todo el año siguiente. Todavía vivía con mi padre, con su mujer y con Claudia. Alquilamos la vieja casa. Exponía con frecuencia en galería pequeñas de la ciudad, haciéndome de a poco un nombre reconocible. Mi relación con aquella compañera continuó y disfrutamos por fin de una sexualidad gustosa sin atascos. Me alejé física y mentalmente de mi primera obsesión. Su presencia real, sin embargo, no dejó de acompañar el desarrollo de mi vida. Carla se convirtió de un día para otro, por esas voluntades de los poderosos de mi país, en presentadora del telenoticiero nocturno de un canal líder.

Yo ya había promediado mis estudios, había superado dos relaciones amorosas inofensivas y merecido el premio nacional de pintura (con escasos veintiún años) cuando recibí el impacto de la noticia. Fue el hecho policial que conmocionó por una semana la crónica roja de todos los medios. La conocida conductora de televisión, Carla Cepeda y un hombre tan joven como ella que la acompañaba, fueron acribillados a tiros en plena tarde en una pizzería de Medellín. Se habló de todo, de crimen pasional, de su pasado de reina y periodista automática, de su presunta relación con alguien muy influyente. Sus fotos felices se alternaban en cada noticiero con las imágenes a distancia de su cuerpo revolcado sobre un charco de sangre. Después, como todo, se olvidaron y otra muchacha ocupó su lugar en el noticiero.

Mi barco ya andaba bastante firme por esta vida para sentir demasiado el remezón de esa ola fuerte que llegaba del pasado. Rescaté del olvido los mil desnudos de Carla y me ocupé en conservarlos en carpetas nuevas, como un modo de preservar algo hermoso de toda aquella mierda.

Papá seguía en picada. Ahora que se debía del todo a su segunda familia, la situación volvió a quedarle grande. Sólo que estaba más viejo y se había subido a destiempo a una carrera etílica contrarreloj. Su segunda oportunidad entonces fracasó y regresamos los dos solos a la vieja casa de mi infancia. Yo apenas podía soportar su debacle y sus borracheras tristes. Empecé a buscar en mi interior la salida y la providencia de mis avances en el medio local de la pintura me valieron una beca de un año en Francia.

Le prometí volver pero creo que algo de fuga sin retorno encontró en mis ojos porque, como nunca, se despidió en el aeropuerto con un abrazo fuerte y un descuido de lágrimas.

Nunca regresé.

Hasta hoy.

Después de quince años de silencio, el fantasma de papá (ahora sí, descorporizado del todo de nuestro mundo sensible) golpeaba a mi puerta y nos despertaba, a ti Élodie y a mi mismo, de un sueño muy corto donde creímos que nuestro matrimonio podía esconder cosas tan pesadas. Hoy te preguntarás supongo con quién has vivido todo este tiempo. Con quién has tenido una hija. Yo no podía decirte, estaba en mi segunda o tercera resurrección y difícilmente podía descubrirme en el espejo.

Dentro de ese avión que me sacaba de Colombia a principios de los noventa, universalmente solo, yo no entendía todavía muchas de estas cosas que te he contado, Élodie. No había tenido tiempo de pensar en ellas; estaba cansado y asustado, todavía no cumplía los veintidós. Dentro del avión, miraba al exterior junto a la ventanilla. Era de noche así que no veía más que las luces distantes del  puente aéreo y las lucecitas de los carros que se alejaban del aparato sobre un telón negro absoluto. Suponía que las personas que habían venido a despedirme, mi padre y Claudia, seguían allí en algún lugar pero el hecho de que ya no podía verlas me llenaba de una tristeza dolorosa. De pronto sentía que todo mi pasado: mi infancia, las lluvias de agosto, las brisas de diciembre, el mar, el Liceo, mis amigos, un azulejo sobre una piedra, un mango podrido al sol, el pregón solitario de una palenquera a media tarde, el cuerpo desnudo de Carla, todo, se iba con el día y ya daba lo mismo si ocurrió ayer o hace mil años. No iba a volver. Como si todo me hubiera sido prestado sólo por un tiempo y ésa fuera la clave del juego. Entonces creía que podía despegarme de cualquier cosa. Olvidarme de mi pasado entero y eso incluía a mi padre, especialmente a mi padre. Quise convencerme para aliviar el remordimiento que hacía ya mucho que lo había perdido y ese hombre envejecido prematuramente, desvariado, que quedaba allí en Barranquilla, era otro. Yo había nacido entonces sin padre, ni madre ni patria. Adelante me esperaba un nuevo nacer, una vida inesperada en la tierra prometida de los artistas exiliados de los sesenta y alguien como tú me esperaba en alguna esquina de París.

Una sensación extraña me sacude hoy Élodie, quince años después de aquel salto al vacío, en el asiento de este avión que se prepara a aterrizar: la idea absurda de un limbo presurizado del que no voy a poder escapar. ¿Y si lo intento? Miro a mi alrededor y la gente parece tranquila, segura de querer ir a donde va. Eso logra calmarme y trato de entretenerme con los rostros hasta que el silencio de las turbinas me recuerda que es demasiado tarde para todo. Cuando el avión toca la pista, respiro profundo y no me muevo hasta que se detiene. Afuera es un día bonito, con ese cielo claro y azul que todavía puede verse aquí en el Caribe. Y pasa que no pienso ya en nada en particular. Y porque soy perfectamente conciente de que en este limbo de mi vida ninguna puerta se ha cerrado por completo y también de que ninguna otra se ha abierto del todo aún, tengo la cruel certeza de que sigo en el juego.

Ejercicio 5 (general) Cuento

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Releyendo mi cuento descartado Hermanos mayores, hermanos menores, la primera palabra central que se me ocurrió fue GUERRA, la instancia de la cual escapa mi protagonista. Pensándolo mejor, elegí (entre otras veinte como Familia, Padre, Vida, Revolución, Escape, Niño, Fantasma, Montaña, Tierra, Espíritu y más) una que sostiene no sólo éste sino todos los cuentos de mi libro. Se repite en todos ellos. La palabra es TIEMPO (“[…] no nos había alcanzado el tiempo allí abajo”). El verdadero rector de la vida de los hombres, la evolución indetenible de nuestra biología y nuestros anhelos, lo que nos modifica aún en el último aliento. El tiempo transformó a Efraín y sus ideales, me transformó a mí y los seguirá transformando (espero que para bien) a ustedes, estimados lectores y jurado.

Con ello armé un sistema solar de diez palabras satélite que me sirvieran en un cuento nuevo:

 

                                      BARRIO     DÍA      Familia

                                     Hijos             \  |  /          Joven

                            VEJEZ         ~   TIEMPO ~     RELOJ                                  

                                AMIGOS           /  |  \        VIDA

                                                          AÑOS

 

El cuento se llama EL MAL DEL TIEMPO. Lo dejo a consideración de los parcos lectores. ¡Hasta pronto!

 

El MAL DEL TIEMPO

 

Aurelio regresaba a casa de alguna parte, apurando el paso para evitar que la lluvia inminente lo empapara. Antes que su humanidad, protegía el paquete que apretaba contra el pecho. Cruzó la vía del barrio y caminó las dos últimas cuadras a la máxima velocidad que le permitían sus pies. No podía correr tampoco. Tenía más de setenta años y dos angioplastías le habían escudriñado el corazón en los últimos dos otoños. Frente a la casa de Héctor, su vecino, se extrañó de no verlo a esa hora tomando mate en la vereda. Eso lo convenció de que el agua no tardaba en caer. De haber estado ahí, como cada tarde, Héctor lo hubiera saludado a la distancia con el brazo levantado y el termo en la mano.

— ¡Relojero! —le hubiera gritado.

Aurelio cruzó la verja de su jardín y resistió el atropello de Candela, la perra pastor alemán que no dejó de recibirlo con emoción cada día de sus diez años de vida. Estaba vieja y gorda, apacible a toda hora, pero parecía encenderse de una energía cachorra con la vuelta del trabajo de sus amos. Aurelio la retó primero y luego le acarició el lomo cariñosamente mientras caminaba a su lado hasta el fondo por fuera de la casa. No se preocupó por entrar; se dirigió sin más a su taller (una casilla de madera y chapa bien firme bajo la sombra de un duraznero que también cubría la cucha de Candela) y puso el paquete a resguardo sobre la mesa de trabajo. Justo después las gotas empezaron a golpear el cinc. Desenvolvió el papel de diario y dejó al descubierto un reloj precioso del 30. Volvió a examinarlo con la misma atención que cuando se lo mostró su dueño. Era una maquinaria magnífica, de las que ya no se ven mucho. Una campana de cristal cubría propiamente la ingeniería dorada y con una sutil maniobra, Aurelio destapó el vidrio y echó a funcionar un balancín de esferas brillantes que acompañaban el empuje de las manecillas. O debían hacerlo, de eso se trataba el arreglo. La pieza resaltaba entre la chatarra de algunas cajas y los relojes baratos que le encargaban varias relojerías de la zona. Resultaba un buen desafío pero Aurelio no dudaba de poder arreglarla. Eran materiales nobles que no se resistían a una mano amiga y experta. Después de tantos años, ésa era la relación que había creado con esos elementos minúsculos con los que trabajaba, ese universo poco más que microscópico de laminillas, tuercas y tornillos al que debía asomarse detrás de una lupa grande para manipular, extraer y encajar a la perfección. Era una relación contraria a la que había generado con las personas, incluidos su mujer y sus hijos. A los setenta no podía decir que le quedaran amigos de confianza y a su familia les dedicaba una pasiva tolerancia, abrumado desde siempre su carácter por la complejidad camaleónica de los humores humanos.

Le sirvió comida y agua a la perra, se olvidó de su almuerzo que ya atrasaba y masticó unas galletas de salvado que quedaron de la tarde anterior. Afuera la lluvia arreciaba. Dejó para más tarde el trabajo regular que debía entregar el jueves y se ocupó exclusivamente del objeto especial. Sacó ceremoniosamente sus herramientas básicas, se sentó frente al reloj e interpuso la gran lupa articulada adherida a la madera. Con los años, su cuerpo se fue adaptando al trabajo.  Aurelio tenía un porte pequeño y su espalda sufrió un notable encorvamiento que le permitía ahora permanecer dos o tres horas ininterrumpidas sobre la mesa sin sufrir de contracturas y dolores agudos. Toda su estructura anatómica superior: músculos y vértebras, tendones y ligamentos, modelados por el uso estático y la erosión de los años, habían conformado una sólida arquitectura de estatua viva. Su reconocida vista de lince, golpeada irremediablemente por la presbicia, mantenía para ese universo de pequeñeces una capacidad notable. Solo en su taller, acompañado por la lluvia, Aurelio se dedicó al reloj el resto de la tarde. A las cuatro hizo una siesta de una hora, así sentado. A las cinco, casi entre sueños, escuchó ruidos en la casa. Miró el reloj y las esferas que oscilaban rítmicamente. Las manecillas también se movían y dibujaban entre ellas una danza que a él todavía le emocionaba. Había logrado arreglarlo pero se iba a tomar más tiempo para limpiar de nuevo las piezas y el vidrio y dejar todo prolijo.

Volvió a escuchar los ruidos. Cerró su taller y notó que ya no llovía. Candela estaba guardada dentro de su cucha con la mirada perdida. Sacó las llaves de su bolsillo y fue a abrir la puerta posterior que daba a la cocina pero ya estaba abierta. Temió haberse olvidado de cerrarla antes de irse a la mañana y temió aún más por el sonido de agua corriendo por la bacha. Abrió despacio y encontró la figura de una mujer con ambo de enfermera que se secaba las manos junto a la mesa. La mujer lo miraba en silencio. Él no pudo hablar.

— Entrá que está fresco. ¿Querés unos mates? —dijo ella.

Aurelio permaneció petrificado, incapaz de reconocerla. Se sintió extraño ante su naturalidad. Quiso preguntarle quién era y qué hacía allí pero decidió esperar porque algo dentro suyo se lo pidió. Avanzó hasta la mesa y recibió el mate que la mujer le ofrecía. Miró a su alrededor y más adelante hacia la sala principal para ver si había entrado alguien más. No parecía haber nadie. Observó incrédulo cómo ella hacía lo suyo, organizando la cocina, abriendo cada alacena y cajón como si conociera todo de antemano. Le devolvió el mate; ella se sirvió otro y se perdió en la habitación contigua. Cuando regresó preparó otro mate.

—Menos mal que entré la ropa antes de irme —dijo.

Aurelio tardó en reaccionar y sostuvo el mate sin beberlo durante medio minuto, empezando a entender algo. Observó detenidamente a la mujer y empezó a reconocer algunas cosas. Algunos gestos, un perfil, la caída del cabello sobre la frente. Suspiró asustado, conmocionado por lo que estaba pasando. Aquella era su mujer. Pero muchos, muchísimos años más vieja. Evaluó desesperado las últimas circunstancias del día, tratando de hallar una explicación. Dudó inmediatamente de la continuidad correcta del tiempo y determinó que el problema estaba fuera de él. Un salto tremebundo había sucedido mientras dormía, podía creer. Se apoyó en la mesa para no desmayarse y la usó de pasamanos para avanzar cerca de la mujer. No dijo nada en todo el rato. Depositó el mate junto al lavaplatos y se escabulló al baño. Adentró se tomó un buen trago de aire y apretó los ojos para sacudirse la turbación. Enfrentó el espejo y sonrió aliviado ante el rostro joven que lo miraba. La piel lozana y fuerte, la espesa mata de cabello oscuro que caía hasta las orejas y los ojos pequeños, transparentes, llenos de vitalidad.

Tomó una decisión estoica porque necesitaba…tiempo. Para entender, saber qué estaba pasando. Se dijo a sí mismo que no iba a entrar en pánico cuando volviera a salir. Se lavó la cara con agua fría, abrió la puerta y la mujer pasó justo frente suyo camino a la habitación de los dos. Aurelio saltó hacia atrás y se aplastó contra la madera. Su corazón averiado pareció cambiar de posición en el pecho y tuvo que apretar los dientes para dejar pasar un angor brevísimo. Ella no lo notó y él la espió asomándose en la puerta de la habitación. Seguía ordenando cosas en el armario.

¿Qué había pasado en ese lapso enorme que distaba entre esa y la esposa joven que había convivido con él hasta la noche previa? ¿Cuánto había transcurrido, veinte, treinta años? Se armó de fuerzas y entró también al cuarto para fingir que buscaba algunas cosas y verla más de cerca. Sí, era Clara, su Clarita, pero la Clarita de su vejez. Sintió compasión por asistir así, tan de golpe, al desgaste que la vida le había producido. Seguía siendo sin embargo una mujer fina y agradable en sus formas y hasta llegó pensar que había envejecido bien. Sintió un extraño rapto de amor. Ella empezó a hablarle de cualquier cosa y él volvió a asustarse a su pesar. Murmuró “ya vengo” y escapó al taller. Necesitaba estar solo para pensar bien. Su cabeza era un hervidero de ideas vaporosas, inconsistentes. Abrumado, reparó en la pieza que brillaba entre la chatarra. Todo el tiempo que estuvo dentro de la casa, el reloj había seguido funcionando en su taller, agitando sus manecillas y emitiendo ese ruido seco y perfecto al compás de las esferas doradas. Sus otros relojes también hacían lo suyo. Si uno se abstraía de los ruidos externos y la propia respiración, el lugar se llenaba de pequeños murmullos metálicos, de conversaciones de duendes robóticos y parlanchines. Era algo que Aurelio hacía a veces, escuchar en silencio y le seguía haciendo gracia. Esta vez le despertó un pensamiento diferente.

Recordó a su padre allá en Crespo. Lo recordó anciano, vagando como un niño perdido por cada rincón de la casa; musitando en alemán, desprolijo por primera vez en ochenta años. De él había aprendido el oficio de relojero. Cuando Andrés, el menor de sus dos hijos y entonces un niño de ocho años le preguntaba, Aurelio le decía que el abuelo se había perdido en el tiempo. Tanto andar entre relojes, le explicaba al niño, tanto echar a andar y parar y volver a hacer tic-tac, tic-tac, todo el día, todos los días. Los relojes le habían transmitido finalmente su tiempo azaroso, que va y viene, que puede detenerse momentáneamente y volver a arrancar con una pequeña ayuda. Por eso el abuelo de a ratos lo reconocía y le hablaba y luego lo ignoraba o lo interpelaba como a un extraño. Allí estaba lejos, en otro tiempo: donde su nieto aún no había nacido.

Aurelio heredó de su abuelo y luego de su padre un fantástico reloj cu-cú que el primero había llevado consigo desde su aldea alemana hasta Poljana en Rusia y luego hasta Argentina. Era el único reloj del taller que Aurelio no solía poner en marcha, aunque funcionaba perfecto. Íntimamente, le había adjudicado algún poder especial. Aunque nunca lo había declarado a su familia, creía sin ningún tipo de filtro racional, que darle cuerda podría traerle la enfermedad del Vati. “El mal del tiempo”, como lo había llamado su padre. Así que si bien el reloj era un pequeño orgullo familiar que sus hijos cuando pequeños intentaban manipular y él les mostraba a sus visitas, nadie más que Aurelio lo había visto funcionar alguna vez. En realidad, sí había alguien. Clarita Erhardt, la joven de quince años recién llegada al barrio, hija de una familia que venía a instalarse de Aldea Protestante a Crespo. Ella tuvo que llevar un día una encomienda de su padre al taller de relojería de los Herdt. Llegó caminando las dos cuadras de tierra que separaban las dos familias y lo primero que vio apenas entró al local fue el reloj cu-cú. Era grande y sobrio, de madera labrada con delicadeza para tallar una típica casa alpina con techo negro a dos aguas  y doble ventana de la que salían dos personajes opuestos. Uno, alegre y bigotón, en ropas de montaña, saludaba el sol de la mañana. El otro, en pijamas y rostro somnoliento pero pletórico, se preparaba para el sueño. Cada uno salía según la mitad del día. Clara asistió divertida a la aparición del montañés y rió con el sinpudor de una niña. Detrás de una cortina, uno de los hijos de Alfredo Herdt encontró esa sonrisa y nunca más pudo olvidarla. Aurelio era el más tímido de los seis y esperó que la chica se presentara.

—Es precioso —dijo ella señalando el cu-cú.

—Ah. Era de mi abuelo. Es fabricación alemana.

Ella sostuvo esa sonrisa en la cara redonda de mejillas rosadas y claros ojos verdes. Un mechón grande y rubio le caía sobre la frente.

— ¿Tu abuelo era alemán?

—Sí, sí––dejó un silencio torpe y se obligó a seguir hablando —. De Essen. Vino de Rusia con mi padre.

—Los míos son de Renania.

— ¡Ah, qué bien!

Aurelio estaba maravillado de estar como si nada manteniendo una conversación con la chica que le quitaba el sueño por esos días, de sólo verla cruzar a hacer los mandados cada mañana frente al taller donde ayudaba a su padre. En los días posteriores se saludaron con confianza cuando él barría la entrada, casualmente en el momento preciso en que ella pasaba. Los Erhardt se afianzaron en el barrio y los dos jóvenes se hicieron amigos. Recién dos años después, ella le sugirió a Aurelio que debían ser novios.

Aurelio recordó un poco de eso también en su taller hasta que se hizo la hora de la cena. La mujer fue a golpearle la puerta para avisarle. Él entró y comió con ella, acompañando con monosílabos sus comentarios frente al televisor. Se llenaba la boca de pan y movía la cabeza para fingir cuando la mujer lo observaba esperando una frase completa. Se acostó junto a ella esa noche, paralizado de espanto y esperó con los ojos cerrados a que empezara a roncar. El sueño lo alcanzó una hora después.

Al día siguiente amaneció repuesto, desayunó con su esposa Clara antes que ella se fuera a trabajar al hospital y ni por asomo dudó que aquella anciana era su mujer. Ni se le cruzó por la cabeza algo en sentido contrario.

—Por fin hablás —le dijo ella—. Ayer parecía que te comieron la lengua.

Aurelio levantó los hombros desentendiéndose de todo. Quería apurar temprano el trabajo del jueves y terminar de limpiar el otro reloj. Su energía parecía decaer a medida que pasaban las horas. Después del mediodía, de almorzar solo y hacer una corta siesta, la extrañeza vuelve a apoderarse de sus pensamientos. Esta vez le cuesta reconocer el lugar donde está; se siente asfixiado en ese pequeño espacio cerrado lleno de cajas, relojes y herramientas. El repicar de las agujas lo angustia; tiene que salir a la brisa fría de otro día nublado. Entra en la casa y el pánico termina de apoderarse de él. Atraviesa las dos salas desconocidas hasta la puerta de calle. Se detiene en el jardín de rosas y observa su cuadra. La calle de tierra, el ford en reparación eterna del vecino de enfrente, la persiana caída en derrota del negocio de la esquina. Esperaba encontrar el paisaje rural despejado de su Entrerríos natal. El verde extendido hasta el horizonte y los caminos polvorientos que salían de la aldea. Crespo lo había cobijado desde su nacimiento y su familia era una de las pocas entre tantos inmigrantes del Volga que no se habían dedicado al trabajo del campo. Al menos hasta que sus hermanos fueron grandes y también necesitaron ocuparse en los tinglados avícolas de la periferia.

Aurelio siente un remezón sísmico a su alrededor, un aluvión de corrientes de tiempo que lo depositan muy adelante. Se mira las manos y son las manos de un viejo; las estudia con horror, se aplasta las arrugas, flexiona y extiende las articulaciones limitadas. Finalmente las sacude como tratándose de deshacerse de la vejez. Su corazón se aprieta de angustia y vuelve dentro de la casa hiperventilando. Tiene ganas de llorar también. En la habitación debajo de las sábanas trata de regresar al sueño y volver a hacer correr las agujas del reloj en alguna dirección donde se sienta a salvo. No puede dormir, no logra hacer funcionar el mecanismo. Permanece inquieto pero sin salir de la cama durante casi una hora. Ruidos afuera. Una llave que abre una puerta; una mujer menciona su nombre y sus pasos se escuchan cada vez más cerca. Un escalofrío corre por su espalda cuando siente su presencia en el cuarto. Saca media cabeza fuera de la colcha y la mira temblando. Parte de su mente todavía sigue allá lejos, entre las brisas cálidas del Paraná.

— ¿Quién es usted? —pregunta.

Clara ya había escuchado antes esa pregunta en la boca de Aurelio mientras se preparaban un sábado a la tarde para asistir a la iglesia evangélica. Pensó primero en una chanza inusual de su marido pero luego ante la mirada de extrañeza de él se sintió forzada a ponerlo en situación. Se sintió intranquila el resto del día y apenas escuchó lo que decía el pastor. Por la noche Aurelio estuvo como siempre y los días siguientes también. La cosa pasó y ella lo adjudicó a un coágulo ocasional en la cabeza de un viejo. Esta vez se asustó mucho.

—¿No sabés quién soy?

Esta vez también duró más. Clara no logró sacarlo de la cama durante veinte minutos de charla e impotente volvió a la cocina. Echó a llorar desconsoladamente sentada a la mesa comedor, tomándose la cabeza y rogando al cielo. Rezó mucho y después de un rato quiso desahogarse con su hija. La llamó por teléfono. Ella vivía en Ramos. Aurelio estuvo todo el tiempo atento a todo. A los sollozos de la mujer y a la oración. De a poco empezó a comprender que algo funcionaba mal en él. Él era el intruso en el mundo de esa mujer. Se levantó y se agazapó detrás de la puerta para prestar oídos a la comunicación telefónica.

—Tu padre me desconoce…

»Creo que desconoce todo…

» No sale de la cama…

»Ya pasó antes…

La mujer decía esto intercalando el llanto. Aurelio sintió pena por ella y la pena dio paso mágicamente al cariño. Su mente se abría aún más y entraba algo de luz. Pronto estuvo en condiciones de reconocer cada cosa a su alrededor. El armario, la cama, una silla, el mueble tocador, todo volvía a relucir con el brillo de lo conocido. Nuevamente tuvo que hacer equilibrio y apoyarse en la pared para no caer. Como si regresara recién de un viaje trepidante en el tiempo.

Se acordó del Vati. Tomó una resolución y pasó junto a su mujer que lo observaba con el tubo aún en la mano. Atravesó la cocina, salió al patio y se encerró en su taller. Corrió todos los cachivaches que cubrían la mesa de trabajo. Desmontó el viejo reloj cu-cú que hibernaba eternamente en una de las paredes, lo depositó sobre la mesa, tomó un martillo y lo molió a golpes. Las astillas volaron de aquí para allá durante los dos minutos que le costó destrozarlo por completo. Se agotó demasiado y recuperarse de la fatiga con tragos grandes de aire le impidió descubrir a Clara que había corrido a ver lo que hacía y permanecía en la puerta con una mano en la boca.

 

Ejercicio 5 (para nominados)

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*NOTA: A continuación de este ejercicio publico todos mis cuentos (los tres refaccionados y los tres nuevos) tal y como se me sugiriera. Éste es el proyecto “Los graduados” que me interesa que conozcan y no el rejunte original, enviado al apuro sin mayor criterio de unidad conceptual. Se descartó el criterio de adyacencia de cuentos con tema similar y preferí un balance entre extensión, ritmo e intensidad narrativa. Espero que les guste.

 

El cuento que elegí para el ejercicio es La elección del fielder; en el relato original, el narrador describe (a su particular manera) a su abuelo, alguien que influyó bastante en su crianza y sus decisiones vitales.

Aquí una lista de los sustantivos originales y su reemplazo por antónimos y alternativos:

Palabras-herramienta (original y cambio):

Condición: favor                                                                  Dignidad: deshonra

Dios: Diablo                       Ojos/ojitos de negro: Cabello/ ojos clarísimos

Viejo/ viejito: joven/jovencita                                     Alegría: tristeza

Tipo/hombre: mujer                                                         Espejo: ventana

Un año: cinco años                                                             Alma: corazón

Barrio de Torices: Pueblo de Bon Temps                  Mundo: pueblo

Final: comienzo                                                                   Cara: cuerpo

Tarde: noche                                                                         Niños: muchachos

Sol: luna                                                                                   Bebés: chicas

Terraza de casa: Club Social                                            Chiste: blasfemia

Mecedora: sillón                                                                  Escoba: trapeador

Puro: cigarrillo                                                                   Guayaberas: vestidos

Vida: muerte                                                                         Último: primero

Pensamientos: murmuraciones                                    Béisbol: Crockett

Pómulos: labios                                                                    Hombros: manos

Hoy: ayer                                                                                Día: noche

El cambio de género y la necesidad de invertir la progresión natural de la vida de una persona común, me llevaron a la curiosa idea de este nuevo inicio. Por supuesto, encontrarán el vínculo modesto con una conocida historia de F. S. Fitzgerald.

Y ahora, el resultado del experimento:

 

El extraño caso de la familia Botón

Sólo pido un favor al Diablo si me deja llegar a joven. Yo quiero ser una jovencita como mi abuela, Benjamina Botón. Esa cosa pido, nada más, porque aquí es la mujer más bonita que uno puede conocer. De verdad. Hace como cinco años que no la veía pero ayer me la encuentro y está hecha una reina. Claro que está más joven, más sensual y eso, como corresponde a la curiosa acción del tiempo sobre mi familia. Pero es que ella tiene una finura de muerte. Hay que ir al pueblo de Bon Temps para encontrarla llegada la noche,  la luna como testigo de esa belleza, sentada en los sillones del Club Social con su sombrero Petit Lord, perdida en sus murmuraciones. Seria, fumándose un cigarrillo, serena como todos los nuestros que llegan a jóvenes desprovistos de deshonra alguna. Tú dirías que está triste. Yo le llamo elegancia. Tiene ojos clarísimos. Su cabello es muy oscuro pero tiene esos mismos ojitos licuados de todos los Botón. Los ojos mi familia siempre parecen estar llorando. Da igual que estemos felices o que estemos rumiando tristeza. Dicen que los ojos son la ventana del corazón y el corazón de mi familia siempre está llorando. Eso lo puede entender todo el pueblo. A sus ochenta, Benjamina todavía mantiene el porte elegante de su bella madurez. Ya lo quisiera yo, que cumplí los quince y todavía sigo encorvando mi espalda para andar. Pocos antepasados nuestros fueron decreciendo tan bien y superaron la mitad de su vida conservando un cuerpo como el de la abuela. No es una de esas chicas de pueblo (ésas que nos miran como bichos raros), que mascan chicle, caminan como muchachos y no saben qué hacer con su anatomía florecida de repente. Así no es Benjamina Botón. Pasea erguida y les sonríe divertida, con una mueca sabia y piadosa, a los turistas desprevenidos que llegan aquí y la piropean. Cuando se enoja, como cuando larga una blasfemia o cuando Mary, su hija menor, la reta por esa ropa reveladora que usa ahora, todavía lo hace como una anciana respetable. Se tapa con una mano los dos churrascos que tiene por labios, aprieta sus párpados y se pone colorada mientras agita la otra mano espasmódicamente. Es flaca como un trapeador y los vestidos le flotan pero aún camina como bailando un Bluegrass. Es lo primero que pueden prohibirle a Benjamina Botón si quieren verla morir antes de llegar a bebé: bailar. Y jugar crockett. Esa misma noche se muere.

Primer cuento nuevo “La técnica del desnudo”

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En respuesta a la invitación a subir los cuentos nuevos de mi proyecto (tres que se suman a los otros tres ya refaccionados) a este blog, invitación que me hiciera Guadalupe Nettel en el comentario a mi anterior ejercicio, les presento el primero de ellos. Creo que debería abrir el libro por tener “un gancho de inicio”. Introduce el clima de remembranza y revisión de una época que se desarrolla en los cuentos posteriores. Preferiría mostrárselos en PDF pero estoy a la espera de esa respuesta todavía. Espero que les guste.

 

La técnica del desnudo

 

                     “Lo malo no está en que la vida prometa cosas que nunca nos dará; lo malo es que siempre las da y deja de darlas.”

                                     En La vida breve, Juan Carlos Onetti 

 

Esta mañana, Élodie, percibiste que yo ya no estaba allí. Como tantas veces. Pero esta vez era un caso serio y debiste sentirte desbordada. Te separaste rápido en la cama y fuiste a hacer tus cosas lejos mientras yo permanecía absorto en el techo, inmóvil. No te dije nada pero he vuelto a soñar hoy con esas cosas. Los detalles del sueño (los obreros del cementerio, los dos ataúdes, los huesos, esa familia y yo) estaban ahí pero la escena seguía un guión alternativo que ya no recuerdo. Intenté mantenerme en tierra, según la promesa que me había autoimpuesto en la última gran crisis. Sólo que esta vez me resultó imposible y apenas pude mantener mis pies en el suelo durante los días previos y permanecer atado aquí a París, a mi familia, a mi tiempo. A mi pesar, estaba siendo propulsado a otro lugar y a otra época por fuerzas indetenibles.

Unos momentos después fuera de la cama, repasaba los límites de mi estudio. Las paredes vacías, los caballetes, la mesa atestada de papeles, pinceles sucios y manchas, bocetos de bocetos, el boleto de avión y mi computador portátil. Una valija de viaje me esperaba en el piso. Nada ha cambiado y ha cambiado todo. Me desperté esta mañana en un espacio diferente, en ese limbo presurizado que suele transportarme a mi pasado cada tanto. La máquina enfrente mío ha ayudado (me ha forzado) en el último tiempo a eso. El mismo elemento que debía proyectarnos a la modernidad, al vertiginoso futuro tecnológico de la humanidad, ha sido refugio de nostálgicos sin remedio. Mails de amigos olvidados, páginas web que recuperan recuerdos de nuestra infancia y adolescencia, canales de comunicación que agrupan a los viejos compañeros de escuela y exponen su novedosa intimidad, el brote evolutivo de su existencia en forma de esposas e hijos, calvicies tempranas y abdómenes liberados, todos acudiendo a un mismo sitio virtual desde los lugares más alejados del planeta.

Vuelvo al tema de mi sueño y pienso lo lejos que han quedado las imágenes originales, reales, que le han dado forma y lo han reproducido con variantes en mi cabeza. La noticia me había tomado por sorpresa un par de meses atrás entre otras notas del segmento internacional de TV5. Un compacto de imágenes rápidas re-editadas con el audio original a bajo volumen, que me dejó primero conmocionado y luego con la urgencia de más. En algún momento de los últimas semanas llegó providencialmente al catálogo de youtube y ayer lo descubrí. Lo vi en mi estudio no menos de cinco veces, en nervioso silencio, mientras tú me esperabas para dormir. No te comenté nada. Hoy, apenas un rato después de despertarme no me he resistido a revivir la experiencia. Dispongo mis dedos sobre el teclado y dirijo el buscador con algo así como las palabras mágicas. Se despliega la pequeña pantalla y maximizo. Doy play y vuelvo a mirar y escuchar.

La crónica (del telenoticiero original) es precisa, detallada en aspectos como la hora y el clima. El cronista presume de un lenguaje literario, florido en adjetivaciones y metáforas. La cámara, más que curiosa es invasora pero resulta fácil darse cuenta que así lo han dispuesto los propios protagonistas. La actividad comienza temprano (el periodista determina la hora con precisión: las seis y media de la mañana). Una cuadrilla de obreros del cementerio Jardines del Recuerdo se afana en levantar a paladas el pasto y la tierra luego de remover la pesada lápida de mármol. De a poco van llegando los familiares del muerto, entre ellos su viuda que no tarda en extraer de su bolso una cámara mini-dv para registrar el asunto. Alguien ha dispuesto cerca un cajón nuevo, más lujoso. Casi cuarenta minutos después aparece el féretro. La cámara de televisión registra el impacto en el rostro contenido de los asistentes. Todos están en silencio, sólo se escucha la contundencia del martillo y los hierros que se clavan en la tapa de madera una y otra vez. Un salto de edición muestra a los obreros esperando alguna indicación en el agujero, varios metros más abajo. Las miradas de los presentes se dirigen entonces a alguien más, dispuesto atrás en el grupo. Se escucha su voz.

–A ver. Trátenlos con cuidado.

El ataúd ya está abierto y de su interior, con evidente respeto, los obreros extraen de a fragmentos una osamenta corrupta, quebrada y semioculta entre trozos de madera podrida, tierra y abalorios del entierro. La viuda empieza a llorar, muy bajo y repite el nombre de su marido en diminutivo, como llamándolo cariñosamente. Su hija la sostiene con un abrazo. Podemos ver recién entonces al hombre que ha hablado primero porque se ha adelantado hasta el borde y es muy joven pero su cuerpo inmenso le otorga tanta autoridad como su mirada y la decisión de sus palabras.

–Vamos, saquen con cuidado y vayan metiendo. Despacito, pues.

Los obreros, visiblemente emocionados (curiosamente se habían persignado ante la aparición de los restos) toman los huesos con sus guantes y los van disponiendo fuera del agujero en el ataúd nuevo. Primeros los huesos largos, los fémures, las tibias, luego los empastos de la parrilla y la cadera. Dejaron el cráneo para el final. El muchacho se agacha para recibir la cabeza de las manos temblorosas de un obrero (que la había tomado delicadamente como a un tesoro frágil). Parece diminuta cuando la sostiene conmovido, tratando de mostrarse sereno, bajo control. Su madre se mantiene apartada, no se atreve a ver. Varios presentes capturan la escena también con sus cámaras digitales. Hay un primerísimo primer plano, desde diferentes ángulos del cráneo. El muchacho identifica para la cámara el bigote casi intacto de su padre, prendido al maxilar superior pelado, los dientes completos, las cuencas vacías y el cabello largo que perdura entre los fragmentos destrozados del parietal y el temporal izquierdos. Su hermana (tan cambiada para mí, más flaca y atractiva) ha llegado junto a él y acaricia una medallita que le ha alcanzado un obrero.

–La medallita que le puso la abuelita, ve––dice.

–Fíjese mijo de qué lado está el orificio –– le pide su madre.

La cámara de televisión hace zoom nuevamente y el muchacho parece entender todo el tiempo que un país entero lo está mirando. El mundo y los que escriben la historia también. Gira hacia su madre y le impone casi con un gesto que se acerque.

–Bueno, por aquí salió la bala, mamá ––le dice a ella pero lo suficientemente alto para que lo registre la televisión.

–Él se mató, ven, él se mató ––dice ella en voz alta.

Los familiares asienten al unísono, claro que se mató él. El chico asiente en silencio. Quizás recuerda a su primo, trece años atrás, en el caótico entierro, sus ropas ajadas por el tironeo de una multitud fervorosa, la piel transpirada y el rostro ardiente, gritando junto al cajón, despejando las manos que abrían la tapa una y otra vez para tocar al muerto.

–¿Ven el tiro en la sien? !No podían matarlo, él se mató!

Ahora el hijo debía proceder a tomar una muestra de los restos para el adn. El notario se acercó por primera vez y le pidió con un gesto que girara hacia la cámara de televisión del único canal que había logrado la exclusiva (supongo que mediante un pago generoso que negoció el abogado de la familia). Separó dos dientes y un mechón de cabello y los introdujo en una bolsita transparente. Él, a diferencia del resto de la familia allí presente, de los periodistas, los obreros del cementerio, no necesitaba de aquello para convencerse de que su padre era quien yacía en ese agujero. Lo sabía incluso antes tomar el avión. Lo sabía apenas se enteró de la decisión familiar de practicar la exhumación y despejar las dudas de un pueblo entero que se resistía a creer que ese hombre estuviera muerto. La poblada ignorante aún lo creía vivo bajo disfraces y apariencias míticas, oculto entre los senderos caprichosos de su propia tierra o en países lejanos, manejando los hilos de su negocio criminal. Personas de su propia familia creían que allí no estaban sus restos, profanados por poderes enemigos. Y mujeres, unas cuantas, presionaban por un poco de su sangre para defender la identidad de sus hijos paridos en clandestinidad.

Pensé: íntimamente y también a diferencia de todo el resto, el chico no pensaba exorcizar en esa ceremonia macabra a ningún fantasma. Esos restos físicos no eran más que eso, materia putrefacta. Al fantasma él lo tendría toda su vida consigo y el país todavía lo sufriría todavía durante mucho tiempo. En cambio, se sintió mejor sosteniendo ese cráneo liviano, manipulando esos huesos débiles porque pensó que de eso mismo estaba hecho él y todos, y nada más quedaba de toda vida, de toda furia, de toda venganza, de todo secreto o toda revelación. Polvo de mierda. El tiempo que ya le pasó por encima al hombre que lo había engendrado algún día le pasaría a él y a sus hijos.

Mira el cielo plomizo de su ciudad natal. La hermosa tierra contaminada. No deja ni un resquicio para la nostalgia. Reúne a su madre y su hermana en un abrazo, mientras alrededor rezan y lloran. Ordena a los obreros el cambio de ataúdes y tira las últimas paladas de tierra sobre su padre.

Fin del video.

De todo, a pesar de mi sueño recurrente, la imagen que volvió con más fuerza es la de Claudia. No es algo casual. Fue su voz, real, la que abrió la puerta del otro lado del teléfono.

–¿Claudia? –pregunté estúpidamente luego de una apnea emocional de varios segundos.

No había escuchado su voz en casi veinte años. Había evocado su voz adolescente en las cartas que solíamos escribirnos el primer tiempo y que con los años se hicieron cada vez más escuetas, más incómodas y más espaciadas. De hecho no habíamos intercambiado ninguna en los últimos diez años y eso contaba las fechas de cumpleaños y navidades.

Ahora su voz sonaba algo diferente, por supuesto. Había perdido la intensidad puberal pero podían reconocerse aún, más apagados, los matices, las sutiles inflexiones de la chica extrovertida que dejé en mi juventud. Desde esa llamada, una semana atrás, no pude despegar su imagen de mi cabeza. Era una imagen borrosa, sobreexpuesta por la nostalgia pero poderosa porque agitaba cientos de recuerdos y los depositaba inoportunamente frente a mis ojos, en cualquier momento de mi vida cotidiana. Tú, que habías aprendido también a respetar esos momentos míos de desconexión (sin saber nunca hasta dónde llegaban mis pensamientos), debiste entender que esta vez las cosas habían llegado demasiado lejos. Asististe apesadumbrada a mis movimientos pausados de los días siguientes, mi actuar como en cámara lenta y mi expresión de constipación reflexiva, mientras ponía en orden mis compromisos laborales y dudaba en someterme a total disposición de mi inesperada responsabilidad actual.

–¿Quién es ella? –preguntaste ese día, luego de atender mi cara desesperada y mi mutismo junto al teléfono que acababa de colgar.

–Era Claudia, mi hermanastra. Tengo que hacerme cargo de eso.

Todavía estabas alarmada con la última frase que esperabas escuchar de mis labios:

–Me avisa que murió mi padre.

Era demasiada información súbita en tu cabeza para poder procesarla junta. Ni siquiera podías hacerte una imagen de mi padre, de quien nunca habías visto una sola foto. De quien casi nunca habías escuchado hablar más de dos frases continuas. Mantuviste un silencio atolondrado esperando mejor mi reacción, incapaz de emitir una pregunta en alguna dirección.

–Tengo que hacerme cargo de eso––repetí lentamente, hablándome más bien a mi mismo.

 

 

Empiezo a escribirte, Élodie. Antes que termine este vuelo voy a decirte todo lo que no te he dicho en estos años sobre mí, sobre mi pasado, todo lo que tanto silencio arroja sobre nosotros y nuestra vida juntos. Entenderás que algunas cosas haya querido guardarlas para siempre en el olvido (no, en la oscuridad mejor, porque olvidar, nunca olvidé) y el mutismo sobre otras te ayudarán a conocer mis temores y mis vergüenzas más profundas.

Nunca hablo de Colombia contigo. Apenas si tengo algunas fotos de mi pasado. Te las mostré mucho después de que empezáramos a salir, cuando ya estaba decidido que íbamos a formar un matrimonio. Fue una señal de confianza que supiste agradecer, inquieta como seguramente estabas por la férrea reserva con que protegía mi historia personal. Incluso después de casarnos hablaba poco de mis padres, de mis viejos amigos o de anécdotas relevantes de mi infancia y adolescencia. Apenas dejaba un lugar recurrente para volver en la imagen de mi hermano, el único de mi familia cuya foto mínima, fantasmal, permanece en nuestro living. Aprendiste, guiada por ese maravilloso sexto sentido de las esposas, que tampoco debías preguntar demasiado y parecías creer que con el paso de los días, las semanas, los años, te irías enterando de todo. Por supuesto que conocés los hitos esenciales que determinaron muchas de mis neurosis: cómo murió Álvaro, cómo murió mi madre y algunas cosas más.

Soy un cliché de hace cuarenta años. El artista latinoamericano que la hace en París. Eso que me hastiaba de los artistas de los sesenta, latinoamericanos pobretones y geniales, exiliados a pequeñas buhardillas, cofradías casuales de nostálgicos e idealistas que creaban obras maravillosas y tristes con sus recuerdos de los lugares más variados de nuestra América. En algo de eso me convertí yo también, cuarenta años más tarde, ya no exiliado por mis ideas políticas sino por la total ausencia de ellas en el mierdero de país en que nací.

Lo mío es pintar. Hoy quise entretener mi angustia plasmando en mi cuaderno los rostros de los pasajeros que me acompañan en el avión y aunque el ansiolítico empieza a hacer efecto justo ahora para el despegue, sé que no lograré dormirme en las horas siguientes. Así que voy a usar las hojas para escribirte. Ya encontré adentro los dibujitos que Michelle me regaló la noche anterior y que pusiste sin que me diera cuenta. Los trazos torpes de los monigotes y la proyección mental de nuestra hija me producen una alegría indecible en este momento. Ayer, como tantas veces, me detuve a verla dormir con la definitiva sensación de que su respiración continuaba la mía. Su vida, final, insospechadamente, le da valor a todo lo previo. Al horror de mi vida pasada y al transcurrir confuso de esta segunda oportunidad de mi existencia. Casi a diario me satisface lo desproporcionado de la distancia que mi mundo interior se separa del suyo. La espantosa memoria de mis manos se transforma en su rostro en una caricia feliz. El doloroso recuerdo desaparece con una charla primitiva que explica las cosas mínimas que dejaron un día de sorprenderme, que quiere redefinir las chiquiteces que asumo evidentes. Aquí va un primer pequeño secreto, un placer inocente e infantil, cuando me acerco a un kiosco de revistas para pedirle una Pomme d´Api. Leo con Michelle después del trabajo, explicándole y admirando las láminas coloridas. Así mira la niña, tocando las hojas con sus dedos y los malos pensamientos del día, las tribulaciones, se desvanecen al contacto de su piel en mi regazo. Las palabras te amo, soltadas de su boquita al descuido, en un rapto inopinado que le colma su veloz corazón alivian mi espíritu como la brisa de un mar embravecido. Sus suaves, pequeños pies, hunden los míos en la tierra, atraviesan como raíces la dura piedra.

¿Por donde empezar? Supongo que por el principio, de mi principio, aunque esto es siempre relativo. Se me ocurre una idea mejor. Aquí empiezan las revelaciones. Siempre te preguntaste quién era esa mujer, ese rostro recurrente de mis desnudos. A poco de mi arribo a París eso era casi mi obsesión, el desnudo femenino. Pero ya sabes, ya lo aprendiste, no se puede ser colombiano –costeño- en París y pretender pintar desnudos después de Darío Morales.  Eso hizo girar mi obra hacia otros aspectos que terminaron dándome un estilo y un reconocimiento particular. Esos cuerpos desnudos, sin embargo, seguían por allí, poblando mi estudio en progresiva expansión. Como secretos a la vista de quien se atrevía a entrar en él. Algunos se colaban en algunas muestras generales y algún crítico preguntaba, persuadido de la repetición obsesiva de ese rostro de mujer. Algo leíste de esas críticas y la mujer misteriosa, unos meses después del premio. No te atrevías a preguntarme, lo sé, como temiendo lo que yo pudiera contarte. De alguna forma quiero pensar que lo entendiste, por las primeras entrevistas que di o por los retazos de información que conocías de mí y empezaban a dar forma a un cuadro más general (y por cierto, espantoso). Entendiste mejor también, supuse yo, los motivos de mi habitual reserva y te abstuviste de hacerme hablar de ellos. Te mantuviste fielmente a mi lado, acompañándome en esa etapa novedosa y casi feliz de fotos y reportajes, apartada pudorosamente de la exposición.

Voy a contarte entonces quién es, qué hay detrás de esa obsesión.

Yo tenía doce años en Barranquilla, era un dibujante aficionado de historietas en cuadernos jeanbook en los ratos que le robaba a mis horas del Liceo y pretendía secretamente una carrera en artes. Mamá era un ama de casa cariñosa, añosa y melancólica. Me tuvo de grande, casi cinco años después de Álvaro. Los dos éramos el sol alrededor del cual giraba su universo. Papá, en cambio, era un hombre recio. De origen montuno, se había adaptado a la ciudad a los golpes y los últimos quince años lo definieron, después de una colección de oficios diversos, como comerciante. El clima en casa era siempre el de guerra inminente. Los dos parecían odiarse y tolerarse en nuestra presencia al solo efecto de mantener algún proyecto cruel del que nunca nos informaron. Él desaparecía días enteros en supuestos viajes de negocio. Dormían en habitaciones separadas y papá me contó bastante tiempo después que ella hacía ya mucho que le negaba las obligaciones conyugales desde la súbita aparición de algunos hijos naturales ya crecidos. El mismo día en que lo supe hice la triste conclusión que lo mío, mi concepción, había sido apenas un desliz en la batalla. Una casualty of war. Me recluía en mis fantasías y en mis dibujos. Copiaba los personajes de la Editorial Cinco, todos superhéroes creados en Méjico y los dotaba de una personalidad distinta, más acorde a mis propios terrores. Mamá y Álvaro eran el público privilegiado de mis obras. Admirada de la notable habilidad de su hijo, mamá decidió permitirme perfeccionar mi arte llevándome al taller de Marcel Lombana, un notable pintor y escultor cartagenero, alumno de Daguet e integrante del Grupo de Los Quince. Allí pulí mi trazo y mis dibujos se hicieron cada vez más realistas, destacándome en la representación del cuerpo humano. En poco tiempo estuve a la par de artistas adultos y uno podía encontrarme los sábados por la mañana, en el fondo del pequeño taller del Maestro tirando carbonilla sobre el lienzo, rodeado de señores y señoras cuya mayor pretensión era hacer lindos cuadros. Yo, en cambio estaba decidido a ser un grande, un Grau, un Obregón, o mucho mejor, un Darío Morales. Sus desnudos maravillosos fueron mi primera experiencia con el cuerpo femenino despojado de todo pudor. Llegaron juntos con los primeros calores de mi pubertad y se impactaron en mi cabeza y en mis dedos de principiante como un objetivo impostergable.

Mamá me apoyaba en mis progresos pero papá miraba mis pinturas con desconfianza. Yo, un púber solitario que todavía me sonrojaba con sus comentarios desparpajados sobre las modelos de la televisión (aún en presencia de mamá) y empezaba a escandalizarme con los comentarios que empezaba a recibir respecto a su desenfrenada sexualidad fuera del ámbito de nuestra casa, sentía que veía todo lo mío como actividades de marica. Íntimamente, sufría cuando mamá decidía mostrarle algunos de mis carboncillos.

Afortunadamente para mí mis padres terminaron separándose a principios de los 80. Para Álvaro en cambio significó un violento desajuste vital. Mi hermano mayor había sido siempre mi contrapunto. Deportista, simpático y afortunado con las chicas. Desde que papá abandonó la casa y luego expuso sin vergüenza a la familia paralela (otra mujer y una hija, Claudia) que había tenido todos esos años y que ahora lo recibía como en una posta demencial, Álvaro empezó a comportarse erráticamente. Los dos últimos años de Liceo se incluyó en el grupo de los chicos malos, se hizo afecto al trago y al vicio de la marihuana. Mamá ya de por sí devastada por la repentina huida de su marido y la injuria social, veía perder al hijo mayor que más esperanzas podía traerle. Así lo sentí yo también. Había cumplido mis catorce, sólo iba al colegio y volvía a pintar y perderme en un mundo privado, lejos de mi horrenda familia.

En eso estaba el sábado en que apareció esta muchacha por el taller. Se trataba de una sesión para retrato de modelo vivo, algo que a mi maestro le interesaba enseñarnos. La niña era estudiante de la Universidad  Metropolitana y se ayudaba los estudios con su trabajo como modelo. Ciertamente su cuerpo podía ayudarle bastante. Llegó  por  primera vez al taller con un jean apretado, una camiseta con estampado y su morral con libros, como que recién salía de clases. Tenía el cabello castaño inflado en hebras onduladas que caían como matas de sábila y el rostro fresco, de pelá resuelta. El Maestro la presentó a todos y le pidió que pasara al baño para mudarse de ropa. El pudor costeño les permitía a los modelos permanecer en traje de baño durante la sesión, lo que por otra parte nos impedía a los artistas el dominio de las zonas donde la anatomía se vuelve realmente inspirada. Entonces Lombana le había pedido esto y la muchacha lo miró sorprendida.

—Ah, cómo así. ¿Quiere que empiece hoy mismo?

—Claro, niña —le contestó con la dulzura de su acento champeta refinado.

—Bueno, ningún problema, pero pasa que no he venido preparada con el traje.

El Maestro se rascó su cabeza despoblada.

—¿Tienes problema con hacerlo en ropa interior?

Tardó en contestar.

—Es que no llevo corpiño. Pero puedo hacerlo así, sin ningún problema.

Todos respiraron aliviados. Sólo yo empecé a respirar agitado. Nadie pareció entender que allí había un pelaíto en pubertad y cuando la muchacha salió del baño con una tanga diminuta y los senos al aire, tuve que bajar la mirada ante la revelación. Pero cuando pude mirar el cuerpo de la mujer no paré de dibujar, absorbiéndolo todo, plasmando con furia lo que conocía por primera vez y terminé antes que el resto, con un resultado tan sorprendente que los demás se acercaron a felicitarme, incluyendo a la modelo, que bajó de la pequeña tarima para mirar la obra cubriéndose el pecho con una toalla, lo que terminó por perturbarme.

Volví a casa entre conmocionado y feliz, luego de mi primera experiencia con una mujer desnuda de verdad. No le conté a nadie y oculté mis bocetos. No podía esperar hasta la próxima sesión y el sábado siguiente, la cuestión de la ropa de la modelo ya había sido superada por el grupo. Carla, que así se llamaba la muchacha, ya no se preocupaba en cubrirse el torso y solo usaba la parte inferior de la bikini. Todo era tan natural y relajado que perdí el temor inicial de demostrar mi turbación. Me esmeré en hacerlo cada vez mejor, postergando con displicencia la contemplación morbosa de aquel cuerpo a mi disposición. Sin saberlo, Élodie, me fui enamorando del cuerpo de esa chica. Quiero decir que toda ella me gustaba, –me resultaba atractiva su resuelta sencillez, su rostro joven, su sonrisa fácil– pero, como explicarlo, me enamoré primero de esa anatomía desnuda como si se tratara de una ofrenda inmerecida en mi vida triste.

Con el paso de los sábados y las sesiones durante dos meses, Carla empezó a hablarme. Se acercaba ya vestida al final de la clase, miraba distraídamente todas las obras en progreso pero terminaba deteniéndose siempre en la mía. Empezó a llamarme por mi nombre, a felicitarme con ojos asombrados y a despedirse también de mí con un beso en la mejilla. En casa, en el intervalo eterno entre clase y clase, yo repasaba mis dibujos y estudiaba mentalmente la piel y los huesos de Carla. Nunca más pude tener tanta habilidad para repetir de memoria los trazos de un desnudo. La violenta curvatura de sus clavículas salientes, su cuello delgadísimo, la sutil protuberancia de sus senos pequeños, la ondulación progresiva de sus costillas que terminaban en un abdomen firme, ligeramente abultado a poco de su sexo cubierto. Conocía ese cuerpo más que el mío propio, que se transformaba torpemente día a día. Creé de a poco un altar en mi corazón adolescente. Con su imagen no lograba masturbarme. La había sublimado.

En casa, el súbito estrangulamiento económico luego del abandono de mi padre obligó a mamá a iniciar una tardía labor de corredora inmobiliaria aprovechando el repentino florecimiento de la actividad con la bonanza de la cocaína y la rápida demanda de los narcos enriquecidos. Desde entonces lo único que mamá exigió a mi padre fue el giro mensual de la cuota del taller del maestro Lombana, que ya era más que un lujo en nuestra vida familiar. Yo también aproveché esa inesperada libertad por la ausencia de mamá y el progresivo despegue de Álvaro de nuestra vida para enclaustrarme en mi casa solitaria, en mi cabeza y en mi arte. Progresé como un salvaje en varias técnicas pictóricas pero especialmente en la técnica del desnudo, ayudado por la urgencia vital de retener el cuerpo de Carla junto a mí. Mi obsesión empezó a necesitar verla fuera del corto tiempo y el escaso ámbito del taller. Secretamente comencé a seguirla a distancia luego de la sesión de los sábados. Me enteré así que vivía a unas veinte cuadras, recorrido que a veces cumplía a pie y otras en bus. En clase, a una de la señoras alumnas le había contado que los lunes, los miércoles y algún otro día más iba a la universidad. Estudiaba administración de empresas. Como los lunes cumplía con mis prácticas de atletismo, me reservé los miércoles para seguirla a la universidad. A veces la esperaba allí, más temprano, semioculto entre los almendros del parque de entrada. La veía pasar en su cuerpo vestido con ropas informales, con la cara lavada y el cabello recogido. Se reunía con su grupo pequeño y entraban rápido a clases. El sábado volvía a verla desnuda parcialmente, aguijoneada por el sueño y el aburrimiento. Imaginaba si estaba triste o alegre. Si había fallado en algún examen o había discutido con su novio. A veces ella sólo se iba, callada, con un saludo general y yo perdía el contacto cercano de sus labios y su perfume.

En ese agosto del 87, dos tragedias me golpearon sin compasión. En una de sus habituales borracheras, mi hermano Álvaro quiso conducir el auto de uno de sus compadres, aún en peor estado que él. Terminaron reventados contra un poste de la 84 y los dos murieron al instante. El suceso cubrió mi horizonte de una nube negra, Élodie, que todavía cada tanto llega hasta París con el aroma de los alisios del caribe colombiano. No habíamos terminado de llorarlo que recibí la noticia en el taller de mi maestro que Carla dejaba de venir. Otra niña, enorme y entrada en carnes como para un estudio de Boticelli, empezaba a reemplazarla. Lo soporté con dolor durante dos sábados. Al tercero renuncié. No volví al taller sin darle ninguna explicación a Lombana. Cobarde, le rogué a mamá que lo pusiera al tanto de mi decisión con cualquier excusa.

La casona quedó grande para los dos. Pronto mamá comenzó a enfermar y su manera de ser cambió. Apenas hablábamos, ella recluida en su cuarto fumando toneladas de cigarrillos, escuchando tangos y yo preso del desamparo y la confusión. Podía volver a cualquier hora que ella no lo notaba. En cambio yo comenzaba a odiar su indiferencia y me retorcía con una extraña indignación cuando la escuchaba toser por horas enteras. ¿Por qué se hacía tanto daño? ¿Por qué se había olvidado de mí?

Una tarde de sereno triste, dos meses después de la muerte de Álvaro, esperé a Carla en la universidad. La abordé resuelto antes de que entrara al edificio. Llevaba mi carpeta con muchos dibujos de ella y los abrí ante sus ojos azorados de verme por allí. Los revisó mientras las gotas de lluvia mojaban el papel descorriendo el carbón y el pastel y las lágrimas corrían por mis mejillas.

–Te amo– le solté fuera de mí, a escasos segundos de la muerte.

Me llevó aparte, como una madre o una hermana mayor hasta el café de la universidad. Me dejó desahogarme, decirle todo lo que había sido de mí ese tiempo que no volví a verla. Me informó que sí, que tenía novio y después me pidió que le regalara algunos dibujos.

–¿Tienes más?

Me dio una dirección y me pidió que fuera si podía al día siguiente, después de las seis. Con más pinturas suyas. Esa noche dormí con una ansiedad doliente, felicitado por mi desconocida bravura. Por primera vez en semanas no soñé con Álvaro.

Me presenté puntual en el recién estrenado edificio del country y toqué el timbre del séptimo. La voz de Carla salió del comunicador y la puerta se abrió automáticamente. Ella misma me recibió en la puerta del apartamento con un abrazo cariñoso. No estaba sola. Me presentó a un paisa mucho mayor, de treinta y tantos o cuarenta años, de panza prominente y rostro limpio cruzado por unos bigotes pequeños. El tipo desatendió el partido de fútbol en un televisor de pantalla gigante del living. Venía trayendo un vaso de whisky.

–Mucho gusto, hombre –me saludó.

Me apretó fuerte la mano y supe de inmediato que no quería confiar en él. Me ofreció un trago y me encontré aceptando aunque odio el trago. Carla se preocupó por las pinturas que conservaba en una gran carpeta bajo el sobaco. Mientras elegía algunas yo repasé el apartamento. Estaba a nuevo, recientemente poblado y olía aún a desinfectante. Podía jurar que sobre el sillón del living que daba al balcón había un Botero original.

Me tomé el whisky  de a sorbitos eternos, absorbiendo de mis labios más que tragando, mientras ellos admiraban el propio cuerpo desnudo de Carla que yo había dibujado. Al paisa no me atrevía ni a mirarlo.

–Oiga pues que usté es un berraco, vea.

El tipo había extendido un lienzo cortado, un óleo que me había afanado un par de semanas y lo apoyaba sobre la pared opuesta al Botero.

–Aquí se ve bacano, amorcito.

Carla me sonrió pícaramente y yo no podía estar más enamorado.

–Se lo compro pues ––me dijo el paisa.

Ésa fue mi primera venta, Élodie. Así de inesperada. Para que no digan que el narcotráfico no apoyó el arte en este país. Al día siguiente cerca de las siete, un chofer se presentó en casa y preguntó por mí. Mi madre fue a llamarme a la habitación y espió desconfiada de la visita que me esperaba en la puerta. Recibí un sobre y después que el mensajero se fue, corrimos con mamá a abrirlo en el living. Era el sueldo de medio año de mamá, Élodie. A mi me temblaban las manos y mamá se tapaba la boca con una expresión de sorpresa que volvía a borrarle el rictus de tristeza permanente de la cara.

El miércoles la esperé en la universidad para agradecerle. Antes que alegrarse, el rostro de Carla se transformó. Noté que a unos metros la acompañaba el muchacho del sobre, el chofer del Mazda de donde ella se había bajado. Comprendí de inmediato que Carla ya pertenecía a alguien más, alguien infinitamente más poderoso y adecuado para sus pretensiones. Yo era un niño triste y pobre, con un futuro incierto. Sus palabras me lo dejaron bien claro.

–Tienes que dejar de aparecerte por acá.

Así lo hice. Esperé sin esperanza, concentrándome con dificultad en el desafío del último año del liceo. Postergué mi arte. No volví a dibujar a Carla en mi mente ni sobre un papel. Los pinceles se arrumbaron secos junto con el caballete que me había regalado un día la nueva mujer de mi padre y que mamá creía que había comprado con la venta de otro de mis dibujos.

A principios de febrero me enteré por el Heraldo que Carla era la próxima reina del carnaval de Barranquilla. Su sonrisa iluminaba desde las páginas centrales de la revista Miércoles. El artículo mencionaba que aún estudiaba administración de empresas.

Nunca pude verla reina en sus miriñaques dorados, en la lectura del bando o presidiendo la guacherna. Entonces estaba enterrando a mamá, víctima en tiempo récord de un cáncer de garganta. Vista a la  distancia, su muerte resultó casi un alivio porque ella ya hacía mucho tiempo que se había ido. Me fui a vivir con mi padre y su segunda familia. La conocí a Claudia, apenas unos años menor e hicimos buenas migas.

Fue un año anestesiado, de emociones suspendidas ante el riesgo de un colapso insuperable. Cerca de mi graduación, ebrio de terror ante el futuro que no terminaba de desplegarse claro frente a mis ojos, me animé a ir al apartamento del country con una tarjeta de invitación a la fiesta del Liceo. Alguien me informó que Carla ya casi no vivía ahí. Pasaba casi todo el año en Medellín y había dejado la carrera.

Llegaron los 90 y me anoté en la facultad de Bellas Artes de la universidad del Atlántico. Allí empecé a sentirme por primera vez parte de un grupo afín. Me hice de amigos y conocí a mi primera novia, una ñera delgadita y dulce que cuidaba de mi alma torturada. Sintomático de algo, aún no había debutado sexualmente y el esperado paso no lograba concretarse por el estancamiento pernicioso que en algún punto de mi pasado reciente se había detenido mi líbido.

Un día de diciembre, la voz de Carla apareció imprevistamente del otro lado del teléfono de mi nueva casa. Con un tono extraño solicitaba mi presencia en el edificio del Country.

–Trae el caballete y tus pinceles –pidió.

Esa misma tarde me recibió sola en su departamento. Usaba una camiseta grande del Dadeland de Miami que le llegaba a mitad de los muslos descubiertos y estaba descalza. Estaba borracha también. Volvió a ofrecerme ron como única opción. Sentados juntos en la sala, le conté de mis tragedias en el tiempo que nos había separado.

–Pobrecito ­–balbuceó tocándome la mejilla–. Tan niño y tanto dolor.

Era el trago o algo en sus ojos había cambiado. La luz naranja del fin de la tarde encendía su perfil y yo miraba las piernas que escapaban de la  camiseta pensando si había algo debajo. Le pregunté por su novio en Medellín.

–Qué va, ustedes los hombres son unos marranos. Nunca te metas en una relación de tres. O de cuatro. O de seis –dijo riéndose vulgarmente, equívocamente enigmática.

»Tú eres distinto, tú debes saber tratar bien a una mujer.

»Esos dibujos tuyos, ¿ah?, siempre los recuerdo. Desde que te conocí en aquel taller. Eras algo especial.

»Por eso te llamé, mira. Quiero que me pintes.

Se levantó del sillón tomándome de la mano y apoyándose en mi costado llegamos hasta la sala contigua. Se separó e inició un giro o un baile torpe que casi la lleva al suelo. Se despojó de una vez la camiseta por encima de la cabeza. En lugar de los senos frugales que aprisionaba mi memoria, dos tetas enormes y simétricas apuntaban hacia el cielo. No llevaba la parte inferior de la bikini. Una espesa mata de vello cubría la entrepierna.

–Píntame –dijo.

Me dio la espalda y dos nalgas firmes y carnosas. Corrió el florero de la mesa y lo depositó en el piso. Dispuso a lo largo el mantel fino que la cruzaba y se recostó de espaldas, arqueando notablemente la espina. Flexionó la rodilla derecha y extendió la pierna izquierda para exponer de frente, en toda su posibilidad, el matorral de su sexo. Los labios se despegaron espontáneamente abriéndose como una flor  y revelaron el introito rosado, húmedo de calor.

Desplegué el caballete y colgué el bastidor con apremio. Agarré cualquier cosa, un pastel o un carbón, e intenté unos primeros trazos inexactos. No me salía nada, aquel espejismo murmurante de ebriedad se desdibujaba ante mis ojos nublados. Desechaba un pliego tras otro, incapaz por primera vez de plasmar con eficiencia aquel cuerpo que conocía de memoria. Terminé tirándolo todo al piso, los pinceles y las hojas. Atiné a acercarme a las dos piernas que se ofrecían hacia mí aguijoneado por un deseo perverso y las separé un poco más. Inesperadamente descubrí la sonrisa maligna que le cruzaba la jeta. El quejido muriente era un llanto de lágrimas y se transformó enseguida en una risa sardónica, incontenible.

–Pobrecito…tanto dolor…

Di un salto hacia atrás, avergonzado, entendiendo que había dado un paso definitivo. En ese momento y a partir de entonces, supe que todo había cambiado entre esa muchacha y yo; ese cuerpo ofrecido que no se rendía más al arte de mis manos pertenecía a alguien más, ni siquiera a ella misma; alguien de infinito poder y antojo y así sería por siempre. Sentí que debía alejarme, imperiosamente. Escapé de allí, muy triste y no volví a buscarla.

Necesité ver ese mismo día a mi chica de entonces y torearla en un motel de las afueras. En una de sus habitaciones me observó desnuda, no del todo convencida. Me desabroché el cinturón, liberando una erección contundente y me acerqué sin piedad. La monté de un salto y experimenté el abrazo cálido de su sexo sobre mi miembro. Empujé con una novedosa facilidad, entendiendo por fin la mecánica simple del acto. Los terrores quedaron atrás y hundí las narices en su ombligo, aferrándome a sus dos montañitas naturales. Acabé demasiado rápido, exultante, dolorido y feliz. Salí despacio, con la piedad culposa del después.

Mi vida adulta se inició aquella noche y se proyectó plena todo el año siguiente. Todavía vivía con mi padre, con su mujer y con Claudia. Alquilamos la vieja casa. Exponía con frecuencia en galería pequeñas de la ciudad, haciéndome de a poco un nombre reconocible. Mi relación con aquella compañera continuó y disfrutamos por fin de una sexualidad gustosa sin atascos. Me alejé física y mentalmente de mi primera obsesión. Su presencia real, sin embargo, no dejó de acompañar el desarrollo de mi vida. Carla se convirtió de un día para otro, por esas voluntades de los poderosos de mi país, en presentadora del telenoticiero nocturno de un canal líder.

Yo ya había promediado mis estudios, había superado dos relaciones amorosas inofensivas y merecido el premio nacional de pintura (con escasos veintiún años) cuando recibí el impacto de la noticia. Fue el hecho policial que conmocionó por una semana la crónica roja de todos los medios. La conocida conductora de televisión, Carla Cepeda y un hombre tan joven como ella que la acompañaba, fueron acribillados a tiros en plena tarde en una pizzería de Medellín. Se habló de todo, de crimen pasional, de su pasado de reina y periodista automática, de su presunta relación con alguien muy influyente. Sus fotos felices se alternaban en cada noticiero con las imágenes a distancia de su cuerpo revolcado sobre un charco de sangre. Después, como todo, se olvidaron y otra muchacha ocupó su lugar en el noticiero.

Mi barco ya andaba bastante firme por esta vida para sentir demasiado el remezón de esa ola fuerte que llegaba del pasado. Rescaté del olvido los mil desnudos de Carla y me ocupé en conservarlos en carpetas nuevas, como un modo de preservar algo hermoso de toda aquella mierda.

Papá seguía en picada. Ahora que se debía del todo a su segunda familia, la situación volvió a quedarle grande. Sólo que estaba más viejo y se había subido a destiempo a una carrera etílica contrarreloj. Su segunda oportunidad entonces fracasó y regresamos los dos solos a la vieja casa de mi infancia. Yo apenas podía soportar su debacle y sus borracheras tristes. Empecé a buscar en mi interior la salida y la providencia de mis avances en el medio local de la pintura me valieron una beca de un año en Francia.

Le prometí volver pero creo que algo de fuga sin retorno encontró en mis ojos porque, como nunca, se despidió en el aeropuerto con un abrazo fuerte y un descuido de lágrimas.

Nunca regresé.

Hasta hoy.

 

 

Después de quince años de silencio, el fantasma de papá (ahora sí, descorporizado del todo de nuestro mundo sensible) golpeaba a mi puerta y nos despertaba, a ti Élodie y a mi mismo, de un sueño muy corto donde creímos que nuestro matrimonio podía esconder cosas tan pesadas. Hoy te preguntarás supongo con quién has vivido todo este tiempo. Con quién has tenido una hija. Yo no podía decirte, estaba en mi segunda o tercera resurrección y difícilmente podía descubrirme en el espejo.

Dentro de ese avión que me sacaba de Colombia a principios de los noventa, universalmente solo, yo no entendía todavía muchas de estas cosas que te he contado, Élodie. No había tenido tiempo de pensar en ellas; estaba cansado y asustado, todavía no cumplía los veintidós. Dentro del avión, estaba junto a la ventanilla mirando al exterior. Era de noche así que no veía más que las luces distantes del  puente aéreo y las lucecitas de los carros que se alejaban del aparato sobre un telón negro absoluto. Suponía que las personas que habían venido a despedirme, mi padre y Claudia, seguían allí en algún lugar pero el hecho de que ya no podía verlas me llenaba de una tristeza dolorosa. De pronto sentía que todo mi pasado: mi infancia, las lluvias de agosto, las brisas de diciembre, el mar, el Liceo, mis amigos, un azulejo sobre una piedra, un mango podrido al sol, el pregón solitario de una palenquera a media tarde, el cuerpo desnudo de Carla, todo, se iba con el día y ya daba lo mismo si ocurrió ayer o hace mil años. No iba a volver. Como si todo me hubiera sido prestado sólo por un tiempo y ésa fuera la clave del juego. Entonces creía que podía despegarme de cualquier cosa. Olvidarme de mi pasado entero y eso incluía a mi padre, especialmente a mi padre. Quise convencerme para aliviar el remordimiento que hacía ya mucho que lo había perdido y ese hombre envejecido prematuramente, desvariado, que quedaba allí en Barranquilla, era otro. Yo había nacido entonces sin padre, ni madre ni patria. Adelante me esperaba un nuevo nacer, una vida inesperada en la tierra prometida de los artistas exiliados de los sesenta y alguien como tú me esperaba en alguna esquina de París.

Una sensación extraña me sacude hoy Élodie, quince años después de aquel salto al vacío, en el asiento de este avión que se prepara a aterrizar: la idea absurda de un limbo presurizado del que no voy a poder escapar. ¿Y si lo intento? Miro a mi alrededor y la gente parece tranquila, segura de querer ir a donde va. Eso logra calmarme y trato de entretenerme con los rostros hasta que el silencio de las turbinas me recuerda que es demasiado tarde para todo. Cuando el avión toca la pista, respiro profundo y no me muevo hasta que se detiene. Afuera es un día bonito, con ese cielo claro y azul que todavía puede verse aquí en el Caribe. Y pasa que no pienso ya en nada en particular. Y porque soy perfectamente conciente de que en este limbo de mi vida ninguna puerta se ha cerrado por completo y también de que ninguna otra se ha abierto del todo aún, tengo la cruel certeza de que sigo en el juego.

Segundo cuento nuevo

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Éste es el segundo cuento nuevo de mi libro. El título está aún por determinar. Contiene desde el inicio una descripción del tema que, como ya mencioné, me interesa contar: la juventud de los 80 en un lugar determinado del Caribe. Pinta las costumbres de ciertos jóvenes costeños y en particular la de un muchacho que se niega a madurar bajo el ala sobreprotectora de su madre y la figura agobiante de su padre ausente. Acelera un poco la velocidad de la narración con respecto al primer cuento.El título provisorio es “Al Pande”. 

Al Pande 

Con afecto

 Nos dorábamos al sol de un caribe profundo y pretendíamos ser felices sin esfuerzo. Éramos jóvenes sueltos, despojados todos de algún porcentaje de calor paternal y desahuciados a la vera del camino de una sociedad urbana que marchaba ciega, mórbidamente apacible, a su destrucción. Nos miraban crecer torpes, buscando la salida en cuartos oscuros.

Cartagena explotaba los fines de semana. Los viernes después del Liceo me ponía mis gafas negras, cogía mi bicicleta y no levantaba los tenis de los pedales hasta que el océano, picadito, hermoso, aparecía en el horizonte. Entraba al hervidero de la ciudad y el reloj de la Torre aún no daba las once y media frente a la actividad de los lancheros del muelle. Esquivaba los turistas embolatados con los mapas de las callecitas de la Ciudad Vieja y a los negros del comercio. Bordeaba las murallas y estacionaba frente al colegio de las monjas. Esperaba media hora fumándome un cigarrillo. Cuando sonaba la campana, el portón del colegio comenzaba a vomitar cientos de chicas. Primero niñas y luego más grandes, todas con sus uniformes. Yo desde ahí miraba y pensaba lo lindas que son las mujeres. No había nada que me gustara más en la vida. No hay nada más, creo. Tardaba un rato intentando descubrir a mi chica en medio de tanta gente. Por fin la veía caminar junto a sus compañeras, muerta de la risa y hablando como a los gritos. Casi la podía escuchar desde allí. Alzaba tanto la voz sin darse cuenta que siempre había que hacerle notar que estaba armando bulla. Pero me hacía gracia verla así, de lejos, cuando no estaba conmigo porque parecía una niña. Se reía a carcajadas con esa boca enorme que Dios le dio y sus ojos negros pequeñitos desaparecían. No dejaba de retorcerse y gesticular cuando quería contarte algo. En cambio cuando salía conmigo parecía más grande. Era incluso más seria. Igual cuando se ocupaba de las cosas de la casa. Eso me encanta de las mujeres. Cómo a  veces se portan como niñas y enseguida pueden ser mujeres adultas. Cuando me veía apoyado en el muro, empezaba a correr dando saltitos. Casi se olvidaba de las niñas que venían con ella y llegaba hacia mí con los brazos abiertos; yo levantaba su cuerpo huesudo con la misma facilidad con que hubiera levantado un costal de plumas. La tenía así unos segundos, con la impresión de que si apretaba un poco más le quebraría todos los huesos. Nos dábamos un beso lento y sonoro en la boca.

En el apartamento de Marbella mamá estaba en la cocina, el equipo de música pioneer de la sala a todo volumen, haciendo escándalo con canciones de Julio Iglesias y Miguel Bosé. Era tan joven todavía, muy flaquita y usaba toda esa ropa como jeans y camisetas. Yo vi cómo la piropeaban por la calle. Almorzábamos una fuente enorme de arroz con chipi-chipi y carne con cebolla. Luego mamá ponía un mango dulce junto a mi plato.

—Aquí tienes tu manguito.

Cuando terminábamos daban una telenovela mejicana y ninguna de ellas volvía a hablarme durante una hora. Por la tarde íbamos con Katia en busca de los amigos. Recorríamos la avenida de la playa, el club de pesca y terminábamos encontrándolos en el Hotel Caribe. Cruzábamos el hall colonial, luego el zoológico y llegábamos a la piscina. Ahí estaban todos: Joaquín, Fer, Fabio y sus novias, tomando trago en las reposeras. También solía estar Piraña, el guardaespaldas del Joaco, un negro gigante que metía miedo.  Me recibían a los gritos:

—¡Pande!

—No joda, e´ man olió el ron dedde la casa y se vino. ¡Qué hijueputa!

Pasábamos el resto de la tarde mojándonos y secándonos al sol, ahogándonos en alcohol. Cuando la noche empezaba a caer, alguien traía la  noticia:

—Hay una fiesta en casa de Perico.

Salíamos en sus motos Suzuki y dábamos la vuelta a la Bahía para recoger a alguien más en Castillo Grande. Piraña nos seguía atrás en otra moto, la brisa y la arena de la playa hiriéndonos el rostro. Volvíamos al Centro y cruzamos las murallas a la velocidad que veníamos, escandalizando los cocheros de la plaza. Nos perdíamos en  la oscuridad romántica de los callejones centenarios, pasábamos frente a la iglesia de Santo Toribio y doblábamos en una calle a medialuz, con balcones antiguos y una hilera de carros importados. Enfrentábamos un caserón común, con su portón monumental de madera y aldaba con forma de cabeza de león. Un muchacho vestido enteramente de blanco nos abría y pasábamos a un salón de mármoles donde bailaban parejas de pelaos en el fragor de la música tecno. Yo miraba mis zapatos deslizarse sobre el suelo de vidrio que cubría el agua de la piscina y reflejaba los destellos de las luces de colores que colgaban de los vigones de madera arriba en el techo. Mis compadres iban adelante, saludando a sus amigos y el disc-jockey pegaba uno tras otro los éxitos de los Pet Shop Boys. Horas después ahuyentábamos la resaca en un puesto de Bocagrande, comiendo perros calientes y hamburguesas junto a la playa oscura. Reconocíamos a los turistas cachacos y los emputábamos mamándoles gallo a ellos y a sus novias y concluíamos la noche con una sesión de puño y patá. Después de molerlos a coñazos, escapábamos a toda velocidad y yo escuchaba a lo lejos el guapirreo de mis amigos en sus motos y el ruido de los carburadores, sobre el rumor tranquilo del mar.

Pasaron diez o quince años de aquellos días. El sol de la bahía todavía entra por la ventana de mi cuarto. Aitana ya se ha ido, dejándome su perfume entre las sábanas revueltas. Ha huido temprano. Empieza a entender que ha perdido la gracia de mamá. Yo, que lo he notado mucho antes, no quiero entenderlo. Así es mamá. Así ha sido con todas las anteriores. Esta vez, con Aitana, parecía haber tirado la toalla. La escuché decir: “Es una buena muchacha”.  Yo estaba en mi cuarto y ella hablaba con Nancy, la vecina que aprovecha la puerta siempre abierta de nuestro departamento. Nancy es apenas más joven que mamá y llega siempre con sus shorts de jeans cortados, cargando bolsas de la Olímpica y olor a marihuana. “Una buena muchacha”, dijo. Uno o dos meses después mamá celebra cada aparición de mi última novia en nuestro edificio con un  resoplido y un silencio reprobante. He dicho, no quiero entenderlo pero algo empieza a sonarme en la cabeza. No termino de creer que sea amor de madre eso que crece como una pared de ladrillos cada día entre mis relaciones y mamá. La vida transcurre y las cosas que no encuentran su lugar, su equilibrio en reposo, tienden a ponerse feas. En ese punto estoy con la señora Banegas.

Hoy ha tardado en venir a despertarme para el desayuno. Hizo ruido desde temprano, con los huevos y con la aspiradora. Tampoco es que espere cruzarse con Aitana porque siempre está alerta para salir cuando ella se va. Cogió el teléfono antes del segundo timbrazo y habló poco, secretamente. No era de mi trabajo porque me habría llamado a los gritos. Cualquier cosa que haya sido la hizo detener su actividad doméstica frenética y la casa se llenó de un silencio inesperado.

El sol brilla con todo ahí afuera, calentando mi cama y necesito todo mi esfuerzo para saltar fuera de ella. No encuentro mi pantalón de la noche pasada (¿habrá entrado antes mamá a retirarlo?), me calzo las gafas y salgo en mis interiores. Mamá parece esperarme en la sala, apretando la escoba.

“Llamó tu papá” dijo y tres segundos después:

–Murió Carlitos.

Un puñetazo del Happy Lora me hubiera despejado menos de mi resaca.

–¿Cómo…cuándo?

–Hoy por la madrugada. Ayer se descompuso a la noche. Su enfermedad.

No puedo decir otra cosa:

–Mi pantalón… ¿tengo la Cristian Dior planchada?

––¿Qué vas a hacer?

–Mi pantalón, ¿dónde está?

–Ahí, te lo colgué en la silla.

–No sé, voy a ver…

Desde entonces mamá estuvo atenta a cada movimiento mío. Me escuchó bañarme un rato largo y observó de reojo la rapidez con que, a diferencia de siempre, me vestí y me perfumé en mi cuarto. No quise desayunar sus salchichas con perico.

–¿Si llaman del trabajo?

–Que yo llamo.

En planta baja el portero me mira inconmovible pelear con mi scooter para encenderlo. Se ríe mientras hace que sigue leyendo El Universal.

–Tu tranqui, Marquitos –le gruño–. No camelles tanto, no joda.

 

La Avenida al mar está todavía despejada. Los albatros planean hambrientos sobre el agua. El Kiko, un negro calidá que vende sillas en la playa hace su recorrido habitual atrapando turistas. Me ve y agita su brazo libre.

–¡Pande!

Pego un giro brusco y acerco la moto a la arena. El Kiko llega y hacemos un llave.

–Qué más mi hermano.

–Todo bien, Pande, todo bien. Pero a ti te veo, miraaa…

–Ayer fui con la mona a la Escollera.

–Mira que por ahí está Laurita. Sola.

Cabeceo en todas direcciones.

–¿Dónde?

–Pasando el puesto, detrás del man del raspao.

Bajo, me saco los zapatos, me arremango mi pantalón blanco pinzado y empiezo a empujar la moto dentro de la playa.

–Pero afina el ojo pendejo que al ratico cae el legal.

La encuentro tirada boca arriba en la arena, sobre su toallón preferido. Me paro junto a  ella de manera de hacer sombra sobre su cara. Aunque lleva gafas de sol, nota mi presencia, girando un poco la cabeza. Pero no dice nada y vuelve a encarar el sol. Me arrodillo y empiezo a acariciarle el brazo salpicado de arena.

—¿Estás enojada?

—Qué va, niño —cuando me dice niño está emputá.

—¡Pande!

Giro el rostro tapándome del sol y respondo al vendedor de mango viche que me saluda. Al rato cae el Kiko.

—Hola Laura.

—Hola Kiko.

—Unas sillita´ ya les traigo.

—No, está bien… —se apura ella.

—Tráeme una a mí, man.

La playa recién empieza a llenarse. Cerca nuestro hay una carpa con una familia. El padre está tomando un cóctel de frutas y la madre le sostiene a un niño un raspao de limón. Hay otro más grande construyendo algo en la arena con un baldecito y una pala. Kiko vuelve enseguida y clava las patas de la reposera en la arena. Luego se queda esperando. Saco mi billetera y le doy dos billetes estrujados y resecos. Él los toma con desconfianza.

—Qué. Lo´ metitte en el lavarropas. No tienes…

—Erda, o los coges o te llevas la silla, gran marica.

—Está bien, está bien, tú tranqui —dice y se va levantando arena.

Me tiro enseguida en la reposera. Me cuelgo las gafas de la camisa y me aíslo de todo a mi alrededor. La cabeza me da vueltas nomás me quedo quieto. Sin abrir los ojos percibo que Laura se levanta y se aleja en dirección al mar. Permanezco un rato largo con los ojos cerrados.

–¡Pande!

Reconozco la voz del man que vende aviones de icopor. Levanto el brazo y saludo sin salir de mi posición ni levantar los párpados.

Este es mi lugar. Aquí todos me conocen. Me dicen Pande por mi cabello, mis cortísimos rulos claros de pelo crespo. Pande, como el pan de sal. Creo que tengo muchos amigos de verdad y algunos enemigos también, pero las cosas nunca han pasado a mayores. He nacido y crecido por estas playas, con esta gente. Nunca me fui. Tampoco es igual que antes. La mayoría de esos amigos que hoy más temprano recordaba se han ido. Se han ido a la universidad, a la Capital o afuera. Otros pocos han vuelto para hacer negocios. Fer administra varios hoteles. Joaquín es el dueño de la distribuidora de cerveza para la que trabajo, llevando y trayendo pedidos a todos los bares y restaurantes de la ciudad. Mis amigos ricos, como dice Aitana. Tu gente play. No terminan de gustarle por algún motivo personal, algún prejuicio. Así son las cosas aquí. Importa quién eres, tu apellido y tu posición social. Y a los pobres, bueno, también nos importa la apariencia. Algunas camisas de marca y buenos zapatos, un buen perfume. Eso nos mantiene de alguna manera en el juego. No hace mucho llevé a Aitana al club de pesca donde Joaquín tiene el barco de su padre y navegamos con él y su grupo toda la tarde. Se mantuvo cortés pero callada, sin terminar de disfrutar el momento. Tener mucho dinero quizás implica para ella algún secreto de riesgo. Tener dinero en este país, eso lo creo yo, se está convirtiendo en un estigma.

Abro finalmente los ojos, me pongo las gafas y busco a Laura entre la gente que está en el agua. Hay pocas personas y todas chapotean cerca de la orilla. En la escollera hay bandera roja. Laura da saltitos contra las olas y la espuma salpica delante suyo. Parece querer ir más y más lejos hasta quedar sola lejos de la otra gente. Vuelvo a cerrar los ojos y por fin quedo dormido. Cuando despierto de golpe con la bocina de un vendedor de raspao (¡Pande!), no sé cuánto tiempo ha pasado ni qué hora del día es. Laura está junto a mí de pie, secándose con una toalla el pelo. Recién sale del mar porque tirita y la brisa le pone la piel de gallina. Cuando termina de pringarme con sus gotitas, se sienta en la reposera pero no se recuesta sino que se queda observando a la gente en la arena. La playa sigue llenándose y yo me detengo en su perfil, buscando su mirada.

—Cada vez más turistas —digo—. Pronto va a haber que dejar la casa.

Lo digo con tristeza más que con fastidio. Es esa época del año donde mamá puede arrancar unos pesos extra alquilando nuestro pequeño departamento a los extranjeros que ya no encuentran lugar en Bocagrande o El Laguito. Lo que implica que madre e hijo van a mudarse de los abuelos por un tiempo.

–Ay, salúdame a doña Miriam.

Trato de descubrir algo de ironía en sus palabras. No fue particularmente agradable la despedida lenta y fría que le dio la señora Banegas, persuadida por comentarios de vecinas de los saltos alegres sin red que pega el corazón de Laurita. Mis pensamientos derivan ahora necesariamente en mamá y en las cosas que tenemos que poner en claro. Casi de inmediato otro aluvión de ideas concurrentes, pertinentes a la noticia de hoy y a todo nuestro pasado, arremeten contra mi ánimo.

–Tengo que irme –digo.

Abandono las playas hirvientes de la clase trabajadora. El Kiko sigue ahí, pateando la arena y me ve de lejos, retomando la avenida. Levanta los dos brazos en expresión de júbilo y grita algo que no escucho pero puedo imaginar. Mi scooter le devuelve un bocinazo triste; tengo que arreglar eso también.

 

 

Una conjunción inusual de autos importados ocurre a dos cuadras a la redonda de la casona de Manga. Camino despacio mientras atravieso la reja abierta y observo los detalles del jardín y el empedrado lustroso, tan observador como suelo serlo en los momentos trascendentales. Toco a la puerta y me atiende rápido un hombre desconocido. Titubeo demasiado para explicarle quién soy hasta que distingo a mi padre cerca de la puerta; él también me ve y viene a recibirme. Me abraza cálidamente, muy fuerte como él puede hacerlo, algo que yo casi no recordaba. Me quedo paralizado en ese abrazo tardando en entender que está llorando sobre mí.

–Pablito…

–Oh, papi, lo siento.

–Sí, gracias por venir. Yo… no puedo conmigo.

Me pone un brazo sobre los hombros y pasamos entre la gente reunida en la sala. Todos nos miran y yo siento un torpe, repentino sentimiento de júbilo.

–¿Quieres algo? Quédate aquí ––tuerce el rumbo, desorientado––. Voy a decirle a Gladis que te traiga algo.

Quedo solo. De pronto, toda esa casa, todo ese mundo impenetrable que imaginé obsesivamente durante muchos años, queda a mi disposición. Miro las baldosas del suelo y el color de las paredes. Siguiendo a la cocina puedo ver el salón comedor y la luz potente que viene del patio a través de una enorme puerta corrediza de vidrio. El pasto corto y prolijo y la piscina de un azul intenso. Las hojas amarillas que alfombran el piso. Cada tanto cae una nueva, bailoteando alegremente con la brisa y se deposita delicadamente sobre el agua, originando una onda mínima y perezosa. La belleza del mundo, imperturbable e indolente, bosteza ahí afuera. Paso a otra sala, la más concurrida y mis zapatos se amortigüan en una alfombra gruesa. Hay una biblioteca que cubre dos paredes y una vitrina de licores. Un desnudo enorme de Darío Morales cuelga de la única pared libre, encima de un juego de pesados sillones de cuero negro. Casi nadie toma café sino whisky. Charlan sobriamente y fuman, alguno sonríe. Descubro a varios políticos locales, a la mayoría no los conozco. Casi todos se tratan de “doctor”.

–¿Quiere?

La muchacha me ofrece un pocillo de café y galletas. Desisto de la invitación y ella, que de pronto parece saber mucho de mí, dirige mi mirada fuera de la sala, hacia una escalera que conduce a la planta alta.

–¿Quiere subir?

En el segundo piso está la habitación de Carlos. Es un cuarto grande. Entro despacio por detrás de algunos pocos que se han reunido en el pasillo y espero a los que pasan, menean la cabeza y susurran consuelo. Después puedo acercarme más a la cama y casi solo, me detengo en el cuerpo inerte de Carlitos. Allí está, como dormida, una imagen fragmentada de mí mismo. En su propia habitación, entre algunos juguetes caros que han sobrevivido a su infancia y los caprichosos fetiches de su adolescencia brillante. Los trofeos de fútbol, los recuerdos de algún viaje a Europa y otro a estados Unidos, los posters de los grupos de rock que le gustaban: Van Halen, Def Leppard, Quiet Riot, Mötley Crue. Casi con sorpresa descubro que compartíamos gustos. Gustos y la misma nariz. Nunca me había resultado tan parecido a mí, era como verlo por primera vez. Ahora yo podía sostenerle la mirada, atravesar sus ojos sin que cayeran mis párpados y sí, era verlo por primera vez y última.

Debajo papá recibía a la gente y fingía fortaleza. Pienso que después de todo el chico había sido afortunado. Por esa habitación, por esa casa y esos viajes; y por los abrazos de mi padre.

Yo había tenido lo mío también. Mamá me crió sola durante treinta años con ferocidad de leona y si bien puede argumentarse que hubo más rigor que complacencias (en algo ayudó eso que llaman mi temperamento “indómito”), no me cabe duda que es amor lo que ha rechazado a todas y cada una de mis novias pasadas y lo que castiga con falsa piedad a la actual. Es amor lo que le descompuso la cara cuando tuvo que darme la noticia hoy temprano y me vio huir desesperado en mi scooter.

Ahora miro el mundo de Carlos, el que tantas veces imaginé, cálido e infranqueable. Observo la gente que viene a despedirlo y algunas piezas, algunas cosas sueltas en mi espíritu, encuentran el equilibrio justo. Escucho el llanto de su madre en una habitación próxima. Todos salimos al pasillo y la vemos pasar sin fuerzas hacia la habitación del hijo, apoyada en su hija que la abraza. Necesito hablarles, decirles algo, cuando mi padre pasa veloz desde las escaleras y llega con ellas. También algún primo más y todos se reúnen al lado de la cama. Se abrazan con fuerza, lloran juntos con una cohesión poderosa, apenas vencible por la muerte y yo siento un sacudón profundo. Mis pies parecen ceder ante un temblor inesperado de la casa. Me sostengo de las barandas del pasillo y luego bajo de a uno los escalones, preso de una tristeza poderosísima. Ignoro la indiferencia de la mayoría, ajenos al drama de ese grupo minúsculo de personas en esa habitación. Salgo a la calle e incorporo de una vez todo el aire que puedo. Recibo el sol del mediodía y la caricia breve del aire marino. No miro hacia atrás; una fuerza mayor me expulsa bien lejos de allí, en mi moto, de regreso a casa.

Tercer cuento nuevo (Mientras fuimos reyes)

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Este es el tercero de los cuentos nuevos de mi libro. Ya está terminado. Lo sitúo tercero en el libro porque acelera aún más la velocidad del relato anterior y tiene más acción. Trata sobre un joven que reniega de la herencia terrateniente de su familia contaminada por la hiperviolencia y elige escapar con un amor inesperado.

 

 

                Mientras fuimos reyes

 

        –Usted me dice que una persona no puede discernir por sí misma lo que está bien  y lo que está mal, que todo es resultado del ámbito que la rodea y que es la sociedad la que absorbe al ser humano. Yo creo, en cambio, que todo depende de las circunstancias.  Estoy hablando de mi propia experiencia.  

En Después del baile. León Tolstoi.

 

 

1987. Aliris tocó a mi puerta una tarde sobreviviendo a algún naufragio. Con su vestidito de niña remendado y harapiento, insuficiente para su cuerpo de mujer recién hecha. Casi miraba al piso, apenas más allá de sus pies sucios, algo menos que desnudos dentro de una pequeñas abarcas verdes de plástico. Habló tan quedamente que poco me faltó para despedirla con unas monedas. Sólo después de ver su bolso de cuero gastado, me di cuenta de que había llegado para quedarse.

La anterior criada –Elena- se había ido definitivamente a Baranoa para cuidar de su madre enferma. Mis padres rastrearon de apuro y Aliris viajó de algún pueblo miserable de la provincia para ocuparse de las labores de la casa y de mí. Traté de no mirarla mucho para no asustarla. Le  mostré el cuarto de Elena en el patio, fuera de la casa y le pedí que dejara allí sus cosas y volviera para indicarle sus tareas. La esperé en la cocina y vino enseguida, en silencio; temí que fuera una retrasada mental. No era una niña pero no pasaría los veinte. Era bien flaca y tenía un rostro avejentado, como cansado de un viaje largo. No respondía a lo que yo le decía, sólo asentía con un parpadear y miraba la cocina, queriendo ordenar su universo. Por fin cuando terminé de mostrarle dónde estaba cada cosa, me preguntó sin mirarme, con una voz infantil y desnutrida:

—¿Y qué va a comer a la noche?

Le pedí que preparara carne, arroz blanco y  patacones. Bien sencillo. De solo verla, sabía que las labores de Elena le quedarían grandes. La dejé en la cocina y me fui a mi cuarto, súbitamente alterado con lo que ya había visto. Miré la tele un rato, releí por milésima vez algunas de las historietas mejicanas de mi colección, pero era inútil. La presencia de la joven, tan diferente a mi anterior criada –mayor y entrada en carnes– alteró perceptiblemente mi ánimo.

En esos días todo parecía aciago. Yo esperaba asustado el futuro. Desoí a mi madre y pospuse mi ingreso a la universidad después del grado. Regresé a Barranquilla y esperé tres semanas antes de enviarles una carta al pueblo donde le exponía mi ausencia total de fuerzas para iniciar un proyecto de estudios. Les pedía un año sabático para recomponer mis fuerzas y mis ideas. Pensaba estudiar dos idiomas, Inglés y Francés en la ciudad o si lo requería, podía volver con papá a ocuparme de los negocios de la hacienda. Esperé la respuesta rogando que él no me solicitara lo segundo, algo que yo hubiera considerado la segunda tragedia en mi vida. No sucedió de todos modos. Mamá me respondió sin ánimos, en una carta escueta y desvalida, con frases hechas y deseos de lo mejor para mí. Iba a seguir enviándome la mensualidad a Barranquilla, sin inquisiciones ni reclamos. Tomé aquello con un alivio medido, presintiendo el aroma de lo ominoso.

 

Inicié una vida con la peor de las soledades, la autoimpuesta. Cerré mis puertas al mundo y me enclaustré en mi castillo de Ciudad Jardín. Apenas salía para verlo a mi tío Pedro, que ya estaba en sus últimas. La muerte de su hermano –otro tío mío, secuestrado y ultimado por la guerrilla en un paraje de Córdoba– también lo había devastado y lo había obligado a cerrar definitivamente cualquier resabio de empatía o consideración hacia Colombia. Empezó a expresar su odio constantemente, como si el país fuera culpable de todo lo que le había sucedido en la vida, el país y “esos guerrilleros y paracos hijueputas”, esperaba que nos invadieran al fin “los gringos malparidos” y “nos fueran metiendo plomo de a uno hasta que quedaran tres o cuatro de los buenos colombianos, nada más”. Me contagió el odio hacia mi país y sin quererlo, porque esta maniática idea brotó solo de mí, hacia mis padres y mi pasado.

 En casa sobreviví a la angustia gracias a los libros de mi tío que se habían estado acumulando en una de las habitaciones. “Este es el único tesoro que conservo” decía Pedro, cuando ya era alguien más cercano a mí que mis propios padres y señalaba el desvencijado baúl forrado en cuero y algunas cajas más de cartón donde se apiñaba una cantidad desconocida de libros. Cada día, después que yo lo visitaba, iba hasta allí, sacaba uno (que parecía elegido especialmente porque hacía una pausa para revisar algunas páginas en silencio) y me lo regalaba. El primero fue Crimen y castigo en tapa dura.

–Toma. Léelo que está bueno.

Yo tomaba uno al azar cada día. Leí “La ciudad y los perros”, “Los jefes” y “Los cachorros” de Vargas Llosa; leí en etapas, como quien escala una montaña de paisajes hermosos, el “Rojo y Negro” de Stendhal; leí muchos cuentos de Cortázar y de Borges; leí a Hemingway y a Mejía Vallejo; a León de Greiff y a Sylvia Plath; a Onetti y a Camus; vivía esa vidas en mi cabeza, vibraba con los personajes y sus pensamientos. Leía de todo y a cualquier hora, persuadido de que debía abandonar una vida real por otra de fantasía.

 

Dejé de considerar el tema de los idiomas o simplemente lo olvidé como opción de algo. También fui cayendo en otros aspectos. Dejó de importarme mi apariencia personal; podía pasar días sin bañarme o cambiarme de ropa y fumaba uno a dos atados de Marlboro diarios. Mi relación con Elena inició una etapa de desavenencias y recriminaciones. Cuando mi crueldad llegó al punto de gritarle que no era ni mi madre ni siquiera pariente sino tan sólo una criada que cobraba el sueldo de mi familia, todo terminó por quebrarse definitivamente. Golpeada pero todavía sostenida por un sabio dejo de orgullo y pudor, me avisó un día que debía viajar a Baranoa de urgencia para hacerse cargo de su madre que estaba por morirse. A la semana llegó la carta donde se despedía avisándome que no iba a volver y deseándome un futuro con suerte. No la lloré entonces, esos primeros días en que me quedé solo del todo, sino muchos años después recordando la devoción con la que me había cuidado y criado, arrepintiéndome de haberla distanciado todos esos años de su propia madre, las dos extrañándose en silencio a través de la distancia que las separaba. Me quedaba el consuelo de pensar que había llegado a tiempo para verla morir, apretarle las manos y cerrarle los ojos.

                                                                           ***

1989. Septiembre. El niño levanta los brazos y el avión en su mano parece cruzar el cielo en picada. Recién aprende a caminar. Acabo de llegar de Tres Vientos y el bolso descansa junto a mis pies, a la entrada del patio. El niño me ve y me sonríe, me saluda con su mano libre. Me acerco y le entrego su regalo, un carro de bomberos que estudia con una alegría contenida.  Aliris coge el bolso y se mete para la casa.

 –¿Quieres un baño? Te preparé el agua caliente.

 En la habitación me desvisto despacio. Aliris espera en la puerta, observándome.

 –No te dije. Ángel se va de las fincas –le comento.

 “Todos se van”, pienso y espero que ella una en su cabeza ese comentario a otro que le dije no hace mucho.

 –Todos se van lejos de mi padre.

 La tarde previa a mi viaje de cinco días a Tres vientos una de las camionetas de mi padre estacionó frente a casa. Ángel, de pie, apoyado contra la puerta del conductor, fumaba un cigarrillo.

 —Cé, miemmano —hacemos un llave.

—Pero y esa vaina. Qué haces tú aquí.

—Unas vueltas para Don Alfonso.

—Bueno, pulla el burro.

Me subí a la camioneta y arrancamos para Castillo Blanco. Pedimos una mesa de buchácara, un par de águilas y empezamos a jugar como en los buenos  tiempos. Cuando vivía en casa y era mi chofer personal, solíamos venir  aquí después del colegio, con algunos amigos, y jugábamos y tomábamos escuchando merengues y vallenatos hasta que caía la noche. Él había venido a  nuestra casa cuando yo era más pelao y me había visto crecer mientras me traía y me llevaba al Liceo que me habían destinado mis padres para el bachillerato. Con él podía relajarme fuera de esas paredes y volver a ser por un rato el mismo niño pueblerino de mis primeros años. Cuando llegué a la ciudad para estudiar me enteré que éramos campesinos. Y que eso era  una  vergüenza. Me daba cuenta de cómo se reían de nuestra forma de hablar. Forzado, dejé de pronto de expresar esas cualidades que otros admiraban en el caserío: amaestrar los gusanos de las palmeras para enfrentarlos en carreras de velocidad o colgármelos al cuello en una cadena para asustar a las niñas. Cazar iguanas preñadas como nadie para rajarles la panza, sacarles los huevos y luego  dejarlas en convalecencia tras una operación de sutura con cuerda digna del mejor cirujano. Ya no podía montar caballos con mi destreza de chalán ni tenía río para pescar bocachicos enormes con una ramita y una pita. Frente a mis compañeros de curso me esmeraba por hablar distinto y aprendía rápido las costumbres del citadino. De vuelta al pueblo en vacaciones, mamá terminaba de pulirme empeñada en hacerme olvidar mi pasado.

 

Con Ángel nos hicimos buenos amigos. Luego de que obtuve mi propio registro no tenía mucho sentido que siguiera trabajando en casa y mi padre lo llevó a trabajar para él en sus fincas. Sólo venía esporádicamente por trámites o para traerme la mensualidad.

—Creo que es la última vez que vengo, mano —me dice esa tarde como si nada.

—Eche, ¿cómo así?

—Este hombre en Maicao me dejó efectivo.

Ángel es la persona que me mantiene al tanto de los negocios de mi padre. Por él sé que es una época difícil para los ganaderos de la provincia. El saqueo y el boleteo de la guerrilla vienen diezmando la economía tradicional de nuestras familias. Las armas del paramilitarismo se nos vinieron en contra y el secuestro de los hacendados empantana con sangre un terreno naturalmente seco luego de  meses de ausencia de lluvias. Todo aquello y el temperamento caliente de mi padre, agravado por los años viene repercutiendo en el ánimo de mi viejo chofer, que ha comenzado a buscar fortuna en trabajos alternativos. El  último de ellos lo llevó a trabajar ocasionalmente para un hombre de Maicao, llevando y trayendo mercancía a través de la frontera del desierto. Las camionetas cuatro puertas japonesas lo esperaban a uno y otro lado en esos pueblos polvorientos y caóticos de hombres armados, en tránsito permanente. “Yo llevo, traigo y no pregunto”, me dijo él y yo supe que el sueldo debe ser considerable para tanto riesgo.

—¿No conseguiste el aumento entonces? —le pregunté.

—Nombe, que vá, con tu papá ya no se puede —dijo como fastidiado y luego me miró cómplice y habló serenamente como para decirme un secreto—. Mercedes está embarazada.

Mercedes era su novia de años pero aún no se habían casado. Ella todavía vivía con sus padres. Cuando me recuperé de la noticia levanté mi botella y las chocamos sobre el paño de la mesa.

—Felicidades mano. Ahora entiendo el apuro.

—Quiero comprarme la casa y de una nos vamos a vivir.

—Buena esa.

Seguimos jugando casi en silencio intentando disfrutar nuestro último partido pero a mí se me había dado por pensar que estaba en esa etapa de la vida donde la gente que suele rodearte comienza a alejarse por distintas razones. Me veía proyectado en unos años perteneciendo a un entorno de amigos diferentes, con acentos y costumbres extrañas a mí. ¿Por qué deben suceder las cosas así?  No estoy seguro de querer ese futuro pero las situaciones y mis propias decisiones me llevan irremediablemente a él.

 

 

 

 

—Ajá. Y cómo está tu padre, cuéntame —dice mi tío, que me recibe en su departamento, despeinado, en pijamas, aunque todavía no dan las siete de la noche y entra a la pequeña cocina mientras me dice que no tiene mucho para ofrecerme, ni agua, pero si quiero un whisky. El lugar está hecho un desastre, oscuro y todo desordenado, de tal manera que parece aún más pequeño de lo que realmente es. Voy hasta la pared y levanto la persiana de la ventana que da al balcón y a la ciudad y dejo que entre la brisa porque me siento ahogado, como si este cuarto no fuera el mismo que dejé de ver hace una semana, cuando me fui a Tres Vientos. Mientras me acomodo en el sofá, uno demasiado elegante para este basural, me  pregunto si es posible que este hombre me haya extrañado, que nuestra relación haya llegado a ese punto, cuanto más no sea porque tiene la oportunidad de bajarse una botella de antioqueño y más de una también, recibiendo cháchara y cuento de lo que me pasa. Casi dudo en aceptar el trago, porque todavía  como que no me pasa el guayabo del viaje, pero no puedo evitar decir sí. Mi tío aparece con un vaso de alcohol que deja sobre la mesita enfrente mío y se mete en el baño. Al rato sale con la cara lavada, todavía despeinado.

—¿Ya cenaste? —me pregunta como si tuviera algo en la nevera cuando yo sé que al acercarse el fin de semana se le acabó la comida y trabaja a alcohol solamente. Unos meses atrás venía una mujer a limpiar pero creo que no viene más. Se sienta, por fin, y enciende un cigarrillo, el propio vaso de whisky en la mano. Su rostro duro aparenta un color amarillo pálido, como desteñido, pero su bigote gris y  pequeño permanece igual, nunca demasiado espeso, partido en dos sobre unos labios grandes y gruesos como los de toda mi familia paterna. Más arrugas parecen haberse depositado sobre su  piel de cuero y supongo que cualquiera le daría más años de los que tiene. Quizás basta haberlo conocido como yo este último tiempo para notar lo desmejorado que está. La televisión está encendida en un noticiero, como siempre.

—No, tío. Óyeme —le di el paquete que traía en las manos—. Una pendejada. Compré uno igual para papá.

Lo cogió extrañado. Rompió el papel, abrió la caja de la colonia, giró la tapita y olió. Una media sonrisa se le dibujó debajo del bigote y me pareció que estaba realmente conmovido. Quiso decir algo pero no le salieron las palabras y yo sentí pánico de que comenzara a llorar. Nunca lo había hecho enfrente mío aunque había soportado cien veces sus llantos de borracho del otro lado del teléfono.

—Mira, bien chévere lo pasamos, tío —dije para salir de eso.

—Gracias por acordarte de este viejo.

En realidad desde que supe de él escuché que estaba en las últimas. Todos en la familia hablaban de sus excesos con el alcohol y las drogas. Decían que no hay cuerpo que aguante tanto. Pero el tipo aguanta y los va enterrando a todos, uno por uno.

—Tienes que cuidarte, César.

—¿Y eso por qué?

—Algo va a explotar. Van a poner bombas por todos lados.

—¿Quién dijo?

—Las noticias. Pablito ya  amenazó —se terminó su  trago de dos sorbos—. Dicen que el viernes es el día.

Otra cosa. Mi tío se ha vuelto adicto a la hiperviolencia. Se pasa horas enteras frente a la televisión atento a las noticias sobre la guerra, creyendo ver a gente conocida entre los muertos de los atentados con carros-bomba o entre los cadáveres enfilados en alguna carretera y eso puede torturarlo una semana entera hasta que algo terrible vuelve a pasar y cambia de tema. Es como una nueva droga y creo que empieza a disfrutarla. “Este país se cae antes que yo” suele repetir y cuando lo dice yo pienso que está conciente de su propia debacle y asiste a la inminente destrucción de nuestra república con el vértigo del que quiere arrastrar en la caída todo a su alrededor.

—No comiste entonces. Pues te vienes conmigo —me dice y se va para el cuarto.

A mí me resulta extraño de alguna manera que vaya a salir a estas horas y también que sea él quien invite. Mientras lo espero reviso la sala y puedo ver que lo único que parece mantener la compostura en este caos es el traje que desde hace tiempo cuelga de una pared. Es un liqui-liqui blanco que tiene de toda la vida. Recién unos meses atrás volvió a sacarlo del armario cuando recibió la inesperada noticia de que su hijo se casaba en Panamá. Con la hija de un coronel. Lo inesperado era que estaba invitado. La cuestión lo había excitado como a un niño y debí acompañarlo el mismo día en que llegó la carta a comprar un regalo de platería. Desgraciadamente, poco antes de la fecha de la boda mi tío recibió un telegrama que postergaba el casamiento. De todos modos él no volvió a guardar su liqui-liqui. Como para salir disparado en cuanto llegara la nueva invitación.

Sale del cuarto con su boina de cuero, abotonándose una camisa blanca. Apaga el televisor y en el ascensor se pone las gafas negras. Me gusta salir con él pero cada vez lo hacemos menos debido a su progresiva reclusión monasterial. El vicio se lo está comiendo vivo aunque yo que lo conozco ahora más que nadie puedo decir que lo que lo está matando es la soledad y todos esos pensamientos que le calientan la cabeza a los viejos que se han portado mal. Cuando logro sacarlo del apartamento y caminamos por la calle la gente todavía se acuerda de él. “Concejal” le dicen o “Doctor” y yo me siento bien con eso. Por más que haya pasado el tiempo y todo lo demás.

—Vamos para El Country.

Esa noche compartimos la cena con una familia sirio-libanesa. La casa es grande y está poblada de gente. El dueño, el señor Nasir, le presenta a Pedro algunos hombres en la sala. Detrás de ellos, tras una puerta corrediza de vidrio veo más gente tomando trago en la terraza que da al patio. Desde la cocina me invade el aroma de ajillo y almendras. La abuela está inclinada sobre una bandeja enorme de quibbes y su nieto esquiva los manotazos en el intento de robar una presa. Una criada termina de ordenar otra cantidad de platos. Apartado del resto, me asomo al ventanal para ver las aguas tranquilas de la piscina y las palmas agitadas por la brisa suave. El ala opuesta de la casa, el garage con los carros de colección y el salón de discoteca duermen en la oscuridad.

En la cena me siento junto al tío. La abuela se ha esmerado tanto y ha llenado la mesa con quibbes, yaura, fatuch, tabules, tahini, arroz de almendras, langostinos al ajillo y cantidad de cosas. La señora Nasir (La Turca para quienes la conocemos de las noticias) ha debido pasar unas semanas de angustia porque se la ve con unos kilos menos que su foto en el Heraldo. En cambio su marido parece más fuerte que nunca y no puedo evitar que me caiga muy bien con su buen humor y su estilo para vestir aunque nunca me haría amigo suyo porque a mí no me quedan dudas de que todo lo que dicen en las noticias es cierto. Resulta claro que todos en la mesa son familiares cercanos y están festejando en intimidad la libertad del señor Nasir. Su hermano ha aprovechado la ocasión para presentar a su nueva novia que podría tener mi edad y es una risa ver las miradas que le echa La Turca. En cambio, los únicos que parecemos no encajar somos mi tío y yo. Como suele pasarme a mí de todas maneras y seguramente a él también, convertidos los dos en solitarios convidados a reuniones familiares de otros. Alguna vez tuvimos de esto también. La antigua casona de mi tío solía llenarse de invitados de renombre y no solamente de políticos y hombres de ley. Era también hogar de  tertulias culturales y su enorme biblioteca era consultada por eruditos, escritores y periodistas de toda la Costa. Yo entonces era muy pequeño pero parecen haber quedado en mi memoria las imágenes de aquellas reuniones informales. Imágenes deshilachadas de alfombras gruesas, olor a tabaco, las voces entusiasmadas en la discusión y las canciones de Pacho Galán y Lucho Bermúdez como serenata de fondo. Era una época feliz. Mi tío tenía una mujer panameña, fina y hermosa, y su  machismo costeño había sido bendecido con dos hijos varones. Silvio, el mayor de ellos, incluso seguía sus pasos e iniciaba la carrera de derecho. Hasta que pasó lo que pasó. Otra gente me habló un tiempo después de su forma de vida, siempre  desbordada en excesos. Tenía un carácter altanero, explosivo y su afición por el alcohol tenía proporciones de fanatismo religioso. Ebrio hasta las uñas viajaba, según dicen, el día en que clavó su carro contra un poste en la carretera a Santa Marta. Viajaba con sus dos hijos. El menor salió despedido y murió en el acto. El mayor se destrozó la cara contra el tablero y él apenas tuvo heridas leves. Ahí se acabó todo. El juicio de divorcio, las diez operaciones de reconstrucción que necesitó su hijo y el suicidio lento con toneladas de la mejor cocaína del mundo terminaron por arruinarlo y condenarlo a una cárcel de vicio y soledad. La familia que él había olvidado en los tiempos en que era el rey ya era demasiado lejana para brindarle consuelo y sólo mi madre mantenía una comunicación ocasional, empecinada con su labor cristiana de levantar al caído y desterrar el rencor de su propio corazón. Casi todos los demás lo habían olvidado a mi tío, hasta el día del entierro del tío Emigdio cuando lo vimos volver de la muerte, con su  liqui-liqui, todo de blanco en un día caluroso y pedir la palabra para dar un responso monumental de imágenes y palabras alucinadas en el dolor. Después se acercó a mí, que difícilmente podía recordarlo y reconocerlo, y me unió a él la sensación de que compartíamos el mismo infierno. Nos seguimos apoyando mutuamente y me dejó entrar a su cárcel. Supe que había sobrevivido gracias a su habilidad para sacar a gente de problemas legales y había que ver en su apartamento la fauna de estafadores, contrabandistas y macabíes que había salvado de la guandoca. Las virtudes de su talento volvieron a ser reconocidas por los nuevos poderosos de la ciudad que entendieron que algunas pocas cosas no podían resolverse con bala. Después de la cena le habían traído al señor Nasir dos bailarinas árabes que hicieron la danza del vientre sobre la alfombra de la sala y todos festejábamos. A mi tío lo tuve que esperar un rato más que terminara lo suyo con su cliente y en el jeep me pidió que lo llevara a su casa. Entendí enseguida que debía llevar encima demasiado dinero para ir cargándolo por ahí. En el primer semáforo abrió un estuche que traía en la mano y se abrochó un rólex de oro en la muñeca. Entonces lo giró para que yo se lo viera y me sonrió como un pelao con juguete nuevo.

***

 

 

Octubre. El niño ya casi corre y la casa se ha llenado de ruidos inesperados, golpes y chillidos de juguetes de goma. Aliris lo atiende bien y yo, de aburrido, le pinté los barrotes de su cunita de colores vivos. No quiere quedarse quieto en ninguna parte y no he podido evitar que por las noches su madre lo traiga a la cama. Con él, observándolo crecer, algo de lo nuestro evoluciona en una dirección firme.

El dinero mensual, sin previo aviso, ha disminuido notablemente. Hay cartas en el mueble que no abrí todavía. Cartas de mamá de varias semanas o quizás un par de meses. No sé lo que contienen pero puedo imaginarlo. Tampoco he querido contestarlas. Como dije, las cosas ahora empiezan a definirse de alguna manera y necesito estar seguro al mando.

Sigo leyendo hasta muy tarde por la noche. Aliris y el niño ya duermen mientras en la habitación de al lado leo recostado en el sillón-cama. A veces, cuando los ojos me arden, dejo el libro y escucho la radio antes de dormirme. Con la luz apagada, los auriculares en mis orejas, debajo de una sábana, sintonizo la AM y escucho las noticias de una guerra que parece distante. Un oleoducto ha sufrido su atentado un millón. Aldeas campesinas masacradas. El  ejército y la guerrilla que se matan primero y luego hablan de acuerdo de paz. Las balas, sin embargo, no se escuchan por la radio. Uno recién ve los muertos al día siguiente por televisión, casi desnudos, empapados en sangre, bien formaditos como si la muerte les pasara lista. Podían ser militares, guerrilleros, paramilitares, campesinos o sabe Dios qué. Acribillados como estaban el noticiero nos podía decir cualquier cosa que íbamos a creerlo. En la oscuridad de ese cuarto, bajo la seguridad de mis sábanas y la brisa fresca del ventilador de techo, yo trato de imaginar esa  guerra lejana, incierta porque no la escucho, solo a los corresponsales que trasmiten desde ciudades y pueblos contando los muertos con acentos diferentes: bogotanos, paisas, santandereanos, pastusos. Hablan con la voz apresurada, el corazón agitado de perseguir al monstruo que siempre va un paso adelante. ¿Por qué pelean? ¿Alguien va a ganar algún día? Jamás fue un tema de conversación con mis amigos. La guerra es algo tan lejano como la adultez. Es eso que no llega nunca a nuestro Caribe. Que trasmiten por la radio y que te lleva en la imaginación a parajes húmedos de la Cordillera, a junglas salvajes, de pueblito en pueblito con el aroma impregnado de la sangre, la tierra, el pasto mojado y la ropa sucia, pesada. En la televisión es el intervalo entre novela y novela, con las imágenes de la masacre que termina de ocurrir. Hasta que empiecen a llegar también nuestros muertos. Gente que conocemos y amamos. Es espeluznante y a la vez reconfortante para mí, ahí acurrucado en mi sillón. Afuera el país se deshace como mi espíritu. No hay salvación posible.

***

 

 

Octubre. El otro problema es mi tío. Sus llamadas comenzaron a hacerse frecuentes e inoportunas. Su voz aparece del otro lado del teléfono, a cualquier hora, deformada por la ebriedad o el perico. Se ha convencido de que quieren matarlo. “Esta vez me metí con un pez gordo” me dijo un par de veces y yo ya podía imaginarme lo que quería decir. Eso iba a terminar separándonos en algún momento. La llamada que recibí esta tarde, sin embargo, simplemente me descolocó. No era su voz la que me hablaba del otro lado.

—¿César, tú eres César? —era una voz joven, vulgar, con un tono amenazante. Detrás  se escuchaba otra persona que hablaba.

—¿Quién habla ahí?

—Oye esto, mejor que vengas a ver a tu tío porque está para morirse —y colgó.

Me quedé paralizado. ¿Qué iba a hacer? Tenía que ir a verlo pero esa otra gente no me daba buena espina. ¿Quiénes eran? ¿Acaso algunos de los vagos con que solía juntarse en la época en que se recorría todas las cantinas desde Rebolo a la ochenta y cuatro? Estos sonaban demasiado jóvenes. ¿Y por qué sabían mi nombre y mi número? Decidí ir de cualquier forma. Instintivamente metí mi navaja en uno de los bolsillos del pantalón y salí en el jeep para Los Nogales. No usé el ascensor sino que subí los cuatro pisos por la escalera y me detuve a cinco metros del apartamento. La puerta estaba cerrada. No se escuchaba a nadie. Esperé como cinco minutos y me acerqué.

—¡Pedro! —dije a media voz y ni siquiera me atreví a golpear. Esperé unos segundos más y justo en el momento en que notaba que el picaporte había sido vencido y la madera contigua presentaba una grieta violenta, la puerta se abrió bruscamente. El susto me impidió detallarlo de primera vista y lo único que vi fueron sus gafas negras debajo de una cachucha de béisbol.  Nos quedamos quietos los dos y un tercero apareció atrás.

—Ese es César. Entra —me dijo y yo le obedecí como si  nada.

Lo primero que buscó mi mente turbada fue algún arma a la vista. No había ninguna. El que habló me resultaba familiar. Era increíblemente flaco y tenía rostro de desnutrido de toda la vida. Usaba una camiseta verde fosforescente y los jeans le colgaban  ridículamente de los huesos. Lo había visto rondar por aquí un par de veces cuando las cosas le iban realmente mal a mi tío y no tenía medio centavo para sostenerse. Este infeliz en cambio le mantenía el vicio por algunos centavos a cambio de papeletas húmedas que chorreaban gasolina sobre la mesada de la cocina donde yo solía descubrirlas accidentalmente. Mi tío sobrevivía a duras penas a esas temporadas de bazuco y se tomaba un respiro de drogas de mayor calidad  cuando recibía  el pago de algún trabajo ocasional.

—Mira. Tu tío tiene una culebra con nosotros —decía el flaco con toda la tranquilidad del mundo—. Hace dos semanas que se esconde cuando timbramos.

El otro era apenas más corpulento y entraba y salía de la habitación del viejo como si fuera su casa. El desorden en la sala era mayor aún que el habitual y la mayoría de las cosas de la mesa y los muebles estaban desparramadas por el piso. Hasta el liqui-liqui estaba arrugado sobre el sofá, con los bolsillos invertidos.

—Pasa que este hijueputa está trabao y no quiere salir de la cocina. Dile que no lo vamos a  matar pero queremos el billete o que nos diga dónde lo tiene —gesticulaba demasiado al hablar y en uno de sus movimientos, la cacha de un revólver se dibujó debajo de la tela de la camiseta, asomando por encima del pantalón.

Llegué hasta la puerta cerrada de la cocina y grité para que me escuchara del otro lado y para darme fuerzas a mí mismo.

—¡Tío, soy yo, César!

Pasaron unos segundos y se atrevió a decir:

—Van a matarme, Cé —era la voz de un niño triste.

—Qué va, tío. No te matan nada. Mira, déjame pasar y hablamos.

“Nos van a matar a los dos”, seguía diciendo él y estuve un rato largo hasta poder convencerlo de que me abriera. Lo encontré en el piso acurrucado contra la pared. Le tomé las manos y parecía que le hubieran tirado un balde de agua encima.

—Pedro, dales la plata y ya, ¿me oíste?

—Es el fin…escucha.

—¿Cuánta plata les debes Pedro?

Él me miraba con los ojos extraviados. Ni siquiera viajaba cerca. Volví a asomar la cabeza para mirar a los dos tipos que esperaban en la sala.

—¿Cuánto es entonces?

Se miraron antes de contestar y el flaco dijo:

—Cinco mil barras.

Tragué una carcajada. La deuda no debía llegar ni a la mitad de ese valor, pero la cantidad era ridícula para tanta vaina. Se me ocurrió darles de mi bolsillo pero me maldije de nuevo porque había olvidado mi billetera.

—Ya les doy —les dije como un bobo y pasé delante de ellos hacia la habitación de mi tío. Me subí una banqueta y escarbé a ciegas en el espacio creado encima del techo falso del armario, donde mi tío guardaba comúnmente la plata y los  documentos. Tanteé nervioso, atento a que alguno de ellos apareciera de repente. Toqué una caja de cartón, la saqué torpemente por el agujero y miré rápido. Una bolsa enorme de cocaína y fajos de billetes de mil, tantos como nunca vi juntos me quemaban en las manos. Cogí varios billetes y metí eso rápido. Mi corazón había  comenzado a galopar en una carrera desbocada pero así los enfrenté, tratando de disculpar con mi rostro la pobreza del viejo.

—Cinco mil pesos, ve.

El flaco los contó y se los metió al bolsillo.

—No joda, ni que fuera un millón.

—¿Está todo entonces?

—Seguro, llavecita, seguro —miró a su colega—. Nos fuimos pué.

Cerré la puerta cuando se marcharon pero estaba tan vencida que hubiera bastado un manotazo para volver a abrirla. Saqué a mi tío de la cocina y lo llevé al cuarto. Casi se había dormido cuando lo acosté en la cama. De pronto quiso incorporarse y me jaló de la camisa.

—Creo que vi a Efraín.

—¿A Efraín? ¿Dónde?

Tragó saliva antes de seguir.

—Hubo un enfrentamiento en un pueblo del Cesar. Mostraron los muertos en el noticiero. Casi puedo jurar que era él.

—¿Muerto? ¿Dices que Efraín está muerto? —mi corazón había comenzado a galopar de nuevo— ¿pero dijeron su nombre?

—No dijeron nada pero creo que era él.

Respiré aliviado. Hacía tiempo que no sabíamos de mi primo Efraín.  Diana su sobrina me contó que no había quedado bien después de la cárcel y las torturas. Lo habían atrapado junto a su compañera pero ella no sobrevivió. Él regresó un día de pronto a la casa de sus padres y desde entonces podía perderse sin previo aviso de todo y de todos, por meses enteros. Desde la última vez que salió de la guandoca mi tío lo había matado varias veces desde su sillón frente al televisor. Otras tantas veces lo había descubierto entre los rehenes de una emboscada o en la toma victoriosa de un pueblito del interior.

—Ya nos vamos a enterar, tío. Pero ahora duérmete —le dije y le arreglé la almohada debajo de su cabeza.

En la penumbra del cuarto me detuve en el brillo rotundo de kriptonita que emitía una piedra desde el escritorio iluminado por la lámpara. A su lado descansaba el cuchillo agotado de tanto rasparla. Esa visión me conmovió particularmente. Y peor que eso, me cercioré de lo que yo ya pensaba. Toda la plata que le había sacado a los narcos no le iban a comprar una segunda oportunidad: Pedro ya había tomado la decisión de morirse. Esperé a que se durmiera del todo. Mientras, traté de hacerme una imagen clara de Efraín pero con sorpresa descubrí lo difícil que me  resultaba. Hacía años que no lo veía. Solía llegar a casa de noche, cuando yo ya  me había acostado. Entraba a mi cuarto a oscuras para tirarse en la cama de junto y yo ni me daba cuenta, dormido como estaba. Pero cuando me despertaba a media noche y veía su silueta recortada contra la luz de la luna en mi ventana, mi espíritu se llenaba de alegría. Me quedaba sentado en mi colchón, mirándolo dormir. Su cuerpo parecía haber caído desde el techo y así como había aterrizado así había quedado. Hasta parecía muerto, de no ser que además roncaba como león  hambriento y toda la habitación, todos esos ruidos minúsculos que me acostumbré a  escuchar en la noche (el pequeño martilleo de las manecillas de mi reloj  despertador, el ronroneo torpe del ventilador de techo, el bostezo ocasional de las maderas del armario), todos ellos, quedaban sepultados por sus  ronquidos de bestia. Lo veía dormir así, tan profundamente, que lo imaginaba llegar terriblemente cansado de un viaje monumental, luego de atravesar montes imposibles, de cruzar ríos hasta la cintura y de batirse a metralla con ejércitos salvajes. Entonces me levantaba y me acercaba a los pies de su cama, seguro de que no iba a despertarlo y veía de cerca su bolso de cuero gastado y sus zapatos, buscando en ellos el barro acumulado de tierras distantes, el pasto arrancado de alguna selva o quizás (esto me estremecía hasta los huesos) la sangre seca del enemigo. Trataba de descubrir entre  sus cosas alguna metralleta o una pistola que se asomara. Pero nunca vi nada de  eso. Y siempre en vez de los borceguíes de combatiente, unas zapatillas tenis tan  viejas como la pobreza. Igual volvía a mi cama con una película en mi cabeza y hasta mi habitación parecía haberse llenado de un aroma especial, salvaje, como de jungla y pólvora. Era un placer cerrar mis ojos, cubrirme hasta la cabeza con mi sábana, escuchándolo roncar allí cerca y fabular que estaba en un campamento guerrillero y que en cualquier momento comenzaría el plomo de una emboscada. Así de chévere me dormía y el seguía durmiendo aún cuando Elena me despertaba para ir al colegio. Cuando regresaba él había ayudado a mi criada a preparar un almuerzo especial. A pesar de eso yo no podría describir su personalidad porque todo el conocimiento que tenía de él había que juntarlo a partir de pedazos fragmentados de tiempo. Visitas fugaces, clandestinas, generalmente de noche. Siempre con el equipaje liviano, pronto a salir disparado. ¿Qué tan real? ¿Qué tan cercano al Efraín verdadero era aquel hombre que compartía algunos almuerzos imprevistos con Elena y conmigo, con el apetito abierto hasta lo increíble, con la sonrisa franca siempre cruzándole el rostro y su pelambre desgreñada de guerrillero. Siempre se guardaba para mí una mirada silenciosa, cómplice, que me desarmaba, como si esperara algo.

Así las cosas, el viejo había empezado a roncar y yo pensaba en Efraín, mi otro primo. Su probable muerte, una contingencia  posible desde siempre entre los que lo conocíamos, me resultaba además de un trago muy triste, la incómoda demostración de que él, mi tío, yo y todos, habíamos fallado.

***

 

Octubre. Las cosas se precipitan. La carta está escrita. No me permitiría el dolor de escuchar o imaginar del otro lado la reacción de mamá a mi decisión. Mientras estuvo acá unos días, Aliris la atendió bien, de nuevo en el rol que mis padres siempre creyeron que mantenía. Sólo la presencia del niño, constantemente observado por mamá, le hizo quizás asumir algo. Nunca se animó a preguntar. Papá sí ha querido definir las cosas. Y su manera es exigirme que vuelva al pueblo antes de las fiestas si no me complace seguir la universidad.

Nunca les mencioné de Medellín ni de la oportunidad de trabajo con una prima de Aliris. Nunca les importó demasiado mi afición enfermiza por los libros ni mis ganas de escribir. Mientras redactaba la carta que han de leer pronto y les informa de nuestra partida, recordé mi último viaje al pueblo con un escalofrío. Era el cumpleaños de mi padre y luego del almuerzo salvaje en la finca entre familiares y amigos de la comarca, mi primo Plinio nos alentó a cabalgar. Los peones nos prepararon los caballos y yo asustado porque de verdad que estaba algo borracho pero cuando me subí a ese potro criollo me acordé de mis antiguas virtudes de niño chalán. Espuelé mi animal detrás de mis primos que guapirreaban ya lejos a toda velocidad. Yo espuelaba varias veces y mi potro picaba cada vez más; sentía la brisa que me refrescaba el rostro, el corazón a punto de salirme por la boca y el vértigo sabroso de la ebriedad. Cabalgamos sin rumbo bajo una bandada de gaviotas y vi una cara que me sonreía.

—¡Esto es la felicidad!

Paramos el  trote cuando se nos cruzó un  arreo de ganado y nos vimos entre las bestias que mugían y se movían morosamente. Mi ánimo se ensombreció. No eran tantas cabezas como yo creía recordar. Las había por cientos pero eso fue antes del boleteo y los saqueos. Mis pensamientos se detuvieron en el recuerdo de mi tío asesinado, en los cuerpos anónimos que yacían en el monte, en la perezosa tristeza del río que baña nuestro pueblo.

—Algún día esto va a ser tuyo —me dijo Plinio.

Mi padre tenía otro destino para mí. Pero nunca supo decírmelo –hermético en sus emociones como era- sino a través de mi madre y a ella sólo le preocupaba que aquellas tierras quedaran para mí, algún día y no para cualquier bastardo que las reclamase. También le gustaba que yo me hubiera criado en la ciudad y tuviera unas maneras diferentes a las del montuno. En todo eso, por supuesto, había una contradicción que ninguno de nosotros pudo ni supo manejar.

“Tú no conociste a tu padre”, me dijo una vez Pedro, “no tuviste oportunidad porque ya lo conociste grande y domesticado y enojado. Pero él era distinto cuando era un muchacho allá en el pueblo. Yo lo conocía mejor porque era el hermano inmediato mayor y él estaba muy pegado a mí, claro, más que a tu abuelo que a sus años casi era nuestro abuelo también. Alfonso, créelo, era muy simpático y agradable. ¿De qué otra forma te explicas que mucha gente lo haya tratado y considerado un amigo, esa gente que empezaste a conocer de grande?”. No era así en casa, yo podía sospecharlo a veces, pero no era así en casa, le dije a Pedro. “Mira Cé, él fue el más travieso de nosotros porque era entonces el más chico, el viejo estaba más cansado y mamá murió al poco rato de nacer Augusto; entonces, los mayorcitos fuimos un pocos sus padres todos y ahí lo consentíamos. Siempre fue un poco adolescente tu padre, sí, aunque no lo quieras creer tú que lo conociste tan rudo y circunspecto, si lo piensas bien, tenía cosas de niño caprichoso. Tu madre no me dejaría mentir.”

 “Ni que hablar de las mujeres” decía después y yo me acordaba cuando más de grande volvía al pueblo y Ángel me señalaba desde la camioneta a esos muchachitos esparcidos por ahí, montunos crecidos que figuraban espejos filosos en esas esquinas polvorientas, imágenes parciales de mí mismo; hombrecitos de mi edad, cercanos a mi perfil. Tuve que enterarme de ellos una tarde de epifánica pea cuando mi otro tío, Felipe, brindó a los cuatro vientos por la fértil simiente de los Soria y particularmente, de mi padre. Esa misma tarde de mis catorce o mis quince años, atorándome de chicharrón, aguardiente y revelaciones, Felipe me confirmó también la verdad de aquel mito de pueblo que decía que las mujeres clandestinas de papá tenían en la piel la misma marca de su ganado. Todo venía de su juventud, cuando en una jornada de marcado mi padre había quemado accidentalmente con el hierro los muslos de una criada que ocasionalmente se llevaba a los arrozales.

Años después, cuando el velorio de Emigdio, el mismo Felipe los espantaría a esos hermanos naturales míos; escudado en el dolor, les impediría la entrada a la iglesia donde el pueblo despedía a su hermano. ¡Gallinazos!, gritaba, ¡esperan que se muera uno para venir por lo suyo! ¡Una quiebrapata los va a agarrar si se acercan por la finca! ¡hijueputas!

Papá nunca fue para mí esa medida de todas las cosas de la que hablaba Kafka en su Carta al Padre (ése también me lo regaló Pedro, no sin motivo). Es un dolor muy grande, porque otros pueden hablar de aquello que los separó. Hablo de la separación entre un padre y un hijo, pueden hablar de algo concreto, definido y complicado a través del tiempo. Puedo contestarle al que me quiera preguntar por ella, por Isabel mi madre, que nos unió, al menos de mi parte, una relación de amor-odio. Ella sí fue, esos años de mi primera infancia, la medida de todo. Antes de perderse en su cabeza, ella era un sol cálido y papá, un satélite frío y distante. Aparece en mi recuerdo recién por las tardes, con el día derrotado y el ruido de las botas que llegaban como afirmando. Esas botas, esos golpes de tacones en el piso de la casa, no me buscaban a mí sin embargo. Continuaban de aquí para allá durante un rato, luego de saludar a mi madre y morían en el interior de su habitación cerrada. Yo ya era mayorcito y esa indiferencia de las botas, lejos de producirme la misma indiferencia, parecían reafirmar una realidad dolorosa: que yo simplemente estaba allí, por alguna razón oscura, para ocupar un espacio y no para despertar una emoción en mi padre. Él decía que un hombre se mide por el brillo de sus zapatos. En realidad eso era algo que le había transmitido mi abuelo a todos sus hijos. Sus botas solían permanecer lustradas el día entero, a  pesar del polvo de las fincas y el barro del río. El rito diario de mi padre era embetunar sus zapatos durante media hora en las mañanas. Así de brillantes salían de casa y así de brillantes volvían por la noche. Muchas veces era lo único que veía de él desde la oscuridad debajo de mi cama, antes de que entrara a su habitación y no volviera a salir hasta la cena. Era inexpresivo como todos esos hombres de pueblo, civilizados a los empujones, carentes de afecto táctil, incapaces de darlo. Pasaban semanas y meses y sabía que él seguía vivo porque sus pasos sonaban firmes en la baldosa. ¡Qué cruel recuerdo! A veces iban de aquí para allá, daban una vuelta por la casa y hasta se acercaban al límite de mi cuarto. Entonces yo contenía la respiración, el calor de mis narinas empañando la cerámica roja, el corazón agitándome el pecho. Pero las botas nunca entraban. Recién salía cuando él se había ido. Volvía a mis cosas y jamás comentaba con mamá mi pequeño secreto. ¿Por qué? ¿No era eso lo que hubiera necesitado un niño carente de afecto paterno? ¿Por qué imponía yo más distancia a la que ya existía? Cuando se sacaba las botas, cuando aparecía en el comedor con sus sandalias y su pijama, domesticado por el aroma de la comida de la criada y el baño caliente que le había preparado Isabel, yo le perdía más el respeto. Como si despojado de la labor ruda de la hacienda, ese hombretón se desvaneciera en nada, en un fantasma pasivo que ni siquiera asustaba, apenas incomodaba aquí y allá con su andar cansino y su estela de indiferencia e incomodidad propia. Tampoco era afectuoso con mamá en mi presencia o más bien ella no lo permitía. Fue todo un descubrimiento asombroso, un día cualquiera, enterarme que dormían en camas separadas y tardé mucho pero mucho tiempo (aquella borrachera de Felipe) en atribuirlo a esos primeros hijos que empezaban a nacerle por las riberas del Valle del Sinú. Curiosamente, cuando dejé el pueblo, a mi padre lo extrañé con rabia. Después, como todo, empecé a olvidarlo.

La soledad deja sus cicatrices. No soy el hombre civilizado que mamá esperaba. Soy un hijo de la tierra fértil del Sinú arrojado al cemento duro de la ciudad. Me hice fuerte quizás pero muchas cosas se han perdido en el proceso. Podría mencionar varias pero todas se rinden ante esta falta de empatía con el mundo. El instinto me tienta a pertenecer dentro de mi castillo de Ciudad Jardín y esperar que afuera todo se desplome, pero sé ahora que eso no es posible.

Aliris desplazó mi mundo, me sirvió durante cien noches y terminé enamorándome. Si alguien se asoma dentro de estos muros, verá a esta reina mía, pálida pero de ropas nuevas y limpias, que deambula silenciosa entre habitaciones vacías, alejada de ese mundo afuera que hace daño a las cosas buenas.

Un niño ha llegado. Por él dejaremos este lugar y mi herencia maldita. Saldremos a hacer las cosas bien.

 

 

 

     Diciembre. Pedro murió anoche. La voz de Silvio, hoy, en el teléfono era la de un perfecto desconocido

—Mi papá murió anoche —dijo.

Dijo algo más. Algo de una sobredosis y algo sobre el hospital. Pero yo ya no estaba escuchando. Me lo estaba arrancando de la cabeza.

Por la tarde, el apartamento de Pedro parece más vacío y Silvio un completo extraño. Estuvo tardando demasiado en  la cocina para encontrar un poco de café.

—Fíjate en el segundo cajón —le dije.

La verdad no me esperaba verlo hecho un mar de lágrimas o algo así. Volvió en un rato con las dos tazas en una bandeja y se sentó en el sillón frente a mí. Un rato antes le pedí que me ayudara a buscar en la caleta del armario. No quedaba ni un centavo.

—Conoces bastante bien esto —dice y me hace sentir incómodo por alguna razón. De cerca uno puede ver los remiendos de su rostro. Un surco le cruza la frente, baja cerca de su ojo izquierdo y le corta la mejilla hasta debajo de la oreja. Muchas cirugías la han convertido en una línea tenue y el paso de los años la ha terminado por amoldar a su anatomía. La nariz en cambio no pertenece a ese rostro y casi parece de plástico. Tiene la ropa arrugada y supongo que no se ha cambiado desde que bajó del avión, dos días antes de que su padre muriera en la terapia intensiva del hospital.

—De saber que lo conocías te hubiera llamado antes. Perdona —dijo y se acercó un cenicero. Luego prendió el cigarrillo—. ¿Y tú cómo estás?

—Bueno, bien.

Un súbito arrebato me tentó a largarlo por primera vez, aliviado y feliz.

–Hoy viajo a vivir a Medellín. Con mi mujer.

–Pero hombe ni sabía que te habías casado.

–No me casé. Vivimos juntos, tenemos un niño.

—Bueno, te felicito entonces. Qué sorpresa. Oye, hace tiempo que no veo a tus padres.

—Bueno, yo tampoco la verdad.

—¿Pero no vinieron?

Me maldigo por llevar la conversación a ese punto pero ya es demasiado tarde. En el bolsillo guardo los dos boletos del brasilia y Aliris me espera abajo con el niño. La carta, sobre la mesa del comedor. En el frente dice papá y mamá.

—Deben estar en viaje seguramente. Calculo que llegan en un par de horas.

Me quedo callado porque tengo pánico de seguir hablando. La vaina queda de lo más estúpida. Entonces me apuro a cambiar de tema.

—Hey, supe que te casas por allá.

—Bueno, tuve que suspender la boda por ahora. Por la invasión. Le mandé un telegrama a mi papá para avisarle. Sabe Dios si llegó a leerlo.

Nos quedamos en silencio un rato, terminando los tintos. Mi vista se clava en el liqui-liqui que todavía cuelga de la pared.

—Lo voy a enterrar esta tarde a las seis en los Jardines. Por la noche vuelvo a Panamá.

—Bueno —le digo pero no voy a ir de todos modos.

Nunca más voy a un cementerio para despedir a  alguien que conocí. Es algo que no quiero soportar. A  Silvio no le va a importar. Todo esto es para él un trámite molesto. Si pudiera zapatear sobre la tumba de su  padre, lo haría. Y está bien supongo. Un hijo debería  tener ese derecho ante un mal padre. Como parte de la ceremonia, digo. Por mi parte uno de estos días voy a brindar por su alma y luego me voy a emborrachar con ron.

Me despido de mi primo y nunca le digo lo cerca que estuve de Pedro los últimos tiempos. Las cosas de las que habíamos hablado y que él nunca pudo hablar con su propio padre. Ni de cómo lo quería mi tío ni de cuán atormentado estaba por lo que les había hecho. Quizás algún día se lo diré. Al fin de cuentas son esas cosas que lo alivian a uno cuando es más viejo y vive de los recuerdos.

Cuarto Cuento “La elección del fielder”

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Cuento refaccionado. Continúa el ritmo del anterior para contemplar (en pensamientos del narrador) la vida adolescente pasada, un amor precoz y una definitiva decisión vital. El relato se sitúa ahora en el contexto original en que se escribió: Cartagena de Indias.

 

 

La elección del fielder

 

Ya mañana temprano seremos dos extraños.

Joe Arroyo (Fruko y sus tesos) El caminante

 

Sólo pido una condición a Dios si me deja llegar a viejo. Yo quiero ser un viejito como el viejo Prado. Esa cosa pido, nada más, porque el hombre es el tipo más bacano que uno puede conocer. De verdad. Hace como un año que no lo veía pero hoy me lo encuentro y está hecho un calidá. Claro que está más anciano, más arrugadito y eso. Pero él hace su vida igualita. Hay que ir al barrio Torices para encontrarlo al final de la tarde, cuando ya se está entibiando el sol, sentado en su mecedora en la terraza de su casa con su cachucha de béisbol, perdido en sus pensamientos. Serio, fumándose un puro, calladito como los que llegan a viejos con dignidad. Cualquiera diría que está triste. Son sus ojitos de negro. Tiene la piel más bien clara pero tiene ojitos de negro. Los ojos de los negros viejos siempre están llorando. Aunque estén felices y estén cantando de alegría. Dicen que los ojos son el espejo del alma y el alma de los negros siempre está llorando. Eso lo sabe todo el mundo. Además tiene la carita de un niño. Como un bebé de esos prematuros que van creciendo, llegan a adultos y siguen teniendo una cara de pelaíto que no pueden con ella. Así es Prado. Cuando se ríe, como cuando echa un chiste o cuando Eugenia su mujer lo coge en una jugada, lo hace como los niños. Se le suben los dos tamarindos que tiene por pómulos y le tapan los ojitos y se le estiran las arrugas mientras sube y baja los hombros espasmódicamente. Es flaco como una escoba y las guayaberas le flotan pero todavía camina como bailando. Es lo último que  pueden prohibirle a  Prado: bailar. Y ver béisbol. Ese día mismo se muere.

Ahora que estoy en su casa mi abuelo permanece de pie, fumando en la puerta del patio y me sonríe divertido cada una de las cinco veces que voy y vengo cargando mis bolsos y los de mi mujer. Hemos llegado con nuestra hija para asistir a la boda de mi prima Celia. Belén de tres años apenas los recuerda pero no puede contener las ganas de correr a sus anchas en la vieja casona. 

—Pero Andrés, si te ettán matando estas dó —me dice él.

—¿Te diste cuenta Prado? ¿Quién dijo que se había acabado la esclavitud? —le digo y me voy a tomar aire con él. En un rato aparece Celia.

—Ah, niño, tú no te va´ a sentá ahí y dejá todo etto tirado…

Prado saltó como un resorte.

—¿Y eso qué e´, ah? Andrés se sienta acá poqque yo lo invito a sentatse y a tomatse una cevvecita conmigo. Y ya está —dice él, que se había dado vuelta para mirar desafiante a mi esposa y a su mujer.

Eso también. El man tiene un carácter berraco. Yo me regodeé en la victoria masculina. Me saqué las rayban que me colgaban del cuello, me las puse con bacanidad y extendí la mano con afectación, apuntando al piso con mi dedo índice.

—Eso es lo que es.

—Oye, niño, tú eres la patá —mi negra se estaba emputando.

—Pero si están hecho el uno pa´l otro. Igualitos.

Eugenia parece resignada y se va para el fondo donde se escucha un televisor prendido. Ya nos la va a hacer pagar de todos modos. Las dos se pondrán al tanto de los últimos pormenores de la boda de Celia, que por cierto vive a sólo unas cuadras. Prado no dice mucho sobre eso. Celia es casi una hija más, antes que una nieta; ella, como yo, se crió aquí la mayor parte del tiempo.

Parloteamos un rato largo en el patio sobre cualquier cosa pero no mencionamos la boda. Yo tampoco tengo ganas de hacerlo.

—Mira, Ande, mejó novvamos —me dice el viejo más tarde y se va parando—. Vamo a vé béisbol.

***

 

Soy la primera generación colombiana de una familia cubana. Mi madre llegó a Colombia a los diecinueve años, traída por papá Prado y Eugenia. Mis abuelos habían dejado la isla y las tierras familiares expropiadas por la revolución desde el puerto de Camarioca en el 65 y habían hecho el reparo oficial en la costa de Miami. Allí nació mi tía Lola, la mamá de Celia y allí vivieron todos hasta el inicio de los 80, cuando el aluvión de marielitos les produjo a mis abuelos el oscuro presagio de verse mezclados en una inmigración de dudosa calaña, discriminados por el resto de la América gringa como una comunidad problemática. No quería vivir Cuba sin Cuba. Emigraron a Colombia y se instalaron en Cartagena donde transcurrió el resto de su vida y los primeros diecinueve de la mía.

Entonces dije, a Prado lo apasiona el béisbol. En su juventud allá en Cuba fue pelotero. Su posición habitual en defensa era fielder, esto es, jardinero; los que intentan capturar la bola en el espacio de los jardines exteriores del diamante de bases. Jugó en un equipo universitario paralelamente a sus estudios en administración comercial y viajó varias veces por Centro y Suramérica por torneos regionales. Luego en Miami hizo el curso de entrenador. Aún guarda algunas medallas que solía mostrarme cuando yo era pelao y vivía con ellos. Aquí su pasión ha quedado reducida a los play-offs de temporada y a una pequeña comunidad de aficionados a ese deporte que suelen practicar y jugar en la cancha del polideportivo municipal.

Antes venía seguido a Cartagena. Ahora mi propia vida en Bogotá me impide hacerlo con más regularidad y las visitas apenas pueden contarse en dos o tres por año contando los cumpleaños y festividades de diciembre. Algunas veces lo acompañé al abuelo frente a la tele en esos partidos interminables de transcurrir displicente que se juegan en estadios maravillosos y entusiastas de los Estados Unidos, donde los protagonistas parecen más bien un compendio de minorías sociales afortunadas. Nunca entendí demasiado ni me interesé por entender. Me bastaba con pasar el rato con él, tomándome unas cervezas y fumándome unos puros a escondidas de la abuela.

En cuanto al deporte, el matrimonio de mi madre con un periodista barranquillero (la primera etapa de transformación al sur de mi familia), mi nacimiento y la peregrinación quincenal al Romelio Martinez, condicionaron mi amor por el balompié. Nada más fácil en este país donde el fútbol es más grande que cualquier cosa. El béisbol es ese tema curioso para hablar con mi abuelo y luego de aquella charla misteriosa de aquel año, una mágica filosofía.

Para esa fecha, cuando tuve la edad suficiente y se hacía incómodamente notable el trágico sentimiento que me unía a mi prima hermana, Prado se sintió movido a hablarme en confianza. Sin remedio yo me había convertido en el otro hombre de la familia, alguien con quien compartir comentarios de hombre; alguien con quien debatir las cosas de la vida.

Aprovechó una jugada imprevista que despertó mi atención desde la pantalla de tv. La morosa precisión aeróbica de los movimientos de los jugadores se había alborotado en una explosión de corridas y reacciones rápidas que encendieron el fervor del público americano.

–A eso se le llama el “fielder´s choice”. La elección del fielder –me informó Prado.

Me explicó mejor lo que era. La acción de un fildeador o defensa que atrapa un batazo defectuoso y en vez de lanzar la bola a primera base para poner out al bateador, lo hace a otra base para neutralizar a otro corredor con más probabilidad de anotar una carrera.

Hicimos silencio los dos para ver el replay y allí lo entendí mejor.

–El béisbol es como la vida, Andrés –dijo entonces.

Atajé eso con una sonrisa incrédula. Ya era un muchacho grande. Allí estaban esas frases, como que tal cosa es como la vida. Yo estaba aprendiendo mucho de la vida y su cruel complejidad me convencía de que nada podía reducirla a un juego de sábado. No había nada allí ni en otro lado que me explicara la muerte accidental de mis padres cuando yo tenía catorce.

Pensé eso pero también quiero mucho al abuelo y lo invité con un gesto a que siguiera.

–En el béisbol como en la vida a veces te toca atacar y a veces debes conformarte con defenderte nada más. Y las bases. Como las etapas de la vida: del nacimiento hasta primera, que es la juventud; luego a segunda, que es la madurez; llegas a tercera como anciano y transitas el último tramo hasta el final. De vuelta a casa. Home sweet home.

Prado desvió su mirada para observar a Celia, ocupada a su pesar en alguna tarea del hogar. Su delgadez etérea y la delicada piel blanca de su cuello largo siempre me produjeron un dolor físico. El abuelo hizo eso el rato suficiente para que yo entendiera y me incomodara. Bajé la vista al suelo.

–Te voy a contar algo muy personal de este viejo. Es algo que tiene que quedar entre los dos. Un secreto de hombres, Andrés.

Volví a mirarlo intrigado.

–Bien. A tu edad yo era un muchacho bien plantao, así como tú. Siempre iba de aquí para allá con una u otra noviecita, tú sabe. En el relajo. También andaba mucho entre los jornaleros de las fincas de mi padre, me juntaba con ellos para tomar y parrandear; no hacía diferencia social, vamos. Por ahí, estaba esta muchachita, hermana de un trabajador nuestro y tuve un amorío con ella. Era muy jovencita (yo también) y medio apocada para el trato pero nos habíamos enamorado locamente. No sé, me fascinaba su docilidad pero también su desapego por las miserias cotidianas del mundo. Siempre estaba de buen humor y disposición, entregada a asombrarse por las cosas más sencillas. Mis padres ya veían eso con malos ojos; se daban cuenta de lo mío, que iba tanto al campo y no volvía hasta la madrugada. Al tiempo me entero que estaba preñada. Ahí me asusto yo. Se abría ante mí la posibilidad de un compromiso eterno con la mujer y ese niño.

Prado volvió a hacer eso. Miró a mi prima unos segundos y luego a mí. Fijo a los ojos.

–Son esas cosas con las que uno juega a tu edad hasta que se da cuenta que son riesgos muy grandes donde todos pueden salir lastimados.

Mi corazón se estrujó como un acordeón. Un nudo de lágrimas amargas me apretó la garganta pero no quise llorar. Él continuó.

–No me atreví a hacer nada. Quedé paralizado. La cobardía de mi inmadurez quiso hacerme ver que ese amor no era posible. En todo caso que no convenía. Yo no pertenecía al mundo de los jornaleros, a su cultura; a su forma de vida.

>>Los días pasaban, la panza crecía y yo me debatía en pesadillas desesperadas. Un día le conté a mi padre de su existencia. Él, en beneficio, empleó a la muchacha también como criada de la hacienda y con mamá mantuvieron el secreto acerca del padre de ese niño. La mujer y su familia eran tan sencillos que tampoco me hacían problema y todavía creo que ella tenía el sueño de que iba a hacerla mi esposa algún día.  Yo en cambio empecé a rechazarla sin sentido, asustado de mis propios errores. Al tiempo conocí a tu abuela y pasó poco para que me pusiera formal con ella. Los dos éramos hijos de buena familia y tal. Familias con tierra importante, capacidad económica y de estudio. Nos casamos tiernitos como era común entonces y más luego tuvimos a tu mami.

Apenas podía creer lo que me contaba el abuelo. Estaba conmocionado, atornillado al asiento.

–Entonces no le revelé nada a tu abuela. Yo seguía en conocimiento de esta mujer y el varoncito que le nació. En las fincas de mi padre siguió creciendo y se hizo un niño tan parecido a mí. Su presencia me perseguía como un fantasma de mis pecados. Allí llegó la revolución y la confiscación de las tierras para el estado. Se reunieron ambas familias y se decidió que debíamos los jóvenes dejar todo atrás y buscar suerte fuera de la isla. Así nos fuimos con tu mamá para nunca volver. Todavía supe algo de la mujer y del muchachito esa primera época cuando aún podía mantener un correo con mis viejos. Supe que el chico se fue un día de la finca y que jugaba bien al béisbol; y de las malas noticias en la hacienda. Antes de que todo se perdiera.

“Esa fue mi elección”, dijo Prado.

–¿Si fue una buena elección? No lo sé. Sirvió para tirar lejos la pelota y prolongar el curso tranquilo de la vida.

Hizo un silencio largo, contemplativo hacia la nada del patio y yo hice crujir nervioso los nudillos de mis manos.

–Digamos que las reglas del juego favorecían a tu abuela –terminó mi abuelo–. Digámoslo así. No hay que ir contra ciertas reglas.

***

 

Hoy mientras viajamos al estadio municipal recuerdo aquella tarde en que veíamos el béisbol. ¿Cuánto influyeron las palabras del abuelo para hacerme tomar la decisión? Yo había pensado que en esos días en los que estuvimos solos, Celia iba a preguntarme. Yo había terminado el colegio y a ella le quedaban dos años todavía. Nuestra última época fue pura evasión de la realidad. Ella había aceptado mi decisión de irme a Bogotá sin cuestionarme demasiado, pero el día se acercaba y nunca hablábamos de lo nuestro. ¿Era un síntoma de que todo ese tiempo juntos fue una travesura de niños? Podía creerlo si proyectaba hacia el futuro pero las dudas desaparecían cuando la sentaba junto a mí en la playa. Su cabeza apoyada en mi hombro y el cabello alborotado con la brisa. Por alguna razón asumí que ella debía hablar primero sobre eso y traté de evitar cualquier conversación que pudiera llevarnos al punto. Y entonces era yo el que me retorcía en ese silencio absoluto que nos invadía la intimidad, como si los dos esperáramos que alguien moviera por nosotros la próxima jugada. Ella se desperezaba apenas en algún momento, suspiraba y me abrazaba con fuerza. Después volvía al silencio. Y no me decía nada que yo quisiera escuchar. Pero yo no le hablé tampoco. No tenía ninguna respuesta para darle, de cualquier modo.

***

 

 

En la tranquilidad del diamante vacío, el tiempo parece haberse detenido hasta que los jugadores saltan perezosamente al campo y ahora hacen sus movimientos habituales en la grama. La noche viene cayendo y aún no corre una brisa. Las hojas de los árboles por encima de las tribunas del miniestadio municipal permanecen quietas y la luz mortecina de las lámparas entretiene a los mosquitos antes de proyectar sombras espectrales de los peloteros. Yo le había aceptado a Prado uno de sus puritos, aunque tengo un paquete completo de Marlboro. Fumamos en silencio como para no dañar ese clima de paz y a nuestro alrededor la poca gente que se ha dado cita tampoco tiene la intención de hacer escándalo: hay un par de parejas jóvenes y el resto son hombres solitarios que o aman el deporte o no tienen rumbo fijo. Prado suele venir aquí tanto por su pasión por el deporte como para escapar un rato largo de su mujer. La primera vez que me trajo yo era muy chico. Habíamos venido con Celia, en la época en que nuestra principal actividad era pelearnos y corretearnos todo el día. Algunos años antes que una sensación extraña comenzara a invadirnos y en una noche tan rara como ésta ella me pidiera recostarme en la arena de esa playa solitaria que estaba detrás de la pared del patio de la vieja casa y me pidiera que cerrara los ojos. Yo no entendía lo que me pedía pero igual lo hice y menos entendí que me besara en mis dos párpados. Ella corrió y yo me quedé ahí tirado en la arena, con los ojos aún cerrados por la sorpresa. Seguí sin entenderlo esa noche pero casi no pude dormir. Eso no precipitó demasiado las cosas en esas vacaciones pero cuando volví el año siguiente nuestras peleas dieron paso a coqueteos encubiertos y a riñas que buscaban el contacto. No he vuelto a sentirme tan feliz como en esa época cuando veníamos con mamá y papá y yo gozaba secretamente la salvaje aventura de la atracción mutua y prohibida. Ahora que miro para atrás, qué torpes que éramos para ocultar nuestra  pasión. No puedo creer ahora que los demás no se dieran cuenta de lo bien que nos llevábamos y del tiempo exagerado que compartíamos juntos, a solas, perdidos del  resto del mundo. Días enteros que desaparecíamos y vagábamos por la playa, por el Club Caribe o por el Dorado, por las heladerías y pizzerías de Bocagrande o el Laguito, conociendo a gente nueva todos los días, haciéndonos grandes. Yo la veía hacerse mujer temporada tras temporada con el entusiasmo de un investigador. Durante el día me hipnotizaba  con sus vestidos reveladores y por las noches me iba a dormir con la angustia vital y la imagen de sus camisones de niña cada vez más insuficientes. Esas noches febriles hubiera querido jugarme la vida, abrazarla a ella toda la noche, gritarles a todos que eso queríamos. Nunca tuvimos el valor necesario. Pero todo eso vino mucho después. Cuando Prado nos traía entonces al campo a Celia y a mí, nos compraba paletas de coco y nos sentaba a cada uno a un lado. Y nos hablaba de béisbol. De eso sabe cualquier cantidad. Contaba emocionado del Mundial que había visto en su país a principios de los cincuenta. Y de ese pitcher magistral, Remberto Madera, cuya habilidad legendaria había sido descubierta por obra de Dios entre los sembradíos de arroz de las fincas de su familia y lo había llevado de la pobreza  más miserable a jugar en la Selección Nacional y a estrechar la mano del propio Fidel Castro. Y lo había devuelto luego a su pobreza habitual, por cierto. No vaya a creer uno que en ese país un hombre se hace rico tirando pelotas. Salvo que lo llamen de las Grandes Ligas, digo yo. El abuelo me contaba que era común verlo jugando descalzo en los partidos que improvisaban los jornaleros en los potreros hediondos aún luego de la ardua jornada y de la risa que le produjo a todos los que fueron a verlo el día de su debut oficial en un equipo de Camagüey, cuando en el medio del cuarto inning, pleno montículo central, las bases llenas, se descalzó los primeros espay que habían conocido sus pies de roble, luego de una sufrida tortura de cuatro entradas y remontó un partido que los conducía a la derrota.

Prado te puede contar un montón de historias de esas que tienen que ver con el béisbol. Esa pasión por contar nos une a los dos. La verdad, sin embargo, es que nunca ha pasado de allí mi relación con el viejo. Hay cosas en su mirada que quedan oscuras. Yo las atribuyo a  todos esos fantasmas que le recorren la cabeza a los viejos. Esa idea siempre me llenó de terror. El propio cuerpo débil e inútil como una cárcel y los recuerdos como un tormento permanente. Por eso creo que hay que acumular la mayor cantidad de dicha posible, aunque efímera, para aferrarse de ellas cuando uno llegue a viejo. Eso es lo que es. Ahora que he crecido puedo intentar adivinar lo que le come la cabeza al viejo durante las tardes en su mecedora. Acaso la muerte de su hija mayor en una ruta lejana y la cruel efectividad del karma. Acaso su propia muerte. Celia me habló alguna vez de su cáncer de próstata pero yo ni la escuché. Puse la mente en blanco mientras me decía. No me hablen de la gente que se está muriendo. Avísenme el día final para mandarme un brindis con ron por su alma.

El partido ha comenzado casi sin que me diera cuenta. Observo de reojo a Prado que termina su puro y me concentro dispuesto a oír también sus pensamientos en ese silencio extraño. Escucho clarito el golpe de los bates, la arena derrapada en primera y los comentarios de los jugadores. Más allá las campanas de un carrito de raspao y las llantas de un camión que se come la avenida. Pero no escucho ni un solo pensamiento. Así de impenetrables son los viejos. Sin embargo basta mirarlos a los ojos para saber si sufren en silencio. Como los negros.

 

 

 

 

EJERCICIO 4

Describiría primero una gran montaña, una Sierra Nevada llamada Hermanos mayores, hermanos menores, acorde a los altos ideales del protagonista. Sigue el valle plácido de La elección…, moldeado por las caricias de un amor puberal. Palparía luego una depresión súbita, paralela a la vida de ese niño solitario y asustado de 1989. Terminaría sintiendo las abruptas ondulaciones de Los Graduados, largas dunas de playa donde se divierten los amigos.

En cuanto al orden inicial, expuse primero los dos cuentos más avanzados y después los dos que necesitan más trabajo. No por ilación conceptual. Imagino ahora y siguiendo la imagen propuesta, mi libro final como una cordillera de seis picos (de tener que eliminar uno como se nos propuso):

Incluiría primero los 4 cuentos cuyos narradores son contemporáneos, adolescentes en un lugar y un tiempo determinados, el Caribe colombiano de los 80, el tema que cruza todo mi libro.

 En este orden: Natural, un cuento nuevo que define en su primer párrafo a mi generación:

“Nos dorábamos al sol de un caribe profundo y pretendíamos ser felices sin esfuerzo. Éramos jóvenes sueltos, despojados todos de algún porcentaje de calor paternal y desahuciados a la vera del camino de una sociedad urbana que marchaba ciega, mórbidamente apacible, a su destrucción. Nos miraban crecer torpes, buscando la salida en cuartos oscuros.”

 Luego 1989, Los graduados y Mientras fuimos reyes, otro nuevo.

Seguiría con los cuentos de narrador adulto y reflexivo sobre su juventud perdida, La elección… y La técnica del desnudo, el cuento que quiero mostrar el 11/11 y que cierra con una frase toda una conclusión vital:

“Y porque soy perfectamente conciente de que en este limbo de mi vida ninguna puerta se ha cerrado por completo y también de que ninguna otra se ha abierto del todo aún, tengo la cruel certeza de que sigo en el juego.” 

 

Quinto Cuento “1989″

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Cuento refaccionado. Es una viñeta sobre un joven sobreviviente de la guerra urbana de los 80. Un descendiente de indígenas del trópico que sufre las consecuencias de la difícil adaptación a la ciudad y sus reglas. El tono de remembranza vuelve a desacelerar el ritmo del libro. Se añadió algo más al relato original, para conocer mejor al narrador y los motivos que lo llevan a la casa de su viejo amigo.

 

1989

 

Hay soledad en el hogar sin bulla,

Sin noticias, sin verde, sin niñez.

Y si hay algo quebrado en esta tarde,

y que baja y que cruje,

Son dos viejos caminos blancos, curvos.

Por ellos va mi corazón a pie.

En Los pasos lejanos. César vallejo.

 

Jueves. Noche de brujas. Yani abasteció la alacena con varias bolsas de dulces. Como todos los años. Nicolás había salido rápido de la ducha, arrastrando a su madre y gritó de alegría cuando la abuela le mostró el disfraz que la afanó toda la semana previa. Era un disfraz de pirata bien chévere. Las dos estuvieron vistiéndolo un rato largo, tanto que ya habían empezado a tocar a la puerta gasparines, supermanes, guaracheras, reinas de carnaval, dráculas y hombres caimanes en miniatura. Nico esperaba inquieto en calzoncillos a que su mamá terminara de coserle el ruedo y aullaba de desesperación cada vez que sonaba el timbre y empezaba la cantaleta de las criaturas de la noche. Yani les abría la puerta y parecía divertida de ver aquellas fantasías y escucharles una y otra vez el amenazante pedido de dulces, colombinas y bombonbunes. A mí también me gustó siempre la noche de brujas y me asomo cada tanto a repartir caramelos. Un par de veces me hago el tonto y empiezo a repartir pan de bono o gajos de uvas y los pelaítos se emputan y reclaman caramelos. Era algo que solía hacer mi papá. Le encantaba ver las caritas enojadas por un rato. Una noche de brujas hace muchos años, cuando vivíamos todos juntos, me habían conseguido un traje de marimonda que había cosido no sé qué amiga o familia de mi padre. Una vaina colorinche, ridícula, con una máscara orejona y una nariz larguísima que llegaba hasta la  barriga. Mi padre lo sostenía orgulloso en la puerta de su cuarto y yo no quería acercarme ni a un metro. Mi madre, que imaginaba mi reacción, no se había atrevido a contrariar a papá y esperaba la tragedia. Mi hermano mayor Gabriel, que no perdía movida, se moría de risa sin compasión por mi desgracia. No tuve otra. Empecé con pucheros y los ojos se llenaron de lágrimas. Al rato eran cataratas y me tenían que correr para que me pusiera ese adefesio. Cuando todos se cansaron mi padre estaba emputao y se encerró en el cuarto hasta el día siguiente. Yo me salí con la mía y hubo que salir a comprarme de urgencia un disfraz. Volvimos con uno de batman bien bacano. Medio raro, el pantalón con botas campana. Parecía un batman travolta y eso. Pero eran los setenta y todos nos vestíamos mal. Mi mamá me vistió rápido, yo cogí la calabaza y me fui feliz pa´ la calle, de la mano de mi hermano. Yo me  acuerdo de eso, de la excitación que nos producía esa noche a los amigos del barrio y el tiempo infinito que derrochábamos con Gabriel para perdernos en trajes de superhéroes.

Cuando Nicolás está listo, los dos nos vamos a recorrer el  barrio. La noche es estupenda. Hay una luna enorme y brillante y la brisa hace agradable la caminata. Veo grupitos de niños que van cantando de casa en casa pero no puedo sentir la misma alegría de hace unos años, quizás porque ya no soy un niño. O quizás  porque las cosas realmente no son las mismas y lo que le sucede al país repercute en cada una de sus costumbres. Todo tiene otro clima, más apagado. El dinero no sobra y la idea de niños caminando de noche por la ciudad es peligrosa.

Empezamos por la casa de Enriqueta. La viejita nos recibe con su dulzura habitual, pero no entrega un sólo caramelo hasta que Nico no canta todo.

 

    Triqui, triqui, Halouin, quiero dulces para mí

    si no hay dulces para mí, se te crece la nariz.

 

Cruzamos después la calle y nos unimos a un grupo que entra cantando al jardín del señor Silva. Estacionado frente al mismo sigue el viejo bus de línea, durmiendo eternamente. En él solíamos ocultarnos los niños de la cuadra cuando queríamos estar solos y hablar de cualquier cosa o planear alguna travesura. Lo hacíamos sólo de noche, temiendo que el señor Silva nos descubriera. Se decía que era un solitario cascarrabias y violento pero nunca tuvimos oportunidad de comprobarlo. Desde la oscuridad del bus nos asomábamos por las ventanillas al exterior y fisgoneábamos cuanto pasaba en el barrio a esas horas: las escandalosas peleas del matrimonio Pérez, el regreso alegre de las ninfas de estación o el ir y venir del manquito Luis siempre drogao, muerto a tiros una noche de aquellas en la tienda de a la vuelta. Aquella casa todavía me produce temor y rechazo. Tanto que cuando veo que tardan en recibirnos evito quedarme con Nicolás y seguimos cuesta arriba por la calle empinada, cruzándonos con otros niños. Vamos de casa en casa pero Nicolás no comienza a cantar hasta que yo digo el primer verso con una voz desafinada y muerto de la vergüenza. Recién allí se atreve él y los vecinos vierten un puñado de dulces en la calabaza.

De cualquier modo mi barrio no es el mismo. Muchas de las familias que yo conocí se han mudado a otro lugar según su suerte. Allí siguen los Pérez con sus veladas de box ocasionales, discutiendo sus intimidades a los gritos. Los hijos ya han partido para la universidad y los años han terminado por cuajar la relación de los esposos como la de dos enemigos íntimos. Todavía viven aquí Francisco Mina, un santandereano oscuro y su quinta mujer. En nuestra historia habíamos llegado a conocer a las cuatro anteriores y yo ya he olvidado a la primera, la madre de su único hijo. Con el pretexto de los dulces volví a ver a Doña Emilia, que había desperdiciado alguna vez muchas de sus tardes tratando de hacerme aprender porros y bambucos con la guitarra. Su hijo había sido compañero del colegio de mi hermano y había muerto hacía unos años en un accidente de moto. Mucha otra gente ya no vive aquí y a los nuevos apenas los conozco de vista. Cuando terminamos en la cima de nuestra calle evitamos la cuadra siguiente donde sucesivas migraciones de guajiros enriquecidos y luego narcos la convirtieron en un ecosistema propio donde la música de pick up puede durar días o interrumpirse bruscamente por alguna redada policial o un disparo perdido en la impunidad. Antes de continuar nuestra recorrida en la dirección opuesta para dar toda la vuelta a la cuadra, Nicolás se detiene frente a una casa enorme y antigua, que duerme con todas las luces apagadas entre los caserones poderosos y vibrantes de aquella mafia urbana. Una reja alta y blanca, podrida por el óxido ya no protege nada. Cualquiera  con una lima de uñas podría tomarse el trabajo de cortar el metal. Nicolás me mira como animándome a tocar el timbre.

—No, pulga. Aquí no.

 

 

 

 

 

 

Al día siguiente estoy esperando como diez minutos frente a la casa de Jairo, luego de atravesar la enorme reja blanca que me abrió uno de los tantos vagos que suelen reunirse aquí para beber ron y fumar marihuana. Si esta vaina parece la cárcel de la flojera, cuadro. Están los mismos cinco tipos que veo de pasada cuando vuelvo del colegio y que no hacen nada. Cada tanto prenden un cigarrillo o echan un chiste pero en general se quedan callados mirando cómo pasa el día. Antes venía mucha gente. Uno veía llegar las Chevy Van, las Toyota, las tricimoto rojas y todo un tropel de gente. Llegaban haciendo escándalo con su música de pick up, sus pistolas al cinto y el ron que no paraba de circular, todo así hasta la madrugada, cuando se iban borrachos como cubas, en otro escándalo de groserías y chirriar de llantas.

Pero ahora esta casa, la que fue la más rica de la cuadra, parecía condenada al olvido. En unos momentos, cuando terminara de caer el sol, un par de vagos se irían y otros se quedarían. Luego llegaría Jairo y empezarían a jugar dominó y seguirían hasta la madrugada, drogándose y emborrachándose. A cualquier hora de la noche uno podía encontrarlos jugando, sentados frente al garage, borrachos pero empezando, con sus águilas en la mano, sin otra música en esas horas silenciosas que los tictac de los bloquecitos de marfil. El tipo que me abrió la reja entró a la casa cuando le dije que necesitaba ver a Jairo, que me estaba esperando. Estuvo un rato adentro y vino quejándose.

—No joda. La próxima voy a tirarle agua helá  pa´ que se despiette.

Es un guajiro bajito y rechoncho. Ya nos habíamos saludado alguna vez. Usa unas bermudas safari y una camiseta blanca demasiado pequeña que deja escapar una panza prominente. Tremendamente ridículo el man. Tiene un manojo enorme de llaves en la mano y parece pronto a irse.

—Pasa, pasa, nomá. Está en el cuatto.

Entro en la sala principal que está a oscuras, sólo iluminada por la poca luz que aún ofrece la tarde. Antes de media hora, no va a poder verse una persona a unos metros. Atravieso el lugar que está casi vacío. Tiene un desnivel alfombrado en el que solía haber muebles caros y pesados, con un bar empotrado en la esquina opuesta a la puerta de entrada, siempre repleto de botellas de licores, rones, tequilas, vodkas y aguardientes de todo tipo. Cuando éramos niños el padre de Jairo no nos dejaba ni acercar a ese rincón, pero a medida que fuimos creciendo y el tipo desaparecía semanas enteras, teníamos total acceso al paraíso etílico. En esta sala tuve mi primera pea, mamando ron y mirando en el betamax peleas de Sugar Ray Leonard. Pero ya no queda nada de eso salvo la alfombra roja, sucia, cubriendo  todo el piso del desnivel. No están la mesita larga de cristal ni los sofás caros. Hay un solo sillón viejo y enfrente un televisor grande, desenchufado. En el  rincón queda la barra desierta de madera labrada, atrás la vitrina provista con unas pocas botellas de aguardiente casi todas vacías y nada más. Ni cuadros hay. Un montón de cajas permanecen arrumbadas sin orden. Sigo caminando y llego al pasillo, cada vez con más cuidado porque allí también está lleno de cajas y debo recordar por dónde ir. A esta altura ni siquiera llega la luz lánguida de la sala y todo es una completa oscuridad. A medida que avanzo hasta el final del pasillo el olor a marihuana comienza a producirme dolor de cabeza. Escucho unos ruidos y me quedo pilas. Algo o alguien se acerca. Cuando escucho el golpe de una caja y un hijueputa reconozco la voz.

—Jairo…

Mi llave.

No podríamos vernos aunque estuviéramos frente a frente.

—Ven pacá —me indica y entiendo que quiere que lo siga hasta el final donde hay una segunda sala más amplia. Es evidente que la energía eléctrica está cortada porque no hace el menor intento de encender alguna luz. Llegamos con dificultad a la sala, iluminada solamente por el resplandor azul que llega del patio a través de un gran ventanal que ocupa toda la  pared. Por fin puedo verlo. Está casi desnudo, vestido sólo con una pantaloneta y una delgada cadenita en el cuello.

—Llavecita —me apreta bien fuerte la mano.

También me da algo así como un abrazo. Como que está realmente contento de verme.

—¿Y cómo va la vaina, ah? ¿Ya terminaste el colegio?

 —Quedan los finales y listo. En Diciembre viajo a Bogotá, voy a parar de mi hermano.  

—Bacano, viejo man, bacano. Lo felicito, no joda —me choca la mano de nuevo, con sinceridad.

—Buena esa.

—Hey, ven acá. Te tengo que dar la invitación para la fiesta. Cuando las tenga te alcanzo una.

—Listo. Va pa´esa.

De pronto me dice “hey mira esto” y va hasta un montón de cajas (allí también las había por todos lados) y abre una, girando hacia mí como invitándome para que me asome.

—Nintendo —dice y yo veo una consola de videojuegos en una bolsa de plástico—. Del  carajo, man. Se murió el atari. Mejores juegos, mejores gráficos. Nada de bolitas ni cuadritos ni maricás. Tengo varias máquinas.

Ya jugábamos al nintendo desde hacía meses en casa de Gaviria que había traído uno de Miami.

—Si quieres una… —me dice.

—Tú sabes lo de mi viaje. No puedo llevar muchas cosas, tú sabes.

—Bueno, dile a tus amigos, man — empieza a abrir más cajas—. Las últimas videograbadoras. Se murió el betamax. Y tengo películas también.

Está desesperado por venderme algo. Casi me da vergüenza o tristeza.

—Computadoras Macintosh, viejo.

—Mira. Mis amigos tienen todas esas vainas. Pero igual yo pregunto, tranquilo.

—Ñerda —dice como cansado—. Tengo que vender todo esto rápido. Hace tres meses que me cortaron la luz, marica. Y los tipos me tienen cogido por las pelotas, man.

Se pone tenso y me doy cuenta que está terriblemente asustado. Mientras cierra las cajas, yo repaso todo a mi alrededor. Difícilmente reconozco los rincones de esta casa donde pasé muchos momentos de mi niñez. Hasta no hace muchos años aquí brillaba el esplendor de una época opulenta e inconsciente. Lo que ahora son paredes peladas y húmedas, antes estaban repletas de adornos dorados. De un extremo a otro, el piso estaba finamente alfombrado y en el centro de esta sala inmensa había una enorme mesa comedor de madera. Detrás un gran ventanal iba del techo al piso y daba a un patio tres veces mayor que la sala, donde había un hermoso jardín de nísperos y maracuyás que se iluminaba de noche con faroles verdes.  Pasando el jardín, por un senderito de piedras redondas se llegaba a la piscina donde los pelaos pasábamos tardes enteras.

Ahora, si uno se asoma por sobre las cajas amontonadas contra el cristal, se puede ver sólo cemento y tierra donde había plantas y árboles; la piscina vacía llena de trastes y una nevera vieja y oxidada. La espantosa visión me estremece con un escalofrío. Me resulta difícil reconocer en esta mansión, vieja y mohosa, a la casa más linda del barrio de mi infancia, donde vivíamos corriendo de un lado a otro, fascinados con los últimos juguetes de nuestro amigo. La misma que en navidad se llenaba de lucecitas de colores parpadeantes y objetos navideños comprados en Miami. Por un momento tengo la idea de que aparecerá el fantasma de aquella vieja matrona guajira que fue la madre de mi amigo, enfundada en sus largos mantones indios, con su andar cansino como si aún viviera entre los cardonales del desierto y no tuviese otro destino que mantener la casa en pie y esperar que el hombre volviera de las infinitas caminatas por las dunas tras un rebaño de cabras. O el fantasma del padre (a quien nunca llegué a conocer bien), su camisa abierta hasta el tercer botón, descubriendo un pecho adornado de alhajas de oro y la imagen de la Virgen del Carmen. De él se decía que no debía andar en nada bueno si cambiaba de carro importado todos los meses, aunque a nadie realmente le preocupaba porque era un  buen vecino y nunca tuvo problemas con nadie y de últimas no hacía sino seguir el destino de esa casta indígena que abandonó el desierto y bajó a la ciudad, brutalmente enriquecida por el tráfico de marihuana, dejando atrás doscientos años de olvido por parte de un gobierno y una sociedad que entonces se escandalizaron con sus modales vulgares, su hablar torpe e incomprensible, su mirada dura y desconfiada y, sobre todo, su violenta forma de vida sin siquiera imaginar los tiempos de hambruna y dolor que había tras esos ojos, la eterna pobreza que llenaba los días interminables, las lluvias de arena y las enfermedades que llegaban puntuales con los alisios del Caribe. Porque en definitiva este hombre, el padre de mi amigo, se había adaptado a la ciudad y no había de entrar en la salvaje guerra que por aquellos días libraban los principales clanes, siguiendo viejas rivalidades de tribu y que los llevaba a acribillarse a tiros en  plena calle, a plena luz del día. La guerra que en definitiva serviría para la autodestrucción de esa primitiva clase social que diera relevo a aquella otra nueva clase, ahora proveniente del sur y de las montañas, apenas más refinada, aún más brutal, pero definitivamente más inteligente, que entendió que el tráfico de un polvo blanco era la nueva frontera y adquiriría con el tiempo el poder que ninguna otra organización delictiva tendría en cualquier época, en cualquier lugar de la tierra.

Pero ni esos fantasmas querrían seguir en este cementerio de nostalgias, custodiado por un niño embrutecido por el vicio y envejecido por el destino trágico de su raza.

Jairo atraviesa la sala, sigue el pasillo hasta el fondo, baja las escaleras alfombradas con un paño gastado y sucio y entra a una habitación que yo recuerdo como un cuarto infantil repleto de juguetes caros. Lo sigo sin que me diga nada y entro al cuarto, un espacio inmenso y vacío de no ser por un grueso colchón, un pioneer desconectado y el viejo armario blanco. El olor a marihuana aún me produce arcadas. Sobre el piso de este lugar solíamos tirarnos a jugar. Cada cual traía sus cajas de cartón llenas de muñequitos articulados de Fisher Price. Cada tarde armábamos una historia completa y cada muñeco asumía un personaje diferente. Por horas enteras no había más que el olor a desinfectante de la alfombra mezclado con el plástico de los juguetes y  nuestras voces susurrantes afectadas por el histrionismo del momento. Nada del mundo exterior nos resultaba importante.

Ahora Jairo parece estar demasiado lejos de aquellos días. Es otro. Ha abierto el closet y me espera mientras yo sigo en el umbral de la puerta repasando el cuarto con la vista. Una incomodidad pudorosa se apodera de mí.

—Bueno, acá está la luz —dice, alumbrándome con una linterna. Mientras me acerco recuerdo las pesadas cortinas que cubrían las paredes. Me levanto la camiseta. La luz ilumina entonces la  treinta y ocho especial, mango recortado, con cacha de marfil que se asoma de mi  cintura. Jairo me la vendió hace unos años. Se había hecho un experto en armas de tanto revolver el armario de su padre. Recibía excelentes lecciones de sus primos antes que cayeran uno a uno, llenos de plomo, en alguna esquina de la ciudad. Algunas tardes nos juntábamos en el patio de su casa, portando pistolas y  metralletas. Pasábamos el rato cargando y descargándolas, yo con el horror de quien  sostiene una granada a punto de explotar, él con la serenidad de un experto. Tan amigo se hizo de las armas que empezó a llevarlas al colegio en su morral y un día que nuestro profesor de historia de segundo (ese maldito perro de Salcedo) lo jodía con una lección de la Gran Colombia y vaina, Jairo se marea, saca una uzi de su bolso y va hasta el tipo que lo mira aterrado como yo nunca vi, le apunta a la cabeza, lo hace arrodillar y le grita no me joda más hijueputa con la Gran Colombia. Para ese entonces, cuando lo echaron del colegio, su madre ya estaba muy enferma de cáncer de pulmón y no duraría mucho más. Murió a los pocos meses. No sé si Jairo ya tomaba drogas pero algo empezó a separarnos. No podría decir exactamente qué fue porque para mí era una época también difícil interiormente. Los conflictos adolescentes empezaban a abrumarme sin previo aviso. Lo que sí sé es que me porté como un mal parido. Quizás me puso celoso el que comenzara a frecuentar otras amistades. Hasta mi madre notaba molesta cómo yo desatendía sus llamadas telefónicas. Más de una vez lo encontré frente a la puerta de casa casi llorando, suplicándome que siguiera siendo su amigo. Y yo le cerraba la puerta en la cara. Eran días dolorosos. Todo comenzaba a salirle mal a él y para mí lo peor estaba por venir. La separación de mis padres y la partida de mi hermano mayor terminaron por arrastrarlo todo y sepulté para siempre las tardes de amistad en el club Angloamericano, junto a la piscina, los partidos de bola e´ trapo (o de béisbol en época de grandes ligas) en mitad de la calle, y los rituales de los sábados en el Cinelandia viendo películas de Jackie Chan.

—No la voy a necesitar más y no quiero que mi hermanito la encuentre —dije y le entregué la pistola.

—Oye, si alguien necesita, puedo conseguir una beretta… —me dice, más animado–. Espero que vuelvas y no te olvides de tus llaves, ¿ah?

Sonríe con sus dientes blanquísimos, enormes, casi de negro, y me mira a los ojos, con franqueza. No descubro ni una pizca de rencor en ellos. Al fin y al cabo, la historia terminó mal para los dos.

—Oye, ven acá. Qué vas a hacer mañana. Estrenan una película de Jackie Chan en el cine, podemos ir… —le digo de pronto, en un impulso.

Está sorprendido, no se lo esperaba.

—Seguro, viejo, seguro.

—Ven a mi casa y salimos. Podemos comer antes en Torre Pizza

—Listo. Mañana.

Volvemos a desandar el camino pero esta vez guiándonos por la luz de la linterna. La puerta de calle está cerrada. La abrimos y no queda ninguno de los vagos que me recibieron. La noche ha caído definitivamente y los postes de luz se han despertado para iluminar nuestra cuadra. Una brisa fresca me acompaña mientras bajo la suave pendiente de asfalto rumbo a mi casa.

 

 

Sábado. Una época termina. Hace unos años esta casa triste se llenaba de amigos. Eran los amigos de mi hermano y mis amigos del barrio. Siempre había risas y música y pelaos corriendo por todas partes. Cuando mi hermano se fue a estudiar a Bogotá, sus amigos no volvieron y los míos comenzaron a dejar el barrio. Lentamente yo iba perdiendo los lugares mínimos de mi niñez. Empezaba a alejarme del suelo y del contacto con el polvo inalcanzable de los zócalos, la tierra y la hierba mojada del jardín luego de un aguacero o la oscuridad impune debajo de la cama. Para la época en que él se fue, mi infancia ya había terminado. Mis padres se separaron y la casona quedó aún más grande para mi madre, Nico y yo. Y a mí se me ocurre la idea de una celda pero al revés. Una en que las paredes se expanden y en vez de traerte más aire te hacen más conciente de tu soledad. Las grandes y las peores cosas deben haber nacido en momentos de dolorosa soledad, cuando la mente vuela sin reparos e impunemente atraviesa barreras que no cruzaría de otro modo. Si las fronteras morales se expandieran como las paredes de esta soledad mía, ¿qué parte de mí prevalecería? ¿La buena o la mala? Como siempre, cuando me asaltan las dudas y quiero aclarar mi mente, subo al techo a media tarde y las suelas de mis zapatillas se pegotean a la brea reblandecida por el sol del mediodía. Desde allí vuelvo a mirar mi barrio. Las dos palmeras que nunca dejan de hacer ruido con la brisa. El techo del bus del señor Silva justo enfrente. La casa de los Pérez durmiendo en la calma que precede la tormenta. Las heridas de bala en la fachada de la casa de Francisco Mina y la mansión embrujada de Jairo allá arriba. El viento sopla entre las casas, los jardines, los árboles y los postes de luz y parece contarme otra vez al oído las historias de mi niñez. El pasado de los que se han ido y los que se han quedado. Una negra palenquera baja por la pendiente de la calle moviendo sus caderas, su platón de frutas haciendo equilibrio en la cabeza y grita su pregón irónico:

—Alegríaaa,  alegríaaa con coco y anís.

Miro la pared celeste que es el cielo y eso me tranquiliza tanto como mirar el mar. Y miro los gallinazos. Siempre hay gallinazos en mi cielo. Tan lejanos que a la distancia podrían confundirse con aves más nobles, apenas puntos negros sobre el fondo azul. Pero si uno espera lo suficiente ellos comienzan a acercarse volando en círculos y se les puede ver el plumaje inmundo de sus alas. Cuando era niño solía venir aquí con mi rifle de aire comprimido e intentaba darles. Pero mis balas eran débiles y nunca llegaban tan lejos. Aún ahora cierro los ojos cada tanto y  fantaseo que los gallinazos se acercan al techo y aterrizan en la brea. Entonces siguen acercándose a mí a los saltos y espero que de un momento a otro claven sus picos en mi carne. Y me devoren lentamente.

 

 

Recién camino al cine recordamos que es una noche especial. La ciudad está más desierta de gente común que lo habitual a estas horas. En cambio hay militares por todos lados. Las tanquetas ubicadas en los lugares más concurridos, esperando que las explosiones comiencen. Pablo Escobar amenazó con atentados en las principales ciudades en respuesta a las políticas de extradición. En este panorama mi camioneta se hace más que evidente y sospechosa. Sin meditarlo demasiado, cebaos como estamos por ver las patadas de nuestro héroe y alzaos por las águila que venimos bebiendo desde casa, decidimos que no vamos a echarnos atrás. Eso sí, desistimos de parar por la pizza. Esta noche cenaremos crispetas con maní moto. Esquivo como puedo las calles importantes y llegamos a tiempo al teatro. La primera impresión es que está cerrado. Tenemos que esperar varios minutos hasta que una gorda incrédula nos vende los boletos. No nos dice nada; probablemente había apostado que no vendería un solo tiquet esta noche. Total, que cuando se abren  perezosamente las cortinas de la pantalla, no hay más público en la enorme sala que nosotros y un man en la penúltima fila que sostiene una escoba. Resulta  extraño ver pasar las diapositivas con publicidad de comercios locales y luego, las ruidosas propagandas sin la rechifla y los comentarios groseros e ingeniosos del público habitual de estas funciones. El tiempo de espera hasta el inicio de la  proyección se llena de un silencio sepulcral y nervioso, donde el menor ruido asemeja el de un tictac asesino. Pero cuando la película comienza nos olvidamos de todo y cuando el mancito empieza a repartir puño y patá, nosotros estamos en la gloria. No pasa mucho tiempo hasta que Jairo me palmea el hombro y me ofrece un cigarrillo de marimba. Él ya tiene el suyo encendido en la boca. No tengo más remedio que aceptar. Me lo enciende en la boca y yo fumo lentamente, temeroso de  lo que puede pasarme. La cosa empieza a pegarme más tarde y yo a Jackie Chan lo veo como de lejos, saltando a kilómetros pero escucho perfecto los golpes en mis oídos.

—Qué vaina —digo riéndome feliz, creo que en voz  alta, dejándome llevar por la ebriedad—. Esto es pa´ maricas.

 

 

 

 

 

 

 

 

 

EJERCICIO 3

La literatura salva el alma torturada, dijo alguien. Y es un síntoma de la mía que camine entre libros buscando alguno que me lleve lejos del trabajo, ya despojado del ambo con olor a pervinox, vómitos y sudor de otros. Elijo uno y enfilo a la caja vacía. El dependiente no me presta atención y lanza miradas preocupadas a su compañera. Ambos observan a otro muchacho que acaba de entrar corriendo, uno más de los tres o cuatro compradores que quedamos. El chico está de espaldas a mí, usa gorrita bien clavada, un buzo con capucha y pantalones bien anchos, caídos para mostrar el calzón gris. Se para sobre dos Nike espaciales. No está solo. Habla con otro más joven, de trece o catorce años. Los dos miran un poco la oferta de libros y otro tanto afuera, a la calle, a través del vidrio de exposición. Sirenas repentinas (una ambulancia y luego dos patrullas) pasan raudas. Ninguno de los que estamos en la tienda intenta algún movimiento para asomarse a la puerta. Cada cual se mantiene en su sitio, en silencio. Los chicos se dirigen al fondo. El mayor observa la novela en mi mano y señala con el dedo, que huele a pólvora.

—¿Me lo regala amigo?

Houellebecq frunce el ceño en la tapa de Plateforme. Se la doy. La literatura salva el cuerpo, también. Pago el libro y escapo de allí.

SEXTO CUENTO (comentario)

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El sexto y último cuento es el que da nombre al volumen: Los graduados. Con respecto al original presentado, esta versión se ha acortado para ganar agilidad y se ha modificado el final.

 

Los graduados (Final)

           […]

Cuando el avión despega haciendo una pirueta de biplano acrobático casi cortando las olas con el extremo de un ala, esa isla comienza a hacerse tan pequeña que resulta mágico encuadrarla entre el agujero del pulgar y el índice, como mirando por un tubo, reduciéndola a la caricatura de un chiste de náufragos, detallando su croquis esbelto de caballito de mar, como ingenuo y hermoso, solitario y a la deriva en el Mar Caribe, sin reconocerse del todo como de aquí o de allá, luego de haber  visto cabalgar sobre su lomo a indios pacíficos y cómplices, a corsarios plebes y millonarios, a polinesios, ingleses protestantes, africanos esclavos y finalmente a colombianos que un día se acordaron de pronto de ese pedazo de paraíso perdido.

A mí me sale acordarme de esa viejita ciega que escucha a su hija a través del mar y no se me ocurre mayor tortura que estar lejos de los seres queridos cuando uno los ama de verdad. No hay carta que nos traiga el calor de una madre, el soporte de un hermano, el pulso agitado de una novia o el abrazo de un amigo. Aunque ninguno de mis colegas parece preocuparse ahora, a todos nos va a faltar pronto algo de eso también. Casi todos partirán hacia ciudades y países diversos.

Los espío en silencio mientras me calzo los auriculares y el Sonero Mayor, Joe Arroyo, empieza a cantar: ¡En Barranquilla me quedo! Nadie más que yo escucha esa mentira que me hiere el alma. Ellos ríen y continúan sus bromas tontas. Y eso está bien.  Tenemos el resto de nuestra vida para estar solos.

 

 

 

EJERCICIO 3

Los graduados / Informe de especie:

 

Someto aquí a consideración del comité científico mis resultados acerca de la nueva especie Los graduados, cuyos tres especímenes hasta ahora conocidos conforman un ente biológico único. A los tres los integran células jóvenes, despojadas de algún grado de calor paternal, células que crecen torpes buscando la supervivencia en condiciones adversas. Algunos adoptan una frenética movilidad como Los graduados (el cuento) o una pasividad contemplativa como La Elección del Fielder o 1989. Los tres ejemplares se desplazan en una manada que (permitan el exabrupto literario de un científico) marcha ciega, mórbidamente apacible, a su mutación o su destrucción. Los graduados es ágil pero necesita acortarse para mantener la tensión vital y sobrevivir; 1989 en cambio ya sufre un proceso de crecimiento con una historia concurrente que espero comunicar pronto; La elección… cambia de medio: del frío ámbito del sur argentino regresa al tibio agar del trópico colombiano para homogeneizar la especie. Los tres son anfibios: dominan la tierra cálida pero se sumergen eventualmente en el Atlántico. Los graduados lo hace a escasa profundidad para bucear en las aguas cristalinas de San Andrés con el solo objeto de olvidar el futuro ominoso que espera afuera. 1989 y La elección… van más profundo buscando una reflexión sobre el pasado y qué los llevó a donde están ahora.

Paralelamente estudio otros tres especímenes que clasifican con las características halladas: La técnica del desnudo, sobre las causas secretas de un exilio de juventud; Algo tiene que explotar, sobre la resistencia a aceptar el designio familiar; Natural, donde un hijo se asoma a la vida paralela de su padre. Sumados entonces serían seis individuos para la especie Los Graduados, toda fauna dorada al sol de un Caribe profundo.

 

Hipótesis para el cuento:

La despareja batalla con la hoja en blanco me ha obligado a pensar el cuento como el tratamiento de un tema concreto, único (¡la flecha hacia el blanco de Cortázar!) y el esfuerzo de desarrollarlo con personajes en acción desde el inicio y ambientes que el lector pueda imaginar, proyectar, incluso fuera del universo cerrado del cuento sin perjuicio del mismo. La forma se supedita al avance de la acción. Para el largo aliento de la novela imagino una estrategia mayor, factible de acumular varias ideas (temas) que conformen un conjunto coherente, sostenido también por la técnica y el estilo (la forma) pero sin el apremio de resignar diálogos, descripciones y/o digresiones que excedan la unidad funcional del relato.