Este es el tercero de los cuentos nuevos de mi libro. Ya está terminado. Lo sitúo tercero en el libro porque acelera aún más la velocidad del relato anterior y tiene más acción. Trata sobre un joven que reniega de la herencia terrateniente de su familia contaminada por la hiperviolencia y elige escapar con un amor inesperado.
Mientras fuimos reyes
–Usted me dice que una persona no puede discernir por sí misma lo que está bien y lo que está mal, que todo es resultado del ámbito que la rodea y que es la sociedad la que absorbe al ser humano. Yo creo, en cambio, que todo depende de las circunstancias. Estoy hablando de mi propia experiencia.
En Después del baile. León Tolstoi.
1987. Aliris tocó a mi puerta una tarde sobreviviendo a algún naufragio. Con su vestidito de niña remendado y harapiento, insuficiente para su cuerpo de mujer recién hecha. Casi miraba al piso, apenas más allá de sus pies sucios, algo menos que desnudos dentro de una pequeñas abarcas verdes de plástico. Habló tan quedamente que poco me faltó para despedirla con unas monedas. Sólo después de ver su bolso de cuero gastado, me di cuenta de que había llegado para quedarse.
La anterior criada –Elena- se había ido definitivamente a Baranoa para cuidar de su madre enferma. Mis padres rastrearon de apuro y Aliris viajó de algún pueblo miserable de la provincia para ocuparse de las labores de la casa y de mí. Traté de no mirarla mucho para no asustarla. Le mostré el cuarto de Elena en el patio, fuera de la casa y le pedí que dejara allí sus cosas y volviera para indicarle sus tareas. La esperé en la cocina y vino enseguida, en silencio; temí que fuera una retrasada mental. No era una niña pero no pasaría los veinte. Era bien flaca y tenía un rostro avejentado, como cansado de un viaje largo. No respondía a lo que yo le decía, sólo asentía con un parpadear y miraba la cocina, queriendo ordenar su universo. Por fin cuando terminé de mostrarle dónde estaba cada cosa, me preguntó sin mirarme, con una voz infantil y desnutrida:
—¿Y qué va a comer a la noche?
Le pedí que preparara carne, arroz blanco y patacones. Bien sencillo. De solo verla, sabía que las labores de Elena le quedarían grandes. La dejé en la cocina y me fui a mi cuarto, súbitamente alterado con lo que ya había visto. Miré la tele un rato, releí por milésima vez algunas de las historietas mejicanas de mi colección, pero era inútil. La presencia de la joven, tan diferente a mi anterior criada –mayor y entrada en carnes– alteró perceptiblemente mi ánimo.
En esos días todo parecía aciago. Yo esperaba asustado el futuro. Desoí a mi madre y pospuse mi ingreso a la universidad después del grado. Regresé a Barranquilla y esperé tres semanas antes de enviarles una carta al pueblo donde le exponía mi ausencia total de fuerzas para iniciar un proyecto de estudios. Les pedía un año sabático para recomponer mis fuerzas y mis ideas. Pensaba estudiar dos idiomas, Inglés y Francés en la ciudad o si lo requería, podía volver con papá a ocuparme de los negocios de la hacienda. Esperé la respuesta rogando que él no me solicitara lo segundo, algo que yo hubiera considerado la segunda tragedia en mi vida. No sucedió de todos modos. Mamá me respondió sin ánimos, en una carta escueta y desvalida, con frases hechas y deseos de lo mejor para mí. Iba a seguir enviándome la mensualidad a Barranquilla, sin inquisiciones ni reclamos. Tomé aquello con un alivio medido, presintiendo el aroma de lo ominoso.
Inicié una vida con la peor de las soledades, la autoimpuesta. Cerré mis puertas al mundo y me enclaustré en mi castillo de Ciudad Jardín. Apenas salía para verlo a mi tío Pedro, que ya estaba en sus últimas. La muerte de su hermano –otro tío mío, secuestrado y ultimado por la guerrilla en un paraje de Córdoba– también lo había devastado y lo había obligado a cerrar definitivamente cualquier resabio de empatía o consideración hacia Colombia. Empezó a expresar su odio constantemente, como si el país fuera culpable de todo lo que le había sucedido en la vida, el país y “esos guerrilleros y paracos hijueputas”, esperaba que nos invadieran al fin “los gringos malparidos” y “nos fueran metiendo plomo de a uno hasta que quedaran tres o cuatro de los buenos colombianos, nada más”. Me contagió el odio hacia mi país y sin quererlo, porque esta maniática idea brotó solo de mí, hacia mis padres y mi pasado.
En casa sobreviví a la angustia gracias a los libros de mi tío que se habían estado acumulando en una de las habitaciones. “Este es el único tesoro que conservo” decía Pedro, cuando ya era alguien más cercano a mí que mis propios padres y señalaba el desvencijado baúl forrado en cuero y algunas cajas más de cartón donde se apiñaba una cantidad desconocida de libros. Cada día, después que yo lo visitaba, iba hasta allí, sacaba uno (que parecía elegido especialmente porque hacía una pausa para revisar algunas páginas en silencio) y me lo regalaba. El primero fue Crimen y castigo en tapa dura.
–Toma. Léelo que está bueno.
Yo tomaba uno al azar cada día. Leí “La ciudad y los perros”, “Los jefes” y “Los cachorros” de Vargas Llosa; leí en etapas, como quien escala una montaña de paisajes hermosos, el “Rojo y Negro” de Stendhal; leí muchos cuentos de Cortázar y de Borges; leí a Hemingway y a Mejía Vallejo; a León de Greiff y a Sylvia Plath; a Onetti y a Camus; vivía esa vidas en mi cabeza, vibraba con los personajes y sus pensamientos. Leía de todo y a cualquier hora, persuadido de que debía abandonar una vida real por otra de fantasía.
Dejé de considerar el tema de los idiomas o simplemente lo olvidé como opción de algo. También fui cayendo en otros aspectos. Dejó de importarme mi apariencia personal; podía pasar días sin bañarme o cambiarme de ropa y fumaba uno a dos atados de Marlboro diarios. Mi relación con Elena inició una etapa de desavenencias y recriminaciones. Cuando mi crueldad llegó al punto de gritarle que no era ni mi madre ni siquiera pariente sino tan sólo una criada que cobraba el sueldo de mi familia, todo terminó por quebrarse definitivamente. Golpeada pero todavía sostenida por un sabio dejo de orgullo y pudor, me avisó un día que debía viajar a Baranoa de urgencia para hacerse cargo de su madre que estaba por morirse. A la semana llegó la carta donde se despedía avisándome que no iba a volver y deseándome un futuro con suerte. No la lloré entonces, esos primeros días en que me quedé solo del todo, sino muchos años después recordando la devoción con la que me había cuidado y criado, arrepintiéndome de haberla distanciado todos esos años de su propia madre, las dos extrañándose en silencio a través de la distancia que las separaba. Me quedaba el consuelo de pensar que había llegado a tiempo para verla morir, apretarle las manos y cerrarle los ojos.
***
1989. Septiembre. El niño levanta los brazos y el avión en su mano parece cruzar el cielo en picada. Recién aprende a caminar. Acabo de llegar de Tres Vientos y el bolso descansa junto a mis pies, a la entrada del patio. El niño me ve y me sonríe, me saluda con su mano libre. Me acerco y le entrego su regalo, un carro de bomberos que estudia con una alegría contenida. Aliris coge el bolso y se mete para la casa.
–¿Quieres un baño? Te preparé el agua caliente.
En la habitación me desvisto despacio. Aliris espera en la puerta, observándome.
–No te dije. Ángel se va de las fincas –le comento.
“Todos se van”, pienso y espero que ella una en su cabeza ese comentario a otro que le dije no hace mucho.
–Todos se van lejos de mi padre.
La tarde previa a mi viaje de cinco días a Tres vientos una de las camionetas de mi padre estacionó frente a casa. Ángel, de pie, apoyado contra la puerta del conductor, fumaba un cigarrillo.
—Cé, miemmano —hacemos un llave.
—Pero y esa vaina. Qué haces tú aquí.
—Unas vueltas para Don Alfonso.
—Bueno, pulla el burro.
Me subí a la camioneta y arrancamos para Castillo Blanco. Pedimos una mesa de buchácara, un par de águilas y empezamos a jugar como en los buenos tiempos. Cuando vivía en casa y era mi chofer personal, solíamos venir aquí después del colegio, con algunos amigos, y jugábamos y tomábamos escuchando merengues y vallenatos hasta que caía la noche. Él había venido a nuestra casa cuando yo era más pelao y me había visto crecer mientras me traía y me llevaba al Liceo que me habían destinado mis padres para el bachillerato. Con él podía relajarme fuera de esas paredes y volver a ser por un rato el mismo niño pueblerino de mis primeros años. Cuando llegué a la ciudad para estudiar me enteré que éramos campesinos. Y que eso era una vergüenza. Me daba cuenta de cómo se reían de nuestra forma de hablar. Forzado, dejé de pronto de expresar esas cualidades que otros admiraban en el caserío: amaestrar los gusanos de las palmeras para enfrentarlos en carreras de velocidad o colgármelos al cuello en una cadena para asustar a las niñas. Cazar iguanas preñadas como nadie para rajarles la panza, sacarles los huevos y luego dejarlas en convalecencia tras una operación de sutura con cuerda digna del mejor cirujano. Ya no podía montar caballos con mi destreza de chalán ni tenía río para pescar bocachicos enormes con una ramita y una pita. Frente a mis compañeros de curso me esmeraba por hablar distinto y aprendía rápido las costumbres del citadino. De vuelta al pueblo en vacaciones, mamá terminaba de pulirme empeñada en hacerme olvidar mi pasado.
Con Ángel nos hicimos buenos amigos. Luego de que obtuve mi propio registro no tenía mucho sentido que siguiera trabajando en casa y mi padre lo llevó a trabajar para él en sus fincas. Sólo venía esporádicamente por trámites o para traerme la mensualidad.
—Creo que es la última vez que vengo, mano —me dice esa tarde como si nada.
—Eche, ¿cómo así?
—Este hombre en Maicao me dejó efectivo.
Ángel es la persona que me mantiene al tanto de los negocios de mi padre. Por él sé que es una época difícil para los ganaderos de la provincia. El saqueo y el boleteo de la guerrilla vienen diezmando la economía tradicional de nuestras familias. Las armas del paramilitarismo se nos vinieron en contra y el secuestro de los hacendados empantana con sangre un terreno naturalmente seco luego de meses de ausencia de lluvias. Todo aquello y el temperamento caliente de mi padre, agravado por los años viene repercutiendo en el ánimo de mi viejo chofer, que ha comenzado a buscar fortuna en trabajos alternativos. El último de ellos lo llevó a trabajar ocasionalmente para un hombre de Maicao, llevando y trayendo mercancía a través de la frontera del desierto. Las camionetas cuatro puertas japonesas lo esperaban a uno y otro lado en esos pueblos polvorientos y caóticos de hombres armados, en tránsito permanente. “Yo llevo, traigo y no pregunto”, me dijo él y yo supe que el sueldo debe ser considerable para tanto riesgo.
—¿No conseguiste el aumento entonces? —le pregunté.
—Nombe, que vá, con tu papá ya no se puede —dijo como fastidiado y luego me miró cómplice y habló serenamente como para decirme un secreto—. Mercedes está embarazada.
Mercedes era su novia de años pero aún no se habían casado. Ella todavía vivía con sus padres. Cuando me recuperé de la noticia levanté mi botella y las chocamos sobre el paño de la mesa.
—Felicidades mano. Ahora entiendo el apuro.
—Quiero comprarme la casa y de una nos vamos a vivir.
—Buena esa.
Seguimos jugando casi en silencio intentando disfrutar nuestro último partido pero a mí se me había dado por pensar que estaba en esa etapa de la vida donde la gente que suele rodearte comienza a alejarse por distintas razones. Me veía proyectado en unos años perteneciendo a un entorno de amigos diferentes, con acentos y costumbres extrañas a mí. ¿Por qué deben suceder las cosas así? No estoy seguro de querer ese futuro pero las situaciones y mis propias decisiones me llevan irremediablemente a él.
—Ajá. Y cómo está tu padre, cuéntame —dice mi tío, que me recibe en su departamento, despeinado, en pijamas, aunque todavía no dan las siete de la noche y entra a la pequeña cocina mientras me dice que no tiene mucho para ofrecerme, ni agua, pero si quiero un whisky. El lugar está hecho un desastre, oscuro y todo desordenado, de tal manera que parece aún más pequeño de lo que realmente es. Voy hasta la pared y levanto la persiana de la ventana que da al balcón y a la ciudad y dejo que entre la brisa porque me siento ahogado, como si este cuarto no fuera el mismo que dejé de ver hace una semana, cuando me fui a Tres Vientos. Mientras me acomodo en el sofá, uno demasiado elegante para este basural, me pregunto si es posible que este hombre me haya extrañado, que nuestra relación haya llegado a ese punto, cuanto más no sea porque tiene la oportunidad de bajarse una botella de antioqueño y más de una también, recibiendo cháchara y cuento de lo que me pasa. Casi dudo en aceptar el trago, porque todavía como que no me pasa el guayabo del viaje, pero no puedo evitar decir sí. Mi tío aparece con un vaso de alcohol que deja sobre la mesita enfrente mío y se mete en el baño. Al rato sale con la cara lavada, todavía despeinado.
—¿Ya cenaste? —me pregunta como si tuviera algo en la nevera cuando yo sé que al acercarse el fin de semana se le acabó la comida y trabaja a alcohol solamente. Unos meses atrás venía una mujer a limpiar pero creo que no viene más. Se sienta, por fin, y enciende un cigarrillo, el propio vaso de whisky en la mano. Su rostro duro aparenta un color amarillo pálido, como desteñido, pero su bigote gris y pequeño permanece igual, nunca demasiado espeso, partido en dos sobre unos labios grandes y gruesos como los de toda mi familia paterna. Más arrugas parecen haberse depositado sobre su piel de cuero y supongo que cualquiera le daría más años de los que tiene. Quizás basta haberlo conocido como yo este último tiempo para notar lo desmejorado que está. La televisión está encendida en un noticiero, como siempre.
—No, tío. Óyeme —le di el paquete que traía en las manos—. Una pendejada. Compré uno igual para papá.
Lo cogió extrañado. Rompió el papel, abrió la caja de la colonia, giró la tapita y olió. Una media sonrisa se le dibujó debajo del bigote y me pareció que estaba realmente conmovido. Quiso decir algo pero no le salieron las palabras y yo sentí pánico de que comenzara a llorar. Nunca lo había hecho enfrente mío aunque había soportado cien veces sus llantos de borracho del otro lado del teléfono.
—Mira, bien chévere lo pasamos, tío —dije para salir de eso.
—Gracias por acordarte de este viejo.
En realidad desde que supe de él escuché que estaba en las últimas. Todos en la familia hablaban de sus excesos con el alcohol y las drogas. Decían que no hay cuerpo que aguante tanto. Pero el tipo aguanta y los va enterrando a todos, uno por uno.
—Tienes que cuidarte, César.
—¿Y eso por qué?
—Algo va a explotar. Van a poner bombas por todos lados.
—¿Quién dijo?
—Las noticias. Pablito ya amenazó —se terminó su trago de dos sorbos—. Dicen que el viernes es el día.
Otra cosa. Mi tío se ha vuelto adicto a la hiperviolencia. Se pasa horas enteras frente a la televisión atento a las noticias sobre la guerra, creyendo ver a gente conocida entre los muertos de los atentados con carros-bomba o entre los cadáveres enfilados en alguna carretera y eso puede torturarlo una semana entera hasta que algo terrible vuelve a pasar y cambia de tema. Es como una nueva droga y creo que empieza a disfrutarla. “Este país se cae antes que yo” suele repetir y cuando lo dice yo pienso que está conciente de su propia debacle y asiste a la inminente destrucción de nuestra república con el vértigo del que quiere arrastrar en la caída todo a su alrededor.
—No comiste entonces. Pues te vienes conmigo —me dice y se va para el cuarto.
A mí me resulta extraño de alguna manera que vaya a salir a estas horas y también que sea él quien invite. Mientras lo espero reviso la sala y puedo ver que lo único que parece mantener la compostura en este caos es el traje que desde hace tiempo cuelga de una pared. Es un liqui-liqui blanco que tiene de toda la vida. Recién unos meses atrás volvió a sacarlo del armario cuando recibió la inesperada noticia de que su hijo se casaba en Panamá. Con la hija de un coronel. Lo inesperado era que estaba invitado. La cuestión lo había excitado como a un niño y debí acompañarlo el mismo día en que llegó la carta a comprar un regalo de platería. Desgraciadamente, poco antes de la fecha de la boda mi tío recibió un telegrama que postergaba el casamiento. De todos modos él no volvió a guardar su liqui-liqui. Como para salir disparado en cuanto llegara la nueva invitación.
Sale del cuarto con su boina de cuero, abotonándose una camisa blanca. Apaga el televisor y en el ascensor se pone las gafas negras. Me gusta salir con él pero cada vez lo hacemos menos debido a su progresiva reclusión monasterial. El vicio se lo está comiendo vivo aunque yo que lo conozco ahora más que nadie puedo decir que lo que lo está matando es la soledad y todos esos pensamientos que le calientan la cabeza a los viejos que se han portado mal. Cuando logro sacarlo del apartamento y caminamos por la calle la gente todavía se acuerda de él. “Concejal” le dicen o “Doctor” y yo me siento bien con eso. Por más que haya pasado el tiempo y todo lo demás.
—Vamos para El Country.
Esa noche compartimos la cena con una familia sirio-libanesa. La casa es grande y está poblada de gente. El dueño, el señor Nasir, le presenta a Pedro algunos hombres en la sala. Detrás de ellos, tras una puerta corrediza de vidrio veo más gente tomando trago en la terraza que da al patio. Desde la cocina me invade el aroma de ajillo y almendras. La abuela está inclinada sobre una bandeja enorme de quibbes y su nieto esquiva los manotazos en el intento de robar una presa. Una criada termina de ordenar otra cantidad de platos. Apartado del resto, me asomo al ventanal para ver las aguas tranquilas de la piscina y las palmas agitadas por la brisa suave. El ala opuesta de la casa, el garage con los carros de colección y el salón de discoteca duermen en la oscuridad.
En la cena me siento junto al tío. La abuela se ha esmerado tanto y ha llenado la mesa con quibbes, yaura, fatuch, tabules, tahini, arroz de almendras, langostinos al ajillo y cantidad de cosas. La señora Nasir (La Turca para quienes la conocemos de las noticias) ha debido pasar unas semanas de angustia porque se la ve con unos kilos menos que su foto en el Heraldo. En cambio su marido parece más fuerte que nunca y no puedo evitar que me caiga muy bien con su buen humor y su estilo para vestir aunque nunca me haría amigo suyo porque a mí no me quedan dudas de que todo lo que dicen en las noticias es cierto. Resulta claro que todos en la mesa son familiares cercanos y están festejando en intimidad la libertad del señor Nasir. Su hermano ha aprovechado la ocasión para presentar a su nueva novia que podría tener mi edad y es una risa ver las miradas que le echa La Turca. En cambio, los únicos que parecemos no encajar somos mi tío y yo. Como suele pasarme a mí de todas maneras y seguramente a él también, convertidos los dos en solitarios convidados a reuniones familiares de otros. Alguna vez tuvimos de esto también. La antigua casona de mi tío solía llenarse de invitados de renombre y no solamente de políticos y hombres de ley. Era también hogar de tertulias culturales y su enorme biblioteca era consultada por eruditos, escritores y periodistas de toda la Costa. Yo entonces era muy pequeño pero parecen haber quedado en mi memoria las imágenes de aquellas reuniones informales. Imágenes deshilachadas de alfombras gruesas, olor a tabaco, las voces entusiasmadas en la discusión y las canciones de Pacho Galán y Lucho Bermúdez como serenata de fondo. Era una época feliz. Mi tío tenía una mujer panameña, fina y hermosa, y su machismo costeño había sido bendecido con dos hijos varones. Silvio, el mayor de ellos, incluso seguía sus pasos e iniciaba la carrera de derecho. Hasta que pasó lo que pasó. Otra gente me habló un tiempo después de su forma de vida, siempre desbordada en excesos. Tenía un carácter altanero, explosivo y su afición por el alcohol tenía proporciones de fanatismo religioso. Ebrio hasta las uñas viajaba, según dicen, el día en que clavó su carro contra un poste en la carretera a Santa Marta. Viajaba con sus dos hijos. El menor salió despedido y murió en el acto. El mayor se destrozó la cara contra el tablero y él apenas tuvo heridas leves. Ahí se acabó todo. El juicio de divorcio, las diez operaciones de reconstrucción que necesitó su hijo y el suicidio lento con toneladas de la mejor cocaína del mundo terminaron por arruinarlo y condenarlo a una cárcel de vicio y soledad. La familia que él había olvidado en los tiempos en que era el rey ya era demasiado lejana para brindarle consuelo y sólo mi madre mantenía una comunicación ocasional, empecinada con su labor cristiana de levantar al caído y desterrar el rencor de su propio corazón. Casi todos los demás lo habían olvidado a mi tío, hasta el día del entierro del tío Emigdio cuando lo vimos volver de la muerte, con su liqui-liqui, todo de blanco en un día caluroso y pedir la palabra para dar un responso monumental de imágenes y palabras alucinadas en el dolor. Después se acercó a mí, que difícilmente podía recordarlo y reconocerlo, y me unió a él la sensación de que compartíamos el mismo infierno. Nos seguimos apoyando mutuamente y me dejó entrar a su cárcel. Supe que había sobrevivido gracias a su habilidad para sacar a gente de problemas legales y había que ver en su apartamento la fauna de estafadores, contrabandistas y macabíes que había salvado de la guandoca. Las virtudes de su talento volvieron a ser reconocidas por los nuevos poderosos de la ciudad que entendieron que algunas pocas cosas no podían resolverse con bala. Después de la cena le habían traído al señor Nasir dos bailarinas árabes que hicieron la danza del vientre sobre la alfombra de la sala y todos festejábamos. A mi tío lo tuve que esperar un rato más que terminara lo suyo con su cliente y en el jeep me pidió que lo llevara a su casa. Entendí enseguida que debía llevar encima demasiado dinero para ir cargándolo por ahí. En el primer semáforo abrió un estuche que traía en la mano y se abrochó un rólex de oro en la muñeca. Entonces lo giró para que yo se lo viera y me sonrió como un pelao con juguete nuevo.
***
Octubre. El niño ya casi corre y la casa se ha llenado de ruidos inesperados, golpes y chillidos de juguetes de goma. Aliris lo atiende bien y yo, de aburrido, le pinté los barrotes de su cunita de colores vivos. No quiere quedarse quieto en ninguna parte y no he podido evitar que por las noches su madre lo traiga a la cama. Con él, observándolo crecer, algo de lo nuestro evoluciona en una dirección firme.
El dinero mensual, sin previo aviso, ha disminuido notablemente. Hay cartas en el mueble que no abrí todavía. Cartas de mamá de varias semanas o quizás un par de meses. No sé lo que contienen pero puedo imaginarlo. Tampoco he querido contestarlas. Como dije, las cosas ahora empiezan a definirse de alguna manera y necesito estar seguro al mando.
Sigo leyendo hasta muy tarde por la noche. Aliris y el niño ya duermen mientras en la habitación de al lado leo recostado en el sillón-cama. A veces, cuando los ojos me arden, dejo el libro y escucho la radio antes de dormirme. Con la luz apagada, los auriculares en mis orejas, debajo de una sábana, sintonizo la AM y escucho las noticias de una guerra que parece distante. Un oleoducto ha sufrido su atentado un millón. Aldeas campesinas masacradas. El ejército y la guerrilla que se matan primero y luego hablan de acuerdo de paz. Las balas, sin embargo, no se escuchan por la radio. Uno recién ve los muertos al día siguiente por televisión, casi desnudos, empapados en sangre, bien formaditos como si la muerte les pasara lista. Podían ser militares, guerrilleros, paramilitares, campesinos o sabe Dios qué. Acribillados como estaban el noticiero nos podía decir cualquier cosa que íbamos a creerlo. En la oscuridad de ese cuarto, bajo la seguridad de mis sábanas y la brisa fresca del ventilador de techo, yo trato de imaginar esa guerra lejana, incierta porque no la escucho, solo a los corresponsales que trasmiten desde ciudades y pueblos contando los muertos con acentos diferentes: bogotanos, paisas, santandereanos, pastusos. Hablan con la voz apresurada, el corazón agitado de perseguir al monstruo que siempre va un paso adelante. ¿Por qué pelean? ¿Alguien va a ganar algún día? Jamás fue un tema de conversación con mis amigos. La guerra es algo tan lejano como la adultez. Es eso que no llega nunca a nuestro Caribe. Que trasmiten por la radio y que te lleva en la imaginación a parajes húmedos de la Cordillera, a junglas salvajes, de pueblito en pueblito con el aroma impregnado de la sangre, la tierra, el pasto mojado y la ropa sucia, pesada. En la televisión es el intervalo entre novela y novela, con las imágenes de la masacre que termina de ocurrir. Hasta que empiecen a llegar también nuestros muertos. Gente que conocemos y amamos. Es espeluznante y a la vez reconfortante para mí, ahí acurrucado en mi sillón. Afuera el país se deshace como mi espíritu. No hay salvación posible.
***
Octubre. El otro problema es mi tío. Sus llamadas comenzaron a hacerse frecuentes e inoportunas. Su voz aparece del otro lado del teléfono, a cualquier hora, deformada por la ebriedad o el perico. Se ha convencido de que quieren matarlo. “Esta vez me metí con un pez gordo” me dijo un par de veces y yo ya podía imaginarme lo que quería decir. Eso iba a terminar separándonos en algún momento. La llamada que recibí esta tarde, sin embargo, simplemente me descolocó. No era su voz la que me hablaba del otro lado.
—¿César, tú eres César? —era una voz joven, vulgar, con un tono amenazante. Detrás se escuchaba otra persona que hablaba.
—¿Quién habla ahí?
—Oye esto, mejor que vengas a ver a tu tío porque está para morirse —y colgó.
Me quedé paralizado. ¿Qué iba a hacer? Tenía que ir a verlo pero esa otra gente no me daba buena espina. ¿Quiénes eran? ¿Acaso algunos de los vagos con que solía juntarse en la época en que se recorría todas las cantinas desde Rebolo a la ochenta y cuatro? Estos sonaban demasiado jóvenes. ¿Y por qué sabían mi nombre y mi número? Decidí ir de cualquier forma. Instintivamente metí mi navaja en uno de los bolsillos del pantalón y salí en el jeep para Los Nogales. No usé el ascensor sino que subí los cuatro pisos por la escalera y me detuve a cinco metros del apartamento. La puerta estaba cerrada. No se escuchaba a nadie. Esperé como cinco minutos y me acerqué.
—¡Pedro! —dije a media voz y ni siquiera me atreví a golpear. Esperé unos segundos más y justo en el momento en que notaba que el picaporte había sido vencido y la madera contigua presentaba una grieta violenta, la puerta se abrió bruscamente. El susto me impidió detallarlo de primera vista y lo único que vi fueron sus gafas negras debajo de una cachucha de béisbol. Nos quedamos quietos los dos y un tercero apareció atrás.
—Ese es César. Entra —me dijo y yo le obedecí como si nada.
Lo primero que buscó mi mente turbada fue algún arma a la vista. No había ninguna. El que habló me resultaba familiar. Era increíblemente flaco y tenía rostro de desnutrido de toda la vida. Usaba una camiseta verde fosforescente y los jeans le colgaban ridículamente de los huesos. Lo había visto rondar por aquí un par de veces cuando las cosas le iban realmente mal a mi tío y no tenía medio centavo para sostenerse. Este infeliz en cambio le mantenía el vicio por algunos centavos a cambio de papeletas húmedas que chorreaban gasolina sobre la mesada de la cocina donde yo solía descubrirlas accidentalmente. Mi tío sobrevivía a duras penas a esas temporadas de bazuco y se tomaba un respiro de drogas de mayor calidad cuando recibía el pago de algún trabajo ocasional.
—Mira. Tu tío tiene una culebra con nosotros —decía el flaco con toda la tranquilidad del mundo—. Hace dos semanas que se esconde cuando timbramos.
El otro era apenas más corpulento y entraba y salía de la habitación del viejo como si fuera su casa. El desorden en la sala era mayor aún que el habitual y la mayoría de las cosas de la mesa y los muebles estaban desparramadas por el piso. Hasta el liqui-liqui estaba arrugado sobre el sofá, con los bolsillos invertidos.
—Pasa que este hijueputa está trabao y no quiere salir de la cocina. Dile que no lo vamos a matar pero queremos el billete o que nos diga dónde lo tiene —gesticulaba demasiado al hablar y en uno de sus movimientos, la cacha de un revólver se dibujó debajo de la tela de la camiseta, asomando por encima del pantalón.
Llegué hasta la puerta cerrada de la cocina y grité para que me escuchara del otro lado y para darme fuerzas a mí mismo.
—¡Tío, soy yo, César!
Pasaron unos segundos y se atrevió a decir:
—Van a matarme, Cé —era la voz de un niño triste.
—Qué va, tío. No te matan nada. Mira, déjame pasar y hablamos.
“Nos van a matar a los dos”, seguía diciendo él y estuve un rato largo hasta poder convencerlo de que me abriera. Lo encontré en el piso acurrucado contra la pared. Le tomé las manos y parecía que le hubieran tirado un balde de agua encima.
—Pedro, dales la plata y ya, ¿me oíste?
—Es el fin…escucha.
—¿Cuánta plata les debes Pedro?
Él me miraba con los ojos extraviados. Ni siquiera viajaba cerca. Volví a asomar la cabeza para mirar a los dos tipos que esperaban en la sala.
—¿Cuánto es entonces?
Se miraron antes de contestar y el flaco dijo:
—Cinco mil barras.
Tragué una carcajada. La deuda no debía llegar ni a la mitad de ese valor, pero la cantidad era ridícula para tanta vaina. Se me ocurrió darles de mi bolsillo pero me maldije de nuevo porque había olvidado mi billetera.
—Ya les doy —les dije como un bobo y pasé delante de ellos hacia la habitación de mi tío. Me subí una banqueta y escarbé a ciegas en el espacio creado encima del techo falso del armario, donde mi tío guardaba comúnmente la plata y los documentos. Tanteé nervioso, atento a que alguno de ellos apareciera de repente. Toqué una caja de cartón, la saqué torpemente por el agujero y miré rápido. Una bolsa enorme de cocaína y fajos de billetes de mil, tantos como nunca vi juntos me quemaban en las manos. Cogí varios billetes y metí eso rápido. Mi corazón había comenzado a galopar en una carrera desbocada pero así los enfrenté, tratando de disculpar con mi rostro la pobreza del viejo.
—Cinco mil pesos, ve.
El flaco los contó y se los metió al bolsillo.
—No joda, ni que fuera un millón.
—¿Está todo entonces?
—Seguro, llavecita, seguro —miró a su colega—. Nos fuimos pué.
Cerré la puerta cuando se marcharon pero estaba tan vencida que hubiera bastado un manotazo para volver a abrirla. Saqué a mi tío de la cocina y lo llevé al cuarto. Casi se había dormido cuando lo acosté en la cama. De pronto quiso incorporarse y me jaló de la camisa.
—Creo que vi a Efraín.
—¿A Efraín? ¿Dónde?
Tragó saliva antes de seguir.
—Hubo un enfrentamiento en un pueblo del Cesar. Mostraron los muertos en el noticiero. Casi puedo jurar que era él.
—¿Muerto? ¿Dices que Efraín está muerto? —mi corazón había comenzado a galopar de nuevo— ¿pero dijeron su nombre?
—No dijeron nada pero creo que era él.
Respiré aliviado. Hacía tiempo que no sabíamos de mi primo Efraín. Diana su sobrina me contó que no había quedado bien después de la cárcel y las torturas. Lo habían atrapado junto a su compañera pero ella no sobrevivió. Él regresó un día de pronto a la casa de sus padres y desde entonces podía perderse sin previo aviso de todo y de todos, por meses enteros. Desde la última vez que salió de la guandoca mi tío lo había matado varias veces desde su sillón frente al televisor. Otras tantas veces lo había descubierto entre los rehenes de una emboscada o en la toma victoriosa de un pueblito del interior.
—Ya nos vamos a enterar, tío. Pero ahora duérmete —le dije y le arreglé la almohada debajo de su cabeza.
En la penumbra del cuarto me detuve en el brillo rotundo de kriptonita que emitía una piedra desde el escritorio iluminado por la lámpara. A su lado descansaba el cuchillo agotado de tanto rasparla. Esa visión me conmovió particularmente. Y peor que eso, me cercioré de lo que yo ya pensaba. Toda la plata que le había sacado a los narcos no le iban a comprar una segunda oportunidad: Pedro ya había tomado la decisión de morirse. Esperé a que se durmiera del todo. Mientras, traté de hacerme una imagen clara de Efraín pero con sorpresa descubrí lo difícil que me resultaba. Hacía años que no lo veía. Solía llegar a casa de noche, cuando yo ya me había acostado. Entraba a mi cuarto a oscuras para tirarse en la cama de junto y yo ni me daba cuenta, dormido como estaba. Pero cuando me despertaba a media noche y veía su silueta recortada contra la luz de la luna en mi ventana, mi espíritu se llenaba de alegría. Me quedaba sentado en mi colchón, mirándolo dormir. Su cuerpo parecía haber caído desde el techo y así como había aterrizado así había quedado. Hasta parecía muerto, de no ser que además roncaba como león hambriento y toda la habitación, todos esos ruidos minúsculos que me acostumbré a escuchar en la noche (el pequeño martilleo de las manecillas de mi reloj despertador, el ronroneo torpe del ventilador de techo, el bostezo ocasional de las maderas del armario), todos ellos, quedaban sepultados por sus ronquidos de bestia. Lo veía dormir así, tan profundamente, que lo imaginaba llegar terriblemente cansado de un viaje monumental, luego de atravesar montes imposibles, de cruzar ríos hasta la cintura y de batirse a metralla con ejércitos salvajes. Entonces me levantaba y me acercaba a los pies de su cama, seguro de que no iba a despertarlo y veía de cerca su bolso de cuero gastado y sus zapatos, buscando en ellos el barro acumulado de tierras distantes, el pasto arrancado de alguna selva o quizás (esto me estremecía hasta los huesos) la sangre seca del enemigo. Trataba de descubrir entre sus cosas alguna metralleta o una pistola que se asomara. Pero nunca vi nada de eso. Y siempre en vez de los borceguíes de combatiente, unas zapatillas tenis tan viejas como la pobreza. Igual volvía a mi cama con una película en mi cabeza y hasta mi habitación parecía haberse llenado de un aroma especial, salvaje, como de jungla y pólvora. Era un placer cerrar mis ojos, cubrirme hasta la cabeza con mi sábana, escuchándolo roncar allí cerca y fabular que estaba en un campamento guerrillero y que en cualquier momento comenzaría el plomo de una emboscada. Así de chévere me dormía y el seguía durmiendo aún cuando Elena me despertaba para ir al colegio. Cuando regresaba él había ayudado a mi criada a preparar un almuerzo especial. A pesar de eso yo no podría describir su personalidad porque todo el conocimiento que tenía de él había que juntarlo a partir de pedazos fragmentados de tiempo. Visitas fugaces, clandestinas, generalmente de noche. Siempre con el equipaje liviano, pronto a salir disparado. ¿Qué tan real? ¿Qué tan cercano al Efraín verdadero era aquel hombre que compartía algunos almuerzos imprevistos con Elena y conmigo, con el apetito abierto hasta lo increíble, con la sonrisa franca siempre cruzándole el rostro y su pelambre desgreñada de guerrillero. Siempre se guardaba para mí una mirada silenciosa, cómplice, que me desarmaba, como si esperara algo.
Así las cosas, el viejo había empezado a roncar y yo pensaba en Efraín, mi otro primo. Su probable muerte, una contingencia posible desde siempre entre los que lo conocíamos, me resultaba además de un trago muy triste, la incómoda demostración de que él, mi tío, yo y todos, habíamos fallado.
***
Octubre. Las cosas se precipitan. La carta está escrita. No me permitiría el dolor de escuchar o imaginar del otro lado la reacción de mamá a mi decisión. Mientras estuvo acá unos días, Aliris la atendió bien, de nuevo en el rol que mis padres siempre creyeron que mantenía. Sólo la presencia del niño, constantemente observado por mamá, le hizo quizás asumir algo. Nunca se animó a preguntar. Papá sí ha querido definir las cosas. Y su manera es exigirme que vuelva al pueblo antes de las fiestas si no me complace seguir la universidad.
Nunca les mencioné de Medellín ni de la oportunidad de trabajo con una prima de Aliris. Nunca les importó demasiado mi afición enfermiza por los libros ni mis ganas de escribir. Mientras redactaba la carta que han de leer pronto y les informa de nuestra partida, recordé mi último viaje al pueblo con un escalofrío. Era el cumpleaños de mi padre y luego del almuerzo salvaje en la finca entre familiares y amigos de la comarca, mi primo Plinio nos alentó a cabalgar. Los peones nos prepararon los caballos y yo asustado porque de verdad que estaba algo borracho pero cuando me subí a ese potro criollo me acordé de mis antiguas virtudes de niño chalán. Espuelé mi animal detrás de mis primos que guapirreaban ya lejos a toda velocidad. Yo espuelaba varias veces y mi potro picaba cada vez más; sentía la brisa que me refrescaba el rostro, el corazón a punto de salirme por la boca y el vértigo sabroso de la ebriedad. Cabalgamos sin rumbo bajo una bandada de gaviotas y vi una cara que me sonreía.
—¡Esto es la felicidad!
Paramos el trote cuando se nos cruzó un arreo de ganado y nos vimos entre las bestias que mugían y se movían morosamente. Mi ánimo se ensombreció. No eran tantas cabezas como yo creía recordar. Las había por cientos pero eso fue antes del boleteo y los saqueos. Mis pensamientos se detuvieron en el recuerdo de mi tío asesinado, en los cuerpos anónimos que yacían en el monte, en la perezosa tristeza del río que baña nuestro pueblo.
—Algún día esto va a ser tuyo —me dijo Plinio.
Mi padre tenía otro destino para mí. Pero nunca supo decírmelo –hermético en sus emociones como era- sino a través de mi madre y a ella sólo le preocupaba que aquellas tierras quedaran para mí, algún día y no para cualquier bastardo que las reclamase. También le gustaba que yo me hubiera criado en la ciudad y tuviera unas maneras diferentes a las del montuno. En todo eso, por supuesto, había una contradicción que ninguno de nosotros pudo ni supo manejar.
“Tú no conociste a tu padre”, me dijo una vez Pedro, “no tuviste oportunidad porque ya lo conociste grande y domesticado y enojado. Pero él era distinto cuando era un muchacho allá en el pueblo. Yo lo conocía mejor porque era el hermano inmediato mayor y él estaba muy pegado a mí, claro, más que a tu abuelo que a sus años casi era nuestro abuelo también. Alfonso, créelo, era muy simpático y agradable. ¿De qué otra forma te explicas que mucha gente lo haya tratado y considerado un amigo, esa gente que empezaste a conocer de grande?”. No era así en casa, yo podía sospecharlo a veces, pero no era así en casa, le dije a Pedro. “Mira Cé, él fue el más travieso de nosotros porque era entonces el más chico, el viejo estaba más cansado y mamá murió al poco rato de nacer Augusto; entonces, los mayorcitos fuimos un pocos sus padres todos y ahí lo consentíamos. Siempre fue un poco adolescente tu padre, sí, aunque no lo quieras creer tú que lo conociste tan rudo y circunspecto, si lo piensas bien, tenía cosas de niño caprichoso. Tu madre no me dejaría mentir.”
“Ni que hablar de las mujeres” decía después y yo me acordaba cuando más de grande volvía al pueblo y Ángel me señalaba desde la camioneta a esos muchachitos esparcidos por ahí, montunos crecidos que figuraban espejos filosos en esas esquinas polvorientas, imágenes parciales de mí mismo; hombrecitos de mi edad, cercanos a mi perfil. Tuve que enterarme de ellos una tarde de epifánica pea cuando mi otro tío, Felipe, brindó a los cuatro vientos por la fértil simiente de los Soria y particularmente, de mi padre. Esa misma tarde de mis catorce o mis quince años, atorándome de chicharrón, aguardiente y revelaciones, Felipe me confirmó también la verdad de aquel mito de pueblo que decía que las mujeres clandestinas de papá tenían en la piel la misma marca de su ganado. Todo venía de su juventud, cuando en una jornada de marcado mi padre había quemado accidentalmente con el hierro los muslos de una criada que ocasionalmente se llevaba a los arrozales.
Años después, cuando el velorio de Emigdio, el mismo Felipe los espantaría a esos hermanos naturales míos; escudado en el dolor, les impediría la entrada a la iglesia donde el pueblo despedía a su hermano. ¡Gallinazos!, gritaba, ¡esperan que se muera uno para venir por lo suyo! ¡Una quiebrapata los va a agarrar si se acercan por la finca! ¡hijueputas!
Papá nunca fue para mí esa medida de todas las cosas de la que hablaba Kafka en su Carta al Padre (ése también me lo regaló Pedro, no sin motivo). Es un dolor muy grande, porque otros pueden hablar de aquello que los separó. Hablo de la separación entre un padre y un hijo, pueden hablar de algo concreto, definido y complicado a través del tiempo. Puedo contestarle al que me quiera preguntar por ella, por Isabel mi madre, que nos unió, al menos de mi parte, una relación de amor-odio. Ella sí fue, esos años de mi primera infancia, la medida de todo. Antes de perderse en su cabeza, ella era un sol cálido y papá, un satélite frío y distante. Aparece en mi recuerdo recién por las tardes, con el día derrotado y el ruido de las botas que llegaban como afirmando. Esas botas, esos golpes de tacones en el piso de la casa, no me buscaban a mí sin embargo. Continuaban de aquí para allá durante un rato, luego de saludar a mi madre y morían en el interior de su habitación cerrada. Yo ya era mayorcito y esa indiferencia de las botas, lejos de producirme la misma indiferencia, parecían reafirmar una realidad dolorosa: que yo simplemente estaba allí, por alguna razón oscura, para ocupar un espacio y no para despertar una emoción en mi padre. Él decía que un hombre se mide por el brillo de sus zapatos. En realidad eso era algo que le había transmitido mi abuelo a todos sus hijos. Sus botas solían permanecer lustradas el día entero, a pesar del polvo de las fincas y el barro del río. El rito diario de mi padre era embetunar sus zapatos durante media hora en las mañanas. Así de brillantes salían de casa y así de brillantes volvían por la noche. Muchas veces era lo único que veía de él desde la oscuridad debajo de mi cama, antes de que entrara a su habitación y no volviera a salir hasta la cena. Era inexpresivo como todos esos hombres de pueblo, civilizados a los empujones, carentes de afecto táctil, incapaces de darlo. Pasaban semanas y meses y sabía que él seguía vivo porque sus pasos sonaban firmes en la baldosa. ¡Qué cruel recuerdo! A veces iban de aquí para allá, daban una vuelta por la casa y hasta se acercaban al límite de mi cuarto. Entonces yo contenía la respiración, el calor de mis narinas empañando la cerámica roja, el corazón agitándome el pecho. Pero las botas nunca entraban. Recién salía cuando él se había ido. Volvía a mis cosas y jamás comentaba con mamá mi pequeño secreto. ¿Por qué? ¿No era eso lo que hubiera necesitado un niño carente de afecto paterno? ¿Por qué imponía yo más distancia a la que ya existía? Cuando se sacaba las botas, cuando aparecía en el comedor con sus sandalias y su pijama, domesticado por el aroma de la comida de la criada y el baño caliente que le había preparado Isabel, yo le perdía más el respeto. Como si despojado de la labor ruda de la hacienda, ese hombretón se desvaneciera en nada, en un fantasma pasivo que ni siquiera asustaba, apenas incomodaba aquí y allá con su andar cansino y su estela de indiferencia e incomodidad propia. Tampoco era afectuoso con mamá en mi presencia o más bien ella no lo permitía. Fue todo un descubrimiento asombroso, un día cualquiera, enterarme que dormían en camas separadas y tardé mucho pero mucho tiempo (aquella borrachera de Felipe) en atribuirlo a esos primeros hijos que empezaban a nacerle por las riberas del Valle del Sinú. Curiosamente, cuando dejé el pueblo, a mi padre lo extrañé con rabia. Después, como todo, empecé a olvidarlo.
La soledad deja sus cicatrices. No soy el hombre civilizado que mamá esperaba. Soy un hijo de la tierra fértil del Sinú arrojado al cemento duro de la ciudad. Me hice fuerte quizás pero muchas cosas se han perdido en el proceso. Podría mencionar varias pero todas se rinden ante esta falta de empatía con el mundo. El instinto me tienta a pertenecer dentro de mi castillo de Ciudad Jardín y esperar que afuera todo se desplome, pero sé ahora que eso no es posible.
Aliris desplazó mi mundo, me sirvió durante cien noches y terminé enamorándome. Si alguien se asoma dentro de estos muros, verá a esta reina mía, pálida pero de ropas nuevas y limpias, que deambula silenciosa entre habitaciones vacías, alejada de ese mundo afuera que hace daño a las cosas buenas.
Un niño ha llegado. Por él dejaremos este lugar y mi herencia maldita. Saldremos a hacer las cosas bien.
Diciembre. Pedro murió anoche. La voz de Silvio, hoy, en el teléfono era la de un perfecto desconocido
—Mi papá murió anoche —dijo.
Dijo algo más. Algo de una sobredosis y algo sobre el hospital. Pero yo ya no estaba escuchando. Me lo estaba arrancando de la cabeza.
Por la tarde, el apartamento de Pedro parece más vacío y Silvio un completo extraño. Estuvo tardando demasiado en la cocina para encontrar un poco de café.
—Fíjate en el segundo cajón —le dije.
La verdad no me esperaba verlo hecho un mar de lágrimas o algo así. Volvió en un rato con las dos tazas en una bandeja y se sentó en el sillón frente a mí. Un rato antes le pedí que me ayudara a buscar en la caleta del armario. No quedaba ni un centavo.
—Conoces bastante bien esto —dice y me hace sentir incómodo por alguna razón. De cerca uno puede ver los remiendos de su rostro. Un surco le cruza la frente, baja cerca de su ojo izquierdo y le corta la mejilla hasta debajo de la oreja. Muchas cirugías la han convertido en una línea tenue y el paso de los años la ha terminado por amoldar a su anatomía. La nariz en cambio no pertenece a ese rostro y casi parece de plástico. Tiene la ropa arrugada y supongo que no se ha cambiado desde que bajó del avión, dos días antes de que su padre muriera en la terapia intensiva del hospital.
—De saber que lo conocías te hubiera llamado antes. Perdona —dijo y se acercó un cenicero. Luego prendió el cigarrillo—. ¿Y tú cómo estás?
—Bueno, bien.
Un súbito arrebato me tentó a largarlo por primera vez, aliviado y feliz.
–Hoy viajo a vivir a Medellín. Con mi mujer.
–Pero hombe ni sabía que te habías casado.
–No me casé. Vivimos juntos, tenemos un niño.
—Bueno, te felicito entonces. Qué sorpresa. Oye, hace tiempo que no veo a tus padres.
—Bueno, yo tampoco la verdad.
—¿Pero no vinieron?
Me maldigo por llevar la conversación a ese punto pero ya es demasiado tarde. En el bolsillo guardo los dos boletos del brasilia y Aliris me espera abajo con el niño. La carta, sobre la mesa del comedor. En el frente dice papá y mamá.
—Deben estar en viaje seguramente. Calculo que llegan en un par de horas.
Me quedo callado porque tengo pánico de seguir hablando. La vaina queda de lo más estúpida. Entonces me apuro a cambiar de tema.
—Hey, supe que te casas por allá.
—Bueno, tuve que suspender la boda por ahora. Por la invasión. Le mandé un telegrama a mi papá para avisarle. Sabe Dios si llegó a leerlo.
Nos quedamos en silencio un rato, terminando los tintos. Mi vista se clava en el liqui-liqui que todavía cuelga de la pared.
—Lo voy a enterrar esta tarde a las seis en los Jardines. Por la noche vuelvo a Panamá.
—Bueno —le digo pero no voy a ir de todos modos.
Nunca más voy a un cementerio para despedir a alguien que conocí. Es algo que no quiero soportar. A Silvio no le va a importar. Todo esto es para él un trámite molesto. Si pudiera zapatear sobre la tumba de su padre, lo haría. Y está bien supongo. Un hijo debería tener ese derecho ante un mal padre. Como parte de la ceremonia, digo. Por mi parte uno de estos días voy a brindar por su alma y luego me voy a emborrachar con ron.
Me despido de mi primo y nunca le digo lo cerca que estuve de Pedro los últimos tiempos. Las cosas de las que habíamos hablado y que él nunca pudo hablar con su propio padre. Ni de cómo lo quería mi tío ni de cuán atormentado estaba por lo que les había hecho. Quizás algún día se lo diré. Al fin de cuentas son esas cosas que lo alivian a uno cuando es más viejo y vive de los recuerdos.
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