Random Catódico
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La antártica empieza aquí, por Aloysus Acker Estimado Aloysus: Decidí comentar tu libro sin detenerme en sus influencias (y menos todavía en aquella que tanto se ha mencionado) porque tu propósito, sin duda, es que los lectores reconozcamos ...
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Réquiem y Encore

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Random Catódico quiere agradecer, antes de ser reabsorbido por la señal televisiva que le dio vida, a los bloglectores, camaradas de cacería y jueces del certamen: En estas extenuantes pero enriquecedoras semanas aprendió a eficientar el zoom-in sobre sus creaciones, hacer mejor uso del close-up sobre los personajes y escoger mejor entre disolvencia o corte directo para acotar la escena.

Elidom, Alisma, Joyce du Soleil, Soma, Rc, Bob, Sherlock, Lunaria, Barrita de mandarina, Bogador, Cronos, Poquelín, Ambivalente, RR y Lena; los faros entre la bruma que guiaron más de una vez las brazadas entre archipiélagos rocosos, salvando a Random de los peligros de encallar.

Elidom y Alisma, que tan brillante luz arrojaron de entre los faros, ofrecieron también tibias playas para recobrar las fuerzas; Random los aprecia, mucho.

De las lecturas a otros cazadores, Random adquirió una lente de gran angular, resultando en mayor amplitud para la comprensión de las rutas a trazar, del futuro de muchas letras y su organización. Especialmente agradece a Blue la capacidad de crear imágenes y el contagio de entusiasmo, a Nika la visión de personajes entrañables femeninos más no feministas, a Mahout el aproch tu de friks y a Aloysus las divergencias exploratorias y la monstruosidad subyacente.

De los jueces, Random encontró otras formas de hacer una toma abierta, para apreciar de lejos los escenarios.

Para Alberto un especial agradecimiento: La visión del rompecabezas ahora es más clara, las piezas encajan mejor y, las que faltan, podrán ser construidas. Random ordenará lo aleatorio.

Guadalupe: El comentario directo, despojado de formalismos; duras y certeras observaciones para el duro (y no siempre certero) arte de escribir catódico.

Martín: Efectividad y puntualización al señalar los detalles y sus asperezas; donde lijar, pulir o barnizar, quedó señalado.

Y ahora Random Catódico se desintegra en partículas para ser transmitido; tal vez un día lo encuentres en tu televisor (si escuchas la voz de un apuntador en tu oído, hazle caso).

Pues bien, la experiencia ha sido provechosa, pero ya Random lo ha dicho en su última aparición. Agradezco los últimos comentarios y mando mi más sincera felicitación a Benjamín Labatut (Hey, si usas el orden de cuentos que te propuse, diré: Yo le ayudé con su libro).

Benjamín: mucho éxito y buena vibra para la reelaboración final.

Me tomaré una semana de vacaciones para regresar a mi libro, que, tomándole la palabra a los jueces y sus recomendaciones de publicación, estará listo para la editorial.

A Guadalupe y Martín les digo que si bien este certamen ya terminó, espero con ansiedad sus comentarios sobre el libro, pues sé me ayudarán a redondearlo.

A los lectores que les gustó lo que hago, les agradezco el tiempo que se tomaron para leer estos cuentos y bueno, los invito a conocer un poco más de lo que escribo: Basta con googlear “Mauricio Absalón”, y ya ustedes juzgarán.

Advierto: lo mío, por ahora, es la Ciencia Ficción… ya que estamos alcanzando el futuro muy rápido.

Con mucho aprecio,

Mauricio Absalón

“Eramos lo que comiamos,
después, lo que leíamos.
Hoy somos lo que vemos”.
- PETER GABRIEL -

Ejercicio Final

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ELIPSIS

I

Afuera del cine; día

El cartel de la película Never Die II: The Revelations, inspirada en el videojuego homónimo, muestra a la seductora heroína de cabello azul y rostro exótico vestida en cuero negro ajustado; ametralladora en una mano y sable medieval en la otra. Bajo el título de la película hay una leyenda: ¡Doblada al español! Del cine sale Mauro, un joven alto y atlético, viste una playera de la Carrera Panamericana; su caminar es erguido y resulta atractivo por sus ojos claros y mentón recto. Lo acompaña su mejor amigo, el Gordo, que usa camisa de cuadros y bermuda de mezclilla, como cholo, pero la ropa es de diseñador. Estatura baja, cara redonda, expresión simpática y, por supuesto, gordo. Los dos jóvenes se detienen ante el cartel, embobados.

—Está buenísima —dice el Gordo.

—Ella pone las reglas —agrega Mauro y levanta el dedo pulgar en señal de aprobación.

—¿Cuáles reglas?

—¡Vaya! Tú no entiendes. Ella manda.

—Uta, güey, es que hablas tan cagado —señala el Gordo y ríe burlón.

—¡Maldición! Te voy a patear el trasero —dice Mauro y acerca el puño a la cara de su amigo, fingiendo estar enojado.

—¡No mames! ¿Por qué no dices: te voy a partir la madre, y ya? Qué pinches modas te agarras.

—No es una moda, Gordo. Es español neutro, puedes encontrarlo en los libros y en tus historietas. Eres tú quien habla mal el idioma.

—Neutros mis huevos. Pareces una película doblada…

Los amigos se empujan e intercambian golpes, luchan como cachorros de fieras que aprenden a plantar heridas mortales y dominar al oponente. Mauro le aplica una llave en el cuello al Gordo, que se rinde. Quedan situados frente a otro cartel promocional, de la película “Connections” que muestra a un árabe con turbante, un vaquero con Stetson y una enfermera con cofia.

—Luego hay que ver ésta.

—Debes estar bromeando. Observa —Mauro señala el texto sobre el cartel y lee—: “Tres historias que se entrecruzan; un inquietante drama sobre la vida y los instantes que forman un destino” -New York Times-.

—¿Y eso qué?

—Son malas esas películas. Las personas no se relacionan por simples detalles que les cambian la vida. Si fuera así, todo lo que ocurre sería importante.

—¡Güey! Siempre puede pasar algo.

—Esas personas de ahí, míralas: Durante el tiempo que esperan el camión, nada les sucede. También en la fila del cine, el tiempo es perdido. Cuando esperas algo o cuando te mueves de un lugar a otro, no hay detalles de importancia.

—Pus oyes música, o piensas en cosas…

—¿Para qué pensar en algo que no vas a hacer o a decir, mi amigo?

—No sé. ¿Pa matar el tiempo?

—Exactamente eso es lo que no haces, Gordo. Pero es divertido hablar contigo, si me dejas decirte.

—Ándale culero, ora soy tu chiste.

Caminan hasta la esquina y se detienen entre otros peatones que mueven las cabezas de un lado a otro como diciendo “no” mientras ven a los autos pasar. Esperan a que cambie el semáforo para cruzar la calle.

—Sígueme a la plaza comercial, quiero comprar una película.

—Me late, yo quiero unos cómics. Invitas las pitzas luego, ¿no?

—Lo ves, Gordo; eres un coprotagonista cómico.

El Gordo no contesta y sus puños se aprietan un poco. El semáforo cambia y todos los autos se detienen, menos uno; la vuelta a la derecha es continua. Mauro da un paso y baja la banqueta, el auto está a punto de golpearlo cuando el Gordo lo toma del brazo y lo jala hacia atrás. El auto no frena, da la vuelta y se aleja por la calle, acelerando.

—¡Hijo de puta! —grita uno.

—¡Mal nacido! —grita el otro.

—¿Estás bien?

—Sí. Me salvaste el pellejo…

II

Svüanka

Vive en México desde los siete años de edad. Sus padres la subieron a un barco, junto con una tía vieja que consiguió dos pasaportes, el día que estalló la guerra. Recuerda los montes nevados y el pueblo, las ovejas y a su padre, la canción de cuna y a su madre. A veces sueña con las casitas de una planta y techos de madera con chimeneas de latón. Entonces, la palabra elusiva parece formarse en su mente, luego despierta y se ha esfumado. ¿Cómo se llamaba su pueblo? ¿Su país? Había un río y las personas del otro lado hablaban su lengua, pero creían en otro Dios. También estaban los de las montañas, que no los querían a ellos ni a los del pueblo de enfrente. Su tía nunca quiso contarle mucho, decía que era mejor olvidar, que ahora su país era México. Si hablaba con ella en la otra lengua era porque la vieja nuca logró dominar el español. Cuando la tía murió, Svüanka se hizo cargo de la casa y de los huéspedes. Nunca rentó el cuarto de su tía, pues allí había una silla, un espejo y un baúl con fotos de su pueblo. Esas cosas vinieron en el barco y ella disfrutaba observar cada uno de sus detalles, pasar el tiempo imaginando, prometiéndose que siempre pondría atención a cada instante en su vida.

Para mantenerse se las arregló con tres inquilinos: dos estudiantes y un actor; el actor se la pasaba en la casa estudiando arte dramático y los estudiantes aparentaban que iban a la escuela. Del actor aprendió el arte del performance y a fiar la renta, de los estudiantes nada, pero pagaban a tiempo. Cuando la tía murió tomó la decisión. No volvería a hablar español hasta hallar a alguien como ella. La comunicación transcurrió entre libretas y lápices. Creyó que sería fácil reencontrar sus raíces, su identidad, la palabra que significaba hogar.

En la plaza comercial permitían a los actores presentarse siempre y cuando no usaran los baños públicos y se fueran al terminar su acto. Hacía algunos meses que ganaba dinero extra con su presentación, ahorrando las monedas recolectadas en su gorro, para un boleto. Pero debía primero averiguar dónde estaba su tierra, pues el país ya no existía. Buscar en los archivos hemerográficos o la Internet no había funcionado; a veces creía que todo era mentira, que nunca existió esa historia del pasado. Llegó a pensar que estaba loca, que el idioma era un invento de su mente. Extrañaba a sus padres. ¿Existían? ¿Podía desaparecer de la memoria de la gente, que había seguido por televisión los conflictos, toda una nación?

Subía a un pequeño banco y hablaba. La gente, cautivada por su hermosa voz y la musicalidad de esa lengua extraña, por momentos creía adivinar el idioma y luego se les escapaba. ¿No había un artista que cantaba en ese idioma? No, un poema que iba… ¿O era esta mujer de los derechos humanos, que se llamaba…? Entonces, de un morral, las manos de Svüanka tomaban un carrete de papel, de entre muchos, un pequeño carrete de los utilizados para las máquinas sumadoras. Con los brazos separados como si orara, de la mano izquierda a la derecha, la tira de papel avanzaba mostrando las palabras escritas en español, a modo de traducción. La idea se le ocurrió un día que vio una película subtitulada. Desde entonces realizó su acto a diario; a veces tomaba un vestido de la tía y su amigo el actor le ayudaba a llevar la vieja silla a la plaza. La presentación acometía contra la pérdida de identidad, contra el olvido, contra la indiferencia. Por lo general recibía muchos aplausos y algo de dinero, pero siempre le quedaba la sensación de que no la habían comprendido. De noche en casa y antes de dormir, cambiaba los canales en la televisión de un noticiero a otro, en la búsqueda entre decenas de conflictos, de esa noticia donde apareciera algo familiar. Al paso del tiempo comenzó a desesperarse, y su público lo notaba: no le aplaudían como al principio.

Inició el acto entre la gente, sin usar vestuarios pues no quería disfrazarse. Pantalón de mezclilla, camiseta blanca, tenis y el morral. Su tez, en cambio, por el tono aceitunado llamaba la atención, junto con sus risos negro brillante y avispados ojos grises. Cuando el público la rodeó, las tiras de papel mostraron la historia. La voz musicalizó la danza de palabras entre sus manos:

“Tierra lejana, praderas perdidas en memoria de niña. La geografía sólo es línea sobre papel, la vida derramada. Intervenciones. Dios dividido. Madre, los úteros se envenenan; forzada la semilla es rencor en vida. Padre, ¿aún estás? El hermano tiene tu piel y se cubre del frío con ella…”

Mientras realizaba el performance notó a dos jóvenes frente a ella: Un gordo de ropas estrafalarias que leía con mucho interés los rollos de papel y un chico alto de mirada insondable que parecía atrapado por la voz de Svüanka. Le emocionó que aquél joven tan atractivo le pusiera atención de esa forma; estático, sin los típicos gestos de aparente interés o sorpresa desmedida, atravesándola con la mirada, sin pestañear, sólo escuchando. Emocionada como hacía mucho no se sentía, le dio mayor intensidad al final de su discurso, sin quitar la vista del fascinante joven frente a ella.

“…cambian los líderes y sus portavoces. La identidad prevalece en sangre y sueños, en la carne y el deseo de volver. El fuego no se extingue si el último rescoldo vive. Mi lengua en garantía. ¿Habrá un ser capaz de entenderla?”

Svüanka terminó hecha un ovillo en el piso. Escuchó las monedas caer y el aplauso más nutrido que de costumbre. Hasta que consideró que la gente se había retirado, se incorporó, aunque todo el tiempo vigiló que los pies de un joven no se movieran. Odiaba que la gente se le acercara para hacerle plática; cuando la veían escribir todas sus respuestas en los rollos dejaban de tomarla en serio, no entendían. Ahí estaban los dos jóvenes, sin intenciones de irse. Se acercó esperando que alguno de ellos hablara. No lo hicieron así que lo hizo ella, con un lápiz en su libreta. Mientras escribía notó que el joven alto seguía perplejo. En cambio el otro, el gordo, se mostró agradable y le dijo que le parecía maravillosa, la felicitó por la actuación. A Svüanka le gustó el que no habló, el que estaba absorto en quién sabe qué profundos pensamientos.

Los tres se harían amigos esa tarde, con la misma facilidad que los cachorritos de diferentes razas en las vitrinas de las tiendas, mientras llega el verdadero compañero.

III

Gordo

Era muy simpático. En la escuela todos lo querían. Siempre tenía un chiste o el comentario preciso. En las fiestas todos lo buscaban para brindar. Las niñas lo encontraban tierno y confiable, le platicaban cualquier cosa. Tenía cientos de anécdotas que contar pues siempre le sucedían las cosas más inverosímiles. Él afirmaba con orgullo que reírse de sí mismo era sano y aconsejaba a todos que lo hicieran. Y le hacían caso; todos se reían de él. El Gordo lloraba por las noches. Un día Susana lo buscó para pedirle consejo pues su novio la trataba muy mal, El Gordo siempre había estado enamorado de ella, se lo dijo: “alguien que de verdad te quiera”. Susana lo besó en la frente y le dijo que él era el mejor amigo más súper increíble que jamás había tenido. Así, fue el mejor amigo del capitán del equipo de futbol, el mejor amigo de la ganadora del concurso de matemáticas, el mejor amigo de todo joven que buscara obtener algo, porque el Gordo tenía la magia del support character, como dijera alguna vez el profesor de cine. El dinero fue de ayuda también; su madre tenía un buen trabajo que, sumado a lo que les dejó su padre, le permitió al Gordo vivir a sus anchas. Invirtió mucho dinero en ropa para poder vestirse punk, emo, fresa, metalero, patineto, darketo, rastafari, hippie o cholo. El vestuario ayudaba a la integración entre las personas, los escuderos portan blasones también.

Se acostumbró a ser llamado Gordo, a emerger como un elemento divertido en la vida de los demás. Pudo soportarlo mejor cuando se metió a estudiar cine por las tardes. Entendió su lugar en la historia y se dedicó a cumplir su misión: aconsejar al héroe, cargar el escudo del cruzado o recibir las descargas de rabia de semidioses frustrados; estar cerca del logro sin tener que esforzarse a muerte para obtenerlo. Por eso se hizo amigo de Mauro; tenía el potencial. Escogió de entre los raros al más fuerte; su nuevo amigo era mucho menos freak que él, sin embargo lo molestaban mucho porque, paradójicamente, no se dejaba molestar. Los perros que se enfrentan al macho alfa o bien resultan heridos o se convierten en lideres. Otros perros sobreviven tirándose panza arriba cuando los olfatea el alfa, esos tienen alimento asegurado entre los desperdicios. Ver documentales de etología nutrió con nuevas ideas al Gordo para su trabajo final de guión.

Aprendió a ser rémora, no tiburón. Y eso estaba bien para él. Confiaba en que Mauro estaría siempre para protegerlo.

Una dama se presenta, eventualmente. El Gordo sabe sobre las tentaciones de Lancelot; su trabajo de segundo semestre. La dama, sea quien sea, está segura.

En el escritorio del Gordo hay un boceto de cómic: Chico Doblaje y  Mujer Subtitulada acompañados por… el tercer personaje aún no tiene nombre.

IV

Mauro

Además de un habla particular, tiene un poder muy especial: En los momentos que no son importantes logra avanzar por el tiempo en un instante. Cierra la puerta de casa y de inmediato está en el salón de clases. Su mente conecta el punto A con el B sin trazar la línea. Tal vez su cuerpo tenga que viajar en el camión escolar por estar construido de materia, mas no hay nadie en la cabeza. Alguien le da un zape, otro le roba el lunch; no importa, la mente ya está en el salón de clases. Y en realidad, no corre riesgo su cuerpo. Es fuerte y está preparado para la acción cuando hay verdadero peligro; para eso no se requiere la mente.

Le da igual si su madre lo manda a hacer fila en el banco o si tiene que hacer algo aburrido; el cuerpo está bien entrenado. Nunca sueña: en el momento que se acuesta a dormir ya se está levantando. ¿Para qué ir al baño, comer cosas desagradables, escuchar regaños o prender velas cuando se va la luz y no hay televisión? Todo eso puede obviarse viajando en el tiempo.

Por supuesto, hay que darle crédito a los que lo rodearon, por orden de aparición.

Neonato: Mi maravilloso bebé, dijo mamá. Y le prometió cuidarlo siempre.

Tres años: Que listo es mi hijo, dijo papá. Y pegó un dibujo en el refrigerador.

Seis años: Genio, dijo la maestra. Y lo adelantaron a segundo de primaria.

Siete años: Asperger, dijo el primer especialista. Y le dieron terapia.

Nueve años: Una tele para tu cuarto, dijo papá. Y siguió llevándoselo cada fin de semana.

Diez años: Déficit de Atención, dijo el segundo especialista. Y le administraron ritalín.

Doce años: Rebeldía preadolescente, dijo la directora. Y lo hicieron repetir año.

Trece años: Índigo, dijo el novio chamán de mamá. Y lo llevaron a un centro holístico.

Quince años: Una nalgada a tiempo, dijo la abuela. Y se hubieran ahorrado mucho en terapia.

Dieciséis años: Educación activa, dijo mamá. Y no se ahorraron nada del psicoanálisis.

Diecisiete años: Brote psicótico, dijo el tercer especialista. Y lo internaron tres meses.

Dieciocho años: Artista, dijo un amigo de la familia. Y compraron guitarra, óleo y cámara.

Diecinueve años: Freak, dijo un compañero de clases. Y curaron al Bully en la enfermería.

Diecinueve años: Amigo, dijo un gordo. Y las cosas estuvieron bien un tiempo.

Veintiún años: Yaiv lanksa shait, dijo Svüanka. Y nada ocurrió.

Resulta interesante ver al cuerpo cuando su mente adelanta el tiempo: Se queda estático y, si es requerido algún movimiento como caminar o llevar una cuchara a la boca, el organismo cumple mecánicamente la función. Su mirada es el principal indicador de que se está desplazando por el tiempo: Enfoca un horizonte muy lejano, como si persiguiera un punto de fuga a miles de kilómetros.

V

Afuera del cine; noche

Una fila en extremo larga apunta a la taquilla. Mauro y el Gordo están formados casi al final de la línea. Lluvia ligera cae sobre ellos. En la marquesina se anuncia el estreno de una película mexicana que promete no ser como las otras. En varios carteles aparecen uno a uno los personajes: Fichera, Policía Judicial, Narcotraficante, Niña Bien, Chavo Humilde y un Anciano Sabio, del que se reconoce al actor sobre el personaje, sacado casi de un museo.

—Mauro… Mauro… ¡Güey, te estoy hablando!

—¿Qué sucede?

—Siempre te mal viajas compa. ¿Vas a ver a Svüanka?

—Después de la película, Gordo. ¿Por qué lo preguntas?

—Le conseguí algo bien chingón, que bajé de Internet.

—¿Quieres acompañarme a verla de una buena vez? La fila está matándome; un dolor en el trasero, si me dejas decirte.

—¡Ay no ma! Si tú eres el rey de hacerse guaje.

—Era sólo una expresión. Pero tú te vez agobiado.

—Tonces lleguémosle, al fin la peli no se va a ir a ningún lado.

—Por lo menos, durante esta semana. Pero no apuestes tus entrañas en ello.

—Vámonos, pues.

Los jóvenes abandonan la fila y su lugar es ocupado por una avalancha que recorre medio metro. Caminan hasta la esquina y se detienen en el semáforo. El Gordo saca de su chamarra un disco DVD. Está en una caja genérica, la portada de un valle entre montañas nevadas, que imprimió en alta resolución el Gordo. Se la ofrece a Mauro.

—Dásela tú caón.

—¿Qué se supone que es? Además de una copia ilegal.

—No empieces, güey. Me costó un huevo conseguirla, neta que no hay nada en internet de su país. Nomás desapareció.

—Entonces, ¿cómo puedes saber qué es?

—Pus bajé un chingo de madres que me sonaban, ya sabes, de cómo habla y le pedí que me escribiera cosas en su idioma pa buscarlas, encontré una película.

—¿Cuándo la viste a ella?

—El otro día, ni te dije que fui a verla… pero tú dásela.

—Gordo, si quieres dársela tú, yo lo entiendo.

El Gordo niega con la cabeza y le entrega la película a Mauro. El semáforo cambia y el Gordo cruza la calle mientras Mauro se queda viendo la portada de la película. Un auto sin luces acelera para dar la vuelta en la esquina y golpea al Gordo lanzándolo varios metros hacia arriba. Mauro escucha el rechinido de las llantas y el golpe, aún en la banqueta; estira el brazo deteniendo a nadie de cruzar la calle mientras su mirada se pierde en la distancia. El Gordo cae a sus pies y, si no fuera por la sangre y la dislocación de sus extremidades, podría decirse que es una caída cómica.

VI

Amigos

El espacio dominado al principio por flores blancas se fue llenando con pequeños arreglos de colores. Un velorio fuera de lo común. Sí, unos cuantos amigos lloraron al principio, esos que lloraron con el capítulo final de la serie Friends. Pero pronto el ambiente se volvió festivo. Estaban todos sus conocidos de escuelas y fiestas, también su amigo, el de la mirada extraviada, solitario en un rincón.

Los jóvenes pusieron fotos sobre el ataúd y uno conectó bocinas portátiles al Ipod del Gordo, que la madre les prestó después de mucha insistencia, para escuchar aleatoriamente las selecciones musicales de su amigo. Mientras el soudtrack de la vida, escogido por el Gordo, llenó el ambiente con melodías de muchos géneros, sus amigos contaron anécdotas tan hilarantes que los empleados de la funeraria tuvieron que pedirles silencio varias veces. Los jóvenes decidieron irse juntos al antro favorito del Gordo. Se despidieron tocando el ataúd, cerrado a petición de la madre, diciendo entre sonrisas: Te vamos a extrañar, Gordo. Nunca te olvidaremos, Gordo.

La familia se quedó sola y la madre se acercó a un arreglo floral que en la cinta tenía escrito: “Te amamos Gordo”. La mujer tachó la palabra gordo con un lápiz labial y escribió el nombre de su hijo. Más tarde se sintió libre para llorar.

En la casa de Svüanka estaban ella y Mauro, sentados frente a la televisión. Se disponían a ver la película en DVD que había traído él.

Ella escribió en uno de sus rollos: “Yo te amo” y desplazó el papel de una mano a otra. Él pulsó play en el control remoto y no tardó en quedarse dormido; seguir los subtítulos siempre lo aturdía y la fiesta, la primera a la que iba en meses, había terminado muy tarde. Ella disfrutó cada cuadro de la película filmada al estilo dogma; sin elipsis.

Reelaborado: Fragmento de “Estirar la liga”

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Aquí un fragmento (la mitad) de estirar la liga: Cambia el narrador a tercera/personaje. El monólogo del Director de la televisora se acorta, evitando los juicios de valor y morales. El camarógrafo muestra imágenes en vez de descripciones y realiza algunos juicios, pocos. Después de entregar el ejercicio final continúo con la reelaboración. De antemano, gracias por sus consideraciones al texto.

ESTIRAR LA LIGA

En la soledad del estudio encendí la cámara portátil y me la puse al hombro. Encuadré al Director General de la televisora.

No lo conocía personalmente hasta hoy, que preguntó: ¿Quién quiere la última exclusiva? Los demás empleados ya abandonaban el edificio cuando di el paso al frente. Dos abogados me hicieron firmar varios papeles antes de irse; también firme la cláusula para mi cuantioso pago: Debía grabar hasta el final.

—¿Ya estás listo? —Dijo mientras él mismo activaba en la sala de producción el equipo necesario para transmitir. El logo de la empresa apareció en los monitores.

—Puedo empezar cuando quiera, licenciado.

Se sentó en el sillón del presentador, dejé la toma abierta para abarcarlo junto con varios monitores touchscreen detrás de él. Cerró los ojos, encorvado, y dejó una mano levantada durante un minuto, luego me señaló que empezara. Comencé a transmitir al tiempo que se puso muy derecho en el sillón y comenzó a hablar, con los dedos de las manos entrelazados:

—Es probable que muchos de ustedes crean que soy un monstruo, pero no todos apagarán su televisión; quieren oírme. Buenas noches, soy Humberto Alejo, director de este canal.

Cerré lentamente la toma, hasta un plano medio; aunque lo habían maquillado y su cabello gris estaba perfectamente arreglado, en su rostro se notaba cierto cansancio. Preferí no hacerle close-up.

>> Durante quince años les brindé deportes diferentes, formas novedosas de arte y los más polémicos reality shows. El mundo y sus reglas son una gran liga que puede estirarse. El dinero que ustedes invirtieron en mí, ya por negocio ya por diversión, fue tan sólo un medio para concretar mi plan, que están a punto de entender.

Señaló uno de los monitores y realicé un acercamiento al logo. Tocó la pantalla y esta mostró las gráficas económicas de la televisora: una curva ascendente representando a una de las diez más cuantiosas fortunas mundiales.

>>No se trata de darles una lección; para eso habría bastado un documental. Pero a nadie le gusta que le den lecciones. Lo importante era estirar la liga lo suficiente. Recordarán que mi primer éxito en el negocio de los espectáculos fue la producción del programa “Bestias a muerte”.

Activó otro monitor y dos perros furiosos aparecieron, destrozándose. Luego un collage de encuentros entre diferentes especies. Hice un close-up del cadáver de un hurón, después disolví la imagen con la lente y volví a enfocar al licenciado Humberto. Tocó un recuadro en el monitor y apareció la lista de los países donde no se legislaba el maltrato a los animales: parecía el rollover interminable de los créditos en una película.

>>Comencé mi carrera con servicio de tv por internet; luego en tv de paga y finalmente abierta. Cuando un programa es éxito comercial, no importa el contenido sino las abultadas carteras de los patrocinadores. Los sábados, tarde en la noche para que no lo vieran los niños, ustedes veían el programa. tuve los primeros problemas legales. Bastó con decir que era una forma de documentar lo que sucedía en los “países poco civilizados” y cambiar un poco el formato para que el programa se mantuviera al aire.

Volví a cerrar la toma en un monitor que mostraba una flecha subiendo por los índices de rating, luego la imagen cambió a una taba de cuantiosos ingresos de varios sitios de apuestas de internet, asociadas a la televisora. El licenciado se levantó del sillón y aumento la intensidad de sus palabras, con tono irónico.

>>Curiosamente los mayores ratings venían de “los países más civilizados”. Después incursioné en el mundo de los deportes, con el famoso “Pollo-pateado”, ¿recuerdan? Dos equipos, doce personas, 120 pollos.

Presionó el monitor central y muchas figuras del deporte aparecieron: Jugando, en alfombra roja con mujeres hermosas, cargando trofeos, entrenando, posando para marcas de tenis y ropa deportiva. Abrí la toma para mostrarlo todo mientras el licenciado caminaba entre las pantallas, recordando el juego.

>>Dentro de una cancha de treinta por cincuenta metros los equipos debían sacar por la meta del rival la mayor cantidad de pollos pateándolos. Claro que las reglas eran más complejas; por ejemplo, una vez pateado el pollo no debía volver a tocar el piso así que la exigencia de habilidades a los jugadores no era cualquier cosa, a veces el pollo ayudaba con algunos aleteos, cuando sobrevivía a la primera patada. La complejidad de las reglas que requerían de cinco árbitros, la necesidad de habilidades técnicas de los jugadores para chutar pollos y lo divertido del juego, porque, sean honestos, un pollo cruzando los aires en vuelo descontrolado les resultaba hilarante, hicieron que la atención se fijara en la competición y no en el sacrificio de los pollos.

Cerré sobre una colección de bloopers: Un pollo quedó pegado en la pantalla.

>>Cuando los problemas legales vinieron, vimos que sólo infringíamos una ley que vigilaba el desperdicio de alimentos, así que los pollos pateados comenzaron a venderse rostizados en el mismo estadio; la suavidad de su carne no tenía igual.

Comenzó a caminar por el estudio, lo seguí con mi cámara. Tomó una cubeta de pollo rostizado, tomó una pierna y la mordió. Luego arrojó la cubeta y la pieza de pollo al piso. Me pareció que actuaba así que enfoque la cubeta en el piso…

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Reelaboración de “Estadísticas”

Textos remasterizados 2 Comentarios »

Aquí está la reelaboración de “Estadísticas”. Es mejor leer esta nota después del cuento. Se buscó redimensionar, con detalles, la relación de pareja de los personajes y mostrar tanto sus problemas como intentos de reconciliación. Algunas frases deben funcionar en dos niveles; tanto para la relación como para el accidente. (El egoísmo del conductor y una pasajera sin control sobre su destino)


ESTADÍSTICAS

Es tarde para pisar el freno, aunque sea un ABS de tercera generación. “No rebases por la derecha”; siempre me lo dice Sonia. Recriminar las conductas del otro ocupa el séptimo lugar en los problemas de pareja. A cien kilómetros por hora se requieren sesenta metros para frenar. En el carril de baja velocidad un Honda Civic color cereza, estacionado con una llanta ponchada, advierte con la intermitencia de luces amarillas el peligro insoluble. Sonia propuso un viaje para ver si nuestra relación mejoraba. ¿Por qué el dueño del Civic no se orilló hasta el acotamiento? Nunca lo sabré. Una de cada diez mil llantas sale defectuosa. Es tarde para pisar el freno, cambio de quinta a cuarta para revolucionar el motor y adelantar al camión que estoy rebasando. La playa es la opción preferida por parejas que buscan reconciliarse según una revista. La potencia del turbocargador de mi Mercedes CLK nos arroja contra el respaldo. El tacómetro indica 7,500 revoluciones, el velocímetro 120 kilómetros por hora y aumentando. “Cuidado” grita Sonia. “Ya lo vi” contesto. Siempre tiene que señalar lo obvio. Volantazo a la izquierda, pasaremos apenas entre el camión y el Civic. Hay grava en el piso, no pasaremos. Sonia quiso manejar mi coche; yo me sé el camino. Seguimos de frente negando por inercia el ángulo de las llantas delanteras que piden regresar al camino. Las habitaciones para dos ocupan el segundo puesto de la capacidad hotelera en fines de semana. Levanto el pie del acelerador, es tarde para pisar el freno y comienza el estruendo. Mi auto tiene líneas aerodinámicas, se incrusta abajo del Civic que se levanta del piso mientras el plástico de su defensa ondula como una larva deshidratada. El metal plateado de mi cofre se arruga cual hoja de papel en un puño. Comienzo a deslizarme hacia delante y el cinturón me retiene. Pronto explotará la bolsa de aire. He chocado otras veces. Es la primera vez de Sonia. Uno de cada cinco accidentes es causado por exceso de velocidad. La bolsa no emerge del volante ni del tablero frente a Sonia que cierra los ojos; su rostro aplastándose como plastilina en el parabrisas, donde se teje una telaraña de grietas y astillas que comienzan a flotar en el aire. Uno de cada mil dispositivos de seguridad presenta defectos de fábrica. Una llanta revienta, o tal vez el radiador. Mi nariz se comprime con el volante y mi cuello se distiende por el jalón en los hombros del cinturón de cinco puntos, hacia la derecha miro las piernas de Sonia desarticularse contra el tablero, la telaraña termina de romperse rodeando su cintura. Un I-pod flota frente a mis ojos, girando ingrávido, el cable de los audífonos como un cordón umbilical lo jala hacia afuera siguiendo a Sonia que atraviesa el cristal trasero del Civic. El toldo se abomba absorbiendo la energía de sus cuarenta y cinco kilos. Un chisguete de aceite dibuja un arco que mancha la carrocería cereza. He viajado con otras mujeres, pero Sonia es única. Uno de cada tres muertos en accidentes automovilísticos no usaba el cinturón de seguridad. Una punzada eléctrica en mi nariz y el acre de la sangre me fuerzan a hacer bizcos; enfoco mis pies atrapados entre los pedales que se han vuelto tenazas y se cierran con rechinidos metálicos y crujir de huesos. Adiós futbol. Una de cada cinco fracturas nunca se recupera totalmente.

Como un elevador que se detiene al llegar al sótano todo queda estático. Un chiflido de vapor sale del cofre y a través de la nube de anticongelante veo las suelas blancas de los tenis Puma de Sonia, sobre la cajuela comprimida del Civic. Yo le regalé esos tenis. Las piernas sobresalen del hueco en el cristal trasero. El 63% de las víctimas fatales en accidentes de tránsito ocupaba el asiento del copiloto. Una de las dos luces de precaución continúa titilando.

(E-7) La antártica empieza aquí: el orden y su cuento final

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En el orden del libro se percibe un hilo conductor establecido en los detalles: Los griegos, cabelleras rojas, blogs, citas intertextuales, paradigmas culturales… Aunque los cruzamientos entre cuentos no afectan al argumento permitiendo con esto que cada texto exista de forma independiente, resulta sugestivo irlos descubriendo al avanzar en la lectura. Lo interesante es que estos vínculos no requieren de un orden cronológico por lo que Aloysus podría buscar un orden sustentado en el equilibrio de la lectura. No resulta fácil para el lector salir de una estructura densa, que abunda en líneas argumentales y personajes singulares, para de inmediato sumergirse en otro texto de iguales características. “La cura de Ana” y “Frank para siempre” rompen con el ritmo y la forma de los otros cuentos y pudieran ser pausas entre los textos más introspectivos.

Los cuentos de inicio y final están en su lugar justo, se percibe en la lectura de “La antártica” el ingreso a la oscuridad, el inicio del viaje; pienso en “El corazón de las tinieblas”. Por el contrario, “Alfredo” es búsqueda de luz, el escape hacia la libertad última. Creo que el ingreso/salida formula otro orden, donde “Deseo” y “Club” están en lo más profundo mientras “La cura” y “Frank” cambian el ritmo cada dos cuentos:

  1. La antártica empieza aquí
  2. Constantino
  3. La cura de Ana
  4. Deseo
  5. Club de campo
  6. Frank para siempre
  7. Cura de espanto
  8. Alfredo en la cama

Así aparece una intencionalidad cíclica y, además, “Frank” (cyberpunk) ya no es un cuento tan distante de los demás al aparecer después de “Club”, por la extravagancia de sus personajes.

En el cuento que cierra el libro, “Alfredo en la cama”, encontramos a un personaje enfermo, próximo a la muerte. Por momentos el discurso logra retratar una mente que ha perdido claridad mediante la narración circular de eventos, la asociación de ideas y la acumulación de detalles. Si bien esto permite al lector construir un universo comprensible, en secciones muy extensas el monólogo mantiene un solo hilo y ahonda en datos biográficos del personaje.  Me parece que el autor, con el afán de homenajear a un ser entrañable, deja de lado la voz del enfermo e impone su propia voz. No logro entender si la estructura elegida es la manifestación de los pensamientos del personaje -en cuyo caso la forma circular es apropiada, aunque podría ir más allá, evitando la pulcritud en la escritura, obviando algunas palabras o puntuaciones-  o si somos testigos presenciales del discurso. Me parece que ciertas anécdotas (la tormenta de nieve, el relato de la playa, entre otras) generan empatía en el lector, pero la irrupción de referencias puntuales casi enciclopédicas a la historia de vida del músico lo alejan. Por sí misma, la premisa funciona para cerrar el libro, las frases finales son muy buenas, sin embargo creo que se podría construir más con menos.

Propuesta de cuento para cerrar.

Textos remasterizados Comentarios desactivados

Este cuento lo consideré junto con Elipsis, como propuesta de cierre. “El nuevo juguete…” es un cuento del cual tenía la estructura pero no lo incluí en el libro puesto que es el más extremo en el tenor de la ficción especulativa, aunque descubrí, felizmente, que el género no resultó un obstáculo en el libro. Lo posteo aquí esperando sus comentarios y opiniones. Al mismo tiempo, estoy reelaborando Elipsis.

El nuevo juguete de Animabiotics Toys

A cuarenta y cinco minutos de la ciudad hacen falta los anuncios holográficos. Entre los árboles se extraña la música publicitaria que unas cuantas aves no pueden igualar con sus graznidos monótonos. El vacío verde. Detrás de una pequeña loma la autovía se acerca hasta una casa en medio del campo, frente a la cual se detiene el camión eléctrico amarillo. Del transporte escolar baja corriendo un pequeño. La casa lo reconoce y se abre la puerta principal.

—Hola, Patrick —se escucha en una bocina del vestíbulo principal.

—Hola, Nana —contesta el niño.

Anhelante y veloz, el niño sube hasta su cuarto, donde enciende la holopantalla. Es una tarde habitual después de clases; falta un rato para comer.

Patrick, ansioso, mira las imágenes 3D de un pequeño robot que ayuda, al niño que lo creó, en sus aventuras. Pasan su programa favorito aunque otro interés lo distrae. Faltan algunos minutos para los comerciales y él, como todos los niños, espera el nuevo anuncio de Animabiotics Toys del que tanto se habla en los recreos escolares. Dicen que ahora son mamíferos; antes hubo los Insectbudys y los Reptagangs; maravillosos juguetes que generaron tantos millones como sonrisas. Acabando el programa de Bübchen el Robot, transmitirán el comercial por primera vez.

Patrick salta del sillón emocionado, Los créditos del programa Bübchen flotan en el aire, cerrando el capítulo. Tal es el alboroto del niño que corta la imagen de la holopantalla al cruzarse sobre ella. Estruendos y sirenas, comienza el audio del comercial y Patrick se queda inmóvil, tan cerca de la proyección como puede sin interferirla.

Una gran producción, el comercial tiene todos los efectos de imagen 3D y audio Sphere-Round posibles, en escasos segundos desfila ante los ojitos de Patrick la nueva línea de juguetes bioanimados. Pausa; han dejado lo mejor para el final. Una voz exaltada presenta a los Biopets:

¡Aliméntalos, velos crecer, míralos con la lente especial desde que son pequeños! ¡Transfórmalos y coloréalos, puedes hacerlos felices si tú quieres! Desarróllalos por completo y…

¡Tendrás una sorpresa que durará para siempre!

Las imágenes que acompañan a la voz dejan atónito a Patrick. Pasan varios segundos antes de que logre reaccionar, cuando lo hace sale corriendo de su cuarto, baja a saltos la escalera, gritando:

—¡Mamá, mamá! ¡Ya sé que quiero en mi cumpleaños! ¡Mamá, cómpramelo, está increíble! —El niño llega hasta la cocina, apenas puede respirar por la agitación.

La madre de Patrick termina de escribir algunas instrucciones en el cocinador Easychef. A Julia siempre le ha parecido que cocinar es muy complejo; muchas teclas para escoger. Voltea con displicencia hacia el niño, lo mira un instante y sonríe distraída.

—Hoy comeremos sushi, Pat. Tu platillo favorito, ve a sentarte que en cinco minutos estará listo —dice Julia, mientras observa dentro del cocinador a la comida formarse sobre una base giratoria.

—¡Mamá! No me oíste nada de lo que dije. ¡Nunca me haces caso! —replica Patrick comenzando un berrinche. En el Easychef la comida da una vuelta más.

Una voz firme y a la vez cariñosa, se escucha desde todos los rincones de la cocina:      —Patrick, sabes que no debes hablarle así a tu mamá, ella te quiere mucho. ¿Qué son esos gritos?

—¡Ay Nana! —contesta menos ofuscado Patrick, que siempre se tranquiliza con la voz del software-niñera. —Es que nunca me hace caso y quiero ese regalo, ¡está increíble!

—Bien, bien. Se un buen niño que yo le recordaré a tu mamá qué es lo que quieres de cumpleaños.

Patrick y su madre se sientan a la mesa, el niño se sirve cinco rollos de salmón y ella sólo uno. Patrick toma un vaso de refresco. Su madre agua, acompañándola con un par de pastillas de colores. Al fondo un televisor retro de sólo 37 pulgadas muestra a un chef preparando comida orgánica. Permanecen en silencio. Más tarde, la comida intacta de Julia será arrojada por ella al reciclador de alimentos. Julia deseará en ese momento que su marido hubiera contratado a alguien que le ayudara en las labores domésticas. “No es necesario, la casa lo hace casi todo” le había dicho su esposo. “Una chica con quien platicar” pensará Julia. “O un hombre…”

Nana se ha puesto a revisar los parámetros de la casa inteligente, el nivel de responsabilidad de la niñera virtual fue fijado por el padre del niño, antes de irse de viaje, en 85%. Así que Nana también puede decidir sobre las compras, incluyendo los regalos. Analiza el anuncio que vio Patrick en la holopantalla y el momento en que más se emocionó el niño. Verifica los precios en la red y hace un rápido cálculo con las variables de calificaciones y obediencia. Patrick se merece el regalo. Nana encarga a Animabiotics Toys Inc. un Biopet para la siguiente semana, justo para el cumpleaños. Hay varias opciones así que escoge el paquete más completo: El cilindro de vida, las semillas iniciadoras, las tabletas de nutrientes, las sales amnióticas y algunos kits con nombres llamativos; “Colores fantásticos”, “Súper siameses”, “Mutación sorpresa” y “Esqueleto fosforescente”. Nana accesa los datos bancarios de la familia -su porcentaje de responsabilidad también lo permite- corriendo una subrutina administrativa. El pedido está hecho.

La madre de Patrick, sentada frente a la holopantalla del comedor, revisa los asuntos de la casa. Cambia la programación de entretenimiento por el módulo de administración casera para revisar la tabla ingresos-egresos. Paga los servicios y transfiere dinero de unas cuentas a otras; le gusta tener la misma cantidad de dinero en todas las cuentas bancarias. Revisa las listas de compras; la comida y cosas básicas ya fueron compradas y solicitados los servicios de entrega por Nana. Es agradable para Julia tener un software así para ayudar en la casa, incluso ha ordenado desde hace una semana el regalo que hoy recibirá Patrick cuando llegue de la escuela. Julia tiene la tarde libre, como muchas tardes desde que se casó con el padre de Patrick.

—Nana, ¿Podrías pedir a la farmacia mis medicinas? me quedan pocas.

—Lo siento, señora Julia, mis niveles han sido fijados por su esposo por debajo de esas decisiones, requiero más del 90% de responsabilidad para poder comprar drogas.

—No son drogas.

—Según mi protocolo médico, señora, ese tipo de calmantes cumple con las especificaciones de drogas de uso delicado —dijo Nana, usando el tono programado para apaciguar a niños que se encaprichan con dulces que no pueden comer. En este caso tampoco funcionó.

—Está bien —murmuró Julia fastidiada—, yo lo haré. ¿Sabes si hay videomensaje de mi marido?

—Si señora, hay dos. Uno para usted y otro para Patrick.

Al revisar los videos Julia se entera que su esposo tendrá que pasar más tiempo en el extranjero, tiene un trabajo importante, le manda saludos y le recuerda pagar las cuentas que ella -o el software-niñera- ya ha pagado. En el videomensaje para Patrick, su padre le dice que lo ama, que lo extraña mucho y que espera pronto regresar para jugar con él.

Julia borra los dos mensajes y se conecta a la red de farmacias. Hace un pedido.

Durante la comida, Patrick rompe el mutismo para preguntar por su papá, pero se tiene que rendir al silencio. Mamá no contesta, está ensimismada observando la pantalla retro donde un reality de pesca con gusano está siendo retransmitido. Pasan varios minutos, Julia traga una pastilla a la que había estado dando vueltas en su boca. De pronto recuerda algo que Nana le había comentado por la mañana.

—¿Te gustó el asado de cordero? Sé que es tu favorito, Pat, lo preparé por tu cumpleaños.

—Gracias mamá, muy rico. ¿Me hiciste un  pastel?

—Tal vez en la noche, ahora te tengo una sorpresa. Está en tu cuarto.

—¿Y no me lo habías dicho? ¿Qué es, qué es?

—¿Por qué no lo ves por ti mismo? Te dije que es una sorpresa.

El pequeño abraza fuerte a su mamá, ella pone una mano ligera en el hombro del niño. Patrick sube corriendo las escaleras, mamá las sube caminando, cada quien entra a su respectiva recámara. Julia cierra la puerta antirruido y se recuesta en la cama, enciende la holopantalla aunque no ve mucho del noticiero, las píldoras son de efecto rápido. Se pierde la exclusiva de una ciudad africana explotando por completo.

Patrick, en su recámara, salta de la cama a un sillón y luego al piso donde está su regalo. En los parlantes de la habitación se escucha Happy Birthday cantado por Nana. Patrick abre la envoltura desesperado, el paquete es muy grande, casi de la altura de él y contiene muchas piezas. Nana consulta las instrucciones en línea y ayuda al pequeño a armar el juguete; intenta guiarlo con la voz pero después de varios intentos en que el niño comienza a frustrarse, le muestra un video 3D.

Varias horas pasan y Patrick no se cansa, el cilindro de cristal tiene ya todas las piezas conectadas; la interfase electrónica de la pantalla de control, el sistema de nutrición y la cápsula de las semillas conectada al tubo de alimentación. El niño se frota las manos y con ceremonia pulsa el botón de encendido. En la pantalla del juguete aparece un texto de bienvenida:

“¡Hola! Eres el feliz propietario de un Biopet.

El sistema ha confirmado que todo está instalado correctamente.

Sólo hay que agregar las semillas por la ranura azul y el sistema las mezclará.

Antes de continuar, ingresa un nombre para tu Biopet…”

—¿Qué nombre le vas a poner Patrick? —pregunta Nana mostrando interés, respondiendo a su programación de experiencias entrañables.

—Como el robot de la holopantalla: Bübchen.

—Me parece muy bien Pat, es un bonito nombre, es perfecto.

Patrick escribe el nombre e inserta las ampolletas de las semillas en la ranura azul. Mira por el lente especial el resultado de la mezcla; Filamentos de metal insertan la semilla pequeña en otra mucho más grande, ambas previamente des-criogenizadas y activadas con cargas magnéticas -eso decía Nana, citando el manual en línea-. De inmediato el sistema solicita que se regulen algunos parámetros como el oxígeno y temperatura y que se le suministren los nutrientes y las sales para primera etapa. En la pantalla comienza una secuencia:

000d:00h:01m.

Patrick permanece extasiado, tirado boca abajo con la cara sobre los puños y la mirada en el gran cilindro de cristal. Así se queda dormido, sobre la duela de madera. Acaba de pasar la medianoche. Nana no dice nada para moverlo de esa posición pues el niño se ve feliz, sube tres grados la temperatura ambiente.

042d:18h:33m.

Patrick termina de agregar nutrientes a su Biopet, desde hace algunos días ya puede verlo a simple vista flotando en medio del cilindro, aunque para fijarse en los detalles utiliza la lente especial. Toma un par de notas en su cuaderno y mira los kits de “Mutación Sorpresa y Súper Siameses”. Hace una mueca de desacuerdo y tira a la basura los kits. Decide que Bübchen sea “natural”. Algunos amigos de Patrick han transformado a sus Biopets y a él no le gusta como se ven. Además, todavía no sabe qué mamífero es Bübchen. En la holocaricatura de “Biopets Masters” dan pistas para averiguar a que rama evolutiva pertenece cada Biopet. También hablan mucho del momento de la cristalización que es cuando el Biopet ha llegado a su máximo momento de desarrollo y se convierte en una escultura gracias a un botón -el cristalizador- que hay que pulsar en el momento justo. Si el Biopet no es del agrado del propietario se desecha (el cilindro de vida se encarga de reciclarlo) y se siembra otro, pero si resulta ser lo esperado se puede conservar para siempre en una figurita de colección.

“Biopets Masters” se ha convertido, en apenas dos meses, en la holocaricatura japonesa más vista en todo el mundo, aún más que el éxito alemán de “Bübchen el Robot”. Niños de todas partes intercambian información en la red y algunos suben fotos de sus creaciones. Los primeros Biopets ya se han cristalizado y las imágenes son estupendas. Una rata fosforescente de dos cabezas y la ardilla azul de seis patas con supercolmillos son las mejores creaciones, de acuerdo a las encuestas. Sus creadores indican que kits especiales han usado. Cada día más kits están a la venta, en la holocaricatura hay Biopets con poderes especiales y los Masters los crían de diferentes maneras.

Patrick sale de su habitación silbando, lleva un plato rumbo a la cocina con los restos de una hamburguesa de pollo, su favorita. Se asoma al cuarto de mamá y la encuentra dormida. Le apaga la televisión para que pueda descansar, cierra la puerta con cuidado para no despertarla y baja las escaleras. En la cocina deja el plato en la máquina lava trastes que ya se ha llenado, la enciende y busca algún postre en el refrigerador.

— Eres un buen niño —Dice Nana con ternura y agrega—: En el congelador hay helado de chocolate, Pat. Tu favorito.

103d:15h:23m.

Nana le pasa a Patrick un videomensaje de su papá: lo siente mucho pero aun no podrá regresar, tiene mucho trabajo; le manda un gran beso a su hijo. Patrick apaga el videomensaje sin contestarlo. Más tarde, cuando tenga tiempo, lo hará. Ahora hay que revisar algunos datos que vio en “Biopet Masters”. A Bübchen en días pasados se le ha desaparecido la pequeña protuberancia que tenía al final de la espalda. Aunque es muy probable que sea un primate, -eso explicaría el largo tiempo de desarrollo- Patrick recuerda que nunca le agregó ningún kit de mutación. No entiende por qué la cola se esfumó.

199d:23h:59m.

Patrick sigue despierto, mañana será domingo. Papá avisó que tal vez venga en un par de meses, por la mañana mamá vio antiguos videos de cuando Patrick estaba en preescolar, durmió toda la tarde. El sábado se fue de play a stop como todos los sábados, sin pausa. Nana le hace muchas preguntas a Patrick sobre su Biopet. El niño cree que algo especial pasará cuando se cumpla el día doscientos. Todos los Biopets de sus amigos ya terminaron su desarrollo.

No será así; Nana lo sabe. En la información de los ciberdiarios se especula sobre una posible demanda contra Animabiotics Toys:

Equivocaciones en el intercambio de productos con la filial Genomabiotics S.A. pueden haber causado la intromisión, en la división de juguetes, de células generadoras prohibidas -según el acuerdo de Portugal- para el uso común. Los juguetes están contaminados.

Nana tiene sospechas suficientes, pero su nivel de responsabilidad le impide prohibir al niño utilizar sus juguetes. Básicamente está en el nivel estereotípico de una abuela biológica; consiente pero no regaña, y debe simular no entrometerse en la educación del niño, sólo los padres pueden educarlo. Además, Patrick es muy feliz desde que tiene a Bübchen y la niñera virtual no puede atentar contra la felicidad del niño, no en el nivel de responsabilidad en que está fijado su software.

Patrick mira a su Biopet tras el cristal del cilindro. Los ojos azules y las extremidades delanteras son lo que más llama su atención. En el pecho se aprecia un rápido latido que incluso transmite algo de vibración al conducto de nutrientes. La piel casi transparente deja ver algunas venas, sobre todo en la cabeza, detrás de las orejas. De vez en cuando las extremidades inferiores se mueven tocando el cristal alrededor, como si pateara los bordes. En la pantalla se puede leer el ritmo cardiaco y las últimas respuestas del Biopet a los estímulos de luz y sonido generados en la computadora por Patrick.

Patrick habla al aire, dirigiéndose a Nana:

—Oye, ¿cuánto tiempo crees que falte? Ya quiero cristalizarlo para enseñárselo a mis amigos. Nadie tiene uno como el mío.

—No te desesperes, creo que falta bastante tiempo. Lo importante es que lo cuides bien, Patrick. Quiérelo mucho. Nadie tiene uno como el tuyo.

—Sí… ¿Crees que a papá le guste ahora que venga?

—No lo dudo Pat, esperemos que lo vea antes de que lo cristalices, que pueda volver pronto.

—¿Por qué tiene tanto trabajo papá?

—Porque te quiere mucho, trabaja muy duro para que tú y mamá estén bien.

—Yo también lo quiero… y a ti también. Te quiero muchísimo, Nana.

—Te quiero, Patrick.

Nana revisa todas las posibilidades de su software; busca la manera de decir las cosas sin causar dolor, sin producir un trauma. El protocolo de contención psicológica que tiene instalado no prevé un caso semejante. Nana ha dejado muchos mensajes urgentes en la red para el padre de Patrick -él podría hacer algo-, hace días que no contesta. En el colegio del niño empezaron las vacaciones, no hay empleados y los cibertutores son máquinas muy básicas. El programa sirve para hacer sentir bien a Patrick, no para decirle la verdad, a menos que estuviera en protocolo de emergencia. Nana puede desobedecer las directrices sólo una vez, en caso de urgencia, para enviar un mensaje de auxilio a la central en la ciudad. La programación empática de las nanas virtuales les impide regañar o cambiar una conducta específica a los niños, sin la presencia física y consciente de uno de los padres, a menos de que uno de los niños corra peligro real. La subrutina especifica: Peligro real activa la alarma, el peligro latente sólo mantiene el estado de alerta y los avisos a los padres.

—Señora Julia, Señora ¿me escucha? ¡Señora!

“En próximas versiones del software se cambiarán los parámetros de emergencia, no hay actualizaciones automáticas disponibles en la red por el momento.”

271d:16h:15m

Patrick está sirviéndose una hamburguesa de pollo en la cocina. Una alarma en su recámara comienza a sonar, el momento de la cristalización ha llegado. Después de subir corriendo las escaleras, Patrick intenta despertar a mamá; tras muchos intentos del niño, ella, con los ojos perdidos en el horizonte y apenas balbuceando, le dice que otro día ve su juguete, que la deje descansar.

—¡Pero mamá, te lo vas a perder!

—Grábalo, luego lo veo.

Ya en su cuarto, Patrick busca en el fondo de un cajón de juguetes, encuentra la cámara de video que le regalaron cuando cumplió cinco años, un trípode y una mesita portátil para montar escenarios de juguete. Instala la cámara y la enciende, arma la pequeña mesa donde planea subir al Biopet y la coloca frente a la cámara. Revisa el cilindro que ahora se enciende con luces de colores, la pantalla avisa que es el momento de cristalizar al Biopet. Patrick levanta con esfuerzos el cilindro. El día que regrese papá podrá ver el video. El cilindro que contiene al Biopet es muy grande. Nana le advierte al niño que tenga cuidado, que intente llamar otra vez a su mamá. Pero en la emoción Patrick no escucha; carga el cilindro y lo deposita justo en la orilla de la mesa. Las patas plegables se doblan.

Nana comienza una transmisión de emergencia, el auxilio llegará en cuarenta y cinco minutos.

El cristal del cilindro se rompe en pequeños trozos, regando líquido por todo el piso. El cable de alimentación se desprende del vientre del Biopet, desgarrándolo, produce una hemorragia. Hasta los pies de Patrick llega rodando el Biopet, impulsado por el líquido que termina de esparcirse por la habitación.  Bübchen comienza a producir un extraño y agudo sonido gutural.

—¡Nana! ¡Se rompió el frasco! ¿Qué hago Nana?

—No puedes hacer nada Patrick.

—¡Pero no lo voy a poder cristalizar! ¿Qué le voy a enseñar a mis amigos, a mi papá?

—Nada Patrick, lo siento.

—¿Qué le pasa a Bübchen, Nana? ¿Qué es ese ruido que hace?

—Bübchen está llorando Patrick, no te aflijas, pronto dejará de hacerlo.

Cuento reelaborado: A menos que…

Textos remasterizados 4 Comentarios »

Aquí, versión reelaborada del segundo cuento de mi libro, se buscó dibujar mejor al personaje Carla.

A MENOS QUE…

La pequeña Carla se levanta hoy a las siete, después de que mamá la despierta con un beso como todas las mañanas de escuela. Se pone el uniforme y se peina; le gusta hacer cosas por sí misma.

Sale de su cuarto, apaga la luz y observa las estrellas fosforescentes que con la ayuda de papá pegó en el techo. El cuarto tiene posters del sistema solar y dibujos de cometas hechos por  ella. Cierra la puerta sobre la que un letrero multicolor escrito con crayolas señala: “Módulo Lunar”. Baja los escalones de dos en dos, con pasos amplios,  imaginando que camina en la luna y así en cuatro saltos llega a la mesa para desayunar.

Después, sin aceptar ayuda de mamá, carga ella sola la maqueta del proyecto de ciencias, no sin antes ajustar algunos detalles; acerca a la pequeña astronauta a las estrellas y comprueba que la nave espacial esté bien sujeta a la plastilina.

Al regresar a casa, Carla no para de hablar de su maqueta y del diez que obtuvo. Emocionada atropella las palabras mientras se balancea sobre los talones y las puntas de los pies.

Durante la cena papá sirve helado para celebrar y besa a su pequeña en la frente. Mamá le regala un libro de astronomía que tal vez sea para niñas más grandes; pero a Carla le gustan las fotos y hace preguntas con cada descubrimiento.

Ya más tarde, después de escuchar ese viejo y cada vez más elaborado cuento de otros planetas que papá siempre mejora, Carla hace un gesto de preocupación llevándose el dedo índice a la boca; pregunta a papá si cree que ella algún día viajara a las estrellas. Papá, con la mirada convincente y voz trémula, le dice que sí, que ella podrá lograr todo lo que desea.

Carla duerme; dulce sonrisa dibujada en el rostro. Sueña que explora otros planetas de la mano de sus padres, sin necesidad de aire o trajes especiales, protegida.

A menos que…

La pequeña Carla no se quiera levantar, por estar cansada, después de acostarse tarde haciendo la maqueta. Diez minutos más de sueño son los que retrasan el desayuno que se toma aprisa y bajo las reprimendas de mamá.

Por desgracia, al salir corriendo de casa la maqueta se cae de las manos de Carla, causando irremediables daños. La niña llora desconsolada y termina por pisotear la plastilina; prefiere no llevar la tarea que entregarla mal hecha.

Mamá maneja rápido por el retraso, intenta hacer que Carla deje de llorar enseñándole un libro que le compró y pensaba darle en la noche. Es ese el momento en que sucede, una distracción, un segundo, una luz roja.

Papá llora en el hospital. Las noticias le han despojado de la felicidad.

Mamá no volverá a casa.

Carla no puede asistir al velorio, la pérdida del brazo derecho la mantiene un tiempo en el hospital. Su mirada cambia para siempre; un borrón miles de metros en el horizonte.

Dentro de un par de décadas Carla estará en casa viendo televisión, esperando a que llegue su esposo. Cambiando los canales uno tras otro, sin hacer mucho caso de la programación, recordará lo feliz que ha sido su vida. Carla pensará en los días de la facultad de arquitectura, en los viajes y amigos, pensará en el mágico día que conoció a su marido. También recordará que el fin de semana vendrán de visita papá y mamá.

Carla seguirá cambiando los canales sin encontrar nada, en ese dejarse llevar por los recuerdos y no prestar mucha atención al momento. Mientras así transcurran los minutos, se acariciará el vientre ilusionada con la nueva vida que está por venir, se mirará la mano derecha admirando con gran satisfacción el anillo de graduación de la universidad.

Sin duda, serán momentos radiantes los que estarán en su recuerdo cuando se tope con un canal que por fin capte su atención: Un noticiero, con la exclusiva del despegue de la primera nave tripulada para la conquista de Marte. Subirá el volumen y escuchará al periodista hablando sobre los heroicos hombres y mujeres que viajarán al espacio. Y entonces Carla, ligeramente ansiosa, sintiendo apenas el exiguo vacío de las decisiones tomadas, recordará un sueño que tuvo de niña. A partir de ese día despertará de vez en cuando a medianoche, y permanecerá algunos minutos sin poder visualizar lo que la angustia, antes de volver a dormir.

A menos que, veinte años atrás, Carla perdiera diez minutos…

Sentada frente al panel de controles se ajustará el cinturón, recibirá varias instrucciones en el intercomunicador y siendo comandante de la misión deseará buena suerte a su tripulación. Continuará revisando la secuencia de despegue y comprobará todos los sistemas tal como se ha ensayado durante muchos meses. En ese tiempo, a su mente vendrán recuerdos de mamá y del pavoroso accidente, de volverse zurda por fuerza, de lo difícil que fue su adolescencia por ser diferente, de las miradas desorbitadas fijas en su muñón, de terapias y medirse prótesis que lastimaban. Se acordará cómo encontró refugio en los estudios, de lo solitaria que se sintió tantas veces entre sus libros y del hecho de nunca haber amado de verdad a un hombre.

Cuando falten pocos segundos para despegar, a Carla le invadirá una sensación de júbilo y orgullo, recordará que esto es con lo que siempre ha soñado, que a pesar de todo, ese punto en el horizonte nunca se desvaneció.

Con la mano robótica en la palanca de ignición e invadida por la euforia de las decisiones tomadas, emprenderá el viaje a Marte.

Ejercicio 6: Las Furias y el Destino: Juicio al escritor

Ejercicios 22 Comentarios »

De sus nombres; punición al crimen de sangre.

De sus apellidos; hilar, medir y cortar.

Alecto Cloto

Megera Láquesis

Tisifone Atropos

Asesino de hijos,

Repugna; once fábulas

y en diez hay muerte.

Violenta…

estúpida, accidental,

suicida…

y gratuita.

¿Necesita tanta sangre?

¿La muerte es su motivo?

Vende tragedia,

cobra miedo.

Trapacero fatuo.

Otro engaño:

La caja de Pandora,

según él es culpable.

A menos que y

Luna de invierno;

mitos donde

la caja es pretexto…

incluido a fuerza.

Los héroes, sin la caja,

igual están perdidos.

¿Evidencia su objetivo?

De nuevo, presumido.

Tramposamente,

descuidadamente,

irrespetuosamente,

acumula letras.

El tiempo…

no sucede, está sucediendo;

-ando, -iendo, sus demonios.

Entorpece la lectura. Se hace…

incomprensible y

él se justifica como

incomprendido.

No sabe escribir.

Uno con muchos monstruos,

y Era mejor no conocerla:

Horripilantes títulos

para escritos referentes

al Arte de escribir.

Mal hilados, se deshebran.

Comienza, duda, se devuelve;

Vaivén que…

mal medido, no acierta

al justo tamaño de los cuentos.

Se alarga en esclarecimientos

y diatribas. Queda corto

cuando explica

del personaje su poder.

Y al momento…

de cortar:

Corta mal.

¿Por qué explica lo que escribe?

¿Por qué diluye el veneno?

¿Acaso se cree -palabra inaudita-, posmoderno?

Es un pavo, pagado de sí mismo;

sin las plumas necesarias

para terminar con estilo.

Lo peor no se ha dicho:

Le reclamo El otro lado;

malbarata un asunto doloroso.

Hace guasa del que emigra

y resuelve fácil el obstáculo

convirtiéndolo en circo.

Le reclamo S.E.C.A.

apelar a los discriminados,

con falsa moral.

No es el personaje el que habla

sino el autor que pretende,

mostrarse liberal e incluyente,

para lograr aplausos.

Le reclamo su final: Elipsis.

Prometió un gran cierre y

entregó tres biografías,

dos actos

y una catarsis.

Cuenta lo inútil y omite la historia.

La soberbia falla,

basura deshonesta.

CULPABLE

CULPABLE

CULPABLE

El cuento para cerrar

Ejercicios 1 Comentario »

Este texto es la propuesta para cerrar “Cuentos para niños que ven televisión”.

ELIPSIS

I

Afuera del cine; día

El cartel de la película Never Die II: The Revelations, inspirada en el videojuego homónimo, muestra a la seductora heroína de cabello azul y rostro exótico vestida en cuero negro ajustado; ametralladora en una mano y sable medieval en la otra. Bajo el título de la película hay una leyenda: ¡Doblada al español! Del cine sale Mauro, alto y atlético, viste una playera de la Carrera Panamericana; su caminar es erguido y resulta atractivo por sus ojos claros y mentón recto. Lo acompaña su mejor amigo, el Gordo, que usa camisa de cuadros y bermuda de mezclilla, como cholo, pero la ropa es de diseñador. Estatura baja, cara redonda, expresión simpática y, por supuesto, gordo. Los dos jóvenes se detienen lascivos ante el cartel, embobados.

—Está buenísima —dice el Gordo.

—Ella pone las reglas —agrega Mauro y levanta el dedo pulgar en señal de aprobación.

—¿Cuáles reglas?

—¡Vaya! Tú no entiendes. Ella manda.

—Uta, güey, es que hablas tan cagado —señala el Gordo y ríe burlón.

—¡Maldición! Te voy a patear el trasero —dice Mauro y acerca el puño a la cara de su amigo, fingiendo estar enojado.

—¡No mames! ¿Por qué no dices: te voy a partir la madre, y ya? Qué pinches modas te agarras.

—No es una moda, Gordo. Es español neutro, puedes encontrarlo en los libros y en tus historietas. Eres tú quien habla mal el idioma.

—Neutros mis huevos. Pareces una película doblada…

Los amigos se empujan e intercambian golpes, luchan como cachorros de fieras que aprenden a plantar heridas mortales y dominar al oponente. Mauro le aplica una llave en el cuello al Gordo, que se rinde. Quedan situados frente a otro cartel promocional, de la película “Connections” que muestra a un árabe con turbante, un vaquero con Stetson y una enfermera con cofia.

—Luego hay que ver ésta.

—Debes estar bromeando. Observa —Mauro señala el texto sobre el cartel y lee—: “Tres historias que se entrecruzan; un inquietante drama sobre la vida y el destino” -New York Times-.

—¿Y eso qué?

—Son malas esas películas. Intentan juntar tres historias y el resultado no es mejor que apreciarlas por separado. Debe existir un personaje principal y los demás servir de apoyo.

—Para mí son más reales, cada güey busca algo.

—No sirve eso para contar historias buenas. Inventan un evento extraordinario que une a los personajes, inverosímil en su totalidad.

—Se me hace que no te late porque está en inglés, nomás inventas pendejadas, pinche nerd.

—Y yo lo que pienso es que no te gusta ser un personaje secundario.

—¡Chinga tu madre! —El Gordo le da un puñetazo en el hombro.

Mauro empuja al Gordo que si bien ríe, parece molesto. Permanecen callados mientras caminan hasta la esquina y se detienen entre otros peatones que mueven las cabezas de un lado a otro como diciendo “no” mientras ven a los autos pasar. Esperan a que cambie el semáforo para cruzar la calle.

—¿Vamos a la plaza comercial? Ya está a la venta la nueva temporada de Los Simuladores.

—Me late, yo quiero unos cómics. Invitas las pitzas luego, ¿no?

—Lo ves, Gordo; eres un coprotagonista cómico.

El Gordo no contesta y sus ojos buscan algo a lo lejos. El semáforo cambia y todos los autos se detienen, menos uno; la vuelta a la derecha es continua. Mauro da un paso y baja la banqueta, el auto está a punto de golpearlo cuando el Gordo lo toma del brazo y lo jala hacia atrás. El auto no frena, da la vuelta y se aleja por la calle, acelerando.

—¡Hijo de puta! —grita uno.

—¡Mal nacido! —grita el otro.

—¿Estás bien?

—Sí. Me salvaste el pellejo…

II

Svüanka

Vive en México desde los siete años de edad. Sus padres la subieron a un barco, junto con una tía vieja que consiguió dos pasaportes, el día que estalló la guerra. Recuerda los montes nevados y el pueblo, las ovejas y a su padre, la canción de cuna y a su madre. A veces sueña con las casitas de una planta y techos de madera con chimeneas de latón. Entonces, la palabra elusiva parece formarse en su mente, luego despierta y se ha esfumado. ¿Cómo se llamaba su pueblo? ¿Su país? Había un río y las personas del otro lado hablaban su lengua, pero creían en otro Dios. También estaban los de las montañas, que no los querían a ellos ni a los del pueblo de enfrente. Su tía nunca quiso contarle mucho, decía que era mejor olvidar, que ahora su país era México. Si hablaba con ella en la otra lengua era porque la vieja nuca logró dominar el español. Cuando la tía murió, Svüanka se hizo cargo de la casa y de los huéspedes. Nunca rentó el cuarto de su tía, pues allí había una silla, un espejo y un baúl con fotos de su pueblo. Esas cosas vinieron en el barco. Se las arregló con tres inquilinos: dos estudiantes y un actor, aunque el actor se la pasaba en la casa estudiando arte dramático y los estudiantes aparentaban que iban a la escuela. Del actor aprendió el arte del performance y a fiar la renta, de los estudiantes nada, pero pagaban a tiempo. Cuando la tía murió tomó la decisión. No volvería a hablar español hasta hallar a alguien como ella. La comunicación transcurrió entre libretas y lápices. Creyó que sería fácil reencontrar sus raíces, su identidad, la palabra que significaba hogar. En la plaza comercial permitían a los actores presentarse siempre y cuando no usaran los baños públicos y se fueran al terminar su acto. Hacía algunos meses que ganaba dinero extra con su presentación, ahorrando las monedas, recolectadas en su gorro, para un boleto. Pero debía primero averiguar dónde estaba su tierra, pues el país ya no existía. Buscar en los archivos hemerográficos o la Internet no había funcionado; a veces creía que todo era mentira, que nunca existió esa historia del pasado. Llegó a pensar que estaba loca, que el idioma era un invento de su mente. Extrañaba a sus padres. ¿Existían? ¿Podía desaparecer de la memoria de la gente, que había seguido por televisión los conflictos, toda una nación?

Subía a un pequeño banco y hablaba. La gente, cautivada por su hermosa voz y la musicalidad de esa lengua extraña, por momentos creía adivinar el idioma y luego se les escapaba. ¿No había un artista que cantaba en ese idioma? No, un poema que iba… ¿O era esta mujer de los derechos humanos, que se llamaba…? Entonces, de un morral, las manos de Svüanka tomaban un carrete de papel, de entre muchos, un pequeño carrete de los utilizados para las máquinas sumadoras. Con los brazos separados como si orara, de la mano izquierda a la derecha, la tira de papel avanzaba mostrando las palabras escritas en español, a modo de traducción. La idea se le ocurrió un día que en la televisión vio una película subtitulada. Y desde entonces realizó su acto a diario; a veces tomaba un vestido de la tía y su amigo el actor le ayudaba a llevar la vieja silla a la plaza. La presentación acometía contra la pérdida de identidad, contra el olvido, contra la indiferencia. Por lo general recibía muchos aplausos y algo de dinero, pero siempre le quedaba la sensación de que no la habían comprendido. Después, de noche en casa y antes de dormir, cambiaba los canales en la televisión de un noticiero a otro, en la búsqueda entre decenas de conflictos, de esa noticia donde apareciera algo familiar. Comenzaba a desesperarse, hasta ese día en que conoció a Mauro y su amigo.

Inició el acto entre la gente, sin usar vestuarios pues no quería disfrazarse. Pantalón de mezclilla, camiseta blanca, tenis y el morral. Su tez, en cambio, por el tono aceitunado llamaba la atención, junto con sus risos negro brillante y avispados ojos grises. Cuando el público la rodeó, las tiras de papel mostraron la historia. La voz musicalizó la danza de palabras entre sus manos:

“Tierra lejana, praderas perdidas en memoria de niña. La geografía sólo es línea sobre papel, la vida derramada. Intervenciones. Dios dividido. Madre, los úteros se envenenan; forzada la semilla es rencor en vida. Padre, ¿aún estás? El hermano tiene tu piel y se cubre del frío con ella…”

Entre la gente dos jóvenes se abrieron paso para presenciar el performance. Atrapados por la voz de Svüanka, leyeron cada uno de los rollos.

“…cambian los líderes y sus portavoces. La identidad prevalece en sangre y sueños, en la carne y el deseo de volver. El fuego no se extingue si el último rescoldo vive. Mi lengua en garantía”.

Svüanka terminó hecha un ovillo en el piso. Escuchó las monedas caer y hasta que consideró que la gente se había retirado, se incorporó. Odiaba que se le acercaran a hacerle la plática; cuando la veían escribir todas sus respuestas en los rollos dejaban de tomarla en serio, no entendían. Pero ahí estaban dos jóvenes, sin intenciones de irse. Se acercó esperando que alguno de ellos hablara. No lo hicieron así que lo hizo ella, con un lápiz. Mientras escribía notó que el joven alto la miraba con incertidumbre, como si fuera un bicho raro o una loca, sin hablar. En cambio el otro, el gordo, se mostró agradable y le dijo que le parecía maravillosa. A Svüanka le gustó el que no habló, pero nunca se lo dijo. Los tres se harían amigos, fácil, como los cachorritos de diferentes razas, en las vitrinas de las tiendas, mientras llega el verdadero compañero.

III

Gordo

Era muy simpático. En la escuela todos lo querían. Siempre tenía un chiste o el comentario preciso. En las fiestas todos lo buscaban para brindar. Las niñas lo encontraban tierno y confiable, le platicaban cualquier cosa. Tenía cientos de anécdotas que contar pues siempre le sucedían las cosas más inverosímiles. Él afirmaba con orgullo que reírse de sí mismo era sano y aconsejaba a todos que lo hicieran. Y le hacían caso; todos se reían de él. El Gordo lloraba por las noches. Un día Susana lo buscó para pedirle consejo pues su novio la trataba muy mal, El Gordo siempre había estado enamorado de ella, se lo dijo: “alguien que de verdad te quiera”. Susana lo besó en la frente y le dijo que él era el mejor amigo más súper increíble que jamás había tenido. Así, fue el mejor amigo del capitán del equipo de futbol, el mejor amigo de la ganadora del concurso de matemáticas, el mejor amigo de todo joven que buscara obtener algo, porque el Gordo tenía la magia del support character, como diría alguna vez el profesor de cine. El dinero fue de ayuda también; su madre tenía un buen trabajo que, sumado a lo que les dejó su padre, le permitió al Gordo vivir a sus anchas. Invirtió mucho dinero en ropa para poder vestirse punk, emo, fresa, metalero, patineto, darketo, rastafari, hippie o cholo. El vestuario ayudaba a la integración entre las personas, los escuderos portan blasones también.

Se acostumbró a ser llamado Gordo, a emerger como un elemento divertido en la vida de los demás. Pudo soportarlo mejor cuando entró a estudiar cine. Entendió su lugar en la historia y se dedicó a cumplir su misión: aconsejar al héroe, cargar el escudo del cruzado o recibir las descargas de rabia de semidioses frustrados; estar cerca del logro sin tener que esforzarse a muerte para obtenerlo. Por eso se hizo amigo de Mauro; tenía el potencial. Era de los raros, no tanto como él, sin embargo lo molestaban mucho. Los perros que se enfrentan al macho alfa o bien resultan heridos o se convierten en lideres. Otros perros sobreviven tirándose panza arriba cuando los olfatea el alfa, esos tienen alimento asegurado entre los desperdicios. Ver documentales de etología le nutrió con nuevas ideas para el trabajo final de guión.

El Gordo aprendió a ser rémora, no tiburón. Y eso estaba bien para él. Confiaba que Mauro estaría siempre para protegerlo.

Una dama se presentará, eventualmente. El Gordo sabe sobre las tentaciones de Lancelot; su trabajo de segundo semestre. La dama estará segura.

En el escritorio del Gordo hay un boceto de cómic: Chico Doblaje y  Mujer Subtitulada acompañados por… el tercer personaje aún no tiene nombre.

IV

Mauro

Hay que darle crédito a los que lo rodearon, por orden de aparición.

Neonato: Mi maravilloso bebé, dijo mamá. Y le prometió cuidarlo siempre.

Tres años: Que listo es mi hijo, dijo papá. Y pegó un dibujo en el refrigerador.

Seis años: Genio, dijo la maestra. Y lo adelantaron a segundo de primaria.

Siete años: Asperger, dijo el primer especialista. Y le dieron terapia.

Nueve años: Una tele para tu cuarto, dijo papá. Y siguió llevándoselo cada fin de semana.

Diez años: Déficit de Atención, dijo el segundo especialista. Y le administraron ritalín.

Doce años: Rebeldía preadolescente, dijo la directora. Y lo hicieron repetir año.

Trece años: Índigo, dijo el novio chamán de mamá. Y lo llevaron a un centro holístico.

Quince años: Una nalgada a tiempo, dijo la abuela. Y se hubieran ahorrado mucho en terapia.

Quince años: Educación activa, dijo mamá. Y no se ahorraron nada del psicoanálisis.

Diecisiete años: Brote psicótico, dijo el tercer especialista. Y lo internaron tres meses.

Dieciocho años: Artista, dijo un amigo de la familia. Y compraron guitarra, óleo y cámara.

Diecinueve años: Freak, dijo un compañero de clases. Y curaron al Bully en la enfermería.

Diecinueve años: Amigo, dijo el Gordo. Y las cosas estuvieron bien un tiempo.

Veintiún años: Yaiv lanksa shait, dijo Svüanka. Y nada ocurre todavía.

V

Afuera del cine; noche

Una fila en extremo larga apunta a la taquilla. Mauro y el Gordo están formados casi al final de la línea. Lluvia ligera cae sobre ellos. En la marquesina se anuncia el estreno de una película mexicana que promete no ser como las otras. En varios carteles aparecen uno a uno los personajes: Fichera, Policía Judicial, Narcotraficante, Niña Bien, Joven Humilde y un Anciano Sabio, del que se reconoce al actor sobre el personaje, sacado casi de un museo.

—¿Vas a ver a Svüanka?

—Después de la película, Gordo. ¿Por qué lo preguntas?

—Le conseguí algo bien chingón, que bajé de Internet.

—¿Quieres acompañarme a verla de una buena vez? La fila está matándome; un dolor en el trasero, si me dejas decirte.

—Va, al fin la peli no se va a ir a ningún lado.

—Por lo menos, durante esta semana. Pero no apuestes tus entrañas en ello.

—Vámonos, pues.

Los jóvenes abandonan la fila y su lugar es ocupado por una avalancha que recorre medio metro. Caminan hasta la esquina y se detienen en el semáforo. El Gordo saca de su chamarra un disco DVD. Está en una caja genérica, la portada de un valle entre montañas nevadas, que imprimió en alta resolución el Gordo. Se la ofrece a Mauro.

—Dásela tú caón.

—¿Qué se supone que es? Además de una copia ilegal.

—No empieces, güey. Me costó un huevo conseguirla, neta que no hay nada en internet de su país. Nomás desapareció.

—Entonces, ¿cómo puedes saber qué es?

—Pus bajé un chingo de madres que me sonaban, ya sabes, de cómo habla y le pedí que me escribiera cosas en su idioma pa buscarlas, encontré una película.

—¿Cuándo?

—El otro día, no te dije que fui a verla… pero tú dásela.

—Gordo, si quieres dársela tú, yo entiendo.

El Gordo niega con la cabeza y le entrega la película a Mauro. El semáforo cambia y el Gordo cruza la calle mientras Mauro se queda viendo la portada de la película. Un auto sin luces acelera para dar la vuelta en la esquina y golpea al Gordo lanzándolo varios metros hacia arriba. Mauro, que escuchó el rechinido de las llantas y el golpe, está de pie, en la banqueta. Estira el brazo como si protegiera a alguien de cruzar la calle. El Gordo cae a sus pies y, si no fuera por la sangre y la desarticulación de sus extremidades, podría decirse que fue una caída cómica.

VI

Las elipsis

Un velorio fuera de lo común. Sí, unos cuantos amigos lloraron al principio, esos que lloraron con el capítulo final de la serie Friends. Pero pronto el ambiente se volvió festivo. Los jóvenes pusieron fotos sobre el ataúd y uno conectó bocinas portátiles al Ipod del Gordo, que la madre les prestó después de mucha insistencia, para escuchar aleatoriamente las selecciones musicales de su amigo. Mientras el soudtrack de la vida, escogido por el Gordo, llenó el ambiente con todo tipo de ritmos, sus amigos contaron anécdotas tan hilarantes que los empleados de la funeraria tuvieron que pedirles silencio varias veces. Los jóvenes decidieron irse juntos al antro favorito del Gordo. Se despidieron tocando el ataúd, cerrado a petición de la madre, diciendo entre sonrisas: Te vamos a extrañar, Gordo. Nunca te olvidaremos, Gordo.

La familia se quedó sola y la madre se acercó a un arreglo floral que en la cinta tenía escrito: “Te amamos Gordo”. La mujer tachó la palabra gordo con un lápiz labial y escribió el nombre de su hijo. Más tarde se sintió libre para llorar.

En casa de Svüanka, ella y Mauro, sentados frente a la televisión, comenzaron a ver la película.

Ella escribió en una cinta: “Yo te amo”. Él pulsó play en el control remoto y no tardó en quedarse dormido; seguir los subtítulos lo aturdía y la fiesta en honor del Gordo había terminado muy tarde. Ella disfrutó cada cuadro de la película filmada al estilo dogma; sin elipsis.

Ejercicio 5

Ejercicios 2 Comentarios »

El proceso creativo:

La lista de palabras que consideré fundamentales, dada la historia y el tono del cuento “El primero en subir al camión”, es la siguiente:

1.- Camión

2.- Aferrarse

3.- Crepita

4.- Rabia

5.- Pretextos

6.- Miserables

7.- Indeterminación

8.- Sarcasmo

9.- Gris

10.- Secreción

11.- Indiferentes

12.- Fétidos

13.- Atentar

14.- Dolor

15.- Terrible

16.- Inmundicia

17.- Corruptos

18.- Estéril

19.- Perverso

20.- Rancio

Diecinueve de las veinte palabras representan el ánimo y espíritu del personaje además de matizar el tratamiento narrativo; si bien pueden sustituirse por sinónimos en su mayoría, creo que casi todas son las más asertivas para ese cuento. Pero hay una palabra, que sin tener la fortaleza de las otras, no puede cambiarse: Camión. Imaginé el cuento en otro medio de transporte público y simplemente no funcionaba. Las diferencias entre camión, microbús o metro, cambiarían el cuento que, además, pretende imitar con la lectura el ritmo de un viaje en camión; entrecortado, pesado y lento. Y llamarlo transporte público lo neutraliza y lo hace sonar institucional. Por lo tanto he decidido que el Sol de mi sistema se llame Camión.

Los cuerpos que pertenecen al sistema solar nacen por asociación libre (como en un ejercicio psicológico; interesante herramienta), alejándose del campo semántico original poco a poco, tal como decrece la atracción gravitacional con la distancia. El resultado es el que sigue:

Camión – Transitar – Viaje – Accidente – Destino – Muerte – Vida – Vientre – Luna – Mujer – Agua

El cuento:

Unas cuantas cosas

Muerte, nubosidad y fuertes lluvias se esperaban esa noche. Los paramédicos bajaron de la ambulancia apremiados por la situación: el camión turístico yacía volcado en la orilla del río y la corriente aumentaba rápido su volumen. Transitar por el viejo camino en época de lluvias requería destreza. Mateo tomó el equipo de primeros auxilios y se acercó al accidente, perdido en cavilaciones, mientras sus compañeros atendían y alejaban de la creciente a las personas que habían logrado salir. El agua, helada y turbia, recorría los tobillos de Mateo salpicando su uniforme y una de sus manos. Observó el agua en su palma; dos gotas se juntaron. “¿Accidente? ¿Una serie de hechos irrepetibles combinados para crear un desastre? No puede ser accidental que esté en el mismo lugar, un año después; esto es, tal vez…”

—Muévete, Mateo, ¿qué haces ahí? —le gritó uno de sus compañeros, sacándolo del estupor.

—Creo que puedo entrar.

—¡Estás loco! Hay que esperar a los bomberos.

—Hay alguien dentro —balbuceó Mateo ensimismado y caminó hasta la salida de emergencia del camión, casi cubierta por el agua. Se hundió hasta el pecho. Otro paramédico dejó al paciente que atendía e intentó detener a Mateo:

—Espérate, necesitas equipo para entrar, ¿estás loco? —le gritó.

Mateo aferró su botiquín y repitió:

—Hay alguien dentro —. Luego se sumergió en el río.

Oscuridad. Buscas entre el fango. Horror primigenio. Los sentidos aturdidos. Te amo, Mateo. Herida en la mano, golpe en la cabeza. Un viaje. Un accidente. El auto cayó al agua. Intentas salir sin soltar su mano. Tu mujer, tu esposa. También tu hijo, dentro de ella, sin nombre. Un viaje para celebrar. ¿Destino? Un viaje sin planear; aquí o allá, el destino es ser feliz. Lluvia. ¿Niño o niña? Es muy pronto. ¿Cómo se llamará? Y la mano te duele y aprietas más fuerte y nadas hacia arriba. Estás cerca; luz de Luna que promete salvarte, salvarla. Mateo, tengo una sorpresa para ti. Duele la mano, la sueltas. Regresas. No puedes más. Quieres vivir. Ella tiene que vivir. Mareo y confusión. Salir por aire y regresar. Tomar aire tres, cuatro, diez veces. ¡Vas a ser papá! La corriente te ha movido del lugar. ¿Cómo se llamará? ¿Niño o niña? Ella quiere niña, a ti no te importa realmente, eres feliz, la besas. Accidente. Tu mujer, y tu amor en su vientre. Fracturaste tu mano. Muerte.

Mateo respiró profundo, se limpió los ojos y sacó una lámpara de casco del botiquín. Ajustó la banda elástica en su frente y encendió la lámpara. Debía mover la cabeza para dirigir la luz que proyectaba una tenue media luna sobre las superficies. Dentro del camión observó que el nivel del agua subía rápido y mecía algunas maletas que flotaban. Arriba los asientos y el piso del camión, también el brazo de algún pasajero que permanecía sujeto con el cinturón de seguridad, colgando. Revisó sus signos vitales y las heridas; no lograría vivir y, a Mateo, este hecho no le afectó. Hubo un tiempo en se preocupaba por los pacientes y se sentía orgulloso de su trabajo. Sí, hubo un tiempo, en que la mayoría de las cosas le provocaban felicidad. Sus nuevos compañeros apenas lo conocían; casi un año después de que dejara a sus amigos y pidiera una transferencia en la Cruz Roja, no tenía lazos con nadie. Procuró durante meses poner distancia y ahora le tocaba regresar a este lugar.

Sin esforzarse mucho buscó una posible salida del camión. Hacia la cabina la carrocería estaba aplastada, intentó empujar una lámina y le dolió la mano; herida vieja que no había terminado de sanar. Sintió un roce en la espalda. El cadáver de una mujer había chocado con él. Se giró y vio que flotaba boca abajo; le bastó con tocarle el brazo para saber que la muerte la había tomado. No pudo ver su rostro. Mateo dejó de moverse, de pronto le pareció lógico quedarse ahí; aguardar a un destino que había esquivado. El agua enfrió su tórax y pronto estaría en su cuello.

—¡Ayúdenme por favor! —fue el grito que vino de adelante. Voz de mujer.

—¿Dónde está?

—Junto al volante, ¡Ayúdeme, mi bebé, no está bien!

Mateo intentó atravesar los paneles y asientos torcidos. Se empujó por un conducto estrecho y al transitar entre la opresión y el agua escuchó los quejidos endebles de la mujer. Como un niño luchando por salir del vientre materno, y con la misma motivación inconsciente, logró llegar hasta el frente destrozado del camión donde ella, malherida, estaba atrapada. Sostenía en brazos a un bebé de días de nacido, que no se movía ni lloraba. Mateo tomó a la criatura y le dio respiración de boca a boca, repitió la maniobra varias veces mientras un ruido de metal siendo cortado a un lado de ellos se iba haciendo más fuerte. Ahora estaba seguro, no había sido un accidente. Mateo comprendió que el destino lo había puesto ahí. Continuó con vehemencia la resucitación y, pasados unos segundos, el bebé tosió y comenzó a llorar. La mujer estiró la mano y tomó la de Mateo.

—Gracias —dijo con voz muy débil.

—¿Cómo se llama su hijo? —preguntó Mateo, intentando mantener consciente a la madre.

—Es niña… todavía no… cuídela.

—Tranquila. ¿Escucha ese ruido? Son los bomberos que nos van a sacar.

Mateo se pegó la niña al pecho para darle calor y sostuvo la mano de la mujer. Se abrió un hueco en el camión y, entre bomberos y maquinaria, Mateo y la mujer pudieron ver la Luna, que parecía tan brillante después de la oscuridad. Las nubes se habían ido. La mujer apretó la mano de Mateo y él le mostró a la niña.

Luna —Susurró ella.

—¿Qué?

—Su nombre… —. La mano de la mujer se soltó. Mateo la retuvo un instante, luego la dejó ir. Recordó el terrible vacío y la desesperación ahogándolo. Recordó, del mismo modo, que hay unas cuantas cosas que le dan sentido a vivir.