ELIPSIS
I
Afuera del cine; día
El cartel de la película Never Die II: The Revelations, inspirada en el videojuego homónimo, muestra a la seductora heroína de cabello azul y rostro exótico vestida en cuero negro ajustado; ametralladora en una mano y sable medieval en la otra. Bajo el título de la película hay una leyenda: ¡Doblada al español! Del cine sale Mauro, un joven alto y atlético, viste una playera de la Carrera Panamericana; su caminar es erguido y resulta atractivo por sus ojos claros y mentón recto. Lo acompaña su mejor amigo, el Gordo, que usa camisa de cuadros y bermuda de mezclilla, como cholo, pero la ropa es de diseñador. Estatura baja, cara redonda, expresión simpática y, por supuesto, gordo. Los dos jóvenes se detienen ante el cartel, embobados.
—Está buenísima —dice el Gordo.
—Ella pone las reglas —agrega Mauro y levanta el dedo pulgar en señal de aprobación.
—¿Cuáles reglas?
—¡Vaya! Tú no entiendes. Ella manda.
—Uta, güey, es que hablas tan cagado —señala el Gordo y ríe burlón.
—¡Maldición! Te voy a patear el trasero —dice Mauro y acerca el puño a la cara de su amigo, fingiendo estar enojado.
—¡No mames! ¿Por qué no dices: te voy a partir la madre, y ya? Qué pinches modas te agarras.
—No es una moda, Gordo. Es español neutro, puedes encontrarlo en los libros y en tus historietas. Eres tú quien habla mal el idioma.
—Neutros mis huevos. Pareces una película doblada…
Los amigos se empujan e intercambian golpes, luchan como cachorros de fieras que aprenden a plantar heridas mortales y dominar al oponente. Mauro le aplica una llave en el cuello al Gordo, que se rinde. Quedan situados frente a otro cartel promocional, de la película “Connections” que muestra a un árabe con turbante, un vaquero con Stetson y una enfermera con cofia.
—Luego hay que ver ésta.
—Debes estar bromeando. Observa —Mauro señala el texto sobre el cartel y lee—: “Tres historias que se entrecruzan; un inquietante drama sobre la vida y los instantes que forman un destino” -New York Times-.
—¿Y eso qué?
—Son malas esas películas. Las personas no se relacionan por simples detalles que les cambian la vida. Si fuera así, todo lo que ocurre sería importante.
—¡Güey! Siempre puede pasar algo.
—Esas personas de ahí, míralas: Durante el tiempo que esperan el camión, nada les sucede. También en la fila del cine, el tiempo es perdido. Cuando esperas algo o cuando te mueves de un lugar a otro, no hay detalles de importancia.
—Pus oyes música, o piensas en cosas…
—¿Para qué pensar en algo que no vas a hacer o a decir, mi amigo?
—No sé. ¿Pa matar el tiempo?
—Exactamente eso es lo que no haces, Gordo. Pero es divertido hablar contigo, si me dejas decirte.
—Ándale culero, ora soy tu chiste.
Caminan hasta la esquina y se detienen entre otros peatones que mueven las cabezas de un lado a otro como diciendo “no” mientras ven a los autos pasar. Esperan a que cambie el semáforo para cruzar la calle.
—Sígueme a la plaza comercial, quiero comprar una película.
—Me late, yo quiero unos cómics. Invitas las pitzas luego, ¿no?
—Lo ves, Gordo; eres un coprotagonista cómico.
El Gordo no contesta y sus puños se aprietan un poco. El semáforo cambia y todos los autos se detienen, menos uno; la vuelta a la derecha es continua. Mauro da un paso y baja la banqueta, el auto está a punto de golpearlo cuando el Gordo lo toma del brazo y lo jala hacia atrás. El auto no frena, da la vuelta y se aleja por la calle, acelerando.
—¡Hijo de puta! —grita uno.
—¡Mal nacido! —grita el otro.
—¿Estás bien?
—Sí. Me salvaste el pellejo…
II
Svüanka
Vive en México desde los siete años de edad. Sus padres la subieron a un barco, junto con una tía vieja que consiguió dos pasaportes, el día que estalló la guerra. Recuerda los montes nevados y el pueblo, las ovejas y a su padre, la canción de cuna y a su madre. A veces sueña con las casitas de una planta y techos de madera con chimeneas de latón. Entonces, la palabra elusiva parece formarse en su mente, luego despierta y se ha esfumado. ¿Cómo se llamaba su pueblo? ¿Su país? Había un río y las personas del otro lado hablaban su lengua, pero creían en otro Dios. También estaban los de las montañas, que no los querían a ellos ni a los del pueblo de enfrente. Su tía nunca quiso contarle mucho, decía que era mejor olvidar, que ahora su país era México. Si hablaba con ella en la otra lengua era porque la vieja nuca logró dominar el español. Cuando la tía murió, Svüanka se hizo cargo de la casa y de los huéspedes. Nunca rentó el cuarto de su tía, pues allí había una silla, un espejo y un baúl con fotos de su pueblo. Esas cosas vinieron en el barco y ella disfrutaba observar cada uno de sus detalles, pasar el tiempo imaginando, prometiéndose que siempre pondría atención a cada instante en su vida.
Para mantenerse se las arregló con tres inquilinos: dos estudiantes y un actor; el actor se la pasaba en la casa estudiando arte dramático y los estudiantes aparentaban que iban a la escuela. Del actor aprendió el arte del performance y a fiar la renta, de los estudiantes nada, pero pagaban a tiempo. Cuando la tía murió tomó la decisión. No volvería a hablar español hasta hallar a alguien como ella. La comunicación transcurrió entre libretas y lápices. Creyó que sería fácil reencontrar sus raíces, su identidad, la palabra que significaba hogar.
En la plaza comercial permitían a los actores presentarse siempre y cuando no usaran los baños públicos y se fueran al terminar su acto. Hacía algunos meses que ganaba dinero extra con su presentación, ahorrando las monedas recolectadas en su gorro, para un boleto. Pero debía primero averiguar dónde estaba su tierra, pues el país ya no existía. Buscar en los archivos hemerográficos o la Internet no había funcionado; a veces creía que todo era mentira, que nunca existió esa historia del pasado. Llegó a pensar que estaba loca, que el idioma era un invento de su mente. Extrañaba a sus padres. ¿Existían? ¿Podía desaparecer de la memoria de la gente, que había seguido por televisión los conflictos, toda una nación?
Subía a un pequeño banco y hablaba. La gente, cautivada por su hermosa voz y la musicalidad de esa lengua extraña, por momentos creía adivinar el idioma y luego se les escapaba. ¿No había un artista que cantaba en ese idioma? No, un poema que iba… ¿O era esta mujer de los derechos humanos, que se llamaba…? Entonces, de un morral, las manos de Svüanka tomaban un carrete de papel, de entre muchos, un pequeño carrete de los utilizados para las máquinas sumadoras. Con los brazos separados como si orara, de la mano izquierda a la derecha, la tira de papel avanzaba mostrando las palabras escritas en español, a modo de traducción. La idea se le ocurrió un día que vio una película subtitulada. Desde entonces realizó su acto a diario; a veces tomaba un vestido de la tía y su amigo el actor le ayudaba a llevar la vieja silla a la plaza. La presentación acometía contra la pérdida de identidad, contra el olvido, contra la indiferencia. Por lo general recibía muchos aplausos y algo de dinero, pero siempre le quedaba la sensación de que no la habían comprendido. De noche en casa y antes de dormir, cambiaba los canales en la televisión de un noticiero a otro, en la búsqueda entre decenas de conflictos, de esa noticia donde apareciera algo familiar. Al paso del tiempo comenzó a desesperarse, y su público lo notaba: no le aplaudían como al principio.
Inició el acto entre la gente, sin usar vestuarios pues no quería disfrazarse. Pantalón de mezclilla, camiseta blanca, tenis y el morral. Su tez, en cambio, por el tono aceitunado llamaba la atención, junto con sus risos negro brillante y avispados ojos grises. Cuando el público la rodeó, las tiras de papel mostraron la historia. La voz musicalizó la danza de palabras entre sus manos:
“Tierra lejana, praderas perdidas en memoria de niña. La geografía sólo es línea sobre papel, la vida derramada. Intervenciones. Dios dividido. Madre, los úteros se envenenan; forzada la semilla es rencor en vida. Padre, ¿aún estás? El hermano tiene tu piel y se cubre del frío con ella…”
Mientras realizaba el performance notó a dos jóvenes frente a ella: Un gordo de ropas estrafalarias que leía con mucho interés los rollos de papel y un chico alto de mirada insondable que parecía atrapado por la voz de Svüanka. Le emocionó que aquél joven tan atractivo le pusiera atención de esa forma; estático, sin los típicos gestos de aparente interés o sorpresa desmedida, atravesándola con la mirada, sin pestañear, sólo escuchando. Emocionada como hacía mucho no se sentía, le dio mayor intensidad al final de su discurso, sin quitar la vista del fascinante joven frente a ella.
“…cambian los líderes y sus portavoces. La identidad prevalece en sangre y sueños, en la carne y el deseo de volver. El fuego no se extingue si el último rescoldo vive. Mi lengua en garantía. ¿Habrá un ser capaz de entenderla?”
Svüanka terminó hecha un ovillo en el piso. Escuchó las monedas caer y el aplauso más nutrido que de costumbre. Hasta que consideró que la gente se había retirado, se incorporó, aunque todo el tiempo vigiló que los pies de un joven no se movieran. Odiaba que la gente se le acercara para hacerle plática; cuando la veían escribir todas sus respuestas en los rollos dejaban de tomarla en serio, no entendían. Ahí estaban los dos jóvenes, sin intenciones de irse. Se acercó esperando que alguno de ellos hablara. No lo hicieron así que lo hizo ella, con un lápiz en su libreta. Mientras escribía notó que el joven alto seguía perplejo. En cambio el otro, el gordo, se mostró agradable y le dijo que le parecía maravillosa, la felicitó por la actuación. A Svüanka le gustó el que no habló, el que estaba absorto en quién sabe qué profundos pensamientos.
Los tres se harían amigos esa tarde, con la misma facilidad que los cachorritos de diferentes razas en las vitrinas de las tiendas, mientras llega el verdadero compañero.
III
Gordo
Era muy simpático. En la escuela todos lo querían. Siempre tenía un chiste o el comentario preciso. En las fiestas todos lo buscaban para brindar. Las niñas lo encontraban tierno y confiable, le platicaban cualquier cosa. Tenía cientos de anécdotas que contar pues siempre le sucedían las cosas más inverosímiles. Él afirmaba con orgullo que reírse de sí mismo era sano y aconsejaba a todos que lo hicieran. Y le hacían caso; todos se reían de él. El Gordo lloraba por las noches. Un día Susana lo buscó para pedirle consejo pues su novio la trataba muy mal, El Gordo siempre había estado enamorado de ella, se lo dijo: “alguien que de verdad te quiera”. Susana lo besó en la frente y le dijo que él era el mejor amigo más súper increíble que jamás había tenido. Así, fue el mejor amigo del capitán del equipo de futbol, el mejor amigo de la ganadora del concurso de matemáticas, el mejor amigo de todo joven que buscara obtener algo, porque el Gordo tenía la magia del support character, como dijera alguna vez el profesor de cine. El dinero fue de ayuda también; su madre tenía un buen trabajo que, sumado a lo que les dejó su padre, le permitió al Gordo vivir a sus anchas. Invirtió mucho dinero en ropa para poder vestirse punk, emo, fresa, metalero, patineto, darketo, rastafari, hippie o cholo. El vestuario ayudaba a la integración entre las personas, los escuderos portan blasones también.
Se acostumbró a ser llamado Gordo, a emerger como un elemento divertido en la vida de los demás. Pudo soportarlo mejor cuando se metió a estudiar cine por las tardes. Entendió su lugar en la historia y se dedicó a cumplir su misión: aconsejar al héroe, cargar el escudo del cruzado o recibir las descargas de rabia de semidioses frustrados; estar cerca del logro sin tener que esforzarse a muerte para obtenerlo. Por eso se hizo amigo de Mauro; tenía el potencial. Escogió de entre los raros al más fuerte; su nuevo amigo era mucho menos freak que él, sin embargo lo molestaban mucho porque, paradójicamente, no se dejaba molestar. Los perros que se enfrentan al macho alfa o bien resultan heridos o se convierten en lideres. Otros perros sobreviven tirándose panza arriba cuando los olfatea el alfa, esos tienen alimento asegurado entre los desperdicios. Ver documentales de etología nutrió con nuevas ideas al Gordo para su trabajo final de guión.
Aprendió a ser rémora, no tiburón. Y eso estaba bien para él. Confiaba en que Mauro estaría siempre para protegerlo.
Una dama se presenta, eventualmente. El Gordo sabe sobre las tentaciones de Lancelot; su trabajo de segundo semestre. La dama, sea quien sea, está segura.
En el escritorio del Gordo hay un boceto de cómic: Chico Doblaje y Mujer Subtitulada acompañados por… el tercer personaje aún no tiene nombre.
IV
Mauro
Además de un habla particular, tiene un poder muy especial: En los momentos que no son importantes logra avanzar por el tiempo en un instante. Cierra la puerta de casa y de inmediato está en el salón de clases. Su mente conecta el punto A con el B sin trazar la línea. Tal vez su cuerpo tenga que viajar en el camión escolar por estar construido de materia, mas no hay nadie en la cabeza. Alguien le da un zape, otro le roba el lunch; no importa, la mente ya está en el salón de clases. Y en realidad, no corre riesgo su cuerpo. Es fuerte y está preparado para la acción cuando hay verdadero peligro; para eso no se requiere la mente.
Le da igual si su madre lo manda a hacer fila en el banco o si tiene que hacer algo aburrido; el cuerpo está bien entrenado. Nunca sueña: en el momento que se acuesta a dormir ya se está levantando. ¿Para qué ir al baño, comer cosas desagradables, escuchar regaños o prender velas cuando se va la luz y no hay televisión? Todo eso puede obviarse viajando en el tiempo.
Por supuesto, hay que darle crédito a los que lo rodearon, por orden de aparición.
Neonato: Mi maravilloso bebé, dijo mamá. Y le prometió cuidarlo siempre.
Tres años: Que listo es mi hijo, dijo papá. Y pegó un dibujo en el refrigerador.
Seis años: Genio, dijo la maestra. Y lo adelantaron a segundo de primaria.
Siete años: Asperger, dijo el primer especialista. Y le dieron terapia.
Nueve años: Una tele para tu cuarto, dijo papá. Y siguió llevándoselo cada fin de semana.
Diez años: Déficit de Atención, dijo el segundo especialista. Y le administraron ritalín.
Doce años: Rebeldía preadolescente, dijo la directora. Y lo hicieron repetir año.
Trece años: Índigo, dijo el novio chamán de mamá. Y lo llevaron a un centro holístico.
Quince años: Una nalgada a tiempo, dijo la abuela. Y se hubieran ahorrado mucho en terapia.
Dieciséis años: Educación activa, dijo mamá. Y no se ahorraron nada del psicoanálisis.
Diecisiete años: Brote psicótico, dijo el tercer especialista. Y lo internaron tres meses.
Dieciocho años: Artista, dijo un amigo de la familia. Y compraron guitarra, óleo y cámara.
Diecinueve años: Freak, dijo un compañero de clases. Y curaron al Bully en la enfermería.
Diecinueve años: Amigo, dijo un gordo. Y las cosas estuvieron bien un tiempo.
Veintiún años: Yaiv lanksa shait, dijo Svüanka. Y nada ocurrió.
Resulta interesante ver al cuerpo cuando su mente adelanta el tiempo: Se queda estático y, si es requerido algún movimiento como caminar o llevar una cuchara a la boca, el organismo cumple mecánicamente la función. Su mirada es el principal indicador de que se está desplazando por el tiempo: Enfoca un horizonte muy lejano, como si persiguiera un punto de fuga a miles de kilómetros.
V
Afuera del cine; noche
Una fila en extremo larga apunta a la taquilla. Mauro y el Gordo están formados casi al final de la línea. Lluvia ligera cae sobre ellos. En la marquesina se anuncia el estreno de una película mexicana que promete no ser como las otras. En varios carteles aparecen uno a uno los personajes: Fichera, Policía Judicial, Narcotraficante, Niña Bien, Chavo Humilde y un Anciano Sabio, del que se reconoce al actor sobre el personaje, sacado casi de un museo.
—Mauro… Mauro… ¡Güey, te estoy hablando!
—¿Qué sucede?
—Siempre te mal viajas compa. ¿Vas a ver a Svüanka?
—Después de la película, Gordo. ¿Por qué lo preguntas?
—Le conseguí algo bien chingón, que bajé de Internet.
—¿Quieres acompañarme a verla de una buena vez? La fila está matándome; un dolor en el trasero, si me dejas decirte.
—¡Ay no ma! Si tú eres el rey de hacerse guaje.
—Era sólo una expresión. Pero tú te vez agobiado.
—Tonces lleguémosle, al fin la peli no se va a ir a ningún lado.
—Por lo menos, durante esta semana. Pero no apuestes tus entrañas en ello.
—Vámonos, pues.
Los jóvenes abandonan la fila y su lugar es ocupado por una avalancha que recorre medio metro. Caminan hasta la esquina y se detienen en el semáforo. El Gordo saca de su chamarra un disco DVD. Está en una caja genérica, la portada de un valle entre montañas nevadas, que imprimió en alta resolución el Gordo. Se la ofrece a Mauro.
—Dásela tú caón.
—¿Qué se supone que es? Además de una copia ilegal.
—No empieces, güey. Me costó un huevo conseguirla, neta que no hay nada en internet de su país. Nomás desapareció.
—Entonces, ¿cómo puedes saber qué es?
—Pus bajé un chingo de madres que me sonaban, ya sabes, de cómo habla y le pedí que me escribiera cosas en su idioma pa buscarlas, encontré una película.
—¿Cuándo la viste a ella?
—El otro día, ni te dije que fui a verla… pero tú dásela.
—Gordo, si quieres dársela tú, yo lo entiendo.
El Gordo niega con la cabeza y le entrega la película a Mauro. El semáforo cambia y el Gordo cruza la calle mientras Mauro se queda viendo la portada de la película. Un auto sin luces acelera para dar la vuelta en la esquina y golpea al Gordo lanzándolo varios metros hacia arriba. Mauro escucha el rechinido de las llantas y el golpe, aún en la banqueta; estira el brazo deteniendo a nadie de cruzar la calle mientras su mirada se pierde en la distancia. El Gordo cae a sus pies y, si no fuera por la sangre y la dislocación de sus extremidades, podría decirse que es una caída cómica.
VI
Amigos
El espacio dominado al principio por flores blancas se fue llenando con pequeños arreglos de colores. Un velorio fuera de lo común. Sí, unos cuantos amigos lloraron al principio, esos que lloraron con el capítulo final de la serie Friends. Pero pronto el ambiente se volvió festivo. Estaban todos sus conocidos de escuelas y fiestas, también su amigo, el de la mirada extraviada, solitario en un rincón.
Los jóvenes pusieron fotos sobre el ataúd y uno conectó bocinas portátiles al Ipod del Gordo, que la madre les prestó después de mucha insistencia, para escuchar aleatoriamente las selecciones musicales de su amigo. Mientras el soudtrack de la vida, escogido por el Gordo, llenó el ambiente con melodías de muchos géneros, sus amigos contaron anécdotas tan hilarantes que los empleados de la funeraria tuvieron que pedirles silencio varias veces. Los jóvenes decidieron irse juntos al antro favorito del Gordo. Se despidieron tocando el ataúd, cerrado a petición de la madre, diciendo entre sonrisas: Te vamos a extrañar, Gordo. Nunca te olvidaremos, Gordo.
La familia se quedó sola y la madre se acercó a un arreglo floral que en la cinta tenía escrito: “Te amamos Gordo”. La mujer tachó la palabra gordo con un lápiz labial y escribió el nombre de su hijo. Más tarde se sintió libre para llorar.
En la casa de Svüanka estaban ella y Mauro, sentados frente a la televisión. Se disponían a ver la película en DVD que había traído él.
Ella escribió en uno de sus rollos: “Yo te amo” y desplazó el papel de una mano a otra. Él pulsó play en el control remoto y no tardó en quedarse dormido; seguir los subtítulos siempre lo aturdía y la fiesta, la primera a la que iba en meses, había terminado muy tarde. Ella disfrutó cada cuadro de la película filmada al estilo dogma; sin elipsis.
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