Nika
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La antártica empieza aquí, por Aloysus Acker Estimado Aloysus: Decidí comentar tu libro sin detenerme en sus influencias (y menos todavía en aquella que tanto se ha mencionado) porque tu propósito, sin duda, es que los lectores reconozcamos ...
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Despedida

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Fin de la etapa. El trabajo fue arduo y mi ánimo viajó en montaña rusa durante todas estas semanas. Pero por primera vez, escribir no fue sinónimo de estar sola, y por eso va mi agradecimiento a todos los que dejaron en el blog sus comentarios, críticas, elogios, correcciones, sugerencias, aliento y compañía: Caetano, Cleo, Cronos, Chispa, Jorge, Desiree, Elidom, Marcel, Sanjuana, Oráculo, Meme, Porquelín y Gentiana. Y un gracias especial a Bob, Alisma y, por supuesto,  a Joyce.

A Blue: felicitaciones por esa mención que te ganaste a pulso.

A Aloysus: aplauso, medalla y beso por estar en la final. Merecidísimo.

Gracias al jurado por dejarme participar de esta experiencia, en especial a Guadalupe Nettel, cuyas palabras en cada ejercicio me sirvieron para repensar mi escritura y la forma en que a veces resuelvo una frase, o una idea, o un personaje. Espero saber exprimir cada uno de los comentarios que recibí de los tres durante este concurso para afinar la puntería y continuar trabajando.

Me voy de esta Caza, aunque la cacería, en realidad, espero que no termine nunca.

¡Salú!

Nika

Continuación del Ejercicio 3 (el cuento ideal)

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“Cicatrices” es uno de los cuentos que creo mi libro necesita. Un cambio de aire, de punto de vista y un protagonista que no sólo es un hombre sino alguien también atrapado en un punto ciego pero que debe buscar la salida con herramientas diferentes. Sigo pensando que el mejor lugar para este cuento es luego de “Tiburón”, porque es entonces cuando el libro necesita algo distinto, que respete el tono y el estilo de los otros relatos, pero que cuente una historia diferente, ya no desde el ojo del huracán sino desde el margen.

Espero saber aprovechar todas las críticas y comentarios.

Cicatrices

Al entrar al living, lo primero que ve es algo pequeño y blanco sobre su sillón preferido. Un corpiño con un lazo rosado en el frente. Es de su hija, no hay dudas. ¿Qué hace ahí? ¿Quién lo dejó? ¿Cuándo? Jorge lo levanta por el bretel y lo tira sobre la mesa ratona. Pero lo perturba verlo y lo cubre con el diario que no pudo leer esa mañana antes de salir para el trabajo.

Jorge se sienta, resopla y apoya la cabeza en el respaldo del sillón. Cierra los ojos. El perro del vecino ladra una, dos, tres, cuatro veces y una voz de hombre le ordena que se calle. Pasa un auto, otro. Llovió toda la tarde y se oyen los neumáticos cortar el agua y salpicar las veredas. Una mujer dice: “¿Pero vos le vas a pagar su parte o qué?”. Hay una pausa. La mujer ahora dice: “Ves que sos un pelotudo”. Jorge repite en voz baja la palabra “pelotudo”, como si la paladeara, agita los hielos del vaso y da un largo trago al primer whisky.

Arriba, Sara acaba de apagar la ducha. Jorge espera oír los pasos de su mujer por el pasillo hasta el dormitorio. Sin embargo, sólo siente la puerta del baño al cerrarse. El parqué del primer piso está viejo y cruje, tendría que haberla escuchado. Pero no. No oye nada.

Sara tiene pie plano, pero sus movimientos son ágiles y elegantes, como si avanzara flotando a centímetros del suelo. A Jorge le gustaba verla, y más le gustaba la idea de que con sus brazos podía atrapar a esa mujer menuda y hermosa en pleno vuelo y obligarla a bajar. Solía decirle que tendría que haber sido bailarina. Sara reía, se tocaba las rodillas torcidas y decía algo de Chaplin y el ballet clásico. Ahora los movimientos de su mujer a Jorge lo ponen nervioso, porque ya no piensa en bailarinas sino en que Sara ronda la casa como un fantasma.

Escucha el golpe de uno de los cajones de la cómoda al cerrarse y eso le alcanza para confirmar que Sara está en el dormitorio. Jorge piensa que no tendría que haberle puesto aceite a las bisagras, porque ahora no sabe si Sara sigue abriendo y cerrando las puertas del armario mientras decide qué ponerse o si ya está en la etapa del perfume y el maquillaje. Se la imagina frente al espejo. También escucha que su mujer deja caer algunas cosas en el apuro.

Jorge abre los ojos, se despereza y descorre las cortinas para ver la calle. El taxi que pidió Sara acaba de llegar y está esperándola.

–¡El taxi! –grita.

–Decile que ya bajo –pide Sara asomando medio cuerpo desde la baranda.

En la cabina del auto, iluminado por las luces de la cuadra, ve al taxista. Es un hombre joven, tiene una camisa blanca arremangada y un tatuaje que le rodea la muñeca derecha. El taxista agita la cabeza al ritmo de una canción. Jorge golpea la ventana para avisarle, pero es imposible. De la mesa ratona, agarra el control remoto del equipo de música y lo enciende. Cambia de dial sin quitar la vista del chofer y pasa las estaciones en busca de una canción que acompañe los movimientos del joven. Al fin da con una. Es un viejo clásico del rock nacional, de una banda que Jorge había ido a escuchar a algún galpón lúgubre cuando tenía quince o dieciséis años y esos galpones no le parecían nada lúgubres. El ritmo que marca la batería y el repiqueteo del  joven contra el volante están bien coordinados.

Jorge sube el volumen. Ahora él también sigue el ritmo con la cabeza, como si esa melodía pudiera hermanarlo con un joven vital cuyo trabajo es rescatar mujeres de sus casas y conducirlas por la noche hasta lugares ruidosos y encendidos.

–Me voy –dice Sara.

Está en la puerta del living. Tiene el pelo negro todavía húmedo y abraza contra el pecho la cartera y un saquito de lana azul. Jorge no la escuchó bajar y no sabe que Sara lo observa, justo ahora, agitando la cabeza y tocando una guitarra en un solo rabioso.

–¡Me voy! –grita ella.

Jorge no reacciona sino hasta después, cuando ve la silueta de su mujer atravesar  el caminito de entrada hasta el taxi, y al chofer que se inclina para apagar la radio o bajar el volumen. Antes de que termine la canción, el auto desaparece calle abajo y Jorge se queda solo, inmóvil, sosteniendo aún la guitarra invisible entre las manos.

*          *          *

Su hija está encerrada en la habitación. Jorge no la ha visto en todo el día. En realidad, hace casi dos días que no la ve porque esa mañana ella se fue al colegio antes de que él se levantara.

–¿Querés cenar algo? –grita Jorge a las sombras del segundo piso.

Silencio.

–Nati, ¿querés cenar algo?

La voz de su hija rebota escaleras abajo:

–¡¡Ya comí!!

“Obvio” piensa Jorge y, una vez en la cocina, inspecciona la heladera en busca de la comida que Sara dijo que le había dejado preparada.

La cena en realidad son los restos de un almuerzo en el que él no había participado. Ahí está la tarta de calabaza a la que le faltan dos porciones y una fuente cubierta con un film plástico con ensalada de zanahoria ya oxidada por la sal y el vinagre.

Jorge agrega unas aceitunas a la ensalada y cena de pie, apoyado contra la mesada central de la cocina mientras vacía el segundo vaso de whisky. ¿A qué hora volvió su hija del colegio? Calcula que a eso de las tres de la tarde, y ya son las diez de la noche. ¿Siete horas? ¿Hace siete horas que su hija no sale del cuarto? Tiene que verla antes de acostarse y preguntarle qué está pasando, qué hace ahí adentro tanto tiempo. “Hay que empezar a pedir explicaciones”, piensa.

La canilla de la cocina gotea. Con la casa en silencio el plac, plac, plac se agranda y multiplica. Jorge sabe que ahora que identificó ese sonido no va a poder apagarlo, que lo va a seguir a todas partes. Aprieta el grifo con las dos manos pero no detiene el goteo sino que lo empeora. Dobla en cuatro un repasador y lo coloca justo donde cae la gota, sin tapar la rejilla. La tela se traga el ruido y Jorge respira.

El silencio, por un segundo perfecto, se interrumpe de golpe. Su celular está en modo vibrador y salta sobre la mesita de vidrio de la entrada, como un pez que acaban de sacar del agua. La pantallita azul reluce en la oscuridad del hall y Jorge lee “Chiprani llamando”. Lo deja sonar tres veces. Se endereza y algo parecido a una sonrisa le tuerce la boca en un gesto burlón. Atiende antes de que la llamada caiga en el buzón de voz.

–Chiprani, querido, ¿ahora me llamás?

–Pasa que quería explicarle que me quedé sin tarjeta y vio que estaba…

–Dejame que te diga una cosa, Pablito, Chiprani querido, hiciste la plancha toda la tarde, no me atendiste el teléfono cuando yo te estaba llamando para preguntarte si necesitabas un poco más de tiempo y me llamás ahora, un viernes a la noche, que estoy con gente en casa, para decirme ¿qué, exactamente?

–Yo quería explicarle…

–Mejor te explico yo: la presentación la quiero el lunes a primera hora. Es más, para que no queden dudas, primera hora quiere decir ocho de la mañana hora de Buenos Aires, ¿ok? Todo tiene un límite, Pablito, ¿se entiende?

–Sí, señor, yo entiendo, pero le juro que fue un error de los de sistemas.

–Dejalo así, mejor. En la oficina me aguanto las boludeces, pero ahora estoy en mi casa, ¿sí? Y me esperan.

–Entiendo, sí, disculpe que lo llame a esta hora y lo de…

–Lunes a primera hora, Pablito. Vos ocupate de eso nomás.

Cuando Jorge aplasta la tapa del celular se siente un animal poderoso.

*          *          *

Piensa en llevar la botella de whisky al jardín, sentarse junto a la piscina y recargar el vaso hasta que se derrita el último hielo. Mirar el cielo en silencio y respirar aire fresco. Ahora que paró la tormenta y el viento empieza a despejar las nubes, es una noche agradable. Pero se conoce bien, y sabe que momentos como ese requieren de tranquilidad y pensamientos amables. No son para él. La última vez que intentó algo parecido terminó haciendo equilibrio en el borde de la piscina, culpándose por haber aceptado que Sara se negara a cambiar el auto e intentando adivinar, por las luces y reflejos de la ventana del dormitorio de Natalia, por qué su hija, que podría conquistar el mundo con un pestañeo, jamás tiene programa los viernes o sábados a la noche.

Pone traba al ventanal y da un trago en falso al vaso vacío. Encuentra la botella de whisky en la cocina, junto a los platos sucios. Jhonny Walker etiqueta verde. Regalo de sus suegros. Una biografía de Juan Domingo Perón, una Mont Blanc, un juego de cartas en un carísimo estuche de cuero negro, una bordeadora que sólo usa el jardinero, camisas, corbatas y zapatos que jamás estrenó y, al fin, el whisky. Dieciocho años les llevó a sus suegros acertar con un regalo. Jorge sirve una medida generosa, agrega dos cubitos de hielo y brinda al aire pensando en Pablito Chiprani.

Cuando vuelve al living, le parece oír ruidos en el cuarto de su hija. Son como un rasguido, como si Natalia estuviera corriendo los muebles con muchísimo cuidado. Por un segundo piensa en subir para ver qué está haciendo, si necesita algo, pero lo deja para después.

Hace tres años, cuando Natalia cumplió catorce, Jorge sintió que se la arrebataban, o mejor, que ella misma se había ido del mundo, al menos del que habían compartido hasta entonces. Nunca dejó de quererla, eso sería imposible, pero ya no la entiende y hace tres años que no soporta permanecer en la misma habitación que su hija por mucho tiempo.

Entre Natalia y su mujer la situación es completamente distinta. Es imposible saber dónde termina una y dónde empieza la otra. Se tiñeron el pelo rubio para convertirse en dos morochas de tez clara y ojos celestes enormes. Se intercambian la ropa, los horarios en el gimnasio, los libros de autoayuda, cuchichean frente a él y están planeando un viaje al Caribe que Jorge les va a pagar como una forma de soborno: su esperanza es que regresen tan bronceadas como agradecidas.

El tercer whisky va del vaso a la garganta en un solo trago.

*          *          *

En el estudio, frente a la computadora, Jorge abre el archivo donde anota los gastos del día. Intenta recordar cuándo empezó a hacerlo, a anotar meticulosamente cada gasto, incluso los personales. Debe alejarse unos centímetros del monitor para leer mejor lo que anotó esa tarde: dos peajes de la autopista Buenos Aires-La Plata, almuerzo en Il Gatto (menú del día más gaseosa y café), una maquinita de afeitar, aceitunas verdes descarozadas, chicles de mentol. Nadie mira esa planilla excepto él. Sara ni siquiera sabe que existe. Jorge agrega el adelanto que tuvo que pagarle al mecánico para que traiga la bendita pieza que supuestamente ya no se fabrica en el país y que es indispensable para que su auto vuelva a andar de un tirón y no de a trancos, como lo estuvo haciendo el último mes. También anota los gastos de Sara de esa noche: trescientos setenta pesos, porque a la cena con la editora (que va a pagar ella, siempre es así) sumó un estimado del taxi de ida y vuelta y hasta el atado de cigarrillos que va a comprar, fumar y tirar antes de volver a casa.

No hay un casillero de “totales”. Las cifras jamás se convierten en una conclusión, en un resumen. No compara los gastos de un día con los del siguiente, porque no le interesan las planillas del día anterior o de hace un mes. No hay suma sino acumulación. Anota un número debajo del otro, un detalle y otro y otro forman hileras que no llegan a nada.  Jorge apaga la computadora y mira el vaso vacío junto al mouse óptico que titila: rojo, rojo, rojo, rojo, rojo…

*          *          *

Cuando despierta, el reloj de pared y el de la computadora dicen que son las doce y media de la noche. Se quedó dormido en el sillón del escritorio. Hubiera podido jurar que eran las dos, las tres de la mañana.

Doce y media.

No ve la cartera ni las llaves de su mujer en la mesita de entrada. “No volvió”, piensa, “demasiado temprano para que vuelva, demasiado temprano para irme a dormir.” Camina hasta el pie de la escalera. En el cuarto de Natalia los ruidos cambiaron: ahora son risas y lo que advierte como una conversación animada. No es la televisión, de eso está casi seguro. ¿Llegó alguien mientras él dormía? ¿Natalia al fin invitó a alguna amiga a casa? Podría subir, presentarse y tal vez ofrecer a su hija y a la amiga algo para comer. Pero presta más atención y a la charla ahora se suma una musiquita melosa que sí podría ser de alguna película o una serie. Si Natalia está sola prefiere subir más tarde, cuando haya tenido tiempo de pensar un buen tema, algo que le pueda interesar a ella y que a él le facilite las cosas. Pero sobre todo necesita estar un poco más despierto antes de enfrentarla. Y decide darse una ducha rápida.

En el baño principal encuentra rastros de su mujer. Hay potes de crema abiertos, un collar y pulseras, la alfombrita de la ducha todavía está húmeda y en la toalla de mano advierte su perfume. Pero lo que le llama la atención es una remera blanca, demasiado chica para que sea de Sara. Natalia nunca usa ese baño pero la remera sólo podría ser de ella. Está prolijamente doblada y apoyada sobre el canasto de la ropa sucia. Jorge la huele y también ahí siente el perfume de su mujer. Hace un bollo con la remera, la mete en el canasto y abre la ducha.

El agua está casi fría. Jorge inclina la cabeza hacia atrás, cierra los ojos y abre la boca. “Esto está mejor”, piensa al sentir que los músculos, la lengua, la conciencia se recuperan poco a poco del entumecimiento.

*          *          *

Su hija no es de hacer berrinches, no se victimiza ni hace reclamos infantiles, tampoco se pone violenta ni cínica, no le niega la palabra ni le hace desplantes, pero tiene la capacidad de envolverlo en una red de temas bien fundados pero carentes de contexto que lo abruman. Unos pocos minutos bastan para que su intento por saber cómo le está yendo en el colegio se convierta en una lección sobre el consumo responsable de marihuana o un insólito catálogo de enfermedades que podrían estar latiendo en el cuerpo de cualquiera sin que nada las delate hasta que ya es demasiado tarde. Jorge por lo general la escucha con atención,  asiente, y después se queda pensando qué le quiso decir.

Con ropa limpia y recién afeitado se siente casi listo para enfrentarla.

Una sombra cruza en ese momento la puerta de la cocina y desaparece rumbo a la salida. Antes de que pueda reaccionar, escucha la puerta del frente al cerrarse. Cuando llega hasta el living y se asoma a la ventana la calle ya está desierta.  Vuelve sobre sus pasos y se asoma a la escalera.

–¿Nati? ¿Estás ahí? –pregunta mientras sube con sigilo.

El silencio es un ente oscuro que ocupa toda la casa.

–¡Natalia!

Antes de entrar al cuarto golpea la puerta. La última discusión que tuvieron tuvo que ver con ese dormitorio y el derecho de su hija a la intimidad.

–¿Nati?

Al abrir, ve a Natalia sentada sobre la cama. Está completamente desnuda y abraza un almohadón que apenas le cubre el pecho. Ni siquiera parece haberlo visto. Tiene la mirada perdida en el ventanal y una sonrisa clavada en el rostro, como una muñeca que se quedó sin baterías.

Jorge da vuelta la cara. La desnudez de su hija adolescente es una luz roja y violenta que lo expulsa del cuarto. Está a punto de girar y desaparecer por el pasillo pero algo lo retiene. Se obliga mirar y entiende que la visión de ese cuerpo menudo y frágil ahora se le revela como si fuera un mal augurio.

–¿Estás bien, hija?

Natalia lo mira y agranda la sonrisa mostrándole todos los dientes blancos y parejos. Jorge recuerda las idas y vueltas del dentista, los llantos, la promesa que debía renovar una vez por mes: “Es por tu bien”. No había mentido.

–Mirame, pa –­dice Natalia y se pone de pie.

Jorge se aferra al marco de la puerta, ahora tiene los ojos cerrados como dos puños y la sensación de que el piso se mueve en oleadas.

–¡Mirame!

Jorge niega con la cabeza y pide:

–Vestite, hija.

–Pero te quiero mostrar algo –dice Natalia y deja caer el almohadón al piso. –Mirame, ¿sí?

Jorge enfrenta los ojos turbios de su hija y asiente.

–¿Ves esto? –pregunta Natalia.

Jorge la abarca con una mirada. Tiene pechos pequeños, igual que la madre, pero de pezones grandes y oscuros. Se afeitó el pubis y el vello está volviendo a crecer y parece un triángulo sombreado a lápiz. La mano de Natalia señala una cicatriz, una línea rosada sobre su piel blanquísima, que nace en la base de su pecho izquierdo y baja en una recta perfecta hasta el ombligo. La cicatriz está ahí, puede verla, lo que no consigue es pasar por alto la desnudez de su hija para concentrarse en lo que sea que está tratando de mostrarle en realidad.

–¿Qué te pasó? ¿Qué es eso, Nati? No entiendo…

Natalia avanza unos pasos sobre la alfombra suave y se detiene frente a Jorge, agarra su cara con las dos manos y clava sus ojos celestes y transparentes en los ojos de su padre.

–Yo voy a tratar de explicarte y vos vas a hacer el esfuerzo de entender, ¿dale?

Aquellas palabras suenan como si lo estuviera invitando a jugar a algo inocente y sencillo, o como si estuviera intentando reconciliarse con alguien demasiado estúpido o terco. Pero Jorge no puede escucharla, siente el tacto tibio de las manos y hace un esfuerzo para que el olor de la piel de su hija no se abra paso hasta su cerebro. “La lastimaron”, piensa con los ojos otra vez cerrados y aferrándose a la imagen de la cicatriz, lo único que un padre debería ver en el cuerpo desnudo de una chica de diecisiete años.

–¿Qué es esa cicatriz, Nati? ¿Quién te lastimó? ¿Había alguien acá arriba con vos?

–A veces me das como ternura –dice Natalia.

–¿Había alguien acá arriba? Escuché voces –dice Jorge.

–Había, sí. Era mamá –responde Natalia con un dejo de resignación.

–¿Mamá?

Natalia le da la espalda, vuelve a la cama y busca bajo la almohada un camisón rosado con corazones bordados en el ruedo. Se viste despacio, como si él no estuviera allí. El camisón no alcanza a cubrirle los brazos, ni el cuello, ni las piernas. Jorge hubiera querido taparla completamente con las sábanas y olvidarse de que hace apenas un instante estuvo parada frente a él, desnuda e indefensa.

–¿Y se fue?

–¿A vos qué te parece?

–Pero vuelve…

–Siempre vuelve, pa.

Natalia sonríe.

–Me parece que mejor te vas a dormir, ¿eh? Hablamos mañana.

Pero él no está listo para irse, todavía no.

–Quiero saber que es eso, la cicatriz. ¿Qué te pasó?

Natalia se levanta el camisón para volver a descubrir la marca.

–¿Esto? Es la última.

Natalia se inclina sobre el velador de su mesa de luz, lo enciende, y se acerca como si ella fuera la placa de una radiografía y Jorge el médico encargado de decir si se trata de una fractura o de un esguince.

–¿La ves bien? A mí me parece más o menos, pero mamá dijo que es divina.

Entonces Jorge puede ver realmente todo el cuerpo de su hija y no sólo lo que antes intentó evitar. La que le señala no es la única marca, ni siquiera la más grande. Tiene una cicatriz oscura en la base del cuello, y el vientre atravesado por cinco o siete líneas perfectas, blancas, que parecen hechas con una navaja. Alrededor del ombligo tiene otras marcas, redondas y pequeñas, que parecen quemaduras de cigarrillo. En el brazo derecho hay dos cicatrices que son el molde de una dentadura. Natalia lo deja mirar y después vuelve a cubrirse.

–¿Te gustan?

–¿Gustarme? Estás toda lastimada, hija.

–No son lastimaduras, mamá dice que es un mapa. A ella le encantan.

–¿Se volvieron locas ustedes?

–Si me vas a gritar no hablamos más, te aviso.

–No estoy gritando, hablo fuerte nomás, es que no entiendo qué…

–¿No viste las de ella? –Natalia ahora lo mira con entusiasmo, como si su padre estuviera listo para empezar a entender. –Tiene una en el hombro que te juro que es divina. El otro día la bautizamos. Le pusimos “medusa”. Es increíble. No sé si quemó con algo o qué, porque no me quiere contar cómo se la hizo –explica Natalia mientras se deja caer en su cama mullida y plagada de ositos de peluche y almohadones. Se acaricia el brazo desnudo, a la altura del codo, como si la medusa viviera allí y no en el hombro de su madre. –Viste que mamá es tan delicada, tan artística, que todo le sale bien, todo prolijito, todo lindo. ¿De verdad no la viste?

–No –responde Jorge, y agita la cabeza para reforzar una palabra que va a acompañarlo esa noche, y al día siguiente, y al otro, y al otro. –No –repite.

Afuera el cielo descarga relámpagos, la tormenta se reinicia, y con los relámpagos el perro del vecino vuelve a ladrar, pero no hay nadie despierto para ordenarle que se calle. Jorge recupera la vista de la ventana y mira a su hija, que lo observa desde la cama con una mezcla de curiosidad y expectativa. Entonces Jorge siente con claridad el aliento de una flecha que roza el aire, acercándose, para clavarse en el medio de aquella habitación, de esa noche, de ese instante y convertirlo en una encrucijada. Piensa que tiene la oportunidad de dejar una verdadera marca en su hija, de provocar algún cambio, aunque sea mínimo, de señalarle el camino de vuelta, de rescatarla. Es sólo cuestión de abrir la boca y hablar. Pero qué decir.

Ejercicio 5

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El cuento eliminado: “Bajo la piel

Las 20 palabras principales: Leo, Inés, comida, propuesta, asco, hambre, sobrevivir, estupidez, huir, silencio, imposible, desaparecido, encerrada, miedo, huesos, cuerpo, juntos, pregunta, respuesta, nada.

El nuevo cuento: “Mentira

La palabra clave rescatada es Pregunta y aquí sus palabras satélite: respuesta, voz, nada, silencio, estéril, cuerpo, mujeres, matrimonio, hijos, sangre.

Mentira

El salón estaba decorado con globos blancos y celestes. En la pared del fondo había un angelito de cartón que sostenía un cartel en letras plateadas: “Feliz bautismo, Matías”.

Claudia esquivó a dos nenas que se correteaban gritando “¡Es mío! ¡Es mío!” y pasó junto a un grupo de niños sentados que miraban con desconfianza los trucos de un mago con marcas de acné y ojos de liebre encandilada. Había mujeres jóvenes que vestían con elegancia de cincuentonas y hablaban de las ofertas del supermercado, viejas que no hablaban de nada amontonadas alrededor de la mesa de dulces como si les hubieran ordenado custodiar un banquete que sólo era parte del decorado y hombres que acariciaban los paquetes de cigarros ocultos en los bolsillos de sacos y pantalones como si así pudieran adelantar el reloj hasta la hora de irse. El salón olía a pañales sucios, cosméticos y caramelo quemado. Desde que Claudia llegó, los parlantes soltaban canciones de cuando ella era chica, canciones que no parecían entusiasmar al nene de piernas gordas y boca sucia de chocolate que se aferraba de las manos de su madre mientras hacía algo parecido a bailar.

–¿No es divino? –le preguntó a Claudia la madre bailarina.

Claudia sonrió y siguió de largo. Al fin encontró al grupo de compañeras de oficina, las saludó con un beso y se sumó a la charla: el precio de los salones para fiestas infantiles y el absurdo régimen de horarios y seguridad que debían respetar para que no las echaran antes de tiempo.

Claudia hablaba fuerte. Se la escuchaba desde lejos. Cuando llegó, Santiago la ubicó sin dificultad en aquel lugar lleno de gente siguiendo su voz, que se destacaba entre la música y los berrinches. No era una voz aguda, ni irritante. Claudia jamás gritaba, y su tono no era nervioso sino claro y rotundo. Igual que sus palabras.

—Soy estéril –dijo, y provocó un silencio impávido entre las mujeres y docenas de ojos se clavaron en ella.

No era la primera vez que Santiago la escuchaba decir eso, pero nunca lo había dicho con tanta convicción. Santiago le buscó la mirada y cruzaron un guiño cómplice, que los rescató de la multitud y los murmullos.

*          *          *

Al cumplir treinta y cinco años, Claudia había encontrado aquella estrategia para responder a la pregunta: “Y ustedes, ¿para cuándo?”. Cualquiera se creía con el derecho de ponerla en la situación de pensar en hijos y en descendencia cuando quisieran, y cuando la pregunta no venía de la nada, era consecuencia natural de la noticia del embarazo de alguna vieja compañera de colegio, de una prima, de una amiga cercana, de alguna mujer de la familia de la que apenas sabía el nombre. Antes, cuando Claudia respondía “estamos viendo” o “lo estamos pensando”, el que escuchaba se sentía invitado a avanzar en la conversación y enseguida agregaba cosas como “mejor se apuran” o “no te estás haciendo más joven”. Con la nueva respuesta, Claudia logró lo que hasta ese momento le había parecido imposible: que cerraran la boca. Silencio. Y lo mejor fue que no tuvo que repetirlo demasiado. Con decirlo un par de veces alcanzó para que el rumor se esparciera y todos acallaran con obscena compasión el impulso de volver a la carga con la bendita pregunta.

Claro que, en cambio, y por un tiempo, lo que quisieron saber fue “¿estás bien?”, mientras examinaban su cara y su vientre plano. Para Claudia esto era sencillo: simulaba no entender de qué le estaban hablando o respondía “sí, todo bien” con una sonrisa que clausuraba el tema. Muy pronto ya nadie dijo nada.

*          *          *

Auque nunca había tenido que aguantar el acoso, Santiago sí sufría la angustia o la rabia que le causaban a Claudia aquellos episodios, y agradecía que su mujer se hubiera animado a montar tremenda estrategia para mantenerlos a resguardo. Porque si a algo le temía Santiago era al desgaste (en las charlas usaba mucho esa palabra, “desgaste”) y nada desgastaba tanto a un matrimonio como seguir discutiendo un tema para el que aún no había una respuesta y que cada tanto caía en medio de los dos como una piedra que rompe una ventana.

Él estaba convencido de que la respuesta llegaría en cuanto la pregunta surgiera de ellos, sin presiones del exterior. Claudia, en cambio, creía que la respuesta iba a estallarles en la cara luego de que un instante de felicidad rotunda los obligara a querer algo más que la comodidad de una vida de a dos sin mayores sobresaltos.

El objetivo de Claudia había sido silenciarlos a todos, incluso a ella misma. Darse un poco de paz, sacarse de encima la sensación de que el tiempo es un viento que arrasa con las decisiones pendientes convirtiendo el vacío en una deuda irreparable. La estrategia le daba a Santiago la pausa necesaria para esperar una respuesta que, en el fondo, no sabía si podría encontrar alguna vez.

*          *          *

Por unos meses, funcionó para los dos.

Santiago aceptó el puesto que le había ofrecido la consultora de la competencia, que además de un aumento y nuevas responsabilidades significó más horas fuera de casa. Claudia se alegró por él y lo ayudó a elegir los cuadros de su nueva oficina.

Claudia empezó un taller de jardinería y bonsái. Todos los martes y jueves salía más temprano del trabajo para viajar una hora hasta el  Botánico. Volvía tarde, con las manos sucias de tierra y las mejillas arrebatadas por el sol y el cansancio. No contaba mucho, pero poco a poco fue poblando el balcón del departamento con ceibos, ombúes, paraísos y muérdagos en miniatura. También empezó una nueva dieta: no mezclaba alimentos crudos con cocidos, no usaba sal ni azúcar, y fue eliminando la carne gradualmente hasta reemplazarla por otras fuentes de proteínas como las legumbres, el arroz y la harina de trigo. Convirtió la cocina en un laboratorio macrobiótico.

Dos veces por semana se encontraban para almorzar en el centro. Eran los únicos mediodías en que Santiago se cuidaba de no elegir ningún plato con lácteos, huevos, carne o pollo. Durante esos almuerzos no hablaban mucho, pero cada tanto intercambiaban una sonrisa o hacían alguna broma para que el silencio no les cayera encima.

Antes de despedirse, Claudia le daba un beso rápido y decía:

–Nos vemos en casa.

*          *          *

Una noche Santiago volvió tarde y encontró todo a oscuras. Fue encendiendo luces a medida que avanzaba por los cuartos en busca de Claudia. Estaba en el baño, sentada en el piso, desnuda. Las costillas se marcaban en su espalda, la piel reseca se cuarteaba en grietas que parecían escamas y le daban a su cuerpo el aspecto de un reptil. Santiago le habló con suavidad, como si su mujer fuera una criatura fascinante a la que no quería espantar.

–¿Estás bien?

Claudia giró la cabeza y lo miró a los ojos. Había estado llorando.

–No ­–dijo.

En las baldosas frías había una gran gota de sangre oscura. Claudia había mojado el dedo índice en la sangre y pintaba lunares rojos en el empeine de sus pies descalzos.

–¿Y si nos hacemos ver? –preguntó.

–¿Ver qué? –quiso saber Santiago.

–No sé, quizá no es que yo sea estéril, quizá el estéril sos vos. Hay que saber más, ¿no?

Fue entonces cuando Santiago se dio cuenta. Lo había percibido antes, pero no podía ignorarlo más: la voz de Claudia había cambiado. Ya no era fuerte y decidida sino un rumor apagado y monocorde. Se agachó junto a ella, la tomó de las manos y se acercó hasta que sus cabezas se tocaron.

–Pero Clau, vos no sos estéril. Ningún médico te dijo eso. Nunca buscamos ni nos dejamos de cuidar. Vos lo inventaste, ¿te acordás?

–Sí, ya sé, pero parece tan cierto…

Ejercicio para nominados

Para nominados Comentarios desactivados

Tiburón


Ese otoño un  hombre había matado a sus padres, una pareja de ancianos de casi ochenta años. Les había dado un golpe en la cabeza durante el desayuno y los había atado por las manos, mirándose cara a cara, como si fueran un monstruo de dos cabezas, y los había enterrado bajo dos metros de tierra seca y dura. El monstruo de dos cabezas fue encontrado dos meses después, en pleno bosque, era piel y huesos y las bocas abiertas mostraban el horror del último segundo de sus vidas. Los gusanos habían hecho un buen trabajo y sólo quedaban sus dentaduras para identificarlos.

Gloria había seguido el caso y se preguntaba si lo mejor no sería sospechar del hijo, incluso cuando los chismosos del barrio, junto con las autoridades, antes de indagar una mentira evidente, habían optado por tejer todo tipo de explicaciones bien fundadas que señalaban a un asesino anónimo y un robo frustrado.

A Gloria le gustaba ese hombre. Su alma parecía robusta y equilibrada, tenía una calvicie incipiente, labios rojos y finos y ojos achinados; la piel era tan blanca que relucía en la oscuridad. Era un hombre fuerte que había conseguido mostrar una apatía que era la personificación de la indiferencia. Y todo sin una sola sonrisa. Gloria disfrutaba eso, la apatía de los fuertes, la apatía ante la desgracia que es resultado de algo tan profundo y resistente como el odio.

Ejercicio 4

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Bajo la piel estaba conformado por un valle (“Agua helada), una montaña escabrosa (“Tiburón”), una colina de bordes afilados (“Un pequeño cambio”) y una llanura agreste que concluía en mar (“Perras”). Este orden original buscaba ofrecer variedad y contraste tanto en las extensiones e intensidades como en la exploración del paisaje temático.

Luego de tres revisiones, y en especial por la aparición de dos nuevos relatos, necesito reorganizar el conjunto para afianzar la propuesta.

“Agua helada” permanece primero. Su escritura, clara y dinámica, lo convierte en un valle por el que se avanza sin dificultad y, gracias a la intriga que genera el vínculo entre una madre y sus niñas-silencio, en una buena presentación del territorio que se va a explorar.

Le sigue “Un pequeño cambio”. Esta reubicación se debe a la decisión de rescatar “Bajo la piel” (el cuento descartado), ahora convertido en la continuación de este para componer un tríptico que se completa con “Derrumbamiento” (aún borrador). Se trata de tres colinas habitadas por una pareja en momentos distintos de su vida, pero no de tres partes de un mismo relato sino de tres relatos diferentes que son, combinados, la descripción de una tragedia de dos. O sea que a “Agua helada”, breve y de estructura lineal, le sigue esta peculiar formación de tres picos que aporta mayor complejidad formal y una invitación para que el lector trace sus propias líneas entre los puntos distantes.

“Tiburón” le sigue al tríptico porque equivale a la operación opuesta: es una montaña alta y compleja que se alimenta de muchas historias para componer un único mundo rico en personajes y dilemas morales.

Luego un acantilado, “Cicatrices”, otra formación nueva, desde la cual un hombre descubre que su mujer y su hija comparten un secreto desquiciado. Este cuento funciona como un mirador desde el cual indagar la forma en que los silencios repercuten en la sensibilidad masculina.

En el borde de la región, “Perras”, con un cierre claro y sin ambigüedades, en el que la tensión que se advierte en todo el recorrido al fin estalla en la pelea a muerte entre una perra y su cachorro-lobo.

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Un minuto en la cabeza de Ema  (de “Un pequeño cambio”)

…si me dicen que las siga yo levanto la frente alta con eso sólo ya las convenzo de que estoy bien así Diana y Graciela no preguntan nada y avanzan adelante con paso de esclerosis múltiple y yo voy adonde se les cante de arriba abajo por toda la casa si es fácil con estas botitas puedo todo y al perro ese podrido le clavo un taco en el ojo y que lo sirvan en la cena junto a todos esos bocaditos de carne cortada a cuchillo adobada con provenzal fritos en aceite hirviendo con doscientas calorías por bolita a dos bolitas entre frase y frase son mínimo cuatrocientas calorías en total pero si nadie estudia las tablitas para saber cuánto tiene cada cosa y entender que al cuerpo no se le puede meter cualquier porquería es un envase sagrado y yo soy la guardiana de un templo de control necesario para que no reviente de tanto presionar y presionar como si la boca fuera un pozo y el estómago de elástico y la sonrisa una línea mentirosa pintada con marcador rojo dedicada a estas dos viejas de mierda que hablan como cotorras toda la noche y repiten siempre lo mismo cuando cualquiera con dos dedos de frente sabe que la repetición sólo cansa te queremos tanto Emita querida imposible tragarse tanta mentira si se dice así a mandíbula floja y papada que se agita como pluma de gallina y Teo mejor que ni se le ocurra tocarme con esa mano de guante porque entonces sí pego un grito y me voy de acá ahora mismo y me vuelvo a casa y no me para nadie pero sola a esta hora me pierdo o me agarra un loco me lleva a un descampado me arranca la ropa así piensa qué gorda inmunda mejor la mato y me muero sin decir ni mú. Vaca sucia horrible penosa llorona ojalá me muera si me muero ojalá…

En su cartera Ema guarda:

Un espejito de doble aumento. Un pañuelo blanco bordado con sus iniciales en azul. Un blister de Clonazepan. Un paquete de chicles de mentol. Una billetera sin dinero, con dos tarjetas de crédito doradas, su documento, una calcomanía de una compañía de radiotaxis, un billete de un dólar con la inscripción “Devolver a su dueño”, y una foto de su madre apoyada en un mirador de las Cataratas del Iguazú durante su viaje de bodas (tiene un vestido corto, un foulard atado al cuello que se agita con el viento y está haciendo una mueca burlona a la cámara).  Un pomo de adhesivo instantáneo de dos gramos. Un frasco de colirio. Las llaves.

Ejercicio 3

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El tipo entra a la librería, se acomoda el pelo y clava la vista en el fondo del local. Es un hombre alto y delgado, bigote gris recortado con esmero. Al pasar junto al mostrador da dos golpecitos a la madera lustrada, sobresaltando a la vendedora, y sigue de largo. Bajo la gabardina impecable asoma una camisa blanca, el cuello manchado de sudor. El hombre deja una estela de perfume caro y querosén. Sobre el mostrador ahora hay una huella negra de tizne, que la chica husmea como un sabueso.

“¿Lo ayudo en algo?”, le pregunta la vendedora para detenerlo.

El tipo no la escucha, ya se pasea entre las mesas de libros viejos, devorando con la vista las bibliotecas atestadas de gruesos volúmenes. En su mano aparece un encendedor. Se detiene, merodea, se vuelve a parar. Clic, clic, clic: abre y cierra la tapa metálica del encendedor. Sus ojos brillan como los de un afiebrado.
Del bolsillo de la gabardina, saca una gran bolsa de residuos. Barre los dos estantes más altos de la biblioteca y los mete enteros en la bolsa, que se hincha como el estómago de una ballena.

El tipo apoya la bolsa sobre el mostrador y al lado la tarjeta de crédito: “Le pago lo que quiera”.

La chica titubea. Mira adentro de la bolsa, mira los estantes vacíos al fondo del local, mira al hombre a los ojos y murmura un precio inverosímil. El tipo firma el recibo sin pensar, como quien enciende un fósforo.

Bajo el sol ciego de la tarde, abre una vez más el encendedor y prende un cigarrillo. Carga la bolsa al hombro y enfila calle abajo, rumbo a los baldíos descampados. A lo lejos, una gruesa lengua de humo todavía saborea el cielo.

Ejercicio 2

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Mis criaturas duermen en sus jaulas. Es la mejor hora del día para observarlas. Cuando están despiertas se retuercen y esquivan mi mano: saben que las busco para revisarlas una vez más. Para abrirles los ojos con grampas. Para alimentarlas a la fuerza y luego obligarlas a vomitar lo que las atrofia en lugar de hacerlas crecer. Para extirpar un fragmento de sus colas. Para olisquearles el sexo.
Cuando creen que están solas, las escucho conversar con palabras que conozco bien, retorciendo a veces la sintaxis para respirar al ritmo que suena en sus cabezas. Lo que una calla lo escupe la otra, lo que en una se atisba se despliega en la de al lado.
“Agua helada” es ágil y se escabulle antes de poder acariciarla. “Tiburón” es fuerte y contemplativa, se alimenta de todo lo que encuentra a su paso (tiene predilección por los monstruos). “Un pequeño cambio” es como un pájaro de plumaje oscuro, incapaz de sentir la soledad que le recuerda a quien lo observa. “Perras” es torpe y salvaje, evade la angustia con violencia.
Tienen formas y tamaños distintos, pero idénticas obsesiones. Aunque probé cambiarles la dieta, siguen prefiriendo a las mujeres jóvenes, los narradores en tercera persona y el sudor de la claustrofobia. A las mujeres las exprimen hasta dejarlas completamente expuestas. No tienen piedad, no las justifican, sólo las muestran en su hora más vulnerable y fuerzan una mirada atenta sobre lo que se creía inocente, o rutinario, o familiar.
Células muertas de mi ovario izquierdo, escamas del miedo, lágrimas de cocodrilo, sangre fresca y todos los amores que se agitan en mi biblioteca palpitan en lo más desquiciado de sus cadenas de ADN.
Esta noche trabajo en una nueva criatura. Quiero que hable el mismo idioma pero que haga lo que no hacen las otras: que no anuncie la catástrofe sino que la encarne. Que deje el cadáver sobre la mesa. Se trata de la primera que aceptó de cena a un hombre viejo.

Hipótesis confesional:

Crear estas criaturas no es sólo contar una historia, buscar un remate, dar con la palabra justa, construir personajes, dar rodeos, mostrar sin decir, es hacer que todo eso toque dos, tres, quince puntos distantes y volver ese trayecto tiempo y experiencia. Es algo absurdo: hacer verdad un artificio. Yo creo que el alma habita en el estómago y ahí voy a buscar oxígeno, trance, imaginación, recuerdos, ternura y estrategia. Como Katherine Mansfield, como Alice Munro, como Felisberto Hernández, quisiera tener la lengua en mi poder, y no obstante, cada vez que voy a escribir siento que estoy empezando siempre de cero. El desafío es no ceder. Quiero vivir con estas criaturas, conocerlas mejor, creérmelas. La novela para mí es un misterio.

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Minificciones: Las voces de los muertos

I
El muerto se levanta cada noche. Se frota los dientes negros con un dedo hecho jirones de carne y piel. Corta sus uñas a mordiscos. Se ajusta el sombrero y sale. El cielo se le tira delante y él avanza por esa alfombra tibia con paso de caudillo. En el bar de la esquina ocupa la mesa de siempre. Enciende un cigarro, disfruta el viento de la calle cada vez que se abre la puerta y alguien pasa junto a él sin querer verlo. El muerto saluda a todos con las mismas palabras, forradas con su aliento de agua estancada: “Buenas noches, caballero”. Pero nadie responde. De cada cobarde, el muerto inhala su deseo más profundo, para soplárselo luego a los ojos convertido en viento y pesadilla.

II
La mujer pide hablar con su marido. El hombre prende tres velas y da varias caladas a su cigarro negro. “Murió hace dos años en un accidente de avión”, le dice la mujer al humo espeso. Ella escucha las instrucciones, cierra los ojos y recita el nombre del muerto estrujando en el bolsillo una foto. El hombre se agita, se le dan vuelta los ojos, gruñe. “¿Ricardo?”, dice ella y el hombre grita. Es una voz familiar, pero el grito es agudo, animal, miedo puro. Ella suelta la foto y el hombre regresa con ojos sucios. Sin dejar de mirarlo, la mujer deja el dinero en la mesa y sale apurada por entre las cortinas.

III
Mi hermana Lucía está muerta. Tenía veinte años y unos ojos negros que parecían dos escarabajos enterrados en una bolsa de harina. Mamá se negó a entregarla y la conserva en un congelador en el sótano de casa. De noche la escucho bajar; la escalera rechina a su paso de mula vieja. Arrima una silla al congelador donde Lucía, cubierta de escarcha, parece un hada, y Mamá le habla, toda la noche le habla y cada tanto pregunta “¿No te parece?”. A veces deseo que Mamá tropiece y ruede por las escaleras. Que se muera ella también, que se pudran las dos, enterrarlas como Dios manda y volver a mi vida de vivos. Eso quiero.

Tierra a la vista

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Ejercicio 1

–Ahí lo tiene –grita el capitán, que me alcanza su catalejo y señala un punto en el horizonte.
El archipiélago Bajo la piel está frente a nosotros. Las islas son un grupo apretado, y el océano se agita entre ellas y roba de las costas de unas lo que deposita en las otras. Entre el oleaje apenas se ve “Agua helada”, una isla loteada con troncos endebles, donde hay estructuras de hierro, pinos recién plantados, y mucho por hacer. “Un pequeño cambio” es una isla mediana que reluce al sol como el filo de una navaja. La ribera de “Tiburón” es frondosa y llana; el mar cae sobre sus orillas con apariencia de lobo manso, pero debajo de la superficie, las corrientes podrían incluso tragarse pequeñas embarcaciones. También es grande la isla “Perras”: un territorio agreste, con amplias extensiones desiertas. Las personas que la habitan parecen dibujadas con marcador grueso sobre un cartón y cualquier brisa podría voltearlas.
–De proa a popa, ¡disparen! ¬–ruge el capitán.
La andanada cae a plomo sobre “Bajo la piel”, un islote apenas separado del archipiélago, que desaparece en una majestuosa explosión. El mar traga los restos de la isla y al verlo no siento pena, más bien alivio, porque no parecía haber nada nuevo allí, sino una repetición de los otros paisajes.
–Supongo que ahora tendrán que rebautizar el archipiélago –dice al fin el capitán con media sonrisa.