“Cicatrices” es uno de los cuentos que creo mi libro necesita. Un cambio de aire, de punto de vista y un protagonista que no sólo es un hombre sino alguien también atrapado en un punto ciego pero que debe buscar la salida con herramientas diferentes. Sigo pensando que el mejor lugar para este cuento es luego de “Tiburón”, porque es entonces cuando el libro necesita algo distinto, que respete el tono y el estilo de los otros relatos, pero que cuente una historia diferente, ya no desde el ojo del huracán sino desde el margen.
Espero saber aprovechar todas las críticas y comentarios.
Cicatrices
Al entrar al living, lo primero que ve es algo pequeño y blanco sobre su sillón preferido. Un corpiño con un lazo rosado en el frente. Es de su hija, no hay dudas. ¿Qué hace ahí? ¿Quién lo dejó? ¿Cuándo? Jorge lo levanta por el bretel y lo tira sobre la mesa ratona. Pero lo perturba verlo y lo cubre con el diario que no pudo leer esa mañana antes de salir para el trabajo.
Jorge se sienta, resopla y apoya la cabeza en el respaldo del sillón. Cierra los ojos. El perro del vecino ladra una, dos, tres, cuatro veces y una voz de hombre le ordena que se calle. Pasa un auto, otro. Llovió toda la tarde y se oyen los neumáticos cortar el agua y salpicar las veredas. Una mujer dice: “¿Pero vos le vas a pagar su parte o qué?”. Hay una pausa. La mujer ahora dice: “Ves que sos un pelotudo”. Jorge repite en voz baja la palabra “pelotudo”, como si la paladeara, agita los hielos del vaso y da un largo trago al primer whisky.
Arriba, Sara acaba de apagar la ducha. Jorge espera oír los pasos de su mujer por el pasillo hasta el dormitorio. Sin embargo, sólo siente la puerta del baño al cerrarse. El parqué del primer piso está viejo y cruje, tendría que haberla escuchado. Pero no. No oye nada.
Sara tiene pie plano, pero sus movimientos son ágiles y elegantes, como si avanzara flotando a centímetros del suelo. A Jorge le gustaba verla, y más le gustaba la idea de que con sus brazos podía atrapar a esa mujer menuda y hermosa en pleno vuelo y obligarla a bajar. Solía decirle que tendría que haber sido bailarina. Sara reía, se tocaba las rodillas torcidas y decía algo de Chaplin y el ballet clásico. Ahora los movimientos de su mujer a Jorge lo ponen nervioso, porque ya no piensa en bailarinas sino en que Sara ronda la casa como un fantasma.
Escucha el golpe de uno de los cajones de la cómoda al cerrarse y eso le alcanza para confirmar que Sara está en el dormitorio. Jorge piensa que no tendría que haberle puesto aceite a las bisagras, porque ahora no sabe si Sara sigue abriendo y cerrando las puertas del armario mientras decide qué ponerse o si ya está en la etapa del perfume y el maquillaje. Se la imagina frente al espejo. También escucha que su mujer deja caer algunas cosas en el apuro.
Jorge abre los ojos, se despereza y descorre las cortinas para ver la calle. El taxi que pidió Sara acaba de llegar y está esperándola.
–¡El taxi! –grita.
–Decile que ya bajo –pide Sara asomando medio cuerpo desde la baranda.
En la cabina del auto, iluminado por las luces de la cuadra, ve al taxista. Es un hombre joven, tiene una camisa blanca arremangada y un tatuaje que le rodea la muñeca derecha. El taxista agita la cabeza al ritmo de una canción. Jorge golpea la ventana para avisarle, pero es imposible. De la mesa ratona, agarra el control remoto del equipo de música y lo enciende. Cambia de dial sin quitar la vista del chofer y pasa las estaciones en busca de una canción que acompañe los movimientos del joven. Al fin da con una. Es un viejo clásico del rock nacional, de una banda que Jorge había ido a escuchar a algún galpón lúgubre cuando tenía quince o dieciséis años y esos galpones no le parecían nada lúgubres. El ritmo que marca la batería y el repiqueteo del joven contra el volante están bien coordinados.
Jorge sube el volumen. Ahora él también sigue el ritmo con la cabeza, como si esa melodía pudiera hermanarlo con un joven vital cuyo trabajo es rescatar mujeres de sus casas y conducirlas por la noche hasta lugares ruidosos y encendidos.
–Me voy –dice Sara.
Está en la puerta del living. Tiene el pelo negro todavía húmedo y abraza contra el pecho la cartera y un saquito de lana azul. Jorge no la escuchó bajar y no sabe que Sara lo observa, justo ahora, agitando la cabeza y tocando una guitarra en un solo rabioso.
–¡Me voy! –grita ella.
Jorge no reacciona sino hasta después, cuando ve la silueta de su mujer atravesar el caminito de entrada hasta el taxi, y al chofer que se inclina para apagar la radio o bajar el volumen. Antes de que termine la canción, el auto desaparece calle abajo y Jorge se queda solo, inmóvil, sosteniendo aún la guitarra invisible entre las manos.
* * *
Su hija está encerrada en la habitación. Jorge no la ha visto en todo el día. En realidad, hace casi dos días que no la ve porque esa mañana ella se fue al colegio antes de que él se levantara.
–¿Querés cenar algo? –grita Jorge a las sombras del segundo piso.
Silencio.
–Nati, ¿querés cenar algo?
La voz de su hija rebota escaleras abajo:
–¡¡Ya comí!!
“Obvio” piensa Jorge y, una vez en la cocina, inspecciona la heladera en busca de la comida que Sara dijo que le había dejado preparada.
La cena en realidad son los restos de un almuerzo en el que él no había participado. Ahí está la tarta de calabaza a la que le faltan dos porciones y una fuente cubierta con un film plástico con ensalada de zanahoria ya oxidada por la sal y el vinagre.
Jorge agrega unas aceitunas a la ensalada y cena de pie, apoyado contra la mesada central de la cocina mientras vacía el segundo vaso de whisky. ¿A qué hora volvió su hija del colegio? Calcula que a eso de las tres de la tarde, y ya son las diez de la noche. ¿Siete horas? ¿Hace siete horas que su hija no sale del cuarto? Tiene que verla antes de acostarse y preguntarle qué está pasando, qué hace ahí adentro tanto tiempo. “Hay que empezar a pedir explicaciones”, piensa.
La canilla de la cocina gotea. Con la casa en silencio el plac, plac, plac se agranda y multiplica. Jorge sabe que ahora que identificó ese sonido no va a poder apagarlo, que lo va a seguir a todas partes. Aprieta el grifo con las dos manos pero no detiene el goteo sino que lo empeora. Dobla en cuatro un repasador y lo coloca justo donde cae la gota, sin tapar la rejilla. La tela se traga el ruido y Jorge respira.
El silencio, por un segundo perfecto, se interrumpe de golpe. Su celular está en modo vibrador y salta sobre la mesita de vidrio de la entrada, como un pez que acaban de sacar del agua. La pantallita azul reluce en la oscuridad del hall y Jorge lee “Chiprani llamando”. Lo deja sonar tres veces. Se endereza y algo parecido a una sonrisa le tuerce la boca en un gesto burlón. Atiende antes de que la llamada caiga en el buzón de voz.
–Chiprani, querido, ¿ahora me llamás?
–Pasa que quería explicarle que me quedé sin tarjeta y vio que estaba…
–Dejame que te diga una cosa, Pablito, Chiprani querido, hiciste la plancha toda la tarde, no me atendiste el teléfono cuando yo te estaba llamando para preguntarte si necesitabas un poco más de tiempo y me llamás ahora, un viernes a la noche, que estoy con gente en casa, para decirme ¿qué, exactamente?
–Yo quería explicarle…
–Mejor te explico yo: la presentación la quiero el lunes a primera hora. Es más, para que no queden dudas, primera hora quiere decir ocho de la mañana hora de Buenos Aires, ¿ok? Todo tiene un límite, Pablito, ¿se entiende?
–Sí, señor, yo entiendo, pero le juro que fue un error de los de sistemas.
–Dejalo así, mejor. En la oficina me aguanto las boludeces, pero ahora estoy en mi casa, ¿sí? Y me esperan.
–Entiendo, sí, disculpe que lo llame a esta hora y lo de…
–Lunes a primera hora, Pablito. Vos ocupate de eso nomás.
Cuando Jorge aplasta la tapa del celular se siente un animal poderoso.
* * *
Piensa en llevar la botella de whisky al jardín, sentarse junto a la piscina y recargar el vaso hasta que se derrita el último hielo. Mirar el cielo en silencio y respirar aire fresco. Ahora que paró la tormenta y el viento empieza a despejar las nubes, es una noche agradable. Pero se conoce bien, y sabe que momentos como ese requieren de tranquilidad y pensamientos amables. No son para él. La última vez que intentó algo parecido terminó haciendo equilibrio en el borde de la piscina, culpándose por haber aceptado que Sara se negara a cambiar el auto e intentando adivinar, por las luces y reflejos de la ventana del dormitorio de Natalia, por qué su hija, que podría conquistar el mundo con un pestañeo, jamás tiene programa los viernes o sábados a la noche.
Pone traba al ventanal y da un trago en falso al vaso vacío. Encuentra la botella de whisky en la cocina, junto a los platos sucios. Jhonny Walker etiqueta verde. Regalo de sus suegros. Una biografía de Juan Domingo Perón, una Mont Blanc, un juego de cartas en un carísimo estuche de cuero negro, una bordeadora que sólo usa el jardinero, camisas, corbatas y zapatos que jamás estrenó y, al fin, el whisky. Dieciocho años les llevó a sus suegros acertar con un regalo. Jorge sirve una medida generosa, agrega dos cubitos de hielo y brinda al aire pensando en Pablito Chiprani.
Cuando vuelve al living, le parece oír ruidos en el cuarto de su hija. Son como un rasguido, como si Natalia estuviera corriendo los muebles con muchísimo cuidado. Por un segundo piensa en subir para ver qué está haciendo, si necesita algo, pero lo deja para después.
Hace tres años, cuando Natalia cumplió catorce, Jorge sintió que se la arrebataban, o mejor, que ella misma se había ido del mundo, al menos del que habían compartido hasta entonces. Nunca dejó de quererla, eso sería imposible, pero ya no la entiende y hace tres años que no soporta permanecer en la misma habitación que su hija por mucho tiempo.
Entre Natalia y su mujer la situación es completamente distinta. Es imposible saber dónde termina una y dónde empieza la otra. Se tiñeron el pelo rubio para convertirse en dos morochas de tez clara y ojos celestes enormes. Se intercambian la ropa, los horarios en el gimnasio, los libros de autoayuda, cuchichean frente a él y están planeando un viaje al Caribe que Jorge les va a pagar como una forma de soborno: su esperanza es que regresen tan bronceadas como agradecidas.
El tercer whisky va del vaso a la garganta en un solo trago.
* * *
En el estudio, frente a la computadora, Jorge abre el archivo donde anota los gastos del día. Intenta recordar cuándo empezó a hacerlo, a anotar meticulosamente cada gasto, incluso los personales. Debe alejarse unos centímetros del monitor para leer mejor lo que anotó esa tarde: dos peajes de la autopista Buenos Aires-La Plata, almuerzo en Il Gatto (menú del día más gaseosa y café), una maquinita de afeitar, aceitunas verdes descarozadas, chicles de mentol. Nadie mira esa planilla excepto él. Sara ni siquiera sabe que existe. Jorge agrega el adelanto que tuvo que pagarle al mecánico para que traiga la bendita pieza que supuestamente ya no se fabrica en el país y que es indispensable para que su auto vuelva a andar de un tirón y no de a trancos, como lo estuvo haciendo el último mes. También anota los gastos de Sara de esa noche: trescientos setenta pesos, porque a la cena con la editora (que va a pagar ella, siempre es así) sumó un estimado del taxi de ida y vuelta y hasta el atado de cigarrillos que va a comprar, fumar y tirar antes de volver a casa.
No hay un casillero de “totales”. Las cifras jamás se convierten en una conclusión, en un resumen. No compara los gastos de un día con los del siguiente, porque no le interesan las planillas del día anterior o de hace un mes. No hay suma sino acumulación. Anota un número debajo del otro, un detalle y otro y otro forman hileras que no llegan a nada. Jorge apaga la computadora y mira el vaso vacío junto al mouse óptico que titila: rojo, rojo, rojo, rojo, rojo…
* * *
Cuando despierta, el reloj de pared y el de la computadora dicen que son las doce y media de la noche. Se quedó dormido en el sillón del escritorio. Hubiera podido jurar que eran las dos, las tres de la mañana.
Doce y media.
No ve la cartera ni las llaves de su mujer en la mesita de entrada. “No volvió”, piensa, “demasiado temprano para que vuelva, demasiado temprano para irme a dormir.” Camina hasta el pie de la escalera. En el cuarto de Natalia los ruidos cambiaron: ahora son risas y lo que advierte como una conversación animada. No es la televisión, de eso está casi seguro. ¿Llegó alguien mientras él dormía? ¿Natalia al fin invitó a alguna amiga a casa? Podría subir, presentarse y tal vez ofrecer a su hija y a la amiga algo para comer. Pero presta más atención y a la charla ahora se suma una musiquita melosa que sí podría ser de alguna película o una serie. Si Natalia está sola prefiere subir más tarde, cuando haya tenido tiempo de pensar un buen tema, algo que le pueda interesar a ella y que a él le facilite las cosas. Pero sobre todo necesita estar un poco más despierto antes de enfrentarla. Y decide darse una ducha rápida.
En el baño principal encuentra rastros de su mujer. Hay potes de crema abiertos, un collar y pulseras, la alfombrita de la ducha todavía está húmeda y en la toalla de mano advierte su perfume. Pero lo que le llama la atención es una remera blanca, demasiado chica para que sea de Sara. Natalia nunca usa ese baño pero la remera sólo podría ser de ella. Está prolijamente doblada y apoyada sobre el canasto de la ropa sucia. Jorge la huele y también ahí siente el perfume de su mujer. Hace un bollo con la remera, la mete en el canasto y abre la ducha.
El agua está casi fría. Jorge inclina la cabeza hacia atrás, cierra los ojos y abre la boca. “Esto está mejor”, piensa al sentir que los músculos, la lengua, la conciencia se recuperan poco a poco del entumecimiento.
* * *
Su hija no es de hacer berrinches, no se victimiza ni hace reclamos infantiles, tampoco se pone violenta ni cínica, no le niega la palabra ni le hace desplantes, pero tiene la capacidad de envolverlo en una red de temas bien fundados pero carentes de contexto que lo abruman. Unos pocos minutos bastan para que su intento por saber cómo le está yendo en el colegio se convierta en una lección sobre el consumo responsable de marihuana o un insólito catálogo de enfermedades que podrían estar latiendo en el cuerpo de cualquiera sin que nada las delate hasta que ya es demasiado tarde. Jorge por lo general la escucha con atención, asiente, y después se queda pensando qué le quiso decir.
Con ropa limpia y recién afeitado se siente casi listo para enfrentarla.
Una sombra cruza en ese momento la puerta de la cocina y desaparece rumbo a la salida. Antes de que pueda reaccionar, escucha la puerta del frente al cerrarse. Cuando llega hasta el living y se asoma a la ventana la calle ya está desierta. Vuelve sobre sus pasos y se asoma a la escalera.
–¿Nati? ¿Estás ahí? –pregunta mientras sube con sigilo.
El silencio es un ente oscuro que ocupa toda la casa.
–¡Natalia!
Antes de entrar al cuarto golpea la puerta. La última discusión que tuvieron tuvo que ver con ese dormitorio y el derecho de su hija a la intimidad.
–¿Nati?
Al abrir, ve a Natalia sentada sobre la cama. Está completamente desnuda y abraza un almohadón que apenas le cubre el pecho. Ni siquiera parece haberlo visto. Tiene la mirada perdida en el ventanal y una sonrisa clavada en el rostro, como una muñeca que se quedó sin baterías.
Jorge da vuelta la cara. La desnudez de su hija adolescente es una luz roja y violenta que lo expulsa del cuarto. Está a punto de girar y desaparecer por el pasillo pero algo lo retiene. Se obliga mirar y entiende que la visión de ese cuerpo menudo y frágil ahora se le revela como si fuera un mal augurio.
–¿Estás bien, hija?
Natalia lo mira y agranda la sonrisa mostrándole todos los dientes blancos y parejos. Jorge recuerda las idas y vueltas del dentista, los llantos, la promesa que debía renovar una vez por mes: “Es por tu bien”. No había mentido.
–Mirame, pa –dice Natalia y se pone de pie.
Jorge se aferra al marco de la puerta, ahora tiene los ojos cerrados como dos puños y la sensación de que el piso se mueve en oleadas.
–¡Mirame!
Jorge niega con la cabeza y pide:
–Vestite, hija.
–Pero te quiero mostrar algo –dice Natalia y deja caer el almohadón al piso. –Mirame, ¿sí?
Jorge enfrenta los ojos turbios de su hija y asiente.
–¿Ves esto? –pregunta Natalia.
Jorge la abarca con una mirada. Tiene pechos pequeños, igual que la madre, pero de pezones grandes y oscuros. Se afeitó el pubis y el vello está volviendo a crecer y parece un triángulo sombreado a lápiz. La mano de Natalia señala una cicatriz, una línea rosada sobre su piel blanquísima, que nace en la base de su pecho izquierdo y baja en una recta perfecta hasta el ombligo. La cicatriz está ahí, puede verla, lo que no consigue es pasar por alto la desnudez de su hija para concentrarse en lo que sea que está tratando de mostrarle en realidad.
–¿Qué te pasó? ¿Qué es eso, Nati? No entiendo…
Natalia avanza unos pasos sobre la alfombra suave y se detiene frente a Jorge, agarra su cara con las dos manos y clava sus ojos celestes y transparentes en los ojos de su padre.
–Yo voy a tratar de explicarte y vos vas a hacer el esfuerzo de entender, ¿dale?
Aquellas palabras suenan como si lo estuviera invitando a jugar a algo inocente y sencillo, o como si estuviera intentando reconciliarse con alguien demasiado estúpido o terco. Pero Jorge no puede escucharla, siente el tacto tibio de las manos y hace un esfuerzo para que el olor de la piel de su hija no se abra paso hasta su cerebro. “La lastimaron”, piensa con los ojos otra vez cerrados y aferrándose a la imagen de la cicatriz, lo único que un padre debería ver en el cuerpo desnudo de una chica de diecisiete años.
–¿Qué es esa cicatriz, Nati? ¿Quién te lastimó? ¿Había alguien acá arriba con vos?
–A veces me das como ternura –dice Natalia.
–¿Había alguien acá arriba? Escuché voces –dice Jorge.
–Había, sí. Era mamá –responde Natalia con un dejo de resignación.
–¿Mamá?
Natalia le da la espalda, vuelve a la cama y busca bajo la almohada un camisón rosado con corazones bordados en el ruedo. Se viste despacio, como si él no estuviera allí. El camisón no alcanza a cubrirle los brazos, ni el cuello, ni las piernas. Jorge hubiera querido taparla completamente con las sábanas y olvidarse de que hace apenas un instante estuvo parada frente a él, desnuda e indefensa.
–¿Y se fue?
–¿A vos qué te parece?
–Pero vuelve…
–Siempre vuelve, pa.
Natalia sonríe.
–Me parece que mejor te vas a dormir, ¿eh? Hablamos mañana.
Pero él no está listo para irse, todavía no.
–Quiero saber que es eso, la cicatriz. ¿Qué te pasó?
Natalia se levanta el camisón para volver a descubrir la marca.
–¿Esto? Es la última.
Natalia se inclina sobre el velador de su mesa de luz, lo enciende, y se acerca como si ella fuera la placa de una radiografía y Jorge el médico encargado de decir si se trata de una fractura o de un esguince.
–¿La ves bien? A mí me parece más o menos, pero mamá dijo que es divina.
Entonces Jorge puede ver realmente todo el cuerpo de su hija y no sólo lo que antes intentó evitar. La que le señala no es la única marca, ni siquiera la más grande. Tiene una cicatriz oscura en la base del cuello, y el vientre atravesado por cinco o siete líneas perfectas, blancas, que parecen hechas con una navaja. Alrededor del ombligo tiene otras marcas, redondas y pequeñas, que parecen quemaduras de cigarrillo. En el brazo derecho hay dos cicatrices que son el molde de una dentadura. Natalia lo deja mirar y después vuelve a cubrirse.
–¿Te gustan?
–¿Gustarme? Estás toda lastimada, hija.
–No son lastimaduras, mamá dice que es un mapa. A ella le encantan.
–¿Se volvieron locas ustedes?
–Si me vas a gritar no hablamos más, te aviso.
–No estoy gritando, hablo fuerte nomás, es que no entiendo qué…
–¿No viste las de ella? –Natalia ahora lo mira con entusiasmo, como si su padre estuviera listo para empezar a entender. –Tiene una en el hombro que te juro que es divina. El otro día la bautizamos. Le pusimos “medusa”. Es increíble. No sé si quemó con algo o qué, porque no me quiere contar cómo se la hizo –explica Natalia mientras se deja caer en su cama mullida y plagada de ositos de peluche y almohadones. Se acaricia el brazo desnudo, a la altura del codo, como si la medusa viviera allí y no en el hombro de su madre. –Viste que mamá es tan delicada, tan artística, que todo le sale bien, todo prolijito, todo lindo. ¿De verdad no la viste?
–No –responde Jorge, y agita la cabeza para reforzar una palabra que va a acompañarlo esa noche, y al día siguiente, y al otro, y al otro. –No –repite.
Afuera el cielo descarga relámpagos, la tormenta se reinicia, y con los relámpagos el perro del vecino vuelve a ladrar, pero no hay nadie despierto para ordenarle que se calle. Jorge recupera la vista de la ventana y mira a su hija, que lo observa desde la cama con una mezcla de curiosidad y expectativa. Entonces Jorge siente con claridad el aliento de una flecha que roza el aire, acercándose, para clavarse en el medio de aquella habitación, de esa noche, de ese instante y convertirlo en una encrucijada. Piensa que tiene la oportunidad de dejar una verdadera marca en su hija, de provocar algún cambio, aunque sea mínimo, de señalarle el camino de vuelta, de rescatarla. Es sólo cuestión de abrir la boca y hablar. Pero qué decir.
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