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Guarumbo

Ejercicio 11, Repentina 6 Comentarios »

En ese tiempo nos andábamos cogiendo cariño con la Negra. Mis compas, dos caricaturistas del diario donde yo escribía, eran buenos para poner apodos y eran ellos quienes bautizaban a las mujeres que en esa buena época pasaban por mi vida. Como a la Chupacabras, una oaxaqueña bien chula que me exprimió la lana de un premio de periodismo, cuyo reportaje escribí luego de una estancia de casi un año en la región de La Montaña. Aunque de la Chupacabras y de La Montaña les hablaré un poco más adelante.

Yo leía Cien años de soledad. La leía porque estaba convencido que era el sucesor de García Márquez, y lo leía porque estaba seguro, también, que sólo leyendo toda su obra “se me pegaría su estilo” (ya había leído casi todo lo escrito por él hasta 1996). Fue la Negra la que me sacó de dudas. Era maestra de literatura en la escuela de Filosofía y Letras. Joven, aunque mayor, y mucho, mucho más sabia que yo.

No mames –me dijo–. De aquí a que nazca otro García Márquez y se escriba otra obra como Cien años de soledad, tendrás que morirte tú, tus hijos, tus nietos y hasta tus bisnietos.

No entiendo qué era lo que la Negra veía en mí. Morena, pelo negro y ondulado hasta sus pronunciadas caderas. Labios carnudos. Para ser sincero ni estaba ni estoy bien dotado; tenía 24 años, toda la inexperiencia a pesar de mis cinco años en el oficio y, evidentemente, el mayor de mi tiempo lo ocupada haciendo castillos de letras. Las letras de mi próxima obra maestra que me llevaría a la cumbre. Tanto que, por Macondo, busqué el nombre de otro árbol muy común en la sierra de donde soy: Guarumbo, para el título de mi obra.

Lo busqué porque en cuanto empecé a leer Cien años de soledad me dije:

¡Puta! Esta es la historia de mi bisabuelo. Si a García Márquez le funcionó contarla, a mí por qué no.

Vengo de una familia de mineros. Bueno, en realidad de buscadores de minas. Mi tío Carlos murió convencido de que en su huerta de café y en su patio había oro que sus antepasados escondieron de los forajidos. Mi abuelo decía lo mismo, y su padre también. Mis primos que se quedaron en la sierra, con las huertas y con los sueños, tienen la convicción de que el oro sigue allí.

Por eso es que dije: “si José Arcadio Buendía buscó hacerse de riquezas con todos los recursos mágicos del gitano Melquiades, por qué mi abuelo y sus hermanos no pueden morir pensando en el oro que los sacaría de pobres y que, juraron toda su vida, sus descendientes habían enterrado en grandes ollas de barro”.

La respuesta me la dio la Negra con una sonora carcajada estando aún desnuda en la cama, después de haber echado pata.

No mames –me dijo… y lo que sigue no tiene caso que lo repita.

Lo cierto es que yo estaba empeñado, y al cabo de un par de meses le di la noticia.

Me voy Negrita –le dije–. Estaré un año en La Montaña para recorrerla y conocer. Quiero escribir algo.

La Negra no lo tomó a bien.

Escribir qué. No me digas que tu magna obra –lo dijo con sorna y me molestó. Sólo di la vuelta y no regresé. No en ese rato.

Ocho meses estuve en La Montaña. Allá, en un caserío que se llama Tlaquilcingo, en una comisaría en la que me permitían pernoctar, terminé de leer a la luz de un candil Cien años de soledad. Estaba “tocado” por la magia de Macondo y el modo de narrar de García Márquez. Días después, fui a la cabecera municipal por un camino de herradura. Al lado había un río y al fondo una cañada que echaba humo. Subí. En la parte media, en una cueva, vivía una familia náhuatl.

Era mi historia, pensé. La escribí diciendo que allí “era todo nuevo” y describiendo las “auras” de sus tres moradores y de la estancia. Al año siguiente el reportaje ganó un premio. Con el dinero apareció la Chupacabras. Nos fuimos a Acapulco. Allá bailamos, bebimos y echamos pata hasta que regresé a mi estado natural: la quiebra. Ella se fue y no volvió. Yo sí con la Negra.

Qué te dije –me dijo, luego que me vio parado en su puerta–. Qué García Márquez ni que la chingada.

Aunque de todo eso algo ha salido ¿no? –respondí.

¡No mames! –repuso y me dio un portazo en la cara.

Mota para las reumas

Ejercicio 9 6 Comentarios »

Lo primero es el olor. Un intenso olor a orines impregnado en la paredes que encoge la nariz y que parece, aquí, ya nadie percibe. La médico que estará de guardia hasta las 10 de la noche lo duda.

¿En serio? –pregunta, cuando se le hace la observación.

Tania Ocampo, se llama, y desde su pequeña oficina se podría sintetizar las condiciones en que está toda la comandancia de la policía preventiva (barandillas) de Chilpancingo: una silla sin patas trepada en el camastro roto donde recuestan a los pacientes. El óxido corroe los cajones que están debajo y las termitas se cenan todas las noches el escritorio donde se diagnostica a los presos antes de meterlos a la celda.

La valoración médica es imprescindible, un requisito de ley, vigilado por Derechos Humanos. Pero esta noche sólo don David Medina (un hombre de 50 años detenido por andar borracho en las calles) y un detenido más del que se supo llegó hacía un par de horas por orinarse en la banqueta, serían revisados. El médico de guardia, el que suple a Tania de las 10 de la noche hasta las 6 de la mañana, no llegará y el resto de los tres detenidos que vendrán hasta esa hora pasarán directo a la celda.

Así fue con José de Jesús, traído a la media noche dando tumbos por el alcohol y por los empellones que le daban los policías.

¡A ver, cabrón! ¡Párese a’i, párese a’i! –le ordena un comandante y lo empuja con rudeza hacia la pared, donde están rotulados unos números. Le toma un par de fotos. De frente. De perfil.

Y éste, qué hizo –pregunta el juez, divertido por el estado en el que viene José.

Pues que estaba insultado a su jefecita, mi lic –contesta un policía mientras intenta, torpe, quitarle las esposas.

Coloca en el mostrador todo lo que traigas en las bolsas del pantalón –ordena.

La condición de José no le da más que para ladearse. Se mete las manos a los bolsillos, errático, y saca unos papeles arrugados. Otros policías los extienden. Son recortes de mujeres desnudas. Los policías se burlan del hallazgo.

¡Aaah! pinche pornográfico –le dicen casi en coro.

Y qué les importa –gruñe José–. Déjenme, suélteme –grita y se sacude sin conseguir liberarse.

Ya, ya. Ya te vas a ir –dice el juez, un hombre de 40 años con jeans y chamarra deportiva–, ya te vas a ir –repite para tranquilizarlo.

Los policías se carcajean, cual hienas.

A ver muchachos, ya llévenselo –ordena.

Los agentes lo conducen en vilo hacia la celda y él se resiste cuando ve que lo llevan en sentido contrario a la salida.

¡Suéltenme! ¡Suéltenme, cabrones! –reclama mirando hacia atrás.

Un último empujón lo refunde. El aldabón de la reja retumba al ser abierto y luego cerrado. José calla.

 

El ambiente en barandillas es de fiesta. Los agentes celebran cada que sus compañeros traen a un nuevo detenido. Y hasta los tamales con atole que se mandan a traer y que cenan sin horario específico, sino conforme les da hambre, son objeto de bulla.

En las instalaciones no hay sala de espera, ni una silla donde se sienten quienes vienen a pagar las multas de sus parientes. Por lo general, tienen que esperar en las jardineras oscuras del estacionamiento. Como todos los que llegan es por faltas administrativas –dice el juez en una breve plática–; es decir, beber y escandalizar en la calle o cometer “actos inmorales”, con el pago de una fianza salen libres. Si no, si nadie paga, entonces se tiene que cumplir las 12 horas de castigo y salir hasta entrada la mañana del día siguiente.

Aunque el cuarto detenido de la noche no llegó por eso. Jorge Luis fue traído porque los policías lo vieron robar un home theater y al verse sorprendido intentó brincar una barda sólo que su pesada barriga se lo impidió, lo detuvieron y al igual que sus tres antecesores fue recibido con rechiflas y burlas.

¡Bajen al sobrino de la tía! –llegaron gritando los preventivos desde antes de estacionar la camioneta.

Jorge Luis, de unos 19 años, regordete y moreno, vestido de bermuda y playera sin mangas, chanclas en los pies, intentó explicar al juez. “Yo le voy a decir cómo estuvo la cosa. Yo le voy a platicar”, dijo cuando los policías empezaron a dar su versión.

A ver –le dice el juez, pero parece que sólo es para darle más carnita a los agentes.

Es que mire, estos aparatos son de mi tía –alcanza a decir y lo interrumpen las risas, de todos. El juez no se contiene y suelta una risotada.

¡Ah! –repone– ya sé porque te dicen “el sobrino de la tía”.

Lo revisan. Le toman las fotos de rutina y sacan el aparato que había metido en una bolsa usada de basura. Un olor a comida podrida se mezcla con el olor intenso a orines de la celda y un policía sale a prisa, emulando vomitar.

No sea panchudo, no sea panchudo –le grita una policía carcajeándose.

El juez llena un formulario. El sueño lo vence. Son las 3 de la mañana. Desde la celda se oye, lejos, como una voz que sale de una caverna, los gritos de José de Jesús para que lo dejen dormir. Los otros dos ni chistan.

Vas para dentro pues –sentencia el juez. Los policías acatan el dictamen.

 

La prisión es oscura y húmeda, de apenas 4 x 3 metros, menos lo que mide el mingitorio, una losa de concreto que ocupa todo lo ancho de la pared y donde muy a menudo termina el vómito y el excremento de quienes ya no saben de sí. Penes y vaginas, vaginas y penes están dibujados en las paredes. Y a la entrada, una leyenda: “Infiernos”.

La celda está acorde con su entorno. El resto de las instalaciones parece también en ruinas. Las paredes de tabla roca que divide los cubículos del Servicio Médico, Servicio Social, área de policías, y las áreas administrativas aparentan caerse. En el lado de los agentes unas láminas asoman de las paredes, como una osamenta a la intemperie.

Ni el privado del jefe policiaco se salva del deterioro. Las cámaras de circuito cerrado no sirven y de las cuatro pantallas del centro de monitoreo, en dos sólo se ven rayas, en otra apenas una leve imagen y la única útil, es usada por Miguel Silva, su asistente, para sintonizar Bandamax.

Es a Miguel a quien le salta, de pronto, la presencia del reportero. Le pide su identificación, lo rastrea por Google. En eso estaba cuando llega el quinto detenido de la jornada. Son las 5:30 de la mañana y el aire frío parece fibras de vidrio.

¡Vale madre! Ahí traen otro lacra –anuncia despectiva una policía que cabeceaba en el puesto de vigilancia.

Con éste son especialmente violentos. Desde que baja de la patrulla uno de los policías lo recibe con una patada en el pecho.

¡Camínale, hijo de tu puta madre! –le grita.

Una caravana de agentes, y los acusadores van atrás de él. Se piensa que han detenido a un criminal de alta peligrosidad. Pero no.

Quien lo señala dice que le robó una batería de carro. Él lo acepta y alega en su descargo que fue porque estaba algo tomado. “Bien sabe el jefe que yo no hago esas chingaderas”, dice y se dirige a quien lo acusa.

¿Lo conoce? –pregunta el juez al agraviado.

Sí, es mi vecino. Se llama José Calletano. Pero de todos modos métanlo al bote para que se le quite lo transa. Y que me pague la batería.

El juez toma nota y da la instrucción que lo lleven a la prisión.

Afuera queda el festín de policías que hurgan en una cubeta decomisada al detenido. Van sacando objeto por objeto. Lo anuncian a gritos: una manta, unas revistas pornos, una botella de agua ardiente y luego, al último, una bolsita de mariguana que provoca especial revuelo entre los agentes.

¡Uh! Está bien buena –dice una policía cuando toca la mota–, sin semillas –repone y se evidencia conocedora.

Trae acá –le ordena el comandante y empieza a espulgarla.

Pues si no sabe qué hacer con ella, a’i me la guarda… para mis reumas.

La cueva

Ejercicio 10 Comentarios desactivados

El Nene sacude su nariz, le da un trago grande a su cerveza Modelo y aspira, hondo, el surco de cocaína. Uno de sus hombres le acerca un radio transmisor y da instrucciones.

¡Vigílenlos, vigílenlos! ¡No los suelten! –dice a gritos por el aparato.

Luego llega otro, de su cintura asoma una pistola escuadra con cachas plateadas. En su hombro le cuelga, presto para ser accionado, un rifle AK-47. Le dice algo al oído y El Nene nos voltea a ver. El miedo nos recorre la espina dorsal. Da una instrucción a su interlocutor y éste se nos acerca.

Vengan. Siéntase aquí, ahora viene –ordena.

El aire parece escaso en el lugar. Nos hace falta para respirar. Es un patio basto de tierra roja donde hay, al menos, un centenar de hombres armados. Todos con sus kalashnikov; rifles de largo alcance Dragunov y lanzagranadas.

Otro hombre da más instrucciones por radio.

¡Pónganles cola, póngales cola!

Unos minutos después, que nos parecen horas (el tiempo se ha detenido acá dentro), da las instrucciones definitivas.

¡Denles piso, denles piso!

La orden de dar piso es una orden de matar. Lo sabemos y el miedo, un miedo profundo e inédito, nos eriza todo el cuerpo. Gonz agacha la cabeza, ve su mochila, pero no saca su cámara fotográfica. No la sacará hasta que se nos permita usarla. El reportero apenas y agarra la libreta y toma algunos apuntes, nervioso. Los hombres armados nos miran con recelo, perturbados, como si perteneciéramos a un orden distinto.

 

Adentro, en la sala de la casa con candelabros y piso de mármol, cuatro ataúdes de caoba aguardan la sepultura de la familia de El Nene. Yaneli y Oralia Granados Ávila, las hijas de 8 y 12 años, y Sonia y Judith Ávila Ureña, la cuñada de 19 y la esposa de 37 años que, un día antes, durante la madrugada del jueves 28 de agosto de 2008, fueron asesinadas por un comando que llegó tumbando puertas y dispararon sus kalashnikov contra los cuerpos de las dos chiquillas y las mujeres.

Eso es lo que mantiene suspendido el tiempo, enrarecido el aire, no sólo en esta casa y su patio, sino en todo San Luis la Loma, un pueblo de la Costa Grande de Guerrero famoso por ser bravo, y famoso, también, por la cosecha de goma de opio y mariguana en sus sierras agrestes. Esta es la tierra, territorio de Rubén El Nene Granados Vargas, sólo disputado por un hombre, el hombre a quien responsabilizan de la matanza: Rogaciano Alba Álvarez.

En estos dos capos se sintetizó la lucha de los cárteles de la droga más poderosos de México, el Cártel de los Beltrán y el Cártel de Sinaloa, de Joaquín El Chapo Guzmán. El Nene lugarteniente de los Beltrán, Rogaciano Alba lugarteniente de El Chapo. Ambos pelearon a sangre y fuego las rutas del corredor Michoacán-Acapulco para el trasiego y venta de drogas, en cuya lucha han quedado las familias de ambos (tres meses antes, en mayo, asesinaron de forma parecida en Petatlán a dos hijos de Rogaciano, Alejandro y Rusbel Alba de la Cruz, y a una más, de 18 años, Ana Karen, se la llevaron).

Los dos compartirían, también, el mismo destino: la cárcel del Altiplano.

 

Llegamos a la casa en luto preguntando por el comisario porque, luego de recorrer el pueblo que parecía un pueblo fantasma, con miradas gatunas asomándose desde la oscuridad por entre las hendiduras de las puertas, en la comisaría nos dijeron que acá estaba. Y no, no encontramos al comisario pero quien nos recibió, un hombre ceñudo y áspero, con su AK-47 terciado en la espalda, nos hizo pasar a regañadientes.

¿Reportar qué? –nos interrogó hosco en el portón, antes de abrirnos camino.

Reportear –se le precisó y entramos al patio grande de tierra roja.

Entonces, de pronto, nos vimos entre un centenar de hombres armados dispuesto a todo, en medio de órdenes de matar y de mujeres blanquísimas de ojos zarcos, cuya belleza contrasta con las miradas de odio salidas de los pistoleros.

La cocaína corre en bolsas de a kilo. Pasa entre los hombres que toman pequeños promontorios y la aspiran. Entre ellos está El Nene. No es necesario que nos los presenten para identificarlo. Trae jeans azules y unas botas tipo militar enlodadas, de cazador furtivo. Carrilleras atravesadas al pecho y su AK-47 con doble cargador de 30 tiros 7.62. Lo reconocimos porque en torno a él se mueven como una aureola 10 pistoleros. Uno de los cuales es quien le advierte de nuestra presencia y es quien se nos acerca para ordenarnos que nos sentemos a esperar.

Ahora viene –nos dice.

Enseguida nos ofrecen unas Modelos, que rechazamos, luego unas botellas de agua que nos acabamos de un trago. Se acerca El Nene, nos saluda de mano, se sienta al lado, sin soltar su kalashnikov. Es rudo, pero a la vez afable. La gente, su gente, le muestra un respeto sincero. “Viejo”, le llaman. A cada rato se acercan e interrumpen la plática para pedirle cosas, para ponerlo al tanto de las acciones que sus convoy llevan a cabo en los pueblos aledaños. “Viejo, se acabo el whisky. Viejo ya no hay refresco. Viejo toma el radio”. Viejo esto, viejo aquello… y él dispone y reparte billetes de mil pesos como si fueran de a 20.

Incluso un par de chicos de unos 17 años, tan lánguidos que fosforecen, se acercan para pedirle algo. Chicos cuya estatura hace parecer que le arrastran los AK-47 que cargan al hombro. En sus muñecas lucen relojes de oro e incrustaciones de pedrería, igual que las cadenas y medallas que les cuelgan al pecho. El Nene los atiende, saca más billetes de mil pesos, un par de fajos, y se los da como si fueran propina.

Luego regresa a la plática. Un hombre en silla de ruedas con una mochila cangurera que reparte cocaína a quien se le arrima, le acerca una bolsa con la droga. Él hace un surco sobre la hoja de una Victorinox y lo aspira. Se bebe de un trago una Modelo, la aplasta y ordena otra que de inmediato se la traen. Nos ofrece coca. La rechazamos.

Aquí los vamos a esperar. Riéndome me rajo la madre con ellos. Como hombres, me la pelan –dice con aspavientos, acariciando el cañón de su rifle, cuando se le pregunta si no temen otro ataque.

Continúa.

Qué se atrevan. Qué vengan. Con estas manos cortaré la cabeza de quienes mataron a mi familia –advierte mientras las lágrimas se mezclan con el sudor de su cara que está empapada–. Rogaciano cree que nosotros matamos a sus hijos, pero nosotros no matamos a mujeres ni a niños. Eso no se vale”.

Las declaraciones son confesiones adelantadas. Indeseadas. Unos días después, el 30 de agosto, la cabeza cercenada de un compadre de Rogaciano Alba, fue dejada en una hielera en la puerta de su casa en Petatlán con un narcomensaje firmado con una G.

El Nene es requerido por sus hombres y se para a atender asuntos propios del momento. Nosotros advertimos que ya estuvimos demasiado tiempo. Las miradas nos lo indican. Entonces llega el comisario, por fin, y le pedimos que interceda para poder tomar unas fotos. Sólo dos, nos dicen. Sin rostros, sin armas. No más. Gonz saca su cámara y entra a la sala donde están los féretros. Hacen salir a unas mujeres blancas. Apenas unas ojos verdes se cruzan con los del reportero.

Durante la plática con El Nene, se sumó su hermano, Salvador. Salvador aclaró muchas dudas, corrigió o reforzó en más de una ocasión las declaraciones de El Nene, y al final, antes de irnos también advirtió, serio, áspero, con un tono de sentencia digno de tomar en cuenta:

Espero que lo que vaya a escribir, no perjudique a mi hermano –le dijo al reportero.

Chicas popper

Ejercicio 7 6 Comentarios »

1

Tan pronto pisó el quicio de la puerta de la escuela, Diana se dio cuenta que ese no sería un día bueno. Isis y Sandra la esperaban recargadas en la barda del otro lado del paradero de combis, amenazantes. Un grupo de estudiantes rodeaba el lugar, excitado por el anuncio que se corrió durante la hora del recreo: “ahora sí, Isis y Sandra, se van a madrear a la creída de la Diana”.

Terminó de salir con forzada naturalidad. Vio de perfil, como ven los pájaros, cuando las dos chicas se aproximaban a ella. Apresuró sus pasos, casi corrió. Sentía que no avanzaba para alcanzar al pesero que se había orillado. Dio una zancada, tan grande para sus cortas piernas que descosió la parte trasera de su pequeña falda azul. Pisó el acceso de la combi, se impulsó para subir, pero una fuerza la jaló en sentido contrario. El cuero cabelludo le tronó.

¡A dónde vas, hija de la verga! –le gritaron por atrás.

Isis le sostenía con fuerza su pelo castaño. Diana la miró con coraje, de reojo. Sus ojos verdes perdieron por un momento su hermosura.

¡Suéltame, pendeja! –le dijo fuerte pero con la voz quebrada y sólo consiguió que Isis la sostuviera con mayor rudeza. Sandra aprovechó su desconcierto y le dio una cachetada. La mejilla izquierda, blanquísima, se le tornó roja. La soltaron. Diana cayó hincada al suelo pedregoso, ante los pies de sus rivales, y entonces supo, lo supo con la certeza del dolor que le provocaba la grava en las rodillas, que este día no sería el mejor de sus 17 años.

 

2

Hace un año Diana con Isis y Sandra no hubieran imaginado este episodio. Las tres chicas se conocieron cuando ingresaron a la secundaria privada que expide certificados en dos años a chicos con bajas calificaciones expulsados de escuelas públicas. O para aquéllos cuya edad rebasa el requisito para estudiar en el sistema educativo formal.

En esas condiciones Diana ingresó a la secundaria Isaac Newton. A sus 17 años no ha podido terminar esta instrucción porque en Zihuatanejo, la ciudad donde anteriormente vivía con sus padres y hermanos, pasó, por mala conducta, por dos escuelas. Luego perdió dos ciclos más y hasta su fiesta de 15 años cuando toda su familia se refugió en un pueblo costero hasta que la violencia del narco terminó por orillar a su padre (un oficial militar de rango medio) a traerlos a vivir al cuartel de Chilpancingo.

Isis es alcohólica y se ha metido de todo. Coca, mota, hachís, heroína. Aunque le tiene especial afición a una droga muy de moda en Chilpancingo: el popper (o rush), un coctel de diversos químicos que consigue lo mismo en un sex shop del centro que en discotecas de la ciudad. Por su drogadicción ha estado internada en centros de rehabilitación durante meses. Ha tenido prolongadas recaídas poco atendidas por su madre viuda y paralítica desde que, hace tres años, en un atentado en que murió su padre, fue herida en la espalda. Eso, según el expediente escolar al que se tuvo acceso, la tiene sin poder terminar la secundaria.

Sandra sólo sigue a Isis. Es fumadora compulsiva. Nunca se ha metido coca aunque le gusta la sensación de euforia fugaz, acompañada luego de la relajación que le produce el popper, cuando su amiga se lo comparte en el baño de mujeres. Vive con su abuela materna, desde la muerte de sus padres en un accidente automovilístico hace dos años. Como es única, tuvo acceso a todos los bienes que la anciana administra hasta que cumpla, el año entrante, sus 18.

Las tres tienen algo en común –dice el sicólogo escolar Severo Hernández, con quien se platicó en la escuela–. El delgado hilo de la tragedia mutua, de huérfanas y desplazadas, y de soledad compartida es lo que las mantenía unidas.

Físicamente son contrastantes. Diana, blanca de ojos verdes y dueña de un andar que le hace mover su pelo ondulado y castaño al hombro. Isis, con un bronceado permanente y de pelo lacio y muy negro, igual que sus ojos. Sandra es más bien gordita, pero con una cara güera, de niña rica de finas facciones. Los pupilentes azules le ocultan el verdadero color de sus ojos cafés claros. Eran muy populares entre el centenar de estudiantes no sólo por su físico sino por la amistad sólida que se demostraban.

Pero las cosas empezaron a cambiar.

 

3

La madre de Diana puso al tanto a su padre sobre su conducta y sus tres materias reprobadas. Entonces se reunieron con los profesores y acordaron estrategias. Sentarían separadas a las tres chicas. Diana asistiría por las tardes a clases de regulación sin sus amigas, y una vez recuperadas las materias, la promocionarían para estar en la escolta. Sus padres estaban seguros que eso elevaría su autoestima, se aplicaría en tener mejores notas y dejaría solas a Isis y a Sandra.

El plan funcionó. Diana empezó a juntarse con Laura, Luisa, Jimena, Nely y Hugo en los ensayos de la escolta y la separación con Isis y Sandra fue natural. Se fue dando sin pensarlo. Se junto, como no se cansan de reprochárselos sus antiguas amigas “con los pinches inteligentes del salón”.

Y la pendeja se volvió bien creída –confió Isis a una conserje con quien se pudo hablar.

El acoso vino en cascada. Cada vez más seguido, cada vez con tonos más altos. Cada vez más agresivo. Por eso, ese día, cuando salió del aula y oyó el rumor de que afuera de la escuela Isis y Sandra “la estaban esperando para romperle su madre” no le pareció un chisme. Más bien le pareció tan certero, que buscó a Hugo para irse con él, sólo que éste ya se había ido.

Lo buscó con inútil ansiedad. En un par de ocasiones Hugo la había salvado de que la golpearan. Primero en el salón de clases, un día en que mojaron sus libros y ella exigió que se los secaran pero terminó llorando de impotencia porque sólo consiguió que la empujaran. Luego otro día que salían de la escuela, Isis y Sandra la espiaban. Diana se percató y corrió hacia Hugo, éste las calmó y la subió rápido a su automóvil. El polvo quedó en sus narices.

Esta vez no. Esta vez ni Hugo ni nadie la salvaría. Sintió cómo la gravilla se encajaba en sus rodillas y ahora fue ella la que probó el polvo. Quiso pararse pero no pudo. El miedo y el dolor se lo impidieron. Isis la volvió a jalar del pelo y le levantó la cara. Sandra le dio todo lo que pudo mientras que ella no atinó más que a dar de gritos, llorando. Los curiosos se movían al rededor levantando más bulla. No supo cómo, pero de pronto su falda quedó echa tiras y sus piernas blanquísimas quedaron a la intemperie.

Ahora si pinche vieja pendeja. A ver si así te sigues creyendo la muy lista –le gritaron muy cerca de su cara. Luego la dejaron sola.

A su alrededor Diana sólo vio imágenes borrosas, fugaces. Quiso reconocer a alguien pero sólo alcanzó a ver espaldas. Se incorporó, sacó un pans de su mochila polvosa y se lo puso. Tomó un taxi y se retiró a su casa. Llegó llorando, su cara y sus piernas arañadas, exigiendo a su madre que la cambiara de escuela. Ya lo había hecho antes, ya le había advertido sobre la hostilidad de sus ex amigas y su madre lo tomó a la ligera. De esto –dijo Diana en una plática en una cafetín de la ciudad–, ni le dijeron nada a su padre que de todos modos se ausenta durante meses.

A cambio, su madre llamó a un junta escolar. Expuso el caso ante la sociedad de padres de familia y los directivos. Los profesores se mostraron sorprendidos y aceptaron que desconocían el caso. Ofrecieron expulsar a las chicas, pero las chicas son puntuales en sus colegiaturas y siguen asistiendo con normalidad a la escuela.

Será más fácil que yo cambie a Diana –dice su madre resignada–. O tal vez, antes, terminemos largándonos a otro lugar con su padre.

La isla

Ejercicio 8 2 Comentarios »

El patio de mi casa es particular, se moja y se seca como los demás. Agáchense y vuélvanse a agachar, las niñas bonitas se saben agachar…”, se oye el coro estridente de las niñas. Rueda una pelota y más niños la siguen veloces; otras niñas brincan la cuerda y ríen, con carcajadas muy parecidas a las de la felicidad. Algunas se deslizan como en resbaladillas en los pasamanos de concreto de las escaleras de la plazuela de San Antonio.

Yolanda es una de esas niñas que brincan la cuerda. Aquí aprendió a andar en bicicleta mientras que su madre corría atrás de ella, sosteniéndola para que no se cayera. También aquí aprendió, otra vez, a reír. Llegó a Chilpancingo hace tres años, cuando tenía cuatro. Llegó o no, no llegó, se la trajo su madre de un pueblo de desplazados de la Costa Grande de Guerrero, huyendo de la violencia que mató a su padre.

Hace un par de años, cuando Yolanda empezó a venir con su madre, el lugar no le gustaba del todo. La plazuela era más bien sombría. Los grandes álamos que se yerguen en los alrededores daban una sombra tenebrosa en las noches sin farolas. Sólo algunas parejas sentadas en las jardineras rellenas con tierra mugrienta y sin plantas aprovechaban la oscuridad. Pero eso cambió en junio de este año, un par de semanas antes de que se festejara el día del santo patrono del barrio: San Antonio, que reúne a políticos locales, líderes y colonos en torno al pozole, el café y el mezcal.

Entonces, el alcalde capitalino, informado de que esta vez vendría al festejo la esposa del recién llegado gobernador, mandó arreglar todas las jardineras, podar los ramosos árboles y poner nuevas lámparas a las farolas rotas o con tenis colgados. Ahora, este quiosco –como le llama Yolanda a la plaza porque hay uno en el centro– le gusta más a ella y a sus amigas con las que coincide o se cita para jugar. Amigas que ha hecho aquí o viejas amigas de los años recientes del kínder.

 

Yolanda y Lupita son primas y las cargan. Lupita, una niña seismesina que conserva en su pequeña cara el rastro de su nacimiento prematuro, corre todo lo que puede mientras su compañera de equipo busca atrapar a las más grandes. Juegan un juego que ellas mismas inventaron: el quiosco es una pequeña isla, el resto de la plazuela es agua, mar bravo, y ellas son un par de tiburones feroces que quieren comerse al resto de las niñas y niños que corren despavoridos.

Es un juego inventado porque acá, en este espacio cuyo nombre oficial es Plazuela de los Tlacololeros (una danza tradicional de esta ciudad) no hay nada a qué jugar, nada formalmente dicho. Ni columpios, ni resbaladillas, ni brincolines, ni sube y baja. En junio llega apenas una feria de pueblo, con fritangas y tazas locas, caballitos y lotería. Dura una semana, la semana del festejo a San Antonio y se va, el resto del año nada emocionante pasa para los niños, salvo lo que se inventan para jugar, como este juego de los tiburones y la isla, o el extremo de hacer equilibrismo en los barandales más altos de las jardineras.

Pero a Yolanda le gusta. Aquí conoció a Axel, un niño de dos años traído por su madre que no hace más que mirar mientras su hijo patea torpemente una pelota. También conoció más a José, un ex compañero de kínder con el que apenas y se miraba, al sobrino de éste, un niño chaparrito llamado Gael que corre como Speedy González, y su hermanita Teresa, que también es buena para los encantados o las agarradoras porque corre igual de rápido que su hermano, aunque tal vez más, como un correcaminos.

Ellos, Monserrat, Marifer, Galilea y Rosita ahora brincan la cuerda. Lupita se cansó de ser tiburón porque antes de alcanzar a alguno de los niños, éstos alcanzaban el quiosco, es decir la isla, y se ponían a salvo. Lupita dio un par de brincos muy parecidos al berrinche, decidió terminar el juego y se fue a sentar con su tía, la madre de Yolanda, que observa divertida desde un asiento de metal y sin intervenir, más que para aclarar algunas reglas.

En el fondo, otras niñas. Las niñas que viven en la calle alterna a la plazuela hacen de este lugar sus dominios, una extensión del patio de su casa y organizan sus propios juegos. Poco o nada se mezclan con el grupo de Yolanda. Ellas son la que cantan “el patio de mi casa es particular, se moja y se seca como los demás. Agáchense y vuélvanse a agachar, las niñas bonitas se saben agachar…”, indiferentes a las risotadas de quienes brincan la cuerda.

Mezcal con café

Ejercicio 5 4 Comentarios »

Lila se contonea. Canta. Pero no canta sólo con la voz. Canta con el cuerpo, con sus gestos. El público la sigue desde el butaquerío, contagiado por el ritmo. Festeja. Aplaude.

Todos bailan La cumbia del mole.

Cuentan que en Oaxaca, se toma el mezcal con café, / cuentan que en Oaxaca, se toma el mezcal con café. / Dicen que la hierba le cura la mala fe, / dicen que la hierba le cura la mala fe…

Los músicos provocan la euforia de esta masa que suda y canta… y sin mezcal en la barriga.

¡Y yo en mi juicio. Sin unos mezcales adentro, chingao! –grita uno desde las butacas de atrás, y sus compañeros sueltan las risotadas. Gustosos.

¡Pero a la salida! ¡A la salida! –promete otro de ellos.

Entonces se piensa en el mezcal, en el de gusano, con su sal y su limón. La saliva se hace agua y se antoja un buen trago.

Lila sigue cantando.

Su voz plena llena el auditorio estatal Sentimientos de la Nación. El ritmo guapachoso se mezcla con los sentidos, se mete por los poros y convierte a este escenario de nombre tan solemne, recién inaugurado en Chilpancingo, en un gran salón de baile donde nadie se queda sentando hasta que el acordeón, las guitarras y los saxofones dejan de sonar. Entonces Lila se despide. El público grita.

¡Lila, Lila, Lila!…

Las luces del escenario se apagan.

­–¡Lila, Lila, Lila! –sigue la ovación.

Lila no aparece… pero esto aún termina.

 

Desde que se supo que Lila Downs vendría Chilpancingo, una capital donde nada ocurre, salvo la violencia desolladora de los narcos: levantones, ejecuciones, destazados (en el Forense hay 51 cadáveres, o partes de éstos, que nadie ha reclamado); desde un día antes, el 21 de octubre, que se sabía que ya estaba aquí y que sus músicos instalaban sus instrumentos y ensayaban, Lila fue un respiro de aire fresco, diferente al tufo de los muertos.

Por eso, cuando sonó la primera guitarra, la gente se levantó de sus asientos y Lila entró, aclamada. Vestía de Tehuana, con colores chillantes de los que usan en su atuendo las mujeres mixtecas de su tierra, Oaxaca, para destacar su sangre indígena heredada de su madre.

El respiro de la gente, la catarsis, fue también por el disco que anda promocionando: Pecados y milagros. “Porque es un pecado y un milagro vivir en México con esta violencia”, dijo desde el escenario, en una breve pausa para hablar de su nuevo material y fue aplaudida en señal de aprobación. En señal de compartido dolor.

Lila vino a arrancar sentimientos de todo tipo. Sobre todo de gusto y baile pero también etílicos, como el de los de la fila de arriba. Y cómo no. Desde que arrancó la música, actuó con alevosía. No se puede venir a Chilpancingo a cantar Mezcalito nada más porque sí, una ciudad con un fanatismo declarado por esa bebida, donde cada jueves de pozole llueve mezcal.

Y vaya que lo hizo:

Gota, gota, gota, gota, gotita de mezcal / gota, gota, gota, gota, gotita de mezcal. / Dicen que tomando pierdes la cabeza y el dinero / dicen que tomando pierdes la cabeza y el dinero, / pero a mí me crece el pecho con ese mezcal del bueno, / pero a mí me crece el pecho con ese mezcal del bueno…

Lo hizo y se lo festejaron. Además, antojó a todo mundo cuando antes de cantarla, recién llegada al escenario, abrió una botella, dijo “salud con esta bebida sagrada” y le dio un sorbo grande, frunció el ceño y entonces se arrancó. El fuego que se prende desde muy dentro de las entrañas al primer trago de mezcal, fue el mismo que se encendió con los primeros acordes, mezcla de ska y sonidos muy costeños como la chilena.

(…) Cantaba y lloraba de tanto tomar / cantaba y lloraba de tanto mezcal. / De pechuga mezcalito, mezcalito de maguey. / Para todo mal mezcalito, para todo bien también…

La canción rompió, desde las 8:45 de la noche y hasta 10:10 que terminó el concierto, con todo afán de formalismo de algunos funcionarios del gobierno del estado que se aparecieron sin conocer mucho de ella, nomás porque se supo que el gobernador Ángel Aguirre Rivero asistiría y querían placearse junto al jefe. Así pareció que le ocurrió al encargado de prensa, Pedro Julio Valdez Vilchis, porque se sentó hasta adelante y mandó apartar casi toda esa hilera. Sólo él, su compañera y cuatro funcionarios la usaron. El gobernador no llegó.

Y qué bueno.

Lila bailó La Iguala, un son jarocho al ritmo de arpa. Se retorció como este reptil tan feo y tan sabroso a la vez.

Una iguana se cayó de arriba de una escalera, / del porrazo que llevó se lastimó las caderas. / ¿Iguana mía para dónde vas? / “Que voy para el pueblo de Soledad”. / Será mentira o será verdad, / que en ese pueblo no hay novedad, / que si lo hubiera, casualidad. / Si será tan fea, / qué iguana tan fea, / que si sube a un palo, / el árbol se afea…

Entonces se tiró al piso imitando el andar de la iguana y el público gritó eufórico, sobre todo aquéllos hombres en busca de mezcal para ponerse a tono, mientras que el paraguayo Celso Duarte seguía ejecutando el arpa con maestría.

 

No dio tregua. Lila cantó, tocó y bailó a gusto. Mantuvo parado a todo mundo durante las cumbias, los sones y los corridos como La Cucaracha, muy a su estilo, con mezclas del rap y folk. Puso melancólicos a otros cuando interpretó canciones como Laila o La llorona y hasta hubo lugar para el desconcierto (se notó por el silencio de la gente) cuando anunció un tema de Álvaro Carrillo pero cantó un cover, Tu cárcel, una canción de Marco Antonio Solís, el ex líder del grupo Los Bukis.

Interpretó 14 canciones y parecía que en cada una la bullanga llegaba a su límite. Y no. Al contrario. Como cuando se echó la de El feo, con la que se dieron gusto para bailar desde los asientos y con la que dio gusto a aquéllos que la querían oírla cantar en zapoteco.

Si te hablan de mí, muchachita / si te hablan de mí en tu presencia, / diles que yo soy tu negro santo / diles que yo soy tu negro santo. / Yo soy un feo, un feo que sabe amar / con todo su corazón, que te quiere de verdad…

Y claro, las del estribo. La cumbia del mole, que cantó después de la primera despedida y el clamor para que volviera.

¡Lila, Lila, Lila!

Cuentan que en Oaxaca, se toma el mezcal con café, / cuentan que en Oaxaca, se toma el mezcal con café. / Dicen que la hierba, le cura la mala fe, / dicen que la hierba, le cura la mala fe.

Lila regresó y la fiesta regresó con ella, interminable. Pero volvió a irse junto con sus sonidos, y esta vez parecía que en definitiva.

¡Lila, Lila, Lila!…

Las luces del escenario se apagaron.

Su esposo, el saxofonista Paul Cohen, regresó y la llamó desde el centro del escenario. Entraron otra vez todos y se arrancaron con La llorona, una clásica mexicana con la que Lila recorrió todos los matices de su voz, en especial los agudos para emular el llanto de la desdichada. No intentaba irse por tercera ocasión cuando se oyó un grito. De todos, al mismo tiempo:

¡Arenita azul! !Arenita azul! ¡Arenita azul!

Y Lila todavía tuvo aliento para complacerlos.

Gran vía tropical

Ejercicio 6 6 Comentarios »

Desde acá se contempla el mar. Un retazo azul de la bahía Santa Lucía de Acapulco que ahora nadie ve. O no le importa. Acá, ahora, en La Garita, los látigos de fuego que se tragan las llantas, la fibra de vidrio, la carne viva, lanzan chasquidos y la nube de humo negro emula un campo de guerra. Una camioneta Liberty está en llamas. La gente corre confundida en medio del tableteo de Cuernos de chivo que disparan de otra camioneta. La carretera que da la bienvenida a los visitantes veraniegos es, en efecto, un campo de guerra.

Nadie cree lo que está pasando. Parece que nadie se cree lo que está pasando. Ni el jefe de información cuando se enteró de pronto por su Nextel y nos dio la orden de cubrirlo. “¡Un enfrentamiento, cabrones, en La Garita!”, dijo excitado por radio, demasiado excitado como para entender de qué se trataba, y nos interrumpió el caldo de camarón y la cerveza de las 3:00 de la tarde. Sobre todo porque en 2006, enero 27, la guerra entre narcos y el gobierno aún no estaba cantada.

Esta fue la declaratoria, su iniciación.

 

Gonz es tan buen piloto como fotógrafo (mejor si está razonablemente ebrio), pero esta vez no. Esta vez manejó a Sombra ansioso entre las llantas dinosaurias de los camiones urbanos y casi, por casi nada, morimos aplastados debajo de una de ellas. Gonz derrapó, ya no supimos si porque nos inclinamos demasiado al agarrar la curva en la esquina de las avenidas Costera y Farallón o porque el chofer del camión no nos vio y nos dio un coletazo. El caso es que sacudiéndonos la tierra y el susto trepamos nuevamente a la motocicleta y subimos la gran vía tropical. El día había sido ordinario: el amanecer caluroso, la ducha, el desayuno, el periódico y El Chiles, el botanero de donde nos sacó el jefe de información, y aquí vamos.

Lo primero que distinguimos es el humo, la estela de humo que forma nubes negras y, ya cerca –demasiado como para estar a salvo–, el fuego achicharrando la camioneta y a los tripulantes. Tres a los que no les alcanzó el tiempo para bajar y otro que se tiró al suelo agonizando y que un comandante remató con un tiro de gracia. El mismo comandante, Mario Núñez Magaña, cuya cabeza y la de otro policía aparecerían cercenadas tres meses después en este lugar con un mensaje de sentencia: “para que aprendan a respetar”.

 

Todo ocurre en instantes. La muerte ocurre en instantes. Efímera, permanente. Primero atrapa a uno y a otro y a otro y a otro sin dar tiempo de nada. Cuatro muertos del bando del Cártel de Sinaloa que fueron perseguidos desde la entrada de Acapulco por agentes de la preventiva municipal y que acá, en La Garita, desde donde se ve el mar, le cerraron el paso, les pidieron identificarse, ellos mostraron credenciales falsas de la PFP y después se vino la balacera, en ráfaga.

Tap, tap, tap, tap… –y las correderas.

Tap, tap, tap, tap… –y los gritos por todos lados.

Luego la explosión del vehículo que estaba incendiándose. Enseguida otro estruendo de una granada lanzada desde la segunda camioneta para que sus tres tripulantes se abrieran paso. Los policías se repliegan. Los reporteros corremos. La gente corre. Grita. La iglesia de Nuestro Señor del Perdón es el refugió de todos. Los sicarios aprovechan y también buscan meterse. Otra vez los gritos de la gente. El olor del miedo. Entran. No entran. Huyen por el callejón Los Pinos aún echando tiros con sus Cuernos para no ser perseguidos. Desde acá los oímos, cada vez más lejanos. Cada vez menos.

Pasadas las dos horas de riesgo llegaron los bomberos y los forenses. Con Gonz bajamos la misma vía tropical sobre Sombra, arañada, rota una intermitente. A los lejos se mira el mar que se junta con el cielo y pareciera que hasta allá, en los confines, o el mar sube al cielo o éste baja al mar y copulan y conforman tonos azul plata que no distinguen límites.

Figueroa: el mito y el mote

Ejercicio 3 10 Comentarios »

Al asumir Rubén Figueroa Alcocer la gubernatura de Guerrero aquel 1º de abril de 1993, en realidad se estaba cumpliendo el designio de su padre Rubén Figueroa Figueroa, para que, a como diera lugar, uno más de su prole fuera gobernardor del estado. Y lo cumplió a cabalidad porque, según el PRD, lo fue con coacción, fraude y clientelismo. Lo fue hasta marzo de 1996 cuando, por el asesinato de 17 campesinos en Coyuca de Benítez un año antes, tuvo que pedir licencia definitiva.

Ya no daría su tercer informe el abril próximo, ni festejaría en el diciembre venidero su cumpleaños 57.

De eso han pasado 15 años, y contrario a lo que vaticinaban sus acérrimos enemigos, que fueron muchos aunque ya no quedan tantos, Figueroa sigue siendo un hombre de poder en la política, en el gobierno y en el transporte, donde es magnate.

Sigue siendo, pues, El tigre de Huitzuco.

 

Figueroa mira, serio, se pensaría que indiferente, el desarrollo de la ceremonia del informe del diputado federal del PRI Fermín Alvarado Arroyo. No es casual su presencia aquí, en Acapulco. En julio de 2012 se elegirá al nuevo alcalde del puerto. Fermín es, ha sido, un hombre muy allegado a él. Y como lo mandan los usos y costumbres de un priato en su enésimo aire, ochentón pero más vivo que nunca, Fermín se placea, hace informes, paga planas completas en los diarios y, por supuesto, se apadrina de Figueroa. Quiere ser el candidato.

Aún le quedan colmillos al Tigre y lo sabe. El año pasado, en el Distrito Federal, Figueroa se impuso a todos. A los ex gobernadores René Juárez Cisneros y Ángel Aguirre Rivero, al alcalde de Chilpancingo Héctor Astudillo Flores; supo imponerse y aliarse con la presidenta del PRI, Beatriz Paredes. Conoció los tiempos políticos y supo, también, imponer como candidato a gobernador a Manuel Añorve Baños, que perdería contra el converso Aguirre en enero pasado.

Fermín lo sabe y por eso hizo todos los preparativos para que Figueroa no faltara en su informe. Se tomó la foto con él. Hizo que le levantara la mano. Ahí están: Astudillo, Añorve –que tiene otro gallo que le cante–, Fermín, eufórico y, claro, Rubén Figueroa Alcocer. “Fermín es el candidato”, sería la lectura de la imagen pagada en primeras planas el 25 de octubre.

Pero Figueroa, con todo y don de la ubicuidad y su omnisciencia se equivoca, y ha sabido reconocerlo.

Me equivoqué con Añorve; tal vez el candidato del PRI debió ser Aguirre –declaró al diario El Sur. Y eso que Aguirre es de sus acérrimos rivales desde que lo nombró su sucesor en 1996 y éste se le rebeló. Al igual que El Sur, que asfixió cuando fue gobernador sin una línea de publicidad oficial porque allí se practicaba un periodismo independiente. Y él es proclive a la pleitesía y sensible a la crítica.

 

Figueroa creció con una canción en la mente. Una canción que fue tan del gusto de su madre, Lucía Alcocer, como de su padre, Rubén Figueroa Figueroa: Río Rebelde.

Siempre se la cantaban en los cumpleaños de don Rubén cuando fue gobernador a mediados de los 70. Aquellos noviembres de su aniversario hasta la SEP le organizaba cabalgatas con chicas lívidas de secundaria –dice Arturo Catalán, un veterano periodista, director por más de una década de El Diario de Guerrero, un periódico con 40 años de cercanía al poder.

Y Rubén Figueroa Alcocer se la quedó para siempre.

Un día, comiendo en mi casa, siendo todavía gobernador –sigue Catalán mientras bebe un té rojo en un cafetín de los suburbios–, nos confesó que esa canción le recordaba invariablemente a su padre. Que lo hacía llorar. ¡Ah, sí! –dice imprimiendo un énfasis especial, de sobrada convicción– Figueroa es muy sentimental, aunque se diga que él mandó matar a los 17 campesinos de Aguas Blancas.

El recuerdo es genuino, por supuesto. A su padre le debe lo que es. Fiel al cachorrismo posrevolucionario, producto de él, Figueroa Figueroa fogueó a su hijo con los priístas de viejo cuño: Fernando Gutierrez Barrios, Carlos Hank Rhon, Luis Echeverría. Le enseñó los códigos de la alta política, las reglas no escritas, como lo hizo con él, a su vez, su padre, Francisco Figueroa Mata.

Luego le heredó un estado. Aunque primero un municipio: Huitzuco. Huitzuco de los Figueroa, uno de los 81 que tiene Guerrero. Desde este pueblo de la zona Norte creció la estirpe. Aquí fincó su poder y floreció su influencia hacia arriba. Hacia Los Pinos. Su tío por ejemplo, Jesús Figueroa Alcocer, fue cuatro veces presidente municipal, desde 1937 hasta 1969, con algunos periodos de descanso. A los Figueroa les valió haber peleado a lado de los maderistas. Primero contra el dictador Porfirio Díaz y luego contra el golpista Victoriano Huerta; después se sumó a Venustiano Carranza y traicionó, desde luego, a los zapatistas.

Rubén Figueroa Alcocer heredó también la entidad que su padre gobernó entre 1975 y 1981, luego de haber sido senador –también su silla en el Senado heredó– y de haber extinguido a sangre y bala las guerrillas de Lucio Cabañas y Genaro Vázquez. Heredó un emporio de transportes: la Flecha Roja, ahora convertida en Autotransportes Estrella Blanca del que es accionista y Figuermex de donde es dueño y señor, en cuyos tráileres se transporta para su venta 11 mil toneladas de fertilizante al año.

Pero y, sobre todo, Figueroa heredó de su padre un estilo de hacer política. Del folclorismo como signo, al mátenlos en caliente como dogma y a la figura totémica como regla. Heredó el mote de asesino (hay más de 500 desaparecidos en el periodo de su padre y otro centenar de perredistas muertos en su gobierno, sin esclarecimiento) y heredó, también el mito de ser un tigre con las mujeres . El tigre de Huitzuco.

Luces para noctámbulos

Ejercicio 4 4 Comentarios »

Yuridia es joven. Demasiado como para estar de este lado de la ciudad. Sus torneadas piernas, la piel de durazno, sus pies en unos Converse del 23 le hacen ver sus 16 años. Ni el neón ni el maquillaje le ocultan su cara de niña. Sus ojos negros, sus dientes saltones, su modo de beber cerveza, su pelo terso, su diminuto trasero debajo de la diminuta falda de mezclilla, de estrecha talla. Todo delata su edad.

Voy a cumplir 17, en enero –dice en la pista de baile. El antro solo, apenas tres clientes bostezan en medio de la estridente música grupera.

 

Las Vegas Nigth Club fue el burdel que al final nos atrapó de toda la zona roja. Travestis, dealers y teiboleras adolescentes que aparentan ser mayores. Todo se mezcla, aun la violencia, en el bulevar de Chilpancingo. La zona de tolerancia de una sociedad cuyo conservadurismo arrastró a sus confines aquello que juzgaron de impropio, podrido.

Ahora este bulevar es como su misma aorta. La principal arteria que libra del tráfico a la ciudad burócrata.

 

Las Vegas Nigth Club es vecino del Eclipse Nigth Club o, mejor dicho, su hermano: comparten dueño y cuadra. Los separa nomás un par de casas cerradas a tres chapas, una taquería y un tendajón de cervezas para llevar. Los antros vecinos, aunque a muchos metros de distancia, pero al fin vecinos porque comparten este bulevar, son La Tía, una cantina encubierta bajo el nombre perfecto y el mote de Lonchería; el Paraíso, para los orgasmos mentales; el Bar Eli con sus chicas bondadosas, que a todos quieren, que no discriminan.

El bar gay Mocedades; el Tazzmania para quienes buscan emociones fuertes. “Estábamos mis compas y yo echando chela, campantes en el Tazzmania –cuenta un acompañante–, cuando de pronto entran unos sorchos gritando, con rifle en mano y sacándonos a todos. ‘Valió madre’, pensé. Nos revisaron hasta el culo. Y no es decir mucho. Hasta los celulares checaron. Dijeron que andaban buscando a unos. Se llevaron a dos. A culatazos los subieron a la hummer. No supimos si eran ellos a quienes buscaban, pero se los llevaron”.

¿Y luego, ustedes qué hicieron? –se le pregunta.

Nada, luego regresamos adentro a acabarnos las chelas que se estaban entibiando.

O el Xacas, oscuro, tenebroso. Se piensa que si la X se cambia por una Ch, entonces diría Chacas, y eso, eso ya es otra cosa. Le sigue el Venus, cuyo nombre explica todo; el Bar Club 69, ídem; la Casa Mónica, la legendaria casa de citas –ahora cerrada por un excesivo cobro de piso– que de niños veíamos con curiosidad morbosa quienes nos aventurábamos a cruzar el bulevar. A estar en el confín, pútridos y condenados para siempre.

 

Luego, por fin, aquél nombre luminoso. La trampa perfecta para atraer especies nocturnas. Las Vegas Nigth Club. Pero sólo es el nombre. Adentro: el rancio olor a mingitorio, un hombrecillo moreno y pequeño que apenas y sabe poner discos, la madrota que vigila, perruna, y la niña Yuridia, escuálida, de senos florecientes de donde asoma, plateada y siniestra, un dije de la Santa Muerte.

Treinta segundos de claridad

Ejercicio 1 20 Comentarios »

Chevio corre, se desliza entre las llantas, limpia, exprime, vuelve a limpiar, mira (no mira), pide con los ojos. Recibe, dos, tres pesos. Todo en 30 segundos.

El semáforo en verde, corre hacia la acera malhecha. Debe dar uno, dos saltos y estar fuera del torrente de lámina y fibra de vidrio. Se tarda un parpadeo, parece un parpadeo la distancia de la segunda fila de vehículos a la banqueta. “Pero no –dice–, es práctica. Ponerse buzo o te aplastan. A la gente le vales madre. Te echan el carro, como si no estuvieras. Como si fueras invisible”.

Y casi lo es. Es flaco y de baja estatura, bastante baja para sus 17 años. Moreno. Sus ojos irritados, negros como su pelo, miran a todos lados. Acá los abrió, en Chilpancingo. Una ciudad que es como una sola manzana asimétrica; sin avenidas anchas pero con muchos carros. Aun algunas Hummers atascan las callejuelas. Sus tripulantes marcan su distancia entre ellos y los que andan por las aceras angostas: la inmensa mayoría de los 270 mil habitantes que viven en esta capital sin basureros públicos. Funcionarios y comerciantes, los menos. Burócratas y subempleados, los más, no tienen ni dónde echar sus miedos.

No, no sé dónde nací, la neta. Para que le voy a echar chisme. Estaba muy morro y no me acuerdo –ríe.

Ríe y no se sabe porqué. Es verdad lo que dice. Chevio no se acuerda donde nació porque no conoció a su madre para que se lo dijera. Lo dice después de una hora de plática en intermedios de rojo a verde. De verde a rojo. Lo único que sabe de su niñez es que siempre ha estado en la calle. “Aquí crecí, aquí me críe –dice y mira al piso. Calla un instante–. Se me hace que así le puede poner, que soy de aquí: de la calle. Primero fui bolero, vendí periódicos, chicles. Anduve cargando canastas en el mercado. Y apenas me vine para acá, a esta esquina”.

Pero ese “apenas” para él, es hace seis años, cuando tenía, apenas, 11.

 

El semáforo en rojo. Chevio vuelve al torrente que se desborda por la hora pico. La 1:30 de la tarde. El sol también está en su hora crítica. Los chicos vuelven de la escuela. El Colegio de Monjas, a una cuadra de donde trabaja, acaba de abrir sus puertas para que las nanas entren por los niños. Las camionetas de lujo paran el tráfico. Las combis cortan vuelta y los cláxones se hacen lugar común. Cosa de todos los días.

Son chicos ricos los que salen de esta escuela. Su piel es diferente a la de Chevio, que es cuarteada y ceniza. Su postura al caminar, su pelo. Incluso su sudor y hasta cómo lo miran cuando él aprovecha lo lento del tráfico para limpiar cuantas parabrisas puede y llega donde vienen trepados los chicos de cachetes rosados, el cristal de por medio. Chevio tampoco los mira “¡me valen madres sus aires acondicionados!”, diría después. Y se piensa que también le vale madres sus aires de grandeza.

Este, el Colegio de Monjas, es una escuela donde los funcionarios, los comerciantes acaudalados –Los Adame, Los Calvo, Los Alarcón, Los Azar (cada vez menos, por cierto, desde que llegaron las cadenas de Liverpool, Sams, Walmart, Cinepolis, no hace más de 10 años)– traen a sus hijos a estudiar desde el preescolar hasta el bachillerato. Aquí han estudiado las señoritas más codiciadas, ahora ancianas que viven de sus recuerdos; hombres que han sido alcaldes o diputados, y uno que otro criminal de renombre cuyo apellido (Azar, por ejemplo) le ha servido para pasar una noche en la cárcel por cometer un secuestro.

Chevio en cambio, nunca pasó por una escuela, y estuvo dos años en el Tutelar de Menores Infractores (eufemismo para la cárcel de niños) “porque pues, la neta, también fui carterista. Mal carterista, o con tan pinche mala pata que a la semana de haberme decidido a seguir los pasos de El Memo, un cuate, que me agarran lo cuicos. Me dieron una chinga que todavía recuerdo, y lo peor, una pinche bañada con agua helada, de ésa como la que se pone en diciembre”.

Fue mi primera Navidad en el Tute. Allí aprendí a escribir mi nombre y a leer. No sé para qué.

 

La imagen más próxima que tiene de sus padres es por lo que le decía una tía. La Tía. Con ella creció hasta que pudo salirse y no volver.

A la única que quise fue a una prima, Tere. La tía me daba mis chingas pero no de comer. La recuerdo. Era una bruja. Echaba las cartas y esas mamadas. Me decía “huérfano, hijo de tu puta madre”. Era hermana de mi jefe. Un día él resultó muerto. Lo atropelló un carro en el bulevar cuando regresaba borracho a la colonia del PRD, donde vivíamos. Yo era un morrito. No lo recuerdo.

Por su tía, dice, supo entonces que su padre era un briago que había matado un carro y que su madre era una puta que no ha conocido ni en retrato.

De mi prima ya no supe. Sé que se juntó con un bato chido.

Pero sí, sí supo. Lo dijo ante la insistencia.

Y para qué quiere saber tanto; que es cuico o qué.

¡No! –se le niega.

Entonces lo dice: “Mi prima Tere se arrejuntó a los 14. El bato le salió chambeador, a lo mejor porque era cinco años mayor. Se fueron rápido para arriba. Luego supe que era dealer. Que había caído en el bote. Estuvo cuatro años en el tambo de Acapulco. Lo apañaron en 2007, salió al comenzar el 2011, nada más a que lo quebraran. Es todo lo que supe. Tere me lo contó la última vez que la vi, cuando regresó donde la tía”.

Se entero de más. Chevio se enteró, por ejemplo, de que su prima y su marido estaban sentados en una banca del parque Papagayo. Su hija corría atrás de los patos mientras ellos comían elotes y platicaban. “Tere dice que no recuerda nada. Sólo cuando escuchó un disparo muy cerca de sus orejas y lo vio caer todavía sacudiéndose, ensangrentado. El balazo fue en la cabeza. No supo si se lo tiraron de lejos o fue allí mismo. Llevaba un mes afuera del tambo. Salió con hartas ganas de ver a su chavita, que tendría unos cinco años”.

Lo platica con indiferencia, como si hablara de un sentimiento mohoso del que no tiene interés de aceitar ni, mucho menos, de andarlo contando no más porque sí. “Es todo lo que sé de Teresita, desde hace meses que le mataron al bato”.

 

El tráfico cesa. La hora pico pasa. Por un momento Chevio fue apático al rojo y al verde del semáforo. Ya no. Vuelve el rojo. Chevio corre, se desliza entre las llantas, limpia, exprime, vuelve a limpiar, mira (no mira), pide con los ojos. Recibe, dos, tres pesos. Todo en 30 segundos.