Microcronista
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La última y nos graduamos

Antirepentina Comentarios desactivados

Asistir a la premiación fue una experiencia inmejorable. Me hubiera gustado conocer al ganador. Es una pena que el Skype no se prestara para este evento que no tuvo nada de ceremonioso. La franqueza y los buenos tragos -hay que decirlo- se agradecen. Fue todo un gustazo conocer a Leha, particularmente, por tratarse de un joven talentoso de escasos 20 años, a quien auguro un brillante futuro (Luis Eduardo: felicidades, eres el auténtico ganador de esta Caza, al menos en mi “Paseo de la Fama de los Cronistas”).

En la premiación mencioné la palabra “cronicar”: un neologismo que me agrada, aunque la RAE no lo contemple.

Ahora explico la verdadera razón de mi apodo. Hace dos años, al llegar a la Ciudad de México -oveja descarriada de la “tijuanidad”-,  me sentí chiquito, cuasi microscópico, frente a los edificios y espacios descomunales que agigantan esto que Villoro llama “ciudad que migra dentro de sí misma”. Después de disfrutar esta experiencia altamente formativa siento que me gradúo y dejo mi mote de “microcronista” para adoptar el de “cronista” (por un peldaño escalado me siento menos chaparro). Aprendí mucho de los jurados, de los lectores y de los comentarios que otros dirigían al resto de los participantes, aunque, debo decirlo, se aprende más de los errores propios.

También me dio gusto conocer a Nahual, quien dio un salto inesperado en la útlima ronda, y aportó mucho tanto a esta Caza como a la algarabía de la fiesta.

No me canso de felicitar a los organizadores de este Virtuality que apostó por la crónica: un género altamente adicitivo y bondadoso en su afán por obsequiarnos el punto de vista subjetivo de las diversas realidades que conviven, rasposa y amigablemente, en el macrocosmos social.

Felicidades a los 5 ganadores.

Dejo constancia de mis agradecimientos: Miryam Ruiz (@lamagadetj), Andrei Vásquez, Marisela Cruz, Ximena Flores, Claudia Serrvín-Guiot, Satur, el Lic. Cortés, Soledad Flores Pineda, Stasia de la Garza, Epigmenio León, Carinita Cruz, Teresa Vicencio Álvarez (sin ella no andaría metido en esta ciudad laberíntica), Gabriel Guajardo, Jesús Cruz (Canito), José Luis Martínez, Ángel González, mis caseros (por el simple hecho de existir), Amanda Schmelz, Agustín Monsreal (su libro me salvó la vida), Antonio Morales y Armanda (espero no haber dejado a nadie fuera y, si lo hice, una disculpa).    

Finalmente, me quito la máscara: mi nombre es Javier González Cárdenas (@Multijavier; jgonzalezcardenas@gmail.com; www.tijuanaexlibris.blogspot.com).

Hasta la vista, baby. Atte. Cronista.

Las puertas de la literatura

Ejercicio 11, Repentina Comentarios desactivados

1994. Tiempo de ofuscaciones, miserias y sentimientos encontrados. Año en que el Ejército Zapatista de Liberación Nacional cuestionaba las promesas de modernidad de la política en México. Año en que la desestabilización del sistema político mexicano coincidía con mi inestabilidad económica y emocional: mi padre y yo habíamos perdido el empleo y, para amolarla, Maribel se había librado de mí, después de dos años de noviazgo. Tuve que aceptar un empleo de mensajero en un despacho contable, donde me pagaban escasos cien pesos a la semana. Rápidamente me convertí en títere del derrotismo y la depresión, pues el matrimonio de mis padres amenazaba con desmoronarse, amén de que el sueldo sólo me permitía pagar el transporte para ir a la universidad y, si bien me iba, pistearme un six de cerveza los sábados.

En ocasiones, durante el horario laboral, lograba escabullirme a la única biblioteca ubicada en la Zona Centro, cuando el verano lanzaba pelotazos de fuego sobre Tijuana. Había pocos libros, pero uno de ellos llamó mi atención por su título descabellado: La banda de los enanos calvos. La portada destacaba una rodilla sobre un fondo guinda, a modo de metáfora de la calvicie. Pero, entonces, a mí me pareció una alusión a mi abatimiento: me sentía un hombre empequeñecido, despojado de la greña que otorga fuerza a Sansón. Coqueteaba con el suicidio, pero al abrir la puerta de esa obra encontré un asidero: el humorismo que rebosaban algunos cuentos de Agustín Monsreal me levantaba el ánimo, sus neologismos me conmovían o, por el contrario, me desternillaban de risa ante la mirada acechona del bibliotecario.

Un día, enfrascado en la lectura del libro, me topé con una frase magistral de “La selva de los suicidas” que acotaba mi autovictimización: “Un crimen, un suicidio, cualquier tipo de aniquilamiento individual forma parte de una irreversible degradación colectiva. La muerte, tal vez por incomprendida e incomprensible, es ya de por sí dolorosa; no la hagamos también estúpida”.

En una de esas fugas literarias descubrí “Los placeres simples del pobre”, un cuento en el que el protagonista, cercado por la miseria y el hambre, hallaba consuelo en la lectura de Crimen y castigo, auxiliándose con un par de velas. No sólo me identifiqué con su situación, además me deslumbró la inventiva de Monsreal para combinar el humorismo incisivo con las inflexiones conmovedoras de lo cotidiano. También tuve la oportunidad de conocer a otro autor que ha sido fundamental en mi formación: Dostoievski (“cuando falla la inteligencia del hombre, el diablo la reemplaza”).

A los enanos monumentales de Monsreal les debo  el conocimiento de lo social (“la clase media, por su parte, experimenta una especie de horror inconsolable y definitivo ante la sola posibilidad de que el pueblo llegue algún día al poder”), poderosas e invaluables recomendaciones de lectura (Proust, Borges, Revueltas, Balzac, Cortázar), la denuncia de los prejuicios literarios(“no hay géneros menores, tiíta, lo que hay son escritores inferiores, escrivanales, escrivanos”) y las posibilidades lúdicas de nuestro idioma(“Así me pintaron a Casiopea: cabellimedusiana, ojidominadora, narihelénica, boquisuculenta, cuellicisnácea, pechidelicias, caderienérgica, glutipasmante…”).

Gracias a Monsreal entendí que la palabra nos hermana con el otro y nos ayuda a sobrellevar las calvicies derivadas de nuestras pequeñas y grandes tragedias.

Un año después, al cambiar de chamba, pude adquirir el libro que me había abierto las puertas de la esperanza y la comprensión, las ventanas de la conciencia social y las escotillas por las que entra el agua del océano de la mejor literatura. Finalmente, a solas en mi habitación, ya sin la mirada censora del bibliotecario, pude leer a gusto y reírme de mis propias desventuras.

Evidencias entre las sombras

Ejercicio 9 6 Comentarios »

La noche acelera el paso de los transeúntes. El camino hacia la delegación Cuauhtémoc está plagado de vendedores ambulantes, oficinistas, desempleados, estudiantes, prostitutas, padrotes, invidentes y borrachines que zigzaguean sobre las calles. La gente se esquiva hasta encontrar un espacio de acera transitable.

Frente a la Procuraduría de Justicia del D.F., “fiscalía desconcentrada en Cuauhtémoc”, se alza un puesto donde se reúnen policías y civiles a tomar café, iluminados por lámparas de halógeno. Luis, el encargado, despacha a sus clientes envolviendo el pan cuidadosamente. Comenta que hace unos días llegó una señora con un bebé que tenía un enorme chichón en la frente. “Era una bola grandísima”, subraya Luis, “el esposo le dio un martillazo y ni es el padre del niño. Lo encerraron aquí, pero lo más gacho es que la señora vino a defenderlo, se peleó con los agentes del MP y pagó fianza para sacarlo”.

Al interior de la fiscalía, acodados en la barandilla, tres agentes reciben a denunciantes y acusados. Los policías desfilan con la pistola enfundada y el seguro bien puesto. Algunos lucen rifles automáticos, colgados al hombro. Un policía de baja estatura carga unas grandes esposas: da la impresión de que son su ancla. Cinco filas de asientos se despliegan frente a la barandilla. Las sillas traseras están ocupadas por dos señoras que duermen ahí todas las noches y se levantan a las 7 a.m. para enfrentarse a la vida cotidiana. Son madres que dejaron sus hogares porque sus hijos las golpeaban. Luis entra y sale del recinto ofreciendo café, y afirma: “Son señoras que, por su edad avanzada, no pueden enfrentarse a los hijos y éstos les hacen la vida imposible con tal de meter a sus amigos o novias a la casa. Vete a la delegación Francisco Villa y verás cómo abundan estas señoras que llegan a dormir y al otro día salen a vender chicles o lo que pueden”.

Las butacas están al tope. Varias personas se arremolinan a la entrada. Al pie de la escalinata, el agente Vázquez pide fuego para encender su cigarro. Algo lo empuja a vaciarse, la confesión es su único desahogo: “Me arrestaron 12 horas, por eso no estoy patrullando. La verdad es que nos traen juidos. Vigilan la trayectoria de las patrullas con GPS, es excesivo: si te sales del cuadrante te arriesgas a una amonestación o a un arresto. Hay veces que llegas al final de tu ruta y, como es un solo sentido, no puedes echarte en reversa; te tienes que salir de tu zona para poder regresar, y cuando termina el turno luego luego te regañan. Exageran. También han cortado cabezas, no hay suficientes agentes. Se supone que son cien patrullas para Cuauhtémoc, y a veces nomás hay 10”.

El agente Vázquez lleva 8 años patrullando; la calle es su escuela. “Hace poco nos dieron un curso”, continúa, “algunos compañeros pasados de peso, y otros que no pudieron hacer los ejercicios, fueron cesados. Hay policías con buena condición física que en la calle son una papa, en cambio, hay otros que no son grandes guerreros, pero tienen el olfato bien despierto: saben cómo identificar crímenes en proceso, saben cómo se mueven los malandros y pueden controlar una situación conflictiva utilizando el sentido común”. Vázquez se queja de que una vez les mostraron un mapa de la zona y pidieron que señalaran las tienditas de narcomenudeo. Al hacerlo se les reprendió: “entonces, ¿por qué no los atrapan? No sirven para este trabajo”. Vázquez asegura que siguen despidiendo a los agentes por este tipo de situaciones, y reconoce que han recibido denuncias de los colonos, quienes han señalado a los traficantes. “Es cierto que algunos compañeros tienen maldad, voy de acuerdo, pero no se les puede juzgar a todos por igual, y cuando el ciudadano te dice dónde están los delincuentes, pues vas y los revisas de pies a cabeza, pero no les encuentras las drogas, por una sencilla razón: las venden en el interior de sus casas, ¿y cómo entras a su domicilio? ¿Cómo obtienes la orden?”

Continúa el desfile: un hombre de unos cuarenta años con gafas oscuras en plena noche; una prostituta con el maquillaje seco y resquebrajado; abogados que hablan constantemente por el celular; empleados del MP y familias que se reúnen a comentar los pormenores de su caso. Antes, las prostitutas ofrecían sus servicios en varias calles de la Buena Vista, ahora, en su mayoría, se concentran en las calles más cercanas a la delegación con el propósito de evitar robos y abusos; aunque hay ocasiones en que ellas, sobre todo las que se conocen como “travestidas”, son quienes bolsean a sus clientes.

El licenciado Rentería, de tez morena y complexión gruesa, viste una gabardina elegante y guantes de invierno. “Si vinieras todos los días podrías escribir una novela”, comenta, como si fuera un personaje de CSI, “es increíble lo que hace la gente, cómo se encubren unos a otros, sobre todo los padres que te dicen: sí, llevó una televisión a la casa, pero se la prestó una amiga; sí, trae tenis nuevos, se los prestó un amigo; sí, trae un automóvil, pero es prestado. Luego les preguntas en qué chambea su hijo, y te responden: se la pasa todo el día en la casa”.

Rentería cuenta la vez que al padre de un delincuente le mostraron el video de un atraco. Al verlo, éste declaró: “Sí, se parece mucho, pero ése no es mi hijo, no es él”. Hay infinidad de atrocidades que los ciudadanos cometen en el MP: los que compran testigos; las esposas de criminales que ofrecen favores sexuales a cambio de los honorarios del abogado; los padres que aseguran que sus hijos estaban en casa al momento de cometerse el ilícito; los que fingen lesiones de tercer grado para obtener mayor remuneración en casos de choque, riñas y atropellamientos; y los que se dicen familiares del procurador.

Un individuo se abre paso entre la gente, ansioso, en busca de un cigarro. El humo no lo tranquiliza: quiere desahogarse contando su bronca. Su nombre es Mario, de 33 años, viste chamarra negra, tenis marca Adidas y una mochila Swiss Army. Es moreno, alto, con los pelos parados. Afirma que su esposa está detenida porque el acusado “le volteó la tortilla en el proceso”. Mario lo descubrió acosándola en un centro comercial, donde quedaron de verse. “Le canté un tiro al culero, le dije hasta de lo que se iba a morir, pero llegaron los policías y nos trajeron acá. Ese cabrón es bien chiva, se verbeó a los eme pés y ahora dice que mi mujer le robó. Pero tengo testigos en Vianey, en la Pizza Hut y hasta en el Soriana. Me cae que si sale y mi esposa se queda adentro, lo mato, bien fácil, lo mato, y sin usar armas”. Mario está exaltado, habla de prisa y parece estar a punto de soltar chingazos. “Esta no es la primera vez que estoy aquí. La vez pasada fuimos a un bar. Iba con mi hermana y mi cuñado. Un chavo no dejaba de verle las piernas a mi hermana, y mi cuñado se enchiló. Le puso una putiza, imagínate, es boxeador. Llegaron los polis y les dijimos que el chavo quiso robarle la bolsa a mi hermana. Teníamos testigos: todos los del bar estaban con nosotros. Ese día nos la pasamos a toda madre, los polis nos pasearon y hasta nos invitaron a comer”, concluye Mario, con una risa mordaz que estalla en sus labios.     

La noche comienza a cerrarse, inevitable fade out que lanza muros de negrura para cerrar el paso a sus transeúntes, poblando la colonia con “puntos rojos”, como se les conoce a las zonas de riesgo en el argot policiaco. La ironía se para el cuello: en la Buena Vista las calles más peligrosas se encuentran a unos pasos de la delegación.

Con ganas de hacer justicia

Ejercicio 10 6 Comentarios »

                     Ain’t no one coming to pull you from the mud /  You gotta build your nest high enough to ride out the flood…         

Tom Waits

 

Los empleados de la pizzería conocían bien a Verónica, la encargada de Video 7, un local de renta y venta de películas, ubicado en el fraccionamiento La Sierra, en Tijuana. Cuando los pizzeros tenían pocos clientes, algún lunes o miércoles por la noche, visitaban a Verónica para rentar un DVD y disfrutarlo dentro del establecimiento, hasta que llegara la hora del cierre. Ella los atendía, simpática, siempre con una sonrisa que se desbordaba de sus labios, hasta contagiársela a sus interlocutores.

La noche del 15 de noviembre de 2006, Vero llegó a la pizzería con un discurso entrecortado, las lágrimas cayendo a raudales como el aguacero ocular de Alicia en el país de las maravillas: solicitaba auxilio. Minutos antes, uno de los pizzeros notó que la puerta de Video 7 estaba cerrada, y apenas eran las 8. Asomó su rostro por un resquicio de la puerta y sólo distinguió la espalda de un hombre. Regresó a la pizzería para contar lo sucedido, y fue ahí cuando vio pasar al fulano velozmente. Los empleados salieron a hacer justicia. Intentaron detenerlo, pero el tipo se les escabulló, metiéndose a un callejón sin salida. No le quedó otra que esconderse debajo de un coche. En poco tiempo se apersonaron los policías, con el lamparazo judicial iluminándole el rostro bajo el auto.

En 2006, con el noble propósito de salir de la miseria, puse este negocio de renta de películas, donde aprendí que buscar acomodo en el mundo de las PyME (Pequeñas y Medianas Empresas) no era lo mío. Con mucho entusiasmo, e imbuido por el ánimo de llevar buenos filetes cinematográficos a los hogares de mis clientes, contraté a Verónica, joven de 18 años, quien cursaba la carrera de Relaciones Internacionales, en la Universidad Autónoma de Baja California. Además, era goleadora del equipo de futbol de su facultad. En pocos meses vi cómo empezaba a derrumbarse el negocio: la renta mensual ascendía a 7 mil pesos; los impuestos pellizcaban las ganancias; muchos clientes sacaban membresía y, después de rentar por primera y última vez, ya ni devolvían el DVD. Y lo peor: vinieron los asaltos.

El primero de ellos ocurrió en octubre. Verónica cubría el turno de noche, de lunes a jueves. Eran las 6 p.m. y ya había oscurecido. Era una hora en la que escaseaba la clientela: el agresor ya tenía bien checaditos los movimientos del local. Se presentó como si fuera a sacar una membresía. Vestía chamarra colorida, de la que extrajo un cuchillo largo y brillante. “Abre la caja registradora”, ordenó a Verónica, “pégate a la pared y no grites. Si te mueves, te atravieso”. Verónica obedeció, nerviosa. Se pegó a la pared y el fulano, luego de embolsarse lo que había, le reclamó: “¡Pinches 200 pesos! ¡No mames! Cuenta hasta 100, si te mueves antes de contar cien te chingo”. Ella lo escuchó salir. Su conteo llegó hasta el 20 y salió deprisa rumbo a la pizzería, llorosa, con rabia, y un temblequeo en las piernas que la hizo dar varios traspiés. Finalmente, y con ayuda de los repartidores, pudo telefonear a la delegación y a sus familiares.

En el Ministerio Público la escuché decir a su padre, atropellando sus palabras con las lágrimas que anegaban su rostro: “él no se dio cuenta que yo traía unas tijeras. Nomás pensaba: si me hace algo, se las clavo”. Ella describió al ladrón como un tipo bien vestido, alto, de cabello claro, con cara de niño y pinta de socialón. Se puso la denuncia, mas nunca detuvieron al infractor.

A inicios de noviembre cortaron el teléfono de Video 7: el changarro iba en declive, además de que aún debía realizar una fuerte inversión en películas de estreno para mantener a la clientela, la cual, en apabullante mayoría, sólo se fumaba los bodrios palomeros de Hollywood.  

El 15 de noviembre de 2006 el agresor entró al local y cometió el error de cerrar la puerta. Era moreno y chaparro. Vestía sudadera azul con capucha. Bajo la sudadera se insinuaba un objeto largo que Verónica imaginó punzo cortante; el malandrín lo movía para captar la atención de su víctima. Vero no iba a arriesgarse en esta ocasión, su padre le había aconsejado no resistirse: “Si te vuelven a asaltar ni se te ocurra tomar las tijeras, hija, es muy peligroso”. Ella no ofreció resistencia, obedeció la orden del ladrón y entregó lo poco que había en la caja: 150 pesos. Éste salió disparado, con la capucha puesta, luego de agenciarse el magro botín, pero en la esquina se topó con los pizzeros. En su intento por escapar cometió otro error: entró a una calle cerrada y encontró refugio debajo de un coche. Ya habían llamado a las autoridades: coincidió que una patrulla peinaba la zona en esos momentos. Los polis llegaron a tiempo para impedir un linchamiento. Al revisarlo le encontraron los 150 pesos, pero no hallaron ningún arma.

-   ¿Dónde tiraste la navaja? Confiesa o te soltamos un rato –le advirtió el oficial-, a ver si los pizzeros te hacen cantar. Tú dices.

Los polis hablaron con Verónica y su padre, quien arribó al lugar de los hechos a escasos minutos de concretarse la detención. Uno de los oficiales les informó que ésta era la cuarta vez que atrapaban al maleante.

-   El problema es que no traía navaja –aseguró el oficial-, lo que traía en la sudadera era un trozo de madera que ya le confiscamos. Volverá a salir dentro de un mes.

Verónica vio que las leyes no estaban de su lado. No se imponían penas más severas en este tipo de reincidencia delictiva, dado que el arma utilizada era la palabra. En su mirada se transfiguraban los rostros del miedo, la rabia y la impunidad. Entonces el poli compartió una idea optimista: podían sembrarle un cuchillo, si Vero se prestaba a declarar que el asalto fue a mano armada.

-   Es tu decisión, Vero –intervine-, tú lo viviste, dile al oficial si estás de acuerdo.

-   Sí –respondió con el llanto más controlado-, no quiero que nadie más pase por esto.

El oficial le mostró el cuchillo que iban a presentar como evidencia. Le pidió examinarlo y memorizar su aspecto para que pudiera describirlo durante los careos. Los testimonios, tanto el suyo como el de los polis, debían coincidir con precisión.

-   Te felicito –le dijo el policía-, vas a sacar a un malandrín de las calles. Mínimo lo encierran un año en el bote.

El 7 de enero de 2007 cerré mi negocio y dije adiós a mi breve incursión en el régimen de las PyME. También dije adiós al entusiasmo de rentar películas dignas, bien elegidas para satisfacer a los pocos clientes que sí las devolvían y pagaban los retrasos. Algunas veces intenté recuperar las películas que no regresaban. Telefoneaba a los usuarios para solicitar que la devolvieran o cubrieran su costo, pero sus respuestas me dejaban estupefacto: “mi hija no tiene la culpa de que su amiga no quiera devolvérsela”; “ya le dije que esa persona no vive aquí”; “sí se la quiero regresar, pero no tengo dinero para pagar el retraso”; y la más creativa:”ay, señor, ya no esté chingando”. Por eso, este tipo de negocio se ha vuelto más burocrático y ojete, al grado de exigir varios documentos, firmas de testigos y números telefónicos para pedir referencias del solicitante.    

Quizás me anime a abrir otro negocio, en un futuro que se antoja lejano, pero cercano a las utopías y distopías de Phillip K. Dick: cuando se inventen robots expertos en atención al cliente que puedan propinar descargas eléctricas a los socios del crimen.

La ropa sucia lavada en la escuela

Ejercicio 7 6 Comentarios »

El ámbito familiar tiene todo que ver: si el niño padece maltrato en casa puede convertirse en bully, o volverse tan tímido que incita a los aprovechados a darse un festín sobre su humanidad, como es el caso de Pablo, estudiante de la Secundaria 260. Luce temeroso, es su estado natural: es que mi mamá me pegaba cuando me enfermaba de cosas, dice Pablo, se enojaba conmigo cuando me regresaban de la otra escuela. Sus compañeros, presuntamente, le pusieron polvos pica-pica. La madre llevó a Pablo al doctor y su diagnóstico arrojó que la irritación ocular pudo deberse a un contacto con cloro. Su hipocondría, con la bendición del “experto”, la orilló a quejarse con el subdirector y éste regañó a la maestra de química. En medio de la confusión, al preguntársele de dónde sacó su madre esa idea, responde con timidez, casi con susto: no sé, la verdad, no sé cómo se le ocurrió. Sol (Soledad Flores Pineda), orientadora de la 260, aconseja a Pablo: pero tienes que explicarle a tu mamá, debes decirle para que ella no imagine cosas que no son. El joven asiente, silencioso, con un ligero encorvamiento que suelen adoptar algunos niños enfermizos, guiados por los golpes rencorosos del cariño. En México, está comprobado que la violencia también puede ser una muestra de afecto y un antídoto contra enfermedades.   

Pablo, por si fuera poco, sufre agresiones por parte de Gabriel, uno de sus compañeros, quien se zampa su lonche y le quita dinero y artículos escolares. Este caso se resolvió confrontando a las madres de ambos niños, y explicándole a Gabriel que no debía pedirle comida al joven, pues éste era incapaz de negarse a sus solicitudes. Pablo es una víctima importada de otra secundaria. Con los jóvenes que están aquí desde primero no es tan complicado, comenta Sol, porque uno ya los conoce; pero los que llegan de otras escuelas, a segundo o tercero, son los que traen problemas, son agresores, o víctimas, como Pablo. Sol es una estupenda anfitriona, entrada en sus cuarentas. Con su carisma y buen ojo, lidera un equipo profesional, concienzudo en el seguimiento de los conflictos entre los estudiantes. Conoce el lenguaje de los jóvenes. En su escuela han impartido talleres para prevenir el bullying y el consumo de drogas. Ellos saben más que uno, dice Sol, te dicen cuánto cuesta una mamila, que tienen diferentes colores y sabores para que no sean identificados.  

Comento a Sol el caso de un joven homosexual que intentó suicidarse porque sufrió bullying, y esto le recuerda que hace algunos años conoció a un estudiante llamado Jesús, quien era gay y siempre acosaba a sus compañeros, pero éstos se defendían. El departamento de orientación no logró convencer a la madre de que hablara con él y lo llevara a terapia gratuita; por el contrario, trató de resolver el asunto enviando a Jesús a otra escuela, quien después se convirtió en la Chucha, un travestido que, más tarde, murió de Sida.

El gobierno del D.F. ha implementado diversos programas que previenen el bullying. Portales interactivos, atención telefónica y talleres, además de otras estrategias y programas como el Nocaut al bullying, han sido creados para atender el aumento de denuncias, pero es obvio que son los departamentos de orientación, como el de la secu 260, los que agarran al toro por los cuernos. Así lo demuestra una atención a otra víctima de bullying. Se llama Janeth, tiene 14 años, complexión gruesa y voz temblorosa, a punto de hacerse risa y llanto: es que fuimos a buscar a Rafael, por donde él vive, y entonces Diana, la del 24, iba con nosotras pero se regresó corriendo, después volvimos acá y un montón de gente me empezó a reclamar: que por qué había ido a su casa, que por qué le iba yo a romper a Rafael su mandarina en gajos, dijeron que me iban a dar esquina, que me iban a madrear si yo le hacía algo. Diana, quien llegó a la 260 en segundo año, le buscó pleito a causa de un chisme. Hoy, en tercero, Diana continúa agrediéndola, pues ambas comparten el mismo afecto por Rafael. Sol dice a Janeth: vamos a hacer una cosa, si hay necesidad, llamaremos a sus mamás, tú ni pelees con ella, no le hagas caso, mamita.

A la secundaria 260 llegan alumnos de otras escuelas, a quienes les resulta difícil adaptarse, provienen de secundarias más conflictivas, como la 26 y la 5, ésta última con aulas que llegan a albergar hasta 50 pupilos. Otro dato preocupante, según la Asamblea Legislativa del D.F.: tres de cada 10 niños han sufrido violencia escolar y sólo uno de cada 10 recibe tratamiento. Sol me informa que el año pasado un par de niñas se enfrentó a golpes y arañazos en la cancha, incluso, una de ellas arrancó un mechón de pelo a la otra. Los estudiantes subieron el video a La Jaula, página de internet donde los adolescentes exhiben las grabaciones de sus pleitos. Los he visto cómo pelean, subraya Sol, se dan con todo, graban la pelea y luego se levantan y se van muy tranquilos, chorreando sangre, como si no hubiera pasado nada. Un día llegaron a decirme que ya habían quitado la página, ¿por qué?, les pregunté, y contestaron que alguien había puesto el video de una violación.

Los tiempos cambian. El taxista que me dejó en la Portales opina que el tema del bullying no es nuevo: en la secundaria, hace más de cincuenta años, dos alumnos incorregibles lo traían de bajada, a sapes y resorterazos. Su padre, al enterarse del asunto, le dio una pistola calibre 22. Entonces el taxista, oriundo de Chiapas, los amenazaba, y ellos le sacaban la vuelta; él se convirtió en bully y terminaron expulsándolo. Su testimonio me recuerda la confesión de un amigo, quien iba a la misma escuela privada donde campeaban algunos alumnos que, al paso de los años, se convertirían en los narcojuniors de Tijuana. Mi compa se curó en salud cuando dijo: a ese narco varios compañeros lo traían a sopapos, lo humillaban, le pegaban chicles en el trasero, pero ahora pienso que muchos de ellos han de andar con el culo en la mano, acordándose de cómo se lo chingaban.

La 260 cuida los estándares de conducta y aprovechamiento de sus pupilos, pero, ¿qué pasa con las secundarias que albergan a más de 50 alumnos por salón? Además, sin la resolución de conflictos intrafamiliares, las agresiones en las escuelas acabarán destronando al programa Nocaut al bullying, sobre todo si tenemos como ejemplo a boxeadores como el Canelo Álvarez, quien golpeó al Archi Solís afuera del mismo gimnasio donde entrenaban, fracturándole la mandíbula. Es la vieja historia donde la bestia desplaza a la civilización, la arena donde los conflictos se resuelven por la vía del cloroformo, y no por la intelectual.

A punto de abandonar la escuela, y antes de anotar mi hora de salida en la recepción, volteo hacia la escalera que luce maciza y segura. Los peldaños que conducen a las aulas del conocimiento están recubiertos por un esmalte negro, fulgurante, de reciente adquisición. Una parsimonia momentánea me hace pensar en la ropa sucia que las familias, ayer, hoy y mañana, deben lavar en casa.

Que los niños no sean venadeados

Ejercicio 8 6 Comentarios »

Un gusano habitable, enorme y simpático, se levanta al centro del área de juegos para niños. Es un castillo serpenteante con múltiples escondites, resbaladillas y salidas de emergencia en forma de toboganes. Se prohíben patinetas, mascotas y los niños deben ir acompañados de un adulto. Las familias acuden al Parque de los Venados de la colonia Portales del D.F. porque ofrece un edén de diversión para los pequeños. Una señora con bebé en brazos vigila a sus otros benjamines, quienes suben, veloces, por una escalerilla, al encuentro con el regocijo y la sorpresa.

Al parque recientemente se le dotó con un área remozada de juegos infantiles para 930 niños. Lo que se ve también se siente: materiales de calidad; bancas de acero galvanizado; juegos para bebés; piso de caucho de 1200 m² para amortiguar las caídas; juegos para niños de todas las edades; aditamentos lúdicos para estimular sus sentidos y otros destinados a favorecer la coordinación sicomotora. Las respuestas de los usuarios, al preguntarles por qué consideran esta actividad fundamental en el desarrollo del niño, me permiten distinguir a una clase media-baja y media-alta: es educación física, afirma Karla, ama de casa de 32 años, también se divierten, es sano que olviden la escuela por un momento y dediquen tiempo al juego, el cual debe continuar en casa, pero de forma distinta, en convivencia familiar, incluso con videojuegos educativos donde aprenden las letras, los colores y las figuras geométricas.

El testimonio de Karla evidencia que una parte de la población, aunque sea mínima o ceñida a un área delegacional, goza de servicios eficientes y modernos, adecuados a las demandas de la sociedad actual. Ningún niño lleva juguetes: no hacen falta. Se respira un aire cargado de abundancias divertidas.

Una mujer madura pregunta a su hija, cuando ésta sube al gusano-castillo: ¿cómo te apellidas? ¿Dónde vives? Me acerco a la mujer, quien va acompañada de su madre: buena táctica para prevenir un extravío, les digo. Sí, confirma la mujer, aunque ésta es una zona segura, el área está cercada y tiene una sola puerta. Ella se aleja, pero la abuela también está dispuesta a cooperar esta tarde de martes: los juegos al aire libre ayudan a los niños a mejorar su motricidad, dice Elvira Rodríguez, abuela de la niña.   

Todos los padres acompañan a sus hijos durante sus juegos, excepto una pareja que escanea a la gente y lanza un ocasional: ¡pide permiso, Rafael, y ten cuidado! Como si los imperativos vociferantes fuesen sinónimo de integración familiar.

Lo cierto es que estas áreas son primordiales para facilitar la socialización desde temprana edad, por eso me encuentro asombrado ante las opciones que goza un niño del siglo XXI, y no sólo como entretenimiento, sino como imprescindible aparato de formación social. Algo que yo no pude gozar, sino hasta los 9 años, cuando nos mudamos a una colonia donde sí existía ese elemento ineludible de la socialización: el otro. Tarde aprendí lo que era desempeñar un rol dentro de un equipo, y esto se vio reflejado en el retraso de mi desarrollo como ser sociable.

Los niños juegan en el parque, sí, pero también lo hacen en la imaginación: el niño sonriente que persigue a la niña por una razón que sólo él conoce; la niña valiente que escala una pared con recodos para rescatar a su hermana de un incendio; un par de infantes que observan el abismo desde el tercer piso de su asombro; el pequeño que jala a la niña de la mano mientras cruzan un puente que se derrumba; dos niños que juegan a las escondidillas en los pasadizos de la aventura, por el solo placer de perderse en laberintos de búsquedas y encuentros. Da gusto saber que no juegan como lo hizo una familia, captada por la fotógrafa Cristina Ortega, en el Parque México de la colonia Condesa: sus miembros jugaban a los ejecutados, con la madre como encargada de dar a su hijo el tiro de gracia.  

En las elecciones de 2012 votaré por que los niños no sean venadeados, ya no por el crimen organizado, como sucedió a la hija de Marisela Escobedo (Chihuahua, 2008), o como a los niños atrapados en el fuego cruzado de los bandos presuntamente contrarios del narcotráfico; en realidad me refiero a la esperanza de que los infantes no sean venadeados por déficit de atención, apatía, desnutrición, abuso y maltrato. Cierro con una nota optimista porque me contagié de la esperanza de los niños que he visto hoy: en ellos veo un futuro promisorio, generaciones mejor preparadas, integradas socialmente, porque, dice Pessoa: Cuando los niños juegan / y les oigo jugar, / un no sé qué en mi alma / empieza a alegrarse.

En México, simulando también se aplaude

Ejercicio 5 10 Comentarios »
 El hombre es el único animal que se apedrea dos veces con el mismo tropiezo. Eduardo Langagne

A la entrada de El Vicio, teatro-bar de la colonia Coyoacán, me recibe un hombre tatuado. Escojo una mesa estratégica, con vista generosa y percibo vagas frases de parejas fresonas que hablan de Mónica Lewinsky.

Pido una chela y espero a que comience la función. Una voz brota de las bocinas, explica que el retraso se debe al embotellamiento provocado por un mitin de muertos: es martes 1 de noviembre. 10 p.m.

Amanda Schmelz (autora, directora y actriz de esta farsa) encarna a Eric Bentley, autor de La vida del drama. Con acento gringo se queja de que le asignaron un cabaret de quinta para dictar su conferencia, en vez del Auditorio Nacional. Las risas son el punto de partida de Ya me cayó el Bentley. El conferencista diserta frente a una proyección imaginaria que da vida a las escenas de la obra.

Un canoso Eric Bentley reflexiona sobre la forma en que la política mexicana usa la terminología teatral en sus discursos. Subraya la importancia de aprender a diferenciar entre la vida del drama y el drama de la vida, para identificar las prácticas mafiosas y las simulaciones de funcionarios y miembros de la Gran Familia Mexicana. Schmelz es precisa incorporando las noticias sobre el estercolero de la corrupción en México. Por ejemplo, los “rollitos de queso” representan el nepotismo y la transa con que se ordeñan casinos en Monterrey, a través de Jonás Larrazábal, hermano del alcalde. Cada chiste hace que la risa del público estalle, tornándose cada vez más estridente. Aparece Gabriela Murray, quien interpreta a un estrambótico y, por momentos, sensual Hanky Rhonky, cuyos encantos y gustos excéntricos seducen al público; cabe recordar que, en 2004, los tijuanenses llevaron a Rhonky a la alcaldía.

Bentley se declara encarbonado (encabronado), lo que incita ataques de risa a cada mención, pues el cochinero de la política es el leitmotiv del encarbonamiento. A continuación, nos obsequia ráfagas noticiosas: dos actrices leen las balas noticias, literalmente, resaltando sus aspectos más kafkianos. B. declara que está harto de la simulation, de las mentiras disfrazadas que maquinan los votos, mediante el uso de un copete bien peinado y cirugías plásticas

Bentley narra su encuentro casual con una agente de la DEA que investiga el caso de la familia Rhonky. Trabaja en la operación Tigre Blanco, un caso prehistórico sin visos a resolverse. El jolgorio irrumpe de nuevo, justo cuando la frase me toma por sorpresa, amordazando mi risa. Me veo en el espejo de mi Tijuas. Recuerdo las joyas verbales con las que Rhonky se autosaboteó durante su campaña: mi animal favorito es la mujer; a mí no me va a temblar la mano para combatir la violencia.

En la entrevista que hace Alela (Gabriela Gallardo), Elvia de Rhonky (Marissa Saavedra) enfatiza que su esposo es una víctima. Alela insiste: ¿Entonces me dices que es un dañado? ¿Un damnificado? Elvia asegura que sí, que las armas fueron sembradas en su domicilio: ¡nunca he visto armas en mi casa, jamás de los jamases, excepto la de mi marido!

Brotan risas estentóreas que me trasladan a la secundaria: 20 de abril de 1988. El profe de música, Héctor Leonel Seeman, entra al salón de clases y, antes de dar los buenos días, comenta encolerizado: ya no se puede vivir en este país, no hay respeto hacia la libertad de expresión. Jóvenes, acaban de matar al Gato Félix. Antonio Vera Palestina, jefe de escoltas de Jorge Hank Rhon, había asesinado al periodista Héctor Félix Miranda.

Aunque las risas aumentan, la carcajada se me voltea, produciéndome un malestar que irá in crescendo a lo largo de la obra. La amnesia de mi Tijuas querida, la que encumbró a Rhonky como alcalde, es una de tantas estocadas que me hieren. Vendrán otras: Rhonky busca la gubernatura del estado de Baja California. La tendrá fácil, sobre todo si viniera acompañada por el regreso del Dinosaurio Tricolor a la presidencia.

La farsa alcanza alturas abominables cuando Rhonky prepara una pócima con ingredientes atípicos: una serpiente, semen de burro, pene de tigre, dedos de novia de mi hijo y atole con el dedo. Elvia afirma, sin rodeos, que su familia es atípica, rasgo que se acomoda a nuestra Gran Familia Mexicana: casta mafiosa donde las esposas solapan los queveres y triquiñuelas de sus maridos, a tal grado que hasta niegan delitos en la plenitud de su flagrancia. La simulation comienza en la base de la nación: en los hogares (si no te enteras, pues qué mejor, canta Saavedra) y, sobre todo, en la incapacidad del ciudadano para indignarse ante los crímenes cometidos por sus amigos, parientes, vecinos, proveedores, colegas, etcétera. Dicha incapacidad, a su vez, arrastra una cola de apatía: ¿cómo creer en el cambio cuando empresarios de Coahuila revelan el teatrito orquestado por Humberto Moreira, exgobernador de dicho estado y actual líder nacional del PRI, y Javier Villareal, responsable de las finanzas en aquel periodo? (Reforma, 30-10-2011).

Rhonky negocia votos vía promesa: Te voy a mandar una perrita bien linda, para que te la cepilles. Las carcajadas han menguado, a pesar del ingenio humorístico. El público se reconoce en el espejo del escenario: animales arreados al servicio de la teatralidad política. Recuérdense los trofeos de caza del Ingeniero: chaleco de pito de burro y su colección de criaturas sin conciencia política. Toda aberración cabe en el Parque Narqueológico del Reino Caliente

He sido burro, caballo, camello, chango y tigre, pero hoy me toca ser toro, profiere Gabriela Gallardo, en alusión a la forma en que la sociedad mexicana es moldeada por el poderoso, mediante la combinación de artillería económica y conexiones políticas.

La relación entre el toro y el ritual sangriento que seguimos perpetuando se esclarece: somos impávidos espectadores de los muertos a nuestros costados, de estelas de sangre que ya no nos conmueven. Hoy, gracias a la labor del narco como vocero de sí mismo, contemplamos la faena en la que el crimen organizado hace las veces de matador.

El lema de campaña que mejor sostienen algunos funcionarios es: nuestra impunidad es nuestro compromiso. Esta frase forma parte del simulacro que los mexicanos hemos ayudado a construir.

El silencio conquista al público de El Vicio: las bocinas susurran los nombres de periodistas asesinados. Las sábanas blancas, al pie de los actores, son tan elocuentes que hasta llega un rumor de ultratumba: la alharaca producida por el mitin de los muertos inconformes. Sólo entonces, truenan los aplausos.

Furia contra la máquina

Ejercicio 6 10 Comentarios »

Flameaba el verano de 1990. Mi pasatiempo era pistear y rolar con los compas, hicieren lo que hicieren, incluso respaldarlos en los pleitos: chingar a otros borrachos felones en algún bar o party.

Vivir en la colonia Altamira de Tijuana siempre fue un riesgo. Desde la primaria disfrutaba ver las batallas campales de los cholos: tremendos encontronazos por defender el territorio, cobrar una afrenta o demostrar superioridad.

En el tercer año de prepa entré al equipo de futbol americano. Jugaba como ala, pero prefería ser un tight end porque había más trancazos que dar y recibir. Me sentía invencible y, como muchos adolescentes de 17 años, llevaba una cachonda relación con mi novia.

Laila y yo andábamos con ganas, pero no teníamos lana para pagar un cuarto. Ya habíamos cogido en su casa, cuando su familia asistió a una boda. Su madre se olió nuestras aventuras domésticas cuando encontró un pañuelo que yo usaba durante los entrenamientos. Ese día mi suegra y cuñados estaban de vacaciones. Ella me había confesado que su padrastro, alcoholizado, intentaba besarla, so pretexto de un cariño filial. Aún así, acordamos una sesión de intercambios carnales en su morada. Si mi suegro quería pedalear mi bicicleta, ¿por qué no habría yo de manchar su Sanctasantórum con algunas gotas de jugo del amor?

Cerdolenón, mi suegro, regentaba el Unicornio, un congal enclavado en el corazón prostiturístico de la Revu. Al parecer, las prostitutas no eran suficientes para aplacar su lascivia.

Eran las 7 de la noche cuando arribé a la colonia Castillo, donde vivía Laila. De inmediato pusimos manos a la obra, pero el coito fue interrumpido por dos fulanos que entraron a la casa. Me escondí en el ropero, pero olieron el sexo en la recámara. Me sacaron de las greñas. Su padre me soltó un par de puñetazos, mientras el otro me torcía el brazo y me jalaba de los pelos. Ya en la calle grité: esto no se quedará así, pinches montoneros.

Reuní a los socios de la Altamira. Mi plan era llegar en bola al Unicornio y sembrar devastación, pero uno de mis compas, el único con sentido común, los convenció de no entrarle. Me enchilé aún más. Si yo les hacía el paro en sus broncas de bares, cómo era posible que no respaldaran mi batalla. La máquina putativa ya era disfuncional, y alguien debía detenerla, así que les solté: no hay pedo, iré solo. Pero el Miau, mi hermano de 15 años, se aferró a acompañarme. Llegamos al congal y le dije: entraré solo, tú todavía estás muy morro. Si tardo más de 10 minutos, háblale a la chota.

Al entrar me recibió el Cerdolenón; no me reconoció al instante, por eso escupí: te dije que esto no se quedaría así. Le receté una patada en el estómago y, cuando apenas se recuperaba, le reventé el hocico. Tres meseros y una prostituta se abalanzaron sobre mí. Caí al suelo y recibí una zapatería cabrona. Hasta la prosti dirigía taconazos a mi cabeza. El Cerdolenón se apiadó: déjenlo, no vale la pena; y obedecieron la orden. Un tipo fornido me aventó a la salida de un patadón. El Miau me esperaba afuera cuando salí sangrando.

Al llegar a casa, mis padres ya estaban enterados. Un vecino les fue con el chisme. Hubo regaños: que no debía tomar la justicia en mis manos, que hice mal en meterme a la casa de Laila, que pude haber acabado en el hospital, etc. 

El Miau, en alguna reunión decembrina, comentó que me vio como un héroe al salir todo madreado del tugurio. Probablemente ya haya cambiado de opinión, pues fue una imprudencia y una derrota más en mi inventario de enfrentamientos. Además, dice Víctor Hugo, nada tan estúpido como vencer; el verdadero triunfo está en convencer, y yo no pude convencer a mis compas, al contrario, uno de ellos había persuadido al resto de evitar una trifulca de dimensiones carcelarias. Pero eso me valía madres, entonces sólo deseaba dirigir toda mi furia contra la máquina putativa.

Él no tiene miedo

Ejercicio 3 6 Comentarios »

Iba al colegio, tenía muchos amigos y jugaba futbol americano. Todo cambió a sus 14 años, cuando se cayó mientras esquiaba; sólo con helicóptero pudieron rescatarlo. Pasó varios meses en coma. Sus primeras vigilias fueron de terror: alucinaciones, sobresaltos, ira. El golpe en el tallo cerebral lo inmovilizó físicamente y trastornó sus emociones. Sólo podía mover ojos y párpados. Fue hasta los 16 años que pudo emitir palabras sueltas, desesperadas, pero no conseguía articular frases enteras.

Hoy tiene 33 años, su cabeza y brazo derecho sufren de ataxia, camina con dificultad, usa silla de ruedas y su privacidad es nula. Las entradas y salidas de las clínicas de rehabilitación conforman el itinerario de su vida. Sin desearlo, se convirtió en el centro de la atención familiar.

Sus antiguos compañeros de prepa, en cierta ocasión, le revelaron que antes era un engreído, pero su memoria sólo registraba a su yo actual. Claudia Servín-Guiot, experta en Psicoterapia Gestalt y su maestra de lectura, ha influido positivamente en su conducta. Asegura que Satur es un ejemplo a seguir, un joven curtido por las asperezas de la vida, conciente de las máscaras y miedos con que enfrentamos las pequeñas tragedias cotidianas.

Satur perdió el miedo desde hace tiempo; tiene seguridad en sí mismo. Claudia opina que está listo para tener una relación de pareja, y reconoce: yo misma aprendí mucho de la madurez de este joven. Satur puede entablar una conversación, pero entrecortada, y esto anula la paciencia de sus interlocutores. Al principio era más difícil: su pensamiento era ágil, pero la función de su cerebro que da la orden de emitir una palabra estaba averiada. Se ha roto el brazo izquierdo innumerables veces por tratar de mejorar su motricidad.

¿Miedo? ¿Cuál? Si Satur ya enfrentó la peor pesadilla de su vida, ¿por qué habría de amedrentarse ante otras eventualidades? El único monstruo a vencer es la soledad. Si sano es difícil tener amigos cuanto más con alguna discapacidad. Alguna vez tuvo novia (el gusto le duró poco más de un año); ella era simpática, una razón más para dejar el miedo y fracturarse el brazo con tal de ir al cine y subir las escaleras sin ayuda, aferrándose a los muros y a cualquier apoyo disponible. Todo con tal de tener privacidad y sentir el contacto físico que otros le niegan. Después vino la ruptura. Fue demasiado obvio para la familia que el patrimonio del joven era el objetivo de la chava.

¿Cuál miedo? Satur no lo siente cuando conversa con alguien en una librería, y hasta está dispuesto a patrocinarle algunos caprichos literarios. ¡Qué importa despilfarrar unos cuantos pesos si se tiene la oportunidad de platicar con alguien y, acaso, acariciar la posibilidad de conseguir un “amigo”!

Claudia subraya que lo más difícil, en estos casos, es lograr que el paciente establezca metas en la vida, o retome las que alguna vez se propuso. Pone como ejemplo a José Villela, estudiante de medicina sobre quien cayó un camión de basura, desde el segundo piso del Periférico. Tengo los mismos sueños que antes del accidente, dice Villela, y aunque no podrá ser cirujano, ahora se especializa en este tipo de discapacidad, desde la psiquiatría.

Cero miedo. Cero vergüenza. Satur se ha desnudado frente a conocidos y desconocidos infinidad de veces. Se despoja de su ropa en el Club España para acceder a la alberca, pero pronto es señalado porque ha perdido peso gracias a una dieta rigurosa. Su piel no está en su debido lugar, aún requiere terapias para fortalecer sus músculos. Algún miembro del club, ciudadano ejemplar, exclama: ¡¿Ahora van a permitir la entrada a personas así?!

La discriminación no es noticia para Satur: el taxista no se detiene cuando solicita el aventón. Puede subir al coche, pero no doblar la silla de ruedas y meterla en la cajuela. Los grandes ausentes en México son la comprensión cabal y la amplia difusión de una cultura de la discapacidad. Cada diciembre el país presume la meta alcanzada por el Teletón, sin embargo, el verdadero reto es aprender a respetar a las personas con discapacidad. Dirigirnos a ellas como iguales y no bloquear las rampas para sillas de ruedas es sólo el principio. Tampoco existen lugares de reunión para estas personas, es decir, para quienes no padecen síndrome de Down, ni de Asperger, ni tienen discapacidad psíquica o intelectual.    

Satur desea experimentar viajes y satisfacciones profesionales, construir una vida amorosa y plena, y aunque tiene una buena posición económica, no puede comprar su estabilidad emocional: hace un año sufrió una crisis nerviosa, cuando su padre salió de vacaciones por un mes. Reconoció, de pronto, que si algo le pasaba, él ya no tendría apoyo, ni cuidador, ni otras comodidades.

En México, resulta imposible imaginar a personas como Satur sin financiamiento, me pregunto si también podrán dar la misma calidad de pelea que ha dado Satur. Me pregunto si también aprenderán a perder el miedo.

Escenas de amor etílico

Ejercicio 4 8 Comentarios »

Refrescante, como una chela escarchada, se abre la noche del Centro Histórico: es martes, el centro luce más amable, libre de masas de peatones abarrotando sus aceras. A la mitad de la cuadra, sobre Allende, en el fuego cruzado de República de Cuba y Belisario Domínguez, están Los jarritos. Guiado por un cartel que presume intolerancia hacia la discriminación, y por la promesa de ver meseras en minifalda, penetro en el bar y mis ojos, heridos por el esmalte amarillo-chillón que cubre sus muros, se desvían hacia todas partes. Al final enfocan una mesa ocupada por una pareja gay. Sandra, una de las meseras, los trata bien y se tutea con ellos porque sí dejan propina.

 Me acomodo en una mesa de la planta baja. La primera chela cae en mis manos. La rocola anda ensimismada, no así la pasión: dos españoles se besan en un rincón, un par de gringos cruzan el bar tomados de la mano, dos chavos fresas escanean a las colegialas que beben a un costado de la barra. La orgía se desdobla en mi imaginación: uno de los gays manosea a uno de los chavos fresa, las colegialas se enredan con los gringos y los españoles se trenzan con el resto de los solitarios en una terapia grupal. El arribo de la segunda chela me devuelve a la realidad: en el club de los deseos nada queda satisfecho, sus miembros buscan sexo fuera de casa y Los jarritos es un buen lugar para ello, sordero, mal iluminado y con utilería sórdida, como lo son los chiles y muñecos de sexo indistinto que cuelgan de su techo. Aventarse una cana al aire es un ritual que persiste en el ideario del macho mexicano, al igual que la noción de la casa chica.

 En la mesa contigua un hombre y una mujer discuten, alzan la voz y, cada vez que la rocola da un vuelco musical, voltean hacia la bocina. Al reconocer la rolita programada bromean unos segundos, y enseguida vuelven a los gritos. La canción, en voz de Yolanda del Río, parece invocar el dramático final de esta pareja iracunda:

Una copa con vino y veneno, / por error criminal del destino, / con los ojos vendados bebieron, / dos que siempre se dieron cariño, / sólo así encontrarían el remedio, / que les diera la paz y el olvido.

 De repente la mujer ase a su interlocutor por el cabello y, cuando apenas comienzo a presagiar los trancazos, lo atrae hacia sí y se enredan en un largo beso, un lance sadomasoquista que borra la tensión. Viven lo mismo que el resto de los parroquianos: por las noches de sus cerebros corren ríos de cerveza apasionada.