/

leha
»Ir a la página principal



Fuego lento

Ejercicio 11, Repentina 3 Comentarios »

Hay que trasladarse al caluroso octubre del año 2007, junto a un muchacho gris que vende cubiletes de elote y pay de queso en los polvorientos boulevares de Tijuana. Debe decirse que una canasta circular de mimbre cuelga de su brazo y que el celofán que envuelve los pasteles se cubrió de una película terrosa.

Hay que saber que incendios forestales consumían San Diego y que el Noticiero Telemundo reportaba cada hora los estragos de las llamas, debe decirse que la televisora yanqui espantó a las amas de casa y que los supermercados hicieron con la venta de despensas una rápida fortuna. Conviene situarse frente al Calimax Mariano Matamoros, que engulle gente con dinero para vomitar multitudes cargadas con bolsas de plástico amarillas. Hay que saber que Tijuana nunca ardió.

Debe centrarse la mirada en otro fuego, en la clara voz que repite de memoria el Capítulo Siete de Rayuela. La Maga y Oliveira en un encuentro imprescindible: Toco tu boca, con un dedo toco el borde de tu boca…

En una calle sin pavimento, en una estética canina, entre dos amigos de las letras; debe aclararse que el breve recital no es para una dama, sino para el vendedor que vino de visita, aburrido de ofrecer y competir con los sudados pingüinos de Bon Ice.

­­—Escucha —dijo el concentrado dueño del local.

Sin saberlo, la lectura comenzaba. La luz anaranjada, la canasta y las cenizas de la calle quedarán guardadas para esta oscura noche en 2011.

Porque es inmediata su atención de púber, la franca intriga de sus pupilas habituadas a traducciones de Nietzsche y Hermann Hesse. Quien lee cierra los ojos para introducir sin equívoco los silencios y las comas. Por primera vez, Paco le habla de Rayuela:

—Es de Cortázar, no es un poema aunque parece. Te va a gustar.

 

¿Y quién iba a decirle que ese pronóstico era una condena?

Podemos seguirlo hasta la biblioteca de su escuela y encontrar con sus manos, entre los estantes amarillos, la edición negra de Alfaguara. Podemos esperar en la recepción para verlo resellar el mismo libro cada lunes. Acudiremos al desgaste de las pastas y a la tarde en que sus padres hornean galletas con cacao y con silencio, mientras con cinta de aislar se cura una solapa destruida.

Habría que salir con él cuando lo expulsaron de la clase de Literatura de la prepa. Habría que ver la expresión de Carmen Meraza, que no toleró otro libro en su curso dedicado a un best seller brasileño.

O quizá devolvernos a esta noche, a su habitación de falso estudiante de la UNAM, para ver la bodega en la que vive: los bultos de harina, galones de aceite, los costales de ajonjolí y cajas de mantequilla y levadura. Quizá explicar que en la Facultad se siente infinitamente más cercano a Cortázar que a Platón y que tal vez por eso no está inscrito en su tercer —filosófico— semestre.

Y tenemos que apuntar la expresión de un tío del curtido vendedor que está escribiendo:

—Qué desperdicio de talento. ¡Mejor ponte a vender, carajo!

 

Podemos ver su ropa colgada en un palo de escoba improvisado en una esquina, comprobar que la única chamarra que hay está impregnada del profundo olor a humo de las donas que se fríen todas las tardes. Y nos mentiría al decir que piensa en que el miércoles se pondrá esa prenda, porque lo que recordó fue el rancio abrigo que Oliveira trae en el Capítulo 23, cuando llora viendo al cielo.

Podemos contar eso, sin que en verdad seamos testigos de las súbitas ganas de leer, sin que comprendamos la efervescencia de las manos que una vez más hojean buscando el Capítulo Siete de Rayuela, atizando un fuego del que nunca hubo registro pero que no se ha consumido; como sí pasó con los feroces incendios que arrasaron California.

 

leha

 

Ministerio Público MS-2: de noche

Ejercicio 9, Sin categoría 3 Comentarios »

La explanada de la Delegación Magdalena Contreras se vacío de los estudiantes con tambores de la Secundaria #27 y el eco de la banda de guerra que ensayó de ocho y media a nueve aún resuena en los oídos de la oficial nocturna que tararea con ritmo moderado.

La agente no tiene más de veinticinco años y a esta zona tranquila la mandaron por castigo, no como recompensa.

—Aquí no pasa nada, a veces un poco de acción en las quincenas. Lo que pasa es que no le solté el cuerpo a un superior y se desquitó mandándome aquí a finales de septiembre.

El turno de la noche: de seis a seis. Las oficinas del Ministerio Público MS-2 se encuentran a un costado del parque de la explanada delegacional, débiles faroles iluminan la plaza abandonada y unos pocos autos pasan lentamente junto a la estación.

La soledad empieza a rellenar las calles, la señora que vende dulces en el kiosco entra saludando con naturalidad y abre el baño que ya conoce; se despide diciendo hasta mañana y deja pasar una ráfaga de aire antes de cerrar. Sus pesadas bolsas negras chocan con la puerta transparente.

Un hombre, a las doce de la noche, titubea un poco antes de entrar. Empuja la puerta de cristal y pasa junto a tres muchachos sentados en bancas de plástico dedicadas a la espera. Sonriendo con calma llega al largo mueble de la recepción y pregunta si aquí puede hacer una denuncia.

—Buenas noches, ¿Qué quiere denunciar? —dice la oficial.

—Robo a casa habitación.

—En qué colonia —pregunta ella.

—San Nicolás Totoloapan. De hecho ya fue una patrulla pero me mandaron aquí a levantar el acta.

— ¿Recuerda el número de la patrulla?

—No, la manejaba un poli de bigote, creo.

— ¿De bigote? ¿No era uno de una nariz… fea?

El hombre llamó por celular a su hermana y preguntó por el aspecto del policía que llegó en la tarde, a las seis. Le dijeron que sí era un hombre con nariz fea, como mordida.

—Sí, sí es él —dijo la policía—. Pero no tiene bigote.

—Ah.

Los jóvenes aguardan por solidaridad a que un amigo salga. Tras una breve discusión decidieron que esperar seis horas por un ladrón, y con ese frío, no valía la pena. Según la pantalla colgante de la recepción faltan casi ocho horas para que lo liberen. Una pareja de policías lo agarró después de que golpeó  en la cara a una vieja que defendía su bolsa en la colonia Pedregal.

El hombre de la denuncia se retira después de una hora tras haber llenado formularios sobre el estado de su casa y de sus bienes. Se va en un auto de modelo reciente. Dijo que los cerrojos no estaban violados, habló de la empleada de limpieza que se queda en las mañanas y que tiene llaves propias.

La oficial es la única uniformada en la agencia y su corto cabello café refleja la luz amarilla del lugar. De mirada alegre, firme, observa entretenida la pantalla plana de la computadora que transmite la tercera parte del capítulo 15 de la serie Ranma ½. Ver la caricatura la mantiene despierta porque el otro método para no dormirse es comerse lo que trae: un flan Danette, melón picado y una paleta de manzana que se asoma con su envoltura blanca entre papeles y libretas.

La botella de agua Bonafont sobre el mueble distorsiona una pila de folders amarillos y la gorra azul de visera negra cubre el celular que de vez en cuando se ilumina cuando un mensaje llega. El interior del mueble de recepción tiene más aire que cosas, cosas de ella y del ministerio público, necesarias todas para contribuir a este silencio de las dos de la mañana.

—Oficial —dice un funcionario de traje café.

—Mande —contesta ella pausando con un click el reproductor de YouTube.

— ¿La calle Nacosari en qué colonia queda? Está atrás, por así decirlo, de los antiguos baños de La Cruz.

—No sé. Es san Jerónimo Aculco… No, ¿no es Héroes de Padierna? —dice, mientras se para.

Se levanta de la silla de colchonetas verdes y camina con el pulgar derecho clavado en la cintura; los otros cuatro dedos rozan la funda negra que guarda un revolver. Hablan ahora los tres encargados de la agencia —la oficial, el burócrata y un médico de ropa casual que no vuelve a salir de su oficina— y concuerdan en que no saben en qué colonia está la calle Nacosari. Mañana le preguntarán al licenciado Lugo. Si está dentro de su jurisdicción tendrán que hacer el papeleo, de un asalto al parecer.

La oficina al fondo tiene mucho de región en donde un torbellino hizo destrozos, hay restos de papeles arrancados de las paredes y carteles añejos de orillas amarillas que hablan del respeto a los derechos judiciales, de los valores de familia y de cuidar el agua. Otras dos computadoras negras están prendidas aunque no se ocupan y las impresoras de fotografías y documentos concuerdan perfectamente con las anacrónicas paredes: son de un plástico amarillo como el de monitores viejos.

La oficial Vargas regresa y antes de sentarse se quita el chaleco antibalas que en lugar de conservar calor permite que se filtre el frío porque le queda un poco grande; se pone una chamarra azul con abundantes sierres en el frente, y encima de todo el chaleco que, según dice, es más delgado y ligero que el que tenía dos meses antes.

—No creo que este chaleco aguante un tiro. Pero de todos modos lo traigo puesto por si pasa algo. Si no, la Secretaría no se haría cargo, dirían que no portaba el uniforme.

Un zumbido enturbia el silencio; es el refrigerador que muestra tras su vidrio comercial sólo envases de líquidos distintos: jugos de mango y de guayaba, refrescos de marca libre y botellas de agua simple. Dos plantas crecen imperceptiblemente en sus macetas rojas, un bote gris con las flechas triangulares del reciclaje espera quieto frente a otro bote verde sin un solo gramo de basura orgánica.

En el techo, lámparas blancas pueden verse porque el plástico que las cubría y que torna la luz amarillenta está roto o ya no existe. Por las paredes bajan tubos y cables como enredaderas deshojadas. Un ventilador saca el aire de la oficina del Oficial Secretario; la pantalla enorme y las computadoras mantienen cálido el ambiente.

Hace rato que en la calle no transita un solo carro. El último fue una patrulla que pasó pitando a las tres treinta. La oficial Vargas volteó quitando la atención por unos segundos del radio que no ha parado de comunicar las novedades del sector: en el área de San Jerónimo acaba de ocurrir un robo de vehículo que se comunica como un “X5 de Z6”.

Hacia las siete de la mañana no hay otra novedad. Vargas reportó a las cuatro que la pila de su radio estaba por agotarse, dejó el aparato en una silla y durmió sentada con los nervios tensos: si la sorprendieran con la guardia baja ganaría un arresto de 24 horas. Por eso sus dedos se movían mecánicamente y con el ruido de la patrulla abrió los ojos somnolientos como tantas veces en la noche.

El funcionario durmió sentado tras su escritorio y el doctor infló un colchón en su oficina con ventanales que permiten verlo. A las siete y cuarto llega el policía motorizado que la oficial llamó por celular. El aventón hasta su casa en Iztapalapa es por seguridad.

—Ya ves, la gente no nos quiere mucho.

 

leha

 

Zona Federal

Ejercicio 10 1 Comentario »

Visto desde el puente peatonal, el Centro de Mando de la Policía Federal es imponente. Atrás queda la tienda ISSSTE con su esqueleto de ballena hueca y sus baratas marcas de comida y ropa, las bodegas de calzado de Price Shoes recuerdan en su espectacular azul que son las más grandes del mundo y los cadetes que bajan del camión para cruzar el periférico ignoran los puestos de jugos y tamales porque son las ocho de la mañana y el pase de lista comenzó.

El Centro de Mando en Iztapalapa se dibuja al paso de un camión RTP: una torre de vigilancia deja ver el cielo tras sus opacos vidrios, lámparas de cuatro brazos pueblan un llano que parece dejado al abandono de autos y patrullas empolvadas, edificios de moderna arquitectura se levantan entre curvas laterales y bases de pirámides inversas, torres de comunicación y antenas apuntan a las nubes por distintos flancos; todo detrás de un muro negro. El camión cruza bajo el puente, no recoge a nadie en la parada y deja tras de sí la tanqueta de la que se asoma a cada tanto un encapuchado con un rifle.

Un boquete en el muro, un gran boquete: las entradas. Al pie de la torre la banqueta empieza a transformarse, rejas blancas sustituyen la barda pétrea y los edificios pueden verse, breves colinas de pasto amarillo contrastan con las paredes grises, un auto deportivo rojo en medio de las patrullas da otro poco de color al interior y el muro negro se extiende hasta las torres de alta tensión que truncan indiferentes el paisaje. Afuera el humo de los camiones que van al Metro Constitución se mezcla con el ruido de las motos y los Volkswagen que abundan en colores óxido y pastel. Anidando bajo el puente, en el camellón, hay motocicletas toscas y brillantes junto a los juegos infantiles sin un niño.

Las cadenas de los columpios rectas por la gravedad, los toboganes inútilmente firmes y la patrulla de hojalata a escala parecen estatuas de los verdaderos juegos, parecen estar soldados en su sitio como un recuerdo de lo que alguna vez pudo hacerse con artefactos similares. Es más real el azul edificio miniatura que se encuentra al otro lado de la calle, tras las rejas.

El cubo alargado vigila con su ciego ojo de siete puntas. La blanca estrella de sheriff mira al interior aunque está adentro; tres ventanas y algunas lámparas en sus paredes decoran el enorme ladrillo azul. Lo acompañan en su quietud, a lo ancho del complejo, extensas lonas blancas, algunos árboles y cubos grises con más escudos federales, la cola de un avión en tierra que se pierde entre camiones, maquinas de construcción que trabajan justo atrás del muro. Tráileres se reflejan en los vidrios de los edificios de fachada circular en una plaza; la bandera mexicana vive quieta en la explanada; calla mientras sus tres tonos presencian el trajín de las camionetas azules cargadas de hombres con chalecos y metrallas.

 

Entrar es pasar junto al bolero que lustra los zapatos de un muchacho de camisa blanca y traje, es andar junto a tantos otros con la misma vestimenta y topar a un comerciante que lleva cargando muñecos de acción de medio metro: copia exacta de los de tamaño real que vigilan bajo sus cascos y sus lentes oscuros, sus pasamontañas, botas, chaleco antibalas y arma larga. Entrar es mostrar la IFE y anotar donde te señalan la hora, el nombre y los motivos. Es pasar por el detector de metales y caminar para verte rodeado de uniformes y armamento.

Nueve y media. La plaza se despejó, el reporte de novedades y faltistas deja saldos favorables: nulo y bajo. Un oficial de rango superior adiestra a administrativos en el montaje y desmontaje de armas para que luego escuálidos brazos traten de imitar los movimientos veloces y precisos del combate. Un rifle apoya su delgado cañón en un tripie que ya no tiembla y en otra mesa los metales de una vieja escopeta sin cartuchos producen el sonido que silencia las voces y llama a los elogios; la joven que armó el arma lanza una mirada feliz a todas partes y la bandera sobre su cabeza no se mueve.

Del edificio administrativo salen grupos de dos o tres encapuchados que pasan entre las mesas donde se repiten cada día las maniobras básicas del manejo de pistolas; un convoy de tres patrullas rodea lentamente la plazuela circular. La zona de vehículos refleja el calor, el sol de las diez de la mañana vuelve temblorosos los toldos azules de las camionetas, las paneles blancas parecen no sufrir el clima porque reflejan toda la luz sobre los camiones ochenteros que transportan novatos a los estados conflictivos o a un evento deportivo nacional.

La mayor concentración de gente está en la cancha, una cancha empastada con porterías móviles y su propia pista de atletismo. Un grupo mueve cada músculo al grito de su comandante, sobre el pasto algunos hacen sentadillas, otros corren levantando las rodillas hasta el pecho, sobre la pista dura y roja veinte trajeados son atormentados por sus tutores y las lagartijas no son el fuerte de las damas. Sólo al llegar a las gradas buscas por inercia en los bolsillos: la credencial, carajo, la dejaste. En ese momento un grupo cruza el pasto cargando con pesadas mochilas negras, sin que puedan verse sus manos o sus caras gracias a los guantes y a los cascos de color petróleo.

Los asientos techados se alzan a cada lado de la cancha. Los aspirantes a puestos administrativos están en un costado y los que buscan ingresar a las filas de las Fuerzas Federales esperan en el otro; los primeros tienen grado escolar mínimo de licenciatura y los segundos bachiller. Todos buscan ganar un sueldo que ronde los diez mil pesos mensuales.

Los licenciados traen pequeñas frazadas para sentarse a gusto en los fríos escalones de concreto, los celulares vibran y resuenan a cada tanto mientras sus dueños envían mensajes que escriben con dos pulgares concentrados, algunos pocos se recuestan para evadir el aire helado de la sombra. El ruido de las bolsas de Snickers y de chocolates se pierde en el silbido del aerógrafo del obrero civil que pinta los tubos de las gradas, mientras, tres mujeres se maquillan y vuelven a meter sus accesorios a una sola bolsa Tous de imitación.

Los que esperan entrar a las Fuerzas Federales observan ordenados en sus asientos, sus playeras blancas resaltan la inmóvil piel dorada y el pelo corto y negro. Dos hombres uniformados sin insignias les gritan mientras caminan en círculos en los pasillos, los aspirantes contestan de vez en cuando con una voz enorme: ¡Entendido, Señor!

En la pista algunas mujeres hacen ejercicio y hay una que trota sin parar desde hace rato, sin aflojar el paso avanza bajo su gorra blanca que se hace más oscura; el sudor también se pinta en la parte trasera de su pants y la mancha negra que va desde su espalda gana espacio a cada vuelta. Ignora a los cadetes que cumplen con castigos a su lado, corriendo en zapatos porque sus abdominales no fueron convincentes.

Parece un lujoso centro deportivo, un patio de recreo que viene del futuro: la red de un cubo de frontón se alza tras el campo y las canchas de básquetbol y fútbol rápido se encuentran lejos, mucho más lejos que el hangar donde seis helicópteros esperan ruta. Antes de las diez treinta salen dos de ellos. Los que se ejercitan apenas voltean a ver cómo la hélice pequeña comienza a semejar un disco quieto, las aspas de la más grande dejan de colgar para ser espadas rectas que intimidan a un ayudante de chaleco anaranjado que se agacha para alejarse del despegue aunque el batir descomunal se encuentre a metro y medio sobre él.

El espacio bajo las gradas no se desperdicia y hay una cafetería y un banco de logotipo rojo y blanco. La tienda surte a los uniformados que entran o se agolpan en la barra para pedir tacos, sándwiches o quesadillas; con sus pasos suenan los tubos de gas que llevan colgando y las pistolas, las navajas enfundadas y las botas, las rodilleras y cartuchos que chocan al compás de carcajadas. Casi ninguno lleva casco.

—Aquí es tranquilo —dice un hombre canoso que pide un taco de bistec­ —, allá afuera hay que salir a matar o a que te maten.

Nadie hace mucho caso a la conversación con la señora de los tacos porque todos acaban de llegar y tienen hambre y adrenalina coagulada.

La obra de un hospital en construcción distrae de las cajas de tráiler con la cruz habitual de los servicios médicos. Carros más pequeños cargan con el equipo de Inspección de Rayos X para las carreteras y una camioneta de valores llega al banco, los escoltas lucen relajados y sus trajes cafés desafinan con las corazas andantes que los absorben sin mirarlos.

La bandera ondea con el viento de las once, las mesas de adiestramiento de la plaza ya se han ido y de las barracas vienen personas vestidas de civil, pasan frente al edificio administrativo y algunos se sonríen. Otros platican.

—Vengo de Juárez y la próxima semana me toca Michoacán.

— ¿Cómo te fue en el cantonazo?

—Mira lo gordo que te ha puesto el alcohol. Ponte a correr porque habrá promoción en unos meses. ¿Ya supieron algo de Martínez?

Una placa de mármol recuerda a los caídos: unas cuantas hileras de apellidos y de nombres junto al mástil de la colosal bandera que otra vez se queda quieta. Suena cercano el murmullo de la calle y por las rendijas pueden verse autos veloces y hasta gente.

 

Salir es ir contra el alboroto de la entrada, caminar junto a foráneos Federales que llegan a la ciudad tras días de fuego en un estado, cruzar las rejas blancas que parten la caseta de vigilancia y ver de nuevo la tanqueta y su vigía apuntando. Es pedir tu credencial y que la nueva recepcionista busque entre las otras hasta que alguien se la alcance desde el fondo de una ventanilla reflejante. Es caminar con una mirada y una mira sobre tu nuca y olvidarlas al ver de nuevo el tráfico de autos que echan humo, es recibir con agrado al bolero que lustra otros zapatos y a las figuras de acción que inofensivamente apuntan a los carros.

Al otro lado del puente los puestos de comida ya están llenos, abastecen a los hambrientos con tlacoyos de haba y gorditas de chicharrón tostadas en un comal quemado. Los juegos todavía no tienen niños, hay policías locales llenando formularios en las mesas infantiles y el factor común vuelve a ser el ruido de las bocinas de los autos. Los periódicos llegaron y la noticia que desde ayer circula acompaña la fotografía de dos hombres de corbatas amarillas: Obrador ganó a Ebrard tres de cinco en las encuestas.

Y cuando crees que todo ha terminado, cuando subes al camión repleto que va al Metro Constitución y señoras de cabello oxigenado te clavan sus bolsas de plástico con cajas de zapatos de Price Shoes; cuando al fin te acomodas junto a una ventanilla y rebasas la torre del ojo de siete picos te parece interminable la barda negra en que se lee ZONA FEDERAL una y otra vez en letras grandes. Cuando crees que tiene un límite ese muro, cuando las torres de electricidad se amontonan en la siguiente calle e imaginas que verás las casas de Iztapalapa con sus deportivos grafiteados y sus rejas, cuando más quieres alejarte, se atraviesan esas enanas construcciones de lámina y madera que se mueven con el viento porque el sol de medio día vuelve chicloso su techo de plástico rosado. Y es inevitable ver al viejo que se arrastra con su ligera carga de harapos en la espalda. Y cuanto más te quieres ir parece más nítida la imagen de la niña de trece años que lleva en su carreola de juguete a un niño de verdad.

 

leha

 

Eso no era acoso

Ejercicio 7 8 Comentarios »

Si sobre él iba a escribir, quería escucharlo.

Con vagas indicaciones tracé a mi hermana el camino para llegar a la vecindad donde vivía. Le dije que fuera hasta la tlapalería Mara, sobre Las Torres, y que en la siguiente calle buscara una tiendita junto a un teléfono de monedas.

Más tarde, me comunicó que el aparato estaba arrancado del suelo pero que halló el lugar. Aunque le mencioné el nombre de Enrique, dijo que le dio vergüenza llamar a un desconocido. Por eso le dejó mi teléfono a la vieja tendera, para que entregara la nota con mi nombre al quizá esfumado inquilino Sánchez. Quise gritarle.

Enojado, pensaba en narrar la historia de algún primo. Hasta que esa misma noche me llamó.

La clave de Tijuana (664) lucía en la pantalla verde y contesté. Habló aquél que se pasaba la humillación de un solo trago. Dejé que preguntara por mí y sólo cuando corté, después de veinte minutos, comparé su voz: se volvió pausada y de acento indefinido.

Enrique se sentaba en la primera fila del salón; junto a la puerta y delante del maestro. Quería impedir los zapes y los lápices como clavos en su espalda. Sin voltear, salía en cuanto sonaba el timbre. Inclinado apenas, tomaba apuntes con recelo. Con su cuello tenso y la mirada inquieta, evitaba en lo posible puntos ciegos.

 

Entramos a esa escuela en tercer grado. Aunque oficialmente se encuentra sobre “Av. Las Torres s/n. Fraccionamiento Villa Fontana”, la Secundaria Técnica # 39 está en un extremo de Las Torres, boulevard que es columna vertebral compartida del El Pípila y el Mariano Matamoros. Colonias populares y no, como Villa Fontana, maquetas propiedad de inmobiliarias.

Cuando llegué, a finales de noviembre de 2005, me dijo que desde agosto había aguantado la carrilla. Habló como dudando la palabra y noté que no la había pronunciado anteriormente. Con su madre no lo haría, lo supe después, para no preocuparla. Vinieron solos y no quería darle problemas. Antes de mí, no tenía amigos en la calle ni en la escuela.

A ambos nos llevaron al norte a buscar mejores vidas. Entré al salón, presentado con mi nombre por una secretaria, y no lo noté aunque su banca, excluida del motón, tapaba el paso. Las miradas me siguieron. Aún callados, nuestra piel morena reflejaba un parentesco.

Éramos chilangos, pero uno más que el otro. Yo era de Contreras y él de Azcapo, exactamente de Vallejo. Entendíamos chido, naco y rifado; y él no soportaba escuchar el verbo mirar en sus múltiples conjugaciones, en vez de que dijeran observar o ver.

Sabíamos que los esquites no llevan mantequilla y que no son un elote en vaso; que la goma es para borrar y en ningún modo pegamento; que tape es diurex en inglés y que los mesabancos son pupitres.

Reía de las palabras que una ignorancia provinciana hacía decir. Cuando el profesor de historia dijo “valga la rebundancia” en una ponencia ante la clase, se exasperó en su silla hasta ponerse rojo. Aparte de mí, nadie comprendió su cólera y su risa.

Ya era blanco de bromas pesadas cuando yo llegué. Burlón hasta la madre, su sarcasmo se transformó en irónicas miradas. Hijos del DF. A mí se me notaba, pero en él era evidente. Sin decir que era chilango, lo supieron. Verdaderos gandayas: más que bullys, eran cholos.

 

Antes de irme a esa ciudad, un tío me advirtió sobre contar mi origen:

—No sé ahora, pero antes hacían patria. Y la hacían en serio —me dijo, con la mirada firme—: te mataban.

Tal vez a Enrique nadie le avisó, o simplemente no quiso disimularlo. Su modo de hablar “cantadito”, como dicen allá, lo delató desde el principio. Un orgullo de su raza y de su barrio le impidió pedir la tregua. La sangre brava de sus venas no entibiaba; así que lo fusilaron lentamente.

En Vallejo, Enrique era un galán, un gallito. En Tijuana lo frenaron.

Sus pelos parados con gel no entonaron con los rasurados cráneos de los otros. La pulsera de blancas tenacillas de cangrejo no era competencia para las esclavas de bisutería en los puños. El perfecto dobladillo de su pantalón no atraía a las jainas que buscaban el amarre en los tobillos. Su espalda recta no cuadraba con la joroba orgullosa de los batos.

Jaina es Honey, honey es miel, cariño. Eran sus novias. Una de ellas sólo fue el pretexto.

 

Haz patria, mata un chilango. Los muchachos conocían la frase, pero era sólo un suvenir de la consigna de los mayores contra las oleadas de defeños en su tierra. Les contaron que los chilangos huyeron de la violencia en el DF, la contaminación y el terremoto del 85.

Los primeros tijuanenses llegaron de otros lados, pero eran de regiones que compartían en gran medida la piel blanca y las costumbres. La doctrina de los Monroe fronterizos: Tijuana para los norteños.

Había otros nuevos en el grupo: Brenda (de Jalisco), Lizet (de Nayarit) y Tadeo (de Sinaloa). Habían visitado antes la ciudad y conocían bien la jerga cotidiana. Su acento era bastante común entre la gente.

En ese entonces le dije a Enrique que fuera a Prefectura o Dirección para que lo ayudaran. Ingenuamente se lo sugerí. En esas oficinas era también El Chilanguito. Y no sólo lo conocían porque se burlaba de los profesores, sino desde que llegó.

—Cuando me inscribieron —me reveló una tarde—, todos se enteraron.

Pensé que era paranoico, hasta que una vez lo acompañé a comprar comida.

Teníamos que pasar por Prefectura; ese año el turno vespertino implementó los cambios de salón cada dos horas. Sentados en pupitres anaranjados sin paleta, había dos pelones de segundo como centinelas. Platicaban con los prefectos entre risas y ademanes, y lo señalaron hasta que entramos a la tienda.

El hermano del director Clemente Alvarado Salazar es dueño de Uniformes Paty On, en la plaza Cucapah, y vende aún toda la ropa a los inscritos.

El uniforme de deportes de los de segundo era negro con dos franjas verticales: amarilla y roja. Lo usaban diario. Los de primero vestían guinda, como empleados de maquiladora, y los de tercero íbamos de color azul petróleo.

Los de segundo parecían malditos. No supe si fue azar o cada año era lo mismo; pero los de segundo grado eran los más malditos de la escuela.

 

Aliados con El Pollo, el cabecilla del salón, los de negro asediaban a Enrique en los recesos. Lo seguían por la escuela y sus únicos refugios eran las multitudes y los baños. Estaba con él cuando lo vieron mirando las piernas bajo una minifalda guinda. Era inevitable verlas, todos lo hacían, pero a él no se lo pasaron. Era una jaina de Gaspar.

El tipo era una bestia de hombros anchos. De cabeza cuadrada, naturalmente sus cejas no crecían. Su nombre en letras inclinadas resplandecía en cada rincón de la escuela y las colonias aledañas. Tenía casi veinte años y era líder de los cholos de la secu y de la calle.

Tras las vacaciones de invierno, Enrique no volvió a la escuela. Acabo de enterarme que no la terminó y que hoy maneja una calafia.

— ¿Recuerdas que eras víctima de acoso escolar? —le mencioné, introduciendo el eufemismo en un silencio.

— No mames —dijo, recuperando un poco de su acento—. A mí esos culeros me rompieron tres costillas.

 

leha

Precauciones de la abuela

Ejercicio 8 1 Comentario »

— ¡Con cuidado! —exclamó la señora, levantándose un poco de la banca.

— ¿Es su nieta? —pregunté, escuchando la captura.

—Sí, ella y el otro grandecito que está subiendo la escalera.

La niña de coletas salió del tobogán y puso los pies firmes en la grava. Sentada aún, un niño de uniforme blanco le clavó sus zapatos en la espalda. Se conocían, pero ella corrió en seguida hacia la abuela.

—No te preocupes abuelita —dijo agitada—. Yo soy fuerte y no me duele. ¡Vas a ver, Toño! —gritó volteando­, olvidándose al instante de la anciana.

 

Corrió disparada para subir con su hermano al puente cima. El juego es de madera y plástico amarillo, muy similar a los que pueden encontrarse en restaurantes de comida rápida; pero sin alberca de pelotas ni caricaturas de pollos gordos o payasos carablanca.

A diez minutos de Six Flags, es preferible ir a los juegos de la calle Chicoasén; los mejor conservados de la zona. A media quincena no hay mucho dinero qué gastar.

Una joven pareja aguardaba junto a la resbaladilla que nacía de la estructura. No tenían más de veinte años. Cruzados de brazos, vigilaban al niño más pequeño; lo subieron a la plataforma donde los demás corrían. Llevaba sentado unos minutos y esperaban que perdiera el miedo de bajar.

Dos niños de suéter rojo conversaban con la misma voz engreída. Uno estaba metido en un cubo de madera comunicado al tobogán, y el otro se estiraba para poder subir. Por el par de enormes mochilas idénticas, supe que venían con el cuarentón de bermuda y sandalias que estaba sentado en una banca.

Cuando llegué improvisé algunas tomas lejanas. Para conversar, me senté con la señora de chal negro y pelo gris. Recargando la cámara digital en mi rodilla, tomé la quinta foto al comenzar la plática.

 

— ¿Los dos van a la primaria? —le pregunté, un poco más confiado.

— No, joven —dijo, después de una pausa que me incomodó—. El mayor pasó a segundo grado, pero la nena está en el kínder.

— ¿Y el otro? —añadí con interés.

—Viene con nosotros, es un amiguito de la escuela.

Sentí la cortedad de sus respuestas. Por su edad, el bruto Toño sólo podía ser compañero de la niña.

El cielo gris se revolvía sin truenos y un camión de basura pasó lentamente por la calle, llevando por ley, su apestosa carga orgánica.

Los comerciantes montaban sus puestos de elotes y hamburguesas en el retorno vehicular que nos rodeaba. Desde las cinco se preparan para hipnotizar a los trabajadores que vienen desde la avenida Tizimín; antes de llegar a casa deben rechazar el penetrante olor a tacos de suadero.

Como la anciana no habló más, me paré exagerando un suspiro de cansancio y tomé una foto cuando uno de los gemelos bajaba de panza por el tobogán.

Sin voltear a verla, caminé rodeando el armatoste para conocer la parte que escapaba de mi vista. No me perdía de mucho: una escalera de lazos trenzados, una resbaladilla más pequeña y otro corto cilindro privado de curvas.

Anduve por la cinta de neumáticos cortados que se hundían a cada paso que daba sobre ellos. Como camuflaje para esta crónica, llevaba mi playera de superhéroes Marvel. Me dije que las llantas enterradas no eran uno de los juegos prohibidos para los niños mayores de diez años, según el aviso de un letrero blanco. Ya ni soy niño, razoné.

Tomé otra foto con la cámara perdida en el balanceo de mi brazo izquierdo. Quise disimular para no intervenir en las risas de los cinco niños que ahora competían por el mayor número de bajadas en esa curva de gusano retorcido.

 

Volví a sentarme junto a la señora, que no habló cuando saqué de mi mochila un suéter.

—Permítame poquito, joven —dijo impersonal, y se paró.

—Sí señora, no hay problema. —dije cortésmente.

La pareja y su pequeño hijo se habían ido; el hombre de la banca llamaba a sus gemelos. Las primeras gotas caían y los tres niños restantes se quedaron quietos bajo las tejas de juguete.

La señora volvió al parque acompañada por dos policías; revisaron mis fotos y sólo se llevaron la memoria.

—Derechito a los separos si volvemos a ver tu pinche jeta por aquí.

 

leha

 

Tocho en Altavista

Ejercicio 5 3 Comentarios »

Al sur de la ciudad, saliendo del Periférico por uno de sus brazos multiformes, está el Hospital Ángeles del Pedregal. Después viene el Colegio del Sagrado Corazón, el ITAM y su estacionamiento que es otro edificio, y los departamentos privados que terminan justo donde pasa el Río Magdalena, con su gris cause como línea divisoria.

A este lado del debilitado río, la colonia Héroes de Padierna es atravesada por las vías del tren extinto a Cuernavaca. Sobre la Av. Querétaro, la nueva tienda de los De la Rosa busca no quebrar.

En Altavista, tercera calle desde las vías, está El Campito.

Es una cancha de asfalto inclinada notablemente hacia una portería. Tiene una pared de frontón techada y unos baños que huelen intensamente a orina. El campo tiene mallas de tres metros y un pasillo que lo rodea que también está cercado.

La entrada es un portón de lata carcomida que da paso a una escalera. Al pasar, es común patear un charco de agua maloliente. Quince escalones arriba, hay botellas de cerveza abandonadas. Los vidrios rotos en el suelo no incomodan a los vagabundos que llegan a drogarse, ni a los equipos y las porras de las colonias de Contreras que vienen a disputar trofeos locales.

Por el olor constante y asqueroso, por el miedo a los vagos y a los brabucones de esta colonia y de las otras, el juego no está ahí.

En la misma calle, junto al largo muro del Campito, hay autos de colección que esperan ser remodelados. Son del Sr. Raúl, dueño del local de pinturas Duarte. Los taxis piratas de los Ruiz invaden una banqueta para estacionarse. Es primero de noviembre, día en que los niños se disfrazan para pedir dulces en las calles.

Pese al espacio reducido, seis muchachos desempatan un partido de Tochito.

Luis y Jorge son hermanos. En su equipo, Luis es quien lanza; tiene veinte años y estudia Derecho por la UNAM.

Jorge, como Güicho, está en primero de secundaria pero va en una de paga. Es el corredor. Güicho es receptor y salió de la primaria Salvador Allende, que comparte plaza con la Héroes de Padierna. Ambas públicas y rivales silenciosas.

A la Héroes van Lalo y Esteban, en sexto y quinto grado. Su primo, Emmanuel, salió de la Telesecundaria de la Av. México. Tiene dieciocho años y entró al CCH Sur. Los tres tienen buen brazo y cambian de puesto cada vez que les conviene. El mayor gusta de correr como un payaso cuando le avientan el balón.

Las anotaciones están frente a la alcantarilla de piedra y la cortina de las Pinturas Duarte. Para reforzar los sitios precisos, dos tabiques rotos anuncian cada meta.

En total son unos treinta metros, con media cancha exacta frente a la tienda La Ventanita. Cada anotación vale un punto, que se obtiene al pasar la línea entre los tabiques rojos sacados de la barda de doña Beatriz.

Se valen tres jugadas para llegar a la mitad y otras tres para anotar. De no lograrlo, hay que devolver con un despeje de patada. Esto es un martirio para los primos porque ninguno puede hacerlo bien.

Odian el panbol. Emmanuel trajo del CCH esa palabra y ahora es el despectivo predilecto para el deporte de puntapiés y cabezazos.

—Es un enajenante, el opio para las masas —dice Emmanuel en las lecciones diarias a sus primos.

Por eso juegan Tocho, tochito. Que no llanamente americano, pues no hay golpes.

Jorge y Güicho hacen muy bien dominadas con el balón ovalado. Luis incluso puede mantenerlo en su frente equilibrado. Los otros se conforman con no volarlo en un despeje.

Fue un juego duro el de esta tarde y cerca de las ocho de la noche el sudor se marca en las espaldas. Hay tablas y los equipos no quieren irse así. El siguiente que anote gana Todo. Un botín extra: los que pierdan invitan los Ponchitos: las bolsas de plástico transparente tienen un cangurito impreso; dentro hay hielo sabor uva que cada vencedor sorberá gratis.

El volado lo pierden los primos y deben despejar. Parado en su meta, Emmanuel busca no estrellar el balón en las ramas de eucalipto. Al grito de ¡Devolución!, y haciendo un ruido de vómito que siempre los anima, los tres corren mientras los receptores observan la trayectoria bajo los cables de luz de los vecinos.

El ovoide lo recibe Luis, que no teme al dolor de yemas. Da pase lateral a Jorge y la jugada es continua. Los defensores se preparan para detenerlo. Sólo basta el ruido de una nalgada al corredor para frenar la ofensiva.

Luis va al frente y gruñe como oso alzando sus velludos brazos. Amistosamente toma a Lalo por los hombros y lo tira sin fuerza mientras ríen.

Esteban y Güicho forcejean en media calle y Güicho gana porque Jorge pasa por un lado. Jorge es ágil y veloz aunque tiene barriga de niño y una sonrisa igual. Usa bermuda y corre hacia Emmanuel que lo espera agitando los brazos como un mono frente a la sucursal de Comex.

Jorge finta y anota azotando el balón que brinca a la banqueta. Emmanuel regresa con una mano en la cintura y en mímica ostentosa dibuja un grafiti frente a él. Arrastrando su guango pantalón, viene con una mirada de desaprobación sobre sus primos. Esteban está recargado junto a la tienda y Lalo ve venir a Jorge que trota sonriendo.

Cuando pasa, Lalo cruza su pierna como un hierro. Las carcajadas de los otros dos explotan y no puede evitar reírse también.

Luis corre a recoger a su hermano que llora avergonzado, escondiendo la vista y mostrando un raspón en la rodilla. Apoyándolo, lo lleva a la banqueta de su casa y desde allí hace un gesto con las manos diciendo se acabó; viendo a los tres primos sin ser visto por dos, que se retuercen señalando e imitando la caída.

Emmanuel ve bajar pequeños monstruos sobre la Querétaro y dice ya repuesto:

—Vámonos a Fuentes del Pedregal, vamos a espantar chamacos. Buena cura, pinche Lalo.

Se van a la zona de los niños con Game Boy, de disfraces nuevos y cabello largo. Van a espantarlos sólo con una máscara de lobo a sus parques y glorietas. Ríen como locos porque hacen llorar a más de tres. Ríe Esteban antes de la adolescencia anémica y la marihuana. Ríe Emmanuel antes de las cicatrices del cuchillo sobre su cuello en 2007. Ríe Lalo dos meses antes del tío migrante electrocutado en Tamaulipas en el año nuevo 2003.

Bromean seguros de que los Decadentes y los Cadillacs son las bandas de la vida. Ignorantes del reggaetón venidero, son enemigos acérrimos del Pop. Aterran a cuanto niño pueden porque también hay de su colonia; llevados como ellos a esa edad a pedir calavera en las residencias de lujo de Jardines.

Si se les pregunta a dos de ellos qué recuerdan de ese día, sólo vuelven a reírse del gordito de caireles que corrió en círculos antes de soltar sus dulces y perderse entre las casas.

 

leha

 

Los sueños, el sueño

Ejercicio 6 5 Comentarios »

Despertar como tantas veces esa noche, pero esta vez pararme porque son las seis y llegó el día. Ponerme el uniforme verde y salir a la fría mañana del jueves 24 de noviembre del año 2005.

Caminar en la calle desierta y llegar a la escuela antes que todos. Encontrar los salones vacíos bajo un cielo nublado y dejar la mochila en una banca. Ver cómo entran los alumnos por oleadas y los primeros profesores con café. Saber a todos tan seguros de que sólo es un día más.

Antes del receso de las diez cuarenta decirle a Carlos que ya no vendré, que me voy de la ciudad y que se calle. Intentar contener la noticia pero Carlos es Carlos y a la siguiente hora los chismosos del salón ya se enteraron.

Recibir los consejos de dramáticos chicos de catorce, apuntar en una libreta teléfonos y direcciones imprecisas.  Sonreír a las toallas femeninas tapizadas con buenos deseos y a los condones inflados con leyendas: Suerte, Que estés bien. Abrazar el abrazo del profesor Trejo, de matemáticas, que muy formal ante el joven auditorio me augura buenos tiempos.

Salir con una manta de firmas improvisadas, con el uniforme rasgado y pintarrajeado porque mi despedida llegó antes. Saber que todo es falso porque la mayoría me odia de hace tiempo; cuestión de notas y promedios.

Llegar a casa a las 2 pm y ver las cajas con ropa y trastes que mis tías se llevarán. Dejar pasar a los hombres extraños que cargan con los colchones y la sala, sin saber cuántos billetes le dan a mis papás por rematar los muebles. Quitarme el uniforme y ponerme la mejor bermuda y mi playera anaranjada.

Ir a la casa de la abuela a despedirme; acompañado de papá (su hijo), mamá y hermana menor; y no tener mucho qué decir.

Volver a la casa de renta para desocuparla de una vez tras siete meses, por fin vacía porque las mudanzas se llevaron todo a un lote en Xochimilco. Rezar una oración antes de irse porque mamá lo pide. Rezar en voz alta y escuchar la voz cortada de mi madre. Salir aprisa porque el taxi espera.

Subir al Tsuru y sentarme enfrente. Sobre la avenida México, rebasar mi escuela secundaria (Diurna # 91) y a Nadia la dientona, que camina hacia el Superama Luis Cabrera. Leer AMLO en cartulinas en las puertas.

Viajar por el segundo piso del periférico por primera vez en auto; antes fui a pie cuando lo inauguraron. Ver las luces de la ciudad que comienzan a opacar un cielo cada vez más negro: corren las seis de la tarde y el avión sale en dos horas.

Llegar al aeropuerto y dejar cuatro maletas en la banda que se pierde. Tomar los cuadros de papel que son los boletos más baratos a Tijuana. Cargar sólo con las raquetas nuevas que compré en el Club de Tennis Britania Pedregal, donde trabajé diez meses recogiendo las bolas de los ricos.

Comer pizza entre gente apurada e indiferente. Seguir con la mirada a un niño rubio que lleva una bolsa de raquetas Wilson en la espalda y escuchar el número esperado en las bocinas. Pasar por detectores e infrarrojos y subir al avión queriendo disimular mi primer vuelo.

Observar los mapas de luz que forman las ciudades allá abajo. Ver a los pasajeros que comen relajados y esquivar la mirada de mis papás que tampoco duermen pero que no tienen ventanilla.

Llegar a las diez de la noche, cosa rara, dos horas de atraso en los relojes. Subir a la Jeep 95 de la tía Leonor, que nos invitó a vivir en la frontera. Sentir el pavimento combinado con polvo y grava, y luego puro lodo y piedras. Entrar a su casa, la única de concreto en esa calle.

Ir a descansar sin despedirme de las primas que platican, eran diez años de no verse. Fingir y no moverme cuando escucho abrir la puerta de madera. Sentir la mano de mamá al acariciar mi nuca.

Y no poder dormirme hasta ignorar su llanto.

 

leha

Inocencio López

Ejercicio 3 4 Comentarios »

Se abre la puerta corrediza de cristales que reflejan el local. La imagen interna se recorre hasta perderse por completo. La puerta se azota levemente en el otro extremo y cruza el hombre con chamarra de mezclilla azul y forro de lana artificial.

Son las cinco de la tarde y mi tío Chencho bufa porque quiere irse. Voltea a verme, apenas cambia la expresión de su rostro acartonado y me dice con un chasquido rasposo que ya es hora. Lo dice sin dejar de dar pequeños pasos en medio de cajas de huevo llenas de bolillos. Levanta una y camina apresurado con el paquete rozándole el mentón.

—Traéte la otra —dice, atravesando el expendio—. Ámonos que es tarde.

Para él, siempre es tarde. Con paso entorpecido baja los seis escalones que dan a la calle y mete de un envión la caja en la jaula metálica de su triciclo azul. Yo meto la otra y me arrea con la mirada para que subamos ya por el canasto que espera con trescientas piezas de pan dulce.

Como siempre, me deja la parte más incómoda del canasto: la que tiene que salir primero. Sé que tiene menos fuerza. En octubre del año pasado una bacteria lo dejó en el hospital un mes. Recuerdo un síntoma en su papeleta: parálisis facial bilateral. Por eso la cara inexpresiva. Los médicos le auguraron ocho meses de terapia para andar, tres años para poder correr, seis meses para abrir los ojos. Sonreír siempre le costó trabajo. Con la boca como murmurando, me dice que alce la canasta y que me apure. Siento entonces las astillas de carrizo clavándose en mis manos.

Mi tío amarra el canasto con cinco lazos sucios de harina y de migajas. Refuerza cada nudo y revisa que todo esté en orden: las bolsas para el pan, las tres pinzas de acero, la corneta plateada, y su cangurera con doscientos pesos en monedas.

De caminar agarrotado, con un mecer de brazos como péndulos aguados; la piel de su rostro es la de un árbol liso y seco. Con rasgos mestizos, de pelo crespo y piernas cortas; le crece una barba aún sin canas, rala y obstinada, que lo obliga a rasurase a diario. Tiene cuarenta y cinco años y no soporta la impuntualidad, la imprudencia ni la mezquindad, excepto en él.

Pasamos junto a la carretera federal a Cuernavaca y él sigue cada auto con la vista, hasta que lo pierde y el próximo se atraviesa inevitable. Tal vez mira el que le gustaría tener, si alguna vez en su vida tiene uno. Busca, quizá, uno similar al que lo tiró de otro triciclo en el que llevaba elotes y esquites hace cuatro años, en San Pedro; cuando firmó en su cama de hospital el papel donde absolvía al conductor ebrio. Sin fracturas, no le pareció tan grave su accidente.

No sé cada cuánto recuerda la cirrosis hepática que lo ató a la cama en el 93. Allí, buscándole una hemorragia causada por una várice en el esófago, los doctores le perforaron la vesícula. La consecuencia fue la cruz que va de su pecho hasta su ombligo y que marca la línea recta entre sus codos. También la diálisis mensual.

— ¿Creés que llueva? —me pregunta, esquivando la visera de su gorra blanca para ver el cielo.

— No creo, tío. Ni hay nubes —le contesto, acentuando mi voz con certidumbre para que no me haga correr por la sombrilla azul que cubriría a doce personas.

— Ve por el paraguas —me dice, viendo a una señora que abre el zaguán rojo de su casa.

Me quedo. Es una de las fieles clientas de este pan y sale con un delantal de flores lilas. Sus labios carmesí distraen de las arrugas de su medio siglo bien llevado en clase media y casa propia. Yo digo con falso entusiasmo buenas tardes. Él pregunta cuántos quiere, tomando una pinza, abriendo y cerrando como un cangrejo manco.

La atiende dejando caer lo que pide en un pequeño cesto cubierto con una servilleta de bordado. Cae un cuernito, una concha blanca, un rollo de piña y un panqué. Tiembla el cestillo cada vez que recibe un solicitado proyectil de azúcar. La señora se marcha después de pagar el precio exacto: diecisiete pesos.

Si le entregara 20, mi tío se quedaría con el vuelto arguyendo que así está bien. Si le diera 50, él daría el cambio de 22. La señora lo sabe y por eso las monedas de 10, 5, y dos de un peso. Las recibo y las paso a la mano estirada de mi tío que no espera a que la mujer se vaya.

—Qué tal que llueve. No vaya a ser. ¡Córrele! —me manda, mientras camina calle abajo hacia el puente del Colegio Militar.

Regreso lentamente, pasando de la tierra al pavimento. Veo los autos en la carretera. Alguien debió llamarlo, porque escucho acercarse el escándalo de la corneta que los adormilados odian. Si esta tarde me dejó venir con él fue porque le dije que un cliente me debía diez piezas.

Con el tiempo y las quejas de la gente ha ido perdiendo la costumbre de tocar los timbres de las casas. Regreso pensando en mi tío Chencho jubilado en su contra, callado y activo porque no le queda mucha vista ni excesiva fuerza. Pienso en el correoso oaxaqueño que no sabe más que trabajar; que trajo a la ciudad, armado sólo con sus diecisiete años e inmensas borracheras, a la hermana de mi madre.

 

leha

Las Cruces

Ejercicio 4 6 Comentarios »

Había visto la fachada blanca del hotel algunas veces, cuando iba a buscar refacciones para bicicleta sobre el pasaje San Pablo en la tienda de Benotto. El hotel Las Cruces es el segundo edificio desde el entronque con la avenida y está del lado derecho de la calle de igual nombre, en la colonia Centro del DF.

En la primera planta hay un local de venta de impresoras, un taller de engargolado y una tienda de abarrotes. Cada uno de los tres pisos restantes tiene cuatro ventanales y en mitad del edificio letras negras de metro y medio anuncian el lugar. En la zona abundan los comercios del ramo de la imprenta digital y las papelerías al mayoreo.

A media noche está cerrado “El mundo del Disfraz”; local en esquina con San Pablo. Sin duda los atuendos más solicitados están tres pisos arriba, en la Sex Shop. Pero los disfraces puestos llaman más la atención de los nocturnos: admiran a la enfermera de fleco anaranjado, a la estudiante con tatuajes y la sirvienta que se frota el ombligo descubierto con un plumero de colores. En contraesquina, frente a la tienda de ropa Fashion Girls, las ramas de un álamo hacen juegos con las sombras.

La fuerte luz viene de la lámpara que corona la entrada del hotel, entre el local de impresoras y el de engargolado. Sobre la pequeña entrada marcada con el número 62 está pegada una lona de un metro cuadrado que advierte penalmente sobre la prostitución de menores de edad.

Pasé a la recepción empujando con facilidad inesperada la delgada puerta; la cámara de seguridad vigilaba sin moverse.

Pregunté el precio por habitación. El joven empleado negó desde su ventanilla: dijo que los cuartos son todos de las chicas y que sólo acompañado podía entrar. Nunca sospeché que no podría quedarme.

Pasé junto a ellas para salir a la avenida. Noté que una me veía con lástima sonriente, parada en sus tacones transparentes, metida en un vestido negro sin pliegues ni tirantes que dejaba ver su pubis y un pezón rojo erecto por el frío. Desde su piel blanca, luciendo unas pestañas como flores negras, me veía creyendo que me iba porque no podía pagar.

Pensé en buscar otro hotel para hacer la crónica de una noche en esta Capital de insomnios y de cables eléctricos zumbantes. Escondiéndose tras las máquinas excavadoras que trabajan frente a la plaza San Pedro, un par de hombres me siguió a distancia.

Llegué al metro Pino Suárez, donde cuatro taxistas platicaban. Uno de ellos me llevó por sólo doscientos pesos a mi casa en Tlalpan. Eran las dos de la mañana.

 

leha

 

Parque y niño

Ejercicio 1 8 Comentarios »

Bajo un cielo azul, decorado sólo con unas pocas nubes móviles por acción de viento helado, vi la silueta tendida con la cara hacia el árbol, cuando pasé empujando el triciclo amarillo en el que llevaba atada una canasta con pan del día anterior. Empujaba, inclinado, el vehículo: la caja metálica por delante, alineados mis brazos con mi espalda porque subía la pequeña cuesta de una rúa empedrada con volcánicas, que es uno de los cuatro límites del parque, el cual tiene una cancha de basquetbol que comprende casi una quinta parte de toda su extensión.

Sin misantropía, sin serme indiferente, no me sobrecogió el niño envuelto en sólo un pantalón y una playera blanca que alguna vez fueron a la escuela, con el pantalón raído que fue más azul que negro y la camisa blanca, entonces gris y reducida, como para un niño más pequeño, que me permitió ver los huesos vertebrales que escalaban su espalda hasta perderse en una nuca con mugre y cabellos emplastados. Dormía en el canto de la jardinera del pirul principal en el parque de la colonia El Divisadero, en la Delegación Tlalpan.

Para llegar a esa parte de mi recorrido con el pan, que se repite cada semana los sábados y los domingos, tengo que atravesar dos colonias, hasta llegar a El Divisadero, que colinda con la carretera federal a Cuernavaca y que recibe cada siete días a los cadetes del Heroico Colegio Militar, que regresan los domingos, después de salir por un día del seto castrense en que están inmersas sus instalaciones.

El itinerario completo antes de llegar al parque donde vi al niño, fluctúa en tiempo y en las posibles trayectorias necesarias para de desembocar ahí. Muchas veces decido no bajar por la calle empinada de relieve elegido por las lluvias y por la grava que los vecinos han tirado a la buena ventura para tratar de emparejar el suelo. Otras veces, el tiempo que me quitan los clientes que atiendo entre los buenos días, los cuántos quiere y cómo está; me lleva a ignorar felizmente este tramo de la ruta en que, casi siempre, la Señora Maru, con su cara mal lavada de sueño y sábanas calientes, sale únicamente a mostrarme su bata rosa de gamuza y a decirme que hoy no, que su esposo le trajo ayer pan del trabajo y que a los nenes ya no les quiere dar tanto dulce, ya ve lo gorditos que están.

Sin embargo, aquél día, en la parte baja de El Divisadero, entre los cadetes que salían apenas y llegaban a las fauces de la colonia, no hubo buena venta. Incluso redoblé los sonoros gritos de ¡El Pan!, que tanto molestan a los vecinos que descansan los fines de semana. La terrible melodía chirriante de mi corneta de goma y metal plateado, una vez más, terminó por despertar a familias enteras desde las ocho de la mañana y se fundió con el sonido de la campana de los trabajadores del recolector de basura, que, enfundados en su traje color café con leche, me saludaron reconociéndome, porque yo siempre les vendo el pan un poco más barato: tres panes, los que quieran, por diez pesos. Esa mañana no quisieron, así como tampoco mucha gente salió a comprar pan ese día, para agregar más harina y dulce a todo lo que habían comido desde el reciente jueves quince de septiembre.

Me detuve a descansar las piernas y los brazos, y aproveché el tiempo para jadear, sin que me escucharan, frente a la entrada nada solemne del parque, donde una vez más observé los juegos herrumbrados: la resbaladilla, los columpios, los sube-y-baja carcomidos en su tubular central; una cerca derribada donde un auto se había clavado hacía un mes y no había sido arreglada, y esos pinos erguidos como tiranos olvidados y vencidos en un reino artificial. Los pocos autos que circulaban en las calles estrechas sacaban vapor de su tubo de escape; hacía aún frío pese a que casi eran las diez de la mañana. Los autos pasaban haciendo un ligero ruido de alejamiento, yéndose hacia de la única salida de este laberinto de casas que ha intentado hacer de su entrada principal, por donde sólo entran peatones, el vestíbulo para los quintos que corren a gastar su dinero, ansiosos de lo que no deben comer durante su internado.

Después de que la motocicleta roja, que reparte churros con relleno rosa en las tiendas de las colonias cercanas, pasó ruidosa a un lado de mi triciclo y mi canasta, advertí que no era un montón de ropa vieja ni de bolsas opacas con la basura del parque, la figura que, tras revolverse un momento en el margen sobre el que descansaba, daba vuelta lentamente y se sentaba encorvada, sin tocar el suelo de baldosas rojas y rectangulares con unos pies descalzos y curtidos. Nos vimos fijamente a unos diez metros de distancia. Yo fuera y él dentro. Yo con pan frío en una canasta donde podían caber él y sus diez o doce años; él, con  la mirada vagamente perdida en mi persona, agachándola un momento para ver mi cangurera de dinero y mis tenis negros.

Lo llamé, usando la corneta de treinta centímetros como una extensión de mi antebrazo izquierdo; confundido, venía dando unos pasos de más debilidad que sueño. El camión de la basura llegó a la calle contigua, donde ya había pasado la campana del preludio, llevada por un muchacho uniformado. El papá (eso creí, y creo que era) del niño venía, también descalzo, subiendo por la escalinata que confluía a la parte trasera de la jardinera donde el niño estaba. La señora Maru salió primera a verter en la caja abierta del camión una olla de pozole rojo que se echó a perder aquélla noche, el olor agrio hacía que volteara la cara hacia donde yo estaba; me veía sonriendo, yo la veía en silencio. Detrás de mi triciclo, jalado por el hombre, el niño intentaba asomarse al interior de la canasta. Los vi alejándose lentamente, dando la vuelta en la esquina, hacia donde sé que está la ferretería Zarazúa, donde nunca, nadie, me ha comprado un pan.

 

leha