Fuego lento
Ejercicio 11, Repentina 3 Comentarios »Hay que trasladarse al caluroso octubre del año 2007, junto a un muchacho gris que vende cubiletes de elote y pay de queso en los polvorientos boulevares de Tijuana. Debe decirse que una canasta circular de mimbre cuelga de su brazo y que el celofán que envuelve los pasteles se cubrió de una película terrosa.
Hay que saber que incendios forestales consumían San Diego y que el Noticiero Telemundo reportaba cada hora los estragos de las llamas, debe decirse que la televisora yanqui espantó a las amas de casa y que los supermercados hicieron con la venta de despensas una rápida fortuna. Conviene situarse frente al Calimax Mariano Matamoros, que engulle gente con dinero para vomitar multitudes cargadas con bolsas de plástico amarillas. Hay que saber que Tijuana nunca ardió.
Debe centrarse la mirada en otro fuego, en la clara voz que repite de memoria el Capítulo Siete de Rayuela. La Maga y Oliveira en un encuentro imprescindible: Toco tu boca, con un dedo toco el borde de tu boca…
En una calle sin pavimento, en una estética canina, entre dos amigos de las letras; debe aclararse que el breve recital no es para una dama, sino para el vendedor que vino de visita, aburrido de ofrecer y competir con los sudados pingüinos de Bon Ice.
—Escucha —dijo el concentrado dueño del local.
Sin saberlo, la lectura comenzaba. La luz anaranjada, la canasta y las cenizas de la calle quedarán guardadas para esta oscura noche en 2011.
Porque es inmediata su atención de púber, la franca intriga de sus pupilas habituadas a traducciones de Nietzsche y Hermann Hesse. Quien lee cierra los ojos para introducir sin equívoco los silencios y las comas. Por primera vez, Paco le habla de Rayuela:
—Es de Cortázar, no es un poema aunque parece. Te va a gustar.
¿Y quién iba a decirle que ese pronóstico era una condena?
Podemos seguirlo hasta la biblioteca de su escuela y encontrar con sus manos, entre los estantes amarillos, la edición negra de Alfaguara. Podemos esperar en la recepción para verlo resellar el mismo libro cada lunes. Acudiremos al desgaste de las pastas y a la tarde en que sus padres hornean galletas con cacao y con silencio, mientras con cinta de aislar se cura una solapa destruida.
Habría que salir con él cuando lo expulsaron de la clase de Literatura de la prepa. Habría que ver la expresión de Carmen Meraza, que no toleró otro libro en su curso dedicado a un best seller brasileño.
O quizá devolvernos a esta noche, a su habitación de falso estudiante de la UNAM, para ver la bodega en la que vive: los bultos de harina, galones de aceite, los costales de ajonjolí y cajas de mantequilla y levadura. Quizá explicar que en la Facultad se siente infinitamente más cercano a Cortázar que a Platón y que tal vez por eso no está inscrito en su tercer —filosófico— semestre.
Y tenemos que apuntar la expresión de un tío del curtido vendedor que está escribiendo:
—Qué desperdicio de talento. ¡Mejor ponte a vender, carajo!
Podemos ver su ropa colgada en un palo de escoba improvisado en una esquina, comprobar que la única chamarra que hay está impregnada del profundo olor a humo de las donas que se fríen todas las tardes. Y nos mentiría al decir que piensa en que el miércoles se pondrá esa prenda, porque lo que recordó fue el rancio abrigo que Oliveira trae en el Capítulo 23, cuando llora viendo al cielo.
Podemos contar eso, sin que en verdad seamos testigos de las súbitas ganas de leer, sin que comprendamos la efervescencia de las manos que una vez más hojean buscando el Capítulo Siete de Rayuela, atizando un fuego del que nunca hubo registro pero que no se ha consumido; como sí pasó con los feroces incendios que arrasaron California.
leha




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