JSJS
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Luego de la fiesta

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Un saludo afectuoso y un agradecimiento para todos los participantes, organizadores, miembros del jurado y lectores. Es una pena no poder haber asistido, al menos de manera virtual, a la premiación de esta Caza de Letras. De todas formas, fue emocionante escuchar el rumor vibrante de la sala, las voces de los competidores, las palabras que revelan pasión por la escritura. Pude percibir -desde un café internet, mientras veía disolverse la ‘hora de la sardina’- un ánimo alegre y distendido que me contagió de entusiasmo y acrecentó mis ganas de conocer México, un país que me ha alimentado literariamente con sus grandes autores.

Los comentarios de los miembros del jurado y de los lectores -agudos y puntuales- consiguieron que los textos vayan mejorando. Fue esa retroalimentación inmediata una de las cosas que más voy a extrañar de esta Caza de Letras ya que el oficio narrativo es solitario y exigente. Felicito a los ganadores y a todos los concursantes, cada uno mostró su pulso como cronista. Me hubiera gustado conocerlos a todos y compartir anécdotas y curiosidades ocurridas durante el taller, como la de mi seudónimo JSJS, accidente de teclado al no poder introducir mi seudónimo original. Luego descubrí que, en el mundo cibernético, algunos lo utilizan para abreviar la risa, no fue intencional, pero acabó por gustarme.

Agradezco nuevamente a José Luis Martínez, Santiago Gamboa y a mi tocayo, J.M. Servín.

 

Un abrazo para todos.

Juan Manuel Granja

manologranjac@gmail.com

http://metamorfodromo.blogspot.com/

http://folioinn.blogspot.com/

@juanmanuelgranj

Anestesia japonesa

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Genji me conduce a la corte donde las mujeres solo aparecen detrás de biombos o con el rostro oculto por un abanico de ciprés. Aquí, la belleza de la concubina que ha impregnado una carta secreta con su aroma no es fruto del azar sino de sus vidas anteriores. Genji, ‘el resplandeciente’, es hijo del emperador Kuritsubo y busca damas que lo consuelen del recuerdo de su madre muerta; la ciudad imperial es el laberinto de su deseo. Genji se acerca a la casa cubierta por la espesa niebla de un bosque, allí conocerá a su más grande amor: Murasaki. De repente, el celular timbra, zumba, me secuestra:

–“Tenías que volver a la oficina luego de la cobertura y no viniste. El director va a hablar contigo mañana a primera hora”–, me dice la editora.

Miro el reloj del móvil –6pm de un lunes de 2006–, cierro el libro de 916 páginas y releo el título: La historia de Genji. Pienso en la cortesana que escribió esta novela hace más de 1000 años, en los dos volúmenes que capturan la vida de la corte medieval japonesa. Zapping mental: maldigo al diario y su revista dominical en la cual escribo. Enseguida, trato de alegrarme, sin éxito, por mi primer empleo y mi columna de cine que ocupa menos espacio que el horóscopo de la psíquica Ismahán.

Es la mañana del martes, mi jefe –pequeño y enérgico– se eleva sobre su escritorio como el martillo de un juez. Hay regaños y, aunque no me despiden, decido renunciar. Saco mis cosas del cubículo en el segundo piso de Diario Hoy: dos libretas y un ejemplar de Cine o Sardina. Me reemplaza una pasante de 19 años. Mientras comemos pizza por mi despedida, me pide que le ayude a escribir su primera columna sobre Hitchcock.

Ahora soy el ex rebelde veinteañero que vuelve a casa de sus padres en el valle de Tumbaco. Soy un hombre orquesta cargado de trastes, ropa, libros, DVDs piratas y revistas viejas. “Te dijimos hijo, eso de vivir de la escritura es fregado”, dice mi madre. Al entrar a mi antiguo dormitorio, evito el espejo y me echo al suelo. Sin los pósters de los Rolling Stones y Pixies, las paredes son blancas como un pizarrón de marcador. Pienso en mi novia –¿será aún mi novia?– quien desde hace tres meses tuvo que irse a trabajar a Guayaquil. Acostado, imagino mi cuerpo examinado por doctores sobre una mesa de disecciones. Se me ocurre un título para esa novela que algún día terminaré y hoy no es más que una enredadera de voces: Autopsia Sorpresa.

Miro La historia de Genji sobre el escritorio –su pasta púrpura– y es como el monolito de la película de Kubrick. De alguna forma me alivia lo inalcanzable de esta obra maestra y, a la vez, me inquieta la eterna reverencia hacia los clásicos. La carpeta con mi hoja de vida pasa bajo el radar de casas editoriales y periódicos para ser rechazada con una misma sentencia: “no tiene suficiente experiencia.”

El primer volumen de la novela se cierra con un capítulo en blanco –Desvanecido en las nubes– que evoca la muerte de Genji. Ha pasado casi un mes y la novela ha sido la mejor anestesia contra mi desempleada realidad, hasta que una tarde encuentro a mi padre en el piso, dando patadas contra las cortinas. Lo levanto, él me agarra del brazo y me dice que me quiere. Cuando se ha tranquilizado, hablo con mamá en la cocina, su voz no intenta competir con la radio encendida: “está jodido con la diabetes, los riñones, va a recibir diálisis todas las semanas, cuatro horas conectado a una máquina para que le limpie la sangre”.

En 15 días más termino de leer el segundo tomo del libro: los descendientes de Genji rivalizan por las damas más fascinantes de la corte. La novela no tiene una resolución clara, acaba en medio de una disputa amorosa, así muestra que la vida no tiene cierres definitivos.

El lunes empiezo a trabajar de nuevo; esta vez en la sección cultural de Vanguardia, una revista política.

PJ, el purgatorio

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Violar la ley a las 7pm de un lunes puede ser un acto fallido. Tras las rejas heladas que abren la Jefatura Provincial de la Policía Judicial de Pichincha (PJ), a un lado de la entrada del edificio de 12 pisos, las mujeres policía son una fila de secretarias armadas y con chaleco amarillo fluorescente. Ellas digitan 75 denuncias al día, el resto del edificio las procesa: la PJ es el purgatorio entre la fechoría y el castigo. Mecánicas, como las grabaciones de voz de un banco, preguntan por la estatura y el acento de los agresores. A un ex militar sin dientes delanteros le han robado su Kia 2005 con un revólver y a Karen se le han llevado el dinero de su local de DVDs piratas: “fui a recogerle a mi hija al bus, cuestión de dos cuadras señorita”, dice. La oficial evita el rostro exasperado, baja la mirada al teclado y escribe: ‘Hurto’.

El trasteo de teclas se detiene. Afuera hay un zarandeo de rejas, un repentino tumulto en la acera bordeada por motos y patrullas. Azucena Mayorga, maciza y morena, se suelta del policía que la sujeta y se lanza sobre Nancy Dueñas, quien también es vendedora de chicles. De un mordisco le lastima el pulgar y se llena la boca de la sangre de su rival. Meterse en un bus que le correspondía para la venta fue, según Azucena, la falta de Nancy. Ambas están fichadas por armar escándalo en la calle.

El defensor público Juan Garcés se ocupa del caso con aire de profesor de primaria. Atraviesa la sala donde unas 40 personas –acusadores, acusados y familiares– esperan el dictamen del juez. El traje y la corbata del defensor lo apartan del gentío que viste camisetas gastadas o suéteres de lana. “Ustedes no deberían estar aquí –les dice a Nancy y Azucena– ustedes trabajan, acá les traen a los que matan, a los ladrones”. La vergüenza y la fatiga, más que la intervención del defensor, zanjan el asunto: firman un juramento para evitar las riñas y Nancy le paga $15 a Azucena.

Garcés –quien contesta su celular y dice “mi amor, ¿vas a traerme cafecito?”– baja al primer piso y saluda con Santiago Cobo, un juez rollizo y con chiva. Un camerunés ha sido hallado con pasaporte falso en el aeropuerto. Marta, policía de 22 años con apenas un mes en la institución, custodia al negro de casi dos metros de estatura y le dice al juez: “el problema es que está detenido desde el sábado”. “Pero si solo se puede privar de su libertad a un sospechoso por 24 horas”, responde Cobo. En 20 minutos se instala la sesión. Mientras el africano Serge Sauvet se sienta junto al abogado estatal y trata de entenderlo todo con su escaso español, la secretaria y el fiscal hacen bromas acerca de la merienda: “ya es horita –dice ella– acabará rápido Don Cobo que ya hace hambre”.

Fue en ese mismo estrado donde el juez fue llamado ‘Dios’. Hace más de un año, un esquizofrénico de 20 años había asesinado a su madre ahorcándola con un alambre. En pleno tribunal empezó a gritar: “Dios perdona todo, Dios es amor… ¡Usted es Dios!”. Luego de señalar con su índice al juez Cobo, quiso escaparse del salón a la fuerza. Seis policías no fueron suficientes para detenerlo hasta que lograron sedarlo con una inyección al cuello.

Esta vez, la decisión del juez es liberar al camerunés pero lo compromete a presentarse cuando se lo llame a juicio en 48 horas. El abogado defensor lo acompaña a cruzar las rejas de salida y le recomienda un hospedaje cercano. En ese momento pasa junto al salón una señora con una tarrina humeante de fritada. Se dirige al calabozo; su marido ha sido detenido al presentarse a sacar su récord policial. La joven que había dejado embarazada hacía tres años en Cuenca le puso una denuncia sin que él se enterara.

En el subsuelo –amplio como un frigorífico de carne cruda– todas las luces permanecen prendidas. El olor a orina niega la aparente limpieza del lugar. De las cuatro celdas, una se ha convertido en bodega de llantas, otras dos permanecen vacías y, en la del centro, está el único prisionero de la noche. Descalzo, sobre una silla de plástico junto a la puerta de rejas, intenta distraerse con el sonido del televisor que centellea frente al escritorio del guardia. Pero el resumen de un partido de fútbol es poca cosa frente al festín de carne de cerdo y un litro de Fanta.

Entre las rejas, Miguel Suárez –costeño de 37 años– parece un niño arrepentido. Cuando lo encerraron, hace cinco días, no le preocuparon tanto las manchas de sangre sobre la pared –brochazos de un rojo oscurecido–, como la falta de cobijas. Las celdas dan a una especie de patio abierto por donde se cuela el aire frío: “es como respirar niebla del páramo”, dice Miguel, acostumbrado al sol de la provincia de Manabí donde cosecha caña. Ha tenido que esperar enjaulado porque el oficial encargado de su caso está de vacaciones.

El guardia Carlos Chipantiza mira al prisionero mordisquear su fritada y se contagia de hambre. En la PJ, los policías comen a deshoras y donde pueden, igual que el resto del personal. “Algunos meriendan en su casa –dice Chipantiza– antes del turno que va de 7pm a 7am, otros piden un chaulafán o un pollo como a las 10pm o cuando no hay mucho que hacer”. Carlos ha aprovechado su amistad con uno de los agentes de patrulla, en unos minutos le traerán el sándwich cubano que venden en una gasolinera con ‘mini market’.

Son las 11:33pm; 152 acusadores y acusados han pasado hoy por la PJ. Mientras Carlos da el primer mordisco, le cuentan del sicario adolescente que acaban de traer. El colombiano de 19 años que cruza la puerta esposado y agarrado de los brazos por dos policías, más uno que lo empuja por la espalda, mira al teniente Espinel con una atención venenosa. “¡Maté a ese huevón y qué pues hijueputas!”, dice. Espinel no responde, es más, ajusta su mano alrededor de la pistola Glock 9mm que cuelga de su cinturón, retira la mirada y ordena que lo conduzcan a la Sala de Audiencias de Delitos Flagrantes.

El juzgado demora menos de media hora en emitir su sentencia, pues Wilson Cardona lo ha confesado todo: disparó al auto de Roberto Mena en plena Avenida Occidental; el tiro en la cabeza acabó con su vida de inmediato. Se acercan las 12am y cualquier nuevo caso que se presente a esa hora se lo aplaza para la mañana. A la 1am se cierran todas las oficinas de la PJ, menos la de denuncias que trabaja 24 horas. En las bocas de los policías, que hace un par de horas exhibían su energía yendo de un lado al otro en sus botas negras, se asoman los bostezos. Cardona, quien había cobrado $200 antes de disparar y se disponía a recibir $250 más el jueves, es sacado de la PJ por tres policías que lo conducen al CDP (Centro de Detención Provisional). Ellos caminan aletargados pero el sicario está inquieto, sus ojos no se fijan en el balde de la patrulla al que lo suben. Quizá aún siente el arma caliente en sus manos y ve la sangre enrojeciendo el parabrisas.

Se enciende el motor y otros dos agentes atraviesan las rejas con una pareja de indigentes: un barbudo de 55 años y su señora envuelta en un chal negro y deshilachado. Son lo que en la jerga policial llaman RC o “rateros conocidos”. Han abierto el baúl de un auto estacionado en la Mariscal para robarse un paquete de salchichas. El cabo Andrade les dice que tal vez les den 30 días en la cárcel; es la primera vez que Zoila irá a prisión. Mientras bajan al calabozo, y esperan la sentencia de las 8am, se escucha la voz resquebrajada del mendigo:

Mija, al menos ya tenemos comida y cama unas semanitas.

Última noche de casino

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Rutina de tintineos y ansia de tabaco entre las traga monedas. Mal humor en la mesa de blackjack. Un coreano grita “¡yeah!” jugando al póquer. El espectáculo del azar que es el casino es un espectáculo verde: paño verde bajo las cartas, billetes verdes que hacen cosquillas en el bolsillo, té verde de cortesía, mentas gratis, limón colgado de los vasos donde hoy solo hay gaseosa y antes había ron. ‘Verde que te quiero verde, pero en mi billetera’.

Cruzo el detector de metales del casino del Hotel Quito hacia las 6pm y el guardia de traje negro y corbata roja exhibe una sonrisa forzada para decirme: “Bienvenido caballero, mucha suerte, hoy hay sorteo de ‘martes loco’ a la medianoche, tenga un boleto”. No se esfuerza en esconder la mano con la que hace ‘click’ en un contador de metal parecido a un pequeño candado: soy un número más. Y él es una de las 70 personas del local que se quedarán sin trabajo a partir de diciembre.

Las nuevas leyes del país, definidas desde mayo por consulta popular, controlan los horarios de consumo de alcohol, no admiten fumar en espacios públicos cerrados y prohíben las salas de juego y los casinos. Esta edificación conexa al hotel, de estilo azteca recargado con neón y el caricaturesco lujo de Las Vegas –columnas amplias y rectangulares, tortugas y leones geométricos en la pared–, es también un negocio en vías de extinción. El Casino Quito se ha transformado en un oasis para los jugadores, aunque se vean obligados a salir a fumar al parqueadero y no puedan tomar las cervezas, el whiskey o el vodka gratis que desde junio ya no se ofrece más. De los 32 casinos que operaban en Ecuador hasta septiembre, solo la decena que corresponde a los hoteles de lujo seguirá funcionando hasta fin de año. Más de 3.000 empleados han perdido su trabajo; ya no verán cómo otras personas más adineradas despilfarran sus sueldos por haber sacado un 10 de trébol y no un as.

En cada apuesta veo un nuevo acto de esa misma tragedia titulada: “La casa gana”. Como si emanara de la araña de oro y cristal colgada del techo –junto a las cámaras que filman cada jugada, cada moneda, cada carta– uno siente algo que contagia todo el cuerpo. No es preciso llamarlo ambición, es mejor llamarlo ilusión, la sed de dinero fácil. No hay que hacer más que sentarse en una de las 13 mesas, sacar un billete, dejarlo sobre el paño –pues no puede haber cruce de manos entre los empleados del casino y los clientes– y recibir las fichas amarillas y rojas que equivalen a $1 y $5.

“Al casino no entran los ambiciosos, al casino no vienen los codiciosos, al casino entran los ilusos. Porque el casino, toda la idea de ganar en un casino, es pura ilusión”, me dice Alfredo Gómez. Este estudiante de publicidad de 25 años se indigna ante su propia actitud. Ha decidido que si llega a ganar, esta será su última noche de casino. “Empecé a jugar hace dos meses, he perdido $700, hoy traje $300 para jugar póquer, si logro hacer $500 me retiro para siempre. Sé que ponerse a jugar haciendo cálculos y poniéndose condiciones es estúpido, pero tengo que recuperar algo”. Su voz no suena a una promesa sino a una oración.

En el lugar conviven dos mundos paralelos. El del póquer, la ruleta y el blackjack –un mundo de fichas de plástico y música anglo de los 80′– y, separado por un gran umbral coronado con luces verdes, el mundo de las máquinas. Aquí todo es más monótono y más maniático. Frente a los aparatos se sientan quienes prefieren no ver la cara de un ser humano que baraja cartas o lanza la bolita. Monedas, palancas (o botones luminosos: la tecnología ha disminuido el esfuerzo físico del apostador al máximo), sandías o cofres de oro que dan vueltas, musiquita digital, tazas de café y señoras cincuentonas que no paran de engordar la máquina que está programada para ganar.

La monotonía de las figuras bailarinas que llenan las pantallas solo se rompe cuando “se abre el juego”, es decir, cuando en la máquina de la película Alien, por ejemplo, se puede matar extraterrestres pegándoles con el índice directo a la pantalla o cuando en la de los piratas se sigue el mapa para llegar al gran tesoro de $200. De pronto, me siento pesimista al descubrir en los jugadores de máquinas los mismos movimientos del oficinista plantado frente al computador que parece instalado para consumirle la vida: mirada en picada, brazos al frente, tensión en la espalda.

El jefe de mesas camina por la zona de cartas como en un constante sobrevuelo. Ahora saluda al arquitecto –bajito y de pelo hasta el hombro– que se sienta junto a mí y se apodera de dos casilleros de blackjack. El dealer reparte, el arquitecto dobla la apuesta y cuando sus dos juegos suman 20 y 21 da un salto y grita señalándose la cabeza: “¡esta es una computadora, una computadora carajo, qué bestia lo que es la inteligencia, todo ya venía calculando, todo!” Ya se ha llevado $60 en un solo pase pero cree que va a seguir ganando. Incluso, luego de una hora, cuando ha perdido ya casi $300, saca $20 más y dice: “esta es la última de los mohicanos”. El croupier reparte, el arquitecto pierde, la chica de rizos pierde su primera apuesta, yo pierdo $15. El mecanismo es de lo más pedestre, un mecanismo binario: uno apuesta, la casa gana; cero y uno.

En la caja, las tres columnas de fichas verdes de un jugador de ruleta se convierten en un fajo que suma $1.000. “Tal vez ahora que van a cerrar los casinos, ahora que ya casi es prohibido, sea más divertido jugar”, dice el cajero que espera encontrar trabajo en algún hotel luego de que acabe el negocio. “Dicen que este casino es de un talibán (ríe), o sea de un árabe, pero nunca lo hemos visto por aquí, él solo arrienda el sitio al hotel y controla la plata”.

Imagino una gran bolsa con billetes y recuerdo haber leído que Ricardo Patiño, el canciller del Ecuador, criticó a los casinos como “ambientes favorables y propicios para el lavado de dinero”. En cambio, según Jorge Castro, gerente de Casino Plaza (otro de los más grandes de la capital), “los casinos legalmente constituidos aportan 12 millones de dólares anuales a las arcas públicas del país”.

De repente, me distraen las anfitrionas en minifalda que entregan cupones para los sorteos que se hacen cada dos horas. El señor calvo y gordo que solo apuesta con fichas de $25 las sigue con la mirada, ahora saca un cheque de $600 y, en menos de una hora, vuelve a arrancar otro papelito de su chequera. Se trata de un cliente privilegiado. El único al que le sirven una hamburguesa con papas fritas mientras intenta sumar 21 sentado en la mesa de blackjack junto a mozalbetes a los que máximo les sirven una Coca-Cola, un té helado o, si ya han apostado más de $20, un sándwich de queso. Es hora del buffet de bocaditos alrededor del bar: mini brochetas de carne y salchicha, empanaditas, alas de pollo, pequeños pasteles y galletas.

Los meseros recorren una y otra vez el amplio salón alfombrado del casino y recogen los platillos del buffet que se han desperdigado entre máquinas y mesas. Ellos, que se distinguen de los dealers por su chaleco rojo, trabajan de 2pm a 10pm, al siguiente día de 6pm a 2am y el subsiguiente de 10pm a 6am: el capricho del juego rige sus horas de sueño.

Ciertamente, hay clientes que prefieren jugar a dormir. Sobre la entrada lateral del casino, la que da al hotel, hay un letrero de letras pequeñas: “Los juegos de azar pueden perjudicar su salud”. Todos despiertan de sus hipnóticas apuestas cuando la voz impostada de una de las anfitrionas anuncia el sorteo de media noche: “Llene los boletos con sus datos y deposítelos en el ánfora: mínimo garantizado de $200 y un premio mayor de $4.000”. Una mesera me trae un expreso y lo deposita en una de las mesas cerca del escenario, lejos de las mesas de póquer. Me pregunta si me quedaré para el sorteo: “si gana y no está aquí a esa hora, pierde su premio”.

Miro mi boleto con poca fe y, luego de depositarlo en el ánfora junto a las ruletas, entro al baño. Me detengo frente a los amplios espejos, imagino mi figura filmada a través de la superficie y reproducida en algún monitor oculto. Abro mi billetera, he perdido $70 en blackjack, no sé jugar póquer pero intuyo que si supiera hacerlo, esa cifra negativa sería mucho mayor.

Apenas salgo, anuncian a la ganadora del sorteo. Una señora gorda y con el pelo teñido de un ‘rubio Pac-Man’ da saltos y abraza al tipo que jugaba en la máquina vecina. Hace una hora ni siquiera se conocían pero ella le estampa un beso en la boca. Pienso que si yo hubiera ganado los $400, solo habría recibido el premio con una sonrisa y un “hasta nunca” en la mente, pero nunca se sabe.

A la salida del casino evito la mirada del guardia, siento como si alguien me hubiera robado. Me limpio la boca por reflejo, como si yo fuera a quien le dieron el beso. Seguramente no volveré; este casino se convertirá el próximo año en el gimnasio más grande de la ciudad, el Total Gym. En la acera me encuentro con Alfredo Gómez, el universitario que se ahorró $300 de farras y hamburguesas para jugar esta noche y perdió todo, incluido su celular, que dejó en prenda. Lo noto tan crispado –su cuerpo es un alambre de alta tensión– que no me queda más remedio que invitarlo a subir a mi taxi para llevarlo hasta su casa.

Jarabe contra el acoso

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Pedro no halló la pluma roja que buscaba en su mochila sino una superficie lisa que nunca antes había tocado: la de un pene de plástico. Cuando agarró el miembro de goma y lo sacó, aquella tarde de abril de 2009, la clase de inglés retumbó de risas. Guardarlo de nuevo solo habría remarcado su vergüenza, hubiera sido como confesar que el dildo era suyo, así que lo arrojó hacia adelante sin percatarse de que los ojos de la profesora lo iban a cazar en un vistazo. Las risas ascendieron a carcajadas y Pedro fue llevado a la Dirección. El pene, plantado en la mochila por dos compañeros de clase, quedó tirado en el piso.

Pedro Suárez es gordo, usa lentes, su mano es fofa y sudorosa, a sus 14 años aún no había cambiado de voz. Lo imagino siguiendo el taconeo severo de la ‘teacher Patricia’, debió andar cabizbajo como lo veo caminar hacia mí en la sala de su casa en Calderón, al extremo norte de Quito. Su voz, un hilo que se demora en desanudarse, se esfuerza por recrear los abusos de los bullies. Él no esperaba que la escena en la Dirección fuera muy distinta a la que había soportado dos semanas antes. Unos compañeros habían desinflado las llantas del auto del profesor de matemáticas y lo inculparon. Ambos sabían que él no se defendería, haa tiempo que había renunciado a defenderse. Lo que Pedro temía de verdad era la hora de salida.

Mientras subía al rectorado en el tercer piso, pensaba en el momento de tomar el bus y encontrarse de nuevo con los cabecillas del acoso: Miguel Narváez, el más alto de la clase, y Daniel Morales, el arquero de décimo de básica. La inseguridad le decía a Pedro que era mejor no denunciar a sus verdugos. Si los acusaba, como había intentado un mes atrás, temía que de nuevo pudieran darle un tablazo en la cabeza para filmarlo y subir la ‘proeza’ a YouTube.

Pero en el bus escolar no había golpes, los golpes se reservaban para el patio del recreo –detrás del coliseo–, allí más compañeros podrían verlos exhibir su poder de humillación. Hubo ocasiones en las que un mensaje de Facebook marcaba la hora y el lugar de la golpiza; poner un “me gusta” al anuncio se volvió una forma de contabilizar la popularidad aliada a los acosadores. En el bus amarillo, la misión consistía en no dejar que Pedro se moviera. Daniel se sentaba a un lado y Miguel oprimía a Pedro en el centro para bloquearle la salida. Con el arranque del motor arrancaba la tortura. De su baja estatura pasaban a burlarse de sus jeans apretados y, de ahí, lo apuñalaban, como dice Pedro a punto de llorar, “con insultos que me paralizaban”:

–¿Por qué no hablas con nadie?, ¿Eres autista o retrasado?

–No es autista es un maricón… una loca.

–Te vamos a matar perro hijueputa.

–Jaja sí ahora digámosle perro, nada de Pedro, desde hoy te llamas perro.

–Perro, verás que nos tienes que tratar de usted, siempre de usted, mamaverga.

“Cuando te hacen cosas así crees que de verdad pasa algo malo contigo, que lo que eres no vale la pena”, se anima a decirme Pedro cuando Gina, su madre, secretaria de 55 años, deja la sala para ir a la cocina. Él no imaginaba que no estaba solo, que, según el INNFA (Instituto Nacional de la Niñez y la Familia), de los cinco millones de menores que viven en Ecuador, el 32% sufrieron de acoso escolar en 2009. Sin embargo, como explica el psicólogo José Terán, es un secreto a voces la abundancia de casos invisibilizados por entidades educativas que temen perder prestigio. “Es más, –añade Terán, quien trata a niños– pocos códigos estudiantiles toman precauciones frente al bullying, todo queda en la expulsión o sanción del agresor y no hay prevención del acoso mediante normas o una mejor observación”.

La palabra ‘pene’ nunca salió de la boca del director, cuenta Pedro. Pero sí llegó a decir: “¿Cómo es que te atreves a traer esa… cosa y lanzarla en plena clase? ”. Como de costumbre, Pedro no objetó el regaño. “Pedrito era un niño muy alegre –dice Gina–. Siempre fue gordito pero, a eso de los 12 años, empezó a aumentar de peso. Fue poco a poco que se fue volviendo más retraído, ya no le llamaba la atención hacer amigos. A veces, llegaba directo del colegio a encerrarse en su cuarto o pasaba toda la tarde viendo televisión… La primera vez que el director me llamó fue por el asunto de las llantas del profesor. Pedro no dijo nada en esa oficina”. La cara de Gina se enrojece, ya no reprime sus lágrimas: “Ya en la casa me dijo que había sido su culpa, que no es la primera vez que el director lo regañaba… es increíble cómo el miedo hacía que siga encubriendo a los que le hicieron daño”.

Esa tarde de 2009, mientras subía al autobús, Pedro pisó la escalera de metal –su superficie como la de un espejo– y lamentó haber abierto una cuenta de Facebook. Además de su aspecto, el detonador de los maltratos había sido el inocente pasatiempo que digitó en su perfil personal: “Me gusta: estar con amigos”. La frase lo hizo pasar, sin escalas, del gordito de la clase al gay acosado cibernéticamente.

“Lo que busca el agresor –dice el adolescentólogo Jorge Naranjo, quien trató a Pedro durante un año– es una aceptación a través de sus malos actos, el bully necesita de una audiencia. Por lo general vienen de hogares disfuncionales, como en el caso de Miguel y Daniel. Ambos tenían poca comunicación con la madre y un padre atormentador. De alguna forma buscaban retomar esa figura paterna”.

Apenas Silvia se sienta frente a mí en la cafetería del colegio (donde se me ha permitido conversar con ella a condición de que no revele el nombre del plantel), sus piernas ya quieren irse. Tiene 16 años, lo que menos desea es hablarme de Pedro. Una vez, a las 12:45pm, hora del segundo recreo, ella fue testigo de una de las golpizas. “Sí, yo sabía que era el ‘pato’ del curso, que todo el mundo le jodía y no, yo tampoco hice nada para defenderle… Es que tú no quieres que te rechacen y no vas a arriesgarte a que te aparten o te humillen. Ese día fue Daniel quien se le lanzó a puñetazos y le sacó sangre de la nariz”.

El trayecto en bus del colegio a la casa de Pedro dura una hora. Gina trae café, la cabeza del chico apoyada sobre el sofá me hace visualizar su llegada aquella tarde hace más de dos años. Estaba solo en casa y no quiso calentarse la comida. Prendió la computadora que sus padres apenas empleaban para contestar un par de mails a la semana. En su muro de Facebook encontró un link, hizo click y fue a parar a una página de Mercado Libre con la imagen de un french poodle blanco: “Se vende perro gay, se llama Pedro Suárez”.

Del llanto sobre el sofá, pasó al baño de sus padres y abrió el gabinete detrás del espejo. “Solo sabía que quería hacerme pedazos, así que me tomé dos frascos de jarabe de tos” –dice Pedro en un susurro que taladra el pecho de su madre. “Cuando mi esposo y yo llegamos, lo encontramos tumbado boca abajo en el umbral del baño”.

Fue solo después del intento de suicidio, y un mes de tratamiento psiquiátrico, que los padres supieron que era víctima de bullying. “Luego el doctor nos contó que el pobrecito temía que le crecieran senos por su gordura y que dudaba del tamaño de su pene. Tenía terror de volverse… homosexual–, dice la madre.

Al parecer, en su nuevo colegio Pedro está mejor. Tiene amigos, practica natación. Es el único de la clase que no tiene cuenta de Facebook. Aún lleva una cicatriz en la espalda; un corte que se dio en un pupitre durante una golpiza que no quiso detallar. Está a dieta y en Navidad le van a regalar lentes de contacto.

La jungla de zapatos de goma

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Domingo, 10am

“Vamos a La Carolina”, dice el papá y en menos de una hora ya no se escuchan ni peleas entre hermanos ni el zumbido de la tv condenada a una maratón de Bob Esponja. Los niños que el lunes lucirán asfixiantes uniformes y lagañas en los ojos, ahora son criaturas en short que desentrañan la casa en busca de pelotas, carritos o ese muñeco que aún no conoce una cancha de ecuavóley.

Llegar al gran rectángulo verde que corta el hierro y el cemento del corazón financiero del norte de Quito y descargar Barbies despeinadas del auto es un contrasentido. Apenas los pequeños ponen sus pies en el parque, dejan sus juguetes tirados y corren al acecho de columpios y resbaladeras. Pero ya es domingo 11am y no hay suficientes juegos para todos, esto es una jungla de zapatos de goma. El enjambre de niños con gorra, coches de bebé y nenas con cachitos ha dejado la acera donde los bancos exhiben sus fachadas de cristal para pasar al pasto bordeado por canchas de básquet. Un estadio entero –50.000 personas– se vuelca al Parque La Carolina cada fin de semana, el lugar de recreación más popular de la capital.

La mente de Paula, de 5 años, es un irrefrenable ‘de-tin-marín-de-do-pingüé’. Las escaleras chinas y los subibajas rechinantes compiten con la mini montaña rusa movida a mano; la misma a la que yo subía hace más de 20 años, leal fibra de vidrio al servicio de generaciones enteras. Pero el rival termina por imponerse: bicicletas y triciclos son abandonados cuando aparecen las ruletas de chicles y chocolates. Para llevárselos al bolsillo, habrá que contrarrestar la mira chueca de la escopeta de dardos.

Cerca de la laguna hay padres que hacen de sus miradas un perpetuo zigzag. A veces son los mismos niños quienes evitan a los otros, sobre todo a los pequeños carameleros que barajan trabajo y uno que otro juego. Sin embargo, la mayoría se abandona a las amistades de una hora, al ‘todos contra todos’ del medio día que derrite el helado del policía que ha estacionado su moto junto a la pista de skate.

Detrás de las canchas de fútbol está el avión de la fantasía. La vieja nave de la extinta aerolínea Ecuatoriana de Aviación ha hecho su aterrizaje definitivo como teatro infantil. Títeres, magos y mimos ríen frente a un nene de cinco años que teme el empujón que lo eleve por los aires y lo aleje para siempre de Matamba, el cocker que se ha quedado al pie de la aeronave junto al padre y su periódico.

Siempre inquietará más el espectáculo de lo que viene: payasos que hacen burbujas, algodón de azúcar y el gusano motorizado que circunda el parque como atrayendo niños con sus antenas. Los hermanitos Burbano se han convertido en compradores compulsivos. Dos balones Playball, una cometa jumbo y un traje de Spiderman convierten el auto de regreso, luego de tres horas de parque, en feria multicolor. Al volver a casa, dejan las nuevas piezas de su colección de cachivaches en la sala y corren a prender la tv, es hora de la WWF.

Martes, 5pm

La Carolina exhibe la desocupación gris de esos mismos parqueaderos que hace dos días parecían el collage automotriz de la clase media: Chevrolets, Fiats, Suzukis… Una pareja se besa junto a un árbol y un adolescente que parece un chateador profesional lleva de la otra mano a Rodri, de 6 años. Rodri convierte una botella vacía de agua en un altavoz. De pronto llora: su hermano se la quita y le dice: “¡no a la boca!”.

El parque ya no sabe a ceviche o a hotdog, ahora sus árboles se enfrentan al smog de autos que se meten a los tres centros comerciales que lo rodean. Más skaters de 20 años que niños menores de 8, más niños futbolistas que niñas basquetbolistas, más deportistas desencorbatados que niños o niñas, aunque el 41% de la población ecuatoriana no llegue a los 19 años.

Jaimito y su primo Paúl dejan de darse de golpes por un Hummer a control remoto cuando se acercan Mayra y su abuelo. Él lleva bastón, ella un aparato en el oído. En un instante hay un cambio de color: la sordomuda de 8 años se emociona en el columpio pero el anciano le advierte que tenga cuidado. Los niños la miran quietos y en silencio. El abuelo alza las manos y acompaña lo que dice con lenguaje de signos:

-Es tarde Mayrita, ya vamos. Nadie se atreve a pasar por aquí luego de las 6, se hace oscuro y esto se hace guarida de ladrones.

Jaimito y Paúl vuelven a los golpes.

Espejo Purple

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Quito, viernes 28 de octubre de 2011

Esta noche hay una razón para prender fuego a todo lo que no sea rock: Deep Purple. Marco González –apodado “El Che” por su boina, su barba y su moto– ha cruzado la ciudad desde el extremo sur, desde el barrio La Internacional, en un viaje de dos horas. Ya atravesó todo el centro de Quito, ahora llega a donde empieza el norte, al gran círculo de cristal y cemento que es la Casa de la Cultura Ecuatoriana. Hace el signo del cornudo para saludar a su pana “Gaver”, quien ha cenado media botella de ron. Hoy la cultura –la que se vive lejos de la corrección política, en las venas y en las melenas– se resume en un pacto de sangre con la noche: el rock, más que un espectáculo, es un rito de paso.

Como Marco, una peregrinación vestida de negro hace largas filas sobre la acera. Junto a las pequeñas carpas que venden hot dogs, fritada y caramelos, los revendedores intentan deshacerse de las entradas a VIP pero la mayoría de feligreses busca el ticket más barato: bastan $40 para experimentar 40 años de rock. Al Che no le importa gastarse $80 en un boleto de los $300 que gana como mensajero. Tampoco importa estar lejos de la tarima, pues lo alcanzarán los decibeles de la banda calificada en 1972 por el Libro Guinness de los Records como la más ruidosa del planeta. El quinteto de sesentones británicos se prepara, luego de tres años de haber tocado en Ecuador por primera vez, para encerrar en el asilo al conformismo.

–Yo solo quiero que se acabe esta pendejada rápido–, dice la señora del cajón de cigarrillos y mentas.

–¿Qué le pasa doña? Aproveche que hay trabajo, no sea burra–, responde Zoila la revendedora.

–Es que estos roqueros saben ser satánicos, arman bronca. No, no, no…

Prejuicios que se pegan al negro de las chompas de cuero. Los policías –verlos trae a mi nariz el recuerdo del gas lacrimógeno– observan a los melenudos como sospechosos de un crimen futuro. Camisetas con estampas de Pink Floyd, Slayer o Led Zeppelin entran detrás de camisas cerradas al cuello y trajes de corbata. Los que escuchaban a Deep Purple en tocadiscos se juntan a los que en un par de clicks se bajaron toda la discografía a su disco duro. Pero siempre los jóvenes son más: uno de cada cuatro ecuatorianos tiene entre 15 y 29 años. Las emisoras de radio y la televisión, contagiados del edulcorado mundo Disney o del virulento reggaetón, ofrecen un panorama propicio para la resistencia. El rock revive como un hada estruendosa en los conciertos.

En la capital nadie se pregunta por qué hay tantos metaleros en el sur. Cuando es hora de un concierto de rock duro, ellos son como una ola que avanza para luego, cuando se apagan los amplificadores, volver a casa. Como las oficinas del Estado y el aeropuerto, como los museos y las universidades, los locales de espectáculos –los legales– están en el norte. El sur es la sombra.

Basta recordar la tragedia ocurrida en la Factory, un local de conciertos del sur, en 2008: el fuego de una bengala volvió el lugar un infierno, mató a 14 jóvenes y causó quemaduras a casi todos los 300 asistentes. La discoteca de zinc, que no contaba con permisos ni salidas de emergencia, se volvió ceniza.

Y aun así, una ciudad atomizada en norte, centro, sur y valles quizá no piense en lo que me dice, a la entrada del show, Carlos Cisneros, baterista de la banda McClane. Él recuerda una opinión del historiador Enrique Ayala: “Hay que agradecer al movimiento roquero de que no haya Maras en Ecuador; el rock es una válvula de escape a la marginación. Muchos jóvenes, sobre todo en el sur de Quito, en lugar de formar pandillas crean bandas de rock o se agrupan alrededor de los conciertos”. En los años 90’, por ejemplo, habría sido impensable que un festival de rock gratuito, como el Quitofest que ya lleva ocho años, reúna a jóvenes de todos los estratos sociales entorno a la música. Es más, apenas hace tres años han empezado a llegar al Ecuador con mayor frecuencia bandas de rock internacionales: Megadeth, Iron Maiden y Guns&Roses, entre otras.

Las ondas rabiosas de Purple chocan contra el techo del Ágora, que desde abajo se ve como el revés de un descomunal paraguas. Ahora que empieza a sonar Highway Star, 5000 espectadores vuelven eco sus gargantas. El sacudón de melena de un fan perdido en el delirio de guitarras y tambores me arranca el cigarrillo encendido que se apaga entre sus nudos capilares, pero el olor a cabello quemado no lo distrae ni un segundo: Deep Purple para los cinco sentidos.

Suena Rapture of the Deep pero en medio del solo introductorio el teclado de Don Airey desfallece. Hay algún problema con las conexiones eléctricas y, en un minuto más, los músicos salen de la escena. Enseguida el público se vuelve una olla hirviente de abucheos e insultos. ¿Equipos baratos para redondear ingresos?

Las mujeres que están en el centro del graderío saltan hacia atrás, el epicentro del caos es un grupo de jóvenes armados de empujones. Me aterra la amenaza de bronca masiva, como la que ocurrió en el concierto de Destruction en 2004. La banda alemana no tocó debido a fallas técnicas e incluso el piso del Miami Centro de Convenciones –donde además se dio, en 2002, la primera pelea registrada entre punks y skinheads en Quito– fue destrozado por los enfurecidos asistentes. La provocación se desvanece con un gran respiro ahora que Deep Purple vuelve al escenario.

Lazy es el tema que nos salva del abismo sin música: el rock tiene un ADN autodestructivo que requiere de guitarras para no encarnarse en golpes. Blues que se vuelve rock&roll, rock&roll que se vuelve rock duro. En las gradas, la ira se transforma en euforia y palmas cuando el vocalista Ian Gillan sopla su armónica. Una chica parece perdida y es la tercera vez que busca a alguien entre las filas donde me encuentro. Pasa junto al señor de barba que chupa las últimas gotas de una funda clandestina de aguardiente: “perdón que no les brindé pero estaba babeado”, les dice a sus amigos.

Smoke on the Water no es la canción más cantada, es la más filmada. Vivir el concierto con el cuerpo es insuficiente, cientos de celulares apuntan a la banda, hay que encerrarlo todo en ese marco rectangular que hace las cosas visibles, transmisibles, reales. Un souvenir de píxeles que no guarda, sin embargo, el olor de las repentinas nubes de marihuana, la sensación de tímpanos machacados durante dos horas, la incomodidad de las piernas hipnotizadas por la marcha incesante de los tambores.

A un par de metros frente a mí, un joven que parecía un muerto sobre el graderío se incorpora como en un electroshock. “Na, na, na, na”… es Hush, la canción que cierra el show. Empieza a llover cerveza. Alguien grita: “¡Es orinaaa!” pero el coro masivo es un huracán que se lo lleva todo.

Es el fin. Y el fin de un gran concierto es como verse en el espejo y volverlo pedazos.

Daños cerebrales irreversibles

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Desperté por la madrugada tirado en la arena. Mejor dicho: volví a la consciencia. Dos horas de desmayo. Festejo playero convertido en amnesia, paranoia, sed. Registré mis bolsillos como un policía: no había teléfono, ni cédula, ni tarjeta del banco. No recordé ningún asalto, así que pensé en dos opciones: 1. Me emborraché como un cosaco e hice de mis pertenencias un regalo al universo. 2. Fui víctima de la burundanga. Memoria borrada por efecto de la escopolamina.

–A ver, estábamos los cuatro en la playa, salimos de la disco, escuchábamos la música del malecón…–, dije mirando a Paola y Carola.

–¿A alguna de ustedes les brindaron un trago, alguien compró algo más?–, preguntó César.

Me sentí como en un reality show en el cual habría que nominar al culpable, a quien se dejó engañar por un cigarrillo contaminado, un vaso tóxico o quién sabe qué. Ellas comenzaron a llorar. Seguimos intentando recordar un rato más pero habíamos vomitado tanto que era urgente tomar agua. Eran las 3 am y las tiendas de Montañita, al contrario de las discotecas, habían cerrado. Ellas quizás ya pensaban en la ‘pastilla del día después’ que se tomarían en la mañana.

***

No había mejor plan ese fin de año que lanzarse salvajemente a la playa. Éramos dos universitarios por primera vez en Montañita, playa de hippies y surfistas trashumantes, de francesas en bikini que venden croissants y rastafaris con burritos en rebaja. Montañita, provincia de Santa Elena, 31 de diciembre, locación tropical para un filme psicodélico. Pero la psicodelia puede volverse terror, terror 3D.

Tuvimos que madrugar a las 5 am para tomar el bus: 8 horas de Quito a Guayaquil, 2 horas de Guayaquil a Montañita. Un bus que de congelador andino pasó a sauna costeño. Un trayecto que multiplicó el mareo gracias a las patadas de Van Damme en el televisor colgado junto al chofer.

El primer tropiezo fue la sobrepoblación de turistas agolpados en un pueblo de solo 1000 habitantes. Ruido de motos que operan como taxis, vendedores con altavoz incorporado a sus gargantas –“¡agua heladaaa!” – y las carpas de cerveza, esos enjambres de reggaetón.

Hallar un hostal de 10 dólares, luego de una hora de búsqueda, parecía un síntoma de buena suerte. Pero a la supuesta fortuna le siguió el ocaso: alcanzamos a ver la caída del sol, no a meternos al mar o a botarnos en la arena para descansar del viaje. Playa sin playa.

Ya era hora de que llegaran “las olas”, Paola y Carola, amigas que nos esperaban en Montañita desde hace unos días. No había más para tomar que Pedrito Coco –aguardiente que huele a bronceador y no sabe a coco– cómplice de resacas revueltas con mariscos. Nos sentamos en la arena y en lo que duran un par de botellas pasamos al baile y al abrazo: “4, 3, 2, 1… ¡Feliz añooo!”.

En Montañita la farra es el neón de una discoteca de bambú que compite con los primeros rayos de sol. Unos tragos más y llegó el momento del zapping fiestero: amigos que desaparecen, chicas que reaparecen, el grupo que se reúne, se dispersa y se vuelve a unir hasta que al fin estuvimos de nuevo en la playa, un poco lejos del “PUM-CHIS-PUM-CHIS” electrónico. Paola fue a buscar fuego. Carola bailaba, contaba un chiste… Es lo último que recuerdo.

Blancón y cuento nuevo: el peor día de mi vida, un atraco a mi memoria. Cuando despertamos, el corazón era un taladro de angustia. Tuvimos que pedir un envío de dinero desde Quito para pagar el hostal y poder volver a casa. En la capital, interminables filas para renovar documentos y recuperar fondos bancarios me hicieron recordar aquel día con más rencor. A eso habría que añadir las picaduras en las piernas y esa frase que apareció en la pantalla al googlear ‘burundanga’: “posibles daños cerebrales irreversibles”.

Nacido para vender

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Blasquito está vacunado contra la mala suerte en las ventas. Él atribuye sus anticuerpos al haber nacido en una familia rota, a la rebeldía que conserva de su juventud o, más probablemente, a sus ganas de joder. Está claro que todo comerciante quiere recibir más de lo que da, pero Blasquito no tiene tiempo para formular filosofías de la venta o moralejas de la competitividad. Mejor dicho, no quiere tener tiempo: en ese lapso podría perder uno o más clientes. Es un negociante del pasado. Tiene que ver a sus compradores a la cara y medir su voluntad en un gesto. Él escucha un tono de voz y sabe si el sujeto está dispuesto a pagar un poco más y si no, hallará la forma de que así sea.

No sorprende, a quien lo haya visto dirigiendo a los empleados de su fábrica de sondas, que haya pasado de niño vendedor de cometas a empresario industrial. Su madre y su abuela se preocuparon de educarlo en un prestigioso colegio jesuita –San Gabriel, de donde han salido tres presidentes del Ecuador– pero Blasquito no gozaba de los privilegios de sus compañeros. Prefería levantarse a las 5 am y caminar a la escuela para ahorrarse el dinero del bus y así poderse comprar un helado o un chocolate. Pronto se dio cuenta de que así nunca podría tener lo que soñaba: un perrito, una bicicleta o un gran tren de juguete.

Se obligó a más. Fabricó cometas con papel y espigas de una quebrada y las vendió a sus amigos del barrio –todos hijos de divorciados, como él–. Reunió en el salón de su casa libros y revistas y empezó a alquilarlos. Compró ropa usada para revenderla en tiendas baratas y planeó minuciosamente su obra maestra: disfrazar a un primo de ‘año viejo’, el monigote que se quema el 31 de diciembre en Ecuador como símbolo de buena suerte, y hacer creer a los peatones que se trataba de un muñeco movido por un mecanismo automático. El dinero iba llenando la bolsa puesta en el piso hasta que el primo tuvo que salir corriendo a buscar un baño. “!Plop! La gente casi se cae como Condorito”, ríe Blasco.

Cuando visita la línea de ensamblaje de su fábrica, hay empleados que parecieran persignarse: las bocas se callan, las manos se aceleran y los ojos no miran, se concentran. “Estamos jodidos con las nuevas importaciones de la India –me dice, mientras llena su oficina con el humo de su tabaco–, esta fábrica no durará mucho tiempo más, no podemos competir contra sondas tan baratas. Pero ya estoy pensando en otro negocio: la señalización (vial, corporativa, arquitectónica… la que pague más)”.

Tiene 59 años, su mirada es ruda y su sonrisa frecuente. De piel curtida y panzón, es de aquellos que creen lo que dicen en el exacto momento en el que lo dicen. Parece un tipo nacido para convencer. “Nunca fui muy estudioso, tampoco fui atlético o guapo pero, eso sí, siempre fui valiente. ¡Carajo y qué valiente!”, gesticula, ahora que va apareciendo su juventud en los tonos más cálidos de su voz.

Cuando Blasco Veloz tenía 21 años era tan delgado que lo llamaban “el Flaco Veloz”, lucía un aire a Paul McCartney y además cantaba. Fue con esa pinta –completada con botas y cerquillo– que de alguna forma consiguió el dinero para largarse a Holanda. Paseó por los canales de Rotterdam de la mano de “la gringa” que había enamorado en Quito y se ganó algunos billetes cantando boleros en un par de restaurantes. Todo acabó con el abrir de una puerta. Así, al ver platos nuevos y cucharas brillosas, supo que la chica quería casarse con él y que la madre había ido guardando también muebles y cortinas en una bodega para el futuro hogar de los novios. Sin embargo, aquel idilio holandés solo había sido el Plan B en su hoja de ruta.

El Flaco lo que quería era irse de Ecuador, no tanto por abandonar el país como por dejar la casa en la cual, según repite una y otra vez, su madre y su abuela se habían encargado de causarle una herida que aún le taladra el corazón. Desde pequeño sufrió golpes y maltratos –lo bañaban en agua helada, lo encerraban en una bodega sin luz–. Siempre se preguntó el porqué, aunque admite travesuras como robar dinero de la abuela mientras dormía.

De ahí que su Plan A, el anhelo de otro mundo, haya sido irse a vivir a Nueva York. Blasquito planeaba aprovechar la escala en la Gran Manzana que haría su vuelo con destino a Holanda para llamar a su amigo Jaime. Quería quedarse con él por unos días hasta conseguir trabajo. El teléfono resonó por media hora en algún departamento de Queens. Si alguien hubiera contestado, Veloz habría ido a parar a Vietnam, como Jaime.

De todas maneras logró escaparse al exterior, aunque acabó por regresar al Ecuador. Se convirtió en el hombre pujante que es hoy, el hombre que no se deja ver por dentro y prefiere interponer entre él y el mundo el peso de un sobre repleto de dólares. Le pregunto, entonces, por su padre y basta un segundo para que se derrumbe su optimismo comercial. La pregunta es una lanza. “Sé que fue músico, pianista. Nunca estuvo presente. No quiso hablar conmigo a pesar de que lo busqué varias veces. Hace diez años asistí a su entierro. Yo pagué todos los gastos… supongo que habría estado orgulloso”.

El agujero se llama Blues

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Alicia da un paso más y caes por el agujero del conejo. Esta noche Alicia se llama Maricela –escotazo y faldita–, el agujero se llama Blues y el desenfreno es el país de las maravillas. Bajas tres pisos hasta la discoteca que retumba desde hace 20 años bajo el abandonado Cine República. Acá, al amanecedero incandescente, llegan las cenizas de otras fiestas para arder de nuevo en fogonazos de rock o electrónica. Arranca el after party, 500 personas versus un solo enemigo: el día, la rutina, la realidad… cualquier antónimo de Blues es válido.

Si la farra del viernes es un caos nocturno, este es el centro del caos y en el centro del centro: mesas de vodka, aguardiente, un vinilo de Hendrix en la pared, Coca y ron o coca en el baño. Más allá, en la pista, los ojos son moscas pegadas al cuerpo de una mujer. Láser, neón, un mar que ruge –como dice Aldo Rocco, dueño del local– “a más de 10,000 vatios”.

Todo es muy rápido cuando has caído por el túnel: estás mirando la foto en la que Jagger saca la lengua y, de pronto, te has quedado sin dólares para emborracharte junto a Maricela. Pero ella se va, su taconeo es impredecible. Tendrías que seguirla y quitarle la llave del auto ahora que suena Beck y dos chicas te sonríen.

La una le dice a la otra “¿Lo invitamos?”, la otra dice “sí”. No ha acabado la canción y ya tienes sobre la lengua la pastilla con el dibujo de un OVNI. Hace tiempo que han pasado las 2 am, el toque de queda. ¿Habrá un pacto con la ley? Es lo más probable: aquí encuentras niñas de 16 años o señoras de 40. Ni hablar de los dealers: resulta que la pareja de chicas te ha cobrado 20 dólares por la pastillita de éxtasis. Te dejas secuestrar por la música y cantas aunque no hables inglés: “arraun da wor, arraun da woor”.

El slogan del lugar quiere ser un mantra: “El Blues es todo”. Es todo porque aquí las chicas pagan la mitad, no hay sala VIP y si llegas temprano –solo tú y tu reflejo en la barra– puedes tomar cuanto quieras hasta la medianoche. Pero incluso el Blues desfallece cuando llegan las 6 am. Duelen los pies, arden los ojos. Sales a la calle convertido en detector de taxis.

Los autos que a la entrada se agolpaban como colillas en cenicero ya no existen. Te sientas, sientes la vereda fría y en tu mente ya no suena la música sino un disparo. No sabes de dónde viene hasta que recuerdas. Hace ocho meses, ahí mismo donde te encuentras, un tipo que salía del Blues, como tú, recibió un balazo en la cabeza. Los noticieros no dijeron nada. Fue un asunto de drogas.