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Ejercicio 11. Repentina

Ejercicio 11, Repentina Comentarios desactivados

Era Navidad. El paquete, sin duda, era un libro, rasgué la envoltura para encontrarme con el título: Los detectives salvajes, acababa de entrar a la Universidad y la preparatoria seguía rondando mi mente. El destino del ejemplar fue la maleta del viaje: un par de semanas en Puerto Escondido aseguraban tardes de lectura. En efecto, la playa devoró los pasajes de la novela que me presentaba a los personajes que iba conociendo en persona o en los chismes de la escuela a la que había ingresado para estudiar la licenciatura. Mas lo que me obsesionó muy pronto fue la mención de los lugares que por los que había caminado en la adolescencia de bachiller, en los que había descubierto esa otra ciudad que se extiende tras las avenidas importantes y que revela la esencia capitalina.

Bucareli, la colonia Roma, el centro histórico, Tacuba, los sitios que había experimentado un par de años antes de encontrarme con las aventuras de los infrarrealistas se agolpaban de pronto en mi lectura y me hacían intentar reconstruir cada una de las tardes que se convertían en noches y luego en madrugadas El Consorcio, una cervecería infame frente al Reloj Chino.

Y aunque ni El Nivel, ni La hija de los Apaches, ni la Arena Coliseo aparecieran en el mapa de García Madero y aunque tampoco quisiera yo ser parte de la novela, me sorprendía cómo todos los jóvenes somos tan parecidos a cierta edad, cómo el mundo nos parece tan nuevo y cómo nos sentimos el primer viajero en llegar a cualquier recóndito rincón.

Leí Los detectives salvajes un par de veces antes de regresar a la ciudad, la tranquilidad de la playa no impuso sobresaltos al transcurrir de las páginas.  Al principio, hice apuntes y pensé que sería un buen plan emprender las caminatas descritas en el relato, probar reconocer a los personajes tras las cortinas de las loncherías, en las esquinas, al interior de los edificios. Pero no, habían transcurrido lustros desde que las realidades y las ficciones de Bolaño habían sucedido y tampoco me hacía ilusión volverme el tipo de lector al que siempre he rehuido, el tipo de persona de la que desconfío.

No intenté reconstruir los pasos de Belano y Lima, no me interesaba emular a los real visceralistas, pero sí comencé un diario en el que anotaba los lugares por los que pasaba, hacía listas con las canciones de las radiolas de los locales en los que tomaba cerveza, recogía los menús de las cantinas y los coleccionaba como si fueran documentos importantes para, en el futuro, hacer la historia de los pequeños lugares y sus personajes.

Es la primera vez que confieso todo esto, es la primera vez que pienso en ello. Con los años he vuelto a pasajes de Los detectives salvajes y el destino no me ha sacado de ciertos sitios, ahora me causan hilaridad las coincidencias que ni siquiera llegan a ser bromas de la vida, pero me provoca más risa la legión de jovencitos que sí ha comenzado a recorrer los caminos que los infras burlaron hace tanto tiempo, fundan movimientos y publican manifiestos. Yo sé mi secreto.

 

*Por un error atribuible a mi impericia con un programa, desconfiguré mi computadora y tuve que realizar algunas reparaciones de emergencia en el sistema de la misma. Lamento entregar tarde este ejercicio, ofrezco disculpas por ello.

Ejercicio 9. La improductividad de la noche

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Casi será la una de la mañana, afuera de una agencia del Ministerio Público al poniente de la ciudad, dos vendedores de tamales terminan de levantar sus puestos, suben las mesas a su triciclo y apagan sus anafres despidiendo fumarolas que se pierden rápidamente entre el aire frío que pega en la calle.

Una grúa maniobra para dejar, frente a la puerta de las oficinas un Chevy rojo con el cofre destruido. Un hombre de traje y chamarra de los Dallas Cowboys sale, con su celular toma fotografías de las averías del vehículo, anota en un formulario y, mientras, interroga a los policías que traen el automóvil. El dueño del Chevy huyó después de estrellarlo en un poste sobre Cervantes Saavedra y uno de los lagos de la colonia Granada.

El coche rojo queda sobre la calle, en una fila que da cuenta de recientes accidentes automovilísticos: un Tsuru gris reducido del lado izquierdo, con huellas de pintura negra; un Sedan blanco con el cofre abollado, sin medallón y las salpicaderas abolladas; un pequeño Jeep con el impacto de otro auto en las puertas derechas. Algunos de los vehículos tienen sangre en los asientos, las hojas que llevan pegadas y en las que se debería leer el motivo de su aseguramiento son ilegibles, aunque entre los trazos se distinguen nombres de calles y la palabra colisión.

Luego de marcharse los triciclos de tamales, un hombre con un enorme termo y una canasta con pan y sándwiches instala una pequeña mesa afuera de las oficinas. Policías y funcionarios rodean de inmediato el puesto, toman café de vasos de unicel. En la sala de espera, pocas sillas están ocupadas, a ratos suenan las balastras que iluminan el lugar, es la única conversación que se escucha. Los cuatro hombres que se encuentran en esta área vienen solos, dos de ellos escriben mensajes desde sus celulares.

Desde las paredes, decenas de caras miran el silencio que cubre la oficina, asomándose por carteles tamaño carta con la leyenda “¿Le has visto?”, niños, mujeres, ancianos y muchachos de retrato escolar atestiguan la noche, con la esperanza de que alguien encuentre en su filiación el dato que lleve a sus familiares a hallarlos de nuevo. Tras la barandilla tampoco hay mucho movimiento, los trabajadores que no han salido a su pausa para el café contestan el teléfono, cotejan números, imprimen y revisan hojas.

La calma, un tanto hostil, que se respira la interrumpe un fuerte llanto: una mujer de cabello pintado de rubio, chamarra de cuero y pantalones de mezclilla entra gritando, alega un robo, dos policías la acompañan. Son ellos quienes platican son sus compañeros sobre el caso, la mujer es dueña de una estética, al llegar a casa se dio cuenta que había dejado en el negocio su celular, regresó al salón de belleza sólo para encontrar que la puerta había sido forzada, la caja y algunos aparatos hurtados.

Uno de los agentes que tomaban café en la banqueta, aún con el vaso en la mano, pasa a la mujer a un privado de la oficina.  En minutos, el hastío de la espera en la sala vuelve a reinar, llegan patrullas de las que los uniformados sólo bajan para pasar al baño e intercambiar bromas con los policías que hacen guardia afuera de la Agencia.

Dos jóvenes altos con ropa deportiva y bufanda cruzan la puerta, se dirigen a la barandilla, la secretaria que los atiende hace pasar a uno de ellos, lo conduce al privado en el que la dueña de la estética levanta el acta por el robo. El otro se sienta y llama por su celular, por sus palabras se descubre  que quien pasó con el Ministerio Público y él son hijos de la señora.

Cuatro llamadas después, salen la mujer y el otro muchacho acompañados por el agente, ésta llora al abrazar al hijo que los esperaba, salen de la oficina y se marchan.

La sala se ha vaciado, después de firmar algunos documentos, los demás ocupantes de las sillas se han ido, resignados, sin aspavientos. De los privados sale gente con hojas en las manos, el levantamiento de actas y la toma de declaraciones lleva su tiempo, las caras de aburrimiento y tensión no pueden esconderse, las personas que salen de la agencia miran sus relojes mientras buscan algún taxi en la solitaria calzada.

Desde la barandilla un agente, hace señas para que entre uno de los policías, le ordena enviar a las patrullas con remitidos por faltas administrativas al Torito, ahí hay juez cívico y esta madrugada hay mucho trabajo de escritorio como para perder el tiempo con “borrachos y meones”.

Ejercicio 10. Sólo leer…

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El tramo de la calle de Petén entre Obrero Mundial y Esperanza, poco a poco se desaloja, mujeres con bolsas del mandado salen de la puerta de lámina que se encuentra casi a la mitad de la cuadra, hacen señas, se encuentran con otras personas, dicen algunas palabras y luego, en silencio caminan hacia el metro.

No es particularmente una tarde calurosa, el reflejo del sol en el gran muro blanco de una tienda de autoservicio vecina hace más nítido el paisaje, más evidente la tristeza de quienes se marchan y más negro el uniforme de los policías que vigilan ambas aceras con armas largas, lentes oscuros y pasamontañas.  Pasan de las cuatro de la tarde, la visita a la Comunidad de Diagnóstico Integral para Adolescentes ha concluido, los familiares de los jóvenes internos emprenden el camino a casa.

Al tocar la puerta, se despliega una pequeña mirilla observan desde adentro: – ¿Viene a dar la clase a los muchachos?– pregunta una voz masculina.  Mientras respondo, abren – Nomás présteme su IFE, para que vengan por usted–. El hombre que me recibe la credencial de elector me señala las bancas de la sala de espera previa a la aduana.

Sobre la barra que sirve de recepción, docenas de bolsas transparentes hacen fila, dos uniformadas revisan el contenido de cada una, si no fuera porque los rótulos con los nombres de los dueños, las bolsas serían idénticas: un desodorante Axe de barra, un jabón individual, ropa interior blanca, sandalias, calcetas blancas, madejas de hilo, papel sanitario. Cada objeto es examinado con minuciosamente. Las mujeres encargadas huelen los productos, los observan a contraluz, desarman el mecanismo de los desodorantes, lo vuelven a armar. Desentona la música de un radio que sintoniza Estéreo Joya, las baladas que emite desesperan esta sala en la que no sirve el baño.

Una de las mujeres me llama por mi apellido, me pide que me registre mientras inspecciona los tres libros que llevo, página por página. Armo con letras las palabras recibe no sólo la hojeada y la pequeña sacudida que la antología poética que le antecede, la policía se detiene en cada imagen: –¿Ya viste este libro? – le dice a su compañera, –está bien divertido– continúa. Me sonríe, mientras toma el siguiente, –¿A poco hay cuentos indiscretos? a mí sólo me gustan los de amor y, la verdad, los de Capulinita que leía de niña – me dice, preguntándome si al salir le puedo prestar el libro de “los dibujos” para verlo con sus hijos, asiento.

Paso al cuarto de revisión, un policía me cachea y me indica que él me acompañará al patio, que los jóvenes de uno de los dormitorios ya me esperan. Pasamos tres rejas, en cada una las mismas preguntas. A no ser por el grupo que aguarda bajo la sombra que proyecta una de las bardas, el patio luciría vacío, catorce adolescentes de pants azul, playera blanca, calcetas y sandalias platican, tejen pulseras, observan los pájaros que comienzan a adueñarse de las jardineras.

–¿Hoy qué nos vas a leer, maestro?- me pregunta un par de ellos. Los saludo, me cuentan que algunos sólo estarán esta semana, que su fase de diagnóstico está por concluir y seguirán su tratamiento en libertad o en la Comunidad de San Fernando, me pierdo en los tecnicismos eufemísticos para nombrar el encierro de estos jóvenes.

Leemos a Saki, su atención es casi total, interrumpen de pronto para preguntar por alguna palabra, o para zapear a algún compañero que se esté distrayendo, –hazle caso, al maestro, luego andas preguntando de qué se trató el cuento-. El libro ilustrado los sorprende, a sus dieciséis o diecisiete años nunca habían pensado en las formas de las letras, algarabía total, –déjanos el libro para copiar los dibujos, ándale- me dicen varios, –hasta estaría chido hacerse un tatuaje así–.

No creo en el poder redentor de la literatura, no mucho, sólo hago mi trabajo, cuando me invitaron a realizar sesiones de lectura en la Comunidad, sólo tenía claro que quería que los escuchas se divirtieran, no me interesaba el discurso de darles un rato de libertad, porque bardas adentro la libertad no se respira ni en las hojas que caen de los árboles, ni en los aviones que pasan sin cesar sobre la colonia Narvarte.

Leemos, otra vez, “La casada infiel”,  tres o cuatro repiten algunos fragmentos, otros cierran los ojos, el custodio que los acompaña anota el nombre del poema en una hoja doblada que luego guarda entre las múltiples bolsas de su pantalón. Después, para terminar, llega Oliverio Girondo con su enumeración amorosa, tengo que repetir el poema tres veces, el más nuevo del grupo me dice que no sabía que la poesía también fuera así, “cachonda”. Ven los libros, los hojean, deletrean el índice de poemas y buscan entre los cuentos de Saki algo para la próxima vez.

Nos despedimos chocándonos los puños, se forman para regresar a su dormitorio, un policía viene para acompañar mi regreso a la aduana y a la realidad, este mundo de afuera. Tomo mi camino, sonrío con la culpa de sólo haberme divertido.

Ejercicio 7. Miedo a la escuela

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Gerardo llegó a casa, dejó la mochila encima de uno de los sillones de la casa y se acostó en su cama a mirar el techo, no se puso a construir torres de lego como solía hacer al regreso de la escuela, tampoco se entusiasmó cuando le llamaron a la mesa para comer. No era la primera tarde que el chico, de nueve años, mostraba esa actitud de hastío, tenía un par de semanas rehuyendo a las tareas, aunque la escuela no es especialmente su pasión, tampoco se distinguía por ser un alumno problemático.

Cuando Regina, la madre de Gerardo, notó que el comportamiento de éste se sostenía, se preocupó. Si algo tenía su hijo era alegría, disfrutaba jugar futbol, salir a correr con su perro, ver televisión riendo a carcajadas junto con sus hermanos y armar torres y otras construcciones con legos. Regina comenzó por preguntarle a su hijo qué le ocurría, la respuesta de Gerardo fue contundente: no quería volver al a escuela.

El niño adujo que estaba harto de la maestra, que lo regañaba mucho, que no lo escuchaba, que prefería a los otros niños. Regina no dudaba de su hijo, pero algo no cuadraba en el relato de su hijo, Gabriela, la maestra de 4º B de una escuela primaria pública de Azcapotzalco, tenía buena relación con sus alumnos, no tenía fama de regañar a los niños o castigarlos, ni siquiera dejaba mucha tarea.

Antes de enfrentar a la maestra, Regina decidió hablar con otras madres, ninguna le refirió malos tratos de Gabriela hacia los alumnos, pero notó que varias de ellas estaban preocupadas por el comportamiento de sus hijos, sobre todo las madres de varones. Otros seis o siete niños también manifestaban no querer ir a la escuela, los motivos eran varios: súbitas diarreas en la mañana, regaños del profesor de educación física, burlas de otros niños… Regina dio entonces con la clave de lo que le ocurría a Gerardo.

Esa tarde, al terminar de comer, Regina preguntó a Gerardo sin más: ¿quiénes son los niños que se burlan de ti? Su hijo mayor no pudo contener el llanto y le contó cómo, durante el recreo, cuando entraba al baño, otros niños de su salón, lo encerraban en uno de los gabinetes mientras se burlaban de él: “no vales nada”, “nadie te quiere”, “eres un pendejo”. Gerardo baja la voz cuando llega este pasaje, dice que le gritaban “otras cosas feas” pero que ya no se acuerda, su mamá lo secunda, “ya te imaginarás, todas las groserías que se saben los niños a esa edad, pero con mucha violencia”.

La atención de Regina fue fundamental para detener el acoso al que eran sometidos Gerardo y otros compañeros. Un grupo de padres habló con la maestra, ésta acudió a la dirección del plantel para poder solucionar el conflicto. “Nunca me había pasado algo tan fuerte, no pasaba de peleas por alguna cosita, pero que un grupo se dedicara a molestar tan violentamente a los demás y de forma tan organizada, porque se ponían de acuerdo para vigilar que nadie los sorprendiera…” –cuenta una atribulada Gabriela quien confiesa que al principio no supo cómo reaccionar: “porque tampoco puedes señalar a los acosadores, tienes que buscar ayuda para ellos también, no sabes qué hay detrás de ellos, lo raro es que algunos eran niños con buenas calificaciones” –continúa la maestra.

Un ciclo escolar después, la situación es distinta, padres y maestros se mantienen alerta a cualquier indicio de bullying. Aunque el problema que enfrentaron fue difícil y triste, saben que todo pudo ser peor, se conocen los rumores de casos “muy fuertes” en otras escuelas, aunque nadie cuenta algo concreto.

Tienen razón. Dos ejemplos para basar sus temores: la Procuraduría General de Justicia del Distrito Federal documentó el caso de un estudiante de bachillerato que, mientras se dirigía a su casa, fue atacado por dos de sus compañeros quienes le rociaron alcohol en la espalda para posteriormente prenderle alcohol, según consta en la averiguación previa FIZP/IZP-2/T2/1379/10-10; en Chilpancingo fueron detenidos un par de alumnos de una secundaria como parte de las pesquisas para aclarar la muerte de un compañero en sucesos relacionados con el acoso dentro del plantel (Milenio, 24 de mayo de 2010, pág.33, sección A).

La Secretaría de Educación Pública en el texto Me valoro y aprendo a cuidarme, una guía para los alumnos de 3º y 4º de primaria del programa “Escuela Segura”, describe el fenómeno de la siguiente manera: “La intimidación o bullying, se da cuando un niño o grupo de niños, maltrata repetidamente a otro que no puede defenderse. Lo que provoca que quien lo sufre tenga miedo y no quiera asistir a la escuela.”

El asunto va más allá, no sólo se trata de producir temor entre grupos de alumnos, sino de la transformación del espacio escolar y, en general el entorno en el que los niños viven, en un sitio hostil reflejo del sinsentido en el que se hallan quienes lo practican. Además, el bullying no se da sólo en la relación entre los alumnos. Hay maestros que maltratan a sus alumnos sin que el contacto físico sea necesario: comparaciones, regaños sin motivo y puestas en evidencia son algunas de las formas en que se manifiesta el acoso, propiciando un ambiente violento en el ámbito escolar.

Y, por supuesto, el maestro también puede ser blanco de los ataques de los alumnos. Mariana, maestra de secundaria en una escuela particular para niñas al sur de la ciudad, me cuenta que algunas sus alumnas la atacaban con comentarios sin más intención que lastimarla emocionalmente y restarle autoridad frente al resto del grupo. “Hablaban sobre mi ropa, mi aspecto, mi humor, siempre retándome, siempre haciéndome ver mi edad y mi supuesta fealdad, si les hubiera hecho caso me hubiera echado a llorar y no hubiera llegado a la escuela al día siguiente, después algunas hasta me querían, cuando terminó el ciclo escolar ya ninguna tenía la actitud de al principio”.

Al final, el bullying no es más que la lucha por el poder, replicar los esquemas de relaciones humanas adentro de la escuela, con el peligro de que aquello que sucede dentro del espacio de las aulas se repetirá afuera de ellas, cuando quienes son víctimas de las burlas, los golpes o el desdén de sus compañeros, sean jefes, policías, padres de familia o maestros.

Ejercicio 8. Caballos de peluche.

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Atípicamente, cae lluvia en pleno noviembre sobre la colonia Narvarte. Esta tarde, el parque de Las Américas es rondado sólo por perros callejeros y los transeúntes que lo recorren con sombrillas  o a trote de paso, sin detenerse en las canchas de básquet o en las estelas con los nombres de los países americanos. Llueve y hace frío, quizá muchos niños quisieran corretearse bajo el agua, saltar sobre los charcos que apenas se forman en la banqueta y los andadores internos del parque.

A pocas cuadras del ahí, al interior de Parque Delta, montones de niños juegan, corren, gritan. Cobijadas por la plaza, decenas de familias caminan sobre los pasillos, nadie parece tener rumbo, excepto los niños que se separan de sus madres hacia los aparadores de casi cualquier tienda, aunque las de ropa no reciben las expectantes miradas de los infantes  –debí decir que la mayoría de las familias que se pasean este día están compuestas por madre e hijos, algunas con abuela y otras, pocas, con padre–.

Los corredores de este parque que no es parque parecen más angostos conforme se llenan de gente, la parsimonia con la que los adultos caminan contrasta con el hastío de los niños que, presurosos, le indican a sus madres que han descubierto algo, o corren buscando a sus hermanos para presumir su hallazgo: un televisor más grande que la cama en la que duermen, una tienda de dulces, la pista de carreras que quieren pedir para Navidad…

Como si la estrechez del paso no fuera casi asfixiante, veo frente a mí a una mujer tirando de dos caballos. La imagen me sorprende, sigo con la mirada a los equinos: dos ponis de peluche cabalgados por dos niñas que sólo miran al frente sin mayor expresión en el rostro.  Mientras pienso en lo negligente que es la señora al traer a pasear a sus hijas con sus vehículos zoomorfos a este sitio que no es precisamente el más amplio de la ciudad, veo no muy lejos un corral lleno de peluches cabalgables.

El anhelo infantil de montar un animal se ha vuelto una actividad lucrativa. Cuando yo era niño a uno lo llevaban a Chapultepec, a La Marquesa para pasearse en un caballito de carne y hueso y sentirse charro por un rato, incluso en el Parque México se podía jugar al jinete sobre un poni que, de cuando en cuando, detenía su marcha para dejar sendas montañas de estiércol en el camino. En un parque que no es parque, los animales tampoco podrían serlo, sillas forradas de peluche, emulando a caballos, cebras, elefantes, tigres y pumas –¿por qué no? – esperan a que los niños las escojan para enseñorear, sobre sus lomos, el reino de la ilusión.

La fila para alquilar a una mascota es pequeña, pero el estruendo que produce es notorio, los niños indecisos repasan el inventario de animales diciendo las cualidades de cada uno para elegir al mejor. Una vez montados en su cuadrúpedo, la emoción de cabalgar sobre las baldosas brillantes de la plaza no dura demasiado: el gusto pronto se transforma en aburrimiento, la cara del niño y el semblante del animal-juguete-vehículo lucen igual de inexpresivas.

Pero los adultos ya desembolsaron la renta del artefacto, hay que sacarle provecho, no importa que estén prohibidas las carriolas en las escaleras eléctricas, los padres se las ingenian para subir con el fardo en que se convierte el animal de peluche en éstas, no dudo que haya quien lo haga con todo y niño montado.

Y ahí van los niños arriba de su puma o su león, haciendo fila para ordenar en el área de fast food, esperando con su papá el turno para el cajero automático, dando pequeños saltos mientras su madre platica en el café con otras dos mujeres.

No hay señales del exterior, no sé si sigue lloviendo en la calle,  cavilo sobre el clima, pensando que los animales de peluche no resistirían la intemperie, para eso fueron inventados, para entretener a los niños dentro de la plaza, y sí, pronto será el día en que los padres alquilen amigos –quizá inflables, quizá de peluche, también– que acompañen a sus hijos mientras ellos se divierten en el centro comercial.

Ejercicio 5. Allá en la cancha del rincón…

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El boulevard Adolfo López Mateos es un estacionamiento, es viernes y es quincena, no podría ser distinto. Microbuses y minivans descargan el pasaje en cualquier carril, los automóviles particulares se hacen abren paso como se puede para avanzar hacia las colonias de Atizapán, a San Pedro o a Nicolás Romero. Cuando al fin se puede doblar por Calzada San Mateo, la situación no mejora, una avenida con un carril de ida y uno de vuelta atiborrados es la muestra de una ciudad que creció sin ningún plan, comiéndose a los pueblos que la rodeaban.

Ya desde aquí los zaguanes de las casas se ofrecen como estacionamiento, algunos franeleros hacen señas para estacionar los autos en las calles aledañas, todavía faltan algunos cientos de metros para llegar al Teatro Diego Rivera y su Deportivo Zaragoza, vendedores de sombreros, banderines, bandas para la frente, dulces y cigarros caminan sobre el arroyo vehicular ofreciendo sus productos parsimoniosamente. Los revendedores de boletos también se pasean entre los autos, “¿te sobran o te faltan?”.

Conforme se avanza, comienza a escucharse la música, tocan los Horóscopos de Durango, sus voces femeninas suenan sin que se distinga la letra de lo que cantan, el baile comenzó hace un par de horas, pero apenas llegan los ríos de gente con ganas de ver a Los Tigres del Norte y terminar bailando con la Banda MS.

El deportivo sede del baile es un conjunto de canchas de terracería, el templete con para los grupos se encuentra sobre un terreno que no sé bien si es campo de futbol o de béisbol, la cantidad de gente y bocinas me hacen perder la dimensión del espacio, lo único seguro es que los pulmones de quienes practiquen deporte en este sitio quedan llenos de tierra y polvo, hace años que aquí no crece pasto.

Los equipos de sonido y de iluminación desplegados para la ocasión contrastan con la austeridad del sitio, potentes lámparas alumbran el escenario, la luz parece más nítida que si fuera de día. Al micrófono, Marisol y Vicky Terrazas cantan, bailan, las lentejuelas de su saco vaquero reflejan los colores de los juegos de focos que, sobre ellas, danzan al ritmo del pasito duranguense.

“Antes muerta que sencilla, ¡ay, qué sencilla!, suena uno de los éxitos de este dueto femenino y se comienza a levantar más polvo, sobreros rosas se mueven de uno a otro lado en la cancha de fut o de beis, las mujeres forman círculos y bailan entre ellas, pareciera que los Horóscopos cantan para el público femenino, los hombres apenas se mueven, aprovechan el momento de diversión de las chicas para ir a buscar cerveza.

Las cantantes de Horóscopos de Durango confirman su vocación pro esparcimiento femenino cuando comienzan su cover duranguense de “Girls just wanna to have fun”.  Cyndi Lauper sería feliz viendo a las atizapences corear la canción que lanzó en 1983, cuando seguramente muchas de las chicas que ahora confunden los pasos disco con el a gogo y los mezclan con el duranguense no habían nacido.

Termina el turno de Horóscopos, quienes culminan con otro cover –pareciera que los grupos actuales viven de hacer versiones, es tan poca la memoria que, incluso, su éxitos pasan por originales entre el público– ahora el homenaje es para ese ave fénix regiomontano que es Gloria Trevi, sus “Cinco minutos” suenan y las asistentes aprovechan para reclamarles a sus parejas con las notas y los versos –si se me permite llamar así a las líneas de la canción– los desdenes. Sólo algunos hombres bailan, imitando  no sé bien si a Gloria Trevi o a las hermanas Terrazas.

No pasan más de cinco minutos, cuando todas las luces del escenario y de las canchas se apagan, una pantalla gigante comienza a proyectar imágenes de tigres, una voz en off repasa la trayectoria del grupo siguiente y la ensalza con frases adjetivas: “los número uno”, “la voz del pueblo” y sí, por supuesto, “los jefes de jefes”, suenan fragmentos de las canciones que de inmediato son coreadas por la concurrencia.

La piel se enchina cuando el locutor hace al público entrar en el territorio de la inmortalidad: “a partir de este momento ya eres parte de la leyenda, este momento quedará plasmado en la historia, desde Rosa Morada, Municipio de Mocorito en el Estado de Sinaloa…” Y ahí están, en el escenario: Óscar, Hernán, Luis, Eduardo y Jorge, de traje blanco, arrancándose con “La banda del carro rojo”.

Ahora sí, la algarabía es general, Los Tigres del Norte saludan, Atizapán les brinda su ovación, las parejas bailan, los vasos de cartón encerado vacíos de cerveza comienzan a amontonarse en el suelo, las luces indican el ritmo del bajo.

Parece que el público se ha uniformado para la ocasión, las mujeres se enfundan en apretados pantalones de mezclilla, el final de septiembre les permite llevar camisas vaqueras sin chamarras que estorben, los hombres de mezclilla o pantalón de vestir, lucen playeras de colores llamativos, estampadas con números y el logotipo mal logrado de la marca Polo. El atuendo es signo inequívoco de quiénes son los modelos a los que aquí se aspira.

Tocan los Tigres “Mi sangre prisionera” y otra canción con tema migratorio, no despiertan mayor entusiasmo entre los asistentes. “La mesera” pone a temblar la terracería, las norteñas clásicas siempre despiertan el furor, el recuerdo de alguna radiola en alguna pulquería, la permanencia del radio en un camión nocturno, el entierro de algún familiar, todo cabe en una norteña de las viejitas.

Con “La mesa del rincón” ahora son los hombres los que le reclaman a las mujeres, gesticulan, imitan el agudo del vocalista, tocan un acordeón imaginario y sorben la cerveza de sus enormes vasos.

Siguen las canciones de despecho, “Ni parientes somos”, “Ya te velé” y “La tumba falsa” son el preludio para “Golpes en el corazón”, desde el público se escucha una sola voz: “yo soy tu Paulina, cabrón”. Y me pregunto ¿por qué nadie gritó “yo soy tu Sach” o “yo soy tu Andrés”? cuando se cantaron “Somos más americanos” y “La mesa del rincón”. Los Tigres tienen dos públicos: los que le dan lana y los que le dan caché.

Con “Jefe de jefes” los de Sinaloa comienzan a despedirse con la promesa de volver al lugar “donde tanto nos quieren y nos aplauden”. Los acordes de una vieja canción ranchera comienzan a sonar y desde las canchas se escucha el coro “Rosita de olivo, blanca flor de azahar…”, el público aplaude y no permite a los Tigres dejar el escenario para abordar el autobús en el que la imagen del grupo se ve menos gigante que en el templete mismo, desde donde nos hicieron parte de la leyenda. Aunque sigue el aplauso, el grupo se va, tras los acordes de “Mi buena suerte”.

 

Ejercicio 6. Prisa por una mala noche.

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Las pesadillas ocurren de noche, pero se preparan con el día. Al poner en retrospectiva algún momento desagradable, se descubre que la vida está hecha, en realidad, de pequeños momentos de desasosiego, de instantes en los que bastaría tan sólo un poco más de desesperación para colmar la paciencia de cualquiera y desencadenar impensables consecuencias. La vida también es ese constante termómetro que nos lleva a las temperaturas límite del agobio para recordarnos lo débiles que somos ante lo insoportable, lo pusilánime de nuestra capacidad de enfrentar lo indigno.

Pasar la noche con algún familiar en el hospital no tendría por qué ser una razón para la ignominia, no si el paciente se encuentra estable y en una condición que no compromete su vida; a menos, claro, que el establecimiento pertenezca a los servicios de seguridad social que el Estado presta a sus trabajadores, un hospital del ISSSTE, pues.

Desde un día antes sabía que tendría que acudir al nosocomio y estar al tanto de mi familiar, comencé temprano la mañana. Cuando quise calentar el café, la estufa no encendió, no había gas, lo asumí y no hice el intento por encender el boiler. Subí a la azotea para revisar el tanque y dejarlo listo para su cambio, el tanque pesaba, había gas, sólo habían cerrado la llave de éste. Insulté mentalmente a las madres de los niños que juegan en la azotea y los pasillos del edificio. Y sí, la prisa sabe los momentos en los cuáles hacerse presente.

Dos de las personas que debía visitar no estaban en sus oficinas, los cheques que me entregarían, tampoco.

Me dirigí a mi siguiente cita, en el camino recibí la llamada de mi tía dándome instrucciones para la entrada al hospital, todo comenzaba a ser más complicado que permanecer leyendo en la sala de espera atento a las indicaciones de médicos, además tenía que pasar a comprar algunos artefactos ortopédicos, que yo hubiera supuesto se otorgaban en el hospital, para eso descuentan de los salarios las cuotas del ISSSTE, creía.

La espera de la cita se extendió más de una hora, mi junta duró solo cinco minutos, dos de los cuales el director del proyecto los aprovechó para mostrarme en su iphone las fotos de su hija recién nacida. No lo odié, más bien pensaba en dónde encontrar los artículos que mi tío necesitaba y en llegar a casa para buscar un par de libros para él y cargar en el ipod algunos podcast que le pudieran resultar entretenidos mientras esperaba a ser operado.

Llegué al hospital pasadas las ocho de la noche, tenía equivocado uno de los dígitos del número de cama a la que visitaba. Con más desgano que reproche, el vigilante me regañó, buscó el nombre del paciente y me entregó los restos de un gafete anaranjado.

Yo tendría que estar en el cuarto con mi tío, bajar y subir su cama, despachar su cómodo e intentar dormir en una silla azul fabricada antes de que existiera el concepto ergonomía –no me fue tan mal, vi sillas de cervecería en otras camas. No hay, pues, quiénes se encarguen de atender a los pacientes más allá de las funciones médicas.

Dormí, milagrosamente, los rezos de un vecino de cama y la plática de los policías en el pasillo me arrullaban, llevándome a un extraño purgatorio. De cuando en cuando, los olores a clavo, naftalina y cloro me mareaban, impidiéndome ver a los mosquitos que rodeaban los pocos focos que permanecían encendidos.

Sólo dos veces debí cambiar el bacín, el cuarto “Aséptico” es una sucursal del drenaje profundo, sortear los recipientes usados para alcanzar uno limpio podría ser competencia panamericana, aunque con escatológicos resultados para los perdedores.

A las siete de la mañana una enfermera me envió a casa, mi tío entraría a análisis y yo podía salir de ese limbo, después de entregar el gafete.

Ejercicio 3. Sin Cara… y sin nombre

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Si los gladiadores de la lucha libre profesional están llamados a ser héroes, al Místico le falló el camino. Nacido en la Ciudad de México hace poco menos de tres décadas, Místico tenía todas las circunstancias adversas que lo convocaban a ser un redentor: extracción humilde, oposición de sus padres a que buscara sus sueños, indiferencia por el estudio, en fin, todos los obstáculos que se le pueden poner a un niño para que luche –literalmente– por cumplir la que cree su que es su misión en la vida.

Cuando Luis Ignacio Urive Alvirde llegó a la puerta de la Casa Hogar Los Cachorros en Emiliano Zapata, Hidalgo, no lo hizo buscando el cobijo de la caridad, sabía que en ese lugar se encontraba el maestro que le brindaría el conocimiento para triunfar en su camino. Fingiéndose huérfano, pidió a Fray Tormenta, auspiciante del orfanato, que le enseñara a pelear, éste se negó primero, pero al ver las aptitudes del pequeño Luis Ignacio – de apenas diez años– lo comenzó a entrenar condicionándole el aprendizaje de la lucha a los resultados en la escuela.

Con la suerte de quien ha de llegar a la cima del éxito, una tarde de luchas, no se presentó uno de los gladiadores programados, Luis Ignacio, ya un adolescente de dieciséis años, pidió permiso a su entrenador y lo convenció de dejarlo sustituir al faltista. Y como si se tratara de una mala película para entretener al pasaje en el autobús, el joven luchador fue escalando rápidamente de las pequeñas arenas de pueblos cercanos al suyo, hasta llegar a Japón. Y es que así son las historias del éxito en este país, tan prototípicas como cuento de hadas, como mito fundacional.

Komachi, Astroboy y Karonte Jr. fueron las identidades que precedieron al personaje que le dio a Urive Alvirde la fama en los encordados. Cuando al fin debutó en 2004 en la Arena México para el Consejo Mundial de Lucha Libre, estrenó el nombre que lo acompañaría hasta perderlo por ambición: Místico.

Para su caracterización, utilizó algunos motivos litúrgicos estilizados en la máscara y las mallas blancas, una capa dorada y la aparente fragilidad de su cuerpo que en el aire le daba sentido al nombre, ligándolo directamente a la inmaterialidad angélica que intentaba en sus saltos y en el comportamiento técnico, de lealtad al deporte, al cuadrilátero y al público.

Místico encarnaba, así, al bien que vence al mal en lo moral, en la intimidad de la admiración del público, en el asombro de los niños, aunque sufriera las peores golpizas a manos del bando contrario. Tenía todo: perseverancia, audacia, un cuerpo que sobresalía por pequeño entre los enormes villanos a los que combatía.

Muy pronto Místico comenzó a ganar la simpatía de respetable: el Kemonito, la mascota del bando técnico comenzó a acompañarlo en sus apariciones; su máscara se reprodujo para dar ilusión a niños; la porra técnica de Tacuba coreaba su nombre seguido de un par de claxonazos; fotografías de sus mejores momentos se vendían afuera de las arenas; su nombre comenzó a subir en los carteles hasta estelarizar las peleas de aniversario en la México, con respectivas apuestas de máscara.

El Místico representaba al débil triunfando sobre su verdugo, a la belleza imponiéndose al infortunio, a la técnica disparando contra la tosquedad. Un héroe así no podía ser tan real, ni siquiera en el teatro del ring. Por eso, rápidamente , su imagen fue ocupada para representar la leyenda toda de la lucha libre en los inicios de un siglo que va caminando sin atisbos de leyendas. La Quinta Estación grabó con Místico el video de su canción “Me muero” en el que se intenta emular las secuencias de las películas de luchadores de los sesentas, con una desafortunada persecución por los pasillos de la Arena Coliseo. La Banda Pequeños Musical también aprovechó la figura del Místico para dos de sus videos, con resultados más bien jocosos. Apareció también una paleta de hielo con la imagen del Místico.

Y, por supuesto, el personaje impoluto del cuadrilátero fue presa del frenesí electoral en el que vive México. No podía ser sino el Partido Acción Nacional el que aprovechara la figura de un personaje popular, ligado a la imaginería católica, pero eso sí, anónimo, potenciando las ventajas de la ficción.

El umbral traspasado por el Místico no fue el que supondría su profesión y destino: despojar cabelleras, protagonizar las peleas más intensas en décadas, convertirse en un hombre legendario que hereda su nombre a hijos, nietos y sobrinos. No, el Místico prefirió la telenovela y el pupilente, porque en un mundo que vive rápido más vale la fama en grandes dosis que la modestia del honor.

La máscara y la cabellera son símbolos que el vencedor conserva del vencido, perderlas defendiéndolas con garbo y valentía no significa el final. Su pérdida sólo implica un paso hacia el desapego, hacia la renovación.

Cuando un luchador pierde el nombre, lo pierde todo. Las dinastías, los gremios, los linajes, se forjan desde el nombre. El Místico no decidió perder el nombre, sólo cambió de empresa, un pequeño detalle con el que no se contaba cuando el estructuralismo trazó la taxonomía del camino heroico. Sin Cara, como es presentado en la estadounidense WWE, continúa sorprendiendo con su técnica luchística y asombrando con la perfección de sus vuelos, pero no es más que un intento de continuar una leyenda que quedó trunca, en los documentos de propiedad comercial de un nombre: Místico.

Ejercicio 4: Taxista nocturno

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Una bruma leve cubre la calle, habrá unos seis u ocho grados Celsius de temperatura. La ribera de San Cosme es una de las arterias sobre las que se prepara el día. En las puertas de los comercios se amontonan, amorfos, los cuerpos de indigentes. Es incesante el paso de vehículos, los semáforos apenas amortiguan la velocidad que alcanzan los autos a esta hora. Afuera del metro los taxis hacen fila, con cierto ritmo son abordados.

̶ A la Fonda Margarita  ̶   le digo al chofer del Tsuru que me toca.

̶ ¿De la fiesta, joven?  ̶  Me pregunta, mientras baja el volumen del radio.

̶ ¿Qué pasó? apenas es martes  ̶  Le contesto sin poder ocultar en mi aliento las cubas de una plática con un viejo amigo cuyas penas no conocen de días hábiles.

̶  Ya tiene rato que es miércoles, y aunque fuera martes. Si le contara la de fiestas que se arman entre semana, joven. ¿Por qué cree que en el sitio siempre tenemos clientes a esta hora? ¿Bajamos por Bucareli y agarramos Cuauhtémoc?  ̶

No suelo platicar con los taxistas, pero la hora me obliga a ser amable. ̶  ¿Y qué, apoco sí es mejor trabajar de noche? ̶

̶  De noche no hace calor, hay  poco tráfico y hasta el radio está mejor, no hay tanto tarugo diciendo pendejadas, pura musiquita ̶  Me contesta mientras pasamos por Puente de Alvarado, alcanzo a ver que por el retrovisor observa que observo a un travesti que se abre su chamarra para mostrarnos su desnudez. ̶  Pues ella sí tiene calor  ̶  le digo al chofer, quien sólo se ríe.

̶  Nomás se tapan por si tienen que correr, no eran tan descaradotes, llevo quince años en el sitio y antes eran como más finas, así andará el negocio.

̶  ¿De alegre?

̶  No, de caído, sí viene un chingo de gente a levantarlas, pero ya son muchas, tienen que enseñar.

Sobre Bucareli se vuelve un poco lenta la marcha del taxi, camionetas y diableros hacen maniobras para cargar periódicos recién salidos de máquinas.

̶  Mire, cuando lo agarre más temprano el hambre, aquí en la esquina hay unos tacos de guisado, ¡uy! De veras le bajan cualquier mareo, hay un cliente al que siempre traigo para que se aliviane, si llega borracho la vieja le pega. El cabrón se va a su calambre en unos masajes de San Rafael y luego a la Veracruz, aunque no sea quincena se las gasta bien el don.

En Cuauhtémoc las luces de las estaciones del Metrobús comienzan a encenderse, suena en la radio la rúbrica de El Fonógrafo. Ahora el taxista me cuenta de los pasajeros nocturnos, mucho parrandero, pero también enfermeras, choferes de autobuses foráneos y trabajadores de restaurantes,  y “jovencitos de esos que acompañan señores, en Santa María viven muchos”.

̶  ¿Y de los rateros cómo se cuida?

̶  Esos son güevones en la noche y saben que los de sitio nos cuidamos a nuestro modo, pero siempre lico al pasaje, unas preguntitas al subir y ya se da cuenta uno de qué clase de gente trae, ¿o usted no se fija luego, luego, en qué taxista lo trae?

La Fonda Margarita surge en Tlacoquemécatl como el oasis que es, no he bajado del taxi y ya alcanzo a oler el chicharrón en salsa, saboreo las tortillas.

̶  Provechito, joven ̶  Me dice el taxista tras pagarle, mientras sube el volumen a su radio cierro la puerta, agradeciendo que aún hay choferes que no requieren GPS.

 

Favor de no dejar morralla en el mostrador

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Cuando era niño, sobre todo cuando era muy pequeño, antes de salir de casa, mi abuela siempre nos ordenaba -“pasen al baño, que en la calle no hay”. Y no se necesitaba ser muy inteligente para saber que mentía, la calle está llena de sitios con servicios sanitarios, pero en realidad lo que quería decir es que no hay baños tan limpios como los de la propia casa. La idea del baño de la casa como el más higiénico permaneció en mi mente hasta que durante la primaria comencé a visitar casas ajenas, o más bien cuando empecé a desarrollar cierto sentido fisgón.

De Roma a Tenochtitlan, las culturas que nos preceden han tenido al baño como un lugar importante, incluso como centro de socialización. El baño es el sitio en donde se entra en contacto con la corporeidad de uno mismo, en donde se dejan los deshechos del cuerpo, en donde se otorgan los cuidados a la piel… En fin, podríamos seguir con la cursilería para loar los momentos en que uno se brinda a sí mismo ya sea cepillándose los dientes, aplicándose el tinte para el cabello o acudiendo a las artes que Onán legó a la humanidad.

Dada la naturaleza de las actividades que se realizan en el baño, lo lógico sería que se le otorgara a la limpieza y mantenimiento de este lugar un especial esmero. El baño es síntoma de cultura, refleja la relación que los usuarios de éste mantienen con su cuerpo y con la comunidad que los rodea.

Abundan en nuestro país las unidades habitacionales ocupadas por familias de clases populares que, sin embargo, al tener un departamento propio –no importa si fue construido hace treinta o cuarenta años- se creen parte del sector social que aparece en las revistas del corazón. La apariencia lo es todo, así que pueden fugas permanentes en los grifos de lavabos y regaderas, pero nunca faltará un pequeño tapete de cierto peluche que combine con la funda de la tapa del inodoro. Las paredes de estos baños lucen intrincados adminículos de tela y listón en los que se guarda el papel sanitario, además de cantidades indolentes de bacterias y humedad. Si bien les va, tapetes y fundas son lavados una vez al año, justo antes de la época navideña, cuando la ama de casa cambia estos artículos por otros de paño con motivos de la temporada. Es famosa la funda para excusado que muestra a un sonriente Santaclós quien, al alzar la tapa, aparece con tapándose los ojos con sus manos rechonchas enfundadas en guantecitos verdes.

Aquí, la pulcritud del baño cede a la escenografía, un baño lleno de adornos –ballenitas sobre el espejo del lavabo, toallas inútiles llenas de mensajitos, las fundas, los tapetes- implica, o al menos así lo piensan sus dueños, una casa pujante, en la que hay abundancia. Desde muy joven aprendí a levantar con el pie las tapas con funda de los baños tan decorados. En esa acción está gran parte del “vayan al baño antes de salir” de mi abuela.

Hay casas en las que el baño nunca terminó de construirse. Las puertas apenas se mantienen cerradas por la presión de la madera o el aluminio contra las paredes, donde la pobreza exige trabajar permanentemente, no hay espacio ni tiempo para la intimidad. El baño no puede ser lujoso, tener agua corriente es suficiente privilegio ya, aunque en algunos casos el excusado requiere una cubetada para descargarse. La taza y la regadera comparten espacio y, aunque limpios, no invitan a permanecer más de lo necesario para un rápido duchazo o las evacuaciones corporales.

Cuando inauguraron el metro de la Ciudad de México, algo de lo que más llamó la atención a los usuarios fue la carencia de baños públicos en las estaciones. Las autoridades de este transporte conocían de los hábitos de los chilangos. Porque una cosa es el baño en sí mismo, con adornitos o no, y otra el uso que se le dé. Ahí en donde más razón tenía mi abuela al recomendarnos siempre usar los baños propios.

Pocas cosas son más desagradables que entrar al baño de alguna oficina elegante, en la que los ejecutivos portan trajes de marcas de precio excesivo y lociones igualmente caras, y encontrar el retrete con el producto del usuario anterior o el lavabo salpicado de aguas turbias y dentífrico. Lo mismo sucede en departamentos de solteros, eso sí muy metrosexuales.

Ni hablar, el baño es de quien lo trabaja.