Ejercicio 11. Repentina
Ejercicio 11, Repentina Comentarios desactivadosEra Navidad. El paquete, sin duda, era un libro, rasgué la envoltura para encontrarme con el título: Los detectives salvajes, acababa de entrar a la Universidad y la preparatoria seguía rondando mi mente. El destino del ejemplar fue la maleta del viaje: un par de semanas en Puerto Escondido aseguraban tardes de lectura. En efecto, la playa devoró los pasajes de la novela que me presentaba a los personajes que iba conociendo en persona o en los chismes de la escuela a la que había ingresado para estudiar la licenciatura. Mas lo que me obsesionó muy pronto fue la mención de los lugares que por los que había caminado en la adolescencia de bachiller, en los que había descubierto esa otra ciudad que se extiende tras las avenidas importantes y que revela la esencia capitalina.
Bucareli, la colonia Roma, el centro histórico, Tacuba, los sitios que había experimentado un par de años antes de encontrarme con las aventuras de los infrarrealistas se agolpaban de pronto en mi lectura y me hacían intentar reconstruir cada una de las tardes que se convertían en noches y luego en madrugadas El Consorcio, una cervecería infame frente al Reloj Chino.
Y aunque ni El Nivel, ni La hija de los Apaches, ni la Arena Coliseo aparecieran en el mapa de García Madero y aunque tampoco quisiera yo ser parte de la novela, me sorprendía cómo todos los jóvenes somos tan parecidos a cierta edad, cómo el mundo nos parece tan nuevo y cómo nos sentimos el primer viajero en llegar a cualquier recóndito rincón.
Leí Los detectives salvajes un par de veces antes de regresar a la ciudad, la tranquilidad de la playa no impuso sobresaltos al transcurrir de las páginas. Al principio, hice apuntes y pensé que sería un buen plan emprender las caminatas descritas en el relato, probar reconocer a los personajes tras las cortinas de las loncherías, en las esquinas, al interior de los edificios. Pero no, habían transcurrido lustros desde que las realidades y las ficciones de Bolaño habían sucedido y tampoco me hacía ilusión volverme el tipo de lector al que siempre he rehuido, el tipo de persona de la que desconfío.
No intenté reconstruir los pasos de Belano y Lima, no me interesaba emular a los real visceralistas, pero sí comencé un diario en el que anotaba los lugares por los que pasaba, hacía listas con las canciones de las radiolas de los locales en los que tomaba cerveza, recogía los menús de las cantinas y los coleccionaba como si fueran documentos importantes para, en el futuro, hacer la historia de los pequeños lugares y sus personajes.
Es la primera vez que confieso todo esto, es la primera vez que pienso en ello. Con los años he vuelto a pasajes de Los detectives salvajes y el destino no me ha sacado de ciertos sitios, ahora me causan hilaridad las coincidencias que ni siquiera llegan a ser bromas de la vida, pero me provoca más risa la legión de jovencitos que sí ha comenzado a recorrer los caminos que los infras burlaron hace tanto tiempo, fundan movimientos y publican manifiestos. Yo sé mi secreto.
*Por un error atribuible a mi impericia con un programa, desconfiguré mi computadora y tuve que realizar algunas reparaciones de emergencia en el sistema de la misma. Lamento entregar tarde este ejercicio, ofrezco disculpas por ello.




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