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ASÍ COMENZAMOS A DESPEDIRNOS… Así comenzamos a despedirnos: Caza de letras ha sido una experiencia intensa, rica, agotadora, creativa, dolorosa, funky, feliz, ruda y técnica, estresante, populachera, rigurosa, bochornosa, morbosa, exigente, muy satisfactoria; en general, asombrosa. ...
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No se me olvida continuar esta historia… pero ya saben como son las fiestas decembrinas…

Regresamos en enero con esta historia.

Un abrazo a mis 3 lectores, felices fiestas.

El ojo del atardecer. 6

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Nos seguías desde el aeropuerto de Los Ángeles. Mientras yo bebía con la dama, tu te boleabas los zapatos con un simpático mexicano, a unos 10 metros de nosotros. Allá, vestías un pantalón de pana color verde, con una chaqueta café. Muy otoñal. Tus zapatos de corte italiano, café también, brillaban espléndidamente y, aun así, tuviste la desfachatez de emplear el truco más viejo del libro de los espías.
Hojeabas la sección deportiva del L.A. Times y pude notar como tu vista recorría todo, menos los encabezados del diario. Estornudaste dos veces cuando un viejo acercó la escoba por el rincón donde te encontrabas y le reñiste algo ininteligible con un duro acento de Brooklyn. Leer el texto completo »

El ojo del atardecer. 5.

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Seis horas después tocaron tierra en LaGuardia. Hacía frío. Mucho. El viento soplaba del norte y la humedad les helaba los huesos. Caminaron en silencio por el pasillo, uno muy cerca del otro. Después de varias horas en el avión era evidente que una amistad nacía. Esperaron su equipaje en la banda número 3. Tomaron sus maletas de cuero y caminaron hacia la terminal de taxis.
Subieron a la unidad 415, piloteada por un hindú llamado Hrithik Roshan. Le indicaron que los llevara al Waldorf=Astoria, ubicado en el 301 Park Avenue, en la parte central de Manhattan.
Tomaron la carretera 78 y se dirigieron al túnel Holland, donde se mantuvieron sumergidos por varios minutos, apareciendo en Manhattan y virando a la derecha sobre la avenida Lafayette. Avanzaron algunas cuadras y la avenidad se unió a la calle cuarta, por donde avanzaron lentamente, gracias a un accidente de tráfico. Leer el texto completo »

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Sólo para comentarles que esta semana andaré fuera de mi ciudad… así que el texto de esta semana se retrasa hasta la siguiente.

Hasta pronto!!

El ojo del atardecer. 4.

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Una voz melodiosa e incompresible anunció la próxima salida del vuelo a Nueva York. Me puse de pie. Ella, detrás mío, me seguía con la mirada y los pasos cortos y medidos, practicados.
A pocos metros del bar me detuve de pronto y ella, como dormida en el tráfico, arrastró un tacón al interrumpir su andar. Guardé silencio y metí la mano al bolsillo del saco, con tranquilidad. Supe que su corazón se aceleraba. Contuvo su respiración, y se adentró en su bolso de mano dejándola allí dentro, esperando mi reacción. Leer el texto completo »

El ojo del atardecer. 3.

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” Yo sé lo que está Usted pensando, Señor Pérez: «¿cómo es que una Dama tan gentil y graciosa, solicita una bebida tan ruda?» Pues le diré que, a pesar de sus creencias, el whisky es una bebida tan refinada como cualquiera otra. Claro, no ostenta el mismo carácter que un buen coñac. Pero a la vez, el coñac tiene demasiadas tribulaciones como para ser válido hoy en día. Para mí, un buen escocés supera con creces a cualquier Brandy francés. Así que por favor, no se atreva a juzgarme por mi bebida o mis zapatos. Ni por la cantidad de pasos que —seguramente lo notó —, caminaba yo detrás de Usted al bajar del avión. Yo sé quién es Usted Señor Don Rémington Pérez. Lo vengo siguiendo desde hace tiempo, ¿sabe? Sé dónde come y con quien come. Sé donde duerme y con quien duerme. Conozco sus malos hábitos y sus peores costumbres. Usted es un animal predecible, Sr. Pérez. Leer el texto completo »

El ojo del atardecer. 2.

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Me despertó el crujir de la portezuela, mientras la azafata giraba la manivela del viejo DC-10 que me llevaría a Los Ángeles. El calor estaba insoportable y yo no sabía por qué diantre no despegábamos. —Carajo —, pensé. A la vez que me secaba la frente con un pañuelo.
Hace unos días, cuando aquella visita inesperada —¿desesperada? — acudió a mi puerta, no imaginé que me llevaría lejos. Y ahora, el rugir de los motores me animaban un poco porque, ahora sí, prendía el aire acondicionado.
Despegamos en punto de las 15 horas. No sé por qué no tomé el autobús, sólo 3 horas de camino y estaría allá. Pero no. Como recibí finísimos viáticos, decidí darme el gran lujo de volar.
En 25 minutos aterrizábamos en LAX y el capitán anunciaba más calor. Octubre en la costa oeste… impredecible, realmente.
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Aviso

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La segunda entrega del Ojo del atardecer aparecerá este próximo domingo.

Y bueno, como que ando con ganas de despotricar un poco, así que les comentaré que por allá en mi blog personal, estoy escribiendo la contraparte de esta historia, El ojo del amanecer.

Ojalá se puedan dar una vuelta también.

Abrazo, sincero.

El ojo del atardecer. [1]

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Pasaría mucho tiempo antes que aquella dama quien, como en cualquier relato de Sam Spade, me revelara su verdadera identidad; quien, en palabras llanas, se coló una tarde sosiega a mi despacho.
Yo, detrás de un viejo escritorio de caoba, chupando despacio un tabaco barato. Ella, caminando hacia mí, adivinando que no me movería para recibirla. Yo, con los pies sobre el escritorio y el bombín cubriendo los ojos casi por completo. Ella, con la confianza de la lluvia precipitándose sobre Tijuana. Yo, envuelto en mis propias bocanadas. Ella, envuelta, simplemente. Leer el texto completo »

¿Quién es Rémington Pérez?

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Con toda la intención de ser cursi: es un placer estar de nuevo acá, en Caza de letras, en la máxima casa de estudios de nuestro país. El viaje bloggero, iniciado hace varios meses en este mismo espacio, me ha dado mucho. Y a cambio, sólo me ha quitado algunas horas de sueño. Un precio muy pobre para las grandes satisfacciones y los logros personales.
Ante todo, CdL me ha dado muchos amigos, ¿acaso lectores?, con quien compartir mis dicharacherías y peripecias, mis emociones, mociones y disgustos. Mis sueños y mis charlatanerías. Y por eso les estaré eternamente agradecido. Leer el texto completo »