Muy bien, digamos jueves
Indisciplina 1 Comentario »Para que no tengas que buscarlo:
Tú ni siquiera mereces un epigrama.
-Ernesto Cardenal
P.D. Yo también agradezco a aquel necio, tan bien como puedo.
Para que no tengas que buscarlo:
Tú ni siquiera mereces un epigrama.
-Ernesto Cardenal
P.D. Yo también agradezco a aquel necio, tan bien como puedo.
Haremos esto de otra manera (bien pudiera escupir en torrente este desprecio y todo mi coraje con precisión matemática, asestar mi mejor golpe al cuello, decirte cuánto me irrita saberte aquí y sin embargo no tenerte, cuánto más te desprecio por ello sin que sea nimiedad, el indescriptible temblor que me asalta en este instante; pero no es necesario, ni quiero hacerlo en verdad): no te voy a dedicar tiempo alguno, me aprovecharé de que eres mi idiota a entera disposición, que te gastas la vista esperando a que te escriba y que me lees, me aprovecharé aun de ese odio que aparentas profesarme y de lo fácil que te sería dejarme.
Busca a Cardenal, que él te regale las rosas costarricenses que yo ya no puedo.
Y si después de eso te sobra silencio para mí, entonces te guardo el mío.
P.D. Un necio te hace el favor, para que no tengas que consumirte en tu búsqueda: deja la dirección para ahorrarte algún tiempo.
Si ella no, yo sí le agradezco.
No conforme con desbocarte como río con esa sarta de estupideces, vanos intentos de ofensa que te asustan a ti más que a mí (pues bien sabes que mandarte a la mierda me cuesta lo mismo que sacar la basura), tienes el cinismo de postergar todavía más tus cobardías. De lunes a miércoles, y ahora jueves. ¡Y ahora jueves, cabrón!
No digas que me dedicas el tiempo que te queda libre, porque resulta que siempre estás cansado y no quieres salir porque no estás de humor, pero tampoco quieres que me quede contigo porque tan pronto como te sientas en el sillón o te acuestas en la cama, te quedas dormido. Evidentemente eso es tiempo de calidad y cada minuto que paso contigo es un flujo incontenible de bienestar y felicidad.
Pero aquí tienes a tu imbécil, leyendo otra y otra vez, con la misma cara de idiota que el mequetrefe que tienes por compañero de oficina. Se me queman los ojos de tanto que reviso esta mierda, para no encontrar nada una vez y de nuevo, por no mencionar la cantidad de tiempo que dejo de prestarle a mi trabajo y todas mis responsabilidades, que tampoco son pocas. Te recomiendo que no llegues solo a casa: bien pudieran romperte las rodillas antes de que puedas abrir la puerta; y sin un alma que te ayude a levantarte, ruega porque los perros te arropen antes de que te desmayes por la hipotermia.
Y lo peor de todo es que sigo contigo. En definitiva, en esta relación hay un solo idiota y me rehúso a ser yo.
Porque bien lo sabes: el tiempo no me sobra. Y el poco que me sobra te lo dedico. Tu perro que ya me tiene harto y que trata de morderme siempre que puede, tu hermana que no deja de decir estupideces, tus arranques de furia, tus días de ‘quiero café y cine y cena y tus sueldos y unas vacaciones contigo y que no le hables feo a mi familia’.
Sí, ahora te escribo a ti, para que tengas algo más con qué ofenderme después. A ti, precisamente, que me pedías que te escribiera, que me desgajara de amor en un cuentito que sólo tú entiendas; supongo que serás tú quien entienda que ni siquiera escribo con coraje y que de verdad quería escribirte algo lindo, para que algún día pudieras presumir con tus conocidos: “Esto lo hizo para mí, tiene mi nombre en todas partes”.
Pero en fin, otro día querré hacerlo; espero tener un profundo coraje que echarte en cara y rajarte la mesa de noche en las costillas.
Y no cumples. Pero aquí tienes a tu imbécil, leyendo todos los días, revisando la estúpida página en la mañana y en la tarde, a ver si cumpliste, a ver si hoy me cumples a mí (los demás que se vayan a la mierda).
“¿Qué quieres que te escriba?”. Y yo de idiota te respondo: “algo que sólo yo comprenda”. ¿Se supone que interprete este silencio tuyo como algo sólo para mis oídos? Ni un niño pasmado o drogado creería eso.
- Bueno, dime qué hay en tu mesa de noche.
- Hay pastillitas rosas, una caja de pañuelos y un encendedor.
- Pues con eso te voy a escribir un cuento.
Pero ni tus putas luces, cabrón. Te voy a llenar los pantalones con los pañuelos y te voy a prender con el encendedor: seguro te da material para escribir; o de menos consideras escribir tu testamento, porque después de eso te reviento con todo lo que encuentre a mano.
Yo aquí, cagándome de frío, y tú con tus gatos de mierda que no hacen otra cosa que joder. Te he dicho mil y mil veces que los saques de la casa, pero ah, no, porque son mi mejor compañía y no sé qué haría sin ellos y los quiero y son mis hijos y no sabes qué terrible es estar solo y qué lindo es que las chunches te reciban en la puerta todos los días. ¡Puterías! Ten una mujer y déjate de lloriqueos, escritorcito deprimido de mierda.
Lo verdaderamente terrible es que sabes lo triste que estoy, que te extraño, y no haces nada al respecto. ¿Es tan difícil de entender que es lindo cuando me escribes? Antes te esmerabas, y aun si no había nada, te sentabas en el escritorio y tratabas de llenar una página; ¿y hoy?
Ya no te entiendo, pero ya no importa. Si tú no quieres escribirme nada, pues yo tampoco.
Pero el tiempo es capital del que no dispongo.
Estaría padre que esta semana (los dos días hábiles que le quedan) pidieran torrentes interminables de cosas que quieren leer; a’i se los dejo a su estimable consideración: acá está su artesano.
| Guardar silencio.p… |
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Empecé a escribir un día en que no tenía realmente nada extraordinario que hacer. La escritura, después de eso, tomó una de dos caras: exorcismo a lo Michaux o disciplina; escupía palabras y plasmaba un momento o alguien me pedía que desarrollara una idea, ya fuera como capricho de la chica a la que uno le coquetea o como parte de la tarea de la escuela.
La segunda opción, si no extraordinaria todas las veces, al menos ejercita mi imaginación; por otra parte, creo más en el trabajo que en la inspiración. Con esas premisas en mente presenté mi solicitud para Caza: puedo resolver ejercicios específicos con alguna dignidad, aunque los resultados demuestran que no siempre son brillantes.
Lo que se leerá acá tendrá un cariz similar: a manera de taller artesanal, haré mi mejor esfuerzo por cumplir los caprichos literarios de quien quiera participar. Las reglas son sencillas: ustedes me dicen todos los elementos que quieran ver en un cuento y yo escojo obligatoriamente (me encanta el oxímoron) un personaje, un evento y un objeto; como es de suponer, puede haber mucho más que esas tres cosas, pero la base inicial es ésa. Esperen algo cada lunes.
Por esta ocasión, en tanto no cuento con sugerencias suyas para iniciar, dejo uno de los ejercicios de disciplina más recientes: 30 puntos a quien encuentre la anécdota de la que parte, 100 a la mejor crítica. Acumulen puntos: conviene.
Addendum: lo cavilé el fin de semana, con una botella de cerveza en la mano, y me pareció pertinente que sugieran también un tono. Hay días en que uno quiere tirarse en la cama y llorar su desgracia, oyendo las rolas más amargas y lastimeras de la discoteca o ipodteca personal; otros, el humor está para brincar en charcos o tomar chocolate caliente o ver una película y comer palomitas o ir con los cuates por cerveza. ¿Cómo se quieren sentir? A ver si le damos al humor de esta semana.
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A los veintisiete decidí morir. Me he construido un último capricho y ya lo cumplí. En efecto, he hecho cuanto he querido, una a una las cosas menores y mayores han estado en mis manos, y cada una fue resuelta.
¿Y qué si viniera otro capricho? ¿Qué importancia tendría? Cumplir uno nuevo no extiende la necesidad de vivir ni dilata la distancia entre mi silencio y yo. Son excusas únicamente. ¿Qué sentido hay en vivir de excusas? No apresuro lo inevitable, no evado la circunstancia. No hay rendición.
Me rehúso a caer en un nuevo capricho: escribir un epitafio perfecto; lentamente me arrastraría la digresión y cada tarde rompería las hojas que haya escrito en el día. Pero quiero un epitafio, tal vez uno blanco.
saludosbienamplios@gmail.com
Puanani trajo un poco de carne. Tu’umamao era mi padre. Todos festejan. Puanani ayudó a desmembrar el cuerpo y ahora muele las cenizas de sus huesos. Las sirve en un cuenco, bebemos todos. Oigo a Kimo tocar la flauta, una melodía que le gustaba a Tu’umamao. Seguimos bebiendo. Estoy mareado, tengo la boca seca. Siento que la tierra me envuelve: no me sostiene, ella me toca, me jala al fondo. El cielo se mueve, pierdo peso. Quiero caminar, pero me arropa la tierra. Oigo el viento de la flauta. Todos los colores son más precisos. Huelo las llamas, la madera quemándose, las piedras alrededor del fuego, las hierbas. Todo es tan claro, lo percibo todo, pero no comprendo: las cosas están ahí, yo también, y me siento pequeño, golpeado. Me siento parte de esto y soy ajeno. Esto no me sucedió cuando murió Ponali. Algo se mueve desde mi estómago, tiemblo. Para cuando Puanani se acerca a mí, creo que he llorado largo rato.
En el escenario hay dos camas, las cabeceras casi tocándose.
K, vestido con pantalón negro y camisa blanca a medio desabotonar, entra por la izquierda, gateando, arrastrándose, el pecho muy cerca del suelo, brazadas largas. Se detiene detrás de la cama, aparece con gorro y camisa de dormir y se recuesta, oso de peluche bajo el brazo.
Por la derecha, entra gateando lenta y hacia atrás L, vestida con una falda roja; K-bis, con la misma vestimenta que K, entra gateando también, mirando a L a los ojos. Al llegar detrás de la cama, K-bis parece arrojar un zarpazo.
K se revuelve en la cama: los gemidos no lo dejan dormir. Se levanta, gruñe, golpea el aire entre las camas, como golpeando una pared. K-bis y L ríen, pueden (si gustan) recorrer el escenario.
Silencio. K se acomoda; la pareja comienza de nuevo. K ladra hacia la pared. Estas acciones pueden repetirse por tercera ocasión, si el cansancio de uno o el calor de los otros lo requieren.
K se levanta de la cama, saca un cuchillo y una chaira, sale con paso decidido por la izquierda, afilando.
Unos instantes después (suficientes para que L comience a gritar), se oye el golpeteo de una puerta a la derecha. K-bis no hace caso. Se escucha la puerta por segunda vez; L se ve malhumorada, se pone una bata y sale por la derecha. Se escuchan ladridos, un golpe contra el suelo, chillidos y luego silencio. K-bis se sienta en la cama, consternado. Entra K por la derecha, con paso seguro; deja caer el cuchillo con displicencia y va hacia K-bis.
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