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ASÍ COMENZAMOS A DESPEDIRNOS… Así comenzamos a despedirnos: Caza de letras ha sido una experiencia intensa, rica, agotadora, creativa, dolorosa, funky, feliz, ruda y técnica, estresante, populachera, rigurosa, bochornosa, morbosa, exigente, muy satisfactoria; en general, asombrosa. ...
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Como diría un conductor de los noventas: “Aún hay más”

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Amabilísimos lectores, no me queda más que conminarlos a seguir en esta locura tan exquisita que son las letras. No necesariamente con estos doce redimidos, sino con la complicidad que un buen libro y su autor pueden generarles. Si aún así, son necios y desean seguirme, pus les dejo mis meiles, mi blog y algunos datos más. ¡Ah y no se hagan que la Virgen les habla, hay zumos locos para todos, ´íñor!

Soy Diana Gutiérrez Pérez. Nací hace 23 años. Y soy una alcohólica. Una adicta al zumo de las letras.

A todos, un abrazo jugosito.

fatui@hotmail.com

morazul16@yahoo.com

www.panopticca.blogspot.com

La Barrita

Sobre “El ángel del trapo rojo” de Falanja

Ejercicio final (Segunda de dos etapas) 6 Comentarios »

Y nació Falanja Adarce, abrazada por el calor de agosto. Los rayos del sol iluminaron sus ojos de párpados violáceos. De chiquilla llegó a aquel convento de olores dulces, pero costumbres adustas. Creció entre mujeres y se alimentó de bichos, a la orilla del mar. Pasaron diez años, en los que alcanzó la mayoría de edad. El aroma a espliego y leche de cabra serían parte de su pasado. María Josefa debía dejar el claustro, para liberarse mediante las letras.  

Entonces llegó Falanja al ciberespacio, una escritora harto interesante que, durante dos meses, alimentó a sus lectores con bocados de un universo al que yo llamaría: “bucólico posmoderno”. A través de lo que me gustaría bautizar como un estilo religiosamente nihilista. Con la desesperanza y soledad de esta generación. Adultos contemporáneos que amamos lo efímero, aunque con miedo sufrimos por no poder quedarnos con nada. La suya es una visión decadente de esto, pero expresada de la manera más sutil y evocadora que sólo la poesía puede dar. Falanja es nostálgica.  

Esta chica nos introdujo en el paisaje agreste e indiferente de San José de los Palos donde aquellos la abandonaron en el claustro. Nos encerró en los cuartos estrechos como el de la madre Irene. Permitió que tocáramos el cuerpo tierno y turgente de Adelfa. Todo de la mano de María Josefa que desde que llegó a nuestras vidas se presentó como la insurrecta y casi herética Falanjita Adarce. 

 Como su fiel seguidora, no me perdí ninguno de los relatos que de ellos hizo y este último cuento me permitió llegar a ciertas conclusiones. He aquí lo reflexionado. 

Lo primero tiene que ver con el desarrollo físico y psicológico de los personajes y lugares. Considero que si Falanja no hubiera hecho de sus creaciones una especie de serie, no vendría al caso esta primera observación.  Sin embargo, como ella misma estableció desde un principio que sería así, creo que la reflexión es pertinente.  Al ser cada uno de sus textos una pierna, un bracito o una oreja del cuerpo de su obra, creo que asumió el compromiso de proveerlos de una evolución natural.  

Me explico. Quizá, me hubiera gustado leer el momento en que María Josefa se convirtió, citándola, en la “escuincla endemoniada”, en el “aborto del infierno”. Condiciones de vida por demás inquietantes y que merodearon casi la totalidad de sus textos. Aún me queda la duda de si desde que nació lo fue. ¿Qué sucedió con la madre Gildarda? Sabemos que murió de un infarto, pero jamás la vimos envejecer. ¿Qué motivos tuvieron los padres de esta pequeña para dejarla, literalmente, a la buena de Dios? ¿Donde quedó la autora cuya obra literaria incluye libros tan sugerentes como Puto el que lo lea, editado por Alfaguara? 

 Con la clarividencia que caracteriza a Falanja se me hubiera antojado degustar las caracterizaciones que alguna vez nos dejaron, pero aplicadas con sus personajes durante todo el concurso. Su universo construido por episodios distintos y centrados, uno a la vez, en cada personita: los padres, Gildarda, Irene, etc. Esto podría haber nutrido a “El ángel del trapo rojo” e incluso, me atrevo a especular, le habría permitido ser más breve en extensión.   Pero el hubiera no existe y tampoco pretendo descalificar su valioso trabajo, pero sí creo que debió asumir esa apuesta que se propuso desde el inicio. De haber sido así, nos habría regalado ese universo viviente y orgánico que por su naturaleza evolutiva nos dejara picados por saber qué más vendría. No uno hasta cierto punto atrofiado por la inmovilidad de una historia donde los mismos personajes se enfrentan a diferentes situaciones. Entonces, el ansia por lo venidero se fundamenta en la espera de que este mundo haga rotación, traslación o lo que sea, pero que se mueva.  

Me quedé con ganas de un San José de los Palos sembrado como la simiente de una Santa María onettiana, de la Yoknapatawpha de Faulkner. No se sobredimensione mi petición, hablé de la semilla, no del árbol crecido. Entidades que fueron creciendo y desapareciendo a la par de sus habitantes. Qué decir de los personajes falanjianos, de los cuales podría haber convertido en los descendientes de aquellos de Carson McCullers. Todos ubicados en el sur de los Estados Unidos, pero cada cual con su situación y configuración psicológica única.  

Quizá por ello, por una escasa (que no nula) exploración en términos formales y de contenido de la autora, es que algunos de sus lectores (me incluyo) pudimos haber experimentado con este último cuento dos sensaciones: la de haber leído los fragmentos unidos de algo que ya habíamos leído o la de que durante el concurso leímos ejercicios (los relacionados con monjas y claustros) que eran fragmentos de algo ya construido, incluso antes de entrar al concurso. Esto es, un texto que no asombra, que no sorprende, sólo recapitula y conmueve. 

Ahora sólo me resta pensar si no hubiera sido mejor hacer una distribución de textos en un orden específico: los mejores al principio, en medio y al final. En este caso los concernientes al mismo tema. Conocer a Falanja, recordar que Falanja está viva y marcharse con ella a su exilio interior. En los huecos habría que colocar los escritos que resultaran ejemplares en cuanto al dominio de recursos y herramientas literarios. Así, el resultado sería una muestra completa sobre una autora que maneja el contenido y la forma.    No obstante, al analizar “El ángel del trapo rojo” sin considerar lo anterior, puedo concluir que es un cuento afortunado porque, en primera instancia, cumple con la estructura básica del género: planteamiento, desarrollo y desenlace. Antes de comentar sobre ese punto, haré una observación sobre el lenguaje lírico de Falanja.  

Considero que las imágenes poéticas son dagas certeras a la sensibilidad del lector. Por ello, hay que saber cuándo incrustarlas, haciendo una dosificación de ellas. Bien construidas suelen ser muy poderosas y expresivas, pero nada en exceso es saludable. Veo que Falanja tiene una opulenta capacidad para construir imágenes con un lenguaje cuidado, pero yerra a la hora de escogerlas del catálogo de su sensibilidad.   “El ángel del trapo rojo”tiene pasajes muy afortunados, construidos a partir de imágenes equilibradas entre lo concreto y lo abstracto (v.Gaston Bachelard). Metáforas y símiles sentados en sillones de tapiz calado de realidad, en alfombras suaves de información dramáticamente necesaria (entiéndase drama como acción); sin embargo, hay otros de una belleza apabullante pero que resultan prescindibles. 

Hay escenas que están hiladas entre sí, más por una coherencia fonética y rítmica, lo cual funciona para los fines estilísticos de un poema. A decir verdad, creo que es esta peculiar característica la que sostiene la tensión en el cuento, por encima de la necesidad por saber el por qué el personaje se encuentra en estado alucinatorio intermitente. Lo cual me hace pensar que el asomo de tensión está sostenido por una línea más bien sonora que argumental. Empero, no sé qué tan eficiente pueda ser para el desarrollo del cuento, en tanto estas escenas pueden frenar el avance de la trama.  Recomendaría a Falanja que aprovechara esa magnífica habilidad para crear imágenes, colocando a estas nenas en los momentos precisos y no saturando al lector, porque como estacas pueden hacerlo desfallecer sin asideros en el camino del ensueño. Alguna vez decía un poeta, también profesor, que no es conveniente emplear la retórica hasta para ir al baño.  

Respecto de los elementos del cuento, sólo me referiré a los personajes. Consideró que están caracterizados psicológica y físicamente con eficacia, pero hubo algo que llamó mi atención por su vínculo con la verosimilitud. Siento que el habla de la protagonista no es el de alguien que recién ha cumplido la mayoría de edad. Leo algunos arcaísmos y términos de alto relieve, propios de la autora y no del personaje. Convendría quitar las rebabas, que aunque suenan bien, restan expresividad y hacen tropezar al lector. Ejemplos: “…arranca cuajarones de su garganta entre gruñidos ferinos.”, “…un frémito de cristales, de carbúnculos…”. Con respecto a la estructura, si bien es cierto, como ya dije, presenta un planteamiento en el que se muestra el conflicto: María Josefa desea que el ensueño vuelva para encontrarse con la madre Gildarda, ”el dulce delirio”. Éste se mueve con cierta torpeza por el uso exagerado del lirismo. Conforme avanza la trama también se va diluyendo la oposición de fuerzas que le dificultan al personaje lograr su deseo. Al suceder la aparición, el lector llega cansado. Poca tensión. Luego el desenlace me parece forzado, un tanto precipitado. En ninguna parte del texto se habla de la peligrosidad que representa la calle. No hay alguna sensación de amenaza que justifique el atropellamiento del ángel franelero. Es poco verosímil.  

Ahora, en términos de redacción y ortografía, creo que los escollos se libraron en esta segunda versión, aunque por ahí hallé unos cuantos descarriados. Aquí algunos ejemplos: a)    Hay imprecisión entre el título y la manera como es nombrado el ángel en el texto. El cuento se llama “El ángel del trapo rojo” y el referido querubín aparece, a veces, como el del pañuelo rojo, otras como el del paliacate rojo.

b)    El enunciado: “El manotazo del mastodonte destripó el cuerpecillo del insecto y marcó en mi brazo dos líneas rojas”, me resulta un poco fuera del espectro semántico del texto, sobre todo por la figura del mastodonte.

c)    Errores de dedazo como: a penas, a mitad calle, él no pude.

d)    Un acento desaparecido en: abanicandose.                                                                                A seguirle, esto apenas comienza.

El juego

Ejercicio final (Primera de dos etapas) 51 Comentarios »

La ceniza había puesto persianas a los respiraderos de la casa. Tragaluces y ventanas lucían censurados. En el interior, la estampa era oscura como la de un ojo con glaucoma que mira lo que alguna vez fue una sala. Afuera, una calca mal hecha al carboncillo de lo que alguna vez fue un pueblo. El único sonido era el musitar de los perros, cansados de ladrar. 

Fernando, Steve y Jim cumplían un día de haber llegado a esa casa. Los tres, estudiantes de la Universidad de Texas, cruzaban la frontera de regreso a Estados Unidos cuando hubo que dar marcha atrás. Fernando los había convencido de pasar una noche en algún bar de Piedras Negras. La cerveza saldría más barata y sólo habría que recorrer algunos kilómetros en coche. A medianoche, tomaron la carretera para volver a casa. Todo comenzó en ese instante. Listones de humo de colores engullían la negrura del cielo y los tres amigos huyeron para protegerse del espectáculo celeste. Era como si la noche se volviera día y las sombras anónimas en la oscuridad se tornaran óleos sobreexpuestos. El arcoíris nocturno los abrazaba. El color rosa era el más vigoroso: tumbaba cuanto hallaba a su paso. El verde todo lo teñía. El azul era el más veloz y los persiguió hasta los muros maltrechos de la casa donde ahora se refugiaban.   

Tirado en el piso, Fernando recordaba aquel día. Con tal de hallar una explicación, imaginaba lo que había pasado en Piedras Negras antes de su llegada. Seguramente, pensó, el poblado amaneció cubierto por la sustancia viscosa que ellos vieron al llegar. La gente, porque debía haber existido, presenció un fenómeno que escapaba a su entendimiento. Los lugareños necesitaban saber qué era lo que había ocurrido. La procedencia del líquido amarillento se prestaba a muchas interpretaciones.  

A gatas, Fernando se trasladó hasta la ventana y miró por la única ranura transparente. Las suaves cenizas volaban en remolinos sobre el asfalto. Un pavimento derretido y solidificado después en bloques deformes cubiertos por árboles muertos. No había más color. No había movimiento. Ninguna señal de humo. Fernando acercó una silla y, preso de una molesta sensación en la nariz, se sentó. Un ardor intenso le hizo sentir con los ánimos de arrancársela. Frente a él, Steve y Jim cubrían el último tapiz del piso con un juego de gato más. Desde aquel día, ellos jugarían con la seguridad de alguien que sabe que será rescatado.  

Tenemos que salir de aquí, balbuceó Steve en su español recién aprendido. Sí, hoy mismo nos largamos, contestó Jim en su inglés mal pronunciado. Estúpidos. Afuera no hay nada, ¿qué camino tomaríamos? Mira Fernando, te dije que me iría de aquí cuando el espacio para jugar se terminara, dijo Steve. ¿Y tú Jim, me vas a decir que también te vas? Sí Fernando, ¿cómo podrían salvarnos si… Jim no discutas con él, mejor ven acá a terminar la partida, ordenó Steve. ¡Ustedes están locos!, gritó Fernando. 

Atravesaron la explanada de asfalto quebrado y echaron a andar. No había llovido, pero algunas partes del piso continuaban cubiertas por la sustancia ambarina y viscosa. Librándolas a saltos, los hombres semejaban los últimos grillos de un estanque de agua sucia. Llegaron hasta un depósito de gasolina a la orilla de la carretera. Esto quedó como si lo hubiera arrasado un huracán, dijo Steve. Jim asintió. El olor a gasolina era un tímido rumor. Las bombas con sus mangueras descansaban en su sitio. La puerta de la tienda de servicio estaba abierta y Steve se metió. Jim lo siguió. Sólo quedaba el mostrador de metal con un teléfono y una caja registradora encima. Los estantes de comida estaban vacíos. ¡Oigan, ayer soñé algo!, gritó Fernando desde afuera. Steve se guardó el dinero de la caja registradora y Jim aventó el auricular con el que fantaseaba llamar a casa.  

Acordaron que Fernando caminaría en línea recta, mientras Steve y Jim se metían entre las calles a ver qué hallaban. La voz de Fernando sería la guía que los mantendría unidos y nada mejor que relatar su sueño para lograrlo. Sin darse cuenta, llegaron frente a la casa derruida de la que habían salido horas atrás. ¡Fuck!, gritó Steve. Eso nos pasa por distraernos con historias sobre el fin del mundo, dijo Jim. Se los dije, aquí no hay caminos, estamos atrapados, contestó Fernando. Una tos interrumpió la discusión. Voltearon: una docena de seres semidesnudos los escoltaban.  

 ¡Carajo! ¿Qué hacen todos esos afuera? ¿No que éramos los únicos aquí, Fernando?, cuestionó Steve. ¡Nos comerán!, dijo Jim. Calma, salgamos a hablar con ellos, quizá saben algo, los tranquilizó Fernando. No, esperen, veamos que tan peligrosos son. Steve tomó la pata rota de una silla y la lanzó hacía ellos. Los sujetos miraron la carnada y uno a uno se dirigió hacia ella con lentitud. Después todos juntos se la ofrecieron a Steve. Claro Fernando, éstos además de responder como perros, saben de tus Apocalipsis. Oigan no me vengan con reclamos ahora, se defendió Fernando. Tienes razón, man, es hora de jugar un poco, dijo Steve. ¡Gato! No todo es juego, imbécil, dijo Fernando. Hay que convencerlos de que no deben hacernos daño. Desde ahora, yo seré el Mesías de tu sueño, Fernando. ¡Oh! Sí, un dios con bermudas y tenis. Claro Fernando, diremos que lo que ha sucedido es parte de un plan para acabar con ellos. Sí, sí, y que nosotros los vamos a proteger, dijo Jim. ¿Serían capaces? Mira Fernando, la comida y el agua se están agotando; en la gasolinera ya vimos que no hay nada. Sí, sí, ellos nos podrían dar de comer mientras alguien nos rescata, asintió Jim. ¿Pero que están ciegos? Esa gente no tiene nada. ¡Mírenlos! Ya no te creo, man. Yo tampoco, ¿le entras o no? 

 Hermanos, he aquí al pastor de la Orden dela Verdad Suprema. Al oír el anuncio, la alfombra de guiñapos abrió los ojos. He llegado a iluminarlos porque todos ustedes están en peligro. Hace 10 años, la nación más poderosa del mundo planeó que borraría las fronteras entre los países y todo aquel que habitara en ellas. Lo sucedido aquí es muestra de ello. En pocos días, este lugar quedará desierto. Es por eso que el Altísimo me ha enviado para salvarlos. Hermanos, para seguir viviendo son necesarias sus donaciones. Sólo con ellas podremos construir un lugar seguro donde orar al Altísimo. Hermanos, pido que esto no… El golpeteo de las hélices de helicóptero interrumpió la doctrina. La tripulación buscaba sobrevivientes. Como no halló más que una alfombra de seres inanimados, ganó altura y se fue.

La Orden prosiguió con el sermón. Fernando apretaba su garganta para ahogar el grito. El rescate sobrevoló sobre ellos y nadie se había negado a fingir que estaba muerto, ni él. Trece sujetos enajenados lo habrían acallado. Sin duda, esta gente tiene algo, pensó. Pero, ¿y Steve? 

Hermanos, no hagan caso a los extraños, quieren llevarnos a sus territorios para acabar con nosotros. Por ello es importante no divulgar esto a nadie. No lo comprenderían. Si aún así, alguno de ustedes se atreviera a hacerlo, yo lo sabría. Entonces me vería obligado a expulsarlo del acto de salvación que les he prometido. Miren ustedes, a mi llegada recogí a estos dos hombres que ven aquí. Me han jurado lealtad y yo les he brindado mi cobijo en este lugar. Estas ruinas serán nuestro resguardo en tanto ocurre el milagro.    

 ¿Cómo estuve hijos míos?, alardeó Steve. Muy bien jefe, dijo Jim. Imbécil, ¿por qué ordenaste que nos echáramos al piso cuando el rescate llegó? Es parte del juego, man. Sí, sí, si no se nos venía abajo el show. Maldigo la hora en que les hablé del fin del mundo. Por sí solos jamás se les habría ocurrido. El problema aquí es que la historia de la salvación es un juego, pero ese helicóptero venía por nosotros, Steve. No regresará y moriremos aquí.  

Al segundo día, los bramidos del exterior despertaron a Fernando. Se asomó a la ventana y vio que la ofrenda de los adeptos era variada. Ahí están tus seguidores Steve; que ya son menos ¡eh! Oye sí, ayer eran unos diez, ahora sólo veo a la mitad. ¿Iremos a buscarlos, jefe? Steve abrió la puerta, pero un montón de tela, zapatos y comida enlatada impedía el paso. Fernando y Jim metieron los donativos a la casa; Steve aprovechó para acariciar y dar palabras de aliento a sus discípulos. Hermanos, ¿dónde están los demás? Nadie contestó. 

Los buscaron por las calles donde todo estaba sostenido por un aliento trémulo. No hallaron a ninguno ni a sus cadáveres. La lluvia diluyó el líquido ambarino que manchaba el pavimento e hizo a la Orden volver a la casa. Hacía frío. Los cinco adeptos permanecieron sentados afuera, acurrucados uno con otro, envueltos con una manta de esperanza y, después de un rato, la lluvia cesó; quedaron las ruinas solas, escurriendo.  

Las ganas de orinar despertaron a Jim que vio en el cielo buenas noticias. ¡Jefe, Fernando, salió el sol!, les gritó. Es un buen augurio, afirmó Steve. Ya mano, te estás tomando muy en serio tu papel de Mesías, reprochó Fernando. Yo sí te creo, jefe, dijo Jim. Fernando, desde que llegamos aquí, no había salido el… ¿Ya vieron?, sus discípulos no están. Seguro fueron por más dádivas, rió Steve. Mira jefe, nos dejaron más cosas. Mételas, Jim. Sí jefe, sólo voy a orinar y regreso.  

Jim sintió las gotas de lluvia caer como dagas de luz sobre su cara. El cielo encapotado resplandecía entre las nubes. Jim se estremeció de frío, pero no le importó. Se preguntó dónde estaba. Qué lugar era éste donde el agua estaba hecha de luz. O al revés, tal vez la luz era agua. O quizá sus sentidos le estaban jugando una mala pasada, pensó. Las gotas parecían de luz durante un segundo, antes de golpear la acera en la que Jim estaba tendido. El efecto que tanto le había emocionado era producido por un farol que proyectaba sobre su cabeza una columna de color ámbar, en forma de obelisco. 

Steve, me preocupa un poco lo de los donativos. ¿A ti qué no te preocupa, man? Bueno, sólo espero que hoy traigan más comida y agua porque dudo que podamos comer zapatos. ¿De dónde sacarán tantos? Pues estos que dejaron hoy son los que usaban ellos. Oye, se me hace que vieron a Jim desnudo y meando. Pensarían que los divinos no mean. Voy a buscarlo, no sea que esos salvajes hayan atacado al más fiel de mis partidarios. Anda, no tarden. Si no, iremos a ver que no estén armando una conspiración.  

Al verlo, Steve se postró a su lado y lo miró con susto. Quiso tocarlo, pero se paralizó. Jim trató de sonreír y un sabor metálico inundó su boca.  Quiso hablar y no pudo. Jim renunció a  incorporarse. Sabía que no lo conseguiría. Deseaba tranquilizar a Steve. Decirle que no moriría. No esa noche. Ni al día siguiente. Que él no moriría con el mundo. Que el mundo no moriría con él. Que aquélla no era la última noche de la Tierra. 

Por primera vez en tres días, Fernando podría conciliar el sueño al anochecer. El sol de la tarde le había devuelto la noción de las horas. Pensaba en ello cuando reparó en la ausencia de sus amigos. Afuera imperaba una negrura uniforme. Caminó unos metros y decidió que mejor buscaría entre lo más cercano. Rodeó la casa y al llegar a la parte trasera, vio a lo lejos un par de zapatos y ropa. La picazón en la nariz le caló hasta la garganta. Al acercarse, descubrió que eran los tenis de Steve y las bermudas de Steve y las piernas de quien alguna vez fue Steve. Sus extremidades eran hilillos de grasa, sin hueso ni carne. Como si alguien hubiera colado su cuerpo y dejado la emulsión desperdigada en el suelo. Fernando recordó la sustancia ambarina y viscosa de las calles; entrelazó las manos y se arrodilló.   

Epílogo

El 14 de octubre de 1995, el reactor número 7 de la Central Nuclear Comanche Peak sufrió una avería que liberó gases tóxicos altamente reactivos al sol. El radio afectado alcanzó más de 30 kilómetros. Paradójicamente, el número de pérdidas humanas fue mayor en los poblados más alejados. Científicos dela Universidad de Massachussets explicaron el suceso: “Los gases expelidos por el reactor viajaron a grandes velocidades, por lo que los efectos más dramáticos sucedieron en las zonas donde se asentaron, como Piedras Negras. Ahí por ejemplo, los restos gaseosos cayeron en forma de diminutas partículas parecidas a la ceniza”. Días después del accidente, los cuerpos de rescate inspeccionaron vía aérea el perímetro más afectado (Piedras Negras). Sólo hallaron a 13 personas tendidas, cuyos cuerpos estaban extrañamente reunidos a las afueras de una casa. Cuando regresaron por ellas, ya no estaban. A un mes de la falla nuclear que provocó la desaparición de una población entera a las orillas de Coahuila, se siguieron evaluando los daños. “Los efectos fatales de estos gases ocurren a largo plazo porque su densidad permite formar una nata que cubre la luz del sol. Ya más livianos caen a la superficie provocando la muerte instantánea. Al combinarse el helio del sol y el nitrógeno de los gases se forma un compuesto capaz de bloquear las vías respiratorias. El contacto con la piel es muy peligroso, ya que carcome el tejido muscular y diluye el calcio de los huesos”.

El último gato de la casa en sombras

Ejercicio final (Primera de dos etapas) 38 Comentarios »

Ejem…Bueno, queridos lectores ya les vengo a molestar otra vez. Fíjense que debo entregar este cuento el miercoles por la mañana y necesito que me den sus recomendaciones, comentarios y cocolazos para dejarles la  versión definitiva y bien hechecita ese mero día. Un abrazo 

Yo 

La persiana de ceniza impedía mirar hacia fuera. De hacerlo, no habrían hallado diferencia. Adentro, la visión era como la percibida por un ojo con glaucoma que ofrece el interior de lo que alguna vez fue una casa. Afuera, el paisaje parecía una calca malhecha al carboncillo de lo que alguna vez fue un pueblo. Habían pasado ya seis días y el único sonido que provenía del exterior era el de los perros que más que ladrar musitaban.

  

Fernando, Steve  y Jim, estudiantes de la Universidad de Texas, quedaron varados en la carretera cuando cruzaban la frontera de regreso hacia Estados Unidos. Fernando los había convencido de pasar una noche en algún bar de Piedras Negras. La cerveza saldría más barata y sólo habría que recorrer algunos kilómetros en coche. Listones de humo de colores engullían la negrura del cielo y los tres amigos huyeron para protegerse del espectáculo celeste. Fue como si la noche se volviera día y las sombras anónimas en la oscuridad se tornaran fotografías sobreexpuestas. El arcoiris nocturno los rodeaba. El color rosa era el más poderoso: tumbaba todo cuanto hallaba a su paso. El verde sólo coloreaba el concreto, los autos y las ropas, si acaso picaba los labios. El azul era el más veloz y fue el que los persiguió hasta la casa aquella entre sombras.

  

Cuando hubo luz suficiente para mirar por la ventana, Fernando inspeccionó el amanecer sombrío. Las suaves cenizas volaban en remolinos sobre el asfalto. Un pavimento derretido y solidificado después en bloques deformes cubiertos por árboles muertos. No había más color. No había movimiento. Ninguna señal de humo. Fernando acercó una silla sin respaldo, se arrodilló sobre ella y recargado en el alféizar se frotó la nariz con fuerza. Un ardor intenso le hizo sentir ganas de arrancarla. A su espalda, Steve y Jim cubrían el último tapiz del piso con un juego de gato más. Desde aquel día, ellos jugaron con la seguridad de alguien que siente que será rescatado.

  

Tenemos que salir de aquí, balbuceó Steve en su español recién aprendido. Sí, hoy mismo nos largamos, contestó Jim. Estúpidos. Afuera no hay nada, ¿qué camino tomaríamos? Mira Fernando, yo dije que me iría de aquí cuando el espacio para jugar se acabara. ¿Y tú Jim, me vas a decir que también te vas? Sí Fernando, ¿cómo podrían salvarnos si estamos entre los escombros? No discutas con él, Jim, mejor ven acá a terminar la partida. ¡Ustedes están locos!

  

Atravesaron la explanada de asfalto quebrado y echaron a andar. No había llovido, pero algunas partes del piso estaban cubiertas por una sustancia ambarina y viscosa. Librándolas a saltos, los tres hombres semejaban los últimos grillos de un estanque de agua sucia. Llegaron hasta un depósito de gasolina a la orilla de la carretera. Esto quedó como arrasado por un huracán, dijo Steve. Jim asintió. El olor a gasolina era un tímido rumor. Las bombas con sus mangueras descansaban en su sitio. La puerta de la tienda de servicio estaba abierta y Steve se metió. Jim lo siguió. Un mostrador de metal, encima un teléfono y una caja registradora. Los estantes de comida vacíos. ¡Oigan, ayer soñé algo!, gritó Fernando desde afuera. Steve guardó en su chaleco el dinero de la caja registradora y Jim aventó el auricular del teléfono con el que marcaba a casa.

  

Acordaron que Fernando caminaría en línea recta, mientras Steve y Jim se metían entre los rincones a ver qué hallaban. La voz de Fernando sería la guía que los mantendría unidos. Decidió que gritaría su sueño durante el recorrido. Sin darse cuenta, llegaron frente a la casa derruida de la que habían salido horas atrás. ¡Fuck!, gritó Steve. Eso nos pasa por distraernos en historias sobre el fin del mundo, dijo Jim. Se los dije, aquí no hay caminos, estamos atrapados, contestó Fernando. Una tos interrumpió la discusión. Los tres voltearon y se encontraron con que una docena de seres semidesnudos los escoltaban.

  

¡Carajo! ¿Qué hace toda esa gente afuera? ¿No que éramos los únicos aquí, Fernando?, cuestionó Steve. ¡Nos comerán!, dijo Jim. Calma, salgamos a hablar con ellos, quizá saben algo. No, esperen, veamos que tan peligrosos son. Steve tomó la pata rota de una silla y la lanzó hacía ellos. Los sujetos miraron la carnada y uno a uno se dirigió hacia ella con lentitud. Después todos juntos la ofrecieron a Steve. Claro Fernando, ésos además de identificar una carnaza, saben de tus Apocalipsis. Oigan no me vengan con reclamos ahora. Tienes razón, man, es hora de jugar un poco. ¿Gato? No todo es juego, imbéciles. Hay que convencerlos de no hacernos daño. ¿Les gustará el gato, Steve? ¿A qué te refieres maldito enfermo? Desde ahora, yo seré el Mesías de tu sueño. ¡Oh! Sí, claro, un dios con bermudas y tenis. Les diremos que lo que ha sucedido forma parte de un plan para acabar con ellos. Sí, sí y que nosotros los vamos a proteger. ¿Serían capaces? Mira Fernando, la comida y el agua se están agotando; en la gasolinera ya vimos que no hay nada. Sí, sí, ellos nos podrían alimentar mientras alguien nos rescata. ¿Pero que están ciegos? Esa gente no tiene nada. ¡Mírenlos! Ya no me fío de ti, man. Yo tampoco, ¿le entras o no?

  

Hermanos, he aquí el pastor de la Orden de la Verdad Suprema. Al oír el anuncio, la alfombra de guiñapos abrió los ojos. He llegado a iluminarlos. Lamento decirles que todos ustedes están en peligro. Hace 10 años, la nación más poderosa del mundo planeó que borraría las fronteras entre los países y todo aquel que habitara en ellas. Lo sucedido aquí es muestra de ello. En pocos días, este lugar quedará desierto. Es por eso que el Altísimo me ha enviado para salvarlos. Hermanos, para seguir viviendo son necesarias sus donaciones. Sólo con ellas podremos construir un lugar seguro donde orar al Altísimo. Hermanos, pido que esto no… El golpeteo de las hélices de helicóptero interrumpió la doctrina. La tripulación buscaba sobrevivientes. Como no halló más que una alfombra de seres inanimados, ganó altura y se fue. La Orden prosiguió con el adoctrinamiento.

  

Hermanos, no hagan caso a los extraños, pues tienen malas intenciones. Quieren llevarnos a sus territorios para acabar con nosotros. Por ello es importante no divulgar esto a nadie. No lo comprenderían. Si aún así, alguno de ustedes se atreviera a hacerlo, yo lo sabría. Entonces me vería obligado a expulsarlo del acto de salvación que les he prometido. Miren ustedes, a mi llegada recogí a estos dos hombres que ven aquí. Me han jurado lealtad y yo les he brindado mi cobijo en este lugar. Estas ruinas serán nuestro resguardo en tanto ocurre el milagro.  

  

¿Cómo estuve hijos míos?, alardeó Steve. Muy bien jefe, dijo Jim. Imbécil, ¿por qué ordenaste que nos echáramos al piso cuando el rescate llegó? Es parte del juego, man. Sí, sí, si no se nos venía abajo el show. Maldita la hora en que les hablé del fin del mundo. Son tan lerdos que jamás se les habría ocurrido. El problema aquí es que la historia de la salvación es un juego, pero ese helicóptero venía por nosotros, Steve. No regresará y moriremos aquí.

  

Los bramidos del exterior despertaron a Fernando quien se asomó a la ventana y vio que la ofrenda de los adeptos era variada. Ahí están tus seguidores Steve; que por cierto ya son menos ¡eh! Oye sí, ayer eran unos diez, ahora sólo veo a la mitad. Vamos a buscarlos, jefe. Steve abrió la puerta, pero un montón de tela, zapatos y comida enlatada impedía el paso. Fernando y Jim metían los donativos a la casa; Steve aprovechaba para acariciar y dar palabras de aliento a sus discípulos. Hermanos, ¿dónde están los demás? Nadie contestó.

  

Los buscaron por las calles donde todo estaba sostenido por un aliento trémulo. No hallaron a ninguno, ni siquiera sus cadáveres. La lluvia diluyó el líquido ambarino que manchaba el pavimento e hizo volver a la Orden a la casa. Hacía frío. Los cinco adeptos permanecieron sentados afuera, acurrucados uno con otro, envueltos con una manta de esperanza y, después de un rato, la lluvia cesó; quedaron las ruinas solas, escurriendo.

  

Las ganas de orinar despertaron a Jim, quien avisó a los otros la buena nueva. Jefe, Fernando, salió el sol. Lo ven, es un buen augurio, afirmó Steve. Ya mano, te estás tomando muy en serio tu papel de Mesías. Yo sí te creo, jefe. A ver, ya vieron que sus discípulos no están. ¡Ah! Seguro fueron por más dádivas, rió Steve. Mira jefe, nos dejaron más cosas. Mételas, Jim. Sí jefe, sólo voy a orinar y regreso. Steve, me preocupa un poco lo de las donaciones. Fernando, ¿a ti qué no te preocupa, man? Bueno, sólo espero que hoy traigan más comida y agua porque dudo que podamos comer zapatos. Se me hace que mis seguidores vieron a Jim meando. Pensarían que los divinos no cagan ni mean. Voy a buscarlo, no sea que esos salvajes hayan atacado al más fiel de mis partidarios. Anda, no tarden. Si no, iremos a vigilar que ésos no estén armando una conspiración.

Por primera vez en ocho días, Fernando podría conciliar el sueño al anochecer. El sol de la tarde normalizó su reloj circadiano. Pensaba en ello cuando se dio cuenta que sus amigos aún no regresaban. Afuera, el negro era uniforme, así que caminó unos metros y decidió que buscaría entre lo más cercano. Rodeó la casa y al llegar a la parte trasera, vio a lo lejos un par de tenis y unas bermudas. Un picor en la nariz le caló hasta la garganta. Se acercó y descubrió que eran los tenis azules de Steve y las bermudas cafés de Steve y las piernas de quien alguna vez fue Steve. Sus extremidades eran hilillos de grasa, sin hueso ni carne. Como si alguien hubiera colado su cuerpo y dejado la emulsión desperdigada en el suelo. Fernando recordó entonces la sustancia ambarina y viscosa; entrelazó las manos y se arrodilló.

Epílogo

El 14 de octubre de 1995, el reactor número 7 dela Central Nuclear Comanche Peak sufrió una avería que liberó gases tóxicos altamente reactivos al sol. El radio afectado alcanzó más de 30 kilómetros. Paradójicamente, el número de pérdidas humanas fue mayor en los poblados más alejados.Científicos dela Universidad de Massachussets explicaron el suceso: “Los gases expelidos por el reactor viajaron a grandes velocidades, por lo que los efectos más dramáticos sucedieron en las zonas donde se asentaron, como Piedras Negras. Ahí por ejemplo, los restos gaseosos cayeron en forma de diminutas partículas parecidas a la ceniza”. Los cuerpos de rescate inspeccionaron vía aérea el perímetro más afectado (Piedras Negras), pero sólo hallaron a 13 personas muertas, cuyos cadáveres estaban extrañamente reunidos a las afueras de una casa. “Los efectos fatales de estos gases ocurren a largo plazo porque su densidad permite formar una nata que cubre la luz del sol. Ya más livianos caen a la superficie provocando la muerte instantánea. Al combinarse el helio del sol y el nitrógeno de los gases se forma un compuesto capaz de bloquear las vías respiratorias. El contacto con la piel es muy peligroso, ya que carcome el tejido muscular y diluye el calcio de los huesos”.

Daguerrotipos

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En medio de la aparente confusión de nuestro mundo, los individuos están bien ajustados a un sistema, y los sistemas a cada uno y a un todo, que, haciéndonos a un lado por un momento, un hombre se expone a sí mismo al terrible riesgo de perder su lugar para siempre…

  Wakefield. Nathaniel Hawtorne

¿Tengo monitos en la cara o qué? ¿Será mi imaginación o todos me miran con extrañeza? Lo que me faltaba, que aquí la señorita Dupotex también. Pero si me dilaté en abordar el tranvía para que no se dieran cuenta que estoy siguiéndolas. Se me hace que ya saben algo. Esa señorita Dupotex ha de pensar que no la veo, pero el sombrero no esconde con suficiencia sus ojos. Bueno, por si las dudas, mejor hago como si leyera este folletín mientras se llena el vagón, no sea que me descubran. Creo que tengo que ser más discreto cuando, como hoy, la señorita Corina sale acompañada. Más si la acompañante es la señorita Dupotex que es bien abusada. Anda a las vivas, a mí se me hace que ella sí me ha visto antes. Aunque, me he librado de peores. Como esa vez en el mercado de flores donde casi me tropiezo de frente con la señorita Corina. Lo bueno es que iba sola y distraída. Chico sustote que me metí. Ya me hacía frente al señor Lico inventando no sé qué razón para salvarme de la tunda por arruinar el espionaje a su esposa. Ya decía mi madre: “Ay Nacho a ti no se te pierde la cabeza porque la traes pegada, hijito”. Por eso me metí de mirón de resguardo, para obligarme a poner atención en los detalles. ¿Hay oficio más ridículo que éste? Creo que me iba mejor cuando andaba de cobrador, pero era muy aburrido. Por lo menos como mirón de resguardo puedo chismear en la vida de los demás. ¡Caramba! Parece que el tranvía partirá vacío de la estación. Bueno con nosotros tres y el operador. De por sí que esta ruta la usan poco. Pues claro, las cosas están bien difíciles. La mayoría prefiere el camión: por veinte centavos menos quién no. No me explico entonces, por qué la señorita Corina viaja en tranvía. Ahora entiendo al señor Lico: “Mi mujer ha tenido conductas sospechosas”. Ella podría moverse con su propio coche. Por lo que me decía su marido, Alicia Corina tiene un auto último modelo, de esos que acaban de llegar al país. No me acuerdo qué marca.

Tal como lo pensé, el tranvía parte hacia Revolución con tres pasajeros. Parece que va a llover. En el vagón sólo se oye el crujido de la caoba con la que está construido. Por cada trueno del cielo son tres rechinidos de madera. Ya me imagino lo que platicarán estas dos señoritas: que si mañana saldrán a flanear de La Sorpresa hasta el Jockey Club; que si todavía hay lugar en el tendido de sombra, irán a los toros, si no a la ópera en la noche. Pero por dentro se mueren de miedo porque ahora van en un tranvía y hay amenaza de lluvia. Quién podría salvarlas si ninguno de sus maridos sabe dónde están. Las gacetas han hablado sobre casos de electrocución por rayos en tranvías que han dejado decenas de muertos. Debe ser a causa de la electricidad. Por fin el peso de las gotas vence la resistencia de las nubes. El tren avanza con lentitud, se me hace que el chofer ha pasado ya por una desgracia, porque casi siempre le aceleran mucho aunque los rieles estén mojados. Éste sí que es precavido. No, me equivoqué. Ya empezó a correr. Puedo ver que en la esquina siguiente alguien espera con un paraguas. La caja móvil se detiene con dificultad, si alguien afuera la mirara pensaría que tiene hipo o está constipada. Adentro, todos nos aferramos a lo más cercano: el conductor a la manivela abrerejas, las señoritas a la barra de hierro y yo a mí mismo. ¡Paasumecha!

Sube una dama con sombrero de campana que se sienta frente a mí, en la interminable banca ocupada por las señoritas Sololoy. Sonrío por mi ocurrencia de nombrarlas así y la mujer me mira con espanto. Pensará que soy un rufián que caza féminas solitarias por las tardes. Bajo la mirada al folletín. Ella estornuda y yo le acerco un pañuelo, pero como si me le fuera a echar encima, la matrona se pone en posición de ataque. Debe tener alguna enfermedad de la mente. Nadie cambia el semblante así como así con sólo tragarse tres pastillas fosforescentes. Devuelve el pastillero guinda a su bolso y me sonríe. Señoras y señores, he aquí una más de las personas curadas con las bolitas del Doctor Lacroix. Compadezco a sus hijos que la esperan en casa. Entonces volteo hacia mi objetivo: La señorita Dupotex exclama sorpresa con los ojos y cubre su boca con la mano para disimular la picardía. Claro, la señorita Corina debe estar contándole sobre la última cita con su amante, al que parecen estar acercándose cada vez más.  

Está cayendo un chaparrón. El tranvía se detiene frente al dispensario. Lo abordarán aquellos resignados a cenar sólo un vaso de leche, porque ya no tendrán para una concha o una chilindrina. Las gotas de hielo convencen a los indecisos a pagar más centavos por el viaje. Dicho y hecho. Una manada de seres desdibujados moja el entarimado del vagón. Las calles están oscuras pues se fundió el alumbrado. Tinieblas, diluvio y pobreza: mala combinación. Los chamacos, que tras esta mojada volverán al médico para curarse el resfriado, corren por un lugar. Uno de ellos sigue enfermo, lo sé por los limones que lleva en una bolsa. Son para el mareo. Se sienta entre un hombre y la mujer del pastillero. El niño sonríe como disculpándose por su llegada, pero la mujer no se molesta en bajar la cabeza para mirarlo. Está ocupada buscando su pastillero guinda. Traga dos pastillas fosforescentes y tapa su nariz con la mano. Es verdad, el interior hiede a pollo mojado. Yo me quedo pensando en los hijos de esta mujer. Pobrecitos. Entonces me doy cuenta que hay gente parada en el vagón. No veo a la señorita Corina. Por andar en el dislate, no vi que cuatro hombres levantaron un muro con sus cuerpos frente a mí. Tampoco que la bola de chamacos están sentados en el suelo y sobre mis pies. Intento pararme pero piso una mano de niño y la madre me pega con lo que debió ser una cobija que me regresa a la banca. No la veo. Ahora sí se me va armar con Lico. Qué tal que su Alicia ya se fue y nomás estaba esperando este momento para perderse entre el tumulto y escapar. Me pesco de la espalda de uno de los hombres del muro  y me paro de puntas. ¡Carajo! Ahí sigue la señorita Corina con su inseparable amiga Rosa, las dos sentaditas como si nada les preocupara más que llegar a su destino. Pensándolo bien, qué bueno que no oyó el gritazo que dio el señor del que me colgué porque se habría dado color de mi presencia. Bueno ya me vio, pero de que estoy aquí por ella pues.  

Suspiro y me siento de ladito. Más tardé en pararme que en lo que un hombre calvo ocupó mi pedazo de banca. “El que se fue a la villa perdió su silla”, canturrean los chamacos. Miro a una cucaracha ahogarse en el lago del vagón, cuando una manga me golpea en el ojo. Lo sobo y con el otro veo que es el calvo ocupasientos que se quita su albornoz azul. Debe ser de segunda, por los agujeros que lo adornan se cuelan gotas que terminan de ahogar a la cucaracha. Ya más tranquilo, reflexiono sobre mi reacción de loco que busca a su presa. El tranvía nunca se detuvo, no había manera de que Corina escapara, a no ser que se aventara por la ventanilla. Como mi distracción es un problema, tendré que ubicar a las señoritas cada vez que el tren haga una parada. En eso estoy cuando se detiene, me levanto y no, no descienden las señoritas Sololoy, pero sí sube una joven de bucles rojos y vestido negro ajustado. ¡Ay Diosito santo!  

Hasta los chamacos se quedan mirándola como bobos. Su aroma diluye la peste del tren y en un tris tras, el vagón huele a jazmines. Pero qué digo, si es Marina. ¡Muchacha! ¡A dónde nos venimos a encontrar! Pero claro, cómo no lo pensé antes o acaso es… ¿Y ahora qué hago? No me ha visto, pero ella atrae la atención de cualquiera. El rojo le sienta bien, pero los rizos negros me gustaban más. Dónde se había metido, Marina. No, no puedo hacer mucha bulla, qué tal que la señorita Corina me ve. ¿Me acerco? Podría recordarle a su Nachito. Soy su Nachito. ¡Ajijo! Tremendo estornudo que me acaba de estrellar en el mero oído el calvo ocupasientos. Usted Marina siempre tan educada volteará para decir: “Salud”. Dicho y hecho, así sucede. Ahora me ha visto. Sí, sus ojos no le mienten. Soy yo.

 -Ay señor operador pare el tranvía. Esa mujer se va a aventar.

-Pero si acaba de subir, manita, ¿qué le pasará?

-No sé, no sé si está llorando o la lluvia le nació del rostro.

-¡Ay Jesús mío, ayuda a esta pobre mujer!

-Es que mírala, nada la hace entrar en razón. 

-No Rosita ni el gentilhombre que intenta retenerla. -Ay señor operador pare el tranvía. Esos dos se van a aventar. 

Ya me tienes aquí otra vez persiguiéndote. Ahora sí no te me vas ir canija Marina. La señorita Corina me vio, la Dupotex también. Todos Marina todos. El señor Lico me buscará por todo el país. Me importa un bledo. Marinita, ¿por qué te fuiste? Mira que no te imaginas cómo me dejaste. No me importa que me veas llorar, no, no es la lluvia Marina. Son lágrimas Marina. Vas muy atrabancada, te pueden atropellar. Ten cuidado Marina. Está bien, lárgate una vez más. En el camión te verán como una loca. Gracias por arruinarme la vi…   

 -Ay Petite, tras el bochorno, ¿te confieso algo?

-No me digas que conocías a ese caballero…

-¿Al atolondrado ese? No querida no, lo veía porque tenía toda la carita de un noviecillo que tuve.

-¡Ay Dupotex, nunca se te quitará lo enamoradiza! Ahora veo porque a Lico no le gustan mis compañías. ¡Eres una faldera!

-No, pero…

- Pero pero, nada. Mejor dime quién baila hoy en el Iris.

-¡Agárrate querida! La Gatita Blanca vuelve al tablado con Manolo Noriega. 

 No, no traías “monitos en la cara” Nacho, sino una espina enterrada que preferiste olvidar en lugar de afrontar. Pero así es el destino Nacho. Tú sabías que el oficio de cobrador no era aburrido y recibías buena paga, pero desde que Marina se fue te empeñaste en ser más cuidadoso. Te rentabas como mirón de resguardo para hallar alguna migaja de Marina entre las pistas femeninas. El que busca encuentra mi amigo Nacho. El señor Lico pronto te sustituirá por otro. Marina olvidará que la seguiste con la ilusión de besarla otra vez. Cuando la viste, ya era madre de unos gemelos y llevaba otro crío en sus entrañas. Y los miles que te verán calcinado en esta foto, no sabrán que ibas tras el amor de tus ojos, de tu vida. Para ellos, sólo serás un electrocutado más en esta ciudad.

Cuento inconcluso

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¡Que comiencen las sugerencias! Aquí está la primera versión de este cuento. Espero sus comentarios, quejas y recomendaciones. Muchas gracias. 

¿Tengo monitos en la cara o qué? Pero si me dilaté en abordar el tranvía para que no se dieran cuenta de que vengo siguiéndolas. Se me hace que ya se imaginan algo. Esa señorita Dupotex ha de pensar que no la veo, pero el sombrero no esconde con suficiencia sus ojos. Bueno, por si las dudas, mejor hago como si leyera este folletín mientras se llena el vagón, no sea que me descubran. Creo que tengo que ser más discreto cuando, como hoy, la señorita Corina sale acompañada. Más si la acompañante es la señorita Dupotex que es bien abusada. Anda a las vivas, a mí se me hace que ella sí me ha visto antes. Aunque, me he librado de peores. Como esa vez en el mercado de flores donde casi me tropiezo de frente con la señorita Corina. Lo bueno es que iba sola y distraída. Chico sustote que me metí. Ya me hacía frente al señor Lico inventando no sé qué razón para zafarme de la tunda por arruinar el espionaje a su esposa. Ya decía mi madre: “Ay Nacho a ti no se te pierde la cabeza porque la traes pegada, hijito”. Por eso me metí de mirón de resguardo, para obligarme a poner atención en los detalles. ¿Hay oficio más ridículo que éste? Creo que me iba mejor cuando andaba de cobrador, pero era muy aburrido. Por lo menos como mirón de resguardo puedo chismear en la vida de los demás. ¡Caramba! Parece que el tranvía partirá vacío de la estación. Bueno con nosotros tres y el operador. De por sí que esta ruta la usan poco. Pues claro, las cosas están bien difíciles. La mayoría prefiere el camión: por veinte centavos menos quién no. No me explico entonces, por qué la señorita Corina viaja en tranvía. Ahora entiendo al señor Lico: “Mi mujer ha tenido conductas sospechosas”. Ella podría moverse con su propio coche. Por lo que me decía su marido, Alicia Corina tiene un auto último modelo, de esos que acaban de llegar al país. No me acuerdo que marca.  

Tal como lo pensé, el tranvía parte hacia Revolución con tres pasajeros. Parece que va a llover. En el vagón sólo se oye el crujido de la caoba con la que está construido. Por cada trueno del cielo son tres rechinidos de madera. Ya me imagino lo que platicarán estas dos señoritas: que si mañana saldrán a flanear de La Sorpresa hasta el Jockey Club; que si todavía hay lugar en el tendido de sombra, irán a los toros, si no a la ópera en la noche. Pero por dentro se mueren de miedo porque ahora van en un tranvía y hay amenaza de lluvia. Quién podría salvarlas si ninguno de sus maridos sabe dónde están. Las gacetas han hablado sobre casos de electrocución por rayos en tranvías, que han dejado decenas de muertos. Debe ser a causa de la electricidad. Por fin el peso de las gotas vence la resistencia de las nubes. El tren avanza con lentitud, se me hace que el chofer ha pasado ya por una desgracia, porque casi siempre le aceleran mucho aunque los rieles estén mojados. Éste sí que es precavido. No, me equivoqué. Ya empezó a correr. Puedo ver que en la esquina siguiente alguien espera con un paraguas. La caja móvil se detiene con dificultad, si alguien afuera la mirara pensaría que tiene hipo o está constipada. Adentro, todos nos aferramos a lo más cercano: el conductor a la manivela abrerejas, las señoritas a la barra de hierro y yo a mí mismo. ¡Paasumecha! 

Sube una dama con sombrero de campana que se sienta frente a mí, en la interminable banca ocupada por las señoritas Sololoy. Sonrío por mi ocurrencia de nombrarlas así y la mujer me mira con espanto. Pensará que soy un rufián que caza féminas solitarias por las tardes. Bajo la mirada al folletín. Ella estornuda y yo le acerco un pañuelo, pero como si me le fuera a echar encima, la matrona se pone en posición de ataque. Debe tener alguna enfermedad de la mente. Nadie cambia el semblante así como así con sólo tragarse tres pastillas fosforescentes. Devuelve el pastillero guinda a su bolso y me sonríe. Señoras y señores, he aquí una más de las personas curadas con las bolitas del Doctor Lacroix. Compadezco a sus hijos que la esperan en casa. Entonces volteo hacia mi objetivo: La señorita Dupotex exclama sorpresa con los ojos y cubre su boca con la mano para disimular la picardía. Claro, la señorita Corina debe estar contándole sobre la última cita con su amante, al que parecen estar acercándose cada vez más.  

Está cayendo un chaparrón. El tranvía se detiene frente al dispensario. Lo abordarán aquellos resignados a cenar sólo un vaso de leche, porque ya no tendrán para una concha o una chilindrina. Las gotas de hielo convencen a los indecisos a pagar más centavos por el viaje. Dicho y hecho. Una manada de seres desdibujados moja el entarimado del vagón. Las calles están oscuras pues se fundió el alumbrado. Tinieblas, diluvio y pobreza: mala combinación. Los chamacos, que tras esta mojada volverán al médico para curarse el resfriado, corren por un lugar. Uno de ellos sigue enfermo, lo sé por los limones que lleva en una bolsa de plástico rosa. Son para el mareo. Se sienta entre un hombre y la mujer del pastillero. El niño sonríe como disculpándose por su llegada, pero la mujer no se molesta en bajar la cabeza para mirarlo. Está ocupada buscando su pastillero guinda. Traga dos pastillas fosforescentes y tapa su nariz con la mano. Es verdad, el interior hiede a pollo mojado. Yo me quedo pensando en los hijos de esta mujer. Pobrecitos. Entonces me doy cuenta que hay gente parada en el vagón. No veo a la señorita Corina. Por andar en el dislate, no vi que cuatro hombres levantaron un muro con sus cuerpos frente a mí. Tampoco que la bola de chamacos están sentados en el suelo y sobre mis pies. Intento pararme pero piso una mano de niño y la madre me pega con lo que debió ser una cobija que me regresa a la banca. No la veo. Ahora sí se me va armar con Lico. Qué tal que su Alicia ya se fue y nomás estaba esperando este momento para perderse entre el tumulto y escapar. Me pesco de la espalda de uno de los hombres del muro  y me paro de puntas. ¡Carajo! Ahí sigue la señorita Corina con su inseparable amiga Rosa, las dos sentaditas como si nada les preocupara más que llegar a su destino. Pensándolo bien, qué bueno que no oyó el gritazo que dio el señor del que me colgué porque se habría dado color de mi presencia. Bueno ya me vio, pero de que estoy aquí por ella, pues.  

Suspiro y me siento de ladito. Más tardé en pararme que en lo que un hombre calvo ocupó mi pedazo de banca. “El que se fue a la villa perdió su silla”, canturrean los chamacos. Miro a una cucaracha ahogarse en el lago del vagón, cuando una manga me golpea en el ojo. Lo sobo y con el otro veo que es el calvo ocupasientos que se quita su sobretodo azul. Debe ser de segunda, por los agujeros que lo adornan se cuelan gotas que terminan de ahogar a la cucaracha. Ya más tranquilo, reflexiono sobre mi reacción de loco que busca a su presa. El tranvía nunca se detuvo, no había manera de que Corina escapara, a no ser que se aventara por la ventanilla. Como mi distracción es un problema, tendré que ubicar a las señoritas cada vez que el tren haga una parada. En eso estoy cuando se detiene, me levanto y no, no descienden las señoritas Sololoy, pero sí sube una joven de bucles rojos y vestido negro ajustado. ¡Ay Diosito santo!

La redención de los enfermos

Ejercicio 12 29 Comentarios »

¡Quien tenga oídos para oír que oiga! Porque a las orillas de esta nuestra ciudad, en Gerasa que es tierra de ajenos y desdicha, ha ocurrido que dos mil cerdos han muerto. Y a cambio, espíritus malignos conducen camino y obra de los hombres en que ahora viven. He aquí el hecho: Vigilando de lejos al endemoniado vociferante, vi a un joven de apariencia llana que por la ribera del mar se aproximaba. Pensé que había extraviado el rumbo, pero entonces caminó hacia el infeliz y éste acudió a su encuentro. De rodillas, el desgraciado de talante corroído le pidió clemencia. Los ojos del forastero destellaban una pureza soberana, mas sólo quien tiene a Belcebú adentro se acerca a un poseído. Y lo demás lo he dicho ya. Alborotada la piara se despeñó. Si hay alguien aquí que ose refrendar esto que cuento, vaya a Gerasa y escuchará aún los gruñidos. Con suerte verá al Príncipe de los Demonios, pues el súbdito habrá marchado ya, en apariencia regenerado. ¡Quién tenga oídos para oír que oiga!

Consanguíneos

Ejercicio 11 31 Comentarios »

“Güeritos”,  así nos dice mamá a Simón y a mí. Me gusta cortar uvas con Simón, pero más me gusta cuando me embarra mi pie con el juguito de la uva y me limpia con su lengua. Es que me dan cosquillas.                                                                      

                                                                                *

Desperté y mi calzón tenía una manchita roja. Mi madre había dicho que cuando eso pasara me daría una sorpresa. Hoy me caso con Simón, esa era la sorpresa. La boca de Simón sabe a leche. No me gusta.                                                                       

                                                                                *

Siguiendo la tradición menonita, engendré un niño con mi primo. Yo soy Ada y mi primo es Simón. Nos amamos. Ahora, nuestro hijo Cornelio ha salido a pasear con mi sobrina. Pronto tendrán un bebé.

“Te amo, Daisy”, decía lo que leyó

Ejercicio 10 34 Comentarios »

En el jardín contiguo al suyo, How abandona la valija en silencio. Regresa a casa silbando. 

                                                                     *******

Ya había ocurrido. La nueva burguesía procuraba la novedad; y la maleta pequeña estaba en boga. Las confusiones eran usuales. Conforme a las buenas costumbres, el mayordomo debía informar al gendarme sobre el extravío.

En su habitación, el patrón, Tom How, husmeaba en la valija. La disposición de las prendas llamó su atención, parecía que cada una esperase su turno para ser extraída. Se probó el bombín dorado. Al desdoblar la camisa azulada, una corbata de rayas serpenteó en el aire. El pantalón y chaleco de lino tenían la hechura de su cuerpo robusto. How sonrió. Ninguno de los trajes confeccionados por su modisto le ajustaba tan bien como éste. No así los mocasines que al calzarlos le habían magullado la piel. 

El sirviente fregaba con ungüento los talones de How, y él leía la inscripción en oro del reloj de bolsillo. Descubrió que entre el dueño y él sólo existía una diferencia: el tamaño del pie.

Padre Tótem

Ejercicio 9 21 Comentarios »

Limo de ceniza y flor adorna poros míos de nariz y boca. Metido estoy en hoyo de Uluru: grande piedra roja alzada en el desierto. Es lugar sagrado. Deja frío de espíritu para iniciar. Babeo. Aquí separo de arena, la ceniza pura. Ya el corazón hable tan alto que sólo reine su latir, iré a ver Hombre Canguro. Rasco mis rodillas. Antes quedé sin miedo, pero sintiéndole al miedo estoy ahora. La panza repica y abro la boca para dejarla salir. No brotan piñas ni gusanos, sólo ululan. Cierro la boca, siguen sonando. Salgo y caigo, me paro y caigo. El pelo me arde ¿O los codos? Gateo las rodillas son didgeridoos suenan a resortes que se estiran que se encogen mundo brillante y oscuro y brillante otra vez su melena larga lustrosa torciendo yo dedos de pies puedo moverle las patas cuando él cabecea siento ganas de saltar a Hombre Canguro le falta un brazo con el otro crea tiene ninguno y danza sin piernas canta ahorcado de su piel nace un tambor sin música se vuelve nube de lluvia y sacia la sed…