La ceniza había puesto persianas a los respiraderos de la casa. Tragaluces y ventanas lucían censurados. En el interior, la estampa era oscura como la de un ojo con glaucoma que mira lo que alguna vez fue una sala. Afuera, una calca mal hecha al carboncillo de lo que alguna vez fue un pueblo. El único sonido era el musitar de los perros, cansados de ladrar.
Fernando, Steve y Jim cumplían un día de haber llegado a esa casa. Los tres, estudiantes de la Universidad de Texas, cruzaban la frontera de regreso a Estados Unidos cuando hubo que dar marcha atrás. Fernando los había convencido de pasar una noche en algún bar de Piedras Negras. La cerveza saldría más barata y sólo habría que recorrer algunos kilómetros en coche. A medianoche, tomaron la carretera para volver a casa. Todo comenzó en ese instante. Listones de humo de colores engullían la negrura del cielo y los tres amigos huyeron para protegerse del espectáculo celeste. Era como si la noche se volviera día y las sombras anónimas en la oscuridad se tornaran óleos sobreexpuestos. El arcoíris nocturno los abrazaba. El color rosa era el más vigoroso: tumbaba cuanto hallaba a su paso. El verde todo lo teñía. El azul era el más veloz y los persiguió hasta los muros maltrechos de la casa donde ahora se refugiaban.
Tirado en el piso, Fernando recordaba aquel día. Con tal de hallar una explicación, imaginaba lo que había pasado en Piedras Negras antes de su llegada. Seguramente, pensó, el poblado amaneció cubierto por la sustancia viscosa que ellos vieron al llegar. La gente, porque debía haber existido, presenció un fenómeno que escapaba a su entendimiento. Los lugareños necesitaban saber qué era lo que había ocurrido. La procedencia del líquido amarillento se prestaba a muchas interpretaciones.
A gatas, Fernando se trasladó hasta la ventana y miró por la única ranura transparente. Las suaves cenizas volaban en remolinos sobre el asfalto. Un pavimento derretido y solidificado después en bloques deformes cubiertos por árboles muertos. No había más color. No había movimiento. Ninguna señal de humo. Fernando acercó una silla y, preso de una molesta sensación en la nariz, se sentó. Un ardor intenso le hizo sentir con los ánimos de arrancársela. Frente a él, Steve y Jim cubrían el último tapiz del piso con un juego de gato más. Desde aquel día, ellos jugarían con la seguridad de alguien que sabe que será rescatado.
Tenemos que salir de aquí, balbuceó Steve en su español recién aprendido. Sí, hoy mismo nos largamos, contestó Jim en su inglés mal pronunciado. Estúpidos. Afuera no hay nada, ¿qué camino tomaríamos? Mira Fernando, te dije que me iría de aquí cuando el espacio para jugar se terminara, dijo Steve. ¿Y tú Jim, me vas a decir que también te vas? Sí Fernando, ¿cómo podrían salvarnos si… Jim no discutas con él, mejor ven acá a terminar la partida, ordenó Steve. ¡Ustedes están locos!, gritó Fernando.
Atravesaron la explanada de asfalto quebrado y echaron a andar. No había llovido, pero algunas partes del piso continuaban cubiertas por la sustancia ambarina y viscosa. Librándolas a saltos, los hombres semejaban los últimos grillos de un estanque de agua sucia. Llegaron hasta un depósito de gasolina a la orilla de la carretera. Esto quedó como si lo hubiera arrasado un huracán, dijo Steve. Jim asintió. El olor a gasolina era un tímido rumor. Las bombas con sus mangueras descansaban en su sitio. La puerta de la tienda de servicio estaba abierta y Steve se metió. Jim lo siguió. Sólo quedaba el mostrador de metal con un teléfono y una caja registradora encima. Los estantes de comida estaban vacíos. ¡Oigan, ayer soñé algo!, gritó Fernando desde afuera. Steve se guardó el dinero de la caja registradora y Jim aventó el auricular con el que fantaseaba llamar a casa.
Acordaron que Fernando caminaría en línea recta, mientras Steve y Jim se metían entre las calles a ver qué hallaban. La voz de Fernando sería la guía que los mantendría unidos y nada mejor que relatar su sueño para lograrlo. Sin darse cuenta, llegaron frente a la casa derruida de la que habían salido horas atrás. ¡Fuck!, gritó Steve. Eso nos pasa por distraernos con historias sobre el fin del mundo, dijo Jim. Se los dije, aquí no hay caminos, estamos atrapados, contestó Fernando. Una tos interrumpió la discusión. Voltearon: una docena de seres semidesnudos los escoltaban.
¡Carajo! ¿Qué hacen todos esos afuera? ¿No que éramos los únicos aquí, Fernando?, cuestionó Steve. ¡Nos comerán!, dijo Jim. Calma, salgamos a hablar con ellos, quizá saben algo, los tranquilizó Fernando. No, esperen, veamos que tan peligrosos son. Steve tomó la pata rota de una silla y la lanzó hacía ellos. Los sujetos miraron la carnada y uno a uno se dirigió hacia ella con lentitud. Después todos juntos se la ofrecieron a Steve. Claro Fernando, éstos además de responder como perros, saben de tus Apocalipsis. Oigan no me vengan con reclamos ahora, se defendió Fernando. Tienes razón, man, es hora de jugar un poco, dijo Steve. ¡Gato! No todo es juego, imbécil, dijo Fernando. Hay que convencerlos de que no deben hacernos daño. Desde ahora, yo seré el Mesías de tu sueño, Fernando. ¡Oh! Sí, un dios con bermudas y tenis. Claro Fernando, diremos que lo que ha sucedido es parte de un plan para acabar con ellos. Sí, sí, y que nosotros los vamos a proteger, dijo Jim. ¿Serían capaces? Mira Fernando, la comida y el agua se están agotando; en la gasolinera ya vimos que no hay nada. Sí, sí, ellos nos podrían dar de comer mientras alguien nos rescata, asintió Jim. ¿Pero que están ciegos? Esa gente no tiene nada. ¡Mírenlos! Ya no te creo, man. Yo tampoco, ¿le entras o no?
Hermanos, he aquí al pastor de la Orden dela Verdad Suprema. Al oír el anuncio, la alfombra de guiñapos abrió los ojos. He llegado a iluminarlos porque todos ustedes están en peligro. Hace 10 años, la nación más poderosa del mundo planeó que borraría las fronteras entre los países y todo aquel que habitara en ellas. Lo sucedido aquí es muestra de ello. En pocos días, este lugar quedará desierto. Es por eso que el Altísimo me ha enviado para salvarlos. Hermanos, para seguir viviendo son necesarias sus donaciones. Sólo con ellas podremos construir un lugar seguro donde orar al Altísimo. Hermanos, pido que esto no… El golpeteo de las hélices de helicóptero interrumpió la doctrina. La tripulación buscaba sobrevivientes. Como no halló más que una alfombra de seres inanimados, ganó altura y se fue.
La Orden prosiguió con el sermón. Fernando apretaba su garganta para ahogar el grito. El rescate sobrevoló sobre ellos y nadie se había negado a fingir que estaba muerto, ni él. Trece sujetos enajenados lo habrían acallado. Sin duda, esta gente tiene algo, pensó. Pero, ¿y Steve?
Hermanos, no hagan caso a los extraños, quieren llevarnos a sus territorios para acabar con nosotros. Por ello es importante no divulgar esto a nadie. No lo comprenderían. Si aún así, alguno de ustedes se atreviera a hacerlo, yo lo sabría. Entonces me vería obligado a expulsarlo del acto de salvación que les he prometido. Miren ustedes, a mi llegada recogí a estos dos hombres que ven aquí. Me han jurado lealtad y yo les he brindado mi cobijo en este lugar. Estas ruinas serán nuestro resguardo en tanto ocurre el milagro.
¿Cómo estuve hijos míos?, alardeó Steve. Muy bien jefe, dijo Jim. Imbécil, ¿por qué ordenaste que nos echáramos al piso cuando el rescate llegó? Es parte del juego, man. Sí, sí, si no se nos venía abajo el show. Maldigo la hora en que les hablé del fin del mundo. Por sí solos jamás se les habría ocurrido. El problema aquí es que la historia de la salvación es un juego, pero ese helicóptero venía por nosotros, Steve. No regresará y moriremos aquí.
Al segundo día, los bramidos del exterior despertaron a Fernando. Se asomó a la ventana y vio que la ofrenda de los adeptos era variada. Ahí están tus seguidores Steve; que ya son menos ¡eh! Oye sí, ayer eran unos diez, ahora sólo veo a la mitad. ¿Iremos a buscarlos, jefe? Steve abrió la puerta, pero un montón de tela, zapatos y comida enlatada impedía el paso. Fernando y Jim metieron los donativos a la casa; Steve aprovechó para acariciar y dar palabras de aliento a sus discípulos. Hermanos, ¿dónde están los demás? Nadie contestó.
Los buscaron por las calles donde todo estaba sostenido por un aliento trémulo. No hallaron a ninguno ni a sus cadáveres. La lluvia diluyó el líquido ambarino que manchaba el pavimento e hizo a la Orden volver a la casa. Hacía frío. Los cinco adeptos permanecieron sentados afuera, acurrucados uno con otro, envueltos con una manta de esperanza y, después de un rato, la lluvia cesó; quedaron las ruinas solas, escurriendo.
Las ganas de orinar despertaron a Jim que vio en el cielo buenas noticias. ¡Jefe, Fernando, salió el sol!, les gritó. Es un buen augurio, afirmó Steve. Ya mano, te estás tomando muy en serio tu papel de Mesías, reprochó Fernando. Yo sí te creo, jefe, dijo Jim. Fernando, desde que llegamos aquí, no había salido el… ¿Ya vieron?, sus discípulos no están. Seguro fueron por más dádivas, rió Steve. Mira jefe, nos dejaron más cosas. Mételas, Jim. Sí jefe, sólo voy a orinar y regreso.
Jim sintió las gotas de lluvia caer como dagas de luz sobre su cara. El cielo encapotado resplandecía entre las nubes. Jim se estremeció de frío, pero no le importó. Se preguntó dónde estaba. Qué lugar era éste donde el agua estaba hecha de luz. O al revés, tal vez la luz era agua. O quizá sus sentidos le estaban jugando una mala pasada, pensó. Las gotas parecían de luz durante un segundo, antes de golpear la acera en la que Jim estaba tendido. El efecto que tanto le había emocionado era producido por un farol que proyectaba sobre su cabeza una columna de color ámbar, en forma de obelisco.
Steve, me preocupa un poco lo de los donativos. ¿A ti qué no te preocupa, man? Bueno, sólo espero que hoy traigan más comida y agua porque dudo que podamos comer zapatos. ¿De dónde sacarán tantos? Pues estos que dejaron hoy son los que usaban ellos. Oye, se me hace que vieron a Jim desnudo y meando. Pensarían que los divinos no mean. Voy a buscarlo, no sea que esos salvajes hayan atacado al más fiel de mis partidarios. Anda, no tarden. Si no, iremos a ver que no estén armando una conspiración.
Al verlo, Steve se postró a su lado y lo miró con susto. Quiso tocarlo, pero se paralizó. Jim trató de sonreír y un sabor metálico inundó su boca. Quiso hablar y no pudo. Jim renunció a incorporarse. Sabía que no lo conseguiría. Deseaba tranquilizar a Steve. Decirle que no moriría. No esa noche. Ni al día siguiente. Que él no moriría con el mundo. Que el mundo no moriría con él. Que aquélla no era la última noche de la Tierra.
Por primera vez en tres días, Fernando podría conciliar el sueño al anochecer. El sol de la tarde le había devuelto la noción de las horas. Pensaba en ello cuando reparó en la ausencia de sus amigos. Afuera imperaba una negrura uniforme. Caminó unos metros y decidió que mejor buscaría entre lo más cercano. Rodeó la casa y al llegar a la parte trasera, vio a lo lejos un par de zapatos y ropa. La picazón en la nariz le caló hasta la garganta. Al acercarse, descubrió que eran los tenis de Steve y las bermudas de Steve y las piernas de quien alguna vez fue Steve. Sus extremidades eran hilillos de grasa, sin hueso ni carne. Como si alguien hubiera colado su cuerpo y dejado la emulsión desperdigada en el suelo. Fernando recordó la sustancia ambarina y viscosa de las calles; entrelazó las manos y se arrodilló.
Epílogo
El 14 de octubre de 1995, el reactor número 7 de la Central Nuclear Comanche Peak sufrió una avería que liberó gases tóxicos altamente reactivos al sol. El radio afectado alcanzó más de 30 kilómetros. Paradójicamente, el número de pérdidas humanas fue mayor en los poblados más alejados. Científicos dela Universidad de Massachussets explicaron el suceso: “Los gases expelidos por el reactor viajaron a grandes velocidades, por lo que los efectos más dramáticos sucedieron en las zonas donde se asentaron, como Piedras Negras. Ahí por ejemplo, los restos gaseosos cayeron en forma de diminutas partículas parecidas a la ceniza”. Días después del accidente, los cuerpos de rescate inspeccionaron vía aérea el perímetro más afectado (Piedras Negras). Sólo hallaron a 13 personas tendidas, cuyos cuerpos estaban extrañamente reunidos a las afueras de una casa. Cuando regresaron por ellas, ya no estaban. A un mes de la falla nuclear que provocó la desaparición de una población entera a las orillas de Coahuila, se siguieron evaluando los daños. “Los efectos fatales de estos gases ocurren a largo plazo porque su densidad permite formar una nata que cubre la luz del sol. Ya más livianos caen a la superficie provocando la muerte instantánea. Al combinarse el helio del sol y el nitrógeno de los gases se forma un compuesto capaz de bloquear las vías respiratorias. El contacto con la piel es muy peligroso, ya que carcome el tejido muscular y diluye el calcio de los huesos”.
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