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ASÍ COMENZAMOS A DESPEDIRNOS… Así comenzamos a despedirnos: Caza de letras ha sido una experiencia intensa, rica, agotadora, creativa, dolorosa, funky, feliz, ruda y técnica, estresante, populachera, rigurosa, bochornosa, morbosa, exigente, muy satisfactoria; en general, asombrosa. ...
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Desde niño aprendió a mentir como nadie

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Desde niño aprendió a mentir como nadie, por eso era tan buen escritor. A veces, en mi opinión, mentía sin razón alguna, quizás lo hacía por el simple hecho de no decir la verdad, de engañar a quien tenía en frente, porque ésa era la única manera en la que se sentía más astuto que los demás. Aunque, por otro lado, en ese mentir sin un objetivo aparente se encontraba el secreto del método que empleaba; tengo que decir, con cierta vergüenza (por qué no admitirlo), que yo lo descubrí muchos, muchísimos años después de conocerlo.

Su sistema tenía como base la distracción, la idea era que la gente supiera (o creyera) que mentía en las cosas más nimias y sin importancia, para que cuando mintiera en los asuntos realmente trascendentes no dudaran ni por un momento de la veracidad de sus palabras. Visto de este modo parece contradictorio; si a Pedro no le funcionó con el lobo, por qué a él sí con los tiburones. La diferencia radicaba en que cuando él lo ponía en práctica, cambiando su manera de actuar sutilmente pero por completo, la posibilidad de sospechar un engaño era tan remota que ni siquiera se presentaba como un espejismo en el desierto.

Cuando ambos terminamos la licenciatura y nos disponíamos a comenzar, cada quien por su lado pero juntos hasta cierto punto, una prometedora carrera como escritores, él en la narrativa y yo en la crítica literaria, le pregunté si en realidad él había hecho la atrocidad que se rumoraba en los pasillos de la facultad. Entonces me miró a los ojos (siempre miraba a los ojos) y me dijo que no. Yo le creí. Pero esa misma noche, mientras permanecía acostado en mi cama sin sábanas, en mi departamento sin muebles, recordé algo que me dijo el día que nos conocimos: “el problema de interrogar al diablo es que cuando te dice no, en realidad es un sí y, peor aún, cuando dice que sí, siempre es un sí.”

No era pendejo, es que le gustaba confiar en las personas

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No era pendejo, es que le gustaba confiar en las personas, aunque muchos dirían que es una forma de pendejez, pero en él era distinto; su confianza era algo conciente, estudiado, lo que la hacía temible.

Todas y cada una de sus novias le pusieron el cuerno. Dicha dinámica comenzó cuando íbamos en quinto, él había logrado ligarse a la niña más bonita de la primaria. Cuando la relación salió a la luz, todos nos burlamos de él y de su nueva noviecita; por supuesto, detrás de nuestras burlas se escondía, avergonzada de sí misma, una cierta admiración por el niño más chaparro del grupo. A la semana de empezado el noviazgo, en el recreo todos la vimos besuquearse con uno de los de sexto junto a los bebederos. El chisme voló con tal velocidad que, para el final del recreo, hasta los de primero se habían enterado de lo ocurrido. Sin embargo, pareció como si él nunca se hubiera dado cuenta o como si le hubiera valido madres, simplemente continuó jugando futbol (era buenísimo el cabrón, el mejor de todos nosotros).

Entonces sucedió una y otra vez; inclusive, la banda llegó a hacer quinielas apostando cuánto tiempo tardaría la novia en cuestión en aplicársela (adivinar el modo, el lugar y con quién lo haría eran los pilones del pozo). Hasta yo, su carnal del alma, me chingué a su chica en la prepa (lo recuerdo porque fue el año en que empezamos a decirle Kusco). Cuando se lo confesé, me dijo que no había pedo y me palmeó el hombro. En ese momento me percaté de que hacía mucho tiempo que se había vuelto a prueba de balas para estas cosas.

Él era simplemente un escritor, yo era una mujer

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Él era simplemente un escritor, yo era una mujer. Jamás pensé que la que saldría más raspada (porque él también se llevó sus buenos arañazos, es imposible negarlo) sería yo, pero eso fue lo que pasó. Tal vez la ventaja más grande que él tuvo era que no sangraba, como si tuviera polvo en las venas, en cambio yo me magullaba como un durazno. Por otro lado, siempre sané con prontitud, aunque las cicatrices se fueron amontonando como las plastas de asfalto que intentan cubrir un bache insaciable.

Lo conocí a mis cuarenta y dos años, él acababa de entrar en los treinta. Siempre llevaba una pluma en la bolsa derecha de su pantalón, la traía como si fuera una pistola (una pistola completamente descargada para ese entonces). Me encontré con él por vez primera una tarde que salí temprano del trabajo para ir al dentista. Yo estacionaba mi coche en un callejón detrás de la editorial, no había problema para conseguir un espacio y era un lugar considerablemente seguro. Mientras caminaba buscando las llaves en mi bolsa lo vi, ahí estaba, orinando en plena calle. Me miró, pero no se detuvo; continuó hasta terminar y luego se subió la bragueta. Se acercó a mí y, sin disculparse de manera alguna (ni siquiera estaba borracho o drogado), me dijo que me estaba esperando.

El hombre, o mejor debería llamarle muchacho, era una mierda. No sé qué fue lo que me atrajo de él, su aura de escritor prematuramente fundido o el hecho de que era rabiosamente guapo (sí, ése es el adverbio correcto); o tal vez me atrajo la esperanza de que en esa pistola descargada todavía quedara el fantasma de una última bala, para poder jugar a la ruleta rusa.

Ese chamaco cabrón pudo haber sido lo que quisiera

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Ese chamaco cabrón pudo haber sido lo que quisiera, quién iba a decir que escogería ser poeta; bueno, lo de poeta es un decir, en realidad le digo así a todos los escritores.

Durante su niñez fue una bala (quizás una bala perdida), movido como él solo. Era rápido, demasiado rápido, más de lo que cualquiera de nosotros hubiera visto jamás. Era rápido para aprender, para crear, para destruir. Tenía una memoria buenísima, pero también poseía la capacidad de olvidar algo inmediatamente (un poder temible ese de olvidar). Al crecer, aquel motor sobre revolucionado se asentó, empezando a trabajar óptimamente.

Yo dejé de verlo durante varios años. El primer día que regresé a su casa lo encontré varios centímetros más alto, más delgado, más pálido y más listo que nunca. Estaba en el baño, despidiéndose de su caca antes de jalarle al excusado. Una vez que el remolino de agua desapareció por completo haciendo ese sonido de eructo, volteó para mirarme y me dijo que sería escritor. Mientras yo era succionado por sus ojos vacíos, a mi mente vino una imagen de su madre gritando acostada junto a mí en la oscuridad, pero su alarido se escuchaba como si ella se encontrara a muchos metros de distancia.

Reapertura

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El futuro es incierto; el viaje será vertiginoso, pero a veces, sólo a veces, la literatura nos alumbrará el camino.
Encantado de estar de vuelta. Veamos por dónde nos lleva esto que apenas comienza de nuevo.

Despedida

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Esta última entrada es, como debe ser siempre que se termina algo, para agradecer a todos los involucrados en este viaje.     

Primero al jurado por su arduo y eficaz trabajo. Seguramente no fue fácil calificar y comentar (por supuesto, con la intención de ayudar) el trabajo de doce escritores tan diferentes entre sí. Dicen que siempre es bueno que te lea alguien que sabe lo que hace y creo que éste fue el caso en su totalidad. Hubo veces que estuve en completo desacuerdo con las apreciaciones de los tres jurados; en otras ocasiones pensé: mejor no las leo para quedarme tranquilo (claro que eso nunca sucedió, leí cada palabra de sus comentarios); y hubo otros momentos donde dije: tienen toda la razón del mundo. Al final, siento que aprendí algo de ellos, quizás ahora no puedo ver todo lo que me aportaron, pero estoy seguro que todo irá saliendo a la superficie a su debido tiempo. Una reverencia para Mónica Lavín, Alberto Chimal y Álvaro Enrigue.

En segundo lugar quiero quitarme el sombrero ante mis once colegas. Aunque algunos fueron saliéndose durante el camino, creo que todos llegamos al final juntos, así como empezamos. Seguramente oiré hablar de ellos en el mundo literario en un futuro no muy lejano. Yo sólo les digo que sean tercos y que sigan por acá, de todas maneras, después de esto, ya tenemos la piel varios centímetros más gruesa que antes. Fue un honor batirse a duelo con ustedes, compañeros. 

Por último al público, que siguió el progreso de este experimento durante dos meses. Todos y cada uno de sus participaciones, a favor o en contra, fueron de gran utilidad para darle energía y sabor al concurso. Gracias por involucrarse con los textos, a final de cuentas, más allá de los reconocimientos, el objetivo de todo escritor es establecer un vínculo con el lector. No dejen de leer y no pierdan de vista a ninguno de los escritores que concursaron.

En fin, ésta es la despedida, pero nos vemos pronto. Muchos abrazos y besos. (Cualquier duda o aclaración, favor de comunicarse a prunedasenties@yahoo.com.mx)

David Pruneda Sentíes

Más respuestas a los comentarios

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Vuelvo a utilizar este recurso para contestar los comentarios del público por dos razones: primero, porque sigo creyendo que la última versión de “Julianada Concepción” es de alguna manera una respuesta a todas las sugerencias y apreciaciones que, amablemente, los lectores hicieron a mi cuento; y segundo, porque hoy empiezan oficialmente mis vacaciones. Pido disculpas si el público sintió que lo descuidé un poco, pero ustedes comprenderán, estoy seguro. De cualquier forma, pienso contestar algunos de los comentarios, pero no prometo mucho.

Muchas gracias. Abrazos y besos (otra vez, para quien quiera recibirlos).�

“Invierno” de Ajo Kano

Ejercicio final, segunda etapa 7 Comentarios »

Ajo Kano nos entrega un ejercicio final con las propiedades del hielo.
       Estilísticamente, “Invierno” nos enseña que la prosa puede ser fría, helada, cuando es necesario. Las oraciones limpias y sin mucho adorno dan la sensación de una temperatura bajísima a lo largo del texto. Inclusive, las secuencias más violentas (los dos accidentes con la sierra eléctrica) son presentadas sin ningún abrigo para el lector, “como va, como va” dirían algunos. Es curioso e interesante que Ajo Kano haya logrado producir este efecto de frialdad con un narrador en primera persona. Hay elementos en la historia que también hacen que el vaho de nuestra boca sea visible mientras avanzamos en la narración. Uno de ellos es el amor entre Sayuri y Reiner. Su relación germina, se desarrolla y finalmente muere entre el hielo. El efecto helado de este amor se da por medio del distanciamiento, tanto entre los personajes como con el mismo lector. El hecho de que ambos personajes provengan de culturas “frías”, la japonesa y la alemana (según las versiones anteriores), ayuda a crear la atmósfera de un amor distinto al que estamos acostumbrados a ver en nuestro contexto latino. Sin embargo, el distanciamiento que se genera entre Sayuri y Reiner hace evidente una debilidad dentro del texto: por muy diferente que sea la naturaleza de este amor, cualquier relación se congela, prácticamente hasta el cero absoluto, después de cinco años sin un encuentro cara a cara. Es verdad que el contacto puede mantenerse, pero a lo largo de tanto tiempo va perdiendo fuerza y pasión. El distanciamiento entre el texto y el lector también representa un problema, ya que es difícil involucrarse con la relación entre Sayuri y Reiner si la narración reduce el inicio del amor a: “fuiste capaz de generarme una sonrisa mientras mis lágrimas se congelaban; tus ojos garzos me envolvieron hasta llenarme otra vez de dicha”. ¿Qué tenía de especial Reiner, además de sus ojos azules, que fue capaz de atraer a Sayuri a los pocos días de vivir la muerte tan inusual de su padre? ¿Qué fue lo que vio él en ella? No lo sabemos. Información de esta índole dotarían al lector de más pistas para integrar la secuencia cachonda, entre una mujer y una escultura de hielo, del final.
       Otra propiedad común entre “Invierno” y el hielo es la facultad de mantener frescas las cosas perecederas. Mientras que el agua congelada no deja que la materia orgánica se eche a perder, la narración de Ajo Kano evita que se pudra el interés del lector (la materia más perecedera que el humano haya conocido). En este aspecto, la brevedad del texto juega un papel importante, al igual que la serie ininterrumpida de acciones; un evento sucede al otro sin detenerse a contemplar, sin parar de deslizarse por la montaña. Esta vertiginosidad de la narración resulta efectiva para lograr que el lector llegue hasta el final de la historia; pero, una vez más, es curioso que la narradora no se detenga a reflexionar ni por un segundo. Hay momentos donde Sayuri puede reflexionar sobre su vida a lo largo de todo el cuento; sin embargo, el de más interés y el que podría enriquecer más al personaje es éste: “Pronto comprendí que abandonar el trabajo que mi padre había empezado era como darle una segunda muerte”. Llegar a una conclusión así, con el cuerpo del padre todavía calentito, debió ser muy difícil y seguramente requirió una reflexión interesantísima que el lector nunca llega a conocer.
       De manera natural o con intervención de la mano humana, el hielo nos brinda formas hermosas para regocijarnos en ellas. “Invierno” es como un muestrario de la capacidad estética del agua en su estado sólido. Desde la imagen de los copos de nieve que todos son diferentes, hasta “las luciérnagas de escarcha”, Ajo Kano hace que la mirada del lector se congele en cada una de las esculturas que describe; enumeraciones de objetos, animales, plantas y personas, que, si tenemos en mente el hecho de que son de hielo, generan imágenes evocadoras con textura y hasta su propia temperatura (valgan ustedes la rima). Es un acierto que no todas estas imágenes apelen a un contexto puramente japonés.
       Por otro lado, el hielo puede ser tan duro como la roca o tan frágil como el cristal. Me temo que “Invierno” pertenece a la segunda categoría (exceptuando el arranque, que es más sólido que el concreto: “Soy la que heredó de su padre dos cosas: la habilidad para manejar sierras eléctricas y un profundo amor por el invierno”). Estructuralmente, le cuesta trabajo sostenerse. Es difícil decir que es un cuento en su forma más ortodoxa; carece de un conflicto y una situación. Algunos de los motores que impulsan el progreso de la historia son efectistas y parecen fuera de lugar, hasta ridículos, sobre todo los dos accidentes con las sierras eléctricas. ¿Cómo es que “el escultor más hábil en todo Hokkaido” pudo rebanarse la cabeza con un estornudo?, ni siquiera nos dijeron que tenía un catarro horrible y que se sacudía como el D.F. en un terremoto cuando estornudaba. La fragilidad del texto se debe principalmente a un problema de verosimilitud; por ejemplo, la manera en la que Sayuri sale en pocos días de la cárcel, pagando una simple fianza, aun después de haber decapitado a otra persona con una sierra eléctrica, es inverosímil. Lo mismo pasa con el acto de vestir, incluyendo la puesta de los tenis, a una escultura de hielo, siendo imposible que una sola persona pueda moverla sin hacerla añicos. Cuidado con esas terribles grietas que son los lugares comunes (“alejarme del frío que atería mi corazón”, “éramos cada uno la parte ajena y faltante del otro”, “lágrimas congeladas”). El epílogo también es problemático, sobre todo por el cambio de narrador, demuestra que hubo algo que debía ser contado y no lo fue, entonces es necesario echar mano de una voz externa. Estos detalles hacen que la delgada capa de hielo que carga a todo el cuento cruja y esté a punto de romperse.
       La última propiedad que comparte el texto de Ajo Kano con el hielo es su potencial para moldearlo y darle la forma deseada. El cuento tiene una gran riqueza tanto temática como visual que puede ser explotada. Las esculturas podrían llegar a adquirir una importancia mitológica y tradicional si son elevadas a ese punto. De igual manera, los personajes tienen encerrados muchos matices que pueden salir a la luz (como lectura sugiero alguna novela de un escritor de procedencia japonesa: Kazuo Ishiguro, sobre todo Pálida luz en las colinas). Ya no es necesaria la sierra eléctrica en este texto, solamente hay que trabajarlo un poco con el cincel y el martillo y otro tanto con la lija de agua.

Un placer comentar tu texto, colega. Un abrazo.

Julianada Concepción

Ejercicio final 45 Comentarios »

Para Ana

Cuando Julián encontró a Jesucristo muerto en el estacionamiento, supo que la cosa iba en serio. Esos bravucones de secundaria eran peligrosos y no bromas. Se lo habían advertido, no, lo habían amenazado de la manera más brutal, con un “eh” y un empujón en el hombro izquierdo.
       La semana pasada, Julián había visto a los tres pubertos robar la cartera de la maestra que cuidaba a los de primaria los jueves en la tarde, mientras llegaban los profesores de los talleres vespertinos. Ese jueves no se quedaron muchos alumnos después de clases porque el viernes era festivo y la mayoría de las familias quiso empezar el puente desde la recogida de los niños a las dos y cuarto. La maestra había salido a arreglar asuntos de maestras, cuando esos mastodontes de secundaria entraron como ladrones profesionales al salón, sabiendo exactamente dónde estaba lo que buscaban y cómo conseguirlo. En el momento en que emprendían la huída, los tres se percataron de la presencia del único niño sentado al fondo junto a la ventana. Rodrigo Benítez, el mastodonte alfa y uno de los cuatro alumnos de la escuela que ya tenían barba, se acercó a Julián y le dijo que si los acusaba con alguien, iban a matar a quien se lo confesara, sobre todo a su mamá o a su papá. El niño de segundo de primaria, temblando como un chihuahueño recién bañado, no abrió la boca. Rodrigo Benítez selló la amenaza con el “eh” y con el golpe de su dura pezuña en el hombro de Julián. Los delincuentes se fueron corriendo entre risas mitad triunfadoras y mitad nerviosas, espantando a las palomas en el patio.
       Cuando el robo salió a la luz, nadie sospechó de Julián, el niño más aplicado y mejor portado de su salón; pero sí le preguntaron si había visto algo. De nuevo, no dijo ni pío. El lunes, la directora de la escuela anunció en la ceremonia cívica que iniciarían una investigación y que la primaria estaba castigada hasta nuevo aviso. No especificó el castigo, lo que lo hacía todavía más temible para los alumnos. Ese mismo día, en el camino de regreso a la casa, Teresa Domínguez presintió que su hijo, en lugar de la mochila de camuflaje, cargaba una preocupación sobre los hombros.
       —¿Qué te pasa Julián?
       —Nada mamá.
       —¿Seguro?, estás muy serio.
       —Nada mamá, de veras.
       Ella detuvo la caminata y miró a Julián a los ojos.
       —Oye, sabes que puedes decirme cualquier cosa.
       —Sí mamá.
       —¿Entonces?
       —Nada.
       Teresa Domínguez abrazó a su hijo.
       —Bueno, no voy a obligarte a que me lo digas a mí, pero si hay algo que te molesta, siempre puedes hablarlo con Jesucristo, recuérdalo.
       —Sí mamá.
       Los dos continuaron el regreso en silencio.
       Después de la comida, Julián fue a jugar futbol como todos los días antes de hacer la tarea. Era un tronco, pero le gustaba la cáscara y siempre le echaba todas las ganas en cada partido. Esto nunca evitó que fuera el último en ser escogido a la hora de hacer equipos. Además, el futbol no era el único atractivo que tenía salir a la unidad en la tarde: el camino a la cancha pasaba por el edificio donde vivía Mariana Medina, la chica más bonita del mundo. Iba en tercero de secundaria y todo el tiempo tenía novio, uno distinto cada mes, más o menos. La mamá de Julián y la de Mariana se habían hecho amigas hacía cuatro años, cuando esperaban a que terminara la clase de natación de sus hijos. Mientras veían hacia la alberca desde la vitrina de la cafetería, la señora Domínguez y la señora Medina habían aprendido juntas el punto de cruz y el bordado. Cuando la acuática cerró debido a una demanda por acoso sexual, supuestamente de un instructor hacia una de las niñas del equipo de competencias, las señoras no dejaron de frecuentarse. A veces salían al teatro o a tomar un café, y en la mayoría de las ocasiones Julián era llevado a casa de Mariana, para que no se quedara solo. No era la mejor niñera, se la pasaba en el teléfono. Sin embargo, cada vez que Julián le pedía algo, ella se lo traía con una enorme y perfecta sonrisa.
       Con balón en mano, Julián veía a Mariana sentada con sus amigas en las escaleras de la entrada, hable y hable como cotorras; cosa que le molestaba en las niñas de su salón, pero en ella era distinto. Siempre que Julián pasaba junto al grupo, Mariana lo saludaba con esa sonrisa que tanto le atraía. Una vez, el balón salió disparado fuera de la cancha. Julián gritó ¡Bolita! Mariana regresó la pelota pateándola como niña (como el tronco que era, él tampoco tiraba muy bien, sin una gota de puntería; de todas maneras, no le pegaba tan mal como las niñas). Ella volvió a sentarse y siguió platicando. Julián recibió el balón con el mismo gusto con que recibió su Nintendo la Navidad pasada.
       Aquel lunes por la tarde, el día del hallazgo, Julián no caminó junto al edificio de Mariana porque algo llamó su atención en un rincón del estacionamiento. Se acercó con más curiosidad que miedo. Detrás de un coche rojo y entre los botes de basura estaba Cristo. Julián lo reconoció, era igualito al del crucifijo arriba de su cama y de la cama de sus papás. Iba vestido de manera distinta (con unos pantalones color cemento, rotos en las rodillas y el dobladillo, y una chamarra verde oscuro demasiado grande para él), pero su cara era la del hijo de Dios. Tenía la misma barba larga, tupida y un tanto descuidada que se amoldaba suavemente al rostro de su dueño, no como la incipiente e hirsuta barba de chayote de Rodrigo Benítez; el mismo cabello ondulado hasta los hombros, habitado por nudos de pelos que formaban caireles; la misma mugre en la frente y los pómulos; pero sobre todo, tenía la misma expresión delicada, benevolente, con los ojos cerrados y la boca entreabierta. El Rey de Reyes, como le decían en las películas, no se movía de su posición estirada entre la basura, como si lo hubieran bajado de la cruz sin flexionarle una sola articulación. Entonces Julián cayó en la cuenta de que estaba viendo las consecuencias de lo que había hecho al llegar a la casa: arrodillado al pie de la cama, codos sobre su colcha de piratas, manos entrededadas y párpados bien apretados, pidió a Jesucristo que fulminara, como con una pistola desintegradora, a Rodrigo “el mastodonte” Benítez y, después, sin saber lo que pasaría, le contó por qué quería que lo hiciera.
       El niño de ocho años se alejó del rincón del estacionamiento corriendo más lento que nunca; llevaba la culpa a cuestas.
       Al día siguiente, Julián se despertó con la misión de reparar el daño por dos sencillas razones: primero, porque el mundo no podía estar sin su Salvador y segundo, porque si Cristo no podía, ¿quién iba a licuar a Rodrigo Benítez por él? Le daba un miedo cerval enfrentarse al mastodonte alfa él solo, sin la ayuda de quien, según su mamá, era todopoderoso. Julián reflexionó un momento: si alguien como Rodrigo Benítez pudo matar a Jesucristo, entonces no era tan poderoso como su mamá decía. Por otro lado, pensó, seguro lo habían agarrado desprevenido. Julián recordó las incontables ocasiones en que había recibido, por no estar atento, un balonazo en la cabeza cuando jugaban los de sexto y concluyó que de haber sabido que la pelota venía hacia él, se hubiera quitado o, por lo menos, hubiera metido las manos. En la próxima, y cuando su misión tuviera éxito, le diría a Cristo que se cuidara de Rodrigo Benítez, el de tercero de secundaria.
       Para tener cierto fundamento teórico y para saber cuáles eran los pasos a seguir, durante todo el trayecto de su casa a la escuela, Julián intentó acordase de las clases improvisadas de catecismo que su madre le había dado hacía dos años. Las lecciones se llevaron a cabo en el estudio de su papá, utilizando la Biblia milenaria de los abuelos, un libro pesadísimo y larguísimo de bordes dorados, y al compás del único reloj en el mundo que parecía ir más lento a medida que las seis de la tarde, hora que su mamá había fijado como final de la clase, se acercaban.
       Cuando entró al salón a las ocho de la mañana, Julián recordó que primero necesitaba al Espíritu Santo que, de acuerdo con su madre, era una paloma blanca. El niño de segundo año pasó medio día escolar mirando por la ventana la cantidad malsana de palomas que poblaba el patio de la primaria. Aquellos pájaros siempre habían estado ahí, alimentándose de la comida tirada por los niños. Pero hasta ese momento, Julián se dio cuenta de que se podía hacer algo más con ellos, además de arrojarles piedras y puñados de lodo cuando bajaban de los edificios para comer las migajas de pan de los sándwiches o la pedacería de papas fritas que quedaba al fondo de las bolsitas metalizadas. Desde que tuvo uso de razón, su mamá siempre le dijo que no se acercara a las palomas, que estaban llenas de bichos y que podían transmitirle enfermedades horribles. Pero ésta era una situación extrema, debía conseguir una paloma urgentemente, antes de la salida si era posible. El problema era que Julián sólo había visto dos palomas blancas, las demás eran de colores (azules, negras, café claro, grises con tornasol en el cuello y el pecho). La maestra, al notarlo distraído, le pidió que fuera a entregar los acuses de recibo del grupo a la dirección general. La circular había sido emitida por la escuela con el motivo de informar a los padres del robo de la semana anterior. El encargo agradó a Julián, fue una excusa para alejarse de sus pensamientos; aunque también lo asustó, puesto que ir a la dirección general implicaba pasar por la secundaria.
        Con los acuses crujiendo y empapándose en su mano, Julián pasó por los dominios de Rodrigo Benítez como el avión Stealth que pendía de un hilo de nylon sobre su colcha de piratas. No había nadie en el patio, lo que facilitó su andar furtivo. Pero sintió que en cualquier momento alguien lo descubriría por el ruido que sus huesos de chihuahueño hacían al chocar entre sí. Todos sus sentidos estaban en alerta roja para captar cualquier amenaza. Pasó junto a los sanitarios y escuchó risas salir del baño de mujeres. Solamente oyó fragmentos de la plática y una voz decir:
        —… qué te pasa, si yo soy virgen— era la voz de Mariana Medina. Julián imaginó esas palabras escurrirse entre los dientes parejos, hermosos y blancos como la paloma que necesitaba. Automáticamente después de la confesión de Mariana, todas las muchachas que se encontraban con ella estallaron en una fuerte carcajada; el eco producido por los azulejos incrementó la sonoridad de manera considerable. Julián recordó el elemento que le hacía falta a su plan: una virgen. Mariana era una, con razón tenía esa sonrisa divina. Entregó los acuses de recibo en la dirección y pegó una carrera a la primaria haciendo el menor ruido posible, no fuera a ser que el mastodonte alfa tuviera un oído superdotado.
       Julián invirtió el tiempo de su recreo en la búsqueda del Espíritu Santo. Corrió de un lado a otro del patio saltando como gato para atrapar a una de las dos palomas blancas. Algunos niños se unieron a él pensando que era un juego nuevo; ninguno le preguntó de qué se trataba o por qué lo hacía, simplemente se dedicaron a corretear a las palomas. Esto entorpeció en gran medida la tarea de Julián, puesto que los pájaros espaciaron cada vez más sus aterrizajes en el piso y empezaron a volar de edificio en edificio. Ninguno de sus esfuerzos dio frutos hasta que sonó la chicharra y el balón de los de sexto llegó a los pies del niño de segundo. ¡Bolita! Julián, como el tronco que era, pateó la pelota con toda su fuerza y con una pizca de frustración. El balón no se dirigió a los de sexto, sino que salió disparado hacia arriba. Al verlo en el aire, todos dieron el balón por perdido en la azotea de uno de los edificios, pero una paloma completamente blanca se cruzó en la trayectoria del esférico. El ave quedó aturdida y cayó al patio, cerca del misil que la había derribado. Al ver que la paloma no se movía, Julián corrió hasta su Espíritu Santo y lo envolvió en el suéter azul marino. Nunca pensó que su tronquez en el futbol serviría de algo.
        Para las dos y cuarto, Julián ya tenía al Espíritu Santo envuelto en el suéter y Mariana Medina, la virgen, saldría en cualquier momento por la puerta de la escuela. Con todo reunido, no sabía qué hacer. Según la madre de Julián, Jesucristo fue concebido por obra y gracia del Espíritu Santo; pero qué quería decir eso, no tenía ni la más remota idea. En ese momento, vio que la virgen se acercaba del brazo de su novio de noviembre. Era ahora o nunca. Julián se armó de valor e interceptó a Mariana. Se puso frente a ella, extendiéndole el suéter.
       —Toma Mariana— dijo con voz temblorosa.
       La muchacha, confundida y risueña, recibió el regalo sin preguntar nada. Julián se echó a correr inmediatamente, confiando en que ellos sabrían qué hacer; después de todo, eran la virgen y el Espíritu Santo.

Tres meses devoraron las uñas de Julián. Cuando estuvo a punto de perder la esperanza de que el plan había surtido efecto, escuchó a su mamá decirle a su papá que Mariana Medina, la hija de Alejandra Medina, la de la natación, iba a tener un hijo y que dejaría la escuela. La mamá de Julián dijo que nunca más volverían a llevarse con esa gente. Después, sus padres continuaron hablando de la creciente población de pordioseros que merodeaba en la unidad, predicando barbaridades y asustando a los niños.
       Julián estaba feliz, todo había salido a la perfección. Sin embargo, no quiso adelantarse, necesitaba una prueba de que Jesucristo ya estaba trabajando de nuevo. Esa misma noche, antes de ir a la cama, volvió a arrodillarse sobre la alfombra de su cuarto y, como tres meses atrás, pidió que Rodrigo Benítez, el de tercero de secundaria, fuera fulminado. Esta vez, Julián se aseguró de aconsejarle al Salvador que se cuidara del mastodonte alfa, que no lo agarrara desprevenido.
       El día siguiente amaneció con la peor tormenta eléctrica en una década. No estaba lloviendo, pero el cielo parecía una lámpara de neón a punto de fundirse, como las de los salones de clases. La mamá de Julián llevó a su hijo en coche a la escuela; su marido había dicho que era más seguro que caminar. En el breve trayecto, Julián sintió cada uno de los truenos vibrar en sus pulmones. Cuando llegaron a la escuela, se encontraron con un tumulto; había patrullas y hasta una ambulancia. Todo indicaba que no habría clases ese día. Teresa Domínguez preguntó a las madres de familia de secundaria, que llegaban media hora antes a dejar a sus hijos, qué había pasado. Éstas le dijeron que, al parecer, un rayo había caído sobre Rodrigo, un muchacho de tercero, dejando solamente un charco marrón, las bermudas color beige y los tenis blancos que traía puestos, con los calcetines en el interior. Al escuchar esto, Julián sonrió con la agradable sensación de saber que Jesucristo estaba de vuelta y, lo más importante, de su lado.

Respuestas a los comentarios del público

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Hola a todos:

 Escribo esta entrada para contestar de un jalón todos los comentarios que hicieron a mi cuento “Cómplices”. Lo hago de así no por flojera, ni mucho menos, sino porque me parece la forma más correcta y útil. Dado que sus comentarios eran críticas y sugerencias a mi texto, mi idea fue analizarlos y asimilarlos de manera que mejoraran mi cuento. Creo, y espero, que todos los que comentaron encontraron sus respuestas en la última versión de “Cómplices”.

Sin más por el momento, muchas gracias y espero que sigan leyendo para no perderse el cierre de esta competencia.

Muchos saludos, abrazos y besos (los últimos son para quien quiera recibirlos)