Toru Watanabe

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Ceremonia de premiación de Caza de Letras
La premiación del Segundo Virtuality Literario Caza de Letras se realizará el domingo 30 de noviembre a las 8:00 de la noche, como parte de las actividades de la Feria ...
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Despedida 2

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Dicen que quien mucho se despide no quiere irse (je).
Quisiera recapacitar en cuanto a mi texto de despedida. No es la apreciación de Álvaro la que me impulsa a irme, al contrario, le agradezco a él, a Alberto y a Mónica; tengo ahora mucho trabajo por hacer. Es una decisión personal. He cumplido mi ciclo aquí. Lo último que deseo es desacreditar este espacio.
Sigo ahora como lectora, por acá andamos.
Espero comprendan,
Toru Watanabe

Despedida

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Álvaro dijo: “Mientras escribo esto, no tengo idea de cuál de los dos autores vaya a sobrevivir, pero dado que se nos han vuelto tan familiares, preferí señalar porque me pareció, desde la semana pasada, que alguno de los dos se tendría que ir antes que los demás”. Y yo ineludiblemente me pregunto: ¿para qué quedarme? Los últimos 7 días han sido más de intensidad que de utilidad y por lo tanto me parece que sólo serviría para agonizar en una dinámica que ya no me está llevando a mejorar la novela.
Tengo mucho material para trabajarla y eso lo agradezco en verdad muchísimo: a los talleristas, a los tallerandos y a los lectores, por supuesto.
Los ejercicios para nominados, que aunque se llaman así es difícil no vivirlos como castigo, quitan tiempo para luego ni siquiera ser comentados por los talleristas. No me parecen encaminados a la novela o las fallas de ésta. A mi ver, deberían ser asignaturas diferentes para cada uno puesto que nuestros puntos débiles son distintos. De otra manera se vuelven ejercicios que no tienen ya mucho caso, en especial tras las sepetecientas tareas de la sogem (que probablemente vivimos muchos) y uno que otro taller del mismo corte. Por otro lado, si se supone que tenemos las novelas más flojas, lo lógico sería poderles dedicar más tiempo.
Respeto mucho el trabajo de la estimada compañera Buzo. Entiendo y simpatizo con el proceso de una primera novela. Ésta es mi cuarta y por lo tanto debería ser notablemente más solvente que la suya. Por lo visto no lo es. Dado que la novela avanza gracias a un efecto acumulativo, si no lo logré en las últimas dos entregas no habrá manera de compensarlo en las dos que quedan (asumiendo que pudiera llegar hasta el final). La pistola se disparó demasiado tarde y no parece que tenga remedio, al menos no dentro de los parámetros de nuestro jurado. Por otro lado, tampoco ha habido una retroalimentación respecto a las correcciones de 4/7 para saber si va más o menos por ahí o no.
Muchas gracias de nuevo a todos. Quien quiera seguirle estoy en: toruwatanabe2008@hotmail.com

Ejercicio para nominados: “And I remember quiet evenings trembling close tooo yoouuuu…”

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He dado con un barecito no muy concurrido en Lower East Side que pone todas esas canciones que se disfrutan porque duelen a gusto. Llevo un par de meses, un par de noches a la semana, en que me siento frente a la barra y bebo más de un par. Bastante más.
A veces creo que a Paulina me la inventé. Oigo a Bob Dylan, Nick Cave, Tom Waits (antes de su voz de enfisémico), Leonard Cohen. Los escucho y Paulina ronda, su figura serpentea por las letras, se asoma a cada invitación a la nostalgia y yo sucumbo.
Aquella edad. Enamorarse a los veinte es darle a la mujer proporciones míticas. Sí, tal vez me la imaginé. O la recompuse. Le construí un pedestal, le colgué una plaquita y la trepé ahí, sobre esa superficie barnizada de expectativas. Ella se dio cuenta y se escapó en cuanto pudo. Con la primera discusión rompí el hechizo y ella despertó. Será una bobada pero a la fecha, en agua o aceite, en escabeche o ensalada, en cuanto veo un atún me acuerdo de ella.
Hay caras que creí que no iba a olvidar y en cambio es cada vez más difícil reconstruir la suya. Curioso: conservo sus rasgos en la memoria pero no logro adherirlos, imaginarla gesticulando o sonriendo. Por el contrario, hay detalles que nunca he archivado: su piel olía a madera, sus clavículas eran dos escalones afilados y sus muslos tenían la fuerza de un cascanueces. Ella era el hambre y yo tenía la energía suficiente para alimentarla.
Me ruboriza un poco aquella necesidad de posesión que tenía entonces. Y no sólo apelo a la edad sino que era un fuereño temeroso y sin familia que deseaba sentirse anclado a alguien. Pero Paulina no, ella era la ausencia de futuro. Ella tenía esa capacidad para exaltar sin buscarlo, transmitir intensidad sin labia, romper reglas sin proponérselo. Existió como un respiro: indispensable, efímero, refrescante. Y también fue mi vacío. El resumen de todas mis pérdidas incluso aquéllas que aún no padecía. Marcó el inicio de mi destierro, ése que no termina. Y en el exilio, perder a alguien es como perderlo dos veces. Es un grito con eco.

Correcciones a 4/7

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Aclaración. A partir de las observaciones de Álvaro a la 4/7 estoy intentando dos líneas de acción.
a) Nicolás vive su experiencia en la cárcel y se justifica diciendo que no lo reconfigura porque no está en él ser alguien combativo (cosa que intenté hacer en la 5/7). De ser así, necesitaré trabajar más sobre lo culpable que se siente, cantarlo a lo largo de toda la novela sin vender la trama.
b) Eliminar la cárcel (ouch). No someter a Nicolás a una experiencia tan fuerte servirá para justificar mejor sus actos. De optar por ésta tendré que eliminar la mención de la cárcel que hago en la 5/7 (desde “Ojalá pudiera decir que la prisión me cambió la vida… a haciéndome el muertito hasta que pasa el peligro”).
Aquí incluyo dos versiones, la versión B tiene más modificaciones que la A (ésta tiene poquitas). Los cambios están marcados en negritas para facilitar su lectura (en la versión A las correcciones son a partir del cap. 25 y en la versión B desde el cap. 26). A reserva de que la decisión final la tome con más calma y tiempo, de cualquier manera quería aprovechar el taller para calarlas. Cualquier opinión se agradecerá. Saludos a todos, Toru

VERSIÓN A
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Las universidades son semillero de críticos y aquélla a la que yo asistía no iba a defraudar dicha tradición. Mi tío había promulgado que todo lo que resultara de un quehacer artístico o cultural no era de primera necesidad y por lo tanto se le denominaba “producto superfluo”. Todos los libros, cuanto dinero percibieran los artistas plásticos con la venta de su obra, cualquier ingreso en las taquillas de los teatros (por muy pequeño el foro y por muy experimental el montaje), debían pagar impuestos tan altos como los empresarios más consolidados de nuestro país. Así fue como el gobierno de mi tío borraba la herencia de mi padre. La gente estaba furiosa y yo nunca sabía si se acercarían para vituperarme por los actos de mi tío o para alabar a mi padre y expresar la falta que nos hacía. Mi estado permanente era de nervios exacerbados, con la defensa en alto, listo en todo momento para recibir un insulto o un halago. Qué agotador.
Después vino el recorte en el presupuesto de salud. Las condiciones de las clínicas y hospitales del país se deterioraban a una velocidad impresionante, y el reportero que estaba más entregado al caso, ése que hizo un análisis del impacto a nivel nacional y realizó una serie de entrevistas a enfermeras y pacientes, un buen día amaneció muerto. Así nomás. Nos convertimos en una de esas naciones, pisoteada como buen país latinoamericano, ¿te suena familiar?
El programa de alfabetización fue cancelado. Los útiles escolares, en otro tiempo repartido de manera gratuita, comenzaron a venderse a su valor comercial. Los servicios de agua y luz elevaron su costo en un trescientos por ciento. Ya nadie se refería a mi tío como el presidente interino, era un caudillo que no hablaba de época de elecciones ni de ejercicio democrático. El pueblo estaba a su merced y sin protección, y él trataba a la ciudadanía como una bola de niños malagradecidos a los que había que reprender cuando hablaban mal de él a sus espaldas.
La prensa entonces, probablemente sometida al más severo de los correctivos (y tras la muerte de aquél periodista), comenzó a dibujar una imagen de prosperidad y buen gobierno que se asemejaba más a Suecia que a ese fragmento de Latinoamérica que éramos. Como ese teatro oriental de caja de luz y sombras: hay que ser un espectador de lo más dispuesto a entregarse a la ilusión porque el efecto por sí mismo no se sostiene durante mucho tiempo. Una astilla de suspicacia basta para romper el espejismo.

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Desatado. Ésa es otra palabra que me encanta y que he escuchado mucho en este país, me recuerda a una agujeta desamarrada, libre, papaloteando en el aire aunque siempre a punto de ser pisada, de provocar el tropezón: la posibilidad, el riesgo. Bien, pues Claudio estaba desatado desde que Mariano volvió. Eran como infantes hiperactivos en busca de la siguiente travesura a realizar. “A transgredir se ha dicho” parecía la consigna y mira que la desempeñaban de forma concienzuda. Y ahí estabas tú para hacerle coro.
Con Mariano, todos comenzamos a entrar a las fiestas sin invitación, ¿te acuerdas? También había que salirse del antro sin pagar la cuenta, entrar a misa con una borrachera histórica, buscar el más sórdido de los tugurios, ir a una función infantil tan pachecos como si asistiéramos a Avándaro. Por supuesto, estaba la faceta “plazas y vías públicas” y aún no entiendo cómo es que nunca nos arrestaron. Nadie se preocupaba del nivel que alcanzábamos pero ahí está el registro que no me dejará exagerar: las polaroids tomadas por Mariano, esas fotos crudas donde no sólo lucimos colocados sino con una pinta de lo más correosa. Decir que las polaroids no favorecen a nadie es quedarse corto porque nosotros lucíamos como una banda de proxenetas, criminales y furcias. O hemofílicos. Unos vampiros persistentes, con una sólida vocación de lame-banquetas, sedientos por encontrar el fondo.
El resto del tiempo, aquél en el que no estaban juntos e ingiriendo algo (y me excluyo porque yo contaba con mi trabajo en la biblioteca, esa otra actividad formal) eran espacios vacíos, una pausa entre fiestas donde nada memorable pasaba. Tiene algo de suicida ese reventón desmedido y creo que todos fingíamos no darnos cuenta (o bien, estábamos tan dopados que en efecto ni cuenta nos dábamos pero ahí estaba uno, probando la resistencia del cuerpo y del sistema legal). Creo que yo era el único que extrañaba las fiestas en tu casa, el estilo de Mariano me parecía desgastante y las sorpresas no me entusiasmaban tanto como a los demás. De cualquier manera, me adhería a ustedes, te seguía a ti y a Paulina en esto de representar a la lepra social.
Después de un viaje a Acapulco, Mariano y Claudio decidieron vender mariguana durante un rato, y de entre los posibles puntos de venta eligieron la biblioteca. Sentados a una mesa, platicaban como si se encontraran en un café y ni siquiera se tomaban la molestia de disfrazar la situación con un libro. Conforme transcurrían los días y como si fueran un papel con pegatina, los chavos se les adherían haciendo aún más indiscreto el asunto. Con un rozadero dactilar, como en el juego de manitas calientes, circulaba dinero, envoltorios y chistes coloquiales. Los tipos se sentían en casa. Mariano siempre con una pinta de delincuente profesional, ágil, negociando en todo momento. Claudio, la sonrisa imborrable, como si no se enterara de lo sancionada que era su nueva actividad. Yo tenía los nervios crujientes de verlos circular por ahí, no estaba con ganas de exaltar la experiencia de ser testigo de estos tipos, mis beatniks particulares, y de lo que sí tenía ganas, verdaderas y sólidas ganas, era de conservar mi trabajo.
Un buen día dejaron de visitar. Mariano había desaparecido de nuevo, Paulina dijo que al parecer regresó a Acapulco por más mercancía, así que al menos por una o dos semanas Claudio volvía a ser el de antes, lo que lo colocaba de nuevo más cerca de la legalidad. Era el Claudio que yo había conocido, y aunque eso bastaba para deslumbrarme, creo que él extrañaba a Mariano. Se le notaba nostálgico, ¿a poco no? Al menos tú lo tuviste de nuevo más tiempo en casa, ¿en tu cama? Dirás que no me incumbe y tienes razón, es el más franco morbo el que me mueve a imaginarme el sexo entre otros, ni siquiera como acto lascivo sino por mera curiosidad práctica. Algo que ver con la ejecución talentosa de esas maromas. Placer y eficacia.
Ya sé, me disperso. Gano tiempo. Postergo el final hasta que le encuentre cierto sentido.

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Los pericos australianos habitan, como burla a su nombre, en casi cualquier lugar con casi cualquier clima. Los hay de plumaje en tonos diversos, incluso en un morado que se desliza a un verde metálico. Nunca me imaginé a Paulina a cargo de alguna mascota, aunque fueran de éstas que requieren cuidados mínimos. El púrpura y su hembra azulilla estaban en pleno cacareo marital, el cual quería acallar con un almohadazo.
Despegué los párpados que sopesaban media botella de vodka destilándose por el sol que la cortina dejaba escapar. Paulina recostada a mi lado. El Nicolás de siempre no andaría arrojando la ropa así nomás, bajo riesgo de lucir como crepé a la mañana siguiente o de agregar un calcetín más a la colección de nones. Pero como el Nicolás de siempre se había extraviado en el pasillo de literatura norteamericana hace ya varios meses, heme ahí empinado cuan largo soy al pie de la cama en busca de mis calzones. Al fin los encontré, me los puse en silencio, deposité mis piernas flácidas dentro de los pantalones y, como para romper con el orden preestablecido, fui yo quien se largó sin despedirse.
Decidí dar buen uso a mis últimos trescientos pesos y comprar alguno de esos libros que mi conciencia financiera nunca me permite adquirir. Un Seix Barral por ejemplo, o con suerte hasta un Siruela, aunque sea el más barato, por el puro gusto del olor a papel fino. Pensé que eso mejoraría mi humor, maquillaría la cruda.
A todo lo largo de la fachada de la librería, una manta anunciaba “cerrado por inventario”. Leí sorprendido varias veces como síntoma de negación. Al minuto siguiente maldije a los sistemas contables, al complot entre la gerencia, mi vida amorosa y la cruda que me reventaba el humor, y de pasada a la tan sobrevaluada cibernética que no les evitó cerrar un día. Ah, y por qué no, a ese martes de mierda y la fiesta nacional que me obligaba a llenar mi mañana con alguna actividad que no fuera el trabajo.
Los trescientos pesos que no me gasté me ayudaron a recuperar el ánimo y como ya los había eliminado de mi presupuesto de cualquier manera, los podía destinar a un buen almuerzo. Alguna vez Claudio me sometió a la ruta crítica de cantinas y fue así como terminamos en La Providencia a la que sin duda era momento de regresar. Una sopa de médula, una cerveza bien fría, tal vez dos. Y ya una vez adentro, dejándome contagiar por ese ambiente de “se rifan crudas”, en una de ésas y el número mágico era el tres.
Sentado en una mesa frente a la barra, estaba entre intervenir en la plática parroquiano-cantinero sobre las olimpiadas de invierno, o meterme en lo que sí debía importarme que era soplarle al caldo hasta hacerlo tomable. Entraron a la cantina Melchor y Gaspar. Lejos estaban de la Alameda, la extraviaron, se salieron de su marco. Hace horas que había terminado el momento estelar del maquillaje; con la peluca y el disfraz chueco, hicieron su pedido a lo lejos mientras se instalaban en su respectiva mesa. Al final venía Baltazar con un contoneo pomposo, decidido a apegarse al papel en todo momento. Una señora entró directo a la barra, pidió un tequila blanco, lo ingirió de un jalón, pagó y se fue; qué gargantas tienen en este país.
La media cerveza ingerida aportó cierta claridad y en cuanto la neblina de la cruda comenzó a despejarse recordé qué terco me puse la noche anterior, qué incoherente debí haberles sonado a todos ustedes. Verás, en mi cabeza, el juego de las similitudes se venía construyendo desde tiempo atrás y hacía tanto sentido que no había razón alguna para no compartirlo con ustedes. Bueno, basta, estoy queriendo encontrarle explicación a lo que no la tiene. Digamos que los motivos fueron cinco vodkas y dos canutos que no tengo idea de cómo llegaron a mi mano. Y a volar. Sí, perdí el piso y no es que tuviera la intención de compartir nada, simplemente me fui, levé anclas. Pero al menos no me puedes reprochar mi falta de imaginación:
—…y tú, pinche Jack…
—…se llama Claudio, Nicolás… — tú me interrumpías, ¿te acuerdas?, es simpática tu manera de querer regular las fiestas, algo hacendosita y agobiada. De todos, eres la única que llega a mortificarse ante la pérdida del estilo, al menos a veces, aunque sea un poco. Y yo, para tu incomodidad, había mandado el estilo a la basura:
—no me interrumpas…, tú Jack, no te hagas, cabrón, le prohibiste la entrada a tu casa aquí al pobre de Allen— y aquí señalé a Leonardo por supuesto, y él puso cara de “ya me tocó a mí también”. Pues sí, bienvenido a escena, llamado a filas, a apropiarse del personaje asignado:
—…y tú que te dejas, cacho, segregado de la casa de tu gran amigo por ser judío…— supongo que me apoyé en una herida oculta porque Leonardo se puso tan serio como en un funeral.
—De qué carajos estás hablando— intervino Rodrigo. Yo te pregunto: ¿Para qué se pone uno en el encuadre?, pues para que le tomen la foto. Así que también a Rodrigo le tocó:
—Tú ni te metas, ni perteneces aquí Gary… te caen bien, pero sabes que no eres como ellos…— No sé en qué momento recurrí al sillón, supongo que necesitaba una superficie amplia que me sustentara y como por puro contraste, todos estaban de pie frente a mí, muy serios, como tablones formando un cerco, ¿preocupados?, ¿molestos? ¿Y de dónde me salió tanto enojo si soy el abogado más fiel de esos gringos?
—antisemita de mierda…, ¿cuándo te volviste una basura, Jack?
Fue entonces que Paulina se me atravesó en el campo de visión:
—Y tú…, tú te cocinas aparte… —, ¿qué quise decir?, no estoy seguro. De cualquier manera, eso es lo último que recuerdo antes de que la pantalla se me fuera a negros. Cómo agradezco que no estuviera Mariano para tomarme fotos o para detonar ve tú a saber qué fantasmas, entre la beat y nuestra experiencia delictiva en común, imagínate lo que pudo haber salido de mi boca.
La siguiente vez que abrí los ojos estaba en la cama de Paulina, ella desnuda a mi lado (y tú sabrás mejor que yo cómo llegué ahí). Por lo visto, no le parecía reclamable que yo hubiera perdido el estilo y la cordura, y que me diera por insultar extraños vía sus amigos. Será desapegada, algo autista, escurridiza, será muchas cosas pero al menos sí me queda claro que no se espanta con nada.

Pedí otra cerveza y con ella me llegó un taco de picadillo (amo las cantinas mexicanas, ¿alguna vez te lo he dicho?, esa vocación altruista de alimentar a los más necesitados es de admirarse). En la mesa de al lado había cuatro señores en pleno encuentro de dominó. Gritaban y sus voces se imponían, los altos decibeles ocupaban todo el espacio. Mis recuerdos de la noche anterior se deshilacharon en cuanto me acomodé en ese vagón intermedio entre la cruda y la borrachera. Ese punto que se siente como el paraíso en la tierra, en ése estaba yo y ya ni mis incoherencias me parecían para tanto. Total, si Claudio era Claudio o Jack o su abuelo reencarnado, qué más daba. Qué nos define, en qué radica la identidad y qué chingados nos importa, si al fin y al cabo somos un champurrado, una masa en constante redefinición, nadie es puro ni auténtico ni intocado por otros.
Alcé la mano para pedir la Pacífico número tres. Nada ilumina tanto como la cerveza en la cruda.

24
“¡Yo no soy mi padre!” quería gritar hasta desgarrarme la garganta y el árbol genealógico. Pero conforme el país se deterioraba, mis compañeros esperaban de mí una postura y yo, por más que me había esforzado por mantenerme a distancia, tenía al menos que emitir síes y noes para un lado y para otro.
Se anunció una reforma a los programas universitarios y eso fue lo que acabó por inflamar el ánimo de los alumnos. Nadie del comité estudiantil ni del profesorado fueron convocados para participar en dicha reforma lo cuál sólo podía traer consigo malos augurios. También se impuso un límite de edad para el ingreso a la universidad y se le asignó un costo al proceso de selección. Se paralizaron las clases, se organizaron mesas de diálogo, se mimeografiaron panfletos informativos. Los estudiantes no sólo estaban defendiendo su universidad, sino que comenzaron a ser muy críticos en todas las demás áreas: el sector salud, el esquema fiscal, las elecciones inexistentes.
Cuando las clases cesaron, yo hacía lo posible por no aparecerme en la universidad, aunque lo cierto es que Puerto Midas es una ciudad universitaria, en todos lados se podía palpar que es anfitrión del instituto educativo más importante del país. De entre todos los mitos de su surgimiento, ésta es la realidad de Midas. Así que las mantas y manifestaciones estaban en todos lados, los panfletos se repartían por doquier. La ciudad en ebullición: no había manera de escapar del tema.
Aquella mañana salí para devolver un par de libros a la biblioteca, agradecido de que entre tanto caos, ésta siguiera funcionando. Supongo que lo que habría de venir se anunciaba en el ambiente y yo no presté atención. Había algo, un indicador, tal vez el silencio que precede a la hecatombe.
Las fuerzas armadas entraron a la universidad a los pocos minutos de que llegué al campus. Arribaron con el ruido de una tormenta. Los helicópteros, los cascos de los caballos, el golpe de las culatas. Es irónico, pero entre más contundente era la escena, más irreal me parecía. Miraba paralizado a mi alrededor, bien podría ser el tronco de un árbol de lo inmóvil que estaba. Era una columna, un objeto sin pulso, sin tener una reacción hacia los cuerpos que estaban tendidos sobre el concreto. “¿Están muertos?, ¿inconscientes?, ¿o fingen como un mamífero pequeño para despistar al depredador?”
Mi facultad fue la última en caer. Una pequeña isla de necedad ante el atropello. Los camiones militares no habían dejado de llegar y continuaban vomitando uniformados quienes corrían directo contra el portón a sumarse a los que ya estaban. La madera chirriaba y los que seguíamos adentro formamos un racimo en la parte trasera, amedrentados, un muégano humano para sentirnos resguardados. La postura de mis compañeros ya había sido expulsada de sus cuerpos, estaban sin aliento. Ausente el discurso, no había una pizca de enojo en ellos, lo único que representaban era el más puro de los miedos. Una de las hojas del portón se desprendió del muro con todo y bisagras y entró el ejército, fusiles al aire, profiriendo insultos. Ése es el rostro de la represión, y cuando lo ves de frente, quisieras no volvértelo a topar jamás.
Mi estancia en la cárcel fue un plan vacacional de primera clase en comparación con lo que vivieron mis compañeros. Sus alaridos se trasminaban por las paredes, sus gritos de dolor se filtraban a través de los poros de ladrillo. Supongo que podía justificar el trato más suave por mí recibido con lo poco involucrado que estaba con el movimiento estudiantil, y por lo tanto, con lo accidental de mi presencia el día que los militares entraron a la universidad. Pero no, la verdad es que el apellido me protegía.
Las celdas eran cubículos de tres por dos metros y, como trampa de felinos, la puerta se encontraba en el techo. Es decir, eran espacios subterráneos y la única ventilación, así como el acceso al cuarto, tenía forma de alcantarilla de tal manera que nosotros éramos las aguas negras del país y ése era el trato que recibíamos. Lo único presente en el espacio liso era la escalera de fierro empotrada a la pared, la cual parecía una invitación a azotar la cabeza contra ésta y yo me pregunto si alguien en efecto terminó haciéndolo, amedrentado por la tortura continua y sin la esperanza de un futuro lejos de ahí.
Uno por uno se llevaban a mis compañeros. Cuando los devolvían, arrastrándolos, entre una nube de dolor y lamentos, su regreso silenciaba a todos apenas por unos segundos. Después, como por solidaridad o contagio, alzaban la voz, los gritos de desamparo en un coro desafinado. Tras un rato, se conformaba un quejido uniforme con el que se gastaba la última reserva de fuerza contenida en esos cuerpos rotos. Y al día siguiente la jornada comenzaba de nuevo. El miedo es uno y es contundente. El dolor en cambio es múltiple, tan numeroso como huesos y músculos hay en el cuerpo. Yo pensé que iba a enloquecer.
A ellos les habían quitado todo. Sobre el suelo húmedo, no había palabras que quisieran emitir porque les habían arrebatado el discurso a punta de culatazos, ya no quedaba nada, tan sólo moretones y orificios ultrajados. Ya dije que a mí me fue mucho mejor, pero como uno mide la miseria desde uno mismo, me lamentaba que no me hubieran permitido al menos conservar los libros. Ésos que me llevaron a la universidad aquella mañana fatídica, ésos que no pude devolver porque me topé con la biblioteca cerrada y a los que me aferré cuando me treparon a la furgoneta militar, son ésos los libros que añoraba porque aún traía el eco que deja la última lectura. Al menos tuve tiempo de sobra para reconstruir en mi mente pasajes, y uno en particular se volvió una especie de rezo ateo, de mantra: “…el vacío será inmóvil y nunca se moverá… Pero yo seré el Vacío, moviéndose sin haberse movido”, así escribió Kerouac, y que el título del libro fuera “Los ángeles de la desolación” era abrumador. Unos ángeles, eso eran mis amigos los universitarios en su intento por sobrevivir a mi tío.

25
Un buen día me bañaron, quizás veinte días después de mantenerme en mi propio jugo. Me recortaron el pelo y me cambiaron de ropa. Salí por primera vez por mi alcantarilla, y si no fuera por el tratamiento de recomposición que me estaban aplicando, hubiera entrado en pánico. Me llevaron a un galerón inmenso y gris, y ahí fue donde la vi de nuevo, el pelo corto, el ceño más endurecido que nunca. Y yo, como un bebé, me solté a llorar.
Mi hermana Rocío, al verme hecho un pedazo humano, tan delgado y lloroso, me consoló y se disculpó por no haber llegado antes, dijo que las averiguaciones y el sinuoso camino de los sobornos no se lo habían permitido. Una vez concluida la escena pegajosa y como recuperando la compostura, Rocío dijo que había delineado una ruta de escape para mí. “¿De este lugar?”, pensé a un paso del terror, “¿a través de túneles, sobre bardas, por hoyos, como en una película?”. Por suerte, antes de hacer el ridículo con mi ficción paranoica frente a ella, tan guerrillera, tan capaz y valiente, me explicó que mi libertad ya había sido aprobada, que nos iríamos en cualquier momento. Y que cuando ella mencionó escapar se refería a mi país, mi apellido y mi historia.
Continuar en Modaro no podía dejar nada bueno. Rocío había aventado el apellido por delante para protegerme primero y para liberarme después y el hecho de salir de ahí en una sola pieza iba a despertar la desconfianza de los disidentes del sistema. Ella estaba participando en la gestación de un golpe de Estado y mi actitud pasiva durante todos esos años, aunado a las nulas secuelas de mi estancia en prisión, podían costarme la vida. Cuando liberaran a los estudiantes y demás presos políticos, alguien iba a especular, de seguro ya había más de uno que pensaba que yo era un chivato. “¿Cómo?, ¿mis ángeles de la desolación?, ¿ellos cuyos gritos me acompañan en el sueño me desearán la muerte pese a que he sido una oreja de lo más solidaria? Y si son mis ángeles los que me expulsan del territorio, ¿a dónde voy a ir a parar?”; esto fue algo más que sólo pensé y no fue verbalizado porque ni modo de gimotearle a mi hermana después de que ella veló mi tiempo en prisión y me ahorró ese conocimiento de mundo que se llama tortura. El mismísimo lado oscuro de la humanidad, el de hienas y chacales, de ahí me rescató Rocío y por lo tanto, mi situación no estaba como para emitir quejas.
Había que derrocar a mi tío a toda costa y mi hermana estaba preparada. Vaya que lo estaba, vieras la descripción tan gráfica que salió de su boca: “haré lo que sea, le sacaré los ojos con un lápiz para que firme su renuncia, le arrancaré los testículos y los dejaré en el frutero del comedor, le sacaré uña por uña y las dejaré en la alfombra para que a mi tía le dé un ataque”. Sanguinaria, no necesariamente factible pero en fin, parecía estar en un momento de auto terapia cuyo propósito era fortalecerse, y yo no era quién para decirle que su descripción tenía visos cómicos. Lo cierto es que iba a suceder, mi hermana planeaba acabar con mi tío y matarlo si era necesario. En manos de ella se extinguirían los rasgos de mi padre, ésos en común con mi tío y de alguna manera parecía que papá iba a morir de nuevo.
–¿Y Jos?, ¿y la mamá de Jos?
–Al exilio. A la cárcel. Que se mueran. No sé.
–¿A mí también me mandas al exilio?
–A ti te salvo el pellejo, imbécil.
“Me dejaste sola”, eso decía su expresión, la huérfana presidencial honró su papel y yo no la seguí, me pasmé. Era muy fácil entrever el reclamo dibujado en su cara.
–Vas a despacharnos a todos…, ¿quieres quedarte sin familia?
Plaf. Supongo que me lo gané, no lo sé, tal vez era parte de su necesidad de rudeza, de hacer lo que debía y no quebrarse en el proceso. Cayó la bofetada sobre mi piel, todas las opiniones reprobatorias se materializaron en ese momento para enrojecer mi mejilla. Sí, seguro me lo merecía.
Salimos de la cárcel por un portón lateral. Un Jeep nos esperaba con el motor encendido como si en efecto fuera un escape. No había sido absuelto sino al contrario, apenas empezaba mi juicio, ser culpable de indiferencia, ése era el veredicto predecible. Un chofer silencioso que había logrado no voltearme a ver una sola vez, manejó durante casi dos horas hasta llegar a un punto geográfico sin referente, un terreno llano igual a tantos otros. El carro se detuvo, me hermana se apeó y me indicó que bajara yo también. Me entregó una mochila grande:
–Llevas tres mudas de ropa, algo de comida y agua, hay tres mil dólares en el bolsillo interior y quinientos soles en el cierre de enfrente. También llevas tu pasaporte, no vas a necesitar visado con nuestros vecinos, pero si planeas ir más lejos, tendrás que tramitar alguno en el consulado correspondiente. Y por si acaso… –, y sacó una pistola de su cintura, la manipuló con confianza, revisó el cargador, y yo no tenía idea de dónde salió esa amazona que alguna vez usó vestidos estampados y una diadema con listones.
–Ésta es una pistola Titán con seis cartuchos. Éste es el cargador, así sale y entra, y así se retrae la corredera para que esté listo. Aquí está el seguro y así se pone y se quita. Tráelo siempre puesto y si te fijas, está al alcance del pulgar para que puedas quitarlo con facilidad justo antes de disparar–, volteó la pistola y me la entregó. Yo no lograba pescar el ritmo de la situación, todo pasaba tan rápido y yo me preguntaba si me alcanzarían los meses para digerir ese día. Mi hermana sacó un mapa de la guantera y lo extendió:
–Aquí viene marcado el punto donde estamos y la ruta menos difícil para cruzar la cordillera. No lo pierdas–. Y ese remate no surgió de una especie de instinto materno sino de la aceptación de mi ineptitud, estoy seguro.
–Mantente tras los matorrales–, sé que era un decir, pero durante mi tiempo a la intemperie no pude evitar ver arbustos y querer esconderme tras éstos con la ilusión de que si obedecía a mi hermana, de alguna manera todo saldría bien.
Lo que se transita en silencio puede no ser muy elocuente pero sí intenso. Los dos de pie, las instrucciones ya agotadas. ¿Por qué no la abracé?, no tengo idea, supongo que por temor a otra cachetada. No, no era eso, porque no me lo merecía, no me había ganado el consuelo del contacto físico y no se me ocurrió que tal vez ella lo necesitaba tanto como yo.

Modaro es el tercer país más pequeño del mundo. Ni siquiera ocupa el primer lugar, lo cual le daría al menos cierta notoriedad. Pero no, es relegado al tercer lugar por culpa del Vaticano y Mónaco, pero quién le puede llamar país a ésos, cuando en realidad habría que denominarlos emporio eclesiástico y mega casino respectivamente. En fin, como decía, Modaro es un país muy pequeño pero no tenía una referencia que me ayudara a absorber dicho dato, y cuando los pies están a reventar de ampollas y lastimaduras, el territorio no parece tener fin. Por otro lado, seguir la línea trazada en el mapa no resultaba una misión tan clara porque una cosa es el papel y otra es el paisaje inacabable. Pasan los kilómetros y la población que figura en el mapa no aparece, ¿hice algo mal?, ¿el río que crucé no era el bueno? Porque de equivocarme, no habría manera de llegar a la frontera, me toparía con esas paredes escarpadas de piedra que me resultarían impenetrables. En efecto, mi hermana no era la única capaz de reconocer mis limitaciones.
La noche llegó para anunciar el fin de mis fuerzas. Me dejé caer contra el tronco de un árbol y me aboqué a revisar el contenido de la mochila que mi hermana me había empacado. A primeras, di con una linterna que me hizo más fácil el resto de la revisión. Rogaba porque se hubiera acordado de empacarme un repelente, temía ser el aperitivo de media noche de esos mosquitos sobrecrecidos que alcanzaba a escuchar. Yo seré un inepto pero ésa sí no se me hubiera olvidado a mí, a ella sí, por lo visto, porque no había nada parecido pese a que la hermana mayor debió recordar lo fatal que reacciono a las picaduras. Iba a amanecer como un hombre deformado.
Junto a los dólares encontré esas fotos que ahora tengo en el departamento que me rentaste y el simple hecho de que mi hermana los hubiera metido en mi mochila me hizo sentir menos abofeteado. Una foto era de papá y mamá, muy propios como siempre, tan dueños de su papel. La otra nos fue tomada a los cuatro en una banca de parque, Rocío sobre las piernas de papá y yo sentado entre los dos adultos, mi mamá con una falda amplia, típica de la región, mi papá con un sombrero de palma fina. Cuatro sonrisas, una familia como cualquier otra, una fotografía de lo que no fuimos más que en momentos breves y de distracción.

Ahora que lo pienso la linterna tal vez no fue tan buena idea. El cono de luz, tembloroso entre mis manos, persiguiendo cuanto ruido surgía de esa intemperie desolada. Son esos ruidos precisamente los que le recuerdan a uno que el páramo sí tiene sus habitantes, están ahí, a la espera de que uno se distraiga. Y yo, en pleno sobresalto, correteando seres fantasmales con esa luz que lo único que lograba era lamparearme, impedir que me acostumbrara a la oscuridad. Eso aunado a los manotazos que había que soltar contra cuello, pantorrillas y cara para ahuyentar mosquitos. Vaya nochecita.
Cuando al fin amaneció tenía ganas de regresar, ponerme al servicio de mi hermana, colocarme el atuendo de rudo y aprender a usar un arma, lo que fuera con tal de no enfrentarme al territorio yo solo. Sí, volverse guerrillero por miedo a la soledad era incongruente pero a mí ya nada me sonaba descabellado, menos sin la dosis matutina de café. Pero luego recordaba sus palabras: “seguro creen que eres un chivato”. No era de mi tío de quien debía huir sino de los compañeros de mi hermana. Aunque le hubiera pedido a Rocío que me dejara quedarme, aunque le dijera que estaba listo, que la revolución comenzó para mí cuando tuve que escuchar los gritos de mis ángeles, ya no había un sitio en esa lucha que fuera mío. Lo digo en serio. Bueno, no, es una excusa, pero en ese entonces aún no me daba cuenta. Supongo que me eché una última cabeceada, qué sé yo, el caso es que entre un pestañeo y otro se aparecieron enfrente de mí dos niños, uno de ellos, el más grande, clavaba una vara contra mi pantorrilla como si fuera yo un perro callejero y hubiera de descubrir si estaba dormido o muerto.
—¿Cómo te llamas?— preguntó el más pequeño. Los niños son unos seres raros porque de inmediato se van al nombre, como si no hubiera preguntas más inminentes: la salud, la sed, el extravío, el hambre; no, ellos quieren un nombre y yo no quería soltar el mío.
—Pérez—, es cierto, no muy original de mi parte, pero justamente el lugar común me venía bien con estas ganas de anonimato. ¿O qué?, ¿en verdad creías que sólo en México hay sobrepoblación de Pérez?
—¿Ése es tu nombre?
—No, tonto ese es su ape’ido— intervino el hermano mayor.
—¿Pero cuál es tu nombre? — insistía el más pequeño.
—Ése es mi nombre y apellido.
—Pérez… — repitió el niño grande como si sopesara las posibilidades de que apellido y nombre fueran el mismo, uno sólo. ¿Dónde quedó esa ingenuidad infantil?, ¿por qué no me creían y punto?
Entre los dos me ayudaron a incorporarme, las rodillas me rechinaron, el coxis estaba en un protagonismo bárbaro y, tal y como auguré, mi piel tenía cordilleras por todos lados, como un mapa de los Andes. El mayor hizo las presentaciones (él era un Juan y su hermanito un Manuel, los dos sin apellido, ahí está, y a ellos les parecía insuficiente mi Pérez) y sin mayor averiguación ni consenso, me tomaron de la mano y comenzamos a caminar. Media hora después (y las manos ya chorreadas de sudor) llegamos a esa población que tanto había esperado ver el día anterior.
Nadie parecía particularmente interesado en cómo había llegado ahí ni por qué quería llegar a la frontera. Y yo, con ese guiso calientito enfrente, tampoco. En algún momento pensé, ya en la pachorra de la digestión, que podría quedarme ahí para siempre. Llevar su vida, su anonimato, sus calzones de manta. Recolectar leña con los niños, cosechar la mandioca con Eladio, el papá, o ayudarle a la madre a la remojada del grano aunque no luciera bien con mi condición masculina. Estar dispuesto a hacer lo que sea, trabajar el promedio de 35 horas a la semana como toda latinoamericana en eso de la tortilla (me pregunto qué harán las europeas con tanto tiempo de sobra), o aprender a hacer ese magnífico puchero y nunca más comer otra cosa en mi vida. Seguir en Modaro siendo Pérez, dormirme a las siete todas las noches y madrugar como gente de campo. No había nada que me indicara que no contaba con esa posibilidad. En una de ésas, había encontrado mi sitio.

26
Jack Kerouac siempre tuvo un hígado de hule hasta que eso no bastó para evitar la hemorragia gastrointestinal que acabó con él. Dicen que en la última etapa de su vida, Jack consumía Johnny Walker Etiqueta Roja en una constante de 17 copas por hora, es decir una cada 3.5 minutos. Eso sí es dedicación. (Y cuando solté este dato -en una borrachera, por cierto, alcanzada apenas con 4 whiskies- Leonardo me dijo que no fuera bruto, que eso era anatómicamente imposible y que de hecho Dylan Thomas murió tras ingerir 18 al hilo en el White Horse Tavern. A mí la cifra que sea me impresiona. Además para qué debilitar el mito a favor de la verdad.) Entregado a su actividad. Ya fuera beber, consumir benzedrinas, escribir, o claro está, el trifásico compuesto de éstas, lo hacía por horas y lo hacía bien, pese a la opinión del entorno. Minimizado por escritores ajenos a su círculo, satanizado por el establishment, burlado por la prensa que aprovechaba la ingenuidad inacabable de Jack al momento de sus respuestas. Y luego la desgracia del boom que siguió a la publicación de “On the Road”. Los periodistas, más molestos aún por su creciente éxito, eran despiadados, y con ello, cosa irónica, se beneficiaban las ventas de prensa y los ratings de televisión. Cuentan que en una entrevista para “The Paris Review”, Jack se presentó sobrio y así se mantuvo durante todo el encuentro, pero que para no decepcionar a los lectores, el editor decidió insertar periódicamente una acotación que lee “se sirve otro trago”. Había que alimentar al monstruo. Algo así como “haz fama… y deja que el público te haga trizas”.
Los escritores, irritados, inmersos en el “no es para tanto”, se burlaban de él: Norman Mailer, John Updike, Dorothy Parker, vaya, hasta el propio Bukowski. (Mailer dijo que era pretencioso como una puta rica y sentimental como un chupete y eso que le tenía afecto.) Escritores con quien tenía más puntos en común que disparidades estaban más prestos a juzgarlo que a comprender el proceso personal y complejo de la escritura con el que, es evidente, ellos estaban familiarizados.
En cambio la sociedad estaba fascinada con un ícono de la juventud que podía comercializarse. Ponerle una etiqueta los hacía digeribles, permitía contenerlos y restarles importancia. El mainstream decidido a quitarle el prefijo a la contracultura. Y claro, llegó el estereotipo: la boina, la barba de chivo, el suéter negro con cuello de tortuga, las sandalias. Cuentan que una joven aficionada (conste: no una lectora asidua), una fan de la Beat Generation, se topó con Jack y le dijo: ”no, tú no puedes ser Jack Kerouac porque él es un beatnik y todos los beatniks usan barba”.
Él sólo quería escribir. Pobre Jack, atrapado bajo la lupa de otros, qué fastidio, como si no bastara con sobrevivirse a uno mismo. Ya verás, cuando escriba ese libro, será un trabajo balanceado. No una mezcla de catolicismo y ginebra, como él dijo en una mala borrachera que la vida debía ser, pero sí una combinación de buena fe y claridad. Lo voy a descifrar, me dedicaré a comprenderlo y a hacerle justicia, le callaré la boca a los mal intencionados. Seré el Rodrigo de la crítica literaria.

VERSIÓN B
21
Las universidades son semillero de críticos y aquélla a la que yo asistía no iba a defraudar dicha tradición. Mi tío había promulgado que todo lo que resultara de un quehacer artístico o cultural no era de primera necesidad y por lo tanto se le denominaba “producto superfluo”. Todos los libros, cuanto dinero percibieran los artistas plásticos con la venta de su obra, cualquier ingreso en las taquillas de los teatros (por muy pequeño el foro y por muy experimental el montaje), debían pagar impuestos tan altos como los empresarios más consolidados de nuestro país. Así fue como el gobierno de mi tío borraba la herencia de mi padre. La gente estaba furiosa y yo nunca sabía si se acercarían para vituperarme por los actos de mi tío o para alabar a mi padre y expresar la falta que nos hacía. Mi estado permanente era de nervios exacerbados, con la defensa en alto, listo en todo momento para recibir un insulto o un halago. Qué agotador.
Después vino el recorte en el presupuesto de salud. Las condiciones de las clínicas y hospitales del país se deterioraban a una velocidad impresionante, y el reportero que estaba más entregado al caso, ése que hizo un análisis del impacto a nivel nacional y realizó una serie de entrevistas a enfermeras y pacientes, un buen día amaneció muerto. Así nomás. Nos convertimos en una de esas naciones, pisoteada como buen país latinoamericano, ¿te suena familiar?
El programa de alfabetización fue cancelado. Los útiles escolares, en otro tiempo repartido de manera gratuita, comenzaron a venderse a su valor comercial. Los servicios de agua y luz elevaron su costo en un trescientos por ciento. Ya nadie se refería a mi tío como el presidente interino, era un caudillo que no hablaba de época de elecciones ni de ejercicio democrático. El pueblo estaba a su merced y sin protección, y él trataba a la ciudadanía como una bola de niños malagradecidos a los que había que reprender cuando hablaban mal de él a sus espaldas.
La prensa entonces, probablemente sometida al más severo de los correctivos (y tras la muerte de aquél periodista), comenzó a dibujar una imagen de prosperidad y buen gobierno que se asemejaba más a Suecia que a ese fragmento de Latinoamérica que éramos. Como ese teatro oriental de caja de luz y sombras: hay que ser un espectador de lo más dispuesto a entregarse a la ilusión porque el efecto por sí mismo no se sostiene durante mucho tiempo. Una astilla de suspicacia basta para romper el espejismo.

22
Desatado. Ésa es otra palabra que me encanta y que he escuchado mucho en este país, me recuerda a una agujeta desamarrada, libre, papaloteando en el aire aunque siempre a punto de ser pisada, de provocar el tropezón: la posibilidad, el riesgo. Bien, pues Claudio estaba desatado desde que Mariano volvió. Eran como infantes hiperactivos en busca de la siguiente travesura a realizar. “A transgredir se ha dicho” parecía la consigna y mira que la desempeñaban de forma concienzuda. Y ahí estabas tú para hacerle coro.
Con Mariano, todos comenzamos a entrar a las fiestas sin invitación, ¿te acuerdas? También había que salirse del antro sin pagar la cuenta, entrar a misa con una borrachera histórica, buscar el más sórdido de los tugurios, ir a una función infantil tan pachecos como si asistiéramos a Avándaro. Por supuesto, estaba la faceta “plazas y vías públicas” y aún no entiendo cómo es que nunca nos arrestaron. Nadie se preocupaba del nivel que alcanzábamos pero ahí está el registro que no me dejará exagerar: las polaroids tomadas por Mariano, esas fotos crudas donde no sólo lucimos colocados sino con una pinta de lo más correosa. Decir que las polaroids no favorecen a nadie es quedarse corto porque nosotros lucíamos como una banda de proxenetas, criminales y furcias. O hemofílicos. Unos vampiros persistentes, con una sólida vocación de lame-banquetas, sedientos por encontrar el fondo.
El resto del tiempo, aquél en el que no estaban juntos e ingiriendo algo (y me excluyo porque yo contaba con mi trabajo en la biblioteca, esa otra actividad formal) eran espacios vacíos, una pausa entre fiestas donde nada memorable pasaba. Tiene algo de suicida ese reventón desmedido y creo que todos fingíamos no darnos cuenta (o bien, estábamos tan dopados que en efecto ni cuenta nos dábamos pero ahí estaba uno, probando la resistencia del cuerpo y del sistema legal). Creo que yo era el único que extrañaba las fiestas en tu casa, el estilo de Mariano me parecía desgastante y las sorpresas no me entusiasmaban tanto como a los demás. De cualquier manera, me adhería a ustedes, te seguía a ti y a Paulina en esto de representar a la lepra social.
Después de un viaje a Acapulco, Mariano y Claudio decidieron vender mariguana durante un rato, y de entre los posibles puntos de venta eligieron la biblioteca. Sentados a una mesa, platicaban como si se encontraran en un café y ni siquiera se tomaban la molestia de disfrazar la situación con un libro. Conforme transcurrían los días y como si fueran un papel con pegatina, los chavos se les adherían haciendo aún más indiscreto el asunto. Con un rozadero dactilar, como en el juego de manitas calientes, circulaba dinero, envoltorios y chistes coloquiales. Los tipos se sentían en casa. Mariano siempre con una pinta de delincuente profesional, ágil, negociando en todo momento. Claudio, la sonrisa imborrable, como si no se enterara de lo sancionada que era su nueva actividad. Yo tenía los nervios crujientes de verlos circular por ahí, no estaba con ganas de exaltar la experiencia de ser testigo de estos tipos, mis beatniks particulares, y de lo que sí tenía ganas, verdaderas y sólidas ganas, era de conservar mi trabajo.
Un buen día dejaron de visitar. Mariano había desaparecido de nuevo, Paulina dijo que al parecer regresó a Acapulco por más mercancía, así que al menos por una o dos semanas Claudio volvía a ser el de antes, lo que lo colocaba de nuevo más cerca de la legalidad. Era el Claudio que yo había conocido, y aunque eso bastaba para deslumbrarme, creo que él extrañaba a Mariano. Se le notaba nostálgico, ¿a poco no? Al menos tú lo tuviste de nuevo más tiempo en casa, ¿en tu cama? Dirás que no me incumbe y tienes razón, es el más franco morbo el que me mueve a imaginarme el sexo entre otros, ni siquiera como acto lascivo sino por mera curiosidad práctica. Algo que ver con la ejecución talentosa de esas maromas. Placer y eficacia.
Ya sé, me disperso. Gano tiempo. Postergo el final hasta que le encuentre cierto sentido.

23
Los pericos australianos habitan, como burla a su nombre, en casi cualquier lugar con casi cualquier clima. Los hay de plumaje en tonos diversos, incluso en un morado que se desliza a un verde metálico. Nunca me imaginé a Paulina a cargo de alguna mascota, aunque fueran de éstas que requieren cuidados mínimos. El púrpura y su hembra azulilla estaban en pleno cacareo marital, el cual quería acallar con un almohadazo.
Despegué los párpados que sopesaban media botella de vodka destilándose por el sol que la cortina dejaba escapar. Paulina recostada a mi lado. El Nicolás de siempre no andaría arrojando la ropa así nomás, bajo riesgo de lucir como crepé a la mañana siguiente o de agregar un calcetín más a la colección de nones. Pero como el Nicolás de siempre se había extraviado en el pasillo de literatura norteamericana hace ya varios meses, heme ahí empinado cuan largo soy al pie de la cama en busca de mis calzones. Al fin los encontré, me los puse en silencio, deposité mis piernas flácidas dentro de los pantalones y, como para romper con el orden preestablecido, fui yo quien se largó sin despedirse.
Decidí dar buen uso a mis últimos trescientos pesos y comprar alguno de esos libros que mi conciencia financiera nunca me permite adquirir. Un Seix Barral por ejemplo, o con suerte hasta un Siruela, aunque sea el más barato, por el puro gusto del olor a papel fino. Pensé que eso mejoraría mi humor, maquillaría la cruda.
A todo lo largo de la fachada de la librería, una manta anunciaba “cerrado por inventario”. Leí sorprendido varias veces como síntoma de negación. Al minuto siguiente maldije a los sistemas contables, al complot entre la gerencia, mi vida amorosa y la cruda que me reventaba el humor, y de pasada a la tan sobrevaluada cibernética que no les evitó cerrar un día. Ah, y por qué no, a ese martes de mierda y la fiesta nacional que me obligaba a llenar mi mañana con alguna actividad que no fuera el trabajo.
Los trescientos pesos que no me gasté me ayudaron a recuperar el ánimo y como ya los había eliminado de mi presupuesto de cualquier manera, los podía destinar a un buen almuerzo. Alguna vez Claudio me sometió a la ruta crítica de cantinas y fue así como terminamos en La Providencia a la que sin duda era momento de regresar. Una sopa de médula, una cerveza bien fría, tal vez dos. Y ya una vez adentro, dejándome contagiar por ese ambiente de “se rifan crudas”, en una de ésas y el número mágico era el tres.
Sentado en una mesa frente a la barra, estaba entre intervenir en la plática parroquiano-cantinero sobre las olimpiadas de invierno, o meterme en lo que sí debía importarme que era soplarle al caldo hasta hacerlo tomable. Entraron a la cantina Melchor y Gaspar. Lejos estaban de la Alameda, la extraviaron, se salieron de su marco. Hace horas que había terminado el momento estelar del maquillaje; con la peluca y el disfraz chueco, hicieron su pedido a lo lejos mientras se instalaban en su respectiva mesa. Al final venía Baltazar con un contoneo pomposo, decidido a apegarse al papel en todo momento. Una señora entró directo a la barra, pidió un tequila blanco, lo ingirió de un jalón, pagó y se fue; qué gargantas tienen en este país.
La media cerveza ingerida aportó cierta claridad y en cuanto la neblina de la cruda comenzó a despejarse recordé qué terco me puse la noche anterior, qué incoherente debí haberles sonado a todos ustedes. Verás, en mi cabeza, el juego de las similitudes se venía construyendo desde tiempo atrás y hacía tanto sentido que no había razón alguna para no compartirlo con ustedes. Bueno, basta, estoy queriendo encontrarle explicación a lo que no la tiene. Digamos que los motivos fueron cinco vodkas y dos canutos que no tengo idea de cómo llegaron a mi mano. Y a volar. Sí, perdí el piso y no es que tuviera la intención de compartir nada, simplemente me fui, levé anclas. Pero al menos no me puedes reprochar mi falta de imaginación:
—…y tú, pinche Jack…
—…se llama Claudio, Nicolás… — tú me interrumpías, ¿te acuerdas?, es simpática tu manera de querer regular las fiestas, algo hacendosita y agobiada. De todos, eres la única que llega a mortificarse ante la pérdida del estilo, al menos a veces, aunque sea un poco. Y yo, para tu incomodidad, había mandado el estilo a la basura:
—no me interrumpas…, tú Jack, no te hagas, cabrón, le prohibiste la entrada a tu casa aquí al pobre de Allen— y aquí señalé a Leonardo por supuesto, y él puso cara de “ya me tocó a mí también”. Pues sí, bienvenido a escena, llamado a filas, a apropiarse del personaje asignado:
—…y tú que te dejas, cacho, segregado de la casa de tu gran amigo por ser judío…— supongo que me apoyé en una herida oculta porque Leonardo se puso tan serio como en un funeral.
—De qué carajos estás hablando— intervino Rodrigo. Yo te pregunto: ¿Para qué se pone uno en el encuadre?, pues para que le tomen la foto. Así que también a Rodrigo le tocó:
—Tú ni te metas, ni perteneces aquí Gary… te caen bien, pero sabes que no eres como ellos…— No sé en qué momento recurrí al sillón, supongo que necesitaba una superficie amplia que me sustentara y como por puro contraste, todos estaban de pie frente a mí, muy serios, como tablones formando un cerco, ¿preocupados?, ¿molestos? ¿Y de dónde me salió tanto enojo si soy el abogado más fiel de esos gringos?
—antisemita de mierda…, ¿cuándo te volviste una basura, Jack?
Fue entonces que Paulina se me atravesó en el campo de visión:
—Y tú…, tú te cocinas aparte… —, ¿qué quise decir?, no estoy seguro. De cualquier manera, eso es lo último que recuerdo antes de que la pantalla se me fuera a negros. Cómo agradezco que no estuviera Mariano para tomarme fotos o para detonar ve tú a saber qué fantasmas, entre la beat y nuestra experiencia delictiva en común, imagínate lo que pudo haber salido de mi boca.
La siguiente vez que abrí los ojos estaba en la cama de Paulina, ella desnuda a mi lado (y tú sabrás mejor que yo cómo llegué ahí). Por lo visto, no le parecía reclamable que yo hubiera perdido el estilo y la cordura, y que me diera por insultar extraños vía sus amigos. Será desapegada, algo autista, escurridiza, será muchas cosas pero al menos sí me queda claro que no se espanta con nada.

Pedí otra cerveza y con ella me llegó un taco de picadillo (amo las cantinas mexicanas, ¿alguna vez te lo he dicho?, esa vocación altruista de alimentar a los más necesitados es de admirarse). En la mesa de al lado había cuatro señores en pleno encuentro de dominó. Gritaban y sus voces se imponían, los altos decibeles ocupaban todo el espacio. Mis recuerdos de la noche anterior se deshilacharon en cuanto me acomodé en ese vagón intermedio entre la cruda y la borrachera. Ese punto que se siente como el paraíso en la tierra, en ése estaba yo y ya ni mis incoherencias me parecían para tanto. Total, si Claudio era Claudio o Jack o su abuelo reencarnado, qué más daba. Qué nos define, en qué radica la identidad y qué chingados nos importa, si al fin y al cabo somos un champurrado, una masa en constante redefinición, nadie es puro ni auténtico ni intocado por otros.
Alcé la mano para pedir la Pacífico número tres. Nada ilumina tanto como la cerveza en la cruda.

24
“¡Yo no soy mi padre!” quería gritar hasta desgarrarme la garganta y el árbol genealógico. Pero conforme el país se deterioraba, mis compañeros esperaban de mí una postura y yo, por más que me había esforzado por mantenerme a distancia, tenía al menos que emitir síes y noes para un lado y para otro.
Se anunció una reforma a los programas universitarios y eso fue lo que acabó por inflamar el ánimo de los alumnos. Nadie del comité estudiantil ni del profesorado fueron convocados para participar en dicha reforma lo cuál sólo podía traer consigo malos augurios. También se impuso un límite de edad para el ingreso a la universidad y se le asignó un costo al proceso de selección. Se paralizaron las clases, se organizaron mesas de diálogo, se mimeografiaron panfletos informativos. Los estudiantes no sólo estaban defendiendo su universidad, sino que comenzaron a ser muy críticos en todas las demás áreas: el sector salud, el esquema fiscal, las elecciones inexistentes.
Cuando las clases cesaron, yo hacía lo posible por no aparecerme en la universidad, aunque lo cierto es que Puerto Midas es una ciudad universitaria, en todos lados se podía palpar que es anfitrión del instituto educativo más importante del país. De entre todos los mitos de su surgimiento, ésta es la realidad de Midas. Así que las mantas y manifestaciones estaban en todos lados, los panfletos se repartían por doquier. La ciudad en ebullición: no había manera de escapar del tema.
Aquella mañana salí para devolver un par de libros a la biblioteca, agradecido de que entre tanto caos, ésta siguiera funcionando. Supongo que lo que habría de venir se anunciaba en el ambiente y yo no presté atención. Había algo, un indicador, tal vez el silencio que precede a la hecatombe.
Las fuerzas armadas entraron a la universidad a los pocos minutos de que llegué al campus. Arribaron con el ruido de una tormenta. Los helicópteros, los cascos de los caballos, el golpe de las culatas. Es irónico, pero entre más contundente era la escena, más irreal me parecía. Miraba paralizado a mi alrededor, bien podría ser el tronco de un árbol de lo inmóvil que estaba. Era una columna, un objeto sin pulso, sin tener una reacción hacia los cuerpos que estaban tendidos sobre el concreto. “¿Están muertos?, ¿inconscientes?, ¿o fingen como un mamífero pequeño para despistar al depredador?”
Mi nombre. Escuchaba el grito pero de alguna manera no lo registraba de tan abrumadora que era la escena. Miraba a mi alrededor y entre pelambres revueltos e hilos de sangre, reconocía a uno que otro compañero. Mi nombre de nuevo.
-¡Nicolás!
Ahí estaba mi hermana Rocío, con pinta de guerrillera, tan capaz y valiente, sorteando cuerpos, esquivando caballos. Me jaló del brazo sin esperar respuesta, me guió entre jardines, senderos y pasos a desnivel. Eligió la salida más distante por lo que, supongo, ella conocía el estado en que estaban las otras. A veces adelante de mí, a veces a mi par y con su brazo sobre mi hombro, me alejó del enfrentamiento. Se volvió mi balsa.
-Tengo que sacarte de aquí.
-Pero…- y callé el resto. ¿Era absurdo preocuparme por la devolución de los libros?, no quería un sello en mi cardex, aunque bastaba con ver alrededor para saber que seguro no quedaban sellos ni tinta ni amonestaciones. Al llegar a la avenida había un Jeep que nos esperaba con el motor en marcha.
–¿A dónde vamos?–, su silencio no era prometedor.
Ya arriba del carro, ella en el asiento del copiloto pero volteada por completo, abrazada al respaldo para acercarse a mí y hablarme directo. Había un tono condescendiente en su voz, no creas que no me dí cuenta pero ella sabía, y ahora yo también lo sé, que yo no soy un buen lector de realidades.

Había que derrocar a mi tío a toda costa y mi hermana estaba preparada. Vaya que lo estaba, vieras la descripción tan gráfica que salió de su boca: “haré lo que sea, le sacaré los ojos con un lápiz para que firme su renuncia, le arrancaré los testículos y los dejaré en el frutero del comedor, le sacaré uña por uña y las dejaré en la alfombra para que a mi tía le dé un ataque”. Sanguinaria, no necesariamente factible pero en fin, parecía estar en un momento de auto terapia cuyo propósito era fortalecerse, y yo no era quién para decirle que su descripción tenía visos cómicos. Lo cierto es que iba a suceder, mi hermana planeaba acabar con mi tío y matarlo si era necesario. En manos de ella se extinguirían los rasgos de mi padre, ésos en común con mi tío y de alguna manera parecía que papá iba a morir de nuevo.
–¿Y Jos?, ¿y la mamá de Jos?
–Al exilio. A la cárcel. Que se mueran. No sé.
–¿A mí también me mandas al exilio?
–A ti te salvo el pellejo, imbécil.
“Me dejaste sola”, eso decía su expresión, la huérfana presidencial honró su papel y yo no la seguí, me pasmé. Era muy fácil entrever el reclamo dibujado en su cara.
–Vas a despacharnos a todos…, ¿quieres quedarte sin familia?
Plaf. Supongo que me lo gané, no lo sé, tal vez era parte de su necesidad de rudeza, de hacer lo que debía y no quebrarse en el proceso. Cayó la bofetada sobre mi piel, todas las opiniones reprobatorias se materializaron en ese momento para enrojecer mi mejilla. Sí, seguro me lo merecía. Se dio la vuelta y el resto del trayecto lo dedicó a hablar con el conductor. Mientras, yo trataba de entender cómo pasé de salir de mi departamento esa mañana a estar dejando la ciudad, mis estudios, mis cosas. Que Rocío hubiera levantado un diagnóstico no me parecía suficiente transición y aún así iba a obedecerla. Sin estar seguro de nada, me tocaba encajar su regaño y hacer lo que ella decidiera.
Tomamos la carretera norte que sale de Puerto Midas. El conductor había logrado no voltearme a ver una sola vez. Manejó durante casi dos horas hasta llegar a un punto geográfico sin referente, un terreno llano igual a tantos otros. Él, al igual que mi hermana, no me absolvía. Al contrario, apenas empezaba mi juicio, ser culpable de indiferencia, ése era el veredicto predecible.
El carro se detuvo, me hermana se apeó y me indicó que bajara yo también. Me entregó una mochila grande:
–Llevas tres mudas de ropa, algo de comida y agua, hay tres mil dólares en el bolsillo interior y quinientos soles en el cierre de enfrente. También llevas tu pasaporte, no vas a necesitar visado con nuestros vecinos, pero si planeas ir más lejos, tendrás que tramitar alguno en el consulado correspondiente. Y por si acaso… –, y sacó una pistola de su cintura, la manipuló con confianza, revisó el cargador, y yo no tenía idea de dónde salió esa amazona que alguna vez usó vestidos estampados y una diadema con listones.
–Ésta es una pistola Titán con seis cartuchos. Éste es el cargador, así sale y entra, y así se retrae la corredera para que esté listo. Aquí está el seguro y así se pone y se quita. Tráelo siempre puesto y si te fijas, está al alcance del pulgar para que puedas quitarlo con facilidad justo antes de disparar–, volteó la pistola y me la entregó. Yo no lograba pescar el ritmo de la situación, todo pasaba tan rápido y yo me preguntaba si me alcanzarían los meses para digerir ese día. Mi hermana sacó un mapa de la guantera y lo extendió:
–Aquí viene marcado el punto donde estamos y la ruta menos difícil para cruzar la cordillera. No lo pierdas–. Y ese remate no surgió de una especie de instinto materno sino de la aceptación de mi ineptitud, estoy seguro.
–No te preocupes, es temporal, esto no puede durar mucho…– hasta ahí, tal vez pensó que de seguir por ese fraseo terminaría mintiendo.

–Mantente tras los matorrales–, sé que era un decir, pero durante mi tiempo a la intemperie no pude evitar ver arbustos y querer esconderme tras éstos con la ilusión de que si obedecía a mi hermana, de alguna manera todo saldría bien.
Lo que se transita en silencio puede no ser muy elocuente pero sí intenso. Los dos de pie, las instrucciones ya agotadas. ¿Por qué no la abracé?, no tengo idea, supongo que por temor a otra cachetada. No, no era eso, porque no me lo merecía, no me había ganado el consuelo del contacto físico y no se me ocurrió que tal vez ella lo necesitaba tanto como yo.

Modaro es el tercer país más pequeño del mundo. Ni siquiera ocupa el primer lugar, lo cual le daría al menos cierta notoriedad. Pero no, es relegado al tercer lugar por culpa del Vaticano y Mónaco, pero quién le puede llamar país a ésos, cuando en realidad habría que denominarlos emporio eclesiástico y mega casino respectivamente. En fin, como decía, Modaro es un país muy pequeño pero no tenía una referencia que me ayudara a absorber dicho dato, y cuando los pies están a reventar de ampollas y lastimaduras, el territorio no parece tener fin. Por otro lado, seguir la línea trazada en el mapa no resultaba una misión tan clara porque una cosa es el papel y otra es el paisaje inacabable. Pasan los kilómetros y la población que figura en el mapa no aparece, ¿hice algo mal?, ¿el río que crucé no era el bueno? Porque de equivocarme, no habría manera de llegar a la frontera, me toparía con esas paredes escarpadas de piedra que me resultarían impenetrables. En efecto, mi hermana no era la única capaz de reconocer mis limitaciones.
La noche llegó para anunciar el fin de mis fuerzas. Me dejé caer contra el tronco de un árbol y me aboqué a revisar el contenido de la mochila que mi hermana me había empacado. A primeras, di con una linterna que me hizo más fácil el resto de la revisión. Rogaba porque se hubiera acordado de empacarme un repelente, temía ser el aperitivo de media noche de esos mosquitos sobrecrecidos que alcanzaba a escuchar. Yo seré un inepto pero ésa sí no se me hubiera olvidado a mí, a ella sí, por lo visto, porque no había nada parecido pese a que la hermana mayor debió recordar lo fatal que reacciono a las picaduras. Iba a amanecer como un hombre deformado.
Junto a los dólares encontré esas fotos que ahora tengo en el departamento que me rentaste y el simple hecho de que mi hermana los hubiera metido en mi mochila me hizo sentir menos abofeteado. Una foto era de papá y mamá, muy propios como siempre, tan dueños de su papel. La otra nos fue tomada a los cuatro en una banca de parque, Rocío sobre las piernas de papá y yo sentado entre los dos adultos, mi mamá con una falda amplia, típica de la región, mi papá con un sombrero de palma fina. Cuatro sonrisas, una familia como cualquier otra, una fotografía de lo que no fuimos más que en momentos breves y de distracción.

Ahora que lo pienso la linterna tal vez no fue tan buena idea. El cono de luz, tembloroso entre mis manos, persiguiendo cuanto ruido surgía de esa intemperie desolada. Son esos ruidos precisamente los que le recuerdan a uno que el páramo sí tiene sus habitantes, están ahí, a la espera de que uno se distraiga. Y yo, en pleno sobresalto, correteando seres fantasmales con esa luz que lo único que lograba era lamparearme, impedir que me acostumbrara a la oscuridad. Eso aunado a los manotazos que había que soltar contra cuello, pantorrillas y cara para ahuyentar mosquitos. Vaya nochecita.
Cuando al fin amaneció tenía ganas de regresar, ponerme al servicio de mi hermana, colocarme el atuendo de rudo y aprender a usar un arma, lo que fuera con tal de no enfrentarme al territorio yo solo. Sí, volverse guerrillero por miedo a la soledad era incongruente pero a mí ya nada me sonaba descabellado, menos sin la dosis matutina de café. Pero luego recordaba sus palabras: “seguro creen que eres un chivato, si no has estado con nosotros es como estar del lado de él”. No era de mi tío de quien debía huir sino de los compañeros de mi hermana. Aunque le hubiera pedido a Rocío que me dejara quedarme, aunque le dijera que estaba listo, que la revolución comenzó para mí cuando vi a mis compañeros afuera de la facultad, heridos, tratando de no sucumbir al pánico ni de olvidar el discurso que los tenía ahí aguantando culatazos. Estaba dispuesto a crecer, a volverme hijo de mi padre, a unirme a los golpeados. “…El vacío será inmóvil y nunca se moverá… Pero yo seré el Vacío, moviéndose sin haberse movido”, así escribió Kerouac, y que el título del libro fuera “Los ángeles de la desolación” era abrumador. Unos ángeles, eso eran mis amigos los universitarios en su intento por sobrevivir a mi tío. Pero de nuevo las palabras de mi hermana me recordaban que se me había hecho tarde, ya no había un sitio en esa lucha que fuera mío. Lo digo en serio. Bueno, no, es una excusa, pero en ese entonces aún no me daba cuenta.
Supongo que me eché una última cabeceada, qué sé yo, el caso es que entre un pestañeo y otro se aparecieron enfrente de mí dos niños, uno de ellos, el más grande, clavaba una vara contra mi pantorrilla como si fuera yo un perro callejero y hubiera de descubrir si estaba dormido o muerto.
—¿Cómo te llamas?— preguntó el más pequeño. Los niños son unos seres raros porque de inmediato se van al nombre, como si no hubiera preguntas más inminentes: la salud, la sed, el extravío, el hambre; no, ellos quieren un nombre y yo no quería soltar el mío.
—Pérez—, es cierto, no muy original de mi parte, pero justamente el lugar común me venía bien con estas ganas de anonimato. ¿O qué?, ¿en verdad creías que sólo en México hay sobrepoblación de Pérez?
—¿Ése es tu nombre?
—No, tonto ese es su ape’ido— intervino el hermano mayor.
—¿pero cuál es tu nombre? — insistía el más pequeño.
—Ése es mi nombre y apellido.
—Pérez… — repitió el niño grande como si sopesara las posibilidades de que apellido y nombre fueran el mismo, uno sólo. ¿Dónde quedó esa ingenuidad infantil?, ¿por qué no me creían y punto?
Entre los dos me ayudaron a incorporarme, las rodillas me rechinaron, el coxis estaba en un protagonismo bárbaro y, tal y como auguré, mi piel tenía cordilleras por todos lados, como un mapa de los Andes. El mayor hizo las presentaciones (él era un Juan y su hermanito un Manuel, los dos sin apellido, ahí está, y a ellos les parecía insuficiente mi Pérez) y sin mayor averiguación ni consenso, me tomaron de la mano y comenzamos a caminar. Media hora después (y las manos ya chorreadas de sudor) llegamos a esa población que tanto había esperado ver el día anterior.
Nadie parecía particularmente interesado en cómo había llegado ahí ni por qué quería llegar a la frontera. Y yo, con ese guiso calientito enfrente, tampoco. En algún momento pensé, ya en la pachorra de la digestión, que podría quedarme ahí para siempre. Llevar su vida, su anonimato, sus calzones de manta. Recolectar leña con los niños, cosechar la mandioca con Eladio, el papá, o ayudarle a la madre a la remojada del grano aunque no luciera bien con mi condición masculina. Estar dispuesto a hacer lo que sea, trabajar el promedio de 35 horas a la semana como toda latinoamericana en eso de la tortilla (me pregunto qué harán las europeas con tanto tiempo de sobra), o aprender a hacer ese magnífico puchero y nunca más comer otra cosa en mi vida. Seguir en Modaro siendo Pérez, dormirme a las siete todas las noches y madrugar como gente de campo. No había nada que me indicara que no contaba con esa posibilidad. En una de ésas, había encontrado mi sitio.

25
Jack Kerouac siempre tuvo un hígado de hule hasta que eso no bastó para evitar la hemorragia gastrointestinal que acabó con él. Dicen que en la última etapa de su vida, Jack consumía Johnny Walker Etiqueta Roja en una constante de 17 copas por hora, es decir una cada 3.5 minutos. Eso sí es dedicación. (Y cuando solté este dato -en una borrachera, por cierto, alcanzada apenas con 4 whiskies- Leonardo me dijo que no fuera bruto, que eso era anatómicamente imposible y que de hecho Dylan Thomas murió tras ingerir 18 al hilo en el White Horse Tavern. A mí la cifra que sea me impresiona. Además para qué debilitar el mito a favor de la verdad.) Entregado a su actividad. Ya fuera beber, consumir benzedrinas, escribir, o claro está, el trifásico compuesto de éstas, lo hacía por horas y lo hacía bien, pese a la opinión del entorno. Minimizado por escritores ajenos a su círculo, satanizado por el establishment, burlado por la prensa que aprovechaba la ingenuidad inacabable de Jack al momento de sus respuestas. Y luego la desgracia del boom que siguió a la publicación de “On the Road”. Los periodistas, más molestos aún por su creciente éxito, eran despiadados, y con ello, cosa irónica, se beneficiaban las ventas de prensa y los ratings de televisión. Cuentan que en una entrevista para “The Paris Review”, Jack se presentó sobrio y así se mantuvo durante todo el encuentro, pero que para no decepcionar a los lectores, el editor decidió insertar periódicamente una acotación que lee “se sirve otro trago”. Había que alimentar al monstruo. Algo así como “haz fama… y deja que el público te haga trizas”.
Los escritores, irritados, inmersos en el “no es para tanto”, se burlaban de él: Norman Mailer, John Updike, Dorothy Parker, vaya, hasta el propio Bukowski. (Mailer dijo que era pretencioso como una puta rica y sentimental como un chupete y eso que le tenía afecto.) Escritores con quien tenía más puntos en común que disparidades estaban más prestos a juzgarlo que a comprender el proceso personal y complejo de la escritura con el que, es evidente, ellos estaban familiarizados.
En cambio la sociedad estaba fascinada con un ícono de la juventud que podía comercializarse. Ponerle una etiqueta los hacía digeribles, permitía contenerlos y restarles importancia. El mainstream decidido a quitarle el prefijo a la contracultura. Y claro, llegó el estereotipo: la boina, la barba de chivo, el suéter negro con cuello de tortuga, las sandalias. Cuentan que una joven aficionada (conste: no una lectora asidua), una fan de la Beat Generation, se topó con Jack y le dijo: ”no, tú no puedes ser Jack Kerouac porque él es un beatnik y todos los beatniks usan barba”.
Él sólo quería escribir. Pobre Jack, atrapado bajo la lupa de otros, qué fastidio, como si no bastara con sobrevivirse a uno mismo. Ya verás, cuando escriba ese libro, será un trabajo balanceado. No una mezcla de catolicismo y ginebra, como él dijo en una mala borrachera que la vida debía ser, pero sí una combinación de buena fe y claridad. Lo voy a descifrar, me dedicaré a comprenderlo y a hacerle justicia, le callaré la boca a los mal intencionados. Seré el Rodrigo de la crítica literaria.

Para Lucero, observaciones a 5/7

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Lucero:
Respecto al bebé, no veo el dolor de la pérdida. Ella se centra en los detalles superficiales lo que puede servir para retratar su procedencia burguesa pero aún así yo desearía verla más cimbrada. No me gusta que diga un lucerito (juego entre luz y diminutivo de Lucero) porque había desdeñado la herencia del nombre. Me gusta en cambio la contundencia de “quería un hijo para no estar sola” al igual que la brutalidad del término “producto”.
p. 1 “mis explicaciones de nada valían” suena incongruente porque recién dices que se había hablado muy poco del tema (aunque después vemos que ella intenta abordar el asunto sin éxito, pero tal vez llega tarde).
p. 4 el padre más bien se lamenta por tener mujeres.
p. 4 ¿llevó en lugar de llevara? (párrafo del producto)
p. 7 “El frío comenzaba a pelar los huesos como siempre que llega octubre” me gusta mucho.
p. 9 “del género que fueran”, ¿o sea hombre o mujer?
p. 9 yo intentaría sustituir el don nadie porque creo que Don Rivera ya se lo apropió.
p. 9 “La vida en prisión hace que su imaginación se dispare”. Creo que pierdes el foco porque ya no estamos con ella sino en la mente de él.O tal vez ella en su estado inmaterial puede leer sus pensamientos. Prisión e imaginación hacen una rima interna feona.
p. 11 la imagen de la lágrima y el filamento no me queda clara.
El asunto de su estado. ¿Está muerta y todavía no se da cuenta?, aunque sabe que puede presentarse en la prisión de alguna manera “no humana”. Cuando deja el café sale corriendo. Sigo sin entender las características del personaje. Se ha dicho tantas veces que creo que tienes un as bajo la manga y que en algún momento hará sentido. Ave Aura le dijo la no-muerta, chin, ¿no está muerta? Si es así, no entendí.
Espero te sirva.

Ejercicio para nominados: “Lista de esenciales de Jack”

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Cuando comencé este ejercicio (por decirle de forma pomposa al ocio) estaba volviéndome loco. Llevas una eternidad ahí dormida y yo necesitaba un descanso de la otra plática. Así que esto es una especie de calistenia para ese libro que algún día escribiré y las pautas son aportación del viejo Jack. Ahora te lo voy a leer (y esto no es una democracia) para que veas de pasada el añito que nos aventamos:
1. Julio (el año en que llegué). “Garabatea libretas secretas” dijo él, pero las escondí tan bien que no recuerdo dónde quedaron. Sospecho que el turno vespertino se las apropió, espero que ahora no me acuse de loco.
2. Agosto. Fui “sumiso a todo, abierto” y mi primer acostón con Paulina fue en realidad en vertical y contra un librero. Cómo igualaré ésa con la siguiente mujer que tenga.
3. Septiembre y todito el año: Traté de emborracharme sólo en casa y terminé en bares de diverso pedigrí, en vías públicas, autos sofocantes de tanto cigarro y fiestas multitudinarias.
4. “Como Proust sé un viejo dopado del tiempo”. Hecho. Por eso perdí octubre y noviembre. En verdad. No los recuerdo, son irrescatables.
5. Diciembre. “Elimina las inhibiciones literarias, gramaticales y sintácticas” y sociales, corporales, económicas. Ejemplo: cuando busca uno en el cenicero la colilla más rescatable y luego se enciende los dedos, se está liberando.
6. Mariano apareció en enero. “Composiciones salvajes, indisciplinadas, puras, brotando desde abajo, cuanto más locas mejor.” Ojalá pudiera ser un bicho en su cerebro, uno con grabadora.
7. “Sopla tan hondo como quieras soplar” y succiona y bebe y deglute. Pero sobre todo inhala tan pronto y profundo como puedas porque la humedad de febrero la apelmaza en cinco minutos.
8. “Tics visionarios temblándote en el pecho”, qué alivio, no es la cruda, es el camino a la madurez. Algo así como la iluminación de un homeless.
9. Abril. Palomeo todos los esenciales de Mr. Beat: los que hice, los que no y aquéllos que no entiendo J ni K.
10. Él dijo “ama tu vida”. Ajá. ¿Se lo dices tú o se lo digo yo? Va, yo lo hago: Jack, viejo, el día que quieras te regalo la mía. Bueno, excepto mayo porque ese mes fue de Paulina.
11. “Acepta siempre la pérdida”, este junio se cumplió un año. Mi hermana.
12. Julio. Aquí. Hoy. Ésta es para ti (y para Jack, el gurú más perdido que uno puede tener): “Lucha para dibujar el flujo que ya existe intacto en la mente.” Por favor vuelve. No escribir el libro sería lo de menos pero que te quedes en el paréntesis me comprime los pulmones. Al alto vacío.
Bueno, tranquilicémonos. Esto no es un lamento, es terapia. ¿Y sabes qué? Tanto recordar me ha dado sed. Un vodka tonic, un cigarro y Tom Waits: “Now it’s closing time, the music’s fading out, last call for drinks…” Uff, me barrí, deja me recoloco: un hospital, un monitor y tus signos vitales. Pero oye, al menos tú tienes suero y en cambio yo me he aventado horas en seco.

Taller 12: encuentros al margen de la página

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A todos, aquí van comentarios a los diálogos.

FALSO: la presentación entre ellos me confunde (“-¿Por qué dices eso del rumbo [...] a hablar con un desconocido, verdad?, te entiendo”) tal vez es un lío de guiones y ya. Curioso: me pareció que Dustin hablaba más como Lepe. Me gusta la pedota que trae, avisa algo más grave, tal vez Clara se fue sin él.

BUZO: “Andrea le había caído bien”, estaría mejor notarlo que aclararlo. “Algo pasa con la lluvia”, demasiado hermético para mi gusto. No encontré a los personajes, podrían ser otros, quienes fueran, no los que hemos conocido en las respectivas novelas.

S3CO: “¿es desmadre?”, creo que falta articularlo mejor. “Ir a Oaxaca implicaba que también dejaras tus temores de chilanga en el DF”, demasiada explicación rebuscada para una situación más inminente (tal vez sólo “ya hombre, no seas chilanga”, algo así). Me gusta cómo presentas a Ximena, creo que la reivindicas.

LUCERO: me da la impresión de que no te apropias de Miranda, según yo no hablaría así: “sólo demuestra tu ignorancia” o “el secreto de mi identidad es una muestra de poder” por ejemplo. Tal vez diría “mi reinita” más que “hermana”. Demuestra y muestra quedan muy cerca, me hace ruido. El final me gusta, logras ese giro como en el ejercicio de la niña y el perro.

AVE AURA: retratas fielmente a Sobera y a Nicolás, es fantástico cómo podría ser un fragmento tanto de una novela como de la otra. Me gusta la reflexión ligera y veloz de los escritores que narran historias aunque nadie las lea.

CIENCIA VUDU: A Sobera le gusta ese pequeño coto de poder, es simpático verlo así. O tal vez es la visión de la Chaparra: todos son medio pasados y ojaldrines y su mejor defensa (quizá la única) es que le importe un pepino. También pudimos ver a la hermana que siempre causa cierta expectativa. La hermana no es importante en sí, es lo que vemos de la Chaparra al hablar de ella.

Comentarios a 4/7

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Ya están los comentarios a la cuarta entrega de mi novela, si quieren darse una vuelta. Gracias

Álvaro

Alberto

S3CO

3/7 corregida

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Aquí están las correcciones a 3/7. A sugerencia de El Lector agregué algo al inicio del capítulo 16, a ver cómo lo ven. El cree que vendría bien regresar al hospital donde está Nicolás con Carlota en cama y algo tiene que ver con la sugerencia que Mónica hizo desde la primera entrega.
Espero no estarlo subiendo demasiado calientito.

16
Vino la enfermera y me apañó hablando solo. Bueno, perdón, no quise decir eso. Tanto como solo no, si estoy contigo, pero puso esa cara sardónica que se le dedica a los ancianos cuando actúan de forma infantil. Sin quererlo, la mujer estuvo a punto de romper la ilusión, pero no, lo decidí desde que llegamos y a eso me apego: yo aquí me quedo, compro la receta de los doctores optimistas y no de las enfermeras aguafiestas como la que recién se fue. Me uno a millones de religiosos que dicen que todo es cuestión de fe. En una de ésas, no sólo mi voz te guía sino que a tu vuelta tienes incorporado todo lo que te he dicho. Mi voz no habrá sido tan sólo un lazo sino también una red de información. Piensa en el tiempo que ahorarríamos.

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Taller 8: Nicolás y Lucero se encuentran

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—¿Te ayudo en algo?—, le digo a la figura que está en el pasillo de Jurídico y no obtengo respuesta.
—Oye…— insisto. La última hora de trabajo me agrada porque la biblioteca suele estar vacía y aprovecho para estirar las piernas, pasear con el carrito de devoluciones, reubicar los libros acumulados.
Me acerco a ella y trato de levantar un perfil: no parece estudiante de leyes y vaya que me he vuelto bueno en identificarlos. ¿Historia?, ¿Sociología?, habrá que ver las tareas que les dejan a éstos, nada que ver con lo suyo.
Ella es toda concentración. Me acerco y doblo el cuello para alcanzar a ver la portada del libraco: “Código Penal” dicen las letras doradas. Con su dedo sigue el rastro del texto: “…de 25 a 50 años en caso de homicidio agravado a cónyuge o consanguíneos.”
—¿Problemas en casa?— digo sonriendo pero ella me devuelve una mirada inclemente, castiga mi transgresión. Creo que la mosqueo y como se nota que no le agrada me alejo un poco. Vaya, hasta ahora noto que viene en camisón. Así es, camisón y pantunflas. México ha perdido todo principio de etiqueta. Me apena mi comentario porque de seguro sí tiene problemas en casa, al menos con su lavadora.
—Ehh, oye, ya vamos a cerrar… — y de nuevo me manda esa mirada que no sé qué tiene pero lastima, hay algo en sus ojos que perturba. Debo ser yo. Tengo que dejar de enfiestarme entre semana.
Las tiras de neón en el techo son un castigo para mi cruda y tal vez para la suya también: ella se ve más pálida que yo y eso ya es mucho decir. Pero no hay excusa, bien podría contestarme, ser estudiante no significa que hay que ignorar al infeliz del bibliotecario.
—Si te lo vas a llevar necesito tu credencial— digo lo más serio que puedo. Ahora el molesto soy yo. Que venga a pedir mi ayuda a ver qué recibe.
Más tarde, al cerrar, voy a buscarla y no la encuentro. Todo está en su sitio incluyendo el tomo de Código Penal. Carajo, debo estar más crudo de lo que creía.