Disaki

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El Caballero del Desierto (1/7)

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EL CABALLERO DEL DESIERTO

AUTOR: Disaki

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PRÓLOGO.
Tres años atrás

Un matorral. Alexander Cohen lo observaba detenidamente, quizá esperando que de un momento a otro estallara en llamas parlantes, tal y como lo había leído hasta el cansancio en sus libros sagrados. A pesar de los años que llevaba cabalgando por el desierto de Arizona, aún le seguía maravillando. Finalmente —pensaba—, lugares como ese, o como Judea, el Gobi o Arabia Saudita, eran cuna de hombres del mismo tipo: afilados, tenaces y conscientes que la voz de Dios sólo puede escucharse en esas soledades.
Alzó la vista para encontrarse con la tiniebla en la que se fundían el horizonte y el cielo, diferenciados únicamente por los manchones de luz que eran las estrellas. Encendió su linterna, apuntó el haz hacia el piso y dudó por un momento que tan anémica iluminación fuera capaz de mostrarles el camino a él y a sus hombres.
Necesitaba más luz.
Se sacudió las botas y masculló. Baruj Ata Adonay, Eloheinu Melej Ha’olam. Le vino a la memoria su padre. Era muy probable que, de haber vivido lo suficiente como para enterarse de su ocupación, el anciano hubiera agitado la cabeza con ese gesto tan suyo, mezcla de dulzura y regaño, con el que lo reprendía de niño. “Nosotros también vagamos por desiertos buscando nuestro lugar”, le hubiera dicho.
-Todo listo, teniente -le susurró William Forger, su segundo al mando, sacándolo de la ensoñación-. Los ilegales están detrás de aquellas rocas -señaló al horizonte-. Cohen tomó sus binoculares infrarrojos para observar el punto. De entre la formación pétrea se elevaba una aguja de humo.
-¿Qué hora es? -le preguntó a Forger.
-Las cinco cuarenta y uno.
-Tenemos como diez minutos antes que amanezca. ¿Se comunicaron los helicópteros?
-Sí. No han visto pasar a nadie.
-¿Cómo están los perros?
-Con los colmillos listos.
-Dile a Alonzo que no les retire el bozal.
-Pero…
-Hazlo.
Farfullando, el segundo al mando regresó al canal seco en el que estaban guarecidos los hombres. Las siluetas oscuras y la posición de los agentes les daban el aspecto de escorpiones agazapados en su nido. El silencio, como la oscuridad, era casi absoluto, apenas rasgado por el aserrar de sus respiraciones. La tormenta de arena que unos minutos antes les había azotado los rostros, amainaba por fin. Forger se dirigió al agente que cuidaba a los canes.
-Mantenlos amordazados.
El joven asintió con la cabeza para luego acariciar las orejas de los dos pastores alemán que por tres días los habían guiado. Los animales se calmaron; él, no. Era su primera misión de campo y estaba tan ansioso que sentía la sangre salírsele por las orejas. Otro de los oficiales, Geronimus Sandhorse, lo llamó con un gesto. Se separaron un poco del grupo para encender un par de lucky stikes.
-¿Qué piensas? -susurró Sandhorse, observándolo desde sus ojos de indio navajo. Alonzo escudriño el cielo con la mirada.
-Ni una sola rodaja de luna.
-Sí. A los polleros les ayuda- Geronimus se llevó el cigarrillo a la boca, lo chupó con gula y esperó unos segundos antes de liberar el humo por las fosas nasales-. Lo que me jode es que ni siquiera sabemos a quién seguimos.
-Creo que es al Caballero -como en un duelo, Alonzo dejó escapar una bocanada-. Se lo escuché decir a Forger en la mañana.
-Humm… ¿Y para qué tanto secreto?
-No querían filtraciones. Acuérdate que hay soplones entre nosotros.
Sandhorse chasqueó la boca
-¿Y ponen a Cohen al mando de esta operación? Mandan al coyote a cuidar gallinas.
-¿Por qué lo dices?
-Es al primero al que deberían investigar.
-¿Por qué? El teniente es un buen policía.
-¡Je! -respondió el navajo-. Se ve que eres nuevo.
-¡Apaguen eso! —les dijo Cohen con firmeza. Ambos tiraron las colillas y regresaron a sus posiciones. El jefe se encontraba ahora junto al grupo. Con una seña, les indicó que se acercaran a la manera de un equipo de Football.
-Esto es en especial para los que vienen por primera vez —hizo una seña con la cabeza a Alonzo—, pero también escúchenlo los demás. Sé que hemos pasado más de dos días a caballo, comiendo poco y durmiendo menos, así que ahora les pido estar alertas. Estamos siguiendo la pista de un traficante de personas; probablemente, el más famoso de todos ellos. El hombre es especialmente hábil y astuto, pues en los más de diez años que llevamos tratando de arrestarlo, apenas si nos ha dejado algún indicio. Su edad fluctúa entre los cincuenta y cinco y los sesenta años, mide aproximadamente seis pies de estatura y tiene un rostro muy peculiar, inconfundible -Cohen les repartió algunas copias fotostáticas-. Este es un retrato hablado del llamado Caballero del Desierto. En unos minutos, cuando capturemos al grupo de ilegales, quiero que estén muy atentos: es probable que quiera confundirse entre los indocumentados. Carguen sus armas con balas de caucho, pero sólo utilícenlas en caso de absoluta necesidad. Avancen en cuanto les de la orden.
Cohen se separó un momento del grupo para observar el cielo. La negrura se comenzaba a rasgar en jirones morados. William Forger se acercó.
-¿Estás loco? -escupió las palabras con furia-. No quieres que les quitemos el bozal a los perros ni que utilicemos balas de verdad. ¿Y si estos greasers están armados?
-No lo están. Él no usa armas.
-¿Cómo lo sabes?
-Lo sé, simplemente -Cohen se limpió las sienes con la manga.
-Disculpa -Forger hizo una caravana irónica—, no recordaba que tú y él son compadres.
-¿Hay algo que quieras decirme? —Cohen levantó la mirada para clavársela a Forger.
-Nada -el segundo al mando retrocedió un paso-. Sólo que a veces le tienes demasiadas atenciones.
-Me salvó la vida ¿Recuerdas? —se volvió hacia los agentes-. ¡Avancen!
En un momento, el grupo corría desbocado, con las armas en alto, hacia la formación rocosa.
-¡Patrulla fronteriza! —gritó Forger- ¡Quietos todos!
Los perros hicieron sentir el poder de su musculatura por lo que Alonzo, correas en mano, tuvo que acelerar el paso para no ser arrastrado. Saltaron las rocas. Ahí, en el lugar en donde esperaban ver una docena de wetbacks aterrorizados, sólo encontraron envases vacíos, pañales usados y envolturas de comida. Los canes, comenzaron a remover un montón de trapos sucios. Justo en el centro, humeaba la fogata que los había guiado.
-No hay nadie, jefe.
-¿Cómo? —preguntó Cohen cuando los alcanzaba.
-¿Qué dem…? -balbuceó, lívido, Forger-. No, no es posible. Entonces ¿Por qué los perros estaban tan agitados? ¿Y el humo?
Alonzo fue hacia los pastores y tomó un trozo de tela. Olfateó el despojo. Sonrió. Su padre tenía una clínica veterinaria en Douglas, y en ella, durante sus veinte años de vida, había olido el mismo aroma con el que esas ropas estaban impregnados: fluidos de perra en celo.
-Es un señuelo.
-¿Y el humo?
-Hay trucos, jefe -le contestó el navajo-, trucos que saben los indios para hacer que una fogata encienda horas después de haber sido abandonada.
Forger pateó las piedras que rodeaban la fogata, dispersando las cenizas por el suelo. Cohen, por el contrario, se dedicó a observar los restos del campamento abandonado. En silencio, se inclinó para recoger una cáscara de limón.
-Hoy no te me escapas -Masculló al tiempo que sostenía el pedazo de cítrico entre sus dedos-. Pongan atención, esto aún suelta jugo. No hace mucho que la tiraron, por lo que no deben estar lejos -con su radio transmisor dio indicaciones a los helicópteros-. Me informan que no pasaron ni para el noreste ni para el noroeste; por lo tanto, solo pudieron caminar al norte, hacia la interestatal ochenta y seis.
-¡Muévanse! —gruño Forger.
Los hombres corrieron a sus monturas, resguardadas a medio kilómetro, y en treinta minutos llegaron a la carretera. Cohen, luego de cierta deliberación, ordenó cerrar la vía a pesar de las quejas de los camioneros que esperaban llegar a Phoenix antes de mediodía. Los oficiales fronterizos desmontaron para recorrer la carretera a pie, escrutando el interior de los vehículos. Se escuchó el aletear metálico de los helicópteros aterrizando en las cercanías. Momentos después, los pilotos se unieron al grupo con sus cascos bajo el brazo. Cohen se les acercó.
-¿Vieron algo durante la noche? -les preguntó Alexander.
-Tuvimos problemas, señor -le contestó uno de ellos. Aún con los infrarrojos, no hubo mucha visibilidad. No pudimos distinguir nada.
Cohen fijó su vista en un punto en el camino. Pareció hablar solo, pero los pilotos adivinaron a quien se dirigía.
-Y ahora… ¿Cómo lo hiciste?
-Algo debe haber, alguna pista -Forger masticaba las palabras con nerviosismo. De repente Sandhorse, sin poder evitarlo, comenzó a reír.
-¿Cuál es el chiste? -le gritó, encolerizado, el segundo al mando.
-Creo que encontré algo.
Todos fueron a donde estaba el navajo, quien les mostró nueve mantas de lona, teñidas con el mismo tono rojizo de la arena del desierto, tiradas junto a un matorral.
-Es por eso que no los vieron los pilotos -explicó Geronimus Sandhorse-. Se fueron cubriendo, en medio de la tormenta de arena, hasta que llegaron aquí. Muy listo.
-¡Carajo! —aulló Forger, quien se volvió para enfrentar a los pilotos-. ¿Y los instrumentos no detectaron nada, o ni siquiera los usaron?
-Lo hicimos -le contestó uno de ellos con la vista en los zapatos- , lo que pasa es que no sirven de mucho cuando hay tormenta.
-Cálmate, Forger -ordenó Cohen-.Hicieron bien su trabajo. Déjalos tranquilos.
Forger se quitó la tejana, se secó la frente con un pañuelo. A pesar del calor, que aún no era muy intenso, sudaba. Se acarició los bigotes rubios mientras intentaba respirar con normalidad.
-No pareces molesto ¿Sabes? -le dijo a Alexander al tiempo que se calzaba de nueva cuenta el sombrero-. Es más, casi pareces feliz de que haya escapado.
-¿Qué podemos hacer? Nos ganó de nuevo -se volvió a sus hombres-. Abran la carretera otra vez. Nos retiramos.
Los policías fronterizos desbloquearon la vía y regresaron a sus caballos. Las hélices de los helicópteros comenzaron a levantar rulos de polvo. Solo se quedaron atrás Alonzo y Sandhorse analizando los rastros que había dejado el pollero.
-Pues bueno, sabemos que se los llevó de aquí en cargueros -dijo el navajo-, que pasaron por aquí antes del amanecer -se inclinó para tocar las marcas de neumático con la yema de los dedos-. En este momento deben estar bañándose en Tucson, o durmiendo en un ómnibus, cerca de Las Vegas.
-Fuera de peligro
-Así es. ¿Sabes? Los viejos de mi pueblo cuentan que el Caballero no es un hombre, sino uno de los espíritus del desierto, que nunca lo atraparemos ya que esta hecho de arena y es capaz de desgranarse para viajar entre los vendavales.
-¿Sabes, Geronimus? -suspiró el novato-. Lo estoy comenzando a creer.
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CAPÍTULO I
El forajido sureño

Lunes
Cuando Serafín bajó del autobús, tuvo que cubrirse la boca.
Siempre le había molestado el olor a diesel quemado, tan impregnado en todos los rincones de cualquier central camionera. El calor de Ciudad Juárez aún era soportable en ese abril, por lo que decidió no quitarse la chamarra de cuero. Fue al costado del vehículo a recoger su equipaje.
-¡Uta, ése! -comentó el maletero al darle la maleta—. Ni trae nada.
El recién llegado, con una sonrisa apenas visible, le quitó el bulto, lo cargó en la espalda y fue hacia la salida para tomar un taxi.
-¿Ónde te llevo, bato? —le preguntó el chofer, un hombre de lentes gruesos y ojos que oscilaban entre la calle y el retrovisor.
-Avenida Juárez.
-Mira, amigo -le dijo el taxista al tiempo que arrancaba. Tomó unas tarjetas y se las dio a Serafín-, si vas a la avenida Juárez, te puedo llevar a un lugar en donde las morras están bien suaves. Mira que ahorita el calorcito está rico, como que se antoja una beerria bien fría y una chamaca bien encuerada al lado, ¿cómo la ves?
-Tal vez luego.
-Ándale, no le saques -el chofer dio una vuelta a la derecha desde el tercer carril, ocasionando que los otros automovilistas frenaran chirriando las llantas. Ni siquiera se molestó por la lluvia de mentadas de madre que le dedicaron-. Mira que a mí me dan descuento por ser golden miember. Si te llevo ahorita nos hacen rebaja…
-No.
El taxista trató de insistir, pero se topó en el espejo con la mirada de Serafín. Tal vez por lo enrojecidos que tenía los ojos o por la furia que parecía gotear de ellos, prefirió guardar un silencio de lápida durante el viaje. Conforme cruzaban la ciudad, Serafín admiró el paisaje, escaso de árboles, repleto de coches en ruinas. Los hierros retorcidos de las carrocerías hacían la función de jardineras y prados. Lo disfrutaba, era de su gusto aquella ciudad en donde lo mismo se podía encontrar el cadáver de un automóvil en la calle que el de una mujer en los llanos o el de un traficante cosido a tiros en cualquier bar.
No bien llegaron a su destino, Serafín saltó de la unidad y le extendió un húmedo billete al chofer, quien se olvidó su costumbre de pedir propina y arrancó hasta perderse en el tráfico. Se tomó su tiempo para caminar, mochila al hombro, por la avenida. Pasó por los bares de la ciudad, en servicio desde las once de la mañana; pasó junto a los restos de lo que fuera el Noa- Noa, el mítico cabaret que alguna vez fue estandarte de la ciudad y que terminó sus días en un incendio. Dos cuadras antes del puente internacional, entró a una cafetería de vitrinas legañosas. El lugar estaba casi vacío, pero de la cocina ya salía el olor a café y frijoles guisados. Salivó: no había comido en las catorce horas que había durado su viaje.
-¿Qué te traigo, ése? -le preguntó el mesero, un grueso muchacho de red en el cabello y mandil sucio-. ¿Unas burritas de carne?, ¿suny egs guit jam? ¿Jot queis guit jony an beicon?
-Tráeme una carne asada con huevos -respondió Serafín-. Y quiero ver quien me puede dar referencia del Caballero.
El mesero escribía la orden, pero al escuchar el nombre, detuvo la pluma un segundo, observó de arriba abajo al recién llegado y continuó escribiendo.
-Espidamente te traigo tu botana, ése —le contestó el mesero y se metió a la cocina. Diez minutos después se encontraba de regreso con el plato, una canasta con pan y un café negro.
-Aquí está, bato -dijo el muchacho, con la frente sudorosa, mientras colocaba los cubiertos-. Almuerce a gusto, y cuando acabe, búsqueme en la cocina.
Serafín comió con un gusto que hacía tiempo no sentía. Después de terminarse el café fue hacia la puerta abatible por la que había entrado el mesero. Lo encontró junto a una tarja, lavando los platos de la noche anterior.
-Sígueme -ordenó el muchacho mientras se secaba las manos. Ambos se metieron a un cuarto lleno de cacerolas y comida empaquetada. Ya dentro, el adolescente se quitó el delantal.
-Entonces quieres ver al Caballero.
-Sí. Quiero pasar al otro lado.
-¿Y cómo sabes que aquí lo puedes hallar? A mi se me hace que eres policía o pefepe ¿O no?
-Ni uno ni otro. Escuché que los enganches se hacen aquí.
El joven soltó una risa.
-¿Cuáles enganches, ése? Ni que fuéramos qué. Eso suena como a padrotes, y pos no -hizo una pausa para quitarse la red del cabello-. Pues bueno, yo te puedo ayudar para que te arregles con él -se acercó a la puerta, la entreabrió, miró hacia fuera y la cerró con seguro-. El Caballero te puede pasar, pero no es barato. Te va a salir en dos mil cueros de rana.
-Por eso no hay problema -contestó Serafín, mientras abría una de las bolsas de su maleta. El muchacho lo detuvo con un gesto.
-No problem, ese, aquí no. El bisne está así: la noche antes que salgamos, pagas mil dólares. Lo demás nos lo das en cuanto estemos del otro lado. ¿A qué parte de los Estates quieres ir?
-Phoenix.
-Suave. Nos la pones facilita. Antes pasábamos por acá por Texas, pero desde que los migras de El Paso se pusieron locos, ya está bien cabrón. Ora viajamos por Arizona, por el mero desierto, lo cual me lleva a lo otro ¿Cómo andas como para caminarle?
Serafín observó la barriga del muchacho.
-Mejor que tú, sí -respondió.
-¡Qué pasó, bato! Si así como me ves, he cruzado el Altar más de tres veces. No creas que es panza, es nomás músculo reposado -el mesero soltó una carcajada, que no tuvo respuesta-. La próxima salida es en dos semanas.
-¿No hay alguno antes? Me urge llegar.
-No, bato
-Por ahí me dijeron que parte un grupo mañana por la mañana.
-¡Ay, cabrón! Qué bien informado estás. Se me hace que sí eres agente.
-Tranquilo, no te saques de onda. Lo que pasa es que un camarada que pasó con ustedes el mes pasado me dio el pitazo -contestó Serafín. El muchacho lo observó detenidamente, con el seño endurecido-. Mira, te voy a decir la verdad. Mi papá está en Phoenix, muy grave de la diabetes. Me dijeron que no dura más allá de este mes y quiero pasar a verlo ante que se… —Serafín bajó la mirada— ¿Podría hablar yo con el Caballero en persona? Le puedo explicar.
-Eso sí que no, ése -el gordo chasqueó la boca-. Cualquier bisnes es conmigo.
-Está bien, está bien -Serafín buscó otro paquete de dinero y se lo mostró al muchacho-. Si me haces ese favor, te doy mil dólares aparte, nomás para ti.
-No es por eso, bato -el gordo observó el fajo de billetes, se rascó la cabeza y asintió-. Ámos a hacer una cosa: déjame hablar con el Caballero. Sí él está de acuerdo, te vas mañana con nosotros. Te voy a echar una mano nomás porque mi jefita también está enferma y se lo que debe de andar padeciendo tu apá. Vete al hotel que está frente a catedral y regístrate con el nombre de Simón Pérez. Te hablo por ahí de las once y ya te digo.
-¿Te doy el dinero ya?
-No, no. Aguanta que hable con él -el gordo le puso la mano en el hombro-. Lástima lo de tu jefe.
-Gracias ¿Y tú como te llamas?
-Soy el mero mero Sapo, el pachuco más bailarín de todo Juárez. Me llamo Lorenzo López, ¡Pinche nombrecito de hijo no deseado! Me lo puso mi amá nomás de carrilla.
-¿Espero tu llamada, entonces?
-Pero butofcors que sí, ése. No te vayas a salir a congalear, ¿eh?

McKeena cabalgaba sonriente en medio de su ganado.
El ranchero sabía que las vacas longhorn podían llegar a ser muy agresivas; especialmente si una de las hembras tenía un becerrillo y algún despistado se acercaba demasiado. A pesar del gancho que le sustituía la mano derecha, McKeena sostenía las riendas con habilidad. Dicho artilugio, que a muchos les parecía digno de bucaneros, a él le resultaba especialmente útil: podía afianzar con facilidad un lazo, apoyar el cañón de su escopeta o tirarle media dentadura a cualquiera con un solo movimiento. El ranchero hizo cuentas acerca de las cabezas que podría vender para el siguiente mes. El sol ya pesaba, pero su piel, curtida en desiertos tan crueles como el de Arizona, apenas se notaba enrojecida.
Terminada la revisión, salió de entre el rebaño y le indicó a los capataces que llevaran a todas las reses a pastar en los alrededores. Algunos jinetes de piel morena ya esperaban fuera del rancho. McKeena sabía que para administrar un rancho sólo eran necesarios unos cuantos empleados: sus capataces. Sin embargo, para otros trabajos más físicos como sacar al ganado a los pastos, limpiar los corrales, marcar a los animales o repararan las cercas le hacían falta vaqueros. Años antes, en sus inicios como ganadero, había hecho todo lo posible por no contratar hispanos, pero le fue imposible: los cowboys Mexicanos, casi todos provenientes de Coahuila, eran los más capaces que podía encontrar; además, cobraban mucho menos que sus contrapartes anglosajonas. McKeena se convenció un día que vio a los coahuilenses lazando y marcando las reses. Lo hacían con tal pericia que, cuando concluyeron, se acercó para dedicarles el más grande cumplido que podía ofrecerles: podrían ser americanos.
Cuando los jinetes se alejaron, McKeena respiró con libertad y se dirigió hacia su casa. Dejó su montura en los establos y anduvo el resto del camino a pie. En el pórtico lo esperaba Ethan, su hijo de cuatro años.
-Hola, kiddo -lo saludó.
-¿Cómo esta usted hoy, papá? -contestó el niño, en español. El rostro de McKeena pareció volverse de madera. Sintió de nueva cuenta el escozor en el muñón.
-¿Qué dijiste? -dijo el ranchero en inglés, recalcando la pronunciación de cada letra.
-Te saludé. Me lo enseñaron hoy en la escuela, papi -contestó el niño, amedrentado.
Johana, la esposa de McKeena, se recargó en el marco de la puerta después de abrir el mosquitero. A pesar del desaliño y de la falta de maquillaje, la mujer podía hacer que más de un transeúnte la siguiera con la mirada. De la cocina se desprendía el olor del almuerzo recién cocinado: scrambled eggs, bacon, toasts and coffee.
-Querida -se dirigió el ranchero a la mujer-. ¿Les enseñan español en la escuela?
-Si, Wyatt. Es una materia nueva.
-Habla con la maestra y dile que mi hijo no asistirá más a esa clase.
-Pero, Wyatt…
-Sólo hazlo.
-La mujer asintió y cargó al niño. McKeena se acercó y se lo quitó.
-Ven conmigo, Ethan -le dijo al niño, al momento que lo besaba-. Tenemos que hablar.
-¿Estás enojado, papa? -le preguntó el chico, engrandeciendo sus ojos verdes.
-No. No podría enojarme contigo. Ven acá.
El ranchero sacó su hijo al pórtico, ambos se sentaron en la silla colgante de madera que estaba junto a la entrada principal.
-¿No te gustó lo que dije? -preguntó Ethan, aún incrédulo.
-No por ti, hijo. Es sólo que no me gusta el español
-¿Por qué?
-Algo que me pasó hace tiempo. ¿Tienes amiguitos que lo hablen?
-Si -el rostro del niño se iluminó- Está Jovita, está Manuel, está también…
-¿Sabes que no debes de platicar con ellos?
Ethan tardó unos segundos en responder.
-¿Por qué?
-Porque esos niños no deberían estar aquí. Esos niños tienen su país y ahí deben de estar.
El niño lo miró extrañado.
-Pero, papá, ellos nacieron aquí. Juanita es de Douglas, Manuel de Bisbee… También son americanos.
-No, hijo, no lo son. Nosotros hablamos inglés. Ellos hablan su idioma.
-¿Y no podemos nosotros hablar español?
-¡No! -gritó McKeena, y después de arrepintió al ver el rostro de espanto del pequeño-. Perdón -el ranchero le acarició la cabeza a su hijo, hasta que se calmó-. Los americanos tenemos nuestro idioma y nuestro país. Ellos tienen el suyo, que está al sur. Es por eso que no debes charlar con ellos.
El niño lo observó indeciso.
-Por su bien y por el nuestro, no debes hablar con ellos. ¿Se lo prometes a papá? -Ethan se distrajo viendo hacia el horizonte. McKeena le tomó la barbilla con suavidad y le volvió el rostro hacia él-. ¿Me lo prometes?
-Okey.
-Me parece bien -el hombre le besó en la cabeza.
-Papi. ¿Hoy en la noche vas a salir a cazar?
McKeena admiró el manto escarlata con el que el cielo desértico se comenzaba a vestir. Miraba hacia el sur.
-Si, hijo. Hoy es noche de caza.

Forger encendió el aire acondicionado de su camioneta, estacionada junto a un McDonalds a las afueras de Tucson.
Estaba aún furioso. El comandante de la sección Santa Cruz, su superior jerárquico, lo había reprimido por el fallido operativo. “Tú y tu obsesión con el jodido Caballero”, le había dicho el viejo Johnson desde su escritorio de acrílico. “Ya te pareces a Cohen, solo que él no era, ni por asomo, tan idiota como tú. ¿Qué es lo que les obsesiona de ese tipo? Es un pollero más.”
Forger estuvo a punto de contestarle, de escupirle el desprecio que siempre le había guardado y de arrojarle la placa al rostro, pero prefirió bajar la vista y esperar a que pasara la reprimenda. Luego de algunos “Sí, señor”, dichos con voz quebrada, y de dos o tres promesas de eficiencia, salió de la oficina de Johnson para dirigirse al lugar de su cita.
Fue cuando el rugido de un motor lo distrajo. Una camioneta Lobo con placas de Texas se había estacionado junto a la suya, rechinando las llantas con desparpajo. Era él. Traía la camisa sudada y los jeans arrugados. Sonriendo, se acercó.
-¿Quíhubo, mi Jefe Forger? —le saludó en español—. Discúlpeme que no le hable en inglés, solo que no quiero porque se me hinchan los huevos. Además, usted bien que habla el mexicano.
-¿Cómo estás, Diamante? —le contestó Forger en un español intencionalmente malo.
-Ora, pues —se rió el aludido, enseñando el trío de dientes de oro que le adornaban la boca—. No me presumas de gringo, pinche pocho güero de rancho —Forger resopló.
-¡Cállate, beaner!
-Bueno, bueno, gringuito bonito, ya estuvo -el hombre se pasó del otro lado de la camioneta del policía y la abordó. Ya dentro, le palmeó la espalda-. No se me enoje, pinche Forger. Nomás ando cargándole la carrilla. ¿Para qué soy bueno?
-¿Te acuerdas de los datos por los que te pagué unos buenos dólares? Pues no me sirvieron. El Caballero no estaba en donde dijiste. Quiero mi dinero de regreso.
-Órale, Órale. Ni que estuviéramos en el Wall Mart. Sabes que en este bisne no hay devoluciones. Además, ese cabrón siempre anda cambiando sus planes a la hora de la hora. Pinche cabrón, parece que se las huele.
-Era como si supiera que íbamos para allá -el policía fronterizo se volvió a ver al Diamante, viéndolo por encima de los lentes oscuros-. ¿No se te hace raro?
-¿Quieres decir que yo fui de chiva? -le contestó el Diamante, aún jovial, pero con rastros de enojo en la voz-. Ándale pues. Si yo soy el primero que quiere que te lo chingues. ¿No ves que es mi competencia?
-¿De qué te preocupas? Pasar pollos no es tu único negocio.
-Pos sí, pero ¿Tú no has querido ser alguna vez el único y mero chingón de algo? Yo sé que sí. Entonces ¿Por qué te chingaste a Cohen?
-Bueno, bueno. Eso es asunto mío.
-Ándale pues, gringuito -El Diamante sacó de la bolsa de su pantalón una ánfora de plata, le dio un trago y le ofreció a Forger-. Además, como eres mi prole, te tengo un regalo para que te pares el culo delante de tus jefes. Mañana voy a pasar unos pollos. ¿Qué te parece si los meto a un trailer, los llevo hasta la freeway 80 y te los dejo en la gasolinera que está a diez minutos al norte de Bisbee? Así nomás llegas a hacerte el héroe y me cae que hasta te sacan en las noticias de la morning.
Forger se acarició los largos bigotes. Alguna vez, durante un rodeo, le habían dicho que se parecía al Coronel Custer, solo que con los ojos cafés.
No le había gustado esa última precisión.
-¿Y a cambio de qué? -le preguntó finalmente.
-A cambio que me dejes pasar cuatro camiones de tres y media que van hasta Niuyor. Son de esos que llevan la fruta enfrente, y el azúcar en el fondo de la caja. Ya sabes qué, aparte de los pollitos, te incluimos unos ceros en tu cuenta del Wells Fargo Bank.
-Hecho. ¿A que hora me dejas a los greasers?
-Como a las diez. Nomás te mueves rápido, porque si llegas pasando el medio día seguro que te encuentras puro pollo al vapor -El Diamante, como siempre que se encontraban, admiró con cierta envidia el mostacho de William Forger y lo comparó con los dos o tres pelillos que malamente le pintaban las mejillas. Abrió la portezuela y descendió. Ya fuera, se acercó a la ventanilla de Forger -. Oye, compa. Sé que no hay pedo contigo, pero ¿Y las demás policías?, ¿La estatal?, ¿la DEA?, ¿Crees que no me chinguen?
-No te preocupes -Forger encendió su vehículo y metió el embrague-.Yo me encargo de negociar con ellas.

Serafín se terminaba de duchar cuando recibió la llamada del Sapo.
Aún con la toalla alrededor de la cintura, escuchó al muchacho dándole indicaciones. Las memorizó y colgó. El baño le había quitado el sueño, pero no lo suficiente, así que destapó el frasco de píldoras que había comprado en la central camionera con una receta falsificada. Tragó cuatro y de inmediato sintió como si pequeños látigos le comenzaran a golpear dentro de la cabeza. Se vistió mientras se observaba en el espejo. Sabía que aparente delgadez era una ventaja, pues le hacía pasar desapercibido, e incluso, menospreciado. Se puso la camisa, la abotonó, y se dio cuenta que la camarera había dejado una jarra con agua en el tocador, además de un frutero con naranjas. Serafín se colocó el reloj de una manera casi ritual, pasando la correa por debajo de la muñeca con la misma seriedad con la que un soldado se coloca sus insignias. Antes de irse, no pudo soportar la tentación. Tomó una de las frutas y la apretó. En segundos, quedó hecha pulpa en su mano.

Un cuarto de hora más tarde se encontraba en el Zócalo de Juárez. Anochecía y las calles se iban despoblando. La gente regresaba a sus casas temiendo la caída del sol. Sabían que los cholos salían a asaltar apenas oscurecía y que los narcos se acribillaban entre si, por quítame éstas pajas, todas las noches, en los bares de la zona. Serafín, en cambio, se sentía en su casa.
Frente a la catedral, la antigua misión de San Francisco, lo esperaba el Sapo tomando una coca cola. El muchacho le palmeó la mano a modo de saludo.
-¿Qué pasó, ese? ¿Cómo te trata Juaritos?
-Bien -contestó Serafín, mientras observaba los alrededores
-Oye, Bato ¿No has dormido bien? Como que te veo bien cripy.
-Me da insomnio cuando viajo -el hombre escupió al lado-. ¿Y el Caballero?
-Por ahí anda. ¿Tienes la mony?
Serafín torció la boca
-Oye, gordo ¿Y cómo se que de verdad trabajas con él?, ¿Y si te clavas la lana y me chingas?
-¿Cómo me crees capaz, ése? Si somos gente honesta y trabajadora -el Sapo se acomodó la visera de la gorra. Tomó de su cintura un teléfono celular y esperó unos momentos hasta que un bip le indicó la llegada de un nuevo mensaje de texto. Después de leerlo, asintió visiblemente.
-¿Pos qué crees, ese? Andas de suerte, hay lugar en el viaje que sale mañana. Ya me dieron grin lai. Si te cuadra, dame la mony. Si te agüitas, pos aquí le dejamos. Is yur chois.
-No, no -le tendió un sobre-. Confío en ti.
Mientras el cholo contaba el dinero, Serafín aprovechó para observar la plaza con el rabillo del ojo. Se fijó que entre la poca gente que estaba aún en el zócalo, había un hombre que leía el periódico. La distancia a la que se encontraba y el sombrero le impidieron a Serafín verle las facciones. Parecía demasiado tranquilo, demasiado concentrado en su lectura. Tuvo una corazonada.
-¿Y cómo le hacemos? ¿A qué hora nos vemos?
-Mañana a las cinco de la mañana te espero en una van roja, aquí enfrente de Catedral. Llega temprano nomás, que no nos podemos quedar mucho rato.
Serafín sacó otro fajo de billetes de su pantalón.
-Y esto es para ti, por el favor -se lo extendió. El cholo lo tomó, lo tuvo entre las manos un segundo y luego se lo regresó.
-Mejor guárdalo para las medicinas de tu apá.
-Gracias -Serafín sonrió levemente-. ¿Llevo algo, agua, suero…?
-Dongüorry. Nomás traite tu ropa y en camino vemos lo demás.
Cuando se separaron, ya había oscurecido.

La noche en Juárez era de colores.
Azul, amarilla, roja. Todas las tonalidades de neón que existen. Conforme Serafín caminaba, su piel parecía cambiar según la iluminación de la calle. Se sentía un camaleón. Observaba en las calles a multitud de chicos rubios, pecosos y ávidos que buscaban some mexican fun. Los gringuitos reían con bobera, mientras las muchachas, la mayoría vestidas de top y sin sostén, los incitaban a entrar en las muchas discotecas que había en la calle. Lo que le perturbaba a Serafín era el escándalo que salía de los bares. El ruido a esas alturas era para él como una broca en la cabeza. Se alejó un poco del bullicio y caminó por Belisario Domínguez en una ruta que no cualquiera se atrevía a transitar ni siquiera de día. Anduvo unos pasos, acomodándose la chamarra entre los yonkies que le alargaban la mano, en espera de un penny; luego, pasó a los transexuales que le ofrecían el cielo por veinte minutos; finalmente, llegó a la zona de picaderos. Varios de los que rondaban por ahí, drogadictos, traficantes, cholos, lo vieron, pero no intentaron siquiera cortarle el paso.
Entró a una casa que había vivido mejores tiempos, pero que ahora se caía a pedazos y olía a moho con orines. Un perro de tres patas se levantó del suelo e intentó ladrarle, pero con una sola mirada Serafín lo amedrentó.
-¿Qué es lo que buscas aquí, peláo? —le preguntó un hombre con pistola en mano. Se escuchó el corte de cartucho.
-Vengo a comprarte algunas cosas. El Culiacán me dio tu dirección -contestó Serafín con calma. El hombre relajó la expresión de inmediato y guardó su arma entre el pantalón y el estómago.
-¡Hombre, el Culiacán! ¿Por qué no me lo habías dicho?, ¿y cómo está ese peláo?
-Frío. Hace una semana lo plomearon en Sonora.
-¡Caray, que barbaridad! Ya no se puede con la violencia ¿Erdá? Por eso yo estoy a favor de lo mejor -dijo el tipo, al tiempo que se ponía en pie. Vestía una playera sin mangas, por lo que Serafín pudo verle las mordidas que la aguja le había dejado en los antebrazos-. Sí te mandó el Cuilas, que en paz descanse, no hay problema. ¿Qué se te ofrecía?
-Déjame ver qué tienes.
Pasaron a la otra habitación. En una mesa, había armas de casi todos los tipos: discretas pistolas calibre 22, cinematográficas escuadras 45, escopetas recortadas de calibre 12 capaces de arrancar un brazo de una descarga, machetes, cuchillos de caza, granadas, municiones… Serafín tomó varias granadas de fragmentación y una escopeta recortada. Sopesó el arma, apuntó con ella al techo, dudó, y al final la regresó a su lugar. Comenzó a ver las pistolas de escuadra, sin que le convenciera ninguna. Se fijó en que el hombre sin mangas conservaba la suya en el cinto.
-¿Y esa que traes? -preguntó Serafín-. ¿No la vendes?
-No, pelaó, ahí si te fallo. Quiero mucho esta arma: me la regaló mi abuelita en mi primera comunión -el hombre soltó una carcajada, haciendo que su cuerpo, casi esquelético, crujiera ruidosamente. Serafín esperó que se desmoronara de un momento a otro.
-Me tendré que llevar otra.
-Bueno, y hablando de bisnes ¿Si tienes con qué pagar? Porque luego el Culias me ha mandado cada bato que quiere todo al puro fiado que…
Serafín le mostró un fajo de dólares que lo calló de inmediato.
-Me llevo las granadas, ésta escuadra y cien municiones. Oye, solo por curiosidad ¿Son de las mismas que usa la tuya?
-Ofcors mai jors, peláo. Las dos son Beretta, la Ferrari de las fuscas -dijo el de la playera sin mangas, acariciando la cacha de su arma-. Pura tecnología italiana. Dame quinientos dólares y hasta te regalo unas balas expansivas, de esas que despanzurran bien bonito a los policías, nomás para que veas que somos camaradas.
Serafín dejó los billetes en la mesa. El vendedor los contó con avidez. Las manos le temblaban.
-¿Y qué vas a hacer con las manzanitas? ¿A quién le vas a volar las nalgas?
Sin contestar, lo tomó por la espalda y lo dobló hacia atrás, en arco. El comerciante de armas sintió que algo como la pata de un ave rapaz le apretaba la garganta. Quiso gritar, pero ya no pudo: sólo le salió un gruñido. Mientras se ahogaba con su sangre pudo ver su traquea y sus cuerdas vocales en la mano de su asesino.
Apenas el vendedor dejó de moverse, Serafín le quitó la beretta de la cintura y los dólares de la mano. Observó el arma. Le gustaba la figura de la serpiente, hecha de oro, que le corría en la cacha. Guardó las granadas y las municiones en su chamarra.
-Ahí que veas al Cuilacán, me lo saludas, peláo.

Taller 4: Comentarios a S3co y Ave Aura

Ejercicios de taller Comentarios »

“Dos caminos (2/7)”, de S3co.

Hasta el momento los distintos hilos narrativos que manejas se van entrelazando correctamente. Tu lenguaje es sucinto, pero claro (a lo Baricco). Utilizas pocos tropos, pero efectivos y acordes con la idiosincrasia y lenguaje de los personajes. Tu apuesta por la narración asíncrona trabaja bien.
La parte del informe al Pacho, aunque inverosímil, (¿Un narco recibiendo memorandums?), es hilarante. La parte en que los equis se presentan sube el voltaje de la narración hasta lograr que alcance tonos épicos.
Tres consideraciones que considero importantes: 1) la parte del atropellamiento no es muy clara (¿A quién atropellan?). 2) El párrafo: “Pensó en Tin Tán a bordo de…”, me suena espantosamente a lugar común condechi. 3) La parte de Miranda y Dakota debería de ir casi al principio debido a que es el principal (y más humano) conflicto de la historia.
Buenas letras.

“Muerte Caracol (2/7)”, de Ave Aura.

En general, el principal acierto que tienes es la facilidad con la que trasladas al lector de un universo narrativo (el de Carlos Sobera), a otro (El la novela del asesino del Caracol).
La parte IV, en donde desarrollas a la modelo y su mundo interior, es la parte más lograda del texto, pues logras hacer que Bety (nombre artístico), sea un personaje cercano y entrañable. Lástima que el asesino la tenga que cercenar tan rápido.
En general, el problema más importante que le veo a tu texto (a las dos partes), es el asesino: me parece de manual. Esquizofrenia, obsesión-compulsión, enuresis, animalitos domésticos muertos, todo eso remite a lo que el imaginario colectivo entiende como un serial killer. Creo que si quieres que tu texto sea mejor necesitas replantear seriamente a tu asesino para lograr que sea memorable, no sólo por dejar caracoles en los cuerpos, sino porque verdaderamente logre ser uno de los rostros de lo infame.
Buenas letras.

Historias de vida 2: “Lamento de Beba”

Ejercicios de taller 1 Comentario »

No es cierto lo que refieres, hermanita acerca del esposo de mamá.

No era él quien nos deseaba: Eras tú la que, desde siempre, desde que llegó a vivir con nosotras, te embelesabas con sus modos de soldado; eras tú la que olías y estrujabas su uniforme antes de lavarlo; eras tú la que podía escucharlo horas mientras platicaba de sus campañas en la selva, mientras nos contaba cómo clavaba agujas bajo las uñas de los guerrillas.

No era él quien se nos metía en la cama: fuiste tú la que le apareciste aquel día cuando se bañaba en el río; fuiste tú la que se le deslizaba junto mientras mamá salía a vender pescado; fuiste tú la que se le untaba en el pecho sin pelo y entre las piernas sin vello; fuiste tú la que se trenzó a golpes con mamá la noche en que regresó más temprano y te encontró enredada de su hombre; fuiste tú la que me convenció de acompañarte al norte cuando te quedaste sin casa y sin madre.

No es cierto lo que refieres, hermanita, acerca de los maras.

No fueron ellos quienes nos encontraron en Tapachula: fuiste tú la que, temerosa de lo que te hicieran, me empujaste fuera del vagón del tren. No fue a ti a quien le saltaron encima: fue a mi a quien agarraron; no fue a ti a quien golpearon: fue a mi a quien rompieron la quijada en el primer golpe. Suerte la tuya, pues así no pude decirles dónde estabas.

No fuiste tú a la que rellenaron de hombre: fui yo a quien cercaron entre sus cuerpos sudorosos y pintados; fui yo quien les recibió los machetes cuando se les cansaron las pichas; fui yo quien se quedó muriendo junto a la vía mientras tú salías de entre los costales para observar, fascinada; fui yo quien tosió sus alientos últimos mientras te alejabas pisando sangre.

Mi sangre.

No es cierto lo que refieres, hermanita, acerca de que sufres.

Historias de vida 1: “Yeimi´s Song.”

Ejercicios de taller 8 Comentarios »

Las notas de reggaeton se extienden como humo por todo el cuarto. De reversa, mami, de reversa, mami. Ahí estas, sentado. Eres igual a los otros puercos borrachos con los que trato todas las noches, el mismo aliento a bacardí y cigarro, la misma sonrisa chueca. Me quito el sostén y la tanga. Gruñes, alzas los brazos para agarrarme los pechos y me recuerdas a mi padre. Él fue el que nos estrenó a la Beba y a mí, el que nos estrujó las tetas cuando aún eran brotes, el que nos hizo crujir mientras mi madre fingía dormir en la cama de al lado.
Fue por eso que tomamos camino una mañana.
Bajas las manos y clavas las uñas en mis nalgas. De reversa, mami, de reversa, mami. Yo aumento el meneo, te acerco los pezones a la cara. Los chupas como sanguijuela mientras deslizo la mano hasta tu pantalón y te saco la cartera. La limpio de billetes antes de regresarla a su lugar. Tu pija se yergue por debajo, la siento, apenas puedo controlar la nausea que se me pega en la boca del estómago. Así de paradas estaban las vergas de los maras que encontramos en el tren. Recuerdo que, apenas pasando Tapachula, saltaron dentro del vagón y nos descubrieron atrás de los costales. Me amagaron entre cinco y me rellenaron todos los hoyos posibles, una y otra vez, hasta que dejé de escuchar mis propios gritos. Ahí estaban encima mío, con sus pieles entintadas, sus dientes podridos, su olor a mierda y pegamento. Quizá a la Beba la consideraron demasiado fea, pues si a mi me encajaron las pijas, a ella le tocaron los machetes. De reversa, mami, de reversa, mami.
Sin embargo, aprendí la lección: quien le controla el pito a los hombres, vive. Así lo he constatado en cada congal, cantina, table dance o estética a la que he llegado en mi camino al norte.
La canción terminó. Paga otra o lárgate.

Comentarios a la primera parte

Avisos 10 Comentarios »

De antemano, agradezco las críticas y los comentarios que se han hecho a mi novela, pues todos ellos son invaluables y me permiten afinarla y escribirla mejor.
Acá pongo los comentarios que hicieron de El Caballero del Desierto:

Mónica Lavín

Álvaro Enrigue

Y el entrañable compa, Ciencia Vudú

De igual manera, quiero destacar algunas críticas que me han hecho algunos visitantes al blog. Gracias por sus comentarios a:

Sabinazo

Enrique

Y Elías

Estóy tomándolos muy en cuenta para las correciones del capítulo 1.

Gracias muchas. Nos seguimos leyendo
D.

Ejercicio 2. Comentario a Del algodonal a la breña.

Ejercicios de taller 1 Comentario »

Encobijado del norte:

En primer lugar, me parece que la estructura que quieres utilizar en la novela es algo confusa y que para bien de tu obra debes de simplificarla. Con esto no quiero decir que la hagas “For dummies”, pues el lector no es ningún tonto: sin embargo, tampoco tiene la obligación de interpretar algo demasiado enredado.
Con respecto a tus fortalezas puedo apuntar:
• Tienes un excelente uso del lenguaje fronterizo y de la jerga policíaca. Tus diálogos, gracias a eso, fluyen y son verosímiles.
• Tus descripciones son claras, pues logras ubicar a tus personajes en espacio y en tiempo sin utilizar detalles en exceso.
• El lenguaje entre tus distintos personajes es congruente y bien diferenciado.
• Finalmente, en la sección “ellas”, logras aumentar muy efectivamente la tensión narrativa al describir parcamente los asesinatos y, poco a poco, por efecto de acumulación, cargar la historia de voltios. Muy bien.
Los detalles que creo necesario revisar son los siguientes:
• En la página 8, el diálogo entre Domingo y Esteban es demasiado didáctico y, por lo mismo, inverosímil. Es evidente que esta explicación de los asesinatos, más que ser un diálogo, es una explicación que das al lector por medio de tus personajes.
• En la página 18 el narrador omnisciente hace un juicio de valor dice: “Quien, al contrario de Urquidi, era agradable y delgado”. Recuerda que un narrador de este tipo NO puede hacer comentarios de ese tipo puesto que es neutral.
• En la página 20, cuando hablas de que la chica “… Había alterado su acta de nacimiento para aparentar diez y seis años”, sería más acertado decir: “…Para acreditar diez y seis años”.

En general, a pesar de los detalles, tu texto promete. Muy buenas letras y suerte.
Disaki.

Ejercicio de taller 1 (Comentarios de las sinopsis)

Ejercicios de taller 6 Comentarios »

LUCERO

Diario de un Matrimonio

Lucero:
De primera impresión, el resumen de tu historia no me parece muy atractivo: me suena a muchas otras historias de jovencitas ilusionadas por el matrimonio que poco a poco se desilusionan de su nueva condición (casi pude ver a Ana Claudia Talancón protagonizando las insufribles horas de letargo hogareño que sólo se diluyen entretejiendo chismes con la vecina o planchándose al repartidor de gas). Sin embargo, la vuelta de tuerca que propones es bastante atractiva: un desconocido rompiendo la madrugada y una bala silbando muerte son muy buenas excusas para que cualquier persona de un renovado sentido a su vida.
Ojala sea el caso para la sufrida señora Ruiz.
Disaki.
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FALSO

Los elefantes del Kilimanjaro

Falso:
He de decirte que a una primera lectura tu resumen me emociona. Esto es quizá por mis afinidades ideológicas, así que trataré de enfocarme en lo meramente narrativo.
Tu historia parte de un hombre que tiene una vida espantosamente normal. Tiene noviecita, coche y un empleo que le permite una vida relativamente apacible en la capital. Sin embargo, Dustin (el protagonista), no se encuentra del todo calmo: en su interior giran las furias de la rebelión y la lucha y, más aún, las de la búsqueda interior. Es por esa razón que regresa a su tierra para reencontrarse con su propia esencia. (Representada por Clara, su amor infantil, y quien en algún momento de la historia se vuelve su guía a través del viaje).
La historia promete. Se puede percibir que es sentida y cercana. Sólo una recomendación: cuida, al tratar el conflicto magisterial, de no volverla panfletaria.
Saludos.
Disaki.

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CIENCIA VUDÚ

No tengo tiempo

Ciencia Vudú:
Retratar la vida de un looser siempre es fascinante y es evidente que la entrañable Chaparra pertenece a tal especie. Todos sus gustos, hábitos y querencias (e incluso su apodo), están dirigidos a hacerla aparecer minúscula, ignorada, pequeña. Esta es quizá la mayor de sus paradojas, pues al querer pasar desapercibida, la Chaparra resalta; al querer desaparecer, hace que todas las miradas se vuelvan a ella. La Chaparra, en su actuar, hace que todo lo que le rodea se engrandezca: sus mediocres objetos del deseo (el ñoño de la hamburguesería, la pésima banda de rock), toman importancia por que a ella le importan, e incluso sus problemas (el complot ecoterrorista, el jefe acosador, la preparación de hamburguesas), adquieren talla época sólo por que es la Chaparra quien los enfrenta.
En pocas palabras, tienes entre las manos un personaje maravilloso. Cuídalo y deja que sea ella quien te lleve a donde quiera.
Disaki.
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CHIRINDANGAS

El ÚLTIMO POETA DEL UNIVERSO

Ése, mi Chirindangas:
Con respecto a tu novela, te quiero comentar que, en primer lugar, el hecho de que una simple incursión no solicitada en el chiquis-triquis de alguien ocasione un complot de carácter global para exterminar a todos los rapsodas del mundo me parece una idea tremendamente pocamadre (rectifico: no pocamadre, sino lo que está dos escalones más arriba). La presentación que haces del novillero (en alusión a picador), y poeta Marco Aurelio, causante de tal hecatombe, es excusa suficiente para leer toda tu novela de principio a fin, pues un personaje tan esperpéntico no puede sino regalarnos horas de hilarante diversión. La maquiavélica y rencorosa Astoriana es un personaje tan palpitante (en más de un sentido) que ruegas que su cruzada contra los poetas concluya con éxito.
Y, por supuesto, está ese Dios tan hasta-la-madre de sus patéticas criaturas. El pobre creador debe de sentirse hastiado un día sí y otro también de los desfiguros de la raza humana. Esa nueva versión tan bíblica del origen de Google Earth merece una segunda lectura.
En pocas palabras, tienes con qué.
Disaki.
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S3CO

DOS CAMINOS

S3co:
Me gustan las historias fragmentarias, especialmente si los fragmentos son de cristiano.
Me parece de gran oportunidad tu novela, la cual, tomando en cuenta que llevas por lo menos un año escribiéndola (asumo), creo que contiene más de una profecía cumplida. Si te fijas, yo ando por el mismo género, y me pasa lo mismo que te pasa a ti: no bien acabamos de poner el punto final de nuestra obra cuando la realidad ya nos ha rebasado por la derecha. En fin, cosas de estos tiempos.
Habrá que ver que tan acertado será el uso de la asincronía de tu narración, pues es algo no muy visto en un género narrativo, tal como la novela negra o la narconovela (como la llamo yo) que ya tiene sus estándares muy bien definidos y en el cual no es muy fácil innovar.
Con respecto a la historia, la historia del criminal curtido (en este caso, el lugarteniente), que descubre emociones desconocidas dentro de si al encontrarse con un sujeto amado (Dakota), ya ha sido tratado en varias ocasiones. Sin embargo, no dudo que la sabrás dar un sabor propio y único a un tópico conocido. Creo que tu apuesta es por el uso del tiempo.
Que salga como lo deseas.
Disaki.
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ENCOBIJADO DEL NORTE

Del algodonal a la breña

Encobijado:
Estoy comenzando a leerte y me estoy fascinando por tu uso del lenguaje y por tus imágenes. Quizá es debido a que tocas un tema muy sentido para mí, pero estoy disfrutando mucho el leer tu obra.
Acerca de la sinopsis, me parece que la estructura de la novela es un poco complicada (lo cual puede ser un acierto o un error, aunque será cuestión de leerla para ver si funciona en conjunto). El tema, a pesar de ser tan actual como las muertas de Juárez, no se ha tocado mucho en la ficción (recuerdo apenas, por ejemplo el 2666 de Bolaño). La mayoría del material que se ha generado a partir de los asesinatos de la frontera han sido reportajes, crónicas, películas que fluctúan entre lo mediocre y lo laxante, y documentales. Es por eso que saludo con alegría tu novela.
Creo que estás cargando el desarrollo dramático de la historia en la personalidad de los tres judiciales, por lo que, más que una historia de tinte policíaco (como tú lo señalas), nos encontramos ante un trabajo intimista, construido más por las emociones y los pensamientos de los protagonistas que por la acción externa.
Espero leerte más.
Disaki.
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TORU WATANABE

El club del suicidio
Toru:

En primer lugar, no creo que el título sea el más acertado. Lo he visto en algún otro lado.

Con respecto a la sinopsis de tu obra, me resulta difuso el meollo de la historia. Sé que Nicolás es exiliado político de algún imaginario país latinoamericano, pero creo que toda esa historia previa pierde peso al llegar a México y relacionarse con sus amigos contemporáneos. En otras palabras, creo que ese elemento del exilio es demasiado importante en la construcción del personaje como para dejarla de lado en el transcurso de la narración y, por lo que me cuentas en el resumen, así pasa.
Considero que la relectura que haces acerca de la beat generation tiene su mérito, y más aún el transportarla al México de los dosmiles. Sin embargo, recuerda que todos los beats (Kerouak, Gingberg y demás), fueron producto de un tiempo y una circunstancia muy específicos, y que el tratar de transportar sus postulados a otra época y otro lugar puede llegar a banalizarlos. Más aún por el hecho de que el beat tenía un profundo sustrato político y filosófico que puede llegar a ser intraducible para la realidad mexicana actual.

Disaki.

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BUZO DE NOSTALGIAS
Desencuentros

Buzo:
Es acertada la manera en la retratas a tus personajes. En pocas líneas, es posible adivinar sus profundas sicologías. En especial, pintan para inolvidables el chelista checo, la madre frustrada y el obsesionado por la comida.
Ahora, lo que no me queda claro es el epicentro narrativo de la novela, es decir, el punto en donde acontecerá un hecho que cimbre o una a todos los personajes. ¿En qué momento se van a encontrar? ¿Qué los unirá en el transcurso de la historia, si es que se unen? Todos parecen tan disímbolos que un encuentro casual parecería, paradójicamente, demasiado forzado.
El faro como alegoría de la soledad me parece atinado.
Ojala y que todo hilvane como lo deseas.
Disaki.
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NAKEDBEATS

¿Viste el rojo? ¡Puta madre, qué color!

El tópico del viaje iniciático se ha tocado en innumerables ocasiones, tanto en el cine como en la literatura. Sin embargo, creo que le podrás dar a tu historia el toque singular de tu mirada y de tu palabra. La aventura y la carretera como alegoría del crecimiento personal siempre dan como resultado buenas historias si son narradas con sinceridad.
Buenas letras.
Disaki.

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AVE AURA

Muerte Caracol

Ave aura:
Creo que funciona el planteamiento que de inicio sugieres en tu sinopsis: una serie de asesinatos reales que se convierten en obra literaria y que a su vez inspiran a otros a matar sugiere un juego bastante rico entre la realidad que narras y la ficción que habita dentro de esa misma diégesis. Este tratamiento, si bien no es nuevo (ya lo utilizaba Cervantes), puede traerle una brisa fresca a un género como el del serial killer, que ya está más que trillado.
La rúbrica del asesino del caracol es tétrica y sugerente, (además, de que con un detalle mínimo lo reviste de personalidad), y el perturbado enfoque de Carlos Sobera permite al lector sumergirse, como dentro de una escafandra, en esas profundidades del alma humana en donde el asesinato, la tortura y la crueldad no son sólo posibles, sino hasta deseables.
Disaki.
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XEMIÓPTERA

¿Qué es eso?, ¿una mancha?

Xemióptera:

Es muy afortunada la elección del insecto como alegoría del temor más escondido. Es notable la manera como un animalillo de tan pequeñas dimensiones puede tener tales repercusiones en la vida de los demás.
A pesar de que Ethan y Andrea son los personajes humanos centrales, el protagonista absoluto es ese bicho negro, tan omnipresente y sutil a la vez, que es capaz de trastocarles la vida con su mera presencia. Es el bicho quien dará la voz cantante durante la novela, quien dirigirá los movimientos de los distintos personajes y quien finalmente, ya sea con su muerte, ya con su triunfo, la concluirá.
Quizá, de la dupla de adversarios, sea Andrea la más interesante debido a su intención de comprender al insecto que la tortura. Será su búsqueda la más intensa y desgarradora, pues tendrá capturar al bicho para asimilarlo, para quitarle su condición de temible y apropiársela ella misma.
Ethan, por su parte, sólo quiere destruirlo, así sin más. Su odio le ciega a cualquier intento de compresión. Es un personaje menos logrado debido a que lo mueve únicamente el odio, no la mezcla de repulsión y encanto que domina a Andrea.
Sinceramente, esperemos que sea ella quien encuentre al bicho negro.

Saludos.

Disaki.

El caballero del desierto. Sinopsis

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Por diez años, la policía fronteriza ha tratado sin éxito de capturar a un misterioso pollero conocido únicamente como El caballero del desierto, y del que no se tiene otra referencia más que un improbable retrato hablado. De tan renombrado traficante se dicen muchas cosas: que no va armado, que nunca abandona ni traiciona, que ayuda incluso a sus enemigos si están en trance de muerte.
Todo eso cambia cuando un sanguinario personaje, conocido únicamente como el Tecolote, toma como rehenes a varios de los indocumentados del pollero, incluyendo a su hijo adoptivo, para internarlos en el desierto de Arizona. El caballero, herido y consciente de que el calor y el reloj son los enemigos a vencer, decide pedir ayuda al agente fronterizo que por años lo persiguió: el teniente Alexander Cohen.
Será en esta búsqueda en donde ambos hombres, criminal y policía, se darán cuenta que son más semejantes de lo que pensaban, de que la justicia no necesariamente está inscrita en las leyes y de que son los actos, finalmente, los ladrillos con los que se construyen las leyendas.

Presentación

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Disaki. Así le llaman los rarámuris a un cierto tipo de pájaro cuyas plumas están hechas del viento de la noche y que asiste a los hechiceros acarreando sus maleficios o llevándoles el espíritu de los embrujados. Para la gente de la sierra, esta ave es tan real como el oso o el lobo, y quizá más peligrosa, pues a diferencia de estos, que se ceban sólo con la carne, el maléfico aéreo se alimenta de jirones de alma.
Así son también las palabras que usa el escritor: aves invisibles que se sueltan sobre el lector para robarle trozos de aliento. El narrador, el auténtico, también es un hechicero que sabe lidiar con las potencias de la noche y aprisionarlas en la hoja en blanco.
Por lo tanto, querida lectora, apreciado lector, te invito a dejarte arrullar por el canto del disaki.