El Caballero del Desierto (1/7)
Correciones capítulos 12 Comentarios »EL CABALLERO DEL DESIERTO
AUTOR: Disaki
____________________________________
PRÓLOGO.
Tres años atrás
Un matorral. Alexander Cohen lo observaba detenidamente, quizá esperando que de un momento a otro estallara en llamas parlantes, tal y como lo había leído hasta el cansancio en sus libros sagrados. A pesar de los años que llevaba cabalgando por el desierto de Arizona, aún le seguía maravillando. Finalmente —pensaba—, lugares como ese, o como Judea, el Gobi o Arabia Saudita, eran cuna de hombres del mismo tipo: afilados, tenaces y conscientes que la voz de Dios sólo puede escucharse en esas soledades.
Alzó la vista para encontrarse con la tiniebla en la que se fundían el horizonte y el cielo, diferenciados únicamente por los manchones de luz que eran las estrellas. Encendió su linterna, apuntó el haz hacia el piso y dudó por un momento que tan anémica iluminación fuera capaz de mostrarles el camino a él y a sus hombres.
Necesitaba más luz.
Se sacudió las botas y masculló. Baruj Ata Adonay, Eloheinu Melej Ha’olam. Le vino a la memoria su padre. Era muy probable que, de haber vivido lo suficiente como para enterarse de su ocupación, el anciano hubiera agitado la cabeza con ese gesto tan suyo, mezcla de dulzura y regaño, con el que lo reprendía de niño. “Nosotros también vagamos por desiertos buscando nuestro lugar”, le hubiera dicho.
-Todo listo, teniente -le susurró William Forger, su segundo al mando, sacándolo de la ensoñación-. Los ilegales están detrás de aquellas rocas -señaló al horizonte-. Cohen tomó sus binoculares infrarrojos para observar el punto. De entre la formación pétrea se elevaba una aguja de humo.
-¿Qué hora es? -le preguntó a Forger.
-Las cinco cuarenta y uno.
-Tenemos como diez minutos antes que amanezca. ¿Se comunicaron los helicópteros?
-Sí. No han visto pasar a nadie.
-¿Cómo están los perros?
-Con los colmillos listos.
-Dile a Alonzo que no les retire el bozal.
-Pero…
-Hazlo.
Farfullando, el segundo al mando regresó al canal seco en el que estaban guarecidos los hombres. Las siluetas oscuras y la posición de los agentes les daban el aspecto de escorpiones agazapados en su nido. El silencio, como la oscuridad, era casi absoluto, apenas rasgado por el aserrar de sus respiraciones. La tormenta de arena que unos minutos antes les había azotado los rostros, amainaba por fin. Forger se dirigió al agente que cuidaba a los canes.
-Mantenlos amordazados.
El joven asintió con la cabeza para luego acariciar las orejas de los dos pastores alemán que por tres días los habían guiado. Los animales se calmaron; él, no. Era su primera misión de campo y estaba tan ansioso que sentía la sangre salírsele por las orejas. Otro de los oficiales, Geronimus Sandhorse, lo llamó con un gesto. Se separaron un poco del grupo para encender un par de lucky stikes.
-¿Qué piensas? -susurró Sandhorse, observándolo desde sus ojos de indio navajo. Alonzo escudriño el cielo con la mirada.
-Ni una sola rodaja de luna.
-Sí. A los polleros les ayuda- Geronimus se llevó el cigarrillo a la boca, lo chupó con gula y esperó unos segundos antes de liberar el humo por las fosas nasales-. Lo que me jode es que ni siquiera sabemos a quién seguimos.
-Creo que es al Caballero -como en un duelo, Alonzo dejó escapar una bocanada-. Se lo escuché decir a Forger en la mañana.
-Humm… ¿Y para qué tanto secreto?
-No querían filtraciones. Acuérdate que hay soplones entre nosotros.
Sandhorse chasqueó la boca
-¿Y ponen a Cohen al mando de esta operación? Mandan al coyote a cuidar gallinas.
-¿Por qué lo dices?
-Es al primero al que deberían investigar.
-¿Por qué? El teniente es un buen policía.
-¡Je! -respondió el navajo-. Se ve que eres nuevo.
-¡Apaguen eso! —les dijo Cohen con firmeza. Ambos tiraron las colillas y regresaron a sus posiciones. El jefe se encontraba ahora junto al grupo. Con una seña, les indicó que se acercaran a la manera de un equipo de Football.
-Esto es en especial para los que vienen por primera vez —hizo una seña con la cabeza a Alonzo—, pero también escúchenlo los demás. Sé que hemos pasado más de dos días a caballo, comiendo poco y durmiendo menos, así que ahora les pido estar alertas. Estamos siguiendo la pista de un traficante de personas; probablemente, el más famoso de todos ellos. El hombre es especialmente hábil y astuto, pues en los más de diez años que llevamos tratando de arrestarlo, apenas si nos ha dejado algún indicio. Su edad fluctúa entre los cincuenta y cinco y los sesenta años, mide aproximadamente seis pies de estatura y tiene un rostro muy peculiar, inconfundible -Cohen les repartió algunas copias fotostáticas-. Este es un retrato hablado del llamado Caballero del Desierto. En unos minutos, cuando capturemos al grupo de ilegales, quiero que estén muy atentos: es probable que quiera confundirse entre los indocumentados. Carguen sus armas con balas de caucho, pero sólo utilícenlas en caso de absoluta necesidad. Avancen en cuanto les de la orden.
Cohen se separó un momento del grupo para observar el cielo. La negrura se comenzaba a rasgar en jirones morados. William Forger se acercó.
-¿Estás loco? -escupió las palabras con furia-. No quieres que les quitemos el bozal a los perros ni que utilicemos balas de verdad. ¿Y si estos greasers están armados?
-No lo están. Él no usa armas.
-¿Cómo lo sabes?
-Lo sé, simplemente -Cohen se limpió las sienes con la manga.
-Disculpa -Forger hizo una caravana irónica—, no recordaba que tú y él son compadres.
-¿Hay algo que quieras decirme? —Cohen levantó la mirada para clavársela a Forger.
-Nada -el segundo al mando retrocedió un paso-. Sólo que a veces le tienes demasiadas atenciones.
-Me salvó la vida ¿Recuerdas? —se volvió hacia los agentes-. ¡Avancen!
En un momento, el grupo corría desbocado, con las armas en alto, hacia la formación rocosa.
-¡Patrulla fronteriza! —gritó Forger- ¡Quietos todos!
Los perros hicieron sentir el poder de su musculatura por lo que Alonzo, correas en mano, tuvo que acelerar el paso para no ser arrastrado. Saltaron las rocas. Ahí, en el lugar en donde esperaban ver una docena de wetbacks aterrorizados, sólo encontraron envases vacíos, pañales usados y envolturas de comida. Los canes, comenzaron a remover un montón de trapos sucios. Justo en el centro, humeaba la fogata que los había guiado.
-No hay nadie, jefe.
-¿Cómo? —preguntó Cohen cuando los alcanzaba.
-¿Qué dem…? -balbuceó, lívido, Forger-. No, no es posible. Entonces ¿Por qué los perros estaban tan agitados? ¿Y el humo?
Alonzo fue hacia los pastores y tomó un trozo de tela. Olfateó el despojo. Sonrió. Su padre tenía una clínica veterinaria en Douglas, y en ella, durante sus veinte años de vida, había olido el mismo aroma con el que esas ropas estaban impregnados: fluidos de perra en celo.
-Es un señuelo.
-¿Y el humo?
-Hay trucos, jefe -le contestó el navajo-, trucos que saben los indios para hacer que una fogata encienda horas después de haber sido abandonada.
Forger pateó las piedras que rodeaban la fogata, dispersando las cenizas por el suelo. Cohen, por el contrario, se dedicó a observar los restos del campamento abandonado. En silencio, se inclinó para recoger una cáscara de limón.
-Hoy no te me escapas -Masculló al tiempo que sostenía el pedazo de cítrico entre sus dedos-. Pongan atención, esto aún suelta jugo. No hace mucho que la tiraron, por lo que no deben estar lejos -con su radio transmisor dio indicaciones a los helicópteros-. Me informan que no pasaron ni para el noreste ni para el noroeste; por lo tanto, solo pudieron caminar al norte, hacia la interestatal ochenta y seis.
-¡Muévanse! —gruño Forger.
Los hombres corrieron a sus monturas, resguardadas a medio kilómetro, y en treinta minutos llegaron a la carretera. Cohen, luego de cierta deliberación, ordenó cerrar la vía a pesar de las quejas de los camioneros que esperaban llegar a Phoenix antes de mediodía. Los oficiales fronterizos desmontaron para recorrer la carretera a pie, escrutando el interior de los vehículos. Se escuchó el aletear metálico de los helicópteros aterrizando en las cercanías. Momentos después, los pilotos se unieron al grupo con sus cascos bajo el brazo. Cohen se les acercó.
-¿Vieron algo durante la noche? -les preguntó Alexander.
-Tuvimos problemas, señor -le contestó uno de ellos. Aún con los infrarrojos, no hubo mucha visibilidad. No pudimos distinguir nada.
Cohen fijó su vista en un punto en el camino. Pareció hablar solo, pero los pilotos adivinaron a quien se dirigía.
-Y ahora… ¿Cómo lo hiciste?
-Algo debe haber, alguna pista -Forger masticaba las palabras con nerviosismo. De repente Sandhorse, sin poder evitarlo, comenzó a reír.
-¿Cuál es el chiste? -le gritó, encolerizado, el segundo al mando.
-Creo que encontré algo.
Todos fueron a donde estaba el navajo, quien les mostró nueve mantas de lona, teñidas con el mismo tono rojizo de la arena del desierto, tiradas junto a un matorral.
-Es por eso que no los vieron los pilotos -explicó Geronimus Sandhorse-. Se fueron cubriendo, en medio de la tormenta de arena, hasta que llegaron aquí. Muy listo.
-¡Carajo! —aulló Forger, quien se volvió para enfrentar a los pilotos-. ¿Y los instrumentos no detectaron nada, o ni siquiera los usaron?
-Lo hicimos -le contestó uno de ellos con la vista en los zapatos- , lo que pasa es que no sirven de mucho cuando hay tormenta.
-Cálmate, Forger -ordenó Cohen-.Hicieron bien su trabajo. Déjalos tranquilos.
Forger se quitó la tejana, se secó la frente con un pañuelo. A pesar del calor, que aún no era muy intenso, sudaba. Se acarició los bigotes rubios mientras intentaba respirar con normalidad.
-No pareces molesto ¿Sabes? -le dijo a Alexander al tiempo que se calzaba de nueva cuenta el sombrero-. Es más, casi pareces feliz de que haya escapado.
-¿Qué podemos hacer? Nos ganó de nuevo -se volvió a sus hombres-. Abran la carretera otra vez. Nos retiramos.
Los policías fronterizos desbloquearon la vía y regresaron a sus caballos. Las hélices de los helicópteros comenzaron a levantar rulos de polvo. Solo se quedaron atrás Alonzo y Sandhorse analizando los rastros que había dejado el pollero.
-Pues bueno, sabemos que se los llevó de aquí en cargueros -dijo el navajo-, que pasaron por aquí antes del amanecer -se inclinó para tocar las marcas de neumático con la yema de los dedos-. En este momento deben estar bañándose en Tucson, o durmiendo en un ómnibus, cerca de Las Vegas.
-Fuera de peligro
-Así es. ¿Sabes? Los viejos de mi pueblo cuentan que el Caballero no es un hombre, sino uno de los espíritus del desierto, que nunca lo atraparemos ya que esta hecho de arena y es capaz de desgranarse para viajar entre los vendavales.
-¿Sabes, Geronimus? -suspiró el novato-. Lo estoy comenzando a creer.
_________________________________________________________
CAPÍTULO I
El forajido sureño
Lunes
Cuando Serafín bajó del autobús, tuvo que cubrirse la boca.
Siempre le había molestado el olor a diesel quemado, tan impregnado en todos los rincones de cualquier central camionera. El calor de Ciudad Juárez aún era soportable en ese abril, por lo que decidió no quitarse la chamarra de cuero. Fue al costado del vehículo a recoger su equipaje.
-¡Uta, ése! -comentó el maletero al darle la maleta—. Ni trae nada.
El recién llegado, con una sonrisa apenas visible, le quitó el bulto, lo cargó en la espalda y fue hacia la salida para tomar un taxi.
-¿Ónde te llevo, bato? —le preguntó el chofer, un hombre de lentes gruesos y ojos que oscilaban entre la calle y el retrovisor.
-Avenida Juárez.
-Mira, amigo -le dijo el taxista al tiempo que arrancaba. Tomó unas tarjetas y se las dio a Serafín-, si vas a la avenida Juárez, te puedo llevar a un lugar en donde las morras están bien suaves. Mira que ahorita el calorcito está rico, como que se antoja una beerria bien fría y una chamaca bien encuerada al lado, ¿cómo la ves?
-Tal vez luego.
-Ándale, no le saques -el chofer dio una vuelta a la derecha desde el tercer carril, ocasionando que los otros automovilistas frenaran chirriando las llantas. Ni siquiera se molestó por la lluvia de mentadas de madre que le dedicaron-. Mira que a mí me dan descuento por ser golden miember. Si te llevo ahorita nos hacen rebaja…
-No.
El taxista trató de insistir, pero se topó en el espejo con la mirada de Serafín. Tal vez por lo enrojecidos que tenía los ojos o por la furia que parecía gotear de ellos, prefirió guardar un silencio de lápida durante el viaje. Conforme cruzaban la ciudad, Serafín admiró el paisaje, escaso de árboles, repleto de coches en ruinas. Los hierros retorcidos de las carrocerías hacían la función de jardineras y prados. Lo disfrutaba, era de su gusto aquella ciudad en donde lo mismo se podía encontrar el cadáver de un automóvil en la calle que el de una mujer en los llanos o el de un traficante cosido a tiros en cualquier bar.
No bien llegaron a su destino, Serafín saltó de la unidad y le extendió un húmedo billete al chofer, quien se olvidó su costumbre de pedir propina y arrancó hasta perderse en el tráfico. Se tomó su tiempo para caminar, mochila al hombro, por la avenida. Pasó por los bares de la ciudad, en servicio desde las once de la mañana; pasó junto a los restos de lo que fuera el Noa- Noa, el mítico cabaret que alguna vez fue estandarte de la ciudad y que terminó sus días en un incendio. Dos cuadras antes del puente internacional, entró a una cafetería de vitrinas legañosas. El lugar estaba casi vacío, pero de la cocina ya salía el olor a café y frijoles guisados. Salivó: no había comido en las catorce horas que había durado su viaje.
-¿Qué te traigo, ése? -le preguntó el mesero, un grueso muchacho de red en el cabello y mandil sucio-. ¿Unas burritas de carne?, ¿suny egs guit jam? ¿Jot queis guit jony an beicon?
-Tráeme una carne asada con huevos -respondió Serafín-. Y quiero ver quien me puede dar referencia del Caballero.
El mesero escribía la orden, pero al escuchar el nombre, detuvo la pluma un segundo, observó de arriba abajo al recién llegado y continuó escribiendo.
-Espidamente te traigo tu botana, ése —le contestó el mesero y se metió a la cocina. Diez minutos después se encontraba de regreso con el plato, una canasta con pan y un café negro.
-Aquí está, bato -dijo el muchacho, con la frente sudorosa, mientras colocaba los cubiertos-. Almuerce a gusto, y cuando acabe, búsqueme en la cocina.
Serafín comió con un gusto que hacía tiempo no sentía. Después de terminarse el café fue hacia la puerta abatible por la que había entrado el mesero. Lo encontró junto a una tarja, lavando los platos de la noche anterior.
-Sígueme -ordenó el muchacho mientras se secaba las manos. Ambos se metieron a un cuarto lleno de cacerolas y comida empaquetada. Ya dentro, el adolescente se quitó el delantal.
-Entonces quieres ver al Caballero.
-Sí. Quiero pasar al otro lado.
-¿Y cómo sabes que aquí lo puedes hallar? A mi se me hace que eres policía o pefepe ¿O no?
-Ni uno ni otro. Escuché que los enganches se hacen aquí.
El joven soltó una risa.
-¿Cuáles enganches, ése? Ni que fuéramos qué. Eso suena como a padrotes, y pos no -hizo una pausa para quitarse la red del cabello-. Pues bueno, yo te puedo ayudar para que te arregles con él -se acercó a la puerta, la entreabrió, miró hacia fuera y la cerró con seguro-. El Caballero te puede pasar, pero no es barato. Te va a salir en dos mil cueros de rana.
-Por eso no hay problema -contestó Serafín, mientras abría una de las bolsas de su maleta. El muchacho lo detuvo con un gesto.
-No problem, ese, aquí no. El bisne está así: la noche antes que salgamos, pagas mil dólares. Lo demás nos lo das en cuanto estemos del otro lado. ¿A qué parte de los Estates quieres ir?
-Phoenix.
-Suave. Nos la pones facilita. Antes pasábamos por acá por Texas, pero desde que los migras de El Paso se pusieron locos, ya está bien cabrón. Ora viajamos por Arizona, por el mero desierto, lo cual me lleva a lo otro ¿Cómo andas como para caminarle?
Serafín observó la barriga del muchacho.
-Mejor que tú, sí -respondió.
-¡Qué pasó, bato! Si así como me ves, he cruzado el Altar más de tres veces. No creas que es panza, es nomás músculo reposado -el mesero soltó una carcajada, que no tuvo respuesta-. La próxima salida es en dos semanas.
-¿No hay alguno antes? Me urge llegar.
-No, bato
-Por ahí me dijeron que parte un grupo mañana por la mañana.
-¡Ay, cabrón! Qué bien informado estás. Se me hace que sí eres agente.
-Tranquilo, no te saques de onda. Lo que pasa es que un camarada que pasó con ustedes el mes pasado me dio el pitazo -contestó Serafín. El muchacho lo observó detenidamente, con el seño endurecido-. Mira, te voy a decir la verdad. Mi papá está en Phoenix, muy grave de la diabetes. Me dijeron que no dura más allá de este mes y quiero pasar a verlo ante que se… —Serafín bajó la mirada— ¿Podría hablar yo con el Caballero en persona? Le puedo explicar.
-Eso sí que no, ése -el gordo chasqueó la boca-. Cualquier bisnes es conmigo.
-Está bien, está bien -Serafín buscó otro paquete de dinero y se lo mostró al muchacho-. Si me haces ese favor, te doy mil dólares aparte, nomás para ti.
-No es por eso, bato -el gordo observó el fajo de billetes, se rascó la cabeza y asintió-. Ámos a hacer una cosa: déjame hablar con el Caballero. Sí él está de acuerdo, te vas mañana con nosotros. Te voy a echar una mano nomás porque mi jefita también está enferma y se lo que debe de andar padeciendo tu apá. Vete al hotel que está frente a catedral y regístrate con el nombre de Simón Pérez. Te hablo por ahí de las once y ya te digo.
-¿Te doy el dinero ya?
-No, no. Aguanta que hable con él -el gordo le puso la mano en el hombro-. Lástima lo de tu jefe.
-Gracias ¿Y tú como te llamas?
-Soy el mero mero Sapo, el pachuco más bailarín de todo Juárez. Me llamo Lorenzo López, ¡Pinche nombrecito de hijo no deseado! Me lo puso mi amá nomás de carrilla.
-¿Espero tu llamada, entonces?
-Pero butofcors que sí, ése. No te vayas a salir a congalear, ¿eh?
McKeena cabalgaba sonriente en medio de su ganado.
El ranchero sabía que las vacas longhorn podían llegar a ser muy agresivas; especialmente si una de las hembras tenía un becerrillo y algún despistado se acercaba demasiado. A pesar del gancho que le sustituía la mano derecha, McKeena sostenía las riendas con habilidad. Dicho artilugio, que a muchos les parecía digno de bucaneros, a él le resultaba especialmente útil: podía afianzar con facilidad un lazo, apoyar el cañón de su escopeta o tirarle media dentadura a cualquiera con un solo movimiento. El ranchero hizo cuentas acerca de las cabezas que podría vender para el siguiente mes. El sol ya pesaba, pero su piel, curtida en desiertos tan crueles como el de Arizona, apenas se notaba enrojecida.
Terminada la revisión, salió de entre el rebaño y le indicó a los capataces que llevaran a todas las reses a pastar en los alrededores. Algunos jinetes de piel morena ya esperaban fuera del rancho. McKeena sabía que para administrar un rancho sólo eran necesarios unos cuantos empleados: sus capataces. Sin embargo, para otros trabajos más físicos como sacar al ganado a los pastos, limpiar los corrales, marcar a los animales o repararan las cercas le hacían falta vaqueros. Años antes, en sus inicios como ganadero, había hecho todo lo posible por no contratar hispanos, pero le fue imposible: los cowboys Mexicanos, casi todos provenientes de Coahuila, eran los más capaces que podía encontrar; además, cobraban mucho menos que sus contrapartes anglosajonas. McKeena se convenció un día que vio a los coahuilenses lazando y marcando las reses. Lo hacían con tal pericia que, cuando concluyeron, se acercó para dedicarles el más grande cumplido que podía ofrecerles: podrían ser americanos.
Cuando los jinetes se alejaron, McKeena respiró con libertad y se dirigió hacia su casa. Dejó su montura en los establos y anduvo el resto del camino a pie. En el pórtico lo esperaba Ethan, su hijo de cuatro años.
-Hola, kiddo -lo saludó.
-¿Cómo esta usted hoy, papá? -contestó el niño, en español. El rostro de McKeena pareció volverse de madera. Sintió de nueva cuenta el escozor en el muñón.
-¿Qué dijiste? -dijo el ranchero en inglés, recalcando la pronunciación de cada letra.
-Te saludé. Me lo enseñaron hoy en la escuela, papi -contestó el niño, amedrentado.
Johana, la esposa de McKeena, se recargó en el marco de la puerta después de abrir el mosquitero. A pesar del desaliño y de la falta de maquillaje, la mujer podía hacer que más de un transeúnte la siguiera con la mirada. De la cocina se desprendía el olor del almuerzo recién cocinado: scrambled eggs, bacon, toasts and coffee.
-Querida -se dirigió el ranchero a la mujer-. ¿Les enseñan español en la escuela?
-Si, Wyatt. Es una materia nueva.
-Habla con la maestra y dile que mi hijo no asistirá más a esa clase.
-Pero, Wyatt…
-Sólo hazlo.
-La mujer asintió y cargó al niño. McKeena se acercó y se lo quitó.
-Ven conmigo, Ethan -le dijo al niño, al momento que lo besaba-. Tenemos que hablar.
-¿Estás enojado, papa? -le preguntó el chico, engrandeciendo sus ojos verdes.
-No. No podría enojarme contigo. Ven acá.
El ranchero sacó su hijo al pórtico, ambos se sentaron en la silla colgante de madera que estaba junto a la entrada principal.
-¿No te gustó lo que dije? -preguntó Ethan, aún incrédulo.
-No por ti, hijo. Es sólo que no me gusta el español
-¿Por qué?
-Algo que me pasó hace tiempo. ¿Tienes amiguitos que lo hablen?
-Si -el rostro del niño se iluminó- Está Jovita, está Manuel, está también…
-¿Sabes que no debes de platicar con ellos?
Ethan tardó unos segundos en responder.
-¿Por qué?
-Porque esos niños no deberían estar aquí. Esos niños tienen su país y ahí deben de estar.
El niño lo miró extrañado.
-Pero, papá, ellos nacieron aquí. Juanita es de Douglas, Manuel de Bisbee… También son americanos.
-No, hijo, no lo son. Nosotros hablamos inglés. Ellos hablan su idioma.
-¿Y no podemos nosotros hablar español?
-¡No! -gritó McKeena, y después de arrepintió al ver el rostro de espanto del pequeño-. Perdón -el ranchero le acarició la cabeza a su hijo, hasta que se calmó-. Los americanos tenemos nuestro idioma y nuestro país. Ellos tienen el suyo, que está al sur. Es por eso que no debes charlar con ellos.
El niño lo observó indeciso.
-Por su bien y por el nuestro, no debes hablar con ellos. ¿Se lo prometes a papá? -Ethan se distrajo viendo hacia el horizonte. McKeena le tomó la barbilla con suavidad y le volvió el rostro hacia él-. ¿Me lo prometes?
-Okey.
-Me parece bien -el hombre le besó en la cabeza.
-Papi. ¿Hoy en la noche vas a salir a cazar?
McKeena admiró el manto escarlata con el que el cielo desértico se comenzaba a vestir. Miraba hacia el sur.
-Si, hijo. Hoy es noche de caza.
Forger encendió el aire acondicionado de su camioneta, estacionada junto a un McDonalds a las afueras de Tucson.
Estaba aún furioso. El comandante de la sección Santa Cruz, su superior jerárquico, lo había reprimido por el fallido operativo. “Tú y tu obsesión con el jodido Caballero”, le había dicho el viejo Johnson desde su escritorio de acrílico. “Ya te pareces a Cohen, solo que él no era, ni por asomo, tan idiota como tú. ¿Qué es lo que les obsesiona de ese tipo? Es un pollero más.”
Forger estuvo a punto de contestarle, de escupirle el desprecio que siempre le había guardado y de arrojarle la placa al rostro, pero prefirió bajar la vista y esperar a que pasara la reprimenda. Luego de algunos “Sí, señor”, dichos con voz quebrada, y de dos o tres promesas de eficiencia, salió de la oficina de Johnson para dirigirse al lugar de su cita.
Fue cuando el rugido de un motor lo distrajo. Una camioneta Lobo con placas de Texas se había estacionado junto a la suya, rechinando las llantas con desparpajo. Era él. Traía la camisa sudada y los jeans arrugados. Sonriendo, se acercó.
-¿Quíhubo, mi Jefe Forger? —le saludó en español—. Discúlpeme que no le hable en inglés, solo que no quiero porque se me hinchan los huevos. Además, usted bien que habla el mexicano.
-¿Cómo estás, Diamante? —le contestó Forger en un español intencionalmente malo.
-Ora, pues —se rió el aludido, enseñando el trío de dientes de oro que le adornaban la boca—. No me presumas de gringo, pinche pocho güero de rancho —Forger resopló.
-¡Cállate, beaner!
-Bueno, bueno, gringuito bonito, ya estuvo -el hombre se pasó del otro lado de la camioneta del policía y la abordó. Ya dentro, le palmeó la espalda-. No se me enoje, pinche Forger. Nomás ando cargándole la carrilla. ¿Para qué soy bueno?
-¿Te acuerdas de los datos por los que te pagué unos buenos dólares? Pues no me sirvieron. El Caballero no estaba en donde dijiste. Quiero mi dinero de regreso.
-Órale, Órale. Ni que estuviéramos en el Wall Mart. Sabes que en este bisne no hay devoluciones. Además, ese cabrón siempre anda cambiando sus planes a la hora de la hora. Pinche cabrón, parece que se las huele.
-Era como si supiera que íbamos para allá -el policía fronterizo se volvió a ver al Diamante, viéndolo por encima de los lentes oscuros-. ¿No se te hace raro?
-¿Quieres decir que yo fui de chiva? -le contestó el Diamante, aún jovial, pero con rastros de enojo en la voz-. Ándale pues. Si yo soy el primero que quiere que te lo chingues. ¿No ves que es mi competencia?
-¿De qué te preocupas? Pasar pollos no es tu único negocio.
-Pos sí, pero ¿Tú no has querido ser alguna vez el único y mero chingón de algo? Yo sé que sí. Entonces ¿Por qué te chingaste a Cohen?
-Bueno, bueno. Eso es asunto mío.
-Ándale pues, gringuito -El Diamante sacó de la bolsa de su pantalón una ánfora de plata, le dio un trago y le ofreció a Forger-. Además, como eres mi prole, te tengo un regalo para que te pares el culo delante de tus jefes. Mañana voy a pasar unos pollos. ¿Qué te parece si los meto a un trailer, los llevo hasta la freeway 80 y te los dejo en la gasolinera que está a diez minutos al norte de Bisbee? Así nomás llegas a hacerte el héroe y me cae que hasta te sacan en las noticias de la morning.
Forger se acarició los largos bigotes. Alguna vez, durante un rodeo, le habían dicho que se parecía al Coronel Custer, solo que con los ojos cafés.
No le había gustado esa última precisión.
-¿Y a cambio de qué? -le preguntó finalmente.
-A cambio que me dejes pasar cuatro camiones de tres y media que van hasta Niuyor. Son de esos que llevan la fruta enfrente, y el azúcar en el fondo de la caja. Ya sabes qué, aparte de los pollitos, te incluimos unos ceros en tu cuenta del Wells Fargo Bank.
-Hecho. ¿A que hora me dejas a los greasers?
-Como a las diez. Nomás te mueves rápido, porque si llegas pasando el medio día seguro que te encuentras puro pollo al vapor -El Diamante, como siempre que se encontraban, admiró con cierta envidia el mostacho de William Forger y lo comparó con los dos o tres pelillos que malamente le pintaban las mejillas. Abrió la portezuela y descendió. Ya fuera, se acercó a la ventanilla de Forger -. Oye, compa. Sé que no hay pedo contigo, pero ¿Y las demás policías?, ¿La estatal?, ¿la DEA?, ¿Crees que no me chinguen?
-No te preocupes -Forger encendió su vehículo y metió el embrague-.Yo me encargo de negociar con ellas.
Serafín se terminaba de duchar cuando recibió la llamada del Sapo.
Aún con la toalla alrededor de la cintura, escuchó al muchacho dándole indicaciones. Las memorizó y colgó. El baño le había quitado el sueño, pero no lo suficiente, así que destapó el frasco de píldoras que había comprado en la central camionera con una receta falsificada. Tragó cuatro y de inmediato sintió como si pequeños látigos le comenzaran a golpear dentro de la cabeza. Se vistió mientras se observaba en el espejo. Sabía que aparente delgadez era una ventaja, pues le hacía pasar desapercibido, e incluso, menospreciado. Se puso la camisa, la abotonó, y se dio cuenta que la camarera había dejado una jarra con agua en el tocador, además de un frutero con naranjas. Serafín se colocó el reloj de una manera casi ritual, pasando la correa por debajo de la muñeca con la misma seriedad con la que un soldado se coloca sus insignias. Antes de irse, no pudo soportar la tentación. Tomó una de las frutas y la apretó. En segundos, quedó hecha pulpa en su mano.
Un cuarto de hora más tarde se encontraba en el Zócalo de Juárez. Anochecía y las calles se iban despoblando. La gente regresaba a sus casas temiendo la caída del sol. Sabían que los cholos salían a asaltar apenas oscurecía y que los narcos se acribillaban entre si, por quítame éstas pajas, todas las noches, en los bares de la zona. Serafín, en cambio, se sentía en su casa.
Frente a la catedral, la antigua misión de San Francisco, lo esperaba el Sapo tomando una coca cola. El muchacho le palmeó la mano a modo de saludo.
-¿Qué pasó, ese? ¿Cómo te trata Juaritos?
-Bien -contestó Serafín, mientras observaba los alrededores
-Oye, Bato ¿No has dormido bien? Como que te veo bien cripy.
-Me da insomnio cuando viajo -el hombre escupió al lado-. ¿Y el Caballero?
-Por ahí anda. ¿Tienes la mony?
Serafín torció la boca
-Oye, gordo ¿Y cómo se que de verdad trabajas con él?, ¿Y si te clavas la lana y me chingas?
-¿Cómo me crees capaz, ése? Si somos gente honesta y trabajadora -el Sapo se acomodó la visera de la gorra. Tomó de su cintura un teléfono celular y esperó unos momentos hasta que un bip le indicó la llegada de un nuevo mensaje de texto. Después de leerlo, asintió visiblemente.
-¿Pos qué crees, ese? Andas de suerte, hay lugar en el viaje que sale mañana. Ya me dieron grin lai. Si te cuadra, dame la mony. Si te agüitas, pos aquí le dejamos. Is yur chois.
-No, no -le tendió un sobre-. Confío en ti.
Mientras el cholo contaba el dinero, Serafín aprovechó para observar la plaza con el rabillo del ojo. Se fijó que entre la poca gente que estaba aún en el zócalo, había un hombre que leía el periódico. La distancia a la que se encontraba y el sombrero le impidieron a Serafín verle las facciones. Parecía demasiado tranquilo, demasiado concentrado en su lectura. Tuvo una corazonada.
-¿Y cómo le hacemos? ¿A qué hora nos vemos?
-Mañana a las cinco de la mañana te espero en una van roja, aquí enfrente de Catedral. Llega temprano nomás, que no nos podemos quedar mucho rato.
Serafín sacó otro fajo de billetes de su pantalón.
-Y esto es para ti, por el favor -se lo extendió. El cholo lo tomó, lo tuvo entre las manos un segundo y luego se lo regresó.
-Mejor guárdalo para las medicinas de tu apá.
-Gracias -Serafín sonrió levemente-. ¿Llevo algo, agua, suero…?
-Dongüorry. Nomás traite tu ropa y en camino vemos lo demás.
Cuando se separaron, ya había oscurecido.
La noche en Juárez era de colores.
Azul, amarilla, roja. Todas las tonalidades de neón que existen. Conforme Serafín caminaba, su piel parecía cambiar según la iluminación de la calle. Se sentía un camaleón. Observaba en las calles a multitud de chicos rubios, pecosos y ávidos que buscaban some mexican fun. Los gringuitos reían con bobera, mientras las muchachas, la mayoría vestidas de top y sin sostén, los incitaban a entrar en las muchas discotecas que había en la calle. Lo que le perturbaba a Serafín era el escándalo que salía de los bares. El ruido a esas alturas era para él como una broca en la cabeza. Se alejó un poco del bullicio y caminó por Belisario Domínguez en una ruta que no cualquiera se atrevía a transitar ni siquiera de día. Anduvo unos pasos, acomodándose la chamarra entre los yonkies que le alargaban la mano, en espera de un penny; luego, pasó a los transexuales que le ofrecían el cielo por veinte minutos; finalmente, llegó a la zona de picaderos. Varios de los que rondaban por ahí, drogadictos, traficantes, cholos, lo vieron, pero no intentaron siquiera cortarle el paso.
Entró a una casa que había vivido mejores tiempos, pero que ahora se caía a pedazos y olía a moho con orines. Un perro de tres patas se levantó del suelo e intentó ladrarle, pero con una sola mirada Serafín lo amedrentó.
-¿Qué es lo que buscas aquí, peláo? —le preguntó un hombre con pistola en mano. Se escuchó el corte de cartucho.
-Vengo a comprarte algunas cosas. El Culiacán me dio tu dirección -contestó Serafín con calma. El hombre relajó la expresión de inmediato y guardó su arma entre el pantalón y el estómago.
-¡Hombre, el Culiacán! ¿Por qué no me lo habías dicho?, ¿y cómo está ese peláo?
-Frío. Hace una semana lo plomearon en Sonora.
-¡Caray, que barbaridad! Ya no se puede con la violencia ¿Erdá? Por eso yo estoy a favor de lo mejor -dijo el tipo, al tiempo que se ponía en pie. Vestía una playera sin mangas, por lo que Serafín pudo verle las mordidas que la aguja le había dejado en los antebrazos-. Sí te mandó el Cuilas, que en paz descanse, no hay problema. ¿Qué se te ofrecía?
-Déjame ver qué tienes.
Pasaron a la otra habitación. En una mesa, había armas de casi todos los tipos: discretas pistolas calibre 22, cinematográficas escuadras 45, escopetas recortadas de calibre 12 capaces de arrancar un brazo de una descarga, machetes, cuchillos de caza, granadas, municiones… Serafín tomó varias granadas de fragmentación y una escopeta recortada. Sopesó el arma, apuntó con ella al techo, dudó, y al final la regresó a su lugar. Comenzó a ver las pistolas de escuadra, sin que le convenciera ninguna. Se fijó en que el hombre sin mangas conservaba la suya en el cinto.
-¿Y esa que traes? -preguntó Serafín-. ¿No la vendes?
-No, pelaó, ahí si te fallo. Quiero mucho esta arma: me la regaló mi abuelita en mi primera comunión -el hombre soltó una carcajada, haciendo que su cuerpo, casi esquelético, crujiera ruidosamente. Serafín esperó que se desmoronara de un momento a otro.
-Me tendré que llevar otra.
-Bueno, y hablando de bisnes ¿Si tienes con qué pagar? Porque luego el Culias me ha mandado cada bato que quiere todo al puro fiado que…
Serafín le mostró un fajo de dólares que lo calló de inmediato.
-Me llevo las granadas, ésta escuadra y cien municiones. Oye, solo por curiosidad ¿Son de las mismas que usa la tuya?
-Ofcors mai jors, peláo. Las dos son Beretta, la Ferrari de las fuscas -dijo el de la playera sin mangas, acariciando la cacha de su arma-. Pura tecnología italiana. Dame quinientos dólares y hasta te regalo unas balas expansivas, de esas que despanzurran bien bonito a los policías, nomás para que veas que somos camaradas.
Serafín dejó los billetes en la mesa. El vendedor los contó con avidez. Las manos le temblaban.
-¿Y qué vas a hacer con las manzanitas? ¿A quién le vas a volar las nalgas?
Sin contestar, lo tomó por la espalda y lo dobló hacia atrás, en arco. El comerciante de armas sintió que algo como la pata de un ave rapaz le apretaba la garganta. Quiso gritar, pero ya no pudo: sólo le salió un gruñido. Mientras se ahogaba con su sangre pudo ver su traquea y sus cuerdas vocales en la mano de su asesino.
Apenas el vendedor dejó de moverse, Serafín le quitó la beretta de la cintura y los dólares de la mano. Observó el arma. Le gustaba la figura de la serpiente, hecha de oro, que le corría en la cacha. Guardó las granadas y las municiones en su chamarra.
-Ahí que veas al Cuilacán, me lo saludas, peláo.




Últimos comentarios