Del algodonal a la breña
Por
Encobijado del norte
A las víctimas.
Ojalá nunca hubieran sido el incierto número que son.
Ojalá nunca lleguen a ser el exagerado número que se dice.
…In them all cotton fields back home.
Creedence Clearwater Revival. Cotton fields
From desert plains I bring you love.
Judas Priest. Desert plains.
PRIMERA PARTE
Ellas
6 de mayo de 1993
Fue el viejo rarámuri Andrés Chicarito quien la encontró. Buscaba botes de aluminio en uno de los algodonales que aún se cultivan en la colonia Satélite que, de no ser por el riego, habrían desaparecido. Sitiados por desarrollos inmobiliarios y nuevas vialidades, su peligro de extinción no radicaba en la amenaza de la sequía, sino en la voracidad de un centro urbano llamado Ciudad Juárez, cuya expansión industrial, comercial y de infraestructura parecía hecha al azar, como si la ciudad fuese un rompecabezas que trata de armarse con segmentos que no embonan, dejando campos de cultivo en medio de sus trazos de concreto y asfalto.
Al igual que muchos campos agrícolas de la ciudad, ese algodonal colindaba con la barda de un fraccionamiento privado. Tenía árboles en uno de sus lados, junto a un canal de irrigación casi siempre seco y lleno de arbustos y basura. Era en esta acequia donde el anciano hurgaba en busca del metal reciclable, y cuando encontraba una lata introducía en ella una pequeña piedra para hacerla ganar más peso y comprimirla después con un pisotón. Tras hacerlo, arrojaba su material dentro de un costal de ixtle que llevaba consigo.
De pronto, la vio.
En cuestión de veinte minutos el lugar se llenó de carros policiacos. Llegó una ambulancia del forense. La policía acordonó el área e interrogó al recolector de latas, a quien se detuvo para llevarlo a rendir su declaración. Se tomaron fotos y se colectaron evidencias. Los vecinos fueron también interrogados. Pero nadie vio, escuchó, o supo de algo que pudiera dar pistas sobre la muerte de una mujer de treinta y cinco años, desconocida, embarazada de cinco meses. Se la había encontrado semidesnuda, con el pantalón corto y la ropa interior más abajo de la cadera, apenas cubierta por una toalla. Violada y sujeta a tortura antes de ser estrangulada. Descalza, pero sin tierra en los pies; indicio de haber sido muerta en otro sitio y posteriormente arrojada a ese algodonal que aun no desarrollaba sus níveos capullos.
SEGUNDA PARTE
Ellos
VI
2 de noviembre del 2001
Eran los últimos ciento veinte kilómetros. La camioneta Lobo de color blanco recorría la distancia final entre la Ciudad de México y Ciudad Juárez, mientras en el radio del vehículo se escuchaba una cantinela desentonada que, a fuerza de tanta reiteración, ya se había alojado en la memoria de los dos tripulantes.
(Ponte viva, ponte viva, siempre lucha por tu vida…)
—…Nunca pienses que a ti, no te va a pasar jamás —coreó Esteban Arciniega—; pues como le dijo Dimas a Gestas: “¿qué pinches mamadas son éstas?” Es más, ni siquiera para fusilarse a Shakira tienen gracia.
Domingo Yrei, su compañero, lo escuchaba molesto, poniendo atención exagerada en la conducción de la camioneta, sin voltearlo a ver. Su mano derecha se posó en el sintonizador del radio.
—¿Cuántos años tienes, Esteban? —preguntó, al tiempo que desatendía el volante por un segundo para ver a su compañero con esa torva mirada suya, color miel.
—¿Yo?
—¡Pos’ ni modo que otro! Eres el único que viene aquí conmigo.
—Tengo veintiséis años, ¿y tú?
—Treinta y cinco.
—¿Y qué, andas buscando una estación de música norteña otra vez? —preguntó Esteban, con su acento costeño.
—Ando buscando noticias.
(Ponte viva, ponte viva, siempre lucha por tu vida…)
—¡Vamos al cabrón otra vez con ese pinche anuncio! —exclamó Esteban— ¡Ya me tiene hasta la madre! Desde… ¿qué?… desde Sueco lo vengo oyendo.
Domingo dejó sintonizada con todo propósito la estación donde apareciera el promocional. Tomó un Marlboro de la cajetilla en el asiento y oprimió el encendedor eléctrico situado junto al radio.
—Todos los días matan a alguien, pero cuando tocan a una de esas mujeres se hace el escándalo. Lo que deberían hacer esas pinches viejas es dejar de andar de putas subiéndose a los carros con cualquier cabrón.
—No digas eso si no sabes —habló Domingo, con el cigarro aun apagado entre sus labios—. Tú no has vivido el problema de cerca, yo sí.
El encendedor eléctrico se botó, sin que Domingo se diera cuenta.
—Una amiga que tengo aquí en Juárez, que trabaja en un bar, me platicó de una vez que un tipo le ofreció un aventón cuando salió de trabajar, en la noche, y al pasar por la colonia Melchor Ocampo, la tomó por los cabellos y le estrelló la cabeza contra el tablero, diciéndole que “ahora sí, cabrona, te vas a morir”; y así la mantuvo agachada, mientras esta chava pensaba qué hacer.
—¿Y luego qué hizo?
—Pues sacó de su bolsa una navaja y tiró navajazos a donde cayeran. El caso es que el tipo, cuando se sintió herido, paró el carro y ahí fue cuando ésta aprovechó para abrir la puerta y pelarse.
—¿Y qué pasó con el güey?
—Creo se peló, no sé, esta chava no se iba a quedar a averiguarlo.
Domingo se dispuso a prender su cigarro, pero al ver que el encendedor se había apagado, lo regresó a su lugar en el tablero.
—¿Y sí habrán matado a las trescientas mujeres que dicen?
—No lo sé, Esteban.
—Quiero decir… ¿habrá sido un solo cabrón el que mató a tantas viejas?
Domingo encendió al fin su cigarrillo. Exhaló el humo.
—Porque de que han matado, han matado siempre. Desde antes del corrido de Rosita Alvírez.
Domingo abrió la ventanilla de la camioneta.
—¿Te molesta el humo? —preguntó.
—El humo no… ¡el pinche frío que entra!
Pasaron por la zona de los médanos de Samalayuca, y arribaron al retén militar del kilómetro setenta, en donde un soldado bien abrigado se acercó a ellos para hacer al vehículo la revisión de rigor. Desistió de su propósito cuando Domingo y Esteban se identificaron como agentes de la Policía Judicial Federal. Al hablar, el vaho se condensaba en el aire.
Continuaron hasta pasar de largo por la Aduana, donde está el monumento conocido como Umbral del Milenio. Luego descendieron por una pendiente poco pronunciada donde vieron claramente la mancha urbana de Ciudad Juárez, ubicada en un extenso valle. Una planta industrial, donde se produce fluorita, con su montaña de deshecho químico y su suave, pero característico olor, pareció recibirlos, al igual que los muchos deshuesaderos de autos a ambos lados de la autopista.
Al llegar al entronque del kilómetro veinte, observaron una glorieta en cuyo centro se levanta la efigie de Benito Juárez con un libro de Derecho bajo su brazo izquierdo. Aquí, comprendieron, empieza la ciudad. Los grandes letreros de Available, Build to Grow y For Sale sobresalían en los muchos terrenos baldíos en espera de ser utilizados por la industria maquiladora.
Esteban sacó del bolsillo de su camisa una pequeña hoja de papel.
—Fraccionamiento Lomas del Rey. ¿Sabes dónde es?
—¿Pues de dónde crees que soy?
Llegaron. Como era habitual en provincia, las delegaciones de la Policía Judicial Federal se ubicaban en fincas o casas-habitación decomisadas a narcotraficantes.
—Buenas —saludó Domingo al vigilante del lugar, uniformado con botas militares, pantalón negro, camisa roja y sombrero negro del tipo Smokey Bear; o exprimidor de naranjas. No pertenecía a la corporación policíaca, sino que era agente de una empresa privada de seguridad. Su indumentaria provocó un comentario por parte de Esteban que sólo Domingo pudo escuchar: “¡Pinches marranos!”
El vigilante se acercó receloso a la camioneta.
—¿Qué pasó señor?
—Ábrale ahí.
—¿De parte de quién?
—Usted nomás avísele al comandante. No pasa nada —terció Esteban.
—Aguántenme tantito.
Al dar el guardia media vuelta, Domingo alcanzó a ver la insignia negra con letras doradas en uno de los hombros de la camisa. Decía K-nino.
—Oiga compa, ¿y qué, dónde dejó al perro? —le preguntó al vigilante, entre las carcajadas de Esteban.
—Se quedó en la casa —respondió el guardia, molesto.
Cuando recibieron la autorización para entrar, Domingo y Esteban se presentaron ante el Comandante de la Policía Judicial Federal en la plaza, Enrique Aguilar; un hombre cuya imagen denotaba reciedumbre a pesar de su gordura. Al mirarlo, cualquiera podría imaginar que era un motociclista despojado de su ropa de cuero y que ocultaba sus tatuajes bajo las mangas de su camisa. No era muy alto, pero su complexión, su cabeza al rape y la castaña barba de candado le daban un aspecto intimidante.
A excepción de ellos, nadie sabía que su misión era investigar los diversos homicidios de mujeres que desde 1993 seguían sin esclarecerse. Las instrucciones eran determinar cuántos de esos asesinatos tenían un patrón serial, y para ello, trabajarían con la Policía Judicial del Estado de Chihuahua, con el pretexto de ejercer la facultad de atracción de aquellos casos que pudieran ser obra del crimen organizado.
—Pues ahí les encargo —instruyó Aguilar—. Les digan lo que les digan, ustedes dicen que van tras el narco. A partir de mañana empiezan. Pero antes de que vayan con los del Estado, les voy a encargar que se saquen una foto y se la pongan a estas credenciales del Grupo Zeus, para que les den acceso a las oficinas. Eso sería todo. Ahora, váyanse a descansar. ¿Saben dónde quedarse?
Ese día, luego de la entrevista en la comandancia, Domingo y Esteban llegaron al hotel, donde fueron vencidos por el cansancio.
11 de enero de 1994
Era el undécimo día del conflicto armado en Chiapas, al sur del país. Los guerrilleros zapatistas libraban desiguales combates contra el ejército.
En Ciudad Juárez, una vecina de la colonia Granjas Santa Elena advirtió a la policía sobre la presencia de zapatistas en su vasto terreno. La principal razón para dar la alerta fue haber visto a un grupo de hombres que simplemente pasaban por ahí, cuyos rostros, al igual que el de los guerrilleros del sur, estaban cubiertos con pasamontañas. Lo que la rica imaginación y corta vista de la mujer interpretó como rifles, eran simplemente ramas secas de algunos arbustos que serían utilizadas en alguna fogata o calentón de leña.
Cuando la policía acudió a la zona para investigar a los “guerrilleros”, encontraron durante su recorrido a un par de coyotes que se disputaban algo enterrado. Al acercarse descubrirían los restos óseos de una mano, plantados como si fueran uno de tantos arbustos del breñal.
Tras verificar el hallazgo se llamó a la policía investigadora, la Judicial del Estado, instancia que confirmó que los restos eran de una mujer. Había muerto estrangulada.
17 de marzo de 1994
La madre de Adela sabía que, en las mañanas, su hija asistía a la escuela de enfermería de la Cruz Roja, mientras que por las noches trabajaba como enfermera intensivista en un hospital. Ignoraba que el verdadero trabajo nocturno de Adela consistía en desnudarse en un cabaret del centro de la ciudad. Y también ignoraba que, por ser la más atrevida, era la mejor bailarina del lugar.
La noche del 17 de marzo, sus encantos cautivaron a tres camioneros, quienes la invitaron a salir. Era tarde, pero Adela conocía lugares donde había venta clandestina de cerveza. Abordaron los cuatro un taxi con rumbo al entronque del kilómetro veinte, donde estaban aparcados sus camiones. Ahí, a bordo de un Kenworth, uno de ellos trató de tocarla, pero fue advertido de que la diversión le costaría. Y al no estar dispuestos a pagarle, le ordenaron bajar del camión, dejándola a su suerte.
Pero Adela no se inmutó. Para ella lo de menos era pedir aventón, y eso es fácil. Aun cuando no vestía de la mejor manera —con blusa de tirantes, short de licra y sandalias de baño—, sabía que cualquier conductor que viera sus piernas se detendría con el ofrecimiento de llevarla; y si deseaba tener sexo, tendría que pagarle. En caso de querer hacerlo sin pagar, entonces ella pondría en práctica sus dotes de engaño y promesas de cumplimiento aplazado para ganar tiempo, haciéndole creer en un encuentro dentro de su casa sólo para dejarlo plantado a una cuadra de su domicilio.
Cuando caminaba hacia el norte por la Carretera Panamericana, un Grand Marquis se detuvo junto a ella. Tras hablar algunos segundos con el conductor, abordó el auto.
El día 28 de abril, una cuadrilla que reparaba la carretera a Casas Grandes encontró su cadáver. Estaba semienterrado, ya que su hinchazón mortuoria lo había hecho brotar parcialmente de la tierra; como si su cuerpo yerto aun se aferrara a la vida. Junto a ella estaba una de sus sandalias.
8 de mayo de 1994
A sus doce años, Fabiola Irene era una de las pocas alumnas que no consideraba tediosa la ceremonia del saludo a la bandera los lunes por la mañana; por eso, al enterarse de la convocatoria para integrar la escolta de su escuela, no dudó ni un respiro; se ofreció de inmediato para ser parte de ella. Ensayaría diariamente, después de clases y los sábados por la mañana.
Fue luego de uno de esos ensayos cuando desapareció, encontrándosela dos días después, estrangulada y violada, en un campo de trigo colindante con la carretera Juárez-Porvenir, cerca del derruido edificio de Radio Cañón.
A la semana del hallazgo, la madre de Fabiola tuvo que investigar por su cuenta, debido a que la Judicial del Estado no había iniciado siquiera la averiguación.
V
3 de noviembre del 2001
—No’hombre, si ese güey parece la pura verdad.
—¿Quién, oiga? —preguntó la empleada de la papelería.
Esteban hablaba del agente judicial retratado —y enmarcado— cuya imagen, cual si fuese un icono de reverencia, colgaba de la pared próxima a la máquina copiadora, junto a muestras de otros trabajos fotográficos que también se realizaban en la papelería. Era el retrato tres cuartos de perfil de un hombre joven, moreno, de bigote. Vestía tejana blanca, camisa de corte vaquero y chaleco negro de piel. Fajada en el pantalón asomaba la cacha dorada de una pistola escuadra. La diestra sostenía un fusil AK-47, o cuerno de chivo, con todo y su voluminoso cargador. Era imposible adivinar el color o la forma de sus ojos, debido a los anteojos Ray Ban.
—Nomás le falta su corrido…
—Ay, oiga, cómo es… Espere un poquito a que se enfríe —indicó la empleada al entregar a Esteban su credencial de acceso a la Procuraduría del Estado, recién enmicada.
—Yo me espero lo que quiera, ¿eh, bonita?
En la calle, a la espera de su compañero, Domingo procuraba distraerse. “¿Y vas a matar a muchos rateros en Juárez, papi?” Cada vez que su mente se desocupaba creía escuchar esta pregunta, recurrente diálogo de su hijo Eric en el último día de convivio con él antes de dejarlo en la Ciudad de México con Sofía, su esposa. Siempre era la misma curiosidad infantil buscando la respuesta que afianzara la imagen heroíca que Domingo tenía ante su hijo por el hecho de ser policía. Lo único que cambiaba en la pregunta, era el nombre de la ciudad a donde Domingo sería enviado: Matamoros, Reynosa, Durango, Acapulco o Mazatlán.
“No, mi’jo, yo los meto a la cárcel”, le respondía. “Matar es malo.”
“Pero matarías a los malos.”
El juego de policías y ladrones que Domingo recreara junto a sus amigos en la infancia, era recreado por su hijo en los juegos de video. No obstante, la esencia del juego era la misma: policías matando ladrones. ¿Qué diría su hijo si supiera que había algo de verdad en eso? ¿Qué iba a decir cuando descubriera que su padre a veces llegaba a extremos más allá del deber?
“Buenos o malos, no se debe matar a nadie.”
“¿Y si te quieren matar a ti?”
“Entonces me defiendo.”
“¿Y si me quieren matar a mí?”
“A ti nadie te quiere matar. Y si quisieran, no podrían.”
“¿Por qué?”
“Porque yo no los voy a dejar.”
“Pero también a mí me pueden matar.”
“¿Sí? ¿Cómo?”
“Mira, dame un balazo.”
Domingo formaba una escuadra con el índice y el pulgar y simulaba disparar contra Eric, quien caía de espaldas sobre la cama con un grito y un gesto de dolor.
Entonces, tras esos recuerdos venían las remembranzas de la separación de su familia, de los llantos de su hijo, sus ruegos hasta la exasperación, sus pataleos, así como la pretendida astucia de Eric, quien al no lograr retenerlo con berrinches se ponía a caminar junto a él cuando salía de la casa, como si con ello pudiera imponerle la obligación de llevarlo.
Muchas veces fue la oportuna intervención de Sofía la que lo salvó de su flaqueza, al tomar al niño por la mano y arrancarlo literalmente de sus piernas.
Una vez que terminaron su asunto en la papelería, cruzaron ambos el saturado Eje Vial Juan Gabriel, para llegar al complejo de edificios del Gobierno del Estado de Chihuahua. En su explanada de concreto, una cruz de madera pintada de rosa y erigida por las Organizaciones no Gubernamentales recordaba los diferentes asesinatos de mujeres sin resolver. A su alrededor, en las jardineras de piedra, vendedores de golosinas y café aprovechaban la afluencia de gente que iba a realizar algún trámite.
Entraron en la oficina de Averiguaciones Previas y preguntaron a un agente encargado del control de acceso por el Comandante Urquidi, de Homicidios. Fueron después a una oficina muy austera y de espacio pequeño, cuyo descuido contrastaba con la modernidad del edificio. Ahí los recibió Urquidi, un hombre cuya estatura no parecía cumplir con el mínimo requerido para un policía —1.75 metros—, pero que a cambio de eso tenía, en la pequeñez de sus ojos con bolsas, la misma severidad de un perro bull dog.
—Pues entonces, así le hacemos: van a estar comisionados al Grupo Zeus. Los homicidios de jurisdicción federal, serán para su corporación. Los demás, los investigaremos nosotros. Creo que ya los informaron de eso,¿no?…
Domingo y Esteban asintieron.
—O. K., entonces… bueno, no sé, a lo mejor quieren empezar desde hoy, o tal vez mejor desde el lunes… ustedes dicen, como quieran. Les digo porque el lunes sería más fácil encontrar gente dispuesta a echarse un clavado en los expedientes y dárselos a ustedes para que los estudien; ya ven que hoy es viernes y aparte de que vamos a tener operativos en la noche, pues todo mundo se quiere desafanar y…
—Mi comandante —interrumpió otro agente, tras tocar en la puerta—, ahí disculpe: le habla el Lic.
Tras darse por enterado, Urquidi agregó:
—Vénganse, vamos a presentarles al Subprocurador…
Domingo y Esteban acompañaron a su anfitrión a una oficina más privada. En ella, encontraron al Subprocurador, quien tenía alrededor de cuarenta años, era lampiño con el cabello entrecano y usaba lentes flotantes. Aunque las uñas de sus manos tenían huellas de ser mordisqueadas constantemente, era pulcro en el vestir y el actuar.
Fue este detalle en medio de tanta pulcritud, el que llamó sobremanera la atención de Domingo. Su corte era irregular, e incluso, a su alrededor había algunas heridas en la dermis, tanto en carne viva como en pequeños cúmulos de sangre coagulada.
—Hay mucho trabajo —siguió el funcionario—, mínimo un muerto diario. Claro, no todos son de jurisdicción federal…
—Licenciado, ¿qué hay con lo de los asesinatos de mujeres? —preguntó Esteban. Al hacerlo, Domingo le dirigió una mirada displicente.
—Esos son del fuero común. Pero en caso de que salte algo, pues ya se verá…
23 de febrero de 1995
La desesperación de Susana Aguilera crecía con cada movimiento del reloj de pared. Hacía diez minutos que su diario acompañante debió haber ido por ella para acudir a la jornada sabatina de tiempo extra, y no quería llegar tarde. Su necesidad de ayudar a su familia era mucha, hasta el grado de haber alterado su acta de nacimiento para acreditar diez y seis años cumplidos; pues por ley, ella, de catorce, era incapaz legalmente para desempeñarse en el trabajo industrial.
Tras una vana espera de cinco minutos más, decidió salir sola. “Ha de haber amanecido crudo”, pensó al dejar su vivienda, mientras tropezaba con las piedras de la calle sin pavimento de su colonia. Al ver pasar la rutera a dos cuadras de distancia, corrió en un intento por alcanzarla, pero cuando llegó a la parada, el camión de pasajeros estaba tan alejado que ni con silbidos pudo llamar la atención de su conductor.
Siguió caminando. Tenía esperanza en el arribo de otra unidad, casi simultánea, que estuviera jugando carreras por el pasaje contra el camión que se había alejado. De vez en cuando miraba sobre su hombro, pendiente de que el otro autobús no fuera a pasarla de largo; hasta que en uno de esos vistazos vio acercarse una furgoneta negra sobre la que viajaban dos desconocidos. No habría dado al asunto una importancia mayor, de no haberla saludado el copiloto.
—No gracias.
—Ándele, anímese, con confianza. No crea que somos malandros.
Susana se detuvo y escudriñó por la ventanilla a los dos hombres.
—No, pues quién sabe… parecen policías.
—¿Qué pues? No nos confunda tan feo. No somos nada de eso. Además, ya va tarde al trabajo, ¿no?, veo que camina muy aprisa.
—¿Y cómo saben que voy a trabajar?
—Trabajamos en un taller aquí cerca, y ya la hemos visto otras veces que sale a esperar el camión.
—Además, su bata de la maquila la delata.
—Pues piensan como policías…
—Ándele, no pasa nada. Es más, no nomás la llevamos para que alcance la ruta; si quiere la llevamos hasta su trabajo, para que llegue temprano y no pierda los bonos.
—¡Ande! Para lo que dan de bonos las pinches maquilas… casi ni voy a sentir si me los quitan.
—¿Entonces qué? ¿qué dice?
La muchacha, aun recelosa pero con la premura de llegar a tiempo, aceptó.
A las diez de la mañana del lunes siguiente, fue encontrada sin vida en una zanja a cincuenta metros del Eje Vial Juan Gabriel, a la altura del kilómetro seis. Ultrajada antes de recibir cuatro puñaladas en el pecho.
15 de agosto de 1995
Élida Portillo Acevedo desapareció tras asistir a una reunión convocada por las bases juveniles de su partido político. Aun no tenía edad para votar, por lo que colaboraba con el Partido pintando bardas, colocando carteles, acudiendo a mítines y echando porras a los candidatos durante las campañas electorales.
Laboraba en un centro comercial como auxiliar administrativo. Acosada por uno de los gerentes, Élida confiaba en que su relación de amistad con otros militantes del Partido la ayudaría a colocarse en otro empleo, pues estaba harta de los recaditos que le enviaba el gerente, de sus frases con doble intención, así como de su diestra en el talle para conducirla “con cortesía” y las yemas de sus dedos tocando apenas la piel sobre sus brazos. También la molestaba ese afán por saludarse o despedirse con un beso mutuo en la mejilla, al tiempo que le susurraba al oído “muñeca”, “chiquita”, “preciosa”; “¿tienes novio?”, “¿ya lo dejaste?”, o bien “¿cuándo vamos a dar una vuelta?”
No, no tenía novio. Aunque sus padres le permitían tenerlo, cuidaban mucho que Élida no se les descarriara. Sabían que la adolescente era fácil de impresionar, y por ello la advirtieron sobre las intenciones ocultas de quien siendo mucho mayor que ella trataba de conquistarla con detalles ostentosos y piropos infantiloides.
Ese día de verano, el calor en la calle era insoportable. Como cualquier sábado, sólo trabajó medio turno. Al salir, encontró a la contadora, quien se ofreció a darle un aventón a la sede del partido, en la servidumbre de paso de la acequia madre. Fue la última vez que se la vio, hasta un mes después cuando apareció muerta en la vasta extensión de desierto conocida como Lote Bravo.
19 de agosto de 1995
A Isabel Terán, de 20 años, se la encontró muerta en un paraje solitario del kilómetro cinco de la carretera a Casas Grandes, a las 11:30 horas, en una hondonada del terreno. Estaba semidesnuda, vestida sólo con blusa blanca de algodón, pantalón de mezclilla bajado hasta los tobillos y calcetas blancas con rayas azules. Tenía el cabello recogido en un chongo.
1 de septiembre de 1995
A diez kilómetros del hallazgo anterior, en unos terrenos cruzados por torres de alta tensión, se encontró otro cadáver descompuesto. Estaba bocabajo, con la prenda interior desgarrada sobre la espinilla izquierda, y su pantalón a un lado del cuerpo.
Dos días después, fue identificada por su madre. La autopsia reveló que fue violada y estrangulada. Su nombre era Georgina Álvarez.
Para entonces, —y sólo hasta entonces—, comenzó a fortalecerse la hipótesis sobre la existencia de un criminal que rapta, viola y asesina a mujeres menores de edad.
5 de septiembre de 1995
El cuerpo de una nueva víctima, oculto entre matorrales, fue encontrado por trabajadores de la Junta de Aguas cuando realizaban trabajos de topografía. Otra vez en el Lote Bravo. A su lado estaba parte de la negra y ondulada cabellera, desprendida posiblemente por coyotes.
Los análisis indicaron que fue desnucada, y uno de sus pezones amputado a mordidas después de muerta.
Mientras la Policía Municipal, a través de los medios de comunicación, recomienda a los padres de familia extremar precauciones ante la ola de asesinatos de mujeres, la Dirección de Seguridad Pública anuncia la gestión ante la Procuraduría General de la República del préstamo de un helicóptero que les permita sobrevolar el área en busca de más cuerpos.
9 de septiembre de 1995
Policías municipales que resguardaban los trabajos de la Junta de Aguas, recorrían el terreno donde fueran encontrados los cuerpos cuatro días antes. Guiados por el cerco de púas, a cien metros del Libramiento Aeropuerto, dieron con un montón de huesos semiforrados con piel. Tras revisarlos, descubrieron que se trataba de restos humanos.
También había sido desnucada, y al igual que a la víctima anterior, le arrancaron los pezones a mordidas después de muerta, ya que no presentaba inflamación en los senos.
El Departamento de Odontología Forense lograría la identificación del cuerpo gracias a los trabajos dentales efectuados en él: se trataba de Élida Portillo Acevedo, la integrante de las bases juveniles de un partido político.
16 de septiembre de 1995
Para la madre de Elida Portillo, así como para las de dos víctimas más y cincuenta voluntarios, la celebración del aniversario 185 de la Independencia de México pasó al último plano de sus prioridades. Apoyarían a la autoridad en un operativo de búsqueda de más cuerpos, sumándose a un equipo mayor a las cien personas, entre peritos, agentes, médicos legistas, antropólogos forenses, sicólogos y agentes del Ministerio Público; además de un experto criminólogo de la capital del país, dos perros labradores adiestrados en Phoenix, Arizona; y diverso equipo técnico. Incluso se anunció la participación de un helicóptero de la Policía Federal de Caminos.
Aun con tanta alharaca, el resultado de dicho operativo fue un fracaso. La Policía Judicial del Estado aportó únicamente cinco elementos, quienes no fueron capaces de coordinarse con la Policía Municipal. A ninguno de los voluntarios se le informó sobre qué hacer en caso de algún hallazgo. Los labradores negros Gun y Dany trabajaron durante un lapso menor a los veinte minutos en una zona muy reducida; pues según su entrenador, el agua, el lodo y el calor podían inhibir su olfato, por lo que el resto del día estuvieron encerrados en una jaula dentro del vehículo del comandante de Homicidios, con clima artificial.
La Policía Montada no llegó, y el helicóptero que apoyaría en la pesquisa jamás fue solicitado.
A partir de esta búsqueda, surgieron organizaciones no gubernamentales, u ONG’s, cuya causa de lucha era la no-violencia. Todas, a su modo, protestaron por la ineficacia de las autoridades.
Mas no fueron los únicos. El Partido Revolucionario Institucional, entonces de oposición, se lanzó a marchar por las calles en demanda de mayor seguridad. Al ritmo de sus pasos lanzaban consignas tanto contra el alcalde como contra el gobernador estatal; ambos de extracción partidista opuesta a la de ellos. También, anunció una colecta entre sus militantes para la creación de un fondo para recompensas.
A partir de entonces, los jóvenes empezaron a salir a divertirse en grupo, y las mujeres que caminaban por la calle veían con recelo a cada hombre con quien se cruzaban, temerosas de que fuera un posible secuestrador. La organización Vecinos Contra la Violencia, repartió en varias escuelas bolsas de papel con una manzana en su interior e instrucciones de seguridad personal impresas en la envoltura.
19 de septiembre de 1995
Élida Portillo, Georgina Álvarez e Isabel Terán, según la policía, acostumbraban acudir a dos sitios comunes de reunión: la terminal de la rutera, y el salón de baile Noa-Noa. Se sugirió la hipótesis de que las tres, cada una a su tiempo, habían sido seleccionadas en esos lugares por el o los asesinos, en base a sus rasgos físicos y complexión.
No se descartó la participación de un extranjero.
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