Buzo de nostalgias

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Ceremonia de premiación de Caza de Letras
La premiación del Segundo Virtuality Literario Caza de Letras se realizará el domingo 30 de noviembre a las 8:00 de la noche, como parte de las actividades de la Feria ...
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Buzo, habitante de Caza, se despide

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Hola a todos:

Ahora sí ha llegado mi final en Caza de letras. Quiero en primer lugar agradecer a todos mis lectores que me siguieron paso a paso, por sus valiosos comentarios y por su apoyo a lo largo de esta travesía. Me enorgullece haber estado en la punta de las preferencias del público, es para mí un honor que me haya leído tanta gente.

Creo que lo más importante para un novelista que empieza como yo, es tener la oportunidad de compartir impresiones y éste ha sido un espacio privilegiado para esa retroalimentación.

Gracias también a mis compañeros de concurso por su amistad en este recorrido, siempre se mostraron receptivos y me ayudaron mucho con sus críticas constructivas a la novela. Gracias a los miembros del jurado por sus importantes aportaciones y su paciencia. Y por último, quisiera darle las gracias a todo el equipo técnico de Caza de letras, que siempre estuvieron dispuestos a ayudarme y a los organizadores, a la UNAM y Alfaguara por esta gran oportunidad que abren a los escritores jóvenes.

Esta experiencia, como lo he comentado en mi blog, ha sido en verdad única y no la cambiaría por nada. Viví casi un mes y medio en esta “Casa” de letras. Me despertaba y acostaba pensando en ella, en sus habitantes y visitantes, en lo que se comió y bebió aquí. Se volvió parte de mi vida y sin duda la voy a extrañar.

Salgo de aquí con muchas experiencias, como escritora y como persona. Lo más importante es que salgo fortalecida por las críticas que sin duda me ayudarán a mejorar la novela y me harán crecer como escritora. Ahora no me queda más que sumergirme en las profundidades de Desencuentros, proyecto entrañable en el que creo firmemente, pero el cúal bien merece el tiempo necesario que desgraciadamente no le pude dar de inicio. Estoy segura que con más tiempo y dedicación, esta novela se irá cocinando a fuego lento, como bien lo señaló Álvaro.

Finalmente quiero desearle la mejor de las suertes a los finalistas y a todos mis amigos concursantes, que tienen mucho talento y una prominente carrera como escritores. Estoy segura de que nos encontraremos muy pronto en este largo, pesado pero fascinante camino de la escritura.

Muchas gracias de nuevo a todos. Para aquellos que estén interesados en seguir en contacto, les dejo mi correo:
buzodenostalgias@gmail.com

Buzo de nostalgias

Ejercicio especial para nominados: 3 personajes de Desencuentros conversan.

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- Qué horror, esta salsa está asquerosa.

- A mí no me pareció tan mala. Y la sopa estaba deliciosa.

- Sí, coincido, creo que ella tiene razón.

- Perdón, yo ni los conozco pero con todo respeto ustedes no tiene mucha idea de comida por lo que veo.

- Si se puede saber, ¿tú porqué eres tan exigente?

- Ah, bueno, es una larga historia, en algún momento le daba a esto de la cocina profesionalmente, pero ahora sólo me gusta seguir criticando.

- Bah, los críticos, qué flojera me dan.

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Quinta entrega corregida

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33.

Eran las doce del día y Joaquín se encontraba aún en la cama. Renata se sorprendió de verlo ahí tirado a esas horas.

- ¿Has encontrado algún trabajo?

Joaquín la miró como un perro callejero a punto de morir. No podía levantarse. Había escuchado que la depresión podía causar ese malestar. La comida le provocaba un asco espantoso y los olores lo atormentaban.

Decidió regresar a México. No tenía ningún sentido seguir en Nueva York sin trabajo ni motivación. Además, ya llevaba casi un año viviendo en casa de su amiga y aunque le ayudaba con el gasto de la comida, se sentía como un parásito. Aquello era insostenible.

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Ejercicio especial para nominados: Jan recuerda

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Me sudan las manos. Las luces me ciegan al subir al escenario. Camino despacio hacia mi lugar, apretando con fuerza mi instrumento. Quisiera descargar el malestar que me invade el cuerpo. Respiro hondo pero siento una fuerte punzada que me oprime el pecho. Muevo el atril frente a mí. Espero la señal, la batuta me indica que mi entrada está próxima. Cierro los ojos. De pronto la veo tendida frente a mí. Me mira atenta, su cuerpo sigue los movimientos de mi chelo. Se enrosca, se distiende, mi corazón late cada vez más fuerte. Huelo su piel húmeda, tengo ganas de tocarla, de besarla. Abro los ojos, ha desaparecido. Sigo tocando, tomo aire. Hace años que no pensaba en ella, pero ahora, en el Carnegie Hall, estas imágenes han vuelto. Sigo sin entender lo que pasó por mi mente en ese momento.
Necesitaba probar a mí mismo que mi técnica de seducción funcionaba, que por fin podía usar esa arma tan preciada, el control del alma humana. Jugué con algo sagrado, me regocijé de mis métodos de disección. Las memorias de aquella noche me persiguen como aves rapaces ávidas de carne fresca.

Nunca me lo perdonaré. La soberbia me cegó, me sentí un Dios. Ella se daba toda y yo la rasgué con mi desprecio más cruel. Pensé que regresaría, que lamería de mi mano, que sería toda mía. El sentirme poseedor de ese tesoro me hizo perder el control, rebasé el limite, transgredí las reglas, humillé de la manera más vil posible. Y después el sabor amargo de la venganza en el concierto en México. Mis dedos se mueven rápidamente sobre las cuerdas, apretando y distendiendo. Vuelvo a respirar. El dolor no ha cesado ni cesará nunca. Los aplausos se hacen presentes pero yo no estoy aquí. Al terminar el concierto me quedo sobre el estrado. La veo, la sangre corre veloz por mis venas, las palpitaciones recorren mi cuerpo.
Poso mi mano sobre su hombro. Una mujer voltea, no es ella.

Comentario a la quinta entrega de Muerte Caracol por Ave Aura

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Ave Aura:
Hola, es la primera vez que me toca comentarte y te tengo que decir que me has atrapado en tu novela. En esta entrega me pareció muy acertada la tensión que creas con la analepsis de la infancia de Carlos Sobera y me pareció genial el desenlace del episodio de la muerte de la tía y la confusión del niño. En tu sinopsis dejabas la tensión de que Carlos Sobera pudiera ser el asesino y creo que quitas esa tensión demasiado pronto en la novela, si se puede alargar sería aún mejor.

Algunos detalles:
En la página 2, creo que la frase: “él cree que comparten la vejez y también la amargura” es innecesaria.
P. 3 “viajes insólitos, espaciales”, yo quitaría insólitos, ya que un viaje espacial siempre es insólito.
p. 3 dices que la tía muerta tenía “los ojos coloreados con un azul absurdo”, ¿no serán más bien los párpados?
p. 12 en el párrafo que empieza “Fue después de la muerte de ella que nació…” aquí yo señalaría el nombre de la tía en vez de “ella” ya que acabas de hablar de la vecina de enfrente y esto puede causar confusión.
Espero que te sirvan estos comentarios. Saludos y mucha suerte.

Desencuentros- Cuarta entrega corregida

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Desencuentros (cuarta entrega corregida) por Buzo de nostalgias.

22.

Santiago se despertó de un brinco e instintivamente buscó su reloj. Eran casi las doce del día. La intensa luz del se colaba ya por las persianas de madera. Se moría de hambre. Después de un regaderazo, sacó la primera camisa que encontró en su maleta, tomó los jeans que había aventado la noche anterior, y salió en búsqueda del restaurante. Los jardines de la hacienda eran bellísimos, salvajes y cuidados a la vez, como bestias domesticadas. El olor a tortillas recién hechas lo llevó a su destino. Pidió unos huevos al estilo Uayamón, muy parecidos a los tradicionales huevos motuleños que solía comer en sus múltiples viajes a Mérida y un jugo de naranja. Estaba solo en el restaurante y pronto descubrió que él y una mujer eran los únicos huéspedes en aquel paraíso de silencios.

Antes de regresar a su habitación, Santiago dio un paseo por la hacienda. El calor era muy intenso y a lo lejos vislumbró un espejo de agua con unas columnas en medio. Era una alberca con unos grandes pilares que en algún momento habían sostenido el almacén de henequén. Los camastros, perfectamente alineados con fundas de toalla formaban una ele alrededor de la alberca. Unas sombrillas de lona blanca invitaban a una agradable sombra. Regresó con velocidad a su cuarto, se puso el traje de baño y agarró una gorra, unos lentes de sol, un libro, y su Leica.

Al meterse a la alberca, Santiago sintió una mirada penetrante. Sabía que lo observaba la única mujer que se hospedaba en la hacienda, pero no quiso voltear. El
agua fresca le hizo estremecer un poco. Sumergió el cuerpo entero, un largo silencio y después un profundo respiro como una tortuga que por fin encuentra el aire. Dio unas brazadas para desentumir el cuerpo y se apoyó con los brazos cruzados en el borde de barro que despedía un halo de vapor. Se puso los lentes de sol que había dejado en la orilla y volteó a verla. Con su máscara solar podía disimular la mirada, acechar con cautela, observar sin miedo. La mujer llevaba un traje de baño completo rojo que sugería un cuerpo maduro, con experiencia, que pedía a gritos ser protagonista de alguna historia, cualquiera. Sus ojos merodearon aquel cuerpo, descubriendo poco a poco el paso del tiempo, las pequeñas arrugas en la cara. Y después unos ojos ansiosos y pícaros que se desnudaron al fin, y por unos instantes, cruzaron los suyos, adivinándolos. Santiago salió de la alberca, se frotó con la gruesa toalla de algodón y regresó a su camastro partido por la sombra de un flamboyán. Se recostó y tomó su libro. Intentaba leer algo, pero su mirada furtiva escapaba ansiosa de las letras a las que la había sometido.

Esto es ridículo, pensó. Somos los únicos en toda la hacienda y no nos podremos esquivar por el resto de los días. Decidido, dejó su libro en la mesita de teca y se dirigió hacia la poltrona en dónde se encontraba Lucía que también leía, con un ligero sombrero de paja sobre la cabeza. A los pocos pasos de llegar a ella, titubeó y estuvo a punto de regresar, cuando ella bajó sus gafas y con una agradable sonrisa le dijo “hola”.

Santiago devolvió la sonrisa y se sentó en una silla al lado de Lucía. Pidieron unas margaritas heladas. Lucía sorbía su bebida en silencio, y su lengua atrapaba algunos
granitos de sal, picantes como el sol del mediodía. Santiago la observaba sin hablar. Ninguno de los dos quería interrumpir ese compás de pequeños hielos rompiendo como
olas en los vasos. Empapados en sudor, los cuerpos calientes de tanto sol y tequila, se dirigieron hacia la habitación de Lucía. Risas ahogadas bajo las aspas del ventilador,
besos y caricias de adolescentes, los cuerpos inertes tendidos como mantas.

Lucía volteó y miró con detenimiento el cuerpo desnudo a su lado. La luz del sol era ya más cálida, menos dura a los ojos. Se incorporó como quien despierta de un sueño profundo. Le dolía un poco la cabeza, pero no era nada frente a la agradable sensación de cosquilleo debajo del vientre. No recordaba con detalle el encuentro con este muchacho que bien podría ser su hijo. Sin embargo, se sentía feliz, terriblemente satisfecha. Con una sonrisa se dirigió al baño y prendió la regadera. Cerró los ojos e intentó visualizar algo. Sólo recordó los ojos intensos de Santiago, sus dedos recorriendo hasta los últimos recovecos de su cuerpo. De pronto, sintió unas manos en la cintura que le tomaron los senos. El chorro de la regadera siguió corriendo.

Ambos sabían que estos días terminarían y que tendrían que regresar a sus respectivos mundos. Lucía a su teatro conyugal, Santiago a su búsqueda interna. Sin embargo nunca midieron las consecuencias de aquel encuentro.

- ¿Qué vamos a hacer ahora?, le preguntó Santiago mientras comían un suculento pan de cazón en la terraza.

Lucía acarició con ternura la cara de Santiago. No podía ocultar su miedo. Sabía que era sólo una aventura, pero no estaba dispuesta a perderlo para siempre. Hacía años que no se sentía querida, atractiva, simpática. No recordaba la última vez que había podido ser ella misma, reír hasta el cansancio, redescubrir el placer en todos sus sentidos.

Por su parte Santiago sabía que no tenía nada que perder. Era la primera vez que tenía una relación con una mujer mayor que él. Quería ser cómplice de esta mujer que parecía revivir una adolescencia perdida. Le aterraba la idea del final, del vacío, el regreso impostergable a su vida rutinaria y aburrida de abogado, al smog de la ciudad, a su departamento vacío. Se acordó de su regreso con Renata a la Ciudad de México después de su idílica estancia en París. Los viajes son eso, pensó Santiago, magia pura que se desvanece al contacto con la realidad, instantes fugaces, nostalgia eterna.

Se separaron al cabo de una semana. Lucía tenía que regresar a su papel de ama de casa y Santiago continuó su recorrido hacia Yucatán.

23.

Era una mañana lluviosa cuando Joaquín se dirigió al restaurante. Tocó por la puerta trasera, sabía que en este tipo de restaurantes se empezaba a trabajar desde temprano.
Un hombre con una cicatriz en la cara le abrió la puerta, parecía molesto.

- ¿Qué se le ofrece?, escupió el tipo con un delantal
que parecía que no había sido lavado nunca.
- Quería ver si existe la posibilidad de un empleo, yo…

No había terminado cuando el grueso cuerpo se retiró y en breve apareció un hombre alto y delgado que le indicó sin saludarlo que lo siguiera. Después de recorrer varios pasillos y subir una escalera de caracol, Joaquín entró a una pequeña oficina atiborrada de papeles. A lo lejos se oía el ruido de ollas y sartenes salpicado por algunos gritos. Joaquín se limitó a decir varias veces “no” ante las preguntas que le fusilaba el hombre delgado. Claro estaba, no había trabajado en ningún restaurante y por más que intentó explicar quesabía elaborar los platillos más sofisticados y que podía adivinar la mayor parte de los ingredientes de un guiso con sólo olerlo, aquello no tuvo sentido y tuvo que acceder ante la terrible oferta que se le presentaba: empezaría como pinche de cocina. Además el sueldo era bajísimo, ya que no tenía papeles y no podía trabajar con su visa de turista. Llenó un pequeño formulario, le entregaron un delantal, dos juegos de ropa blanca y la llave de un casillero.

- Nada de bebidas o drogas. Mientras menos hables mejor. Sigue exactamente las instrucciones que te dará Max. ¿Entendido?

A las pocas horas, Joaquín se encontraba picando verduras en una esquina de la inmensa cocina. Sabía que era un trabajo de negros, arduo y mal pagado, pero para Joaquín
era vital sentirse parte de aquella cocina reluciente, en dónde cada olla de cobre se encontraba perfectamente alineada, en dónde entraban y salían cocineros que vociferaban en distintas lenguas, en dónde los olores se mezclaban suavemente entre picantes vapores.

Las primeras semanas Joaquín tuvo que soportar los gritos de Max. La compulsión y perfeccionismo de Joaquín no eran suficientes, había que ajustarse a instrucciones precisas como el obrero de línea de una fábrica. No había en ese momento ningún margen para crear, eso Joaquín lo tenía bien claro. Sin embargo, cuando llegaba la noche, Joaquín sentía un cosquilleo en todo el cuerpo, se sentía vivo y feliz al ver desfilar los paisajes puntillistas que se deslizaban ante sus ojos antes de salir por la enorme puerta de la
cocina. El saber que había contribuido en la elaboración de aquellas obras de arte lo emocionaba.

Por otra parte, se encontraba bastante a gusto en el departamento de Renata, su amiga de la infancia, con la cual compartía el gusto por el arte, la belleza de lo efímero y la buena comida. Renata lo oía llegar en la madrugada y abrir el refrigerador en el que acomodaba con gran meticulosidad, una serie de cajas herméticas que contenían suculentos manjares que traía del restaurante.

Esa era una de las mejores partes. Cuando los últimos clientes se habían retirado, Brenton, el sous-chef entraba a la cocina chiflando la misma tonada. La primera vez
Joaquín se sorprendió al ver a esa monumental figura silbar una melodía tan alegre. Era como si de pronto las cejas y el mentón se destensaran para permitir que los labios
esbozaran una ligera sonrisa que no se dibujaba del todo, pero que estaba a punto de explotar en una carcajada. Acto seguido, todos, desde el chef hasta los lavaplatos, corrían
hacía la larga mesa de metal, con algunas cacerolas en mano. Ahí el banquete era desordenado. Los primeros en llegar embestían con sus cucharas los caldos y carnes que
aún burbujeaban en los grandes cazos de cobre. Otros como Joaquín las primeras veces, se tenían que conformar con alguna ensalada o carnes frías menos lucidoras, pero
igualmente buenas. La presencia de Paul el ayudante del sommelier, era indispensable. Debajo de una de las mesas, acumulaba las botellas con restos de vino que los
comensales no habían tocado, para después verter gotas ensangrentadas en los vasos de sus compañeros e irrigar aquel festín.

Agotado después de una larga jornada de trabajo, pero con el estómago lleno y no precisamente de cualquier vianda, Joaquín acostumbraba caminar a lo largo del parque. Le gustaba sentir el viento de la fría madrugada sobre su cara, oír sus pasos que, alineados a los leves destellos de los faroles, se deslizaban sobre el terreno rugoso del parque. Cuando llegaba al departamento, intentaba hacer el menor ruido posible. Sabía que su amiga también trabajaba en sus lienzos de noche, pero aún así casi siempre la encontraba dormida.

24.

Cuando Jan cumplió veinte años, su padre lo llevó al bar, lo sentó en una pequeña mesa redonda de la sala y pidió dos cervezas.

- Jan, ya eres un hombre, espero que puedas algún día disfrutar el placer del alcohol sin caer en el vicio como yo.

Jan, en ese momento, no comprendió esa frase del todo. Casi no tomaba y había pasado casi toda la adolescencia encerrado en el conservatorio y en su pequeño cuarto ensayando hasta que sus brazos y manos le pedían tregua. Pero ese día, de vuelta a Praga, pasó cerca de aquel bar y pidió al taxista que lo dejara ahí. Con el enorme estuche negro y una pequeña maleta, entró al bar que su padre frecuentaba y que quedaba a unas escasas cuadras de dónde aún vivían sus padres. El cantinero lo saludó con una ligera inclinación de la cabeza. Era el mismo hombre, con la mirada perdida y el alma cansada. Eran las once del día, la pequeña sala se encontraba vacía. Caminó lentamente hacia la mesa del fondo, la misma en la que se había sentado aquel día con su padre. Respiró hondo y pidió una cerveza.

Hacía tiempo que no se sentaba a pensar, sólo él y su mente, sin la música, sin ninguna idea precisa, sin ninguna pieza que ensayar. Pasaron varias horas y el local se había llenado de oficinistas mal vestidos y de algunos obreros y artesanos del barrio. Ese sentimiento le agradaba, sentir la cabeza pesada, el no tener que pensar en nada, tan sólo en musitar las mismas palabras al mesero: “sí, otra por favor”. Había ya perdido la cuenta de las cervezas, de los conciertos que le faltaban en el año, de lo que haría con su vida. Jan sentía cada vez más pesado el tarro de cerveza oscura en su mano. En algún momento, recordó haber pedido unas salchichas fritas con papas y col. Observaba con atención a los hombres de las mesas junto a él, hombres cansados, con la corbata desalineada y el pelo alborotado, que buscaban cobijarse un poco del frío de esa tarde de invierno, calentarse el paladar y los ánimos, tan sólo unos minutos, para salir de nuevo al frío, a la rutina del trabajo, a sus hogares. Imaginaba la vida de estas personas, triste, solitaria, miserable. En ninguno de ellos se vislumbraba una sonrisa, un brillo de esperanza en los ojos. Yo por lo menos, pensó Jan, tengo mi música. Esas melodías a veces lúgubres, a veces más ligeras, pero siempre con el tono de su nostálgico chelo.

Para Jan, la música era la voz de su alma en pena, el acorde perfecto, la sintonía con el dolor y la tristeza. Hacer más bella esa tristeza, ese era el don de su chelo que vibraba con el arco de la vida. Jan eran tan obsesivo con su arte, que en pocas ocasiones se detenía a pensar sobre el sentido de su existencia. En ese momento, sentado en ese bar, con la cabeza un poco aturdida y una paz relajante que le desentumía el cuerpo, pensaba sobre el sentido de la vida. Finalmente no importaba, no se consideraba un filósofo y poco le interesaba si existía un sentido intrínseco o una vida futura. Lo único relevante para Jan era el placer que le producía el tocar su instrumento, el fusionarse en la música y lograr ese efecto de aquella mañana nublada y fría en el Bois de Boulogne. La música no sólo era, pensó Jan, un lenguaje universal, era un diálogo con Dios.

Recordó a una mujer profesora de literatura inglesa que había conocido en un viaje a Londres. Normalmente Jan aprovechaba los vuelos largos para descansar un poco o leer algún artículo especializado o críticas de música. Pero en esa ocasión, la mujer le había parecido muy agradable y habían entablado una conversación sobre la trascendencia el arte. Esta mujer, especialista en Virginia Woolf, le había hablado sobre los “momentos de vida”. Esos momentos eran para Virginia Woolf, eventos cotidianos con una gran carga emocional y afectiva, que había logrado plasmar en sus memorias. Eran momentos trascendentales en dónde todo parecía unirse y estar en armonía, en dónde todas las partes se integraban perfectamente y la existencia humana cobraba sentido. Momentos sensuales, experiencias que podían ser agradables o no, pero que dejaban una marca de por vida y le daban sentido la existencia. Momentos de vida, pensó Jan, eso es la música para mí. Jan le había contado a la literata el placer que le producía hacer música con su chelo, el que por unos instantes el mundo desapareciera ante sus ojos, el olvidarse de todo y darlo todo. Una entrega absoluta para y por el arte, por el placer de crear algo bello y de tocar las fibras más íntimas de los escuchas, aunque fuera por unos instantes. La profesora le había comentado que esos eran precisamente los momentos de vida en un sentido woolfiano. Eso eran, tan solo momentos, pero para los cuales todo tenía sentido: las largas noches sin dormir practicando, los viajes atroces, las noches solitarias en hoteles. Y es que la música, la entrega y comunión con Dios y el ser humano, exigía una dedicación de cuerpo y alma. Sería un mediocre,
pensó, un egoísta ante el mundo si no pudiera darlo todo.

Salió de aquel bar. La noche era fría y su abrigo a penas le cubría. Atravesó las calles solitarias iluminadas por algunos faroles. Sólo se escuchaban sus pasos, lentos y pesados como su chelo. Llegó a su casa, destapó una botella de vodka y se tiró en la cama. Vio de reojo su chelo y suspiró. No estaba en condiciones de practicar.

A la mañana siguiente, Jan despertó con un fuerte dolor de cabeza. Hacía años que no tomaba. Todas las noches de sus últimos diez años de vida, los había dedicado celosamente a su violonchelo. A veces se sentaba en su cama, después de horas de ardua práctica y se preguntaba, exhausto, cual era la verdadera razón de su pasión por el chelo. Primero creyó que era por amor propio, por el placer que le provocaba tocar su instrumento, sumergirse en el mundo de la música, olvidarse de la cotidianeidad de la vida que tanto le desesperaba. Sin embargo, recordó aquella tarde en el Bois de Boulogne, las miradas de los transeúntes del parque pasmados, como hipnotizados por aquella música que él, sólo él, estaba creando en aquel momento único. Le vino entonces como un momento de revelación. Descubrió que había otra razón, más poderosa, para tocar: sentir que con su música podía seducir a los demás. Fue como un arma secreta que acababa de descubrir. Por primera vez en su vida, tenía algo que le permitía poseer algo muy preciado, los sentimientos de los demás. Este reconocimiento lo hizo sentirse poderoso, por fin había encontrado que dominaba algo más que su violonchelo.

A partir de ese momento su actitud empezó a cambiar. Hasta su postura cuando tocaba el chelo se modificó. Algo en su pecho se erguía cuando apretaba las cuerdas para ejecutar un pizzicato. También empezó gradualmente a cambiar su percepción del mundo. Su mirada se fue mutando como un pájaro lastimado que de pronto recupera sus alas rojas para emprender un nuevo vuelo. Pasión y soberbia entrelazados en el terrible mundo del sonido.

Jan empezó a disfrutar mucho más sus conciertos y giras. Sentía que podía ir perfeccionando su técnica de seducción con mayor precisión, como un cazador que estudia meticulosamente el trayecto de su presa.

25.

Las pocas distracciones de Mark eran la pesca de los fines de semana y acompañar a Elda su esposa, al mercado sobre ruedas de Tralee. Ahí Mark olía todas las especies marinas, palpaba las escamas de los pescados más brillosos y sentía la textura babosa de los invertebrados que se fundían en sus manos. Después de este ritual, indicaba con su dedo índice a su mujer, para que ella se encargara de negociar el precio con el vendedor, supervisar el empaque en papel
encerado; Mark no soportaba que envolvieran aquellas carnes húmedas en bolsas de plástico que eran obscenas a la vista y al tacto; pagar, cocinar y servir la comida fresca durante la semana.

Elda era una persona de rostro duro como esculpido de una roca. Rara vez se le había visto sonreír, ni siquiera el día de su boda en dónde una mueca sobrevive en las ya amarillentas fotografías en los marcos de la sala. Sus padres eran comerciantes de productos agrícolas en un poblado cercano a la región de Killarney; ambos trabajaban en la tienda y la madre también cocinaba y vendía galletas de avena y trigo. Las tardes eran largas para la joven Elda quien tenía que pasar horas frente al mostrador, fingiendo una sonrisa para pescar a algún incauto y venderle las galletas que preparaba su madre.

Conoció a Mark en un festival de folk dance que organizaba cada año el pueblo de Waterford. No hay nada interesante que reportar de este encuentro; era sabido que los hombres jóvenes acudían a dicho evento no por el gusto por la música folk o las danzas típicas en dónde forzaban a niños y adultos del pueblo a disfrazarse con los incómodos vestuarios de época, sino para emborracharse y amanecer tirados en las playas de rocas, o bien para conseguir mujer. Mark iba con el segundo propósito y lo logró con suma eficacia. A los dos bailes le dio un beso y al día siguiente llevó a sus padres una gran botella de whisky para pedir su mano.

Mark tenía pocos pasatiempos. Trabajaba todo el día como cuidador del faro, que también era su casa, y en las noches después de la cena, le gustaba salir a caminar a la orilla del mar. Elda su esposa, nunca había entendido esta extraña rutina. Acostumbrada a no cuestionar, se limitaba con asentir con la cabeza cuando su esposo al terminar el último bocado del postre, retiraba lentamente la silla y le decía “ahora vuelvo” en un tono más pausado que las agujas del reloj que pendía en la cocina. El hombre, con la piel curtida por la sal y el sol, tomaba su enorme capa encerada, su gorro y en algunas ocasiones el paraguas. Estos paseos nocturnos no dependían de las condiciones metereológicas y había veces en que salía bajo la lluvia batiente. Sólo las tormentas lo detenían.

Mark ansiaba el momento de dar estos paseos. Era un hombre de pocas palabras, tosco y huraño que difícilmente podía socializar. Esa era la mejor cualidad que había encontrado en su esposa, la timidez. Supo desde el primer día que vio ese rostro triste y duro como el suyo, que había encontrado a la mujer ideal: hacendosa y taciturna.

Estos recorridos eran para Mark un encuentro consigo mismo. Caminaba durante casi una hora por los mismos senderos, al borde del mar. Al llegar a lo alto de una pequeña colina, se sentaba en una roca a escuchar y sentir el mar negro que le susurraba algo que no lograba descifrar, pero que lo cautivaba como una flauta mágica. Sólo en esos instantes, se sentía realmente pleno. Había veces en que las lágrimas le inundaban los ojos y se le estremecía la piel. Era como si en esos momentos el mar lo abrazara.

Algunas noches eran especialmente bellas, con destellos de la luna llena sobre las rocas de los ríspidos acantilados de la costa. Era como un premio, un saludo divino que le invadía el alma.

26.

El ascenso de Joaquín en el restaurante fue lento. Había veces en que anhelaba que le confiaran labores un poco más elaboradas. Sin embargo no era fácil y Joaquín tuvo que acostumbrarse a competir con personas que literalmente daban su vida y estarían dispuestas a cualquier cosa con tal de tener un salario y una posición más digna dentro del arduo escalafón del restaurante. En México Joaquín se encontraba en el puño de los afortunados que la habían tenido siempre demasiado fácil. Su educación y simpatía le habían asistido a lo largo de su vida y le habían abierto muchas puertas. No era difícil en un país como México saberse blanco y utilizar esa blancura con destreza. Aquí, en uno de los mejores restaurantes de Nueva York, él era un elemento más de la jungla de razas: árabes, indios, paquistaníes, uruguayos y varios mexicanos. La única ventaja de Joaquín en esa pugna racial, era otra vez más su color. Había veces en que miraba con genuina tristeza a sus compatriotas a los que difícilmente se les permitiría picar una cebolla.

Después de algunos meses, Joaquín se había ganado, a través de su destreza con el cuchillo, y sobre todo por sus risas y buen humor, la simpatía del chef y del administrador del restaurante, responsable de la asignación de puestos.

- Ahora sí me tienes que festejar Renata, me han condecorado como asistente del maitre patissier.

Joaquín había recuperado en poco tiempo su ánimo y buen humor. Sus obsesiones aún lo aquejaban pero la estructura del restaurante y el estar sometido a controles estrictos, le daban seguridad y contenían sus desbalances emocionales.

27.

Antes de su descubrimiento y de la toma de consciencia del poder de su música frente a los demás, Jan no solía voltear a ver a nadie en el público mientras tocaba su chelo. Más bien cerraba los ojos como un catador de vinos para saborear hasta el último bouquet. Ahora, empezó a levantar la mirada y a concentrarse en alguien del público. Primero alzaba la cabeza entre las notas y los arpegios para visualizar un grupo, después una fila y por último concentrarse en una sola persona, por lo general una mujer. Se deleitaba al ir viendo cómo la cara de esa mujer iba cambiando con la música, cómo sus facciones se iban suavizando según los distintos contratiempos o contrapuntos, primero el ceño fruncido, los brazos cruzados sobre las piernas firmes, el programa preso entre los dedos engarrotados. Poco a poco, más soltura en el cuerpo, las líneas de la cara desdibujadas, los labios más sueltos, cuerpo y alma en simbiosis completa fundiéndose en las deliciosas aguas de la música.

Era una tarde de otoño. El aeropuerto de Nueva York desbordaba de gente que corría desesperada por los pasillos como si fuera el último día de sus vidas. Miradas apagadas, perdidas en la infinidad de filas que zigzagueaban como culebras y listas para atacar. Jan odiaba los aeropuertos y como un preso encadenado, se iba arrastrando entre las multitudes para después dar una infinidad de explicaciones y pedir que por favor no maltrataran su violonchelo, que por su tamaño, siempre tenía que ser examinado manualmente por algún agente malhumorado.

Como era costumbre, después de ser trasladado a su hotel, Jan salió a dar un paseo. Conocía bien la zona, había tenido ya varios conciertos en el famoso Lincoln Center y su hotel no estaba lejos del parque.

Las bocanadas de aire fresco le sentaron bien después de tantas horas de vuelo y de aeropuertos. Se sentó en una banca frente a unos juegos infantiles. Observó como un globo rojo escapaba de las manos de una niña pequeña. El llanto. La llamada a la madre en desesperación total. La cara llena de lágrimas implorando al cielo la devolución de su tesoro. Al lado otros niños jugaban en un gran arenero con sus minúsculas palas y cubetas. Pompas de jabón flotaban en el aire para ir explotando poco a poco. Jan miró con atención la trayectoria de las burbujas transparentes, redondas, perfectas, que durarían poco antes de explotar. Hacía años que no veía aquellas formas tan redondas y frágiles, tan bellas y efímeras. Mientras las contemplaba, imaginaba la música de su chelo que las acompañaba, suave, perfecta. Y sin embargo estas pompas estallarían y su música, estratégicamente planeada, podría tener otros efectos, pensó. A su lado derecho una madre regañaba con intensidad a su hijo. Recordó con cierta melancolía, lo duro que había sido su padre, siempre exigiéndole ser el mejor.

Los niños lejos de provocarle amor o ternura le daban lástima. Sabía que esos seres indefensos serían lastimados tarde o temprano por la vida. Jan estaba consciente de su amargura. Hasta la música, en la que siempre buscó un refugio, ahora sería usada para encarnar una delicada venganza contra el mundo.

Al día siguiente, Jan acudió temprano a la sala de conciertos para un ensayo general. Él tendría dos piezas como solista y las demás como parte de la orquesta. Era un concierto importante para su carrera, y el programa de esa noche formaba parte de un festival internacional de música en dónde las grandes batutas e instrumentos se daban cita cada año. Era la primera vez que él y su orquesta eran invitados.

28.

Joaquín nunca olvidaría aquella noche. Marco, el joven mexicano que se encargaba de la basura y demás arduos menesteres del restaurante, le había llamado desesperado la noche anterior para avisarle que estaba ardiendo en calentura y que se encontraba al borde de las faltas permitidas. Joaquín conocía prácticamente a detalle la vida de Marco quien lo había tomado en poco tiempo como su confidente.

- No te preocupes Marco, haré todo lo posible por encargarme de tus labores mañana, cuídate.

Ese día había tenido que malabarear a escondidas, entre sacar la basura y lavar algunos platos, mientras decoraba con precisión tartas de frutas o carlotas de chocolate. Sabía que Max difícilmente notaría la ausencia de Marco si los botes de basura estaban constantemente semi vacíos. Fue entonces, en una de esas idas a dejar la basura que Joaquín vio entre cáscaras de papa, una mancha roja y viscosa. La pesadilla que había tenido desde niño reapareció con mucho más intensidad: Sangre coagulada esparcida por toda la cocina, vísceras, tripas y demás órganos animales regados por el suelo, su madre con un delantal enorme aún escurriendo de sangre, gritándole que se terminara la sopa, roja también.

Se quedó helado, la mirada clavada en el basurero. Perdió la noción del tiempo. Las formas se empezaron a desvanecer. Sólo manchas rojas sobre un telón negro. Cuando regresó a la cocina, Max lo miró enfurecido. Sus tartas habían desaparecido de la mesa.

- Estás despedido, le dijo Max sin mirarlo a los ojos.

- Pero yo sólo…

Era inútil, sabía que cualquier error le costaría el trabajo.

Esa noche no pudo dormir. Se levantó varias veces, daba vueltas en círculo por el diminuto departamento, tomaba agua compulsivamente, sentía que le explotaba la cabeza. Miles de preguntas rondaban en su mente como murciélagos al vuelo: ¿Qué era eso que
había visto en el basurero? ¿Por qué esa terrible imagen de nuevo, ahora que por fin había encontrado su verdadera pasión?

29.

- Lucía Tieste le llama por la línea dos.

Santiago se sobresaltó. Una mezcla de emoción y de sorpresa. Habían pasado dos semanas sin que tuviera noticias de ella.

- Hola. Necesito verte. ¿A las 8 en el hotel Condesa?

Santiago se sentó en el bar al fondo del pasillo. Estaba a punto de pedir un martini cuando un mesero se acercó, Sr. Lijano, dijo y le entregó un sobre. Al abrirlo sólo un número, 405. Claro, sabía que Lucía era una mujer casada y tenía que ser precavida. Se echó el saco de lino al hombro y se dirigió al elevador. Era una noche de verano, el calor se había disipado y la temperatura era agradable. Tocó a la puerta. Lucía vestía un vestido blanco con un escote en V bastante pronunciado. Su pelo rizado le caía hasta el hombro, tenía poco maquillaje y un perfume de lavanda. Santiago no pudo terminar su frase. “Que guapa te…” cuando ella lo rodeó con sus brazos y lo besó.

Los siguientes meses fueron difíciles. Los encuentros cada vez se dificultaban más, sobre todo para Lucía que tenía que realizar miles de maromas familiares para estar algunas horas con su amante. Santiago, que no tenía ningún compromiso, a veces le reclamaba el que pasaran tan poco tiempo juntos. Por su parte Lucía que al principio de la relación se sentía tan
libre, empezó a caer en las fauces de la culpabilidad. Este sentimiento la fue invadiendo poco a poco, como una plaga que a diario inyecta su veneno letal. Había veces en que al hacer el amor, Santiago veía que algo opacaba esos ojos tan vivos, como si un velo maligno se hubiera adueñado de su alma. Sabía que no había nada que hacer, tan sólo observar como aquella flor se iría marchitando con el ácido de la angustia y el temor. Alguna vez, después de otro fallido intento por hacerla sentir bien en la cama, Santiago intentó abordar frontalmente el problema: “no tienes por que sentirte mal, Lucía, te mereces esta felicidad. Date el permiso que por tanto tiempo te has negado.” Lucía no contestó. Miró de reojo el cuerpo desnudo de Santiago a su lado con cierto desprecio. Cerró los ojos y no pudo quitar de su mente algunas imágenes de sus hijos que como calcomanías, se adherían a su cerebro. Se levantó y se dirigió al baño. Sentada en el excusado, miraba las pequeñas figuras en relieve del papel de baño frente a ella. Buscaba algún patrón, alguna señal en aquellas diminutas figuras geométricas. No sabe cuanto tiempo estuvo ahí sentada, la mirada perdida en aquel rollo de papel.

Ya en su casa, Lucía pasaba horas encerrada en su cuarto desordenado. Había días en que se quedaba tirada en la cama, con la vista fija en el techo, como un perro adolorido que espera en la banqueta. Lo que más le pesaba no era la infidelidad hacía Jorge, esa relación ya había
muerto hace mucho tiempo, sino su incapacidad por ser feliz, por seguir disfrutando como en Campeche aquellos momentos tan especiales con Santiago. De alguna manera, sabía que se estaba castigando. No podía acallar esa terrible voz interna que la iba royendo sin piedad. Pero lo más terrible, era que no podía prescindir de los encuentros fugaces y secretos con Santiago. Su amante había terminado por fascinarle y repugnarle al mismo tiempo. Había días en que se despertaba temblando, empapada de un extraño sudor, mezcla de fantasías eróticas y de odio, un odio profundo hacia la vida, hacia el placer, hacia Santiago que era la
única persona que le brindaba todo sin esperar nada a cambio, que la abrazaba y arrullaba cuando ella creía enloquecer. No dejaba de reconocer la perversidad de estos sentimientos encontrados ¿cómo podía odiar a la única persona que le había permitido ser tan feliz? Ni ella misma lo sabía.

30.

En la cabeza de Joaquín todo giraba como un trompo a gran velocidad. Se empezó a volver paranoico, ya no podía caminar tranquilo en la calle sin antes voltear a ver si alguien lo seguía.

Algunas veces Renata lo oía gritar en sueños, estaba realmente preocupada por el estado psicótico de su amigo. Le había recomendado ir a ver al Dr. Jones, un excelente psicólogo al que Renata había acudido durante varios años para liberarse del fantasma de Santiago y expurgar el dolor de aquella relación. Pero Joaquín no creía en psicólogos, siempre le habían parecido unos charlatanes de primer orden. Alguna vez, en la adolescencia, sus padres lo habían forzado a ir con alguno de esos doctores, preocupados por los comportamientos obsesivos de su hijo. Recuerda muy bien que el doctor le había preguntado acerca de sus sueños y fantasías, y éste con muchos trabajos y algo de pudor había tenido que relatar algunas pesadillas infantiles.

Joaquín empezó a perder el gusto por la cocina. Se despertaba en las mañanas sin ningún ánimo. Con trabajos desayunaba un bagel y café que le dejaba Renata sobre la mesa. Recorría las calles newyorkinas como quien intenta resolver un crucigrama.

31.

Renata se puso un vestido azul marino. Su cuerpo agradeció la textura ligera y fresca del algodón después de tantos días y noches de pantalones de mezclilla percudidos de aguarrás y oleos. Catherine su amiga pianista, la había invitado esa noche a un concierto en el Lincoln Center.

- Para que te orees un poco amiga, esas pinturas te van a matar uno de estos días. Además hoy hay un programa excepcional, tienes que oír a esta orquesta checa y por si fuera poco, un maravilloso chelista va a tocar conciertos de Eldgar, Bach y Beethoven, le había dicho Catherine por teléfono.

Era cierto, llevaba semanas encerrada en su departamento intentando terminar un cuadro que la tenía obsesionada.

Se habían quedado de ver frente a la gran fuente. Como buena melómana, Catherine llegaba casi una hora antes a los conciertos. Tenía que acoplarse a la sala, que sus oídos se fueran familiarizando con la acústica, estudiar el programa, observar con atención la entrada y práctica de cada instrumento.

- Es el como el preámbulo amoroso, le había explicado a Renata. No puedes saltar a la cama sin saber en dónde te encuentras.

Renata siguió con detenimiento las instrucciones de su amiga. Los aplausos inundaron la sala cuando el director apareció en el escenario. Todo estaba listo. Jan respiró profundamente. Renata recargó la espalda en el cómodo asiento aterciopelado. Cerró los ojos y se dejó llevar por el primer movimiento. Su amiga le dio un ligero codazo. Tenía ganas de decirle que por supuesto que no se estaba quedando dormida y que más bien el cerrar los ojos le permitía saborear la música. Sin embargo, no osó decir una palabra, Catherine jamás le perdonaría ese atrevimiento y además, sabía que su voz podría distraer a algún miembro de la orquesta ya que estaban en la tercera fila, justo frente al chelista.

Después de un rato, Renata empezó a observar con detenimiento a cada uno de los músicos. Estudiaba su cara, su postura, si tensaban los brazos al ejecutar sus acordes o si más bien se dejaban ir con la música. Le encantaba imaginar las vidas de estas personas y se preguntaba qué harían esa noche después del concierto, si llamarían a alguien en casa, o si se irían a tomar una copa solos a algún bar cercano a su hotel. Hacía lo mismo cuando viajaba en el metro newyorkino, sólo que ahí tenía que ser discreta, cualquier mirada no solicitada se consideraba casi un crimen en una ciudad tan abatida por la indiferencia y la soledad. Pero era un juego que la divertía mientras viajaba por esos viejos vagones metálicos que rompían un eco infinito. Señores enfundados en gruesas gabardinas, absortos en los mismos periódicos ridículos llenos de números, mujeres con la mirada perdida intentando planear o más bien olvidar lo que el día les depararía.

Por lo menos en esta caza visual, Renata sabía que los músicos podían ser desnudados sin que ellos se dieran cuenta, y eso le daba una sensación de poder y control muy especial. Los violines, trompetas, flautas, chelos y contrabajos, todos fueron sujetos de escrutinio bajo la
mirada penetrante de Renata. Y después ésta se posó en Jan y su chelo. Le llamó la atención la gracia con la que el músico deslizaba su arco sobre las cuerdas, los movimientos ágiles de los dedos que se encrespaban y distendían al ejecutar un spiccatto y sobre todo la expresión en su cara. Una mezcla de pasión absoluta, orgullo, soberbia. Pero era algo más, algo que no lograba descifrar del todo. De vez en cuando, el músico se estremecía, parecía enroscarse sobre su chelo para luego enderezar la espalda, la melena de pelo rizado ligeramente alborotado. Después de algunos movimientos, Jan reposaba un poco mientras la orquesta continuaba y en los breves intermedios de su intervención como solista, volteaba a ver a su auditorio. Primero miraba de reojo a todo el público, para posteriormente, como era costumbre, concentrarse en las primeras filas. Antes del receso, Jan focalizó a Renata y por unos instantes las miradas se cruzaron. Habían sido sólo algunos segundos, y sin embargo Renata sintió escalofríos al sentir esos profundos ojos cafés dentro de sí.

En el intermedio Renata acompañó a su amiga por una copa de champagne y no tuvo mucho tiempo para admirar los extraordinarios murales de Chagall que siempre le habían fascinado, sobre todo de noche, como sueños incandescentes. Catherine quería regresar a la sala de conciertos casi de inmediato para observar con la meticulosidad de un gato, el
regreso de los músicos al escenario, el movimiento de las sillas, la afinación de los instrumentos.

32.

Casi todos los encuentros con Santiago terminaban en el baño, ella sentada sobre la tapa del excusado llorando y mordiéndose los dedos de la desesperación de ya no poder llegar al orgasmo, de no poder dejarse sentir, de no poder controlar la situación. Lucía había alguna vez escuchado que el peor sufrimiento es el autoimpuesto. Ahora entendía esto a la perfección. Sabía que los dolores externos, la mayor parte de las veces, no los podía controlar, pero que el dolor y el sufrimiento autoimpuestos, tomaban una crueldad especial. Estaba consciente de sus demonios, sus propias creaciones de las cuales era esclava. También intuía que esa culpabilidad, ese odio dirigido a ella misma, totalmente gratuito, nunca la abandonaría. Era como si hubiera sembrado en lo más profundo de su ser una semilla maligna de la cual surgiría un tumor que la devoraría poco a poco.

- Ya no aguanto más. Me vas a enloquecer por completo, le dijo una noche Santiago gritando.

Lucía se sorprendió por el tono de su amante, nunca antes le había hablado así.
Santiago se había cansado de ser el hombro en el cual llorar, el abrazo siempre presente, la voz callada y el escucha total. Si tan sólo pudiera ayudarte, pensaba. Esos ojos tristes le decían que no había salvación posible, que Lucía se había entregado por completo a las fauces de ese monstruo interno, la culpa.

Ejercicio para nominados: El diablo del patín

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Dr. Eduardo Geringer
Ortopedista
S.S.A: 42834

3 de agosto de 1978

El paciente Santiago Lijano presenta una fisura en el cúbito derecho. Después de examinar los rayos X se inmovilizó el brazo del menor con un yeso. Este yeso no se puede mojar, con lo cual se recomienda que se cubra con una bolsa de plástico y se deje el brazo lo más lejos posible del agua a la hora del baño.

Para el dolor, tomar dos aspirinas cada cuatro o seis horas.

Próxima cita: 6 de septiembre

(firma ilegible)

(en una nota manuscrita dejada en la puerta de la familia Lijano Puente)

Estimada Maribel:

Me da mucha pena molestarte, pero no puedo dejar pasar este terrible incidente. Ayer por la tarde, tu hijo estaba en el parque de enfrente en su patín del diablo a toda velocidad. Marina estaba practicando con su triciclo, muy tranquilita, cuando pasó Santiago muy rápido junto a ella. Le dije que por favor se fuera más lejos, que había mucho espacio y volvió a pasar y se estrelló contra la pobre de Marina que ahora tiene muchos raspones en todo su cuerpecito. Santiago se quejó de su brazo, pero creo que estaba fingiendo.
Perdón que te lo diga pero tu hijo es un desobediente y un verdadero peligro para los demás niños de la privada.
Saludos,

Anita (tu vecina de la casa 6)

(Carta con letras de colores y un dibujo)

querido s a n t a me e portado muy bien y te quiero pedir un patin del diablo como el de mi amigo juan pero asul tambien quiero un vat y te prometo que no le voy a pegar a mi hermanita tambien quiero un tren y una pista escalectric y unos pitufos y unos eroes de la gera de las galasias y muchos dulses porfabor gracias s a n t a te quiero
santi

Taller 12: comentarios a los diálogos

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Falso, Dustin y Santiago
El diálogo es fresco y divertido, aunque hace pasar a Santiago por momentos, como un tonto, aún y cuando se entiende que Dustin está borracho.

S3co, Ximena, Dustin y Miranda
La verdad es que no me imagino a Dustin hablando de esta forma, él es más bien un tipo serio. Y dicho sea de paso, tampoco creo que Ximena hable así.
Hay algunas preguntas a las que le falta signos de interrogación. Siento el diálogo un poco forzado.

Lucero: Diálogo entre Lucero y Miranda
Es un buen diálogo, muy original, sobre todo al final. Creo que la voz de Miranda está muy bien lograda.

Ave Aura: Nicolás y Carlos Sobera
Este diálogo no nos dice mucho sobre Nicolás, me hubiera gustado conocerlo más a través del diálogo. El final es bueno.

Ciencia: Carlos Sobera y la Chaparra
El diálogo fluye con naturalidad y creas una buena tensión entre los personajes. Me gustó la parte en dónde La Chaparra tiene una analepsis sobre su hermana.

Toru: Nicolás y Lucero
La idea es original y el final es bueno, aunque siento que faltó diálogo, hay demasiadas explicaciones después de cada intervención de los personajes, se supone que teníamos que hacer un diálogo y no comentarios tan extensos sobre lo que piensan los personajes.
P.D. Además, no existen secciones de “jurídico” en una biblioteca, si acaso Leyes, Códigos o simplemente Derecho.

Taller 8: Diálogo entre Andrea y Santiago

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- ¿Qué es eso que tienes en el hombro?
- Ah, es sólo un bicho.
- A ver, déjame quitártelo, ya está.
- Regresará, vas a ver.

Santiago se levantó en búsqueda de unas cervezas. Andrea le había caído bien.

- Toma.
- Gracias.
- Oye, ¿qué es lo que fotografías?, te vi tirado bajo las mesas con tu cámara.
- Ah, eso. Nada, me gusta tomar fotos de objetos arrumbados.
- Mira, te dije que regresaría.

Empezó a llover.

- Me gusta la lluvia, dijo Andrea, siento que cambia las cosas. Las calles, la gente, todo se ve distinto después de la lluvia ¿No crees?

Santiago pensó en sus fotografías de reflejos sobre los charcos de lluvia.

- Sí, es cierto.

Santiago vio como el insecto negro encogió las patas y agitó sus oscuros élitros. Se le quedó mirando.

- Está muy raro el bicho este, le voy a tomar una foto con mi macro.
- ¿Qué te parece?
- ¿Qué cosa?
- El bicho.
- Ah, no sé, está raro, parece que nos está viendo.

Santiago siguió platicando con Andrea. Sentía que ya no lo escuchaba. El bicho empezó a caminar sobre la mesa y se paró sobre la cámara de Santiago.

- Eh, ¡no lo toques!, dijo Andrea casi gritando.
- ¿Qué te pasa?
- Nada, es que no quiero que lo mates.
- Pero si es sólo un bicho.
- Lo sé, pero…

Andrea no dejaba de mirar al bicho, absorta en sus pensamientos.

- ¿Pasa algo?, preguntó Santiago.

Santiago vio como Andrea se levantaba de la mesa y se ponía su gabardina.

- ¿ya te vas?
- Sí, es la lluvia, te digo, algo pasa con la lluvia.
- Hasta la próxima entonces.
- Sí, adiós.

Volteó a ver a la mesa. El bicho negro también había desaparecido.

Comentarios a 4/7 de Ciencia Vudú

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Hola Ciencia, aquí algunos comentarios, espero que te sirvan. Me gusta como va evolucionando la historia de la Chaparra. Mantienes la tensión en lo relativo a los folletos, así como en el diálogo entre la Chaparra y la Bitle. Intercalas bien las analepsis del personaje con su trabajo en el restaurante. No me pareció nada verosímil el capítulo del anillo de compromiso. Me gustó lo del exorcismo brasileño (sobre todo cuando dice el locutor, no pierda el tiempo…) aunque un poco largo, para mí con una sola mención sería suficiente. Hay algunas incongruencias. Si la Chaparra dice (p. 57) que hay mucha gente y que le gusta porque tiene menos tiempo para pensar, ¿cómo es que tiene todo ese flashback de la noche anterior? Se me hace interesante la forma como piensa tu personaje y la forma de narrarlo en el texto (como cuando se imagina todo lo que puede suceder cuando besa a Oasis).
Tu texto tiene errores de dedo y faltas de ortografía (sobre todo acentos), algunos ejemplos:
p. 50 “quiera a abrazar”
p. 51 “volvera” y “que buen”. Debe ser “Business” y no “bussines” (aunque no sé si es intencional la falta de ortografía)
p. 53 demasiados “tiene”
p. 62 “use”
p. 68 “hacía el vacío”
Mucha suerte Ciencia, saludos,