Para Lucero (Ejercicio de Nominados):
“Cien años después de la conclusión de Diario de un matrimonio, el fantasma de Lucero Ruiz es convocado con la ayuda de una tabla ouija. Cuenta esa historia”.

Otra vez escuché la voz primitiva del llamado. La ouija me ha buscado nuevamente. Como siempre, cada cierto tiempo siento el llamado.

El primer contacto con la tabla fue hace décadas, con mis padres y su lamento sin primavera que no cesaba de herirme sin que ellos lo supieran. Mi madre se había convertido en una plañidera con las puertas abiertas. Resultaba doloroso intentar respuestas y señalar culpables cuando para mí lo único posible era la paz del olvido. Por suerte ella vino a mi lado muy pronto y cada signo de interrogación ocupó su lugar en el pasado. Ahora sabe que la inconstancia y volatilidad de su hija ya no existen.

Después llegaron épocas de silencio en las que yo ya no importaba. Sin preguntas, a veces jugaba a estar presente en donde había una llamada para alguien más y al otro lado me sentían como un dolor en las pestañas. Una tabla en calma y sin conciencia les transmitía las notas de mi corazón sin resentimientos.

El mundo cambiaba y sin embargo el llamado siempre era igual. Voces, movimientos en la tabla. Nerviosas preguntas inundando el aire. Algunos jovencitos que conocían demasiadas historias y leyendas urbanas, que buscaban emociones sin pedir permiso a Dios, se atrevieron a llamarme. Hablé con ellos desde mi estado, removí los hilos de sus extremos y los hice creer en el juicio final. Les enseñé el camino entre el siempre y el jamás con una sonrisa que no pudieron ver.

Los inviernos se acumularon hasta dar paso al verdadero silencio, la oscuridad y el abandono. Pasé largo tiempo perdida, con conciencia de todo. Sin ciudad, sin poder comunicarme, sin ningún cable a tierra ni una forma de encuentro ni preguntas y con estas extrañas leyes que me impedían volver a andar por el mundo. Un mundo que cambiaba tanto y que se movía veloz, sin corazón, adicto a la imagen de los televisores portátiles que les hacían pensar que eran eternos.

Desde aquí lo vi. Sabía que llegaría a su fin, que cada uno de los pasos dados sólo tendría una conclusión posible y devastadora para aquellos que caminaban aun por los laberintos citadinos.

Llegó el resplandor asesino y esto se pobló una tarde de luz y espanto. Fue un remolino de almas en una décima de segundo.

Llegaron todos. Nos miramos sin hablar. Fue una reinvención de la vida. Llegaron los hijos de los hijos de quienes yo había conocido. Sin sentido, sin conciencia. Llegaron golpeados por un vendaval de fuego y con él vino un silencio sepulcral…

Mucho tiempo después sentí el primer llamado primitivo. Cientos de chillidos que acariciaban la tabla, que se convertían en una sola voz, en un gruñido. Cientos de inconsciencias que me hicieron sentir miedo, pero que, por la fuerza de su llamado colectivo, me atraían irremediablemente.

La primera vez no pude resistirlo.

Sé que está ahí, lo vuelvo a sentir en mí. Es un bramido natural, un clamor primitivo.

La tabla me grita. Es un puente para ver, sentir y decir.

Pero ahora sé que son otros. Son otros los que se comunican desde las ciudades en ruinas.

Otros que no buscan respuestas.

Son cientos de voces que me llaman con una fuerza de atracción irresistible.

Aparezco en la tabla-Ouija.

Puedo ver y sentir nuevamente las garras, el pelo duro y los colmillos.

Me estremezco ante las ratas. Las únicas sobrevivientes.