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Ceremonia de premiación de Caza de Letras
La premiación del Segundo Virtuality Literario Caza de Letras se realizará el domingo 30 de noviembre a las 8:00 de la noche, como parte de las actividades de la Feria ...
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Te acabaste jabón de olor

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Esta novelita es un homenaje personal a ciertos lugares, personas, canciones, películas y libros con quienes tengo una deuda espiritual o afectiva. No más, no menos. Quizá a eso se deban las fallas o los aciertos, según sea el caso.
Agradezco a quienes se tomaron el tiempo de criticarla, incluso a quienes lo hicieron aun sin leerla. El agradecimiento es doble para quienes apoyaron al S3co, por sus palabras de aliento, por sus observaciones (atinadísimas, chigao, nunca podré pagárselos). Y va triple para quienes denostan al género norteño, sin tomar en cuenta que éste, es más mexicano, más antiguo y más chingón que el mariachi.
Reitero mi respeto, gratitud y admiración (porque soy fan de la obra de más de uno) a los tres jurados, por su paciencia, por su desinterés (no se confunda con apatía) en mejorar la novela y por sus consejos, a veces como machetes y a veces como bombones.
Un abrazo especial para Dos Caminos, Guerrero, México; para su gente (sus vivos y sus muertos), por recibirme en sus tierras y brindarme la certeza de que los perdidos no son los pueblos, sino las ciudades.
Un saludo fraterno para Miguel Miranda, el de carne y hueso. Así como un beso para Viridiana, alrededor de quien gira todo este planeta.

Paul Medrano
S3co
www.2caminos.blogspot.com

Dos caminos

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Dos caminos (7/7)

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***
Bip-bip.
–Miranda, ¿me copias?
–Afirmativo.
–La Muñeca se dirige hacia La Garita.
–¿Estás seguro?
–Totalmente, tengo ubicada su melena güera a dos autos de mí. Logré intervenir su frecuencia y escuché que se dirige hacia allá.
–Síguelo de cerca. No lo pierdas. ¿Trae caguamas con él?
–Afirmativo.
–¿Cuántas?
–Son cuatro muebles. Aunque llevan vidrios oscuros, ya ubiqué que en cada uno van cuatro cabrones.
–Entendido.
–Otra cosa más, adivina quién lo acompaña.
–¿Quién?
–Nada más y nada menos que el Pavo
–Excelente. Cambio y fuera.
Sacó el teléfono celular recién salido de la caja y marcó.
–Pónganse al cien. En 10 minutos armamos un baile. Tal vez el último.
–Entendido, Miranda.
–Los espero en La Diana, ya casi llego. De ahí jalamos a La Garita.
Colgó.
Estaba por encender el Charger cuando el recuerdo de Dakota lo invadió. Llevaba dos semanas sin saber de ella. La indicación había sido que tirara una llamada al llegar a Estados Unidos. Pero nada. Dakota no timbraba y la incertidumbre empezaba a oxidarlo.
–El número que usted marcó no está disponible, o se encuentra fuera del área de servicio, favor de…
Colgó.
Encendió el auto. Aceleró a fondo y enfiló hacia La Diana. Una vez dada la señal de salida, el grupo era puntual. El paso que darían era decisivo. Aceleró entre el caudaloso flujo vial propio de las horas pico. En el siguiente semáforo sacó su pistola escondida bajo su asiento, la cargó y la guardó en su funda sobaquera. Se metió una granada en la bolsa del pantalón. Pensó en Dakota, en el viejo y luego en nada.

***
Las armas no hacen al asesino. Menos si el arma está descargada. Si no me creen mírenme ahora. Aquí, frente a ustedes, contándoles una historia que nunca pensé contar. Escribiendo para vivir. Realmente para vivir, no pendejadas. Quien iba a decir que todo mi potencial creativo iba a quedar embarrado en esta historia de narcos, balas, traiciones y demás cliches narrativos que jamás pensé usar. Pero cuando te cambia la suerte se convierte en tu enemiga. Por eso no pude asaltar a nadie. Todo lo contrario, el asaltado fui yo después de comprar unos cigarros. Pinches vándalos, me dejaron sin pistola –descargada, pero al fin pistola–, sin dinero y sin cigarros. Y un hombre jamás sale a la calle sin dinero y sin cigarros. Por eso, todo madreado, tuve que pedirle clemencia a Malo-como-carne-de-cuche. De rodillas imploré compasión, mientras en mis adentros me juré que si la libraba, jamás me metería una línea más. Nunca, nunca. Ni fumada, ni inhalada y menos, inyectada. En un intento desesperado por vivir me ofrecí a escribir un guión en el cual él sería uno de los protagonistas. Sonrió y se quedó pensando un momento. Sentí que me condenaría en ese instante. Y que me sometería a algún suplicio a los que, dicen, es aficionado. “Voy a atender un asunto a La Garita. No tardaré más de una hora. Al regresar quiero ver un avance de ese guión”, sentenció. Y aquí me tienen. Sentado frente a este monitor. ¿Huir? Ni pensarlo. Malo enviaría a sus pistoleros a buscarme debajo de cada piedra. Por eso debo acabar de escribir esta especie de corrido visual. Si Malo fuera más culto y menos impulsivo, le escribía un guión para desbancar a “El Padrino”. Pero qué va a saber el Malo de buen cine. Un cigarrillo no me vendría mal. Lo enciendo. Aspiro la primera calada que anuncia el comienzo de esa antigua danza entre el fuego y la muerte. La aguanto un rato. Después saco una bocanada larga y sigo escribiendo.

***
La Garita es un cruce tan común, como cualquiera de los miles que deben existir en el planeta. A las 2 de la tarde, el tránsito vehicular es igual de caótico que en cualquier otro. Si hay un rasgo a destacar ese es y sigue siendo el calor. Porque en esta zona del puerto es difícil percibir alguna manada de brisa marina. Ese amorfo parásito construido con acero y cemento ha arrasado las arboledas donde los rebaños de céfiros solían pastar.
En el punto central de La Garita está su iglesia. Desde sus puertas se aprecian perfectamente las tres calles que ahí convergen: la que va la Costera, la que enfila a la avenida Cuauhtémoc y la que lleva a la salida de la ciudad, no sin antes pasar por 40 minutos de colonias y asentamientos irregulares. A un costado se ubica una oficina de gobierno. Ahí habían hallado la cabeza de Pedro Carlos.
Cientos de personas bajaban de los camiones urbanos para tomar otro que los llevara a su casa o al trabajo. Entraban y salían. Subían y bajaban. Iban y venían. Tal y como estipulaba el tradicional comportamiento de esos entes llamados pasajeros.
Mezclados entre la muchedumbre estaban los Equis. Uno disfrazado de vendedor de raspados. Tamarindo, grosella, limón o piña colada, gritaba sin dejar de observar meticulosamente los autos.
Otros tres, embutidos en uniformes de agentes de Tránsito, alrededor de una patrulla robada simulaban la charla previa a la hora de comer. En el asiento trasero reposaban tres Galil micro con 500 cartuchos útiles. Dentro la cajuela de la patrulla, tres cuerpos desnudos de los oficiales de la patrulla, amontonados y con el tiro de gracia, esperaban un entierro digno.
Enfrente, cinco Equis con traza de albañiles, mochila en mano, parecían que aguardaban un camión. Dentro de las bolsas, cada uno cargaba 5 granadas de fragmentación y un subfusil H&K UMP con 10 cargadores de 30 tiros.
Sobre la avenida quedó estacionada una camioneta de plataforma. Una lona cubría su entarimado, donde esperaban 15 Cuernos de Chivo, dos bazucas y un centenar de cargadores de disco. Quince hombres más deambulaban en la zona, entre las tiendas de abarrotes, taquerías, ferreterías y oficinas de gobierno. Listos para el enfrentamiento.
Miranda vigilaba el ambiente desde una tortería ubicada frente a la iglesia. Estaba por darle el primer trago a su coca-cola cuando recibió una llamada.
–¿Si?
–Miranda… este… no sé cómo empezar… tómalo con calma… no te vayas a alebrestar porque hay una misión de por medio…
–Con una chingada, me vas a decir o no.
–Dakota ya apareció… la encontraron encobijada… tiene el sello del Pavo, porque le hicieron de todo… lo siento.
Miranda colgó. De la tierra surgió una flama invisible que le atravesó la columna vertebral. Hubo un desacoplo en sus engranes internos. El impasse sacó chispas que le crepitaron las entrañas. Tras el ardor, el mundo se detuvo, allí, en La Garita, como si no hubiera un lugar y momento más oportuno para hacerlo. De pronto la trayectoria de la Tierra se quedó sin batería. El ruido citadino cesó. El ir y venir se detuvo. El calor se hizo frío. Así transcurrieron dos segundos. Luego todo volvió a la normalidad. El mundo volvió a girar. El tráfico vehicular reanudó su peregrinaje por las calles. El bullicio irrumpió a raudales. Con la flama invisible aún en los ojos, tomó con fuerza su teléfono y marcó.
–No quiero uno vivo. Me vale madre si tienen que usar bazucas o granadas, pero los quiero bien muertos. A todos. ¿Entendieron?
–Entendido, Miranda.

***
Me creerías si te digo que Caro Quintana fue un invento de la CIA. Nunca existió. Es la pura verdad. ¿Su cassette? ¡Ah, claro! Donde cantaba “el yerberito llegó, llegó”. Eso sólo fue el gran negocio de una disquera a la que se le ocurrió el numerito. Lo mismo pasó con su libro. Puro cuento. Y como la gente está ávida de historias fantásticas, de ricos que se matan a balazos, de matones acompañados de mujeres bonitas, de capos ebrios de poder, dinero y drogas. Por eso fue un hit. Ganó terreno con esa puntada de que se ofreció a pagar la deuda externa. Toda la gente dijo que sí. No pocos creyeron que, de saldar la deuda, dejaríamos el tercermundismo. ¿Que está detenido? Por favor, el que está adentro es un infeliz a quien se le pagó una millonada por protagonizar a Quintana. Seguro lo hizo por su familia, o por los lujos que ahora puede darse. Sabías que el Señor de los Sueños vive en Estados Unidos como testigo protegido del gobierno. No. No murió. Ni en la edad media se morían por una cirugía de nariz. Nadie. No sé cómo la gente pudo creer semejante patraña. El Pelirrojo Palma fue otro invento, pero ese del PRI. Sus casas, su dinero y sus joyas que decomisaron, sólo fueron donaciones de los capos a cambio de dejarlos en paz. Se desprendieron de algunas cosas para reforzar la historia. Toda su detención y juicio nunca existió. Nunca. Si se hizo fue para hacer creer a la gente que el gobierno agarraba a un pez gordo. Pero no fue así. Todos los decomisos, detenciones o muertes, están milimétricamente calculados para ocurrir en el instante planeado. Los medios de encargan de lo demás. Ellos difunden a quién temer, a quién buscar, qué comprar, qué ver. Sabías que Don Beto tampoco fue real. Es un invento para proteger a alguien muy grueso. De las muelas de arriba. Gracias a eso, esta persona se pasea tranquilamente por todo el país y el extranjero. También sirvió para que gastara sus miles de millones que tuvo y que sus herederos tienen. El dinero se convierte en desperdicio cuando no se gasta. Despilfarrar tu vida encerrado en una casa de seguridad es lo más desesperante para alguien con tanto poder. ¿No crees? Muchos buscaron a Don Beto toda su vida. Obviamente, jamás lo agarraron. Sólo encontraron rastros. Por aquí pasó. Yo lo vi. Un amigo me dijo que se lo halló en un bar. Mi tío me contó que un compadre lo ayudó a esconderse. Así se fue tejiendo su historia. Ni el presidente en turno sabía. Todo quedó en nada y de ahí se convirtió en mito. Así pasó con el Pacho. Nadie lo conoció en persona. Su fotografía es más conocida que la de cualquier héroe de la Independencia. Hasta el presidente la creyó. Fue tal el éxito de la historia, que hasta hicimos hablar al Pacho con el presidente. Los hicimos pactar. Le dimos una millonada. Y lo demás fue sencillo. El gobierno se encargó de pintarlo como el malo de malos. Como el mero mero. El jefe de jefes. Y la gente lo creyó. Le compuso corridos sin conocerlo. Le agradecieron favores que no concedió. Le temieron aunque no sabían a ciencia cierta porqué. El hombre de la fotografía murió poco después. Era uno de esos reos sin origen, sin familia, sin futuro. Antes de morir, se le concedieron dos meses de caprichos. Todo con tal de que le hicieran un estudio fotográfico para crear el mito del Pacho. Luego se inventó su fuga. ¿No es ridículo pensar que el hombre más buscado del país, justo ese se fuga de la cárcel de máxima seguridad? Obviamente, eso nunca ocurrió. Por eso “logró escapar”. La noticia se regó como peste. Y se inició un complejo operativo para “su ubicación y posible detención”. Se ofreció una jugosa recompensa. Diariamente, decenas de personas aseguraron haberlo visto. El país entero al pendiente del Pacho. ¿Que todo esto para qué? Muy fácil, para renovar el ciclo. Es como podar el árbol. Para que dé nuevas ramas. Tanto tú como la Muñeca, estaban en la cúspide. Sobrepasaron las expectativas. Nadie pensó que llegaran tan lejos. Se les buscó para ser pistoleros. Los mejores sicarios. Nada más. Pero resultaron muy inteligentes. Y a los jefes de jefes no les conviene la gente inteligente. Valadez estaba obsesionado con corporativizar el cártel. Estaba loco, pero de dejarlo vivo lo iba a lograr. Y tú, Miranda, dejaste de ser funcional para convertirte en una amenaza. La gente de arriba tiene otros planes y en ellos no están incluidos ni tú, ni la Muñeca. Así es esto.

***
Estruendo.
Grito.
Alarma.
Tavira va de copiloto. Chema, al volante. Llegan a La Garita. Se oyen disparos. Chema se hace a un lado para que las camionetas con escoltas hagan frente a los agresores. La Muñeca, en el asiento de atrás, toma su Desert Eeagle .44. Se abrocha el chaleco antibalas. Se guarda cinco cargadores. Atrás, atrás, ordena Valadez. Sus hombres hacen un perímetro con sus vehículos. Se atrincheran tras las camionetas. Empieza una danza de calibres.

Bala.
Agujero.
Sangre.
El Pavo, agachado, a ratos se alza y tira por encima del cofre. Se estremece al encontrarse con un proyectil. Tiene un rozón el brazo. Sangra. Se enoja. Se asoma para vaciar su M-16 contra los agresores que están en una falsa patrulla de Tránsito. Los casquillos danzan sobre el pavimento. El eco del disparo va y viene, como liebre asustada. Uno de los contrincantes cae. Se oculta para meterle más munición. Vuelve a disparar. Pero dos tiros le perforan el pecho. Una vez dentro, el plomo le chupa su vida.

Psicosis.
Pánico.
Caos.
La gente se apresura a bajar de los camiones. Los de a pie huyen hacia donde el instinto les aconseja. Los comercios se apuran a cerrar. Varios autos, en su intento por salir de ahí, chocan entre sí, bloqueando la calle. El terror huele más que la pólvora. Las ráfagas vuelan como enjambres de abejas. Golpean aquí o allá. Varios civiles caen. Algunos agonizantes, otros heridos o con un ataque de nervios. Se oye una explosión. Un auto arde.

Base-base.
Aquí, base.
87 en La Garita
Chema se cuelga el radio. Cerrojea su P90 y abre fuego contra unos Equis disfrazados de albañiles que disparan hacia él. Su ataque rinde frutos: mata a dos. Sigue disparando en intervalos de 30 segundos. Después se atrinchera en la Escalade, cambia de cargador, cuenta hasta cinco y ataca de nuevo. Los albañiles de ocultan tras un taxi. Chema dispara 10 segundos donde se ubica el tanque de gasolina. La estrategia surte efecto y el taxi explota. Chema sonríe. Se agazapa. Cambia cartucho. Cuenta hasta cinco y asoma para tirar de nuevo. Una bala de Miranda se le clava entre los ojos.

Trueno
Trueno
Trueno
La flama que vomita la Desert Eagle en cada disparo puede llegar a medir 30 centímetros. El estallido es ensordecedor. Una de sus balas es la antesala de la muerte. Sabedor de eso, la Muñeca aprovecha los ataques de su gente para ubicar contrincantes. Una vez visto, calcula la bajada de su brazo. En una operación milimétrica y en décimas de segundo, escoge el punto exacto donde soltará el tiro. Ubica a un hombre que dispara desde el resquicio de una taquería entreabierta. La Muñeca sonríe, lo pone en su mira y jala el gatillo. La bala de .44 le resquebraja el cráneo a su objetivo. Valadez disfruta cada segundo del enfrentamiento. A ratos ríe a carcajadas.

Granada.
Fuera espoleta.
Explosión.
Las esquirlas buscan carne y la carne busca dolor. Una camioneta de los escoltas de la Muñeca se incendia. Una cresta de humo se alza bruscamente. Al buscar un nuevo refugio, dos guaruras son abatidos por las balas de los Equis. Las llamas del vehículo incendiado alzan sus brazos al cielo, elevándose a varios metros de altura. Al bajar dejan un rastro de humo.

Tambor abierto.
Recarga.
Tambor cerrado.
Miranda dispara con odio, pero sin prisa. Aunque usa un revólver, su puntería es de dos blancos por cada seis tiros. Con un ademán hace avanzar a sus hombres. Hace una seña para indicar que disparen las bazucas contra la Escalade de la Muñeca. Los proyectiles dejan un zurco de humo blanquecino para luego cimbrar el piso. El objetivo arde como paja seca. Miranda indica aprovechar la situación. Entre el tufo distingue las fauces ardientes de un arma. Sólo una Desert Eagle puede hacer eso. Sólo la Muñeca usaría un arma tan ostentosa y evidente. Sólo su tino podría meterle un tiro enmedio del pecho. Apunta y cuando piensa en disparar. Una granada explota a tres metros de él. La onda expansiva lo avienta. Sangra por la oreja.

Bazuca.
Sumbido.
Estallido.
Tavira, replegado detrás de un vehículo, siente la explosión justo en su espalda. Muere sin saber qué es ese calor que le desconecta el cerebro de las manos. Sus sentidos son historia cuando el cuerpo en pedazos cae por todos lados. La Muñeca sonríe al oler la carne chamuscada. Dispara con furia, fallando cada vez menos. El cañón de su Desert Eagle está incandescente. Toma la Five Seven, cerrojea y dispara un cargador entero.

Silencio.
Murmullo.
Estrépito.
Miranda abre los ojos. Las balas pasan silbando a unos centímetros de él. Se arrastra hasta ponerse detrás de un árbol. Voltea. Ha perdido su revólver. Saca de su bolsa una granada. Respira hondo y asoma para mirar por dónde avanzar. Unos disparos de .44 lo vuelven a refugiar de espaldas al tronco. Cada impacto le saca astillas al árbol. Es la Muñeca caminando hacia él. No deja de disparar, obligando a Miranda a guarecerse. Se acerca al tronco. Miranda deja la granada en el suelo y alza las manos, para que éstas se vean. La Muñeca le dispara en el brazo derecho. Pese al dolor, Miranda se incorpora, sin dejar de darle la espalda. Finalmente te tengo, pinche Miranda. Parece que sí, responde. La Muñeca está a tres metros. Gira el cuerpo con las manos en alto. Valadez sonríe. Miranda también. Con el pie patea la granada sin espoleta. Miranda apenas tiene tiempo de cubrirse la cabeza y tirarse al suelo. Todo arde. Lo que queda de la Muñeca se esparce en dos metros a la redonda.

Acelerador.
Freno.
Acelerador.
Hoy es un gran día. Hoy manejaré por última vez a la capital del país. Hoy me voy del puerto. Finalmente me libraré de los malditos narcos y de los odiosos políticos. La siguiente semana estaré en Rockaway Beach, Oregon. Allá también seré gerente, como aquí lo fui del Kookayegua. Maldito tráfico. Estoy harto de este país. De su mal gusto. De su inseguridad. De su corrupción. No debí venir por La Garita porque sólo me tardaré más. Tranquilo. El tráfico sólo será un rato. Mañana a esta hora estaré volando a San Francisco. Ahí descansaré tres días y después me iré a Rockaway. Adiós tercermundismo. Adiós politiquillos. Adiós narcos.
De pronto, una explosión y todo arde. Todo, hasta yo.

***
El trinar de los cuernos, el humo, la sangre y los autos incendiados fueron la despedida de la Muñeca y de sus 20 acompañantes. El miedo llovió en esa zona durante 30 minutos. Una vez muertos, cada cuerpo fue rematado con 5 tiros en la cabeza. Explotaron las camionetas. Peinaron el área para confirmar que no hubiera uno vivo.
Miranda sabía que tanto alboroto sólo atraería a la policía. Me vale madre, se dijo, al recordar que jamás volvería a ver a Dakota. Que nunca habría de contarle su paso por el pueblo. De la fiesta. De nada.
Comenzaron a llegar policías. Llegaron por manojos, trepados en camiones, en patrullas y a pie. Aunque antiguas, sus armas también mataban. Poco a poco los más de 100 agentes los arrinconaron. Miranda le habló al viejo. Junto con los dos Equis que le quedaban se replegaron hacia la iglesia.
–Sal por atrás de la iglesia. Sigues el callejón. Llegarás a una cancha. Ahí te espero en 5 minutos. –Le dijo el viejo.
Disparó su último cargador y corrió en la dirección indicada. Sus dos Equis cayeron ahí. Miranda sudaba a chorros por el coraje que le producía el recuerdo de Dakota, pero también por la refriega. La herida en el brazo era un oscuro tatuaje que se extendía hasta la ropa. Al llegar a la cancha vio la Land Rover del viejo, en la mano llevaba una Five Seven.
Antes de que acabara de suponer porqué traía esa arma, el viejo le dijo:
–Esto ha sido todo, Miranda. Recuerdas lo de los dos caminos. La vida o la muerte. Pues aquí está. Tu vida o la mía.
Luego le disparó.

***
“Pa’un lado está el Capulín.
pa’l otro el Cerro Pelón,
pa’rriba está Mohoneras,
y pa’bajo está el panteón,
allí quiero que me entierren,
el día que me muera yo.”

El dueto Balbuena terminó la canción. El viejo se quedó pensativo un rato. Le dio un sorbo a su vaso de chilate. Se limpió la espuma de los bigotes.
–¿Esa canción ya la tienen grabada?
–No, apenas la compusimos.
–¿Y cómo se llama?
–Todavía ni nombre tiene. La andamos estrenando.
–¿No la han tocado en ningún lado?
–No, señor.
–Muy bien. Yo les pagaré la grabación del disco con la condición de que luego compongan más corridos. ¿Cómo ven?
–Pos le atoramos.
–No se diga más. Juntos llegaremos lejos. Ya verán. ¿Estamos?
–Estamos, señor. Pero mientras, ¿cómo le ponemos a este corrido?
Pensó un rato. Se alzó un poco el sombrero. Se tanteó la cabeza, con el pelo recién cortado. A lo lejos las torres de la iglesia asomaban por los mangales.
–Se llamará “El corrido de Dos caminos”.

Ejercicio para finalistas

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***
Despierto, mas no abro los ojos. Doy un repaso por mi cuerpo. La cefalea aún es fuerte y el estómago amaga con una rebelión gástrica. Debería dormir otro rato, sólo un poco más. Habría que esperar que hígado y páncreas hicieran lo suyo. Pero el reloj dice lo contrario. Si quiero llegar a mañana tendré que levantarme. Seguramente Malo-como-carne-de-cuche vendrá a verme por la noche. Me pondrá fecha para pagarle su dinero y eso es justo lo que no quiero: que me tenga agarrado de los tanates. O pago o vivo. Así de simple. Generalmente las cosas importantes son simples. Al abandonar la cama parece que lo hago en cámara lenta. Aún no me repongo del todo. El organismo no desecha alcohol así como así. Máxime, si la maquinaria está traqueteada.
Ayer, tras el encuentro con el productor cinematográfico la muina me sofocó. Sólo un trago, para apaciguarme, me dije. Pero esa copa se convirtió en guarapeta, en un afán inútil de olvidar mi desgracia. Sin embargo, el alcohol no borra nada, al contrario, remarca las penas. Ya no supe ni cómo llegué a mi casa. Amanecí mal, por la cruda y por la deuda. Recordar al Malo aviva mi dolor de cabeza.
Tomo dos aspirinas y disuelvo en un vaso de agua un analgésico efervescente. Por el momento servirán de algo, mas yo sé que el remedio es esnifar una línea, sólo una, para despertar de una vez por todas mis cinco sentidos.
Pero Dakota me dejó sin cocaína y con una deuda que seguramente me costará la vida. Le doy lumbre a un cigarro. La idea del asalto se vuelve inevitable. Voy a la cocina. Abro el refrigerador. Saco el bote de leche y le doy un sorbo. Siento la lactosa enfriar la incandescencia de mi tubo digestivo aún maltrecho por la resaca. Alcohol y tabaco es como echar clavos, tachuelas y alambre de púas al estómago. Eructo. Bebo otros dos tragos de leche y me dirijo al baño. Le doy una calada al cigarro y lo esparzo hacia el techo. Enciendo mi pequeña grabadora e intento animarme con algo. Black Dice está bien. Si en este país supieran de cine, hace tiempo que Black Dice estaría en tres bandas sonoras. Pero qué van a saber en esta jodida nación.
Mientras orino, repaso mentalmente los negocios que considero apropiados para mi asalto. La farmacia donde me surto de analgésicos no está del todo mal. Carece de cámaras de vigilancia y de policías merodeando. El homosexual que atiende y la gorda de la caja parecen fácilmente impresionables para una mágnum sin balas. Me decidiría por esa opción si no fuera porque sé de buena fuente que el homosexual es karateca. Plan descartado. Yo no sé nada de defensa personal. Si tuviera tiempo, escribiría un guión de un karateca homosexual. Sería un hit. Pero el horno no está para mantecadas. Me sacudo el pito. Voy a la cocina por otro buche de leche. Doy una calada más al cigarro.
Otra opción es la pequeña casa de cambio que está en la contraesquina de la cantina donde me refugié ayer. No es muy grande y hay mucho movimiento por las remesas que envían desde Estados Unidos. El inconveniente es que los gruesos vidrios de la ventanilla disminuyen la posibilidad de que mi arma intimide a la empleada. Bastará con ignorarme, a sabiendas de que ni con una bomba –si la tuviera– podría romper el cristal que separa al cliente de la cajera. No sé cómo la gente no cuestiona la falsedad de los asaltos en las películas. Delinquir no es comer chilaquiles. Pero qué va a cuestionar la gente si el único referente son las telenovelas y los Almada. La casa de cambio tampoco es opción. Machaco el cigarro en el cenicero.
Desfilan por mi mente un camión de alguna empresa de valores. Una sucursal de empeño y hasta el curato de la catedral más cercana. Descarto las tres. La primera implicaría enfrentarme a hombres armados con municiones suficientes como para irse a la guerra. Si sacas una pistola es porque la vas a usar, si no, déjala guardada. He ahí la regla básica para cualquiera que tenga un arma. Para la segunda alternativa necesitaría de compinches: para desactivar los dispositivos de seguridad; para someter los guardias; para lidiar con clientela proclive a una crisis de nervios y para huir “con rumbo desconocido”. El inconveniente es que tendría que repartir el botín. Dividido no serviría de mucho y seguramente, Carne-como-cuche-de-malo no me aceptará abonos. Además, en última instancia, no tengo idea de quiénes podrían ser mis cómplices. Lo de la iglesia nomás no termina de animarme. No me gustaría deberle nada a Dios, porque Dios siempre cobra de más.
Me pongo los zapatos. En la vaina cinematográfica los robos son traídos por alguna musa. Llegan al protagonista como una revelación. Pero en la vida real son tan complicados como trabajar. Si me hubieran aceptado mi obra maestra no estaría pasando por esto. Quién iba a decir que yo, Miguel Miranda, la joven promesa del guionismo mexicano, el novel valor de la narrativa visual, ahora es presa de un narquillo. Porque Carne-como-cuche-de-malo sólo es –menos mal– capo en esta ciudad. Él sólo manda aquí. Pero yo vivo justo aquí y ya me jodí. O le pago o me quiebran. Me visto. Me fajo la pistola y salgo. Algo se me ha de ocurrir. Algo. Enciendo un cigarro. Le doy un jalón largo, largo. Después saco el humo.
Dakota se quedó pensado en que la protagonista se llamara como ella. La puerta se abrió con fuerza. Despegó la atención de la película. Miró a un grupo de agentes entrar a la sala de espera de la estación camionera de Brownsville. Ordenaron hacer una fila. Su autobús hacia el norte saldría en 15 minutos. Presintió algo. Pensó en llamar a ese hombre con mirada de venado que le diera el teléfono celular que aguardaba en la bolsa izquierda. Tranquila, pensó. El que parecía el jefe del grupo hizo una señal. Otro hombre hizo una llamada con su aparato telefónico. Un timbre retumbó en toda la sala. Dakota se quedó estática. Era el suyo. Es ella, llévensela, dijo el Pavo.

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Las armas no hacen al asesino. Menos si el arma está descargada. Si no me creen mírenme ahora. Aquí, frente a ustedes, contándoles una historia que nunca pensé contar. Escribiendo para vivir. Realmente para vivir, no pendejadas. Quien iba a decir que todo mi potencial creativo iba a quedar embarrado en esta historia de narcos, balas, traiciones y demás cliches narrativos que jamás pensé usar. Pero cuando te cambia la suerte se convierte en tu enemiga. Por eso no pude asaltar a nadie. Todo lo contrario, el asaltado fui yo después de comprar unos cigarros. Pinches vándalos, me dejaron sin pistola –descargada, pero al fin pistola–, sin dinero y sin cigarros. Y un hombre jamás sale a la calle sin dinero y sin cigarros. Por eso, todo madreado, tuve que pedirle clemencia a Malo-como-carne-de-cuche. De rodillas imploré compasión, mientras en mis adentros me juré que si la libraba, jamás me metería una línea más. Nunca, nunca. Ni fumada, ni inhalada y menos, inyectada. En un intento desesperado por vivir me ofrecí a escribir un guión en el cual él sería uno de los protagonistas. Sonrió y se quedó pensando un momento. Sentí que me condenaría en ese instante. Y que me sometería a algún suplicio a los que, dicen, es aficionado. “Voy a atender un asunto a La Garita. No tardaré más de una hora. Al regresar quiero ver un avance de ese guión”, sentenció. Y aquí me tienen. Sentado frente a este monitor. ¿Huir? Ni pensarlo. Malo enviaría a sus pistoleros a buscarme debajo de cada piedra. Por eso debo acabar de escribir esta especie de corrido visual. Si Malo fuera más culto y menos impulsivo, le escribía un guión para desbancar a “El Padrino”. Pero qué va a saber el Malo de buen cine. Un cigarrillo no me vendría mal. Lo enciendo. Aspiro la primera calada que anuncia el comienzo de esa antigua danza entre el fuego y la muerte. La aguanto un rato. Después saco una bocanada larga y sigo escribiendo.

Taller 15: Dos caminos (6/7)

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El viejo sabía que las carreras de caballos son mejor que cualquier juego de azar. Son como un volado horizontal de 15 segundos. Por eso decidió ir cuando lo invitaron. Quería embriagar su pulso cardiaco con la incertidumbre de la suerte. Olvidarse por un rato del cártel, de los políticos y del mundo.
Se puso una gorra y se dirigió a la calle principal del pueblo. De ahí siguió el flujo del gentío, hacia el oriente. La tarde ya comenzaba a maquillarse de noche. El calor menguaba. Caminó unos 10 minutos y llegó al panteón. A un costado se encontraban la pista para las carreras parejeras. Una banda de música soltaba a bocajarro las notas de un corrido. Cientos de personas aguardaban ansiosas al margen de los carriles. Cervezas, refrescos y botanas iban y venían. Compró una birria. Encontró cabida en la zona de arranque de las 350 varas. Observó tres carreras, más comunes que ordinarias. Eran de relleno. Caballos locales, tal vez. Por eso las apuestas no generaban mayor sorpresa entre los asistentes. Terminó la cerveza.
Compró otra lata. El vendedor le ofreció sal y limón, pero el viejo no aceptó los complementos. La luminosidad de la cerveza no debe empañarse con nada. Menos aún con sal y limón, pensaba. La bebió de cuatro sorbos. La baja temperatura del líquido y el gas de la bebida le hicieron lagrimear.
Luego se anunció la competencia estelar. La que todos esperaban. Los dueños se jugarían el dinero suficiente para adquirir un automóvil nuevo. Compró otra cerveza y le dio un trago. La mano le temblaba. Quería apostar. Uno de los competidores llegó. Se trataba de El Sirocco, un Thoroughbred zaino, lucero y dosalbo. Imponente como un oso y nervioso como paloma. Sus cascos se encajaban a la tierra como navajas.
Su contrincante era La Cicuta, una Apenndix baya, careta y alfana. De caderas fuertes, sedosa crin y cola trenzada. Sus pasos eran livianos, como si no quisieran tocar la tierra. Las apuestas llovieron para ambos bandos.
El viejo bebió otro sorbo. La banda de música comenzó una marcha. Contó mentalmente el dinero en su cartera. Era suficiente para llegarle a la apuesta entre los dueños de ambos corceles. Si quieres vivir tranquilamente en este pueblo, lo que menos debes hacer es apostar. Nada llama la atención como el dinero, se dijo. Pero el nervio le quemaba. Tomó otro trago, respiró hondo y enfiló hacia los cazadores de apuestas.
–Quiero jugarle a la yegua.
–Lástima. Las apuestas ya cerraron.
Si doblaba el monto se abrirían de nuevo. Pero de hacerlo, hasta los caballos se asombrarían de semejante hazaña. Dio un largo trago al bote y lo tiró. Le dio las gracias al hombre aquel y se fue en busca de un buen lugar para ver el cierre de la carrera.
Ambos rocines se colocaron en la salida. El bullicio se convirtió en murmullo y cuando el silencio casi fue total, se escuchó el disparo. Las monturas arrancaron iguales. Los cascos chasquearon al hundirse en la tierra. Los músculos se tensaron a cada impulso como si fueran a salirse de la nerviosa piel. Supo que ganaría la baya. El jockey del zaino fustigaba al animal a cada zancada. Su contrincante, en cambio, montado casi sobre el cuello, sólo le gritaba levemente a la yegua. El zaino ganó terreno en la primera mitad. Pero después de las 180 varas La Cicuta aceleró para llevarse la carrera por medio cuerpo.
El griterío se oyó por doquier. Quienes habían ganado, festejaban. Los perdedores, rumiaron su suerte y prepararon su respectivo pago. De haber apostado… pensó. Mas corrigió al recordar que gracias a que había guardado sus impulsos, su presencia había pasado imperceptible. Compró una cerveza más para el camino de regreso cuando una mano le tocó el hombro.
–Buenas tardes señor, ¿me recuerda?
Su pulso se desbocó. Algo no estaba bien. Se suponía que nadie debía ubicarlo. Contuvo su emoción y simuló una ebria mirada hacia el joven.
–¿Disculpe?…
–Que si me recuerda, porque yo a usted no lo olvidaré nunca.
Se refugió en su disfraz de borracho para escudriñar en esos ojos negros. Esa cara estándar del mexicano común. La piel cobriza y el pelo enhiesto, pero recortado. No, definitivamente no sabía quién estaba frente a él. Aunque a leguas se notaba que no era peligroso.
–Discúlpeme… p… pero c… creo que me confunde.
–No. Claro que no, señor. Jamás olvidaré la generosa propina que me dejó en el restaurante donde usted comió alguna vez. Yo fui su mesero. Ándele, le invito una cerveza.
Le enojó que el mundo se hiciera tan pequeño en ese momento. Y le enojó aún más que en otros se hiciera tan grande. Nunca recordaría en cuál de los cientos de restaurantes habría trabajado ese hombre. No terminaría de ubicar a qué propina se refería. No le diría que el monto no respondía a su nobleza, sino a la más firme intención de meter dinero sucio al ciclo económico.
–No sé de qué me habla, pero le acepto la cerveza.
–Claro que sé. Incluso hasta en lo vi en la tele, en un reportaje sobre narcos. Pero no se preocupe, yo no diré nada.
El viejo sonrió. Abrió su bote y le dio un trago largo. La tarde se fue a dormir y las estrellas agujeraron el cielo.

***
Tres postales de un cártel en agonía
(Parte III)
Dos Caminos, Guerrero. 26 de julio.
–¿Usted olvidaría una propina de 5 mil pesos? –Me pregunta Juan N.
Está triste y cabizbajo. No es para menos. Su hijo José N. está tendido en lo que es la sala de su casa, en Dos Caminos.
“Él tampoco lo olvidó. Siempre que podía, platicaba esa anécdota. Y yo siempre le decía que no lo hiciera, que podía meterse en problemas. Y mire lo que pasó; casi estoy seguro que eso que tuvo que ver”, dice entre un suspiro.
Dos Caminos se ubica a unos 380 kilómetros al sur del Distrito Federal. Se puede llegar por la carretera federal que lleva a Santa Lucía. Tiene unos 3 mil habitantes, pero parte de su población es flotante, es decir, va y regresa de Estados Unidos o estados del norte de la república, donde se emplean temporalmente.
Adentro de la casa el olor a flores, veladoras y copal inundan el aire. Entre cuatro sirios se encuentra el féretro. Rodeado de infinidad de flores. Las mujeres rezan a coro. Su madre y su hermana lloran desconsoladas. Afuera, los hombres platican en voz baja. Unos fuman, otros beben y otros más hacen las dos cosas juntas.
José N. fue muerto un día antes al término de las carreras de caballos que año con año se organizan en esta comunidad, con motivo de su fiesta patronal. Según testigos, antes del suceso, se le vio bebiendo con un anciano. Después se fueron juntos y minutos después lo encontraron asesinado de cuatro balazos.
Este hecho no sería de mayor trascendencia, si no fuera porque los balazos que dieron muerte a José son de calibre 5.7 x 28 milímetros. Según las pruebas de balística, fueron disparados por una Five Seven. Un pistola característica de la gente del Pacho Guznaga.
Juan N. está seguro de que ese encuentro de su hijo con el capo del cártel de la frontera, ocurrido meses atrás en Ciudad Heroica, está relacionado con la muerte de su hijo.
“Era mesero de un restaurante donde llegó a comer ese señor. Le dejó 5 mil pesos de propina, así como lo oye, 5 mil del águila. Ya en la noche, nos llamó para contarnos. Incluso nos contó que uno de los pistoleros lo estuvo jode y jode, pero que este señor lo puso en su lugar. Después, en la tele vio que se lo habían echado. Le decían el Jackson”, afirma Juan.
Se refiere a Rodrigo Pastenes Solís, alias el Jackson, quien era lugarteniente del cártel de la frontera. Pastenes fue hallado muerto el 10 de febrero de 2003 dentro de una bodega en Ciudad Heroica. Su cuerpo, y los de otros integrantes del cártel, presentaban huellas de tortura.
Pedro N. es una de las últimas personas que vieron con vida a José, “estábamos viendo la última carrera y José se puso a grabar con su teléfono celular. Minutos después, cuando miramos su video, me dijo ‘no mames, yo a ese señor lo conozco’. Creí que saludaría a un familiar y como se puso a platicar con un anciano, supuse que era su pariente, por eso no se me hizo raro que se fuera con él. Poco después me enteré de que lo habían matado. Todos sospechan del viejo. Pero huyó”.
El anciano, principal sospechoso de la muerte de José, tenía menos de un mes de haber llegado al pueblo. Según testigos, dijo que era profesor jubilado. Aunque despertó sospechas por la lujosa camioneta que usaba. Compró una casa y pretendía reconstruirla. Se fue del pueblo poco después de que hallaron el cadáver.
Juan sabe que no hay mucho por hacer por la muerte de su hijo. Si presenta una denuncia sólo le acarreará gastos innecesarios a su familia. También vendrían líos con la policía y con ellos no se quiere meter.
“Hace como 6 meses secuestraron a don Cutberto Marino. Un mediano ganadero que vivía calle abajo. Dicen que mientras su hija negociaba, escuchó que le hablaban por radio al secuestrador y resultó que era comandante o algo así. Don Curberto apareció muerto tres días después. Lo encontramos cerca del río. Su hija Dakota se fue para el otro lado”, me explica.
Me levanto de mi asiento para fumar un cigarro. El día está cayendo, tendré que ir pensando en irme. Mi cajetilla se ha terminado. Un hombre se me acerca y me comparte uno de sus Delicados. Comenzamos a platicar. Se llama César Muñoz y al saber que soy reportero me comparte su teoría: “las perdidas eran las ciudades, no los pueblos. Pero ahora las cosas han cambiado. No conforme con apropiarse de las urbes, el narcotráfico ha extendido sus tentáculos hasta las comunidades”.
Su teoría no es errada. Según el Consejo Nacional de Población (Conapo), en los últimos 5 años, los índices de migración se incrementaron 55 por ciento, gran parte de esa cifra es gente de los pueblos, que abandonan su tierra huyendo de dos enemigos invencibles: la pobreza y el narcotráfico.
“Frente a la escalinata que lleva a la iglesia, está la tienda de Galo Reyes, ahí puede esperar el taxi”, me informan. Me despido de la familia y salgo de la casa. El olor a copal me sigue por toda la calle principal. Ando de suerte, porque hay uno. En poco menos de una hora estaré en Santa Lucía. Me acuerdo que debo abastecer mi caja de nicotina. Voy a la tienda de Galo Reyes. Compro unos Marlboro rojos. Me subo al taxi y avanza. Volteo a ver la iglesia. Digo adiós mentalmente y las torres se quedan ahí, como mirando.

© Gonzalo Pérez
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***
Pedro Carlos sintió que el aliento del miedo le rozaba el cuerpo. Sus tímpanos aún no se reponían de los ensordecedores coros de los Cuernos del Chivo que unos segundos antes dieran muerte a Noel. El pavor obliga al cerebro a triplicar los pensamientos. Se imaginó un secuestro, una vieja rencilla, una equivocación. Pensó en su familia, en sus amigos, en su amante, en su vida, en su niñez, en su ascenso y en los enemigos. Todo al mismo tiempo. Una y otra vez. Una capucha le cubría la cara. Tenía esposados los pies y los brazos también, pero hacia atrás. Le quitaron los zapatos. Ninguno de sus captores hablaba. Sólo escuchaba el bramido del motor. Era una Chevrolet. Lo sabía porque la GM tiene una armonía mecánica peculiar, única e inconfundible. Además, él manejaba una diariamente. Desconocía cuántos iban a bordo. Pero llevaba uno a cada lado. El silencio empezó a asfixiarlo.
Después de media hora de trayecto la camioneta se detuvo. Abajo, dijo Miranda. Dos hombres le tomaron de los brazos y lo arrastraron. Un cañón se le encajaba en la espalda de vez en vez. Tenía ganas de rezar, pero no recordó ninguna oración. Además, el miedo le impidió abrir la mandíbula, trabada como pinza de presión. Escuchó que una puerta se abrió.
–Quítenle el trapo. –Ordenó Miranda.
Entró a una habitación pequeña. Lo supo por el eco de los pasos. En un afán de sobrevivencia no abrió los ojos. La esperanza es la consejera más inocente. La puerta se cerró y todo quedó en silencio. Pasaron varios minutos. Poco a poco disminuyó la presión de sus párpados, pero sin abrirlos. Supo que en ese lugar había un foco encendido. La luz trasminaba por su piel para llegar a sus pupilas. En ese momento deseó ser invidente.
No supo cuántos minutos estuvo de pie, a ratos más rígido y en otros tembloroso. Cuando tomó conciencia de ello, intentó flexionar levemente la rodilla, pero el dolor no lo dejó. Estaba entumida. También la otra. Todo el cuerpo. Sintió un leve mareo, el cual se fue haciendo más grande. Estaba intoxicado de miedo y se desmayó.
Un balazo en la pantorrilla derecha lo despertó. La herida era como una tarántula de dolor, adherida a su piel. Comenzó a sangrar y a gemir.
–Arriba cabrón. –Le ordenó Miranda.
No obedeció. No podía obedecer. La araña crecía. El tiro había sido en la pantorrilla, pero le dolía toda la pierna. Pese a eso, tuvo el presentimiento de que viviría. De que vería el siguiente amanecer. No sabía cómo, pero lo intuyó.
–Cuélguenlo. Este cabrón les va a llevar un mensaje –Volvió a mandar Miranda.
Pasaron una cuerda por sus manos esposadas y sintió que tiraban de ella. Sus brazos fueron subiendo hasta llegar al límite. Jalaron más fuerza. Abrió los ojos y al hacerlo, también llegó más dolor. Debido al peso del cuerpo, las clavículas fueron cediendo, hasta que tronaron como débiles ramas incapaces de aguantar tanta presión ejercida. Gritó como nunca en su vida lo había hecho. Pedro Carlos sintió como si le hubieran cortado ambos brazos con un serrucho. Una vez pendido de la cuerda le quitaron los pantalones. Apenas y podía alzar la cabeza.
Debajo pusieron una cubeta de metal llena de agua. Dentro tenía un calentador eléctrico, previamente conectado. La soga que lo mantenía en el aire cedió un poco para que sus pies tocaran el líquido. El choque con la electricidad lo cimbró. Se retorcía como listón al viento. El agua escurría, ampliando la intensidad de los 120 voltios de la corriente alterna. De tanto en tanto, lo sacaban. Esperaban un momento y lo volvían a meter. El agua se fue calentando más y más. Hasta que ya no supo distinguir el líquido hirviente de la electricidad. El ardor de los pies le llegaba hasta las manos y la fractura de los hombros la sentía escurrir a los tobillos. El dolor circulaba por cada vena, en cada cabello y la certeza de que no viviría comenzó a invadirlo.
La tortura se detuvo por un instante. La cuerda lo jaló más hacia arriba. Alguien le tomó los pies. Su dedo sintió un frío metálico, que en un santiamén se volvió calor lacerante. Su gemido le trajo más dolor. Abrió los ojos y miró su uña entre las fauces de unas pinzas. La acción del agua caliente facilitó la extracción de las otras nueve. Entonces supo que su hora había llegado. Entendió que no volvería a ver un amanecer. Que había sido todo su paso en este mundo. No pudo más y se orinó de miedo. Lloró pidiendo clemencia en nombre de lo más sagrado que conocía: la virgen de Guadalupe, su madre y diosito. En cada letanía su voz enronqueció, abatida por el sufrimiento y la electricidad.
–Posiblemente me quiebren pronto. Pero antes les voy a dar donde más les duele. Antes de que me truenen voy llevarme a todos los que pueda. Bájenlo –Murmuró Miranda.
Cayó sobre un charco de sangre, uñas, orines y lágrimas. Sus brazos dislocados eran más un estorbo, que una ayuda. Sus pies eran un par de enrojecidos trapeadores. Alguien lo tomó por el cuello y lo arrastró para luego sentarlo en una silla. Lo amarraron. Miranda le tomó por los cabellos y dijo:
–Mírame bien. Mírame porque será lo último que veas en tu pinche vida. Mírame para que sepas a quién buscar en el otro mundo. Porque si te encuentro, allá también te volveré a matar. A ti y a todos esos perros.
Le pasaron un delgado alambre acerado por el cuello. Cruzaron los extremos sobre su nuca. Con las pinzas comenzaron a girar las puntas. Después lo hicieron con una varilla de metal. La presión del cable se hizo mayor. Cada vuelta cerraba más el espacio entre el alambre y su cuello. Hasta que empezó a asfixiarlo. Quiso jalar aire pero ya no pudo. El alambre se metió en su carne, cortando músculos, venas y vértebras cervicales. 45 giros después Pedro Carlos se llevaba a Miranda tatuado en sus pupilas. A los 90 se le desprendió la cabeza, dejando medio cuello cercenado. La sangre le escurría por los hombros. Brazos y piernas dibujaban torpes movimientos involuntarios. Hasta que ya no se movió.
–Sáquenle los ojos y en su lugar le ponen los güevos. El cuerpo lo meten en un tambo con cemento y lo tiran al mar. La cabeza la dejan en la plaza con un recado para la Muñeca.
Miranda salió de la habitación. La declaración estaba hecha. El final estaba cerca. Respiró un poco y tomó su teléfono celular. Marcó a Dakota. Nadie le contestó.

***
Informe II

Operación: hemos intentado moderar nuestras apariciones en público, no obstante, parece que la gente necesita de unas cuantas balaceras al mes para que no se olviden de nosotros. Por ello, realizamos algunos enfrentamientos en las ciudades que parece que se empiezan a calmar.

Deporte: con la adquisición de dos equipos de futbol en primera división, ingresamos al mercado de las piernas, el cual, debo reconocer, es un gran negocio. Aunque por el momento nuestras escuadras están en último lugar de la tabla, al final de la temporada podremos negociar nuestro descenso. Según los asesores en la materia, ofreceremos pagar los viajes de la selección nacional para juegos amistosos. Asimismo, se buscará cooptar a los miembros de la federación. Si no aceptan, los apretaremos desde la parte oficial o les aplicamos la ley fuga.

Seguridad: hemos ido desechando las armas ostentosas y llamativas. Hemos ido desplazando el AK-47 y el R-15 por piezas más eficaces y más pequeñas. Luego de varias encuestas entre nuestros pistoleros, la Five Seven se ajustó más a nuestras necesidades. De manufactura belga, esta arma está construida de polímero, lo cual hace que sin tiros sea invisible para cualquier detector de metales. Asimismo, no hay chaleco antibalas o blindaje de autos que soporte uno de sus proyectiles, si se dispara a menos de 50 metros. Su moderno mecanismo permite que su pateo sea mínimo, lo cual asegura una precisión quirúrgica.

Detenciones: parte del acuerdo con el gobierno, incluye detenciones frecuentes para que las autoridades presenten resultados a la gente. De ese modo, optamos por entregar a miembros indisciplinados y morosos. Así cumplimos con el pacto y a la vez, castigamos a elementos irregulares. Cabe mencionar que esta medida ha disminuido la desobediencia entre nuestras filas.

Vehículos: como la camioneta sigue siendo emblemática, seguiremos usándola. En breve, ya no hará falta traer armas. Bastará con llegar en camioneta a cualquier parte para que te den paso, ante el temor de que se trate de uno de nosotros.

Detuvo la lectura del documento. Se quedó pensativo un rato. Aún no lograba imaginar cómo serían los cárteles en 20 años. ¿Finalmente acabarían siendo una opción política mediante un narcogolpe de estado? ¿Lograrían terminar con lo poco que quedaba de la autoridad, para sentar sus reales y someter a la sociedad? ¿O lograrían convertirse en los emporios a cargo de uno de los negocios más redituables de los últimos años? ¿El capitalismo entraría en una más de sus fases, el narcocapital?
–“Te vas…”
–¡Pinche perico! Ya va a empezar otra vez.

***
“Auto-retrato con escuadra

Siendo la vida una vela impertinente,
izada en la impermanencia del eje vertical
— y —
siendo la muerte una vela intermitente,
arrojando su luz negativa sobre la permanencia incontinente del eje horizontal:
tomaré mi escuadra y tocaré el arpa en silencio,
como quien finge decir algo urgente detrás de un cristal blindado,
bien sabiendo de antemano
que no hay sordomudos en el área.

.”
La Muñeca cerró el libro y se quedó pensando en lo que acababa de leer. Le intrigó darse cuenta que nunca entendería esas palabras. Se preguntó si alguien lo haría.
Volvió a abrirlo en las primeras páginas para repasar otra vez esa rara dedicatoria. “(0n L05 473n705 54Lud05 d3 5u 4m190 3du4rd0 P4d1LL4”. Era uno de los tantos ejemplares que le llegaban en agradecimiento por el dinero aportado para su publicación. Era una de las actividades filantrópicas del cártel. Aunque acabaran en la basura, la mayoría de las editoriales le enviaban una muestra de las publicaciones para comprobar el uso de los recursos aportados.
Sonó su teléfono. Dejó el libro y contestó ante la mirada curiosa del Pavo, que aceitaba con fervor un Winchester bañado en oro. La Muñeca recibió los pormenores del hallazgo. La cabeza de Pedro Carlos había sido dejada en La Garita, una zona muy concurrida de la ciudad. Tenía un mensaje para él. “El próximo eres tú, Muñeca, después, todos tus pendejos pistoleros”. El Pavo vio cómo su compañero de mesa disfrutó aquella noticia. Carraspeó un poco. Los músculos de la mandíbula se apretaron y después sonrió. El Pavo sabía muy bien que no hay nada más importante que la vida. Mas para la Muñeca lo más importante era trasmitir dolor y miedo. La vida sólo era un complemento para conseguirlo.
–Pinche Miranda. Te voy a despellejar como mandarina y te comeré gajo por gajo. Masculló la Muñeca.
Sacó el teléfono y marcó. Aguardó dos segundos y habló:
–Prepara a los muchachos, nos vemos en 7 minutos. Ah, y denle piso al regalito que tenemos guardado.
Sabía que Miranda vendría al puerto más temprano que tarde. Pero no había calculado una llegada a tal nivel. Sólo a alguien como él era capaz de venir a azuzar el panal y luego meterse al avispero. Miranda venía por él, aunque en el intento asegurara un lugar en el próximo viaje al otro mundo. Buscaría limpiar el campo para el viejo. Sólo que eso no iba a ser sencillo con dos hombres como la Muñeca y el Pavo. Habrá clientes para el panteón, murmuró La Muñeca.
Volvió a tomar el libro y miró la dedicatoria. Pensó en todas las que había recibido. Cayó en cuenta que era un lector de éstas. Más que de noticias o libros. Se quedó mirando la portada. Su teléfono volvió a sonar. Todo listo jefe. Muy bien. Vámonos a cazar Equis porque esa será nuestra cena.
Abandonaron el lujoso penthouse enclavado en uno de los condominios más exclusivos. A la salida, Chema esperaba con la camioneta lista. Tavira, quien parecía la sombra de la Muñeca, miraba hacia todos lados. Subieron al vehículo y enfilaron hacia la Costera. Ya arriba, el Pavo abrió la maleta que le entregaran horas antes en la comandancia. Sacó una pistola reluciente y se la entregó a la Muñeca.
–Toma, Valadez. Esto es para ti.
La Muñeca la pulsó. Era una Five Seven de platino y cachas de marfil con incrustaciones de piedras preciosas. Había sido fabricada especialmente para él. A diferencia de las comerciales, la suya sí pesaba. Era de metal y no de vil plástico, como solía decir continuamente.
–La otra es para el jefe. –Le indicó el Pavo.
–Agradezco el detalle, pero le soy fiel a mi Desert Eagle. Y disfrutaré cada tiro de .44 para volarle dedo por dedo a Miranda.

Taller 16: El sabor de la aurora

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En Ciudad Heroica, Edgardo Valadez es un oficinista de gobierno que durante 15 años ha checado tarjeta religiosamente. Aunque su papel laboral es prescindible, nunca ha faltado a trabajar. No bebe, no fuma, no se droga, no opina, no ríe, no le gusta salir, no le gusta la música, no tiene amigos ni familia. Tiene sueños, pero poca iniciativa para comenzarlos. Odia la ley, pero cumple a pie juntillas sus normas. Es el monumento vivo del burócrata ideal.
Su retraída personalidad lo aísla de cualquier círculo social, tanto que hasta sus vecinos lo evitan. Sus únicos gustos son masturbarse viendo Animal planet y comer tacos al pastor sin piña, que venden a una cuadra de los condominios donde vive.
Un día, anegado en su grisura, tiene una visión: fotografiar amaneceres para comenzar una colección. Valadez deposita en esta tarea sus últimas esperanzas para cambiar la monótona de su existencia. Se imagina en 10 años saliendo en televisión como el hombre con más amaneceres que nadie. Se ve millonario, tras la venta de su colección. Alucina con tener su zoológico personal para masturbarse mientras los observa.
Comienza una nueva vida. Deja de comer tacos para gastar ese dinero en pilas. Abandona el onanismo para despertar justo en el momento exacto del alba y capturarla. Así, una por una, las fotografías de las auroras se van juntando. Luego de dos años; 25 tormentas que dificultaron la toma; un eclipse; cuatro secuencias de balaceras entre narcos; dos cámaras y 250 pilas, su deseo sexual se despierta de súbito cuando mira a dos perros retozar en la entrada a su edificio. Ambos mamíferos, El Jackson y Dakota, son las mascotas del nuevo inquilino que vivirá justo en el departamento de enfrente.
Valadez comienza una lucha interna por continuar con su colección o espiar a los perros para masturbarse. Cada tarde verá a su vecino sacar a sus canes para llevarlos a pasear. Esta batalla mental se intensificará cuando sea acusado de matar a su vecino junto con sus perros. Su extraña manera de vivir y la aversión de sus conocidos, serán las pruebas que usará la policía para encarcelarlo.
Lejos de amargarlo, la cárcel le da ánimos para vivir, para comprobar su inocencia y terminar su colección de amaneceres.

Entregas

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Van pues, a petición del respetable

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Tres postales de un cártel en agonía

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Ciudad Heróica, Tamaulipas.
18 de julio
Aquí todos hablan de ellos, pero nadie los nombra, me dice Mario Serna Diez, el chofer del taxi que tomo en el aeropuerto. Son las 8 y media de la mañana y el calor es preocupante. Así es el verano en casi todo el norte del país y en esta ciudad parece que es más, por su cercanía con el Atlántico.
“Ya quedan pocos Equis. Se los están fregando con ayuda del gobierno. Los periódicos dicen una cosa, el gobierno otra, pero la verdad está aquí en la calle, en lo que ve uno”, sentencia Serna, mientras enciende el aire acondicionado del vehículo.
Mi primer destino es la colonia Zona Industrial. Cerca de ahí el Presidente de la República inaugurará una unidad habitacional. Es su reaparición tras varios meses de ostracismo político. Fuentes de la presidencia han revelado que su repliegue es para no dar explicaciones sobre la dispareja ofensiva militar encaminada a favorecer al Pacho Guznaga y terminar con los Equis, un cártel oriundo de estas tierras que, tras varios años de bonanza, ahora enfrenta su peor y quizá última crisis.

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Taller 14: Dos caminos (5/7)

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a) Miranda ve por primera vez el mar. No se inmuta. Es como el padre de todos los charcos, dice.

b) Miranda intenta ver la televisión. Observa sin ton ni son los canales que desfilan frente a él. Luego la apaga.

c) Miranda se encuentra a una señora que vende naranjas en un crucero vehicular; a la espalda lleva a su hijo enrebozado. Nadie le compra. Tampoco él.

d) Miranda observa un sembradío de maíz deshidratado por el sol y sediento de la época de lluvias. Dos meses después, vuelve a esas tierras para ver las colas de borrego juguetear con el viento.

e) Miranda recuerda a su madre, cuando empeñó su anillo de compromiso para comprarle un par de zapatos. Jamás lo recuperó.

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Taller 13

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El periplo desde Modaro (que sí existe y no es una pachequez de Nicolás) lo noto disparejo. Se siente carnita cuando Nico se adentra en sus reflexiones, como cuando se ve a sí mismo tras su paso por la cárcel; como cuando teme que la señora de la tiendita sepa quién es él; como cuando se define como una zarigüeya. En otros pasajes, en cambio, las cosas se le facilitan sospechosamente: como su llegada al aeropuerto; cuando se puso a tomar agua como camello (un poco de sufrimiento no caería mal; me viene a la mente, por ejemplo, abre el grifo y cuando cree sentir las gotas en su lengua, resulta que no hay agua) o que un abrir y cerrar ya está de nuevo en el auto reparado, puebleando, mientras Paulina se va no sé cómo a la ciudad.
Volveré a agradecer tu prosa tan bien cuidada. Se nota que fue tejida poco a poco. Y también he de agregar que noto más extranjero a Nicolás, por las referencias al refresco o por su reflexión en el aeropuerto. Modaro se cristaliza.