***
Bip-bip.
–Miranda, ¿me copias?
–Afirmativo.
–La Muñeca se dirige hacia La Garita.
–¿Estás seguro?
–Totalmente, tengo ubicada su melena güera a dos autos de mí. Logré intervenir su frecuencia y escuché que se dirige hacia allá.
–Síguelo de cerca. No lo pierdas. ¿Trae caguamas con él?
–Afirmativo.
–¿Cuántas?
–Son cuatro muebles. Aunque llevan vidrios oscuros, ya ubiqué que en cada uno van cuatro cabrones.
–Entendido.
–Otra cosa más, adivina quién lo acompaña.
–¿Quién?
–Nada más y nada menos que el Pavo
–Excelente. Cambio y fuera.
Sacó el teléfono celular recién salido de la caja y marcó.
–Pónganse al cien. En 10 minutos armamos un baile. Tal vez el último.
–Entendido, Miranda.
–Los espero en La Diana, ya casi llego. De ahí jalamos a La Garita.
Colgó.
Estaba por encender el Charger cuando el recuerdo de Dakota lo invadió. Llevaba dos semanas sin saber de ella. La indicación había sido que tirara una llamada al llegar a Estados Unidos. Pero nada. Dakota no timbraba y la incertidumbre empezaba a oxidarlo.
–El número que usted marcó no está disponible, o se encuentra fuera del área de servicio, favor de…
Colgó.
Encendió el auto. Aceleró a fondo y enfiló hacia La Diana. Una vez dada la señal de salida, el grupo era puntual. El paso que darían era decisivo. Aceleró entre el caudaloso flujo vial propio de las horas pico. En el siguiente semáforo sacó su pistola escondida bajo su asiento, la cargó y la guardó en su funda sobaquera. Se metió una granada en la bolsa del pantalón. Pensó en Dakota, en el viejo y luego en nada.
***
Las armas no hacen al asesino. Menos si el arma está descargada. Si no me creen mírenme ahora. Aquí, frente a ustedes, contándoles una historia que nunca pensé contar. Escribiendo para vivir. Realmente para vivir, no pendejadas. Quien iba a decir que todo mi potencial creativo iba a quedar embarrado en esta historia de narcos, balas, traiciones y demás cliches narrativos que jamás pensé usar. Pero cuando te cambia la suerte se convierte en tu enemiga. Por eso no pude asaltar a nadie. Todo lo contrario, el asaltado fui yo después de comprar unos cigarros. Pinches vándalos, me dejaron sin pistola –descargada, pero al fin pistola–, sin dinero y sin cigarros. Y un hombre jamás sale a la calle sin dinero y sin cigarros. Por eso, todo madreado, tuve que pedirle clemencia a Malo-como-carne-de-cuche. De rodillas imploré compasión, mientras en mis adentros me juré que si la libraba, jamás me metería una línea más. Nunca, nunca. Ni fumada, ni inhalada y menos, inyectada. En un intento desesperado por vivir me ofrecí a escribir un guión en el cual él sería uno de los protagonistas. Sonrió y se quedó pensando un momento. Sentí que me condenaría en ese instante. Y que me sometería a algún suplicio a los que, dicen, es aficionado. “Voy a atender un asunto a La Garita. No tardaré más de una hora. Al regresar quiero ver un avance de ese guión”, sentenció. Y aquí me tienen. Sentado frente a este monitor. ¿Huir? Ni pensarlo. Malo enviaría a sus pistoleros a buscarme debajo de cada piedra. Por eso debo acabar de escribir esta especie de corrido visual. Si Malo fuera más culto y menos impulsivo, le escribía un guión para desbancar a “El Padrino”. Pero qué va a saber el Malo de buen cine. Un cigarrillo no me vendría mal. Lo enciendo. Aspiro la primera calada que anuncia el comienzo de esa antigua danza entre el fuego y la muerte. La aguanto un rato. Después saco una bocanada larga y sigo escribiendo.
***
La Garita es un cruce tan común, como cualquiera de los miles que deben existir en el planeta. A las 2 de la tarde, el tránsito vehicular es igual de caótico que en cualquier otro. Si hay un rasgo a destacar ese es y sigue siendo el calor. Porque en esta zona del puerto es difícil percibir alguna manada de brisa marina. Ese amorfo parásito construido con acero y cemento ha arrasado las arboledas donde los rebaños de céfiros solían pastar.
En el punto central de La Garita está su iglesia. Desde sus puertas se aprecian perfectamente las tres calles que ahí convergen: la que va la Costera, la que enfila a la avenida Cuauhtémoc y la que lleva a la salida de la ciudad, no sin antes pasar por 40 minutos de colonias y asentamientos irregulares. A un costado se ubica una oficina de gobierno. Ahí habían hallado la cabeza de Pedro Carlos.
Cientos de personas bajaban de los camiones urbanos para tomar otro que los llevara a su casa o al trabajo. Entraban y salían. Subían y bajaban. Iban y venían. Tal y como estipulaba el tradicional comportamiento de esos entes llamados pasajeros.
Mezclados entre la muchedumbre estaban los Equis. Uno disfrazado de vendedor de raspados. Tamarindo, grosella, limón o piña colada, gritaba sin dejar de observar meticulosamente los autos.
Otros tres, embutidos en uniformes de agentes de Tránsito, alrededor de una patrulla robada simulaban la charla previa a la hora de comer. En el asiento trasero reposaban tres Galil micro con 500 cartuchos útiles. Dentro la cajuela de la patrulla, tres cuerpos desnudos de los oficiales de la patrulla, amontonados y con el tiro de gracia, esperaban un entierro digno.
Enfrente, cinco Equis con traza de albañiles, mochila en mano, parecían que aguardaban un camión. Dentro de las bolsas, cada uno cargaba 5 granadas de fragmentación y un subfusil H&K UMP con 10 cargadores de 30 tiros.
Sobre la avenida quedó estacionada una camioneta de plataforma. Una lona cubría su entarimado, donde esperaban 15 Cuernos de Chivo, dos bazucas y un centenar de cargadores de disco. Quince hombres más deambulaban en la zona, entre las tiendas de abarrotes, taquerías, ferreterías y oficinas de gobierno. Listos para el enfrentamiento.
Miranda vigilaba el ambiente desde una tortería ubicada frente a la iglesia. Estaba por darle el primer trago a su coca-cola cuando recibió una llamada.
–¿Si?
–Miranda… este… no sé cómo empezar… tómalo con calma… no te vayas a alebrestar porque hay una misión de por medio…
–Con una chingada, me vas a decir o no.
–Dakota ya apareció… la encontraron encobijada… tiene el sello del Pavo, porque le hicieron de todo… lo siento.
Miranda colgó. De la tierra surgió una flama invisible que le atravesó la columna vertebral. Hubo un desacoplo en sus engranes internos. El impasse sacó chispas que le crepitaron las entrañas. Tras el ardor, el mundo se detuvo, allí, en La Garita, como si no hubiera un lugar y momento más oportuno para hacerlo. De pronto la trayectoria de la Tierra se quedó sin batería. El ruido citadino cesó. El ir y venir se detuvo. El calor se hizo frío. Así transcurrieron dos segundos. Luego todo volvió a la normalidad. El mundo volvió a girar. El tráfico vehicular reanudó su peregrinaje por las calles. El bullicio irrumpió a raudales. Con la flama invisible aún en los ojos, tomó con fuerza su teléfono y marcó.
–No quiero uno vivo. Me vale madre si tienen que usar bazucas o granadas, pero los quiero bien muertos. A todos. ¿Entendieron?
–Entendido, Miranda.
***
Me creerías si te digo que Caro Quintana fue un invento de la CIA. Nunca existió. Es la pura verdad. ¿Su cassette? ¡Ah, claro! Donde cantaba “el yerberito llegó, llegó”. Eso sólo fue el gran negocio de una disquera a la que se le ocurrió el numerito. Lo mismo pasó con su libro. Puro cuento. Y como la gente está ávida de historias fantásticas, de ricos que se matan a balazos, de matones acompañados de mujeres bonitas, de capos ebrios de poder, dinero y drogas. Por eso fue un hit. Ganó terreno con esa puntada de que se ofreció a pagar la deuda externa. Toda la gente dijo que sí. No pocos creyeron que, de saldar la deuda, dejaríamos el tercermundismo. ¿Que está detenido? Por favor, el que está adentro es un infeliz a quien se le pagó una millonada por protagonizar a Quintana. Seguro lo hizo por su familia, o por los lujos que ahora puede darse. Sabías que el Señor de los Sueños vive en Estados Unidos como testigo protegido del gobierno. No. No murió. Ni en la edad media se morían por una cirugía de nariz. Nadie. No sé cómo la gente pudo creer semejante patraña. El Pelirrojo Palma fue otro invento, pero ese del PRI. Sus casas, su dinero y sus joyas que decomisaron, sólo fueron donaciones de los capos a cambio de dejarlos en paz. Se desprendieron de algunas cosas para reforzar la historia. Toda su detención y juicio nunca existió. Nunca. Si se hizo fue para hacer creer a la gente que el gobierno agarraba a un pez gordo. Pero no fue así. Todos los decomisos, detenciones o muertes, están milimétricamente calculados para ocurrir en el instante planeado. Los medios de encargan de lo demás. Ellos difunden a quién temer, a quién buscar, qué comprar, qué ver. Sabías que Don Beto tampoco fue real. Es un invento para proteger a alguien muy grueso. De las muelas de arriba. Gracias a eso, esta persona se pasea tranquilamente por todo el país y el extranjero. También sirvió para que gastara sus miles de millones que tuvo y que sus herederos tienen. El dinero se convierte en desperdicio cuando no se gasta. Despilfarrar tu vida encerrado en una casa de seguridad es lo más desesperante para alguien con tanto poder. ¿No crees? Muchos buscaron a Don Beto toda su vida. Obviamente, jamás lo agarraron. Sólo encontraron rastros. Por aquí pasó. Yo lo vi. Un amigo me dijo que se lo halló en un bar. Mi tío me contó que un compadre lo ayudó a esconderse. Así se fue tejiendo su historia. Ni el presidente en turno sabía. Todo quedó en nada y de ahí se convirtió en mito. Así pasó con el Pacho. Nadie lo conoció en persona. Su fotografía es más conocida que la de cualquier héroe de la Independencia. Hasta el presidente la creyó. Fue tal el éxito de la historia, que hasta hicimos hablar al Pacho con el presidente. Los hicimos pactar. Le dimos una millonada. Y lo demás fue sencillo. El gobierno se encargó de pintarlo como el malo de malos. Como el mero mero. El jefe de jefes. Y la gente lo creyó. Le compuso corridos sin conocerlo. Le agradecieron favores que no concedió. Le temieron aunque no sabían a ciencia cierta porqué. El hombre de la fotografía murió poco después. Era uno de esos reos sin origen, sin familia, sin futuro. Antes de morir, se le concedieron dos meses de caprichos. Todo con tal de que le hicieran un estudio fotográfico para crear el mito del Pacho. Luego se inventó su fuga. ¿No es ridículo pensar que el hombre más buscado del país, justo ese se fuga de la cárcel de máxima seguridad? Obviamente, eso nunca ocurrió. Por eso “logró escapar”. La noticia se regó como peste. Y se inició un complejo operativo para “su ubicación y posible detención”. Se ofreció una jugosa recompensa. Diariamente, decenas de personas aseguraron haberlo visto. El país entero al pendiente del Pacho. ¿Que todo esto para qué? Muy fácil, para renovar el ciclo. Es como podar el árbol. Para que dé nuevas ramas. Tanto tú como la Muñeca, estaban en la cúspide. Sobrepasaron las expectativas. Nadie pensó que llegaran tan lejos. Se les buscó para ser pistoleros. Los mejores sicarios. Nada más. Pero resultaron muy inteligentes. Y a los jefes de jefes no les conviene la gente inteligente. Valadez estaba obsesionado con corporativizar el cártel. Estaba loco, pero de dejarlo vivo lo iba a lograr. Y tú, Miranda, dejaste de ser funcional para convertirte en una amenaza. La gente de arriba tiene otros planes y en ellos no están incluidos ni tú, ni la Muñeca. Así es esto.
***
Estruendo.
Grito.
Alarma.
Tavira va de copiloto. Chema, al volante. Llegan a La Garita. Se oyen disparos. Chema se hace a un lado para que las camionetas con escoltas hagan frente a los agresores. La Muñeca, en el asiento de atrás, toma su Desert Eeagle .44. Se abrocha el chaleco antibalas. Se guarda cinco cargadores. Atrás, atrás, ordena Valadez. Sus hombres hacen un perímetro con sus vehículos. Se atrincheran tras las camionetas. Empieza una danza de calibres.
Bala.
Agujero.
Sangre.
El Pavo, agachado, a ratos se alza y tira por encima del cofre. Se estremece al encontrarse con un proyectil. Tiene un rozón el brazo. Sangra. Se enoja. Se asoma para vaciar su M-16 contra los agresores que están en una falsa patrulla de Tránsito. Los casquillos danzan sobre el pavimento. El eco del disparo va y viene, como liebre asustada. Uno de los contrincantes cae. Se oculta para meterle más munición. Vuelve a disparar. Pero dos tiros le perforan el pecho. Una vez dentro, el plomo le chupa su vida.
Psicosis.
Pánico.
Caos.
La gente se apresura a bajar de los camiones. Los de a pie huyen hacia donde el instinto les aconseja. Los comercios se apuran a cerrar. Varios autos, en su intento por salir de ahí, chocan entre sí, bloqueando la calle. El terror huele más que la pólvora. Las ráfagas vuelan como enjambres de abejas. Golpean aquí o allá. Varios civiles caen. Algunos agonizantes, otros heridos o con un ataque de nervios. Se oye una explosión. Un auto arde.
Base-base.
Aquí, base.
87 en La Garita
Chema se cuelga el radio. Cerrojea su P90 y abre fuego contra unos Equis disfrazados de albañiles que disparan hacia él. Su ataque rinde frutos: mata a dos. Sigue disparando en intervalos de 30 segundos. Después se atrinchera en la Escalade, cambia de cargador, cuenta hasta cinco y ataca de nuevo. Los albañiles de ocultan tras un taxi. Chema dispara 10 segundos donde se ubica el tanque de gasolina. La estrategia surte efecto y el taxi explota. Chema sonríe. Se agazapa. Cambia cartucho. Cuenta hasta cinco y asoma para tirar de nuevo. Una bala de Miranda se le clava entre los ojos.
Trueno
Trueno
Trueno
La flama que vomita la Desert Eagle en cada disparo puede llegar a medir 30 centímetros. El estallido es ensordecedor. Una de sus balas es la antesala de la muerte. Sabedor de eso, la Muñeca aprovecha los ataques de su gente para ubicar contrincantes. Una vez visto, calcula la bajada de su brazo. En una operación milimétrica y en décimas de segundo, escoge el punto exacto donde soltará el tiro. Ubica a un hombre que dispara desde el resquicio de una taquería entreabierta. La Muñeca sonríe, lo pone en su mira y jala el gatillo. La bala de .44 le resquebraja el cráneo a su objetivo. Valadez disfruta cada segundo del enfrentamiento. A ratos ríe a carcajadas.
Granada.
Fuera espoleta.
Explosión.
Las esquirlas buscan carne y la carne busca dolor. Una camioneta de los escoltas de la Muñeca se incendia. Una cresta de humo se alza bruscamente. Al buscar un nuevo refugio, dos guaruras son abatidos por las balas de los Equis. Las llamas del vehículo incendiado alzan sus brazos al cielo, elevándose a varios metros de altura. Al bajar dejan un rastro de humo.
Tambor abierto.
Recarga.
Tambor cerrado.
Miranda dispara con odio, pero sin prisa. Aunque usa un revólver, su puntería es de dos blancos por cada seis tiros. Con un ademán hace avanzar a sus hombres. Hace una seña para indicar que disparen las bazucas contra la Escalade de la Muñeca. Los proyectiles dejan un zurco de humo blanquecino para luego cimbrar el piso. El objetivo arde como paja seca. Miranda indica aprovechar la situación. Entre el tufo distingue las fauces ardientes de un arma. Sólo una Desert Eagle puede hacer eso. Sólo la Muñeca usaría un arma tan ostentosa y evidente. Sólo su tino podría meterle un tiro enmedio del pecho. Apunta y cuando piensa en disparar. Una granada explota a tres metros de él. La onda expansiva lo avienta. Sangra por la oreja.
Bazuca.
Sumbido.
Estallido.
Tavira, replegado detrás de un vehículo, siente la explosión justo en su espalda. Muere sin saber qué es ese calor que le desconecta el cerebro de las manos. Sus sentidos son historia cuando el cuerpo en pedazos cae por todos lados. La Muñeca sonríe al oler la carne chamuscada. Dispara con furia, fallando cada vez menos. El cañón de su Desert Eagle está incandescente. Toma la Five Seven, cerrojea y dispara un cargador entero.
Silencio.
Murmullo.
Estrépito.
Miranda abre los ojos. Las balas pasan silbando a unos centímetros de él. Se arrastra hasta ponerse detrás de un árbol. Voltea. Ha perdido su revólver. Saca de su bolsa una granada. Respira hondo y asoma para mirar por dónde avanzar. Unos disparos de .44 lo vuelven a refugiar de espaldas al tronco. Cada impacto le saca astillas al árbol. Es la Muñeca caminando hacia él. No deja de disparar, obligando a Miranda a guarecerse. Se acerca al tronco. Miranda deja la granada en el suelo y alza las manos, para que éstas se vean. La Muñeca le dispara en el brazo derecho. Pese al dolor, Miranda se incorpora, sin dejar de darle la espalda. Finalmente te tengo, pinche Miranda. Parece que sí, responde. La Muñeca está a tres metros. Gira el cuerpo con las manos en alto. Valadez sonríe. Miranda también. Con el pie patea la granada sin espoleta. Miranda apenas tiene tiempo de cubrirse la cabeza y tirarse al suelo. Todo arde. Lo que queda de la Muñeca se esparce en dos metros a la redonda.
Acelerador.
Freno.
Acelerador.
Hoy es un gran día. Hoy manejaré por última vez a la capital del país. Hoy me voy del puerto. Finalmente me libraré de los malditos narcos y de los odiosos políticos. La siguiente semana estaré en Rockaway Beach, Oregon. Allá también seré gerente, como aquí lo fui del Kookayegua. Maldito tráfico. Estoy harto de este país. De su mal gusto. De su inseguridad. De su corrupción. No debí venir por La Garita porque sólo me tardaré más. Tranquilo. El tráfico sólo será un rato. Mañana a esta hora estaré volando a San Francisco. Ahí descansaré tres días y después me iré a Rockaway. Adiós tercermundismo. Adiós politiquillos. Adiós narcos.
De pronto, una explosión y todo arde. Todo, hasta yo.
***
El trinar de los cuernos, el humo, la sangre y los autos incendiados fueron la despedida de la Muñeca y de sus 20 acompañantes. El miedo llovió en esa zona durante 30 minutos. Una vez muertos, cada cuerpo fue rematado con 5 tiros en la cabeza. Explotaron las camionetas. Peinaron el área para confirmar que no hubiera uno vivo.
Miranda sabía que tanto alboroto sólo atraería a la policía. Me vale madre, se dijo, al recordar que jamás volvería a ver a Dakota. Que nunca habría de contarle su paso por el pueblo. De la fiesta. De nada.
Comenzaron a llegar policías. Llegaron por manojos, trepados en camiones, en patrullas y a pie. Aunque antiguas, sus armas también mataban. Poco a poco los más de 100 agentes los arrinconaron. Miranda le habló al viejo. Junto con los dos Equis que le quedaban se replegaron hacia la iglesia.
–Sal por atrás de la iglesia. Sigues el callejón. Llegarás a una cancha. Ahí te espero en 5 minutos. –Le dijo el viejo.
Disparó su último cargador y corrió en la dirección indicada. Sus dos Equis cayeron ahí. Miranda sudaba a chorros por el coraje que le producía el recuerdo de Dakota, pero también por la refriega. La herida en el brazo era un oscuro tatuaje que se extendía hasta la ropa. Al llegar a la cancha vio la Land Rover del viejo, en la mano llevaba una Five Seven.
Antes de que acabara de suponer porqué traía esa arma, el viejo le dijo:
–Esto ha sido todo, Miranda. Recuerdas lo de los dos caminos. La vida o la muerte. Pues aquí está. Tu vida o la mía.
Luego le disparó.
***
“Pa’un lado está el Capulín.
pa’l otro el Cerro Pelón,
pa’rriba está Mohoneras,
y pa’bajo está el panteón,
allí quiero que me entierren,
el día que me muera yo.”
El dueto Balbuena terminó la canción. El viejo se quedó pensativo un rato. Le dio un sorbo a su vaso de chilate. Se limpió la espuma de los bigotes.
–¿Esa canción ya la tienen grabada?
–No, apenas la compusimos.
–¿Y cómo se llama?
–Todavía ni nombre tiene. La andamos estrenando.
–¿No la han tocado en ningún lado?
–No, señor.
–Muy bien. Yo les pagaré la grabación del disco con la condición de que luego compongan más corridos. ¿Cómo ven?
–Pos le atoramos.
–No se diga más. Juntos llegaremos lejos. Ya verán. ¿Estamos?
–Estamos, señor. Pero mientras, ¿cómo le ponemos a este corrido?
Pensó un rato. Se alzó un poco el sombrero. Se tanteó la cabeza, con el pelo recién cortado. A lo lejos las torres de la iglesia asomaban por los mangales.
–Se llamará “El corrido de Dos caminos”.
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